Xtories

4 hombres para Blanca - completo (cap. 05)

La puerta se cierra y el silencio es más aterrador que los gritos. No es un secuestro normal; es una prueba de fidelidad donde la muerte es la moneda de cambio. ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar por no perderla?

Abel Santos6.1K vistas9.0· 14 votos

Me lavé la cara y los dientes y salimos del baño al alimón. Al llegar a la encrucijada del pasillo de habitaciones, me echó los brazos al cuello y me besó un instante. Noté sus piernas, sus caderas y sus tetas rozándome impúdicamente bajo la toalla. Iba a proponerle que jugáramos en la habitación, cuando me soltó y me dio una palmadita en el culo.

—Anda, vete a desayunar que estos se han puesto morados esta mañana. Si te descuidas, cualquier día no queda nada.

Me quedé con la palabra en la boca viéndola alejarse. Vigilé el pasillo hasta que la vi entrar en nuestro dormitorio. La ausencia de pestillo interior eliminaba la sensación de seguridad, pero al menos sabía que no había sido asaltada por ningún salido antes de entrar.

Me giré para dirigirme hacia la cocina cuando de pronto reparé en mis pies. Caminaba con las zapatillas de andar por la habitación. Unas simples chanclas de goma, buenas para el baño, pero no para caminar sobre la moqueta. No es que ir a desayunar necesitara de código de vestimenta, pero caminar con ellas se me hacía incómodo.

Me volví hacia el dormitorio para cambiarme, al fin y al cabo supondría perder menos de un minuto. Al entrar en él, una Blanca ya sin la toalla me recibía en ropa interior, un conjunto de sujetador y braguitas realmente tentador. Cavilé sobre si toda la lencería que le habían dejado nuestros captores sería igual de sexi o si se estaría arreglando especialmente para alguien.

No me dio tiempo a explicar el motivo de mi regreso. Unas campanitas sonaron en su móvil y ambos lo miramos sorprendidos.

—¿Es ese el sonido de la app de mensajería? —pregunté.

—Ni idea, supongo… —repuso—. Es la primera vez que oigo este sonido desde que la instalé.

Desbloqueó el móvil y tecleó sobre la pantalla.

—¿Es la app? —pregunté ansioso—. ¿Dicen algo esos cabrones?

—Sí, es un mensaje de este wasap de pega. Pero no viene de EXTA-SIS, sino de uno del grupo.

—Y… ¿qué te dice? —volví a preguntar, temiendo la respuesta.

—Míralo tú mismo.

Lanzó el aparato sobre la cama, cerca de mi posición, y lo cogí apresurado. La sangre comenzó a hervirme al descubrir que se trataba de un mensaje de Juan el gordo.

JUAN: Hola, reina, necesito hablar contigo a solas. Podríamos vernos esta mañana? Donde quieras, tú eliges. Dime algo pronto, bombón.

A punto estuve de soltar una imprecación, pero recordé que estábamos jugando. Y que el juego requería serenidad, o al menos fingirla.

—¿Qué vas a responderle? —dije cauto mientras ella se abrochaba la cremallera de la sugerente falda que bailaba sobre sus muslos.

—Pues que paso… —dijo—. O, casi mejor, no creo que le responda nada. Que se fastidie esperando…

Suspiré aliviado.

Pero la sensación de alivio me duró solo un segundo. El tiempo que tardó Blanca en pronunciar la siguiente frase.

—Al menos hasta que hable con Hugo, a ver qué le parece a él el morro del puto gordo.

*

Salí de la habitación y ahora sí me dirigí a la cocina. Me moría de hambre. Blanca me había comentado que no tenía intención de salir esa mañana. Que pondría en orden el cuarto y que luego se quedaría a leer alguno de los libros que tenía descargados en su móvil.

Me fui de allí sintiéndola protegida y decidí no pensar en el futuro hasta por lo menos haberme hinchado a café con magdalenas. Necesitaba una buena dosis de azúcar para soportar el segundo día de cautiverio.

En el interior de la cocina me encontré a Rubén, quien debía de estar realizando el enésimo desayuno de la mañana. «Los deportistas tenemos que comer mucho, la energía no viene del aire», era su excusa cuando le pillabas zampando con hambre atrasada.

—¿Queda café? —pregunté mientras sacaba una botella de leche de la nevera.

—Sí… —replicó—. Acabo de hacer una cafetera.

