Xtories

Cena de Navidad

En la barra de la fiesta, la mirada de Pablo no es una invitación, es una orden. Gloria sabe que no debería seguirlo, pero el frío de la noche y el calor de la tentación la empujan hacia la oscuridad de su coche. Allí, la timidez se rompe contra la crueldad de quien ya ha decidido qué hacer con ella.

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Nadie le podría discutir que, a pesar de su timidez, no se lo había pasado bien en la cena de Navidad de la empresa. Hasta había conseguido entablar conversación con gente de otras áreas del hospital. Ella, que no pasaba de entablar una charla, aparte de, un “hola”, un “gracias” y un “adiós” desde detrás del mostrador de la recepción. Sus compañeras habían dejado de intentar entablar relación con ella y se dedicaban simplemente a lo más estrictamente profesional.

No podía evitarlo. Su timidez era simple y llanamente su punto flaco. Hasta la follada que le metió el viejo doctor Robles fue triste y meritoria de olvido como él le dijo después de sacarse el condón y tirarlo a la papelera, dejándola apoyada en la mesa de su despacho, con las piernas entreabiertas, el tanga entre los tobillos y sus pies calzados en los zuecos blancos pisando el pantalón blanco y dejando en él la marca de la suela. Así fue como consiguió que la hicieran fija hacía ya tres meses. Una semana después el doctor se jubiló.

Ahora la mira desde la barra, en compañía de dos doctores más, riendo de alguna chanza. Por un momento los tres la miran y se ríen. Probablemente les está explicando como la había “convencido” para follarla en su despacho. La verdad es que no había tenido que insistir mucho. Tenía 23 años. Había salido de casa cansada de sus padres y no deseaba ni quería volver, a pesar de que todo indicaba que se iba a quedar en breve en la calle, sin poder pagar el alquiler de su apartamento, sin poder cubrir los gastos de su tarjeta de crédito y… bueno. No era la primera vez que se abría de piernas. Era tímida, la veían como una presa fácil. Tampoco se consideraba fea, aunque no era para nada una belleza, y no acompañaba para nada su físico, demasiada delgada para algunos, con poco pecho, granitos en la cara,… ni tampoco los comentarios que oía a sus espaldas sobre lo poco agraciada que era en su forma de ser. Demasiado sosa, era el último comentario que había oído antes de entrar en el vestuario de chicas dos días atrás. Se callaron todas y alguna hasta le dijo con una enorme sonrisa “hola” y “venga que tenemos turno duro, pero formamos un gran equipo”

Nerviosa por las miradas del doctor y sus dos acompañantes, y a raíz de las risas que se estaban echando, no le cabe la menor duda de que hablan de ella.

Se siente desnuda ante las miradas de los tres. El doctor Robles se había jubilado, pero los otros dos no le iban a la zaga. A pesar de no haber coincidido con ninguno de los otros en sala, ni en el quirófano, les suena del hospital, siempre con ese aire de superioridad que les caracteriza.

Se mira la punta de los zapatos de tacón a los que no está acostumbrada y le están destrozando los pies. Tampoco se ve tan mal, piensa con el vaso de tubo en la mano. Se ha puesto un vestido de noche negro, de escote de honor, a medio muslo. En un acto de rebeldía, se ha atrevido a ir sin sujetador y un tanga negro bajo sus pantis que es su única prenda de ropa interior. Se ajusta la cola de caballo y se pasa el dedo índice por los labios cuando oye una voz tras ella.

- ¿Qué bebes?

Se gira para encontrarse con la persona de la que se comenta en el hospital que es el más cabrón de los cabrones. Según las malas lenguas, entre otras escabrosas cosas, se cuenta que se ha follado a varias de las enfermeras, algunas de las cuales habían pedido la baja o se habían ido sin dar explicación alguna.

- ¡Joder! – piensa – también es mala pata que justamente sea este imbécil quien me dirija la palabra

- Gloria ¿no? – Grita entre el bullicio, la música, el ronroneo de la gente hablando alto alrededor para hacerse oír.

Una perfecta sonrisa asoma a sus labios mostrando un par de dientes mellados. Por su parte Gloria se sorprende viéndose sonreír mientras mira la cara del hombre; robusto, la nariz ancha y torcida, camisa entreabierta mostrando una cruz y un pecho con pelo blanquecino y rizado.

Nota un hormigueo en su cuerpo y le enseña el vaso en el que solo tintinean dos cubitos de hielo.

- ¿Eres Gloria no? La de urgencias. Soy Pablo, celador. Te he visto varias veces por ahí. ¿Qué bebes?

Dos besos muy cerca de la comisura de los labios. El olor a colonia barata. Su barriga rozando la suya. Siente como le quita el vaso de tubo de la mano y observa cómo se gira para encarar la barra y pedir un par de consumiciones.

