Me usa cómo, cuándo y dónde quiere. Ruth. (3)
Ruth sabe que esta noche no será un encuentro de iguales. Al abrir la puerta, su nombre se borra; solo existe la 'cosa'. ¿Podrá soportar el peso de ser un objeto sin voz, sin voluntad y sin dignidad, mientras él decide cada segundo de su placer?
(Muy recomendable leer la partes anteriores antes)
A las 6 y media estaba atacada de los nervios. Le había dado mil vueltas ¿realmente quería que pasase lo que iba a pasar? Por mi cabeza pasaban miles de opciones pero la que más fuerza tenía era decirle que no viniese, que me había arrepentido. Estuve a punto de llamarle varias veces, pero, nunca sabré por qué, no lo hice.
En su lugar, saqué del armario la caja de los juguetes y, casi con cariño, los puse encima de la mesa del salón. No había muchos: dos dildos de cierto tamaño, tres plugs (uno sin estrenar, era demasiado grande para mi), un hitachi a batería y un satisfyer que era mi amante más fiel. De la caja también salieron condones, lubricante y unas esposas de esas de pelitos rosas, restos de una despedida de soltera hace años.
Al verlo ahí, colocado, me calmé un poco. Era sorprendente cómo los nervios que consumen a Ruth dejaban paso a la autómata que él llamaba “cosa”.
En ese mismo estado de “no voy a pensar, no voy a pensar” decidí que no me iba a preocupar de elegir lencería. Total, no creo que le hiciese mucho caso, así que, activando el modo “de perdidos al río” me decidí por esperarle sin ropa. Si lo iba a hacer, lo iba a hacer bien.
A menos 5, tiré un cojín al suelo, que una ya tiene una edad.
A menos 2, puse el móvil en una esquina, grabándolo todo. Lo pensé como medida de seguridad, lo juro.
A las 7 en punto, sonó el telefonillo. Estaba tan nerviosa que pegué un brinco y todo. Me temblaban las piernas al ir a abrir. Le vi por la pantalla y le abrí, sin decir nada. Abrí ligeramente la puerta de casa y me fui hacia donde había dejado el cojín. Me quité la ropa de casa apresuradamente y la lancé hacia el dormitorio. Arrodillada, desnuda, con las manos en los muslos y mirando abajo de puro nerviosismo, oí el ascensor, unos pasos, la puerta de mi casa cerrarse y supe que estaba dentro. Vi sus zapatos y sus piernas, pero no me atreví a levantar la cabeza, temblaba.
Que diferente estaba siendo del primer día. Aquél día llevaba el calentón desde el local y asumía que iba a ser un polvo diferente, pero un polvo. Estaba caliente, había bebido un poco y tenía ganas de follar.
Ahora era diferente: ni había bebido ni iba a ser un polvo diferente, era otra cosa. En realidad, me estaba entregando a él, a que me usase como a una puta, como a una muñeca hinchable. Y lo estaba haciendo voluntariamente. Podía haber dicho que no, pero es que en realidad, quería.
“Bien hecho, cosa, me alegro de ver que has cumplido. Especialmente lo de no llevar nada, me pone más fácil disfrutar de ti. Y eso es, ya lo aprenderás, tu mayor objetivo: que yo disfrute más. Por ahora, una primera regla: solo podrás hablar si te hago una pregunta directa o si necesitas que pare la sesión. Ahora no te he preguntado nada, así que no puedes decir nada.”
Una pausa. Que cabrón, quería hablar, quería opinar. Pero no, no me deja ni eso, no me deja ni comportarme como a una puta, solo soy una muñeca hinchable. Eso sí, una muñeca cuyo coño se moja solo. Y mucho.
Noto que se mueve, veo sus pies ir hacia la mesa.
“Qué pocos juguetes tienes, cosa. Ya veremos cómo ir solucionando eso. Yo he traído un par de cosas solamente, hoy voy a ser suave, es tu segunda vez y hay que buscar tus límites.”
“Gracias, supongo” Eso solo lo pensé.
Se puso detrás de mí. No era capaz de moverme pero al menos en esta postura no me sentía tan desnuda.
“Como sé que estás nerviosa, voy a ir contándote lo que voy a hacer. No te acostumbres, no es algo que vaya a ser así en adelante. Para empezar, voy a taparte los ojos”
Un escalofrío sacudió mi cuerpo al notar como me ponía un antifaz. De los buenos, no podía ver nada. No me moví más, pero mis manos temblaban. Me sentía indefensa, un objeto, algo que no tenía capacidad ni voluntad. Y no sabía si me daba más miedo esa sensación o notar cómo esa situación estaba excitandome mucho, muchísimo.
“A cuatro patas, cosa”
Primera orden. Tardé en procesarla. Seguía detrás de mí. Me puse a 4 patas, con la cabeza baja. No veía nada, pero para eso no hacía falta.