—Genial…

En seguida estaba tragando magdalenas como para alimentar a un regimiento. Me estaba sirviendo el tercer café, cuando Rubén me habló con indiferencia:

—¿Has hablado con Hugo?

—No, por…

—No sé… vosotros sabréis de vuestras cosas…

No sabía por dónde venían los tiros. Y el hecho de que al chico le faltase un hervor no ayudaba.

—Me ha pedido —continuó— que si te veía te dijera que fueras a verle. Si aún no le has visto, pues tendrás que buscarle. Yo ya he cumplido.

Aspiré cuanto aire conseguí almacenar en mis pulmones. Saber que Hugo me buscaba no me daba muy buena espina. Aunque ya debería estar avisado porque Blanca me había comentado la noche anterior que Hugo pensaba en hablar conmigo antes de que tomáramos una decisión.

—¿Y dónde crees que estará ahora? —pregunté sin mucha esperanza.

—Creo que en la biblioteca.

—¿Biblioteca? —dije con pasmo—. ¿Dónde hay una biblioteca?

—En la tercera, pasado el escenario.

Tragué saliva al oír el nombre de aquel set de rodaje, que para mí merecía más el nombre de «sala de los horrores».

Subí las escaleras y, en efecto, encontré a Hugo en la magnífica pieza que ejercía como biblioteca, aunque ésta no parecía un simple decorado. Daba la sensación de que era una parte integral de la discoteca. Quizá el dueño del local era un chiflado excéntrico, coleccionista de volúmenes.

Había cientos, miles de ellos, en estanterías pegadas a las paredes, que partían del suelo y llegaban hasta el techo a cuatro o más metros de altura. Varias escaleras correderas ayudaban al lector a llegar hasta los estantes superiores.

En el centro de la sala varias mesas se alineaban de forma ordenada y un conjunto de sillas las rodeaban. Éstas no eran de vulgar plástico como las de la cocina o las habitaciones, sino que eran auténticas butacas de maderas nobles y tapizados de fieltro acolchados.

—¿Querías algo de mí? —dije al traspasar el umbral.

Hugo levantó la vista del libro que escudriñaba señalando con una mano y me mostró una silla. Se quitó las gafas que utilizaba para leer antes de hablar. ¿De dónde las habría sacado? Aquel tipejo era una caja de sorpresas.

—Sí, por supuesto —dijo a modo de saludo—. Cierra la puerta y siéntate, por favor.

Cerré la puerta y consideré si obedecer su orden de sentarme. Ganó el «no» por goleada.

—No te preocupes, estoy bien así.

Se recostó en su butaca y cerró el tomo sobre la mesa. Un voluminoso libro que no pesaría menos de tres kilos.

—Creo que tú y yo hemos empezado con mal pie —me dijo—. Que tengamos esta reunión es muy necesario… si queremos salir de aquí vivos. ¿Estás de acuerdo conmigo?

—En realidad, no lo sé aún… —le respondí—. Lo estoy sopesando todavía.

Tenía que conseguir utilizar un vocabulario rico en palabras. Mi medio eran los niños, y estos necesitan muy pocas para comunicarse. Además, hacía tiempo que había perdido el hábito de la lectura regular a favor de las series de televisión. Estar a la altura en léxico de todo un médico no iba a ser tarea fácil. Pero tenía que conseguirlo si quería tener opciones en la partida de ajedrez que ya se dirimía a ojos vista.

—¿Qué es lo que tienes que sopesar? —me espetó poniéndose en pie. Supuse que él también sabía que estábamos jugando y que permanecer sentado me otorgaba ventaja, aunque fuera más psicológica que real—. ¿Aún guardas dudas de que esto sea un secuestro? ¿O que escapar de aquí sea una tarea imposible, teniendo en cuenta que ellos han preparado este lugar a conciencia y que nosotros somos unos recién llegados?

—Sí, es posible que lo dude…

—¿Crees que si no hacemos lo que nos exigen, simplemente nos amonestarán, nos abrirán las puertas y nos echarán a la calle?

Si hasta el momento solo quería mostrarle serias dudas, ahora quise reafirmarme. Aunque solo fuera por llevarle la contraria.

—Sí, eso es exactamente lo que creo.

—Pues me temo que eres un loco negacionista.

—¿Puedes explicarte?

—Es fácil de entender. Es la misma sensación que se tiene cuando muere un ser querido. Hay un tiempo en que no te lo puedes creer. Es el periodo de «negación».