Al rato vuelve y le entrega la suya.

- Ginebra con cola. Nada de mariconadas de Coca-Cola, joder. Que estamos de fiesta. ¿No te parece?

Gloria sonríe torpemente. No sabe porque, pero la sensación de alarma ha pasado a un tono más bajo. Bebe un trago y arruga la nariz.

- ¡Joder! Está cargadísimo. ¿Me quieres emborrachar?

Pablo carcajea. Se acerca a su oreja poniéndole la mano en la cintura. Un escalofrío le recorre el cuerpo. Su aliento huele fuerte, a alcohol y tabaco.

- Vamos. Una chica como tú. No me dirás que no te va un poco de marcha, ¿no?

Se imagina las miradas de sus compañeras. El cabrón del hospital con la mojigata. Le devuelve la sonrisa. Nota como la mano aprieta más su cintura y la atrae hacía aún más hacia él. Dos dedos se posan en el culo del vaso y lo lleva a su boca bajo su atenta mirada.

- Bebe – le indica suave pero firmemente,

Y bebe. Arruga la nariz. Está fuerte, muy fuerte, y sin embargo bebe, notando los cubitos de hielo contra sus labios.

Se separan y se mueven al compás de la música. Se siente bien. Tampoco hace mal a nadie y no hará nada que no quiera hacer, piensa.

La música sube de tono. La gente empieza a saltar al ritmo de la canción de moda. Una chica pasa entre ellos y con el codo le da un golpe al vaso que iba hacia sus labios y derrama el contenido sobre su vestido.

- Mierda - piensa.

El líquido pone sus pezones duritos. Pablo increpa a la chica que se pierde entre la multitud ajena a los insultos y se gira hacia ella.

- Menuda imbécil. ¿Estás bien?

- Empapada. Me lo ha derramado todo por encima.

Mira en dirección al lavabo. Una cola interminable la hace desistir.

- Vamos a mi coche. Tengo una toalla y puedes secarte ahí. Vamos no muerdo.

Sabe que no es buena idea y sin embargo le puede la tentación.

Salen a la noche. Hace frio y se rodea los brazos desnudos. Le duelen los pezones, durísimos como los tiene. Pablo la mira sonriendo y le pasa un brazo por los hombros.

El coche está aparcado al final del aparcamiento.

- Dijiste que tenías un coche, no un tanque – dice riendo Gloria

Un volvo 4x4 negro, con lunas tintadas. Las luces parpadean cuando se abre el vehículo. Le abre caballerosamente la puerta de atrás y Gloria sube. Huele a nuevo a pesar del olor a tabaco que lo impregna tenuemente. Siente como Pablo trastea en el maletero y le entrega una toalla. Se sienta delante y enciende un cigarro.

- Soy un caballero y no voy a mirar – le dice sarcásticamente, soltando el humo

Gloria se baja la cremallera lateral del vestido y se lo baja hasta la cintura dejando sus pechitos al aire. Se limpia con la toalla.

- No es lo que se oye por ahí

- ¿Y qué es lo que oye por ahí? – Su mirada esta fija al frente. Mira a la escasa gente pasar. Su voz suena chulesca. Da otra calada al cigarro.

- Cosas

- Mira niña, podría ser tu padre, tu tío. Eres una niñata. Me caes bien, pero esas cosas que has oído son cosas que pasan. No sé si tú estarías preparada.

Lanza el anzuelo. El silencio dura unos segundos.

- ¿Preparada para qué? ¡Mierda! – dice de repente

- ¿Qué pasa? – Pablo se gira. Ve a la chica batallando con la cremallera del vestido.

- Se ha roto. No sube.

- No te preocupes. Voy a buscar tu chaqueta y vamos a un sitio más tranquilo o te llevo a casa. Dame el resguardo

Busca en su bolsito y se lo da en silencio. Ve como sale del coche y se dirige a la discoteca mientras siente como su corazón late a mil por hora. ¿Qué está haciendo? Abre la puerta y se sienta delante, en el asiento del copiloto. Se descalza, frotándose los pies helados, enfundados en los pantis, uno encima del otro, hasta que entran en calor.

Pablo no tarda mucho en llegar. No dice nada cuando la ve sentada delante, con la mano aguantándose la cremallera rota. Coge la chaqueta que le tiende y por un instante se abre el lateral del vestido enseñando parte del pecho, joven, redondito, firme.

Deja la chaqueta sobre sus muslos, tapándolos. La falda había subido bastante al sentarse. Azorada, como puede, se ajusta el cinturón de seguridad y lleva su mano de nuevo a la cremallera rota.

