Patricia Morales, capítulo 8
La oficina está vacía, pero la tensión es palpable. David no espera órdenes, las dicta. Patricia debe desnudarse ante él y aceptar el dolor del cinturón como prueba de su lealtad. Cada azote es un recordatorio de quién manda, y cada foto en su escritorio es una trampa que la atrapa más profundamente en su jaula de seda.
CAPITULO 8
Eran las 6:30 de la mañana, Patricia estaba duchándose en su lujoso piso del centro de Madrid, en el suelo del cuarto de baño yacía el camisón de seda con el que dormía, pese a que llevaba años usando ese tipo de prendas, el tratamiento de depilación total que había realizado el día anterior hacía que llevarlo puesto fuese una situación muy agradable. El agua estaba muy caliente, como a ella le gustaba, una vez terminó de ducharse abrió la mampara de la ducha y se vió a sí misma reflejada en el espejo del baño. Contempló en silencio su cuerpo desnudo, tenía el pelo negro y largo que le caía sobre los grandes pechos, sobre sus tetas, tenía que dejar de llamarlos así, a David no le gustaba.
Otra cosa que no le gustaba a David era esa pequeña tripa que tenía, no estaba gorda ni mucho menos, trataba de cuidar su alimentación en la medida de lo posible pero no hacía demasiado ejercicio, cosa que su señor ya le había ordenado cambiar, y para eso se había apuntado al gimnasio. Siguió bajando con los ojos hasta que se encontró con su vulva, estaba totalmente depilada, no la reconocía, desde los 13 años la llevaba con un triángulo de pelo recortado, a su marido le encantaba así, todavía no había visto su nuevo look, y se preguntaba cómo se lo iba a tomar. Pero ese era un problema del futuro, lo vería esta noche porque él estaba de guardia en el hospital. Ella debía vestirse y salir hacia la oficina, tenía que llegar a tiempo para hacer el café para todos.
Salió desnuda del cuarto de baño, últimamente se encontraba mucho más desinhibida, la terapia de choque de ser obligada a exhibirse a su empleado Antonio y de masturbarse casi en plena Gran Vía había conseguido que ella anduviese ahora sin ropa por su casa, cuando hace una semana ni se lo plantearía.
- ¿Mamá? Ponte algo por Dios – la voz que escuchaba era de Simón, que estaba desperezándose en el umbral de la puerta de su habitación.
- Lo siento hijo. – dijo Patricia, que instintivamente usó una mano para taparse las dos tetas y otra mano para tapar su coño y corrió hacia su habitación de esa guisa.
¿Había olvidado que su hijo estaba en casa? O tal vez lo había hecho a propósito, Patricia estaba confundida y furiosa consigo misma.
Patricia aparcó el coche en su aparcamiento reservado, todavía era muy temprano, ella entraba media hora antes como le habían ordenado, por lo que el aparcamiento estaba medio vacío, sin embargo entre los coches aparcados estaba el Ibiza de David. Cuando se vio reflejada en los cristales del coche de su empleado, descubrió que estaba sonriendo. ¿Acaso estaba feliz de encontrarlo en la oficina? Estaba en una situación difícil, totalmente a su merced, sin embargo no solo parecía incapaz de odiarle sino que estaba también contenta de verle.
Una vez llegó a la puerta de la oficina, Patricia respiró hondo y esperó unos segundos antes de entrar con decisión.
La oficina estaba vacía, tan solo estaba el abrigo de David colgado tras su silla pero allí no había nadie, por lo que se encaminó a su despacho, una vez en la puerta volvió a respirar hondo antes de entrar.
- Un poco maleducada entrando en el despacho sin llamar, ¿no crees? – le dijo David que estaba sentado en el sillón mientras tecleaba en el portátil de Patricia.
- Lo siento señor, no me di cuenta, entré sin pensar – dijo ella. – quiero decir, esta esclava entró sin pensar señor. – corrigió rápidamente.
David sonrió al escuchar la corrección, y Patricia se sintió aliviada al verle sonreír.
- Estoy complacido por tus palabras, pero no he olvidado tu desobediencia. Desnúdate, no tenemos mucho tiempo. – le ordenó.