—Sé lo que es la negación —le corté molesto por el preámbulo—. Ve al grano si no te importa.

—De acuerdo. Pues te diré que estoy seguro de que tú vives en ese periodo en cuanto a lo que a Blanca se refiere: no quieres creer que el coño de tu novia sea la llave que nos abrirá la puerta al exterior.

Me molestó aquella vulgaridad, pero me obligué a mantenerme impertérrito. Cabía la posibilidad de que quisiera sacarme de mis casillas para suministrarme más pastillas con la anuencia de Blanca.

—El coño de mi pareja es sagrado y no lo va a tocar nadie… —mascullé.

—Por dios, Alex, ¿por qué no te rindes? Basta que cierres los ojos, cuentes los días y, si lo hacemos bien como tíos que somos, en ese tiempo seremos libres. Veinte días no es tanto, ¿no?

—Eso ni lo sueñes…

—¿Pero por qué no? —se echó las manos a la cara fingiendo desesperación—. Si hasta tu novia está de acuerdo con todo.

El golpe bajo me dio de lleno.

—¿Blanca… de acuerdo? —tartamudeé—. ¿Cuándo te ha dicho ella que esté de acuerdo?

—Esta mañana, sobre las seis —sonrió diabólicamente—. Mientras hacíamos unos kilómetros de cinta en el gym.

«Hija de satanás —me lamenté—. A las seis de la mañana no se había levantado en su puñetera vida. Al menos no desde que vivía conmigo».

—Mira, Alex, deberías hacerme caso. De lo contrario cabrearás a todos, incluida a tu novia. Hasta podrías llegar a perderla. Y digo yo que será menos malo tenerla, aunque follada por unas cuantas pollas, que no tenerla en absoluto, ¿no?

—Cabrón… —alcancé a decir.

Se sentó en el borde de una mesa y continuó su discurso.

—Entiéndelo, Alex, te estoy ofreciendo mi amistad. Mírame como lo que soy: un aliado tuyo. Ya sabes que soy ginecólogo y que he empezado a estudiar la mejor manera de conseguir que Blanca se corra de nuevo. Si me ayudas, todos saldremos ganando. Porque si mis teorías funcionan, necesitará que la echen menos polvos para llegar al objetivo. ¿No lo entiendes? Es una relación gana-gana. Nos la follamos entre todos, sí, pero lo menos posible. Así podrás disfrutar de ella el resto de tus días olvidándote de estos malditos veinte.

Apreté los dientes y aún intenté luchar.

—De nada te valen tus planes de mierda —dije—. Sin mí no puedes alcanzar el objetivo. Recuerda: «un orgasmo de cada uno». Si yo no participo, faltará uno en el mejor de los casos.

—Y así nos matarán… ¿eso te parece bien?

—No lo creo…

—¡Pues yo sí lo creo…! —levantó la voz por primera vez—. ¡Y Blanca también! Joder, ¿no lo entiendes? Todos le tenemos apego a nuestros pellejos, y yo el primero —de nuevo cambió el tono a uno más dulzón—. Así que te pido por favor que recapacites. ¿Lo harás?

Lo pensé unos segundos. ¿Qué debía responder? ¿Me serviría de algo iniciar una guerra al descubierto, con menos armas y soldados que mi enemigo? ¿O, por el contrario, me convenía una guerra de guerrillas, en la que la fuerza bruta fuera menos determinante que la inteligencia?

Y enseguida lo supe. La segunda opción era la única que me ayudaría a ganar el juego. Debía seguirle la corriente al médico, al menos de momento.

—Está bien, como quieras, lo pensaré… —dije bajando la mirada.

—Gracias, Alex… Y, por favor, dime cuanto antes lo que has decidido.

Día 2 (2) – El «asunto» de Juan

Hugo se acercó a mí y me dio la mano con fuerza. No pude evitar que tomara la mía y, al menos, agradecí que la suya no fuera blanda y húmeda.

El apretón del médico era fuerte, seco, prolongado, el de un hombre que no tiene nada que esconder. Muy al contrario que su actual presencia, que ahora veía más débil, asustadiza, preocupada. Supuse que sería por la amenaza de la muerte, en la que creía a pies juntillas.

Y me asusté porque estaba pensando como Blanca: «un hombre honesto», había dicho ella. ¡Y una mierda! El muy zorro solo estaba jugando su papel. En el fondo lo que pretendía era tirarse a mi novia, como los otros dos. Y no debía de cambiar esta opinión que tenía sobre él si quería batallar en el macabro juego, aunque por fuera fingiera haberme rendido.