Pablo no dice nada. Arranca el vehículo. Gloria se distrae de la mano que aguanta el roto de su vestido y el aprovecha para frenar en seco, haciendo que sus cuerpos se proyecten hacia adelante. Un pequeño grito de sorpresa surge de su garganta. Sus manos van al salpicadero para aferrarse a pesar de que lleva puesto el cinturón de seguridad. La parte del vestido roto cae y su pecho quedo al descubierto. Rápidamente intenta taparse, pero la voz de él la frena. No es una sugerencia, es una orden.

- Déjalo así. Me gusta lo que veo.

Lo mira. Su rostro está serio, duro. Sus ojos brillan maliciosamente. Baja la mano y la pone en su regazo, sobre la chaqueta. Ve como el niega con la cabeza y le hace un gesto con esta. No hacen falta palabras, coge la prenda y la echa a los asientos de atrás dejando sus muslos enfundados en medias negras a la vista. Tampoco hace intención de bajarse la falda que muestra más de lo que debe.

Una mano maneja el volante, la otra va a su muslo y lo acaricia, subiéndole la falda hasta mostrar el tanga bajo las medias.

Pone el intermitente y salen a la carretera. Su mano coge la suya y la lleva a su entrepierna donde se marca un buen paquete.

- Vamos a mi casa a tomar una última copa y algo más, ¿te parece?

Gloria mira al frente. Su corazón está desbocado. Su mano acaricia esa monstruosidad que palpa por encima del pantalón. Se ha olvidado de su pecho al aire, de sus intimidades a la vista. Deja ir el aire en una bocanada nerviosa y asiente en silencio.

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Aparcan el coche en un descampado delante de un bloque de pisos. Cuando para el coche, el silencio les envuelve. No se ve a nadie por la calle a esas horas de la madrugada. Pablo quita el seguro del cinturón de seguridad de Gloria y baja la otra parte del vestido dejando al descubierto el otro pecho.

Ella continúa mirando al frente en la oscuridad. Sin dejar de mirarla le acaricia los pechos. Están duritos, desafiando la gravedad. Son pequeños, pero bien proporcionados. Los aprieta con sus dedos notando su turgencia. Sus dedos frotan los pezones y aprietan provocando que gima entre los labios entreabiertos.

Nota su respiración agitada. Se chupa hasta el nudillo el dedo índice y lo dirige a sus labios entreabiertos.

- Abre – le dice metiéndoselo entero dentro.

Gloria nota la intrusión del dedo en su boca. Húmedo. Siente una arcada cuando el dedo llega al final y choca con su campanilla. Oye el “buena chica, aguanta” que susurra Pablo. La mano choca con sus labios y dientes, empuja la lengua hacia abajo, y el dedo entra en su garganta. Nota la bilis subir y como la mano libre de él se posa en su barriga, por encima de la ropa doblada sobre su regazo.

La saca y respira entrecortadamente cogiendo aire.

- Sólo te lo diré una vez putita, ¿quieres seguir jugando?

Le mira con los ojos vidriosos por el esfuerzo. Su garganta sube y baja. Le excita estar frente a esa persona que la mira con un esbozo de sonrisa, de superioridad, mientras se limpia el dedo en el pliegue de su falda. Asiente. No sabe a dónde le llevará esa locura, pero quiere averiguarlo. En un recoveco de su mente saltan las alarmas que resuenan en su cabeza, los comentarios en susurros que había oído, las advertencias… Nota un hormigueo en su entrepierna. Un escalofrío le recorre el cuerpo estremeciéndola.

Pablo se toca el paquete por encima del tejano, satisfecho.

- Quítate el vestido. ¡Ya!

Nerviosa, sus manos cogen el vestido. Enrollado en su cintura, le llega el olor a ginebra. Levanta el culo del asiento, apoyando sus pies descalzos en la alfombrilla del coche, y lo baja siseando este con el roce de las medias. Lo deja al lado de los zapatos, hecho un ovillo. No sabe qué hacer con sus manos y las pone sobre la goma de los pantis que le llegan por encima del ombligo para quitárselos.

- No – Le dice Pablo. Así me gusta.

Sus manos recorren sus muslos, rozan su sexo por encima de la tela de las medias y la tanga que le cubre el coño, que siente húmedo. Le da una suave palmada y pega un brinco en el asiento mientras él ríe suavemente. Le deshace la coleta y le esparce el pelo por los hombros. Le tapa los pezones y juega con ellos esparciendo el pelo por los mismos. Su mano la agarra por la nuca y su boca busca la suya. Su lengua entra dentro, entrelazando las lenguas, la saliva. Es un beso sucio. Nota la erección dura, buscando salir del pantalón, le duele. La mira, ella, con el pelo revuelto, le devuelve la mirada. Él con mirada sádica, ella con mirada de oveja que está a punto de ir al matadero. Le escupe en la cara. Es un escupitajo espeso, con mucha saliva. Parte va al pelo, parte al ojo izquierdo, la mejilla. Hace un ademán de limpiarse y le da un manotazo en la mano mientras niega con la cabeza, viendo como la saliva resbala, llega a su mentón y cae en su pecho, cerca del duro pezón sonrosado.