Patricia llevaba puesto un jersey marrón de cuello alto metido por dentro de unos pantalones vaqueros de cintura alta. Se lo levantó con las dos manos dejando al descubierto un sujetador negro, lo sacó por la cabeza y con un movimiento de cuello sacó parte de su melena negra de la cara, lo dobló y lo dejó sobre la mesa de roble.
Levantando los pies se sacó las botas negras de tacón que llevaba, después se quitó el cinturón, se desabrochó los vaqueros y una vez se los bajó hasta cerca de las rodillas los dejó caer a sus pies. Patricia había elegido para el día de hoy un tanga negro, de los pocos que tenía en el cajón, un regalo de su marido que ella no se había puesto hasta el día de hoy. Las grandes tetas de Patricia quedaron libres cuando se desabrochó el sujetador, y ella buscó los ojos de David mientras se quitaba el tanga, sin embargo él seguía entretenido con el portátil. Una vez Patricia se quitó los calcetines rosas y toda su ropa estuvo doblada sobre la mesa, esperó instrucciones con los brazos cruzados bajo sus tetas.
David no reaccionaba.
Entonces Patricia recordó lo que le había dicho el día anterior, siempre que estuviese desnuda en su presencia tendría que tener las manos en la nuca y las piernas un poco separadas. Una vez tomó esa posición, David cerró el portátil y se levantó.
- Buena chica, veo que eres capaz de retener las órdenes de un día para otro.
- Gracias señor. – respondió ella.
David, mientras la miraba a los ojos, puso su mano directamente sobre el coño depilado de Patricia, tenía la mano bastante fría por lo que provocó un respingo en la mujer. Después con el dedo índice fue recorriendo los labios de la mujer, siguiendo por el monte de Venus y terminando la inspección en el ombligo. Súbitamente, la giró y poniendo la mano sobre su espalda hizo presión.
- Tetas sobre la mesa, no las despegues de ahí hasta nuevo aviso. – dijo muy serio.
Patricia fue bajando su tronco hasta que aplastó sus pechos sobre la gélida madera de roble del escritorio, pudo notar como sus pezones se erizaban, y vio por el rabillo del ojo como David se agachaba hasta tener la cara muy cerca de su culo. De pronto un par de dedos comenzaron a explorar su entrepierna, subiendo hacia su trasero, acariciando su nalga derecha y separándola para dejar todo al descubierto. Estar totalmente expuesta la estaba excitando.
- Veo que estás bien depilada, buen trabajo esclava.
- Gracias señor.
- Como sabes, mereces un castigo por tocar lo que es mío sin permiso. Voy a explicarte en qué va a consistir. Voy a coger tu cinturón y voy a doblarlo a la mitad, después voy a azotarte con él en ese culo gordo que tienes. Vas a contar en voz alta todos los azotes que recibas, si te pierdes volveremos a empezar. ¿Lo has entendido?
- Si señor, lo he entendido. ¿Cuántos azotes va a darme señor? - La excitación de Patricia no disminuyó ni un ápice.
- Has sido bastante mala y desobediente el día de ayer, te has puesto unas bragas sin permiso, te has corrido cuando expresamente te dije que debías terminar los vídeos antes. ¿Cuántos azotes crees que te mereces?
Patricia pensó en decir 5, pero seguramente David los consideraría muy pocos y acabaría recibiendo 50, así que decidió decir un número algo mayor.
- ¿20 azotes señor? – dijo ella
- Bueno, no es mal número, pero seguro que puedes pedírmelo mejor.
- Por favor señor, deme 20 azotes en el culo para que aprenda a obedecer. – dijo ella, cada una de estas palabras hacía que se mojase un poquito más.
- Buena chica, así me gusta. – dijo David mientras le revolvía el pelo como si fuese una niña pequeña. - ¿Empezamos?
- Estoy lista señor. – dijo Patricia mientras tomaba aire e intentaba tensar los glúteos todo lo que podía para minimizar el daño.
Pese a estar lista, el primer cinturonazo la sorprendió e hizo que soltase un pequeño grito. Sin darle tiempo a reaccionar, David volvió a azotarla con fuerza. Y de nuevo otra vez más, fue entonces cuando recordó que debía estar contando.
- ¡Tres!- dijo la mujer apurada.
- ¿Como que tres? No he oído ni el uno ni el dos, vuelve a empezar – dijo él soltando otro golpe.
