Putas y cabrones (II) Camila
Camila lleva dos años sin tocar a su novio y la paciencia se agota. Cuando su mejor amiga le presenta a Matías, la tentación es demasiado fuerte para resistirla. En un gimnasio vacío, la duda se convierte en fuego, y lo que empieza como una prueba se transforma en una pérdida de control total.
Camila
Año y medio de relación ya se puede considerar algo serio, incluso si no tienes las cosas del todo claras. Eso era lo que me ocurría con Arlo, al que quería muchísimo, pero después de todo ese tiempo seguía sin verlo del todo claro. No era por falta de amor o porque creyera que no era un buen chico, simplemente no lograba verlo como el definitivo.
Quizás se debía a que era mi primer novio formal, a que el hecho de estar tan centrada en los estudios me había llevado a esperar más de la cuenta y no me podía conformar con cualquier cosa. En realidad, lo estaba haciendo, porque salía con un chico que no me convencía del todo, pero no me atrevía a dar el último paso.
Sabía que la paciencia de Arlo estaba llegando al límite, aunque jamás se atreviera a decírmelo, que necesitaba intimidad, el contacto físico que todas las parejas de nuestra edad tenían. Lo había retrasado todo lo posible, dándole entender que el verano que se aproximaba sería nuestro momento. Teníamos un viaje más o menos planeado.
Quería pasar las vacaciones con él, de verdad, pero ¿qué pasaría si nos acostábamos y no sentía fuegos artificiales en mi interior tal y como sospechaba? Tendría que dejarle después de haber perdido la virginidad juntos o, peor aún, seguiría con él por pena. En cualquier caso, sería muy injusta con el pobre Arlo.
A falta de dos meses para ese verano ya comenzaba a desesperarme. Eso no pasaba inadvertido para Vane, mi mejor amiga de toda la vida, que estaba dispuesta a darme una solución. Ella nunca se llevó bien con Arlo, básicamente porque le quitaba tiempo de estar conmigo, así que tenía que asegurarme de que cualquier cosa que me propusiera no fuese únicamente por perjudicarlo.
- Si no quieres ir de vacaciones con él díselo y ya está.
- Sí que quiero, pero, para bien o para mal, será un punto de no retorno.
- Espera un tiempo, hasta estar preparada.
- No lo puedo retrasar más, lleva mucho esperando esto.
- Pues no canceles el viaje sin más, dile que te ha surgido algo.
- ¿Durante todo el verano?
- Sí, el típico trabajo de julio y agosto.
- No puedo mentirle.
- Puede ser cierto, si te apetece ganar algo de dinero.
- ¿Qué quieres decir?
- Te puedo enchufar como compañera en mis clases de aeróbic.
- ¿En serio?
- Claro, mi tía es la jefa.
- Estaría genial, pero igualmente lo tendría todo el día encima presionándome.
- Que se busque algo él también.
- La uni está llena de carteles pidiendo monitores para un campamento.
- Ahí tienes la solución.
- Es en el quinto pino, no va a querer.
- Tú dile que os hace falta el dinero para hacer un viaje de verdad.
- Eso no sería mentira, porque con nuestros ahorros no vamos a llevar muy lejos.
- Rechistará, pero sabes que te hace caso en todo.
- Es un bendito.
- Yo lo llamaría de otro modo, pero bueno...
- ¿Por qué lo odias tanto?
- Por su culpa apenas te veo... y todo para que ni siquiera estés segura.
- Le voy a ir poniendo alguna excusa con lo del viaje, para que se vaya preparando.
La siguiente vez que Arlo intentó hablarme del tema le dije que no quería planificar nada hasta estar segura de que lo aprobaría todo, aun sabiendo que era muy difícil, por no decir imposible, que yo suspendiera una materia. Él también lo sabía, pero tal y como Vane dijo, siempre me acababa haciendo caso, aunque muchas veces no me entendiera.