- Sal del coche.

Gloria hace ademán de coger el vestido y Pablo le azota la nalga izquierda. Es un golpe seco, doloroso, se lo deja rojizo. La tira del tanga se pierde entre los cachetes, cubiertos por la media.

- No te he dicho que cogieras nada. ¿No he sido claro?

Sale de la confortable calidez del coche a la fría noche. Nota como la piel se le eriza por el frio. Siente las piedrecitas del suelo en la planta de sus pies bajo las medias. Sus brazos rodean su delgado cuerpo y oye el cierre del seguro del coche. El rostro de Pablo se ilumina parcialmente, con la llama del mechero, cuando se enciende otro cigarro. La mira sonriente, y sonríe abiertamente cuando ella golpea la ventanilla del coche.

Lleva su dedo a los labios reclamando silencio y señalando alrededor. No hay nadie, pero precisamente por eso debe tener cuidado. No es cuestión de montar un espectáculo. El silencio desplaza el ruido y, aunque los bloques de enfrente tienen las ventanas oscurecidas, cualquiera podría verse tentado de mirar si oye jaleo.

Un retazo de llanto sube por su garganta mientras observa a ese cabrón fumando tranquilamente mientras ellas se congela de frío. Si hasta el calentón del coño se le ha ido y el dolor de la palmada en el culo se ha atenuado.

Se acerca a su ventanilla y pone la palma de la mano en ella mirándole con cara de lástima. La mano de Pablo, enorme, cubre la suya. Baja la ventanilla unos centímetros y echa el cigarro por la obertura.

- Por favor – gime

- Por favor que. Me debes una disculpa, ¿no crees? Te he dicho que salieras del coche y me has desobedecido intentando coger el vestido. No me gusta repetirme, te lo he advertido antes.

Se enjuaga las lágrimas que empiezan a brotar con el dorso de la mano.

- No volverá a suceder. No he pensado en que…

- Ese es tu problema, que habrá que corregir. No quiero que pienses. Quiero que hagas lo que te diga en el acto. Me voy a apiadar de ti y te lo voy a preguntar una segunda y última vez y quiero que lo pienses bien porque a partir de lo que decidas habrá consecuencias cada vez que desobedezcas. ¿Quieres seguir jugando?

Gloria, abrazándose y tiritando asiente una vez más. Tampoco es que se lo hubiera pensado mucho. No sabía si era por que le excitaba ese trato que recibía o porque quería que todo aquello acabara para ir a cualquier sitio donde no hiciera el frio que la estaba torturando.

Satisfecho por la respuesta, Pablo sale del coche. En ningún momento hace ademán de coger los zapatos ni el vestido del coche. Le da un pequeño bofetón en la mejilla que le hiere más en su orgullo que la bofetada en sí que apenas le roza la cara y ve como empieza a andar cruzando la carretera silbando y subiéndose la cremallera de la cazadora.

Se aterra al verse allí sola, bajo la luz de la farola, prácticamente desnuda y muerta de frío. No hay vuelta atrás. Ha decidido seguir. Aún no sabe por qué. Le vuelven a la mente los rumores que se cuenta sobre el hombre que casi ha cruzado el asfalto y sube a la acera mientras se saca las llaves del bolsillo de la chaqueta. En ningún momento ha mirado atrás. Sabe, sin dudar un segundo, que, si abre la puerta del portal y la cierra tras él, se va a quedar en la calle, por lo que echa a correr, balanceando sus menudos pechos, el pelo al viento, agarrando por milímetros la puerta que está a punto de cerrarse. Entra en el descansillo del portal y ve como abre la puerta del ascensor. Pablo entra y se la queda mirando, golpeando las llaves contra su tejano, provocando un ruido metálico al hacerlas entrechocar en su muslo.

La luz del descansillo esta apagada, por lo que la única luz que hay es la del ascensor, que se proyecta sobre su cuerpo desnudo.

- Por las escaleras. El sexto A – Mira el caro reloj que lleva en la muñeca – Yo de ti me daría prisa. A esta hora algunos vecinos van a trabajar a las fábricas. Tú misma.

Ve como las puertas del ascensor se cierran y se queda en la semioscuridad, iluminada escasamente por el cajetín de la luz de emergencia. Empieza a subir las escaleras de dos en dos, sin pensar, sólo moviendo las piernas, rápido, rogando para que no se abra ninguna puerta ni ninguna luz en cada rellano por el que pasa, mientras sus pies resbalan repetidamente en el mármol de las escaleras.

Jadeante llega al sexto piso. Ve las puertas en el rellano. Por un instante se horroriza al pensar que las cuatro están cerradas. Empuja las dos primeras y la tercera se abre hacia dentro cuando su mano se apoya en ella.