1, 2, 3, 4, 5, 6. Cada golpe que David le propinaba hacía más difícil concentrarse en decir el siguiente número, una vez llegaron a 10 David se detuvo se agachó hasta tener su cara cerca de la de su jefa.
- ¿Algo que decir, esclava? – le preguntó
- Muchas gracias por corregirme señor.
- ¿Cual es el siguiente número?
- Es el once señor, vamos por la mitad del castigo.
En cuanto Patricia dejó de ver la cara de su empleado, supo que pronto llegaría el undécimo golpe, así que se preparó para recibirlo y reaccionó diciendo en voz alta el número perfectamente. El dolor se iba acumulando sobre las mazadas nalgas de Patricia, cuando llegó al número 17 no pudo más y comenzó a llorar. Pese a eso, David no bajó el ritmo y siguió golpeando y ella poniendo todo su empeño logró decir los números 18, 19 y por fin, el 20.
- Gracias por corregirme señor. – dijo ella, si no tuviese la mesa debajo, tenía por seguro de que no podría aguantarse en pie.
- ¿Ya hemos terminado? Una lástima, ahora estaba empezando a divertirme.
- Hemos terminado señor, me ha azotado 20 veces desde que me he acordado de empezar a contar. He aprendido la lección no volveré a desobedecerle señor. – se disculpó ella entre lágrimas.
- Estoy orgulloso de ti. Estoy seguro de que me desobedecerás porque todavía estas aprendiendo lo que significa ser mi esclava Patricia, pero no te preocupes, es normal, cometerás errores y yo te castigaré hasta corregirlos. – le dijo él mientras le acariciaba la mejilla.
Patricia estaba encontrándose extrañamente feliz, no sabía si por el hecho de que David le había dicho que estaba orgulloso de ella, o porque le acababa de llamar “Patricia”. La voz de su amo le sacó de su ensoñación.
- Sin embargo me hace ilusión poder azotarte unas pocas veces más, ¿Te apetece que te pegue 5 veces más Patri?
- Si es lo que le apetece señor, azóteme cinco veces más por favor. – dijo ella sin dejar de llorar.
- Buena chica.
El mundo de Patricia se descolocó un poco más cuando David le dio un tierno beso en la mejilla, eso hizo que los cinco azotes extra doliesen un poco menos.
Una vez David hubo acabado el castigo, le ordenó que se mantuviese quieta y empezó a notar una sensación de frío alivio en las nalgas, su amo estaba aplicándole una especie de crema que hacía que su ardiente trasero estuviese mucho menos dolorido.
- Ya puedes despegar las tetas de la mesa y hacer el café, date prisa que queda poco tiempo. – le dijo.
Hoy Patricia no cometió los mismos errores y ya no se vistió, dejando a David sentado en su sillón, salió de su despacho y cruzó la oficina hasta la mesa auxiliar del café.
Mientras esperaba a que se calentase la leche, Patricia se tocó la nalga derecha con la mano y sintió bastante escozor, iba a resultarle muy complicado sentarse a trabajar esa mañana. Miró la hora y vio que todavía tenía tiempo hasta que Nerea entrase, ella siempre era puntual, el frío en su entrepierna le recordó que ya no tenía pelo ahí abajo, lo que le hizo pensar que hoy estaba incluso más desnuda que la primera vez que tuvo que preparar el café sin ropa.
Esta vez terminó con tiempo de hacer el café, y todavía desnuda se lo llevó a David, que ya había salido de su despacho y ahora estaba en su puesto de trabajo. Éste le recibió agarrando la parte interior de su muslo.
- Veo que el castigo no te ha bajado el calentón, ¿me equivoco?
- No señor, no se equivoca. – dijo ella mientras dejaba el café sobre la mesa.
- ¿Estás caliente como una perra?
- Sí señor, esta perra está caliente.
- Muy bien, pues de momento NO tienes permiso para tocarte. ¿Queda claro? Tienes que pasar toda la jornada laboral sin meterte los dedos en el coño. Sé que es difícil pero tienes que hacerlo. – dijo David de manera condescendiente
Si a la Patricia de hace una semana le dijeran que le iba a resultar complicado pasar una jornada laboral sin masturbarse, no se lo creería, pero la Patricia de hoy sabe que es cierto.