Espere aproximadamente un mes para decirle todo eso de que tenía trabajo, que necesitábamos el dinero para hacer un buen viaje y que a él también le convendría buscar un empleo. Sin demasiada dificultad, hice que Arlo pensara igual que yo, o al menos que no se atreviera a decir lo contrario con demasiada vehemencia, y lo guie sutilmente hasta el campamento.
Me sentía fatal, pero a la vez me había quitado un gran peso de encima. Ni mucho menos estaba convencida de romper la relación, solo quería un poco de tiempo y distancia para saber si realmente lo echaba tanto de menos como para que lo nuestro tuviera sentido. Quería que así fuera, porque no iba a encontrar a otro que fuese tan buena persona.
Le habían dado el trabajo en el campamento, así que apenas nos quedaban unos pocos días juntos. Ya le había hecho una de esas pajas por encima del pantalón con las que trataba de distraerlo cuando notaba que su aguante estaba llegando al límite, pero nos quedaba la cena de despedida. El problema era que Vane me había propuesto salir y me apetecía mucho.
Tuve que mentir a mi novio justo antes de que se fuera. Le dije que el día siguiente tenía que madrugar mucho, cuando en realidad lo que quería era salir y empezar a disfrutar de esa especie de soltería que tenía por delante durante los siguientes meses. Se suponía que iba a ser algo tranquilo, porque realmente empezaba a trabajar. Pero entonces conocí a Matías.
La tranquilidad que yo buscaba en ningún caso estaba relacionada con conocer a otro tío, eso llegaría después, si llegaba a la conclusión de que no quería seguir con Arlo, pero la aparición de Matías lo cambió todo. Vane me dijo que era amigo suyo, aunque era probable que eso quisiera decir que se había liado con él. Estuvimos media noche hablando.
- No te había visto nunca por esta discoteca.
- Es que es la primera vez que vengo.
- ¿Vane no te había convencido hasta ahora?
- A estos sitios se suele venir para ligar, y yo tengo novio.
- Pero hoy estás aquí.
- Mañana empiezo a trabajar y antes me apetecía desconectar un poco.
- ¿Vas a dar clases con ella?
- Veo que la conoces bien.
- Sí, llevamos ya mucho tiempo coincidiendo.
- Ella es muy sociable, se lleva bien con casi todo el mundo.
- ¿Y tú?
- Quiero creer que también, a mi modo.
- Entonces ¿te volveré a ver por aquí?
- No lo sé, dependerá del trabajo.
- Pues entonces podrías darme tu número de teléfono.
- No creo que deba, ya te he dicho que tengo novio.
- Es solo para hablar, como estamos haciendo ahora.
- Está bien... supongo que no tiene nada de malo.
Claro que no tenía nada de malo el darle mi número a Matías, salvo por el pequeño detalle de que no había que ser muy inteligente para saber cuál era su propósito. Aun así, se lo di, al fin y al cabo, ni con él ni con nadie iba a suceder nada que yo no quisiera. Lo que no tenía nada claro era qué quería yo exactamente. Quedaba por delante un verano entero para averiguarlo.
Antes de solventar esa duda, tenía que llegar mi primera incursión en el mundo laboral. Fue todo lo caótica que suponía, ya que no tenía ni idea de cómo manejarme en las clases, por mucho que Vane me hubiese dicho que era muy sencillo. Empezaba a arrepentirme de haberme alejado de Arlo, él me lo ponía todo muy fácil.
Aunque, en honor a la verdad, tampoco es que lo echara mucho de menos. Es cierto que notaba su ausencia y a veces lamentaba no tenerlo cerca para contarle lo que me sucedía, menos lo de Matías, claro, pero me sentía libre, cosa que no experimentaba desde hacía casi dos años. Si tenía dudas sobre si prefería que estuviera conmigo o no, se me aclaraban cuando me llamaba por teléfono.