Aliviada aguanta el sollozo. Un pasillo oscuro la recibe y la engulle cuando cierra la puerta tras ella. Una luz se enciende al final de este. Oye un silbido llamándola, corto. Se frota los brazos entrando en calor, el corazón se ralentiza a pesar de sentir los nervios a flor de piel. Sus pasos son silenciosos descalza como está.

A su lado deja tres puertas cerradas, dos a mano derecha y una a mano izquierda. Intuye cuadros colgados. Una nueva luz, tenue como la primera, se enciende a pocos pasos de donde está. Cruza el umbral y entra en el salón comedor. Pablo está sentado a horcajadas en el sofá, se ha quitado los zapatos y la camisa. La mira con lascivia. Se relame. Se frota sin descaro alguno la polla por encima del pantalón del que se ha desabrochado los botones.

Se quedan en silencio, uno frente al otro. Le señala una puerta entreabierta que está justo a su lado.

- Ahí está la cocina. Tráeme una cerveza, tú ya tomaras otra cosa.

El salón está en semi penumbra a pesar de las dos lámparas encendidas. Entra en la cocina y vislumbra la nevera. La abre y ve una repisa llena de latas de cerveza en la zona de frio, arriba del todo. Nota endurecerse los pezones al ponerse de puntillas para coger una de las latas.

Entra de nuevo en el salón. Pablo la mira relamiéndose los labios. Se ha quitado los pantalones y los calzoncillos y está masturbándose lentamente una polla enorme de huevos peludos, bajándose el prepucio a cada pasada de mano, descapullándosela, dejando a la vista un glande violáceo y pringoso.

- Dame

Gloria le acerca la lata y Pablo aprovecha para llevar su mano pringosa a sus labios. Le llega un olor fuerte, pero abre la boca y nota sus dedos en su interior y los chupa. El gusto es agrio, pero no aparta la mirada de la de él. Satisfecho le da una pequeña bofetada y acerca la fría lata al pezón derecho de ella. Da un respingo, pero no se mueve notando su pezón endurecerse aún más, provocándole un dolor intenso.

- Estas hecha una buena zorra. Se nota que quieres experimentar. Anda, quítate los pantis y la tanguita a ver que tienes ahí debajo. Seguro que está chorreando guarra.

Excitada por sus palabras lleva los dedos a la goma de los pantis y los baja. Mantiene el equilibrio mientras libera primero un pie y después el otro. El chasquido de la anilla al abrir la lata resuena en la habitación silenciosa. El pelo cae sobre su cara cuando se agacha para bajarse la tanga. Se yergue y se muestra desnuda ante Pablo, con las manos sobre sus caderas y las piernas ligeramente abiertas. Una ligera capa de vello tapa su rajita, que se intuye húmeda.

Da un trago a la lata y eructa sin dejar de masturbarse. Le gusta lo que ve. Delgadita, con esa cara de niña con granitos de adolescente. Su pie se alza. Su dedo recorre la raja del coño que como preveía está húmeda, su uña la lastima y ve con satisfacción como aprieta los labios. Su mirada está perdida en el cigarro que se consume en el cenicero que hay en la mesita.

- Ábrete más.

Entreabre más las piernas. Nota ese dedo jugar en su raja. Le hace daño con la uña y ahoga un gemido cuando su dedo gordo accede a su interior. Juega un rato metiendo y sacando la extremidad. Se muerde el labio inferior. El empeine repasa su entrepierna y cae al suelo cuando le da una pequeña patada en ella.

Oye la risa de Pablo. No le ha hecho daño, pero no ha podido evitar correrse con ese solo acto. Lleva las manos al suelo y se queda a cuatro patas jadeando. Su pelo cayéndole a ambos lados del rostro. Sus pechitos colgando apenas.

- ¿Qué se dice?

Siente el golpeteo de la lata vacía sobre la mesa. Levanta la cabeza y mira como coge el paquete de cigarros, saca uno y lo enciende. El humo asciende y entrecierra los ojos mirándola. Arquea las cejas. Espera una respuesta. Su polla se alza venosa, dura.

- Gracias – se oye decir en un susurro.

- Ven

Se acerca a cuatro patas. Más cerca de él huele la mezcla de colonia barata y el fuerte olor que desprende su entrepierna. Su mano acaricia su cara, sus granitos. Se siente avergonzada por eso. Le aparta el pelo y la coge de las orejas atrayéndola hacia él. Su mano vuelve a cogerla de la nuca acercándola a su cara. Siente su pene palpitando sobre su pecho, entre sus tetitas. Se saca el cigarro de la boca y carraspea fuerte escupiéndola en la cara. Siente asco y sin embargo se siente excitada, notando como le resbala ese mejunje por el rostro.

- Esto va bien para los putos granitos. A ver qué sabes hacer. Aplícate porque verás que no tengo mucha paciencia con niñatas como tú.