“Bien hecho, cosa”
Su mano me tocó la espalda, suavemente al principio. Me agarró del pelo y tiró un poco hacia arriba. Bajó por mi espalda, llegó a mi culo. Caricias.
De repente, un azote. Solté un pequeño grito por la sorpresa. Otro azote, más fuerte.
“No puedes hablar, cosa. Gritar tampoco.”
Media docena de azotes, no muy duros. Me sentía vejada, pero mientras tanto hacía fuerza con las manos para tener el culo en el mismo sitio y no irme hacia delante.
Dejó de azotar y volvió a las caricias. Cada vez más centradas, pero se acercaba despacio. Imagino que yo ya jadeaba, pero ni me acuerdo.
“Abre las piernas”
Aquí no dudé, mi coño ya palpitaba, lo notaba.
La mano pasó por mis muslos, subió hacia mi coño y comprobó lo mojada que estaba.
“Así que mi cosa está empapada. Mucho mejor, más fácil me lo pones”
Llegó a mi clítoris. Joder, el cabrón sabía tocar. Apenas lo rozó. Yo quería más, pero no iba a pedírselo.
“Baja la cabeza hasta tocar el suelo, cosa. Apoya la cara y ponte las manos a la espalda”
Menos mal que mi cara pillaba donde la alfombra.
La postura era humillante, mucho. Pero lo fué más cuando noté que ponía algo alrededor de mis muñecas. Unas esposas de algún tipo, no parecían las mías.
Temblando, me resigné a ser su juguete. Esposada, sin ver y desnuda, no era más que un objeto en sus manos. Estaba excitada, asustada, temblorosa y, al mismo tiempo, deseando que me usase, que me follase. Lo sé porque me di cuenta de que, al volver a llevar su mano a mi coño, yo misma me movía buscando el roce. Joder, qué calentón llevaba ya.
Me dejó así y se fue a la mesa. Volvió con un plug, no sabía cuál, pero supe lo que era porque noté el frío metálico en mi coño.
“No merece la pena gastar lubricante, cosa. Voy a usar tu coño chorreante para lubricar este plug”
“¡No, no, no, eso no es suficiente!” Pero no lo dije
Lo movió por fuera, lo metió en mi coño, lo llevó dos o tres veces a la entrada de mi culo, lo frotaba allí. Hasta que debió de pensar que ya estaba bien lubricado y lo empujó dentro. Entró mucho más fácil de lo que me temía. Mi culo se lo tragó sin apenas resistencia. Menos mal que no era el grande.
Me sentí violada por primera vez. Pero no me sentí mal.
“Ahora, cosa, voy a disfrutar yo. Espero que te comportes”
Sin ninguna delicadeza, me agarró del pelo, tiró hacia arriba y me arrastró. Tuve que moverme sobre las rodillas, en dirección al sofá. Lo oí sentarse y quitarse la ropa.
Volvió a agarrame del pelo y llevó mi cabeza hacia su polla. Yo ya tenía la boca abierta, pero no estaba preparada para lo que vino después: sin miramientos, empujó mi cabeza contra su polla hasta que entró hasta el fondo. La noté en la garganta. Nariz contra su pubis. Primera arcada. Tirón del pelo hacia fuera, babas chorreando.
“Te falta mucho entrenamiento, pero eso tiene fácil arreglo. Coge aire”
Ni me dió tiempo. Otra vez hasta la garganta. Tirón del pelo hacia atrás, empujón hacia delante. Con cada movimiento la sacaba entera y la volvía a meter. Mi boca no tenía opinión. No podía respirar bien, me daban arcadas, me dolían los tirones. Pero el cabrón tenía la situación controlada, me mantenía al borde del vómito, al borde del desmayo. Nunca me había follado la boca así, solo podía concentrarme en respirar, nada más. No se cuanto duró, pero se me hizo largo.
En un momento dado sujetó mi cabeza con las dos manos y fué él el que me folló la boca. Igual de brutal.
Ni siquiera se molestó en avisarme, simplemente se corrió en mi boca.
“Que no salga ni una gota, cosa”
Cerré los labios alrededor de la polla, noté como palpitaba con la corrida, la noté en mi boca. Amarga, pero poco.
Otro tirón del pelo. Pero ahora lo acompañó de un empujón que me hizo caer al suelo mientras él me sujetaba la cabeza. Quedé tirada, babeada, con su corrida en la boca (tenía permiso para no tragármela, pero no podía escupirla en la alfombra), desnuda, atada, sin ver y sin saber si lo que acababa de pasar me gustaba o no.
“Me gusta tu boca, cosa, es muy follable. Pero hay que practicar más para no tener esas arcadas. Voy a por algo de beber, ni te muevas”
No me iba a mover pero ¿me iba a dejar así? Oí sus pasos hacia mi cocina. Sabía que no había acabado. Y tampoco quería, necesitaba que me follase.
[Como siempre, se aceptan sugerencias, ideas, proposiciones deshonestas (o no) y lo que queráis contarme en el correo que aparece en mi perfil]
(continuará)
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