Claro que me apetecía hablar con él, pero ¿de qué servía habérmelas apañado para tenerlo lejos si tenía que seguir dándole explicaciones de todo? De forma casi involuntaria, lo único que me salía era darle respuestas vagas, lo que poco a poco fue minando su moral hasta que dejó de llamarme. Arlo tenía que estar muy afectado, de lo contrario, nunca se hubiese dado por vencido.
Con el paso de los días, el nombre de mi novio dejó de aparecer en la pantalla del teléfono móvil cuando me llamaban y fue sustituido por el de Matías. No había vuelto a verlo desde aquella noche en la discoteca, y desde entonces me había dado un tiempo, una especie de tregua, hasta que comenzó a bombardearme con mensajes y llamadas.
En parte, me halagaba que un chico guapo se interesara por mí, pero eso me suponía una gran presión, porque no quería tomar una decisión precipitada sin estar del todo segura. Opté por no responderle, aunque temía que se cansara de insistir y me acabe arrepintiendo. Lo último que necesitaba era la presión de Vane.
- Me ha dicho Matías que no le coges el teléfono.
- ¿Y por qué debería hacerlo?
- Digo yo que le darías tu número por algo.
- Básicamente por lo mucho que me insistió.
- No seas estúpida, Camila.
- ¿A qué viene eso?
- Puede que aún no lo sepáis ninguno de los dos, pero ya no estás con Arlo.
- Eso no es verdad.
- Tú te sientes más liberada que nunca y él ya ni te llama.
- Los dos necesitamos tiempo, nada más.
- Perfecto, pero no pases de Matías.
- Sabes perfectamente lo que busca ese tío.
- Pues por eso mismo.
- No voy a engañar a mi novio.
- Es imposible que sepas lo que realmente quieres si no te pones a prueba.
- No le voy a regalar mi virginidad a cualquiera.
- Te aseguro que con él estaría en muy buenas manos.
- Sabía que te lo habías follado.
- Solo una vez, porque nos llevamos muy bien.
- Con eso se acaban todas sus posibilidades.
- No tienes por qué hacer nada si no quieres, sor Camila, queda solo para hablar.
- Bueno, ya veremos.
La infidelidad no se me pasaba por la cabeza, al menos no como algo que pudiera ocurrir realmente, pero si había una mínima posibilidad de que sucediera, la descarté por completo al confirmar que Vane ya se lo había tirado. Aun así, no me parecía tan mala idea lo de quedar con Matías y ponerme a prueba a mí misma.
Le contesté el último mensaje que me envió y eso nos llevó con sorprendente rapidez a una cita, si es que se le podía llamar así. Nada de discotecas ni sitios nocturnos, nos veríamos en una cafetería al salir del trabajo. Eso no me comprometía en nada, y era muy probable que Arlo también se estuviera relacionando con chicas en el campamento.
Puntual como un reloj, Matías me estaba esperando donde acordamos. Evité maquillarme en exceso o arreglarme más de la cuenta, no quería causarle falsas impresiones. Él tampoco iba de punta en blanco, aunque siempre había pensado que los tíos lo tienen bastante más complicado para lucir bien en verano sin morirse de calor.
De todos modos, había algo que saltaba a la vista con o sin prendas elegantes: era muy guapo. En la oscuridad de la discoteca ya se intuía tanto su cuerpo musculado como su belleza, pero a la luz del día quedaba confirmado. Arlo era el tipo de chico al que solíamos calificar como "mono", pero Matías era otro rollo, un nivel bastante superior.
- Te has hecho de rogar.
- Y sigo sin tener claro que esto sea lo correcto.
- ¿Tomar un café con un amigo?
- Salir con otro a espaldas de mi novio.
- ¿Por qué se lo ocultas? No estás haciendo nada malo.
- No se lo oculto, es que llevo días sin hablar con él.
- ¿Problemas en el paraíso?
- Algo así.
- Me sabe mal decírtelo, pero de eso casi nunca se vuelve.
- ¿Qué sabrás tú?