Relame la saliva que le cae por la comisura de sus labios. Sabe mal y aun así la traga. Su mano recoge lo que le resbala por la mejilla y se chupa los dedos. Pablo echa una calada, se acerca a ella y pega su boca a la suya para soltar el humo dentro mientras la morrea con deseo.

No fuma, siente ahogo, ganas de vomitar. La lengua de Pablo en su boca busca la suya, sus encías, paladar. Se separa de ella y la abofetea. Esta vez es una bofetada fuerte. Tiene los ojos lagrimosos. Ve como se agarra la polla por la base. Los huevos gordos, rojizos, peludos bajo la presión de su mano. La agita delante de ella, incitándola a que empiece. La mano en su nuca aprieta y aprieta para bajar su cabeza.

No se atreve a llevarse la mano a la mejilla que le duele tras el bofetón. Cierra los ojos cuando su rostro impacta contra el capullo que Pablo restriega sobre su cara pringándola toda. Se oyen solo sus bufidos mientras ella busca afanosa el miembro con su lengua, con sus labios, con su boca.

Finalmente consigue darle un lametón al glande en una de las pasadas de la polla por delante suyo. Pone las manos en sus muslos, arrodillada sobre sus talones. Le da un lametón al tronco venoso. La mano la empuja hacia abajo llevándola a sus huevos. Los lame, se le llena la boca de pelos, del sabor agrio del sudor. Ve como los dedos de él coge uno y se lo mete en la boca. Lo chupa con fruición, saboreándolo, oyendo los gemidos de él. Luego pasa al otro y hace lo mismo.

Pablo disfruta de la boca de la chavala. Resopla cuando siente sus huevos dentro de la cálida boca, como se los chupa con fuerza, como juega con su lengua. Quiere llevarla más allá antes de que le coma la polla. Se incorpora sin dejar de cogerla por la nuca. De hecho, enreda los dedos entre el pelo de ella y acomoda sus lumbares en el sofá dejando su peludo culo al aire.

Gloria ve aparecer ante ella el orificio sudado, lleno de pelos pegados alrededor. La mano que la guía no le da opción. Siente tirones en su cuero cabelludo cuando entrelaza los dedos en su pelo y se afianza bien. No hay palabras, solo bufidos. Su nariz impacta en el ano que se entreabre dejando salir un pequeño pedo silencioso. El olor la hace echarse atrás, pero la mano no la deja. Le restriega la nariz por la raja del culo. Saca la lengua y la recorre de arriba abajo. El olor es fuerte pero no insoportable. Sus manos dejan sus muslos y se colocan sobre las nalgas de Pablo.

Lame con fruición arriba y abajo. Ataca el ano y se atreve a meter la lengua dentro en un mete saca acuoso. De repente se incorpora, la mira, sonríe y la insulta.

- Puta

Ella le mira sonriente, con los labios húmedos. No sabe porque, pero le gusta ese trato, la excita. El se agarra de nuevo la polla mientras se acomoda bien. No tiene que decirle nada. Lleva su mano al tronco y no se sorprende cuando no la abarca toda. Piensa que la va a reventar cuando se la meta, por no hablar del culo prácticamente virgen.

Se incorpora sobre sus doloridas rodillas, pero no quiere quejarse. Abre la boca y engulle el capullo. Lo deja en su cálida boca jugando con la lengua. La saca y escupe mientras le pajea. El ha sacado su mano, ya no la coge del pelo, la mira expectante a ver cual es su siguiente paso.

Gloria abre la boca, deja la lengua flácida y engulle. No le cabe toda. Emite una arcada cuando choca con su campanilla y, aún así, intenta que le quepa más. Aguanta un rato, pero le es imposible. Un hilo de baba queda colgando de sus labios al glande cuando la saca y coge aire mientras tose. Siente la mano de Pablo palmeando su cabeza como si fuera una perrita y le diera la enhorabuena por el trabajo hecho.

- Otra vez – le dice Pablo. Esta vez coge la cabeza con ambas manos y, en cuanto tiene lo máximo posible en su boca empieza a follarle la boca lentamente hasta que, poco a poco, empieza a bombear fuerte.

Se siente morir cada vez que la polla choca con el final de su garganta. La saliva y las babas facilitan que se deslice el miembro, pero cada vez, animado por la pasividad de ella embiste más duramente.

- ¡¡¡¡Ya verás como a final del finde semana te la tragas toda, zorraaaaaaaaaa!!!!

Mantiene la polla dentro de la boca de la chica. Son tres dedos los que le faltan por entrar, y por sus cojones que lo conseguirá. Ve su cara roja, deformada por el esfuerzo y aun así aguanta estoicamente.