- Si me disculpa, voy a mi despacho a vestirme señor, ya casi van a llegar los demás. – dijo ella
- Estás disculpada Patri, has hecho un buen trabajo, te felicito. – dijo él dando un buen sorbo al café.
Dolorida, desnuda, pero sonriente, Patricia volvió a su despacho, cerró la puerta y comenzó a vestirse.
Mientras estaba poniéndose la ropa, escucho la voz de Antonio hablando con David, estaban comentando la jugada de ayer, Antonio describía con todo lujo de detalles como rebotaban las tetas de Patricia delante de su cara.
Una vez terminó de vestirse, Patricia se sentó con cuidado en el sillón, sentía un dolor constante pero soportable en el culo, se reclinó un poco en el asiento, cerró los ojos y trató de respirar hondo, en parte para que le doliese menos, en parte para tratar de rebajar un poco su excitación.
Cuando volvió a abrirlos vio atónita como el gran marco con cuatro fotos que presidía su escritorio ya no estaba como antes. Tres de las cuatro fotos habían cambiado. La primera foto era el selfie enseñando las tetas que le había mandado a David. La segunda era ella desnuda, preparando el café con la mano de David marcada en el culo. La tercera era ella en el callejón, con las piernas abiertas masturbándose con el plátano. La cuarta seguía siendo la misma, ella con su marido y con su hijo, al lado de las demás, parecía que la cara de Patricia en esa foto la juzgaba, como pensando las malas decisiones que había tomado para que una mujer decente como ella terminase haciendo todas esas guarradas.
Abrió el portátil y se encontró con que el fondo de pantalla también había cambiado, ya no era el logo del banco sobre fondo negro, sino que era ella de rodillas, con la cara llena del semen de David.
- ¿Ya has visto la nueva decoración Patri? – Decía la notificación de mensajería instantánea de su pantalla.
- No me gusta señor, cualquiera podría ver las fotos, por favor déjeme cambiarlas. – Escribió ella.
- No puedes, tengo cámaras en ese despacho Patri, ese marco siempre tiene que estar sobre la mesa, y nada de tumbarlo, quiero que veas esas fotos cada día mientras trabajas, igual que el fondo de pantalla. ¿Queda claro?
- Pero señor, yo apago el portátil pero si no oculto el marco, la limpiadora lo verá, por favor entre en razón, se lo ruego.
- ¿Te da vergüenza que la limpiadora sepa lo puta que eres?
- Sí señor. – escribió ella.
- Sí, ¿Qué?
- A esta esclava le da vergüenza que la limpiadora sepa lo puta que es.
- Muy bien, pues tengo la solución.
- Dígame señor.
- Vas a despedir a la limpiadora.
- Pero no puedo despedirla sin más, la junta directiva no lo aprobaría.
- Cierto, pero eso también lo tengo previsto Patri, vas a decirle al departamento de nóminas que la limpiadora cambia de cuenta bancaria, por una mía que te adjunto, y vas a despedirla pagando de tu bolsillo el finiquito, he hecho los cálculos y son 4000 euros, tienes de sobra en la cuenta.
Entonces Patricia se dio cuenta de que el plan de David era cobrar el salario de la limpiadora, y que las fotos solo eran un plan para que despedirla pareciese idea de ella. Tan solo faltaba un detalle, si despedía a la limpiadora alguien debía ocuparse de la limpieza de la oficina y Patricia estaba totalmente segura de la persona que David quería para ese puesto.
- Como comprenderás, el engaño se descubrirá rápidamente si la oficina de repente deja de estar limpia, así que tú te encargarás de limpiar después de tu jornada laboral, ¿lo has entendido? – escribió David, confirmando la teoría de Patricia.
- Sí señor. – escribió Patricia.
- Buena chica, pues venga, quiero que hoy vuelvas a ver los vídeos que te envié ayer, y después a trabajar que tienes mucho que hacer, mis informes y los tuyos, yo mientras voy a curiosear tu Facebook y tu cuenta de Amazon.
Otros 4000 euros menos en la cuenta, otra hora más en su jornada laboral, y quizá lo que más le molestase a Patricia en ese momento era la prohibición de masturbarse.
CONTINUARÁ Muchas gracias por los votos y los comentarios que he recibido hasta el momento, si tenéis alguna sugerencia o comentario podeis hacerlo en la sección de comentarios o enviando un email a [email protected]
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