- También he tenido relaciones que se han ido a la mierda.
- No te imagino con pareja.
- Porque me acabas de conocer, la imagen que tienes de mí es errónea.
- Entonces ¿no eres un chulo de discoteca?
- Mi prioridad siempre es el amor, a poder ser, con una chica bonita como tú.
- Por ahí no vas bien, ya me han regalado mucho los oídos en los últimos dos años.
- ¿Buscas algo más pasional?
- Ojalá supiera lo que busco.
Era cierto, no tenía ni idea de lo que realmente buscaba o necesitaba en mi vida, solo que aquella cita con Matías lo complicó todo aún más. A partir de aquel día comenzamos a vernos con frecuencia, siempre en el mismo sitio y a la misma hora. Con él no tenía el tipo de conversaciones a las que estaba acostumbrada, justo eso era lo que hacía que aceptara verlo una siguiente vez y luego otra.
Seguía sin tener claro si debía terminar la relación con Arlo o si quería entregarme definitivamente a lo que Matías pudiera ofrecerme. Con él me sentía bien, no me daba miedo meter la pata, decir algo que le pudiera molestar y que eso nos llevara a unos días de tensión, como solía pasarme con mi novio. ¿Era suficiente para lanzarme a sus brazos?
Seguramente no. En cambio, lo que me hacía dudar de verdad era lo que sentía todas la tardes, cuando me acompañaba hasta mi casa mientras comenzaba a oscurecer y se despedía en mi puerta con un beso en la mejilla. Cada día me costaba más no girarle la cara para que sus labios se encontraran con los míos.
Si me paraba a pensarlo, era algo que de ningún modo quería que sucediese, pero los impulsos iban por su cuenta. Que siguiera viéndome con él quería decir algo, y no precisamente que lo considerara un gran amigo. Quería llamar a Arlo, hablarle con claridad de lo que me estaba ocurriendo, con la esperanza de que solo oír su voz me hiciera cambiar de opinión.
Entonces llegó la carta. Siete hojas escritas por delante y por detrás, llenas de palabras bonitas, de recuerdos inolvidables. No pude evitar emocionarme... ni tampoco sentir que nuestra relación ya no era más que eso: recuerdos. Quería a Arlo y me alegraba de haber vivido todo aquello con él, pero yo nunca le hubiese escrito algo así, lo que significaba que no estábamos en el mismo punto.
Me vi entonces ante un dilema enorme. Tenía claro que la decisión ya estaba tomada, pero no sabía si llamarle para que lo supiera lo antes posible o esperar a su regreso y decírselo a la cara. Ante la duda, surgió una opción intermedia: escribirle yo también una carta en la que le explicara todo de la mejor manera posible.
No quería prolongar más su sufrimiento, pero tampoco me veía capaz de llamarle sin que la voz se me quebrara, de modo que esa me pareció la mejor solución. Aunque yo no tenía su facilidad para escribir, de modo que me tomé un tiempo para pensar en todo lo que quería contarle y cuál sería la manera menos dolorosa para los dos de hacerlo.
Entre tanto, ya sintiéndome soltera, aunque supongo que aún no lo era de manera oficial, mis encuentros con Matías se seguían produciendo. En aquel momento, ya tenía claro que quería algo con él, aunque todavía no sabía si se trataba de algo romántico o si solo necesitaba que me diera aquello que a Arlo nunca le concedí.
- Me ha dicho Vane que ya das las clases mejor que ella.
- Ya sabes lo exagerada que es.
- A mí me gustaría comprobarlo.
- Creo que no aceptamos a nadie de menos de sesenta años.
- Yo estaba pensando en clases particulares.
- ¿Me vas a pagar?
- No me sobra el dinero, pero seguro que algo se me ocurre.
- No te molestes, porque no lo voy a hacer.
- ¿Por qué no?
- Porque me da mucha vergüenza.
- Pero si tenemos ya un montón de confianza.
- Olvídalo. Además, no tenemos dónde hacerlo.