Cuando se la saca de la boca la empuja. Cae hacia atrás boqueando. Se golpea la espalda con la mesita y la desliza. Queda estirada cuan larga es sobre si misma, con las piernas entreabiertas, mostrando su sexo. Antes estaba húmedo, ahora lo ve chorreando.

Pablo se frota la polla con la palma de la mano.

- Quédate así puta y métete dos dedos en ese agujero de mierda.

Gloria no se atreve a limpiarse la boca. Le duele, sobre todo las mejillas y la garganta. La nota irritada. Lleva dos dedos a su raja y hunde dos dedos en su coño de gople. Entran con facilidad. Nunca en su vida había estado en ese estado. Empieza a masturbarse. Nunca lo ha hecho delante de nadie, pero extrañamente, no siente vergüenza.

- ¿En serio te follo esa momia del Dr. Robles? – Hay que ser una verdadera guarra o estar muy necesitada para eso joder.

Ahora sí, la vergüenza se refleja en su cara. Si lo sabía él, no tenía dudas de que si no lo sabía todo el hospital, pronto lo sabrían. ¿Cómo miraría a la cara a sus compañeros y compañeras a partir de ahora?

Intuyendo sus pensamientos Pablo carcajea. Se abre más de piernas y continúa masajeándose lentamente.

- ¡Contesta! Si me haces levantar va a ser peor

- Las dos cosas – dice sin pensárselo. – Me dijo que no continuaría en el hospital a no ser que me dejara follar por él.

- Y accediste. ¿El mismo día que te lo dijo?

Baja la cabeza. La levanta. Le mira con esa carita de niña avergonzada.

- Sí. Me dijo que me bajara los pantalones y me apoyara en su mesa

- ¿Y qué tal?

- Buscó mi agujero y me folló rápido

- ¿Para eso sirves no? – ¡No pares!

- Supongo que sí – le contesta reanudando su toqueteo intimo o no tan intimo

- Yo supongo que lo disfruto más el que tú. ¿Llegaste a correrte?

Niega con la cabeza.

- No. Cuando se corrió tiro el condón a la papelera y me dejó apoyada en la mesa, temblando. Me sentí sucia. A los dos días me hicieron fija.

- Fija por un polvo. No veas como lo explicaba a sus amigos. Seguramente pasarás por la polla de cada uno de ellos. Como celador me entero de muchas cosas

- ¿Es cierto? – Se atreve a preguntar Gloria – Lo que se cuenta en el hospital.

- ¿Sobre mí? – Asiente con la cabeza – No quieras entrar en mi juego. Soy cruel y tengo un grupito de amigos en los que hay alguno de esos doctores.

Ahora se frota con más energía. Pablo coge otro cigarro y lo enciende con el que aún humea en el cenicero prácticamente consumido. Arquea una ceja cuando la oye resoplar por la excitación y lo que suelta a continuación.

- Quiero entrar en ese juego

Suelta el humo lentamente. Se levanta. Le aparta la mano con el pie y pone la planta en su coño, restregándolo suavemente por él.

- ¿Estás segura? Antes que tú han pasado varias zorras. Supongo que lo sabes. Muchas se han ido, otras pidieron la baja. No me ando con tonterías.

Hace un gesto de dolor cuando la planta del pie de Pablo aprieta más de lo necesario. Duele. Pone las palmas de sus manos en su empeine, pero no hace ademán de apartárselo.

- Lo estoy. Estoy cansada de ser la tonta del hospital, de los amigos, de la familia. Que me mire todo el mundo por encima del hombro.

El silencio es palpable. Aparta el pie del coño y apaga el cigarro en el cenicero, junto a las otras colillas.

- Será peor que eso, pues todo el mundo sabrá lo que eres. No te equivoques. Ahora te miran por encima del hombro y piensan que eres la tonta del hospital. Conmigo serás la puta, la zorra, la guarra del hospital y te miraran peor que ahora. harás cosas que ni te imaginas y me pedirás dejarlo, y si no me sale de los cojones no lo harás y te castigaré por pedírmelo. Esto no es un juego. Este fin de semana jugaremos. Quiero saber hasta donde estas dispuesta a llegar. Y el lunes cuando vayamos al hospital, o serás mi puta o una compañera de trabajo con el que he pasado un fin de semana algo diferente. Igual hasta te coges la baja como otras antes que tú, avergonzadas por descubrir lo guarras que eran y no poder admitirlo o no saber gestionarlo y continuar.

Gloria le mira. Nerviosa. Sus manos se apoyan en el suelo, tras ella, los antebrazos reposando en el parqué. Ve como Pablo se sienta de nuevo en el sofá. Su cabeza esta hecha un lío. Por un lado, tiene miedo, mucho miedo de verse atrapada en algo que seguramente se escape a su control. Por otro lado, le puede la excitación de verse atraída en un mundo con el que ha fantaseado desde siempre. Sabe que decida lo que decida ese fin de semana será diferente a cualquiera que haya vivido hasta entonces y que saldrá diferente a como se siente ahora mismo.