Según salí de la biblioteca no dejé de correr hasta nuestro cuarto. Tenía que encontrar a Blanca. Y tenía que hacerlo cuanto antes.

Pero mi novia no se encontraba en él. ¡Joder!, me había asegurado que no saldría de allí hasta la hora de comer.

Corrí de nuevo, esta vez hacia la cocina, donde encontré al perenne Rubén. Ahora, sin embargo, no comía, sino que miraba revistas de coches. Al menos no son porno, pensé con alivio.

—¿Has visto a Blanca por aquí?

—Sí… —repuso—. Pero hace rato. Bebió algo de la nevera y luego se fue.

—¿Dijo dónde iba?

—Ni idea… —dijo con cara de póker, para variar, no sabía ni por qué le preguntaba—. Espera…

Ya casi traspasaba la puerta hacia el pasillo, y su voz me retuvo.

—La oí decir que se iba a dar una vuelta por la primera. A investigar algo… o no sé qué…

Entré en pánico. Recordé el mensaje de Juan de hacía un rato: «dónde quieras, tú eliges». Me había dicho que no le haría caso, pero cómo podía confiar en ella si me acababa de mentir en otras cosas. ¿Habría cambiado de opinión y estaría en la primera planta para encontrarse con él?

No parecía probable, había oído a Blanca despreciarle con insultos, pero a estas alturas el miedo me atenazaba por cualquier cosa. «Tu novia está de acuerdo con todo», había dicho Hugo, y el fantasma de esas palabras me perseguía.

La planta primera era enorme. Me llevó más de media hora recorrer todos sus rincones. Blanca y el cerdo gordo podrían haber estado en cualquier esquinazo sombrío y yo no los habría encontrado ni en una semana, con la única condición de que no hiciesen ruido. Aunque Blanca era de las gritonas y si hubieran estado por allí teniendo sexo, a la fuerza la habría oído, me decía para calmar mis nervios.

Me harté de dar vueltas y volví a la segunda planta. Y, al mirar hacia arriba, observé que el gym se hallaba encendido. Subí despacio las escaleras y me acerqué sigilosamente. Las voces que me llegaban me avisaron de que había alguien dentro, así que asomé la cabeza.

Lo que encontré era del todo normal. Blanca se encontraba aupada en una camilla y cruzaba las piernas pudorosamente para que Hugo, a tres metros de ella, no pudiera mirarle el interior de la falda. El médico se apoyaba en uno de los ventanales acorazados. Ambos conversaban como buenos amigos. Mi chica se había metido las manos bajo los muslos y movía las piernas adelante y atrás como una niña.

Me relajé al ver la púdica escena. Había esperado lo peor, y de nuevo me había equivocado. Imbécil de mí.

—Hola, chicos… —dije animadamente apareciendo ante ellos.

*

Blanca giró la cabeza hacia mí y compuso una expresión de terror que no comprendí. Hugo, a su vez, dejó caer el cigarrillo que fumaba y se quedó como congelado. Yo los miraba a los dos y no sabía a qué se debía la expresión de pánico de sus ojos. Y ellos se miraban entre sí y no decían nada.

Y de repente lo entendí. Bastó que entrara en escena el cerdo de Juan.

—Jajaja… —reía el exbombero saliendo desde detrás de un biombo—. Me están todos pequeños, ¿no los hay más grandes?

Se hallaba desnudo de medio cuerpo para abajo. Su enorme polla se encontraba enhiesta y dura, y se pajeaba moviendo su piel arriba y abajo con un «clic-clic» líquido para evitar que perdiese su dureza. Su comentario debía de referirse a la talla de los condones, porque llevaba uno a medio colocar en el enorme miembro y éste le colgaba vacío y arrugado.

El exbombero se sobresaltó al ver la expresión de Blanca y Hugo y giró la mirada hacia donde apuntaba la de sus «amigos». Mi novia saltó de la camilla sin preocuparse de enseñar sus intimidades a aquella pareja de cerdos.

Y yo corrí escaleras abajo hasta nuestro dormitorio, donde me atrincheré en un rincón. Lamenté que no hubiera pestillo en la puerta porque Blanca no tardó en traspasarla sin impedimento.

—Espera, cielo, por dios… —rogó tras cerrar de un portazo—. Te lo puedo explicar…

Continuará..........