- De eso me encargo yo.
Pensé que no sería más que un truco para acabar llevándome a su casa, pero lo que hizo fue hablar con Vane para que nos prestara el local después de las clases. No era tonta, sabía que el riesgo de quedarnos a solas era el mismo, aunque me sentiría mucho más segura en un lugar de confianza. Si Matías intentaba besarme, dudaba que fuese capaz de resistirme.
Aun sabiéndolo, no me eché atrás. Después de las clases, cuando ya se había ido incluso Vane, despidiéndose con una sonrisa burlona, apareció él. Llevaba puesto un atuendo ridículo, pero incluso así estaba sexy. Aunque sabía que todo aquello no era más que una pantomima, comencé como si de una clase normal se tratara.
Pero no lo era, entre otras cosas, porque mis alumnas habituales no me miraban fijamente el culo. A través del espejo que tenía delante podía ver que Matías no me quitaba ojo de esa parte. No lo podía culpar, las mallas que llevaba me hacían un trasero estupendo, aunque hubiese preferido que fuera un poco más disimulado. O no...
Era imposible evitarlo, su indiscreción me estaba calentando. Matías no era precisamente habilidoso siguiendo mis instrucciones, pero daba igual, verlo mover ese cuerpo musculoso era algo hipnótico. Mientras trataba de imitar mis pasos, cada vez se iba acercando un poco más a mí, hasta que lo tuve justo detrás.
No dije nada mientras lo veía acercarse, ni tampoco cuando sentí su abultado paquete contra mis nalgas. Solo me giré, lo miré fijamente a los ojos y él me agarró la cara con ambas manos para besarme. Entendí que se debía a la novedad, pero nunca me había mojado tanto ni de manera tan rápida con los besos de Arlo.
Lentamente, fuimos perdiendo la verticalidad hasta acabar los dos en el suelo, con las lenguas entrelazadas. Yo quedé estirada en el suelo y Matías encima de mí, acariciando de arriba a abajo uno de mis muslos mientras que con la otra mano seguía sosteniéndome la cara. Sus caderas se mecían sobre las mías, notando su dura verga en mi entrepierna.
Había masturbado muchas veces a Arlo y también había permitido que él me manoseara bajo la falda, pero aquello era lo más lejos que jamás había llegado, lo más excitante. Y no pensaba parar. Le quité la camiseta a Matías y me di el gusto de recorrer con mis manos su amplia espalda, de comprobar lo duros que tenía los bíceps.
Acto seguido, él dejó de besarme para devolverme el gesto y desnudarme de cintura para arriba, quedando mis pechos a su disposición. No dudó en colmar sus manos con ellos, en besarlos y lamer mis endurecidos pezones. Todo lo que Matías me hacía me provocaba un miniorgasmo, era cuestión de tiempo que me corriera por primera vez.
No sería a base de tocamientos o lametones. Excitada como no creía que se pudiera llegar a estar, intenté bajarle los pantalones. Él comprendió que estaba dispuesta a llegar hasta el final y dejó de jugar con mis tetas para desnudarse. Su enorme polla apuntaba directamente hacia mi entrepierna cuando yo también me lo quité todo.
Una de las manos de Matías fue directa a mi sexo y lo rozó con suavidad. Me exploró con sus dedos, para posteriormente hacerlo con la lengua y con los labios, teniendo el cuidado de no romperme el himen. Lo tenía sujeto del pelo y tiré de él para que volviera a besarme, pero sobre todo para que entendiera que ya estaba lista.
Se agarró la verga y la cubrió de los abundantes fluidos que manaban de mi coño. Después me miró a los ojos y yo asentí, quería hacerlo, porque fuese más por necesidad que por convencimiento. Cuando su glande rozó la entrada de mi vagina pensé en Arlo por última vez, en lo convencida que había estado siempre de que aquello le correspondería algún día a él.