Desde el sofá, Pablo la mira fijamente, chasquea la lengua. Emite un silbido como si se dirigiera a una mascota, y entiende que esa mascota es ella. Se levanta. En tres pasos esta frente a él. Pone las rodillas a ambos lados de sus muslos. Tiembla. Busca con los dedos la polla. No ha perdido ni un ápice de dureza. Busca con ella la entrada a su cueva. Roza sus labios con el glande. Nota como se abre paso y duele. Se muerde de nuevo el labio inferior bajo la atenta mirada de Pablo. Resopla cuando el capullo entra en ella. Aguanta unos segundos y se deja caer poco a poco notando como la parte por la mitad a pesar de lo mojada que esta. No quiere imaginarse esa sensación en el culo a pesar de que sabe que ese fin de semana, tarde o temprano, ocurrirá. Quiere cerrar los ojos y no se atreve. Quiere llorar y no puede. Quiere que este orgulloso de ella y va descendiendo, subiendo y bajando cada vez un poco más hasta que su culo hace tope con los muslos de Pablo. Siente los labios del coño totalmente abiertos, su coño rezumando jugos, tensa por el dolor al notar ese trozo de carne taladrándola.

La mira, satisfecho. Siente su polla aprisionada entre las paredes de la chavala. Su cara tensa, aguantando el dolor que seguramente está sintiendo. Cuando llega al tope se queda quieta, acomodándose, amoldando sus paredes a la barra que la está atravesando.

Sus manos van a sus pezones y los acaricia estimulándolos, para estrujárselos duramente cuando se empitonan. Les da un par de manotazos a los pechos hasta que se ponen rojos. Tiempo tendrá de divertirse con ellos piensa. La coje de los cachetes del culo y la levanta como si nada. Media polla sobresale y deja de golpe de sujetarla, dejando que caiga sobre él pesadamente. Lanza un grito de dolor y el lo acalla abofeteándola. Vuelve a realizar dos veces más el proceso y ella esta vez calla. Mordiéndose los labios, cerrando los ojos, abriéndolos después cada vez con más brillo y humedad en ellos.

Siente el calor en el culo cuando la mano abierta impacta en él.

- Muévete puta, o ¿tengo que hacerlo todo yo?

Gimiendo empieza a moverse notando como se va empapando cada vez más. El dolor da paso a otra cosa. Siente sus manos en su espalda y como la atrae a él. La besa dulcemente en la boca mientras ella va subiendo y bajando. Esta vez cierra los ojos del todo, disfrutando, y él la deja. Tiempo habrá para que se corra cuando y donde él quiera.

Gloria disfruta, a pesar del miedo que tiene de que cambie en un momento a otro y vuelva a ser el que ha sido durante toda la noche. Pero se relaja a medida que le cabalga. Los suspiros de ambos se entremezclan. Los besos. Las caricias de él en la espalda y el culo, donde aún le pica el manotazo de antes.

Un escalofrío le recorre el cuerpo cuando le sobreviene el orgasmo de repente. No se lo esperaba y le echa las manos atrás de la cabeza mirándole con los ojos en blanco mientras se corre como nunca lo había hecho. El no tarda mucho más y descarga tres lechazos descomunales en su interior. Se quedan sudorosos abrazados. Él con la polla palpitando y ella notando pequeñas convulsiones y la leche que se escurre por sus muslos.

- Ahora vas a ser buena. Te vas a salir, te vas a tapar el coño y vas a buscar a la cocina un vaso para echarlo todo dentro. Mañana tendrás tu desayuno. Y antes de dormir en la alfombra de la habitación me vas a dejar la polla reluciente. Después te daré una pastilla, pero conmigo follas a pelo, ¿estamos?

Gloria hace lo que le indica. Siente un vacío cuando sale del empalamiento. Le tiemblan las piernas, pero aun así con una mano tapándose la raja de la que le rezuma leche que le resbala por los muslos, va a la cocina, coge un vaso y recoge todo lo que puede delante de Pablo. Se relame los dedos y deja que se seque el resto. En silencio, pero satisfecho por lo que ve, observa como la muchacha se arrodilla agotada entre sus piernas y lame con devoción el desastre hasta que le indica que ya hay bastante.

Recorren el pasillo dejando el comedor con un olor asfixiante a sexo y humo. Ambos van sudorosos, pero no parece importarles. La habitación tiene una cama enorme sobre la que Pablo se echa y cae rendido en apenas unos minutos, sin hacerle ningún tipo de caso.

Por su parte Gloria se echa en la alfombra que hay en el suelo. No tiene frio. La calefacción está puesta. Dobla un brazo sobre su cabeza y no piensa en nada. Simplemente se va durmiendo con su otra mano jugando en su coño escocido.