Cuando Matías atravesó mi virtud con su estaca ya no pude pensar en nada más. Fue doloroso, pero menos de lo que había imaginado. Estirada en el suelo de madera sobre el que daba clases de aerobic todos los días junto a mi mejor amiga, perdí la virginidad. Un falo largo y grueso entraba en mí una y otra vez, abriéndose paso hacia mi interior y dándome mucho placer.
Yo me limitaba a agarrarme a su espalda y dejar que él lo hiciera todo. No parecía que Matías necesitara mi ayuda, sus movimientos de cintura bastaban para hacer temblar mi sudoroso cuerpo. Lo único que conseguía era mover mis caderas hacia las suyas, como si no quisiera que un solo milímetro de su tranca se quedara fuera.
Su forma de bombear cada vez era más veloz, lo que reavivaba el dolor inicial, pero también me proporcionaba más placer. Tenía clavadas las uñas en su piel, pero Matías no se inmutaba, seguía empujando mientras me besaba en la boca y sostenía con su mano una de mis tetas. Estaba a punto de correrme, y me daba la sensación de que él también.
- No termines dentro, por favor.
- Tranquila.
- Creo que estoy a punto de llegaaar.
- No hables, solo disfruta.
- Va-valeee.
Colocó uno de esos dedos en mis labios para que no siguiera hablando y continuó embistiendo hasta que lo sentí. El placer nació entre mis piernas y se extendió rápidamente por todo mi cuerpo, haciendo que temblara de manera descontrolada. No podía dejar de gemir, y acabé cerrando las piernas con fuerza en torno a su cintura.
Eso no impidió que Matías me siguiera follando, hasta que me pidió que lo soltara, él también se iba a correr. Mientras yo aún trataba de recuperar el aliento, me sacó la polla y, arrodillado ante mí, se masturbó durante unos segundos. Una gran cantidad de semen salió disparada para distribuirse por mi cuerpo, especialmente en las tetas y la cara.
Ya no había vuelta atrás, Matías era el que me hacía vibrar, con el que quería estar, y Arlo ya formaba parte de mi pasado, cosa que debía comunicarle lo antes posible. Esa misma noche le escribí la carta, unas dos hojas en las que le explicaba lo que me había sucedido. No se trataba de darle explicaciones, pero sí le dije que no lo había buscado y que ya nos habíamos acostado, para quitarle cuanto antes cualquier esperanza que tuviera de recuperarme.
Envíe la carta a la dirección desde la que me había llegado la suya y seguí con mi vida, mi vida con Matías. No sabía si habernos acostado nos convertía ya en novios, tampoco me importaba. Ya no nos limitábamos a quedar en la cafetería, hacemos lo que cualquier otra pareja, incluido el follar siempre que nos resultara posible.
Todo había cambiado muchísimo en apenas mes y medio, diría que para mejor, aunque eso no lo podría valorar hasta que se terminara el verano y volviera la rutina. Hasta entonces, todo serían risas y orgasmos, menos cuando me llegó la respuesta de Arlo. Debo reconocer que, por muy feliz que fuese en ese momento, me afectó. Incluso Vane se dio cuenta.
- ¿Qué te ha hecho Matías?
- Nada, ¿a qué viene esa pregunta?
- Es la primera mañana que no apareces con una sonrisa de oreja a oreja.
- Arlo me ha enviado otra carta.
- ¿Quién? Ya ni me acuerdo de ese.
- Pues yo sí, aunque ahora mismo no sea con demasiado cariño.
- Da igual lo que te haya dicho, tú ahora eres feliz.
- No puedo evitarlo, han sido casi dos años juntos.
- Sin follar. Ahora Matías te pega unos viajes que se te quedan los ojos en blanco.
- Qué bruta eres.
- Va, dime ya lo que te ha escrito.
- No es que me importe, porque ya no estamos juntos, pero él no lo sabía.
- Desembucha.
- Él también se ha follado a otra.
- Si es que son todos unos cabrones.
FIN
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