Xtories

[R] Los fluídos de la amiga de mi novia

Maialen solo quería devolver un vestido, pero la soledad de la tarde y la ausencia de su pareja abrieron la puerta a tentaciones prohibidas. Entre risas y confesiones, la línea entre la amistad y el deseo se desdibuja hasta que los juguetes sexuales pasan de ser objetos de conversación a instrumentos de placer compartido.

Laura Mina16K vistas8.8· 17 votos

Estaba leyendo los relatos de Laura Mina en su boletín gratuito cuando de repente sonó el timbre de casa.

— Ding, dong.

Abro la puerta y ahí estaba ella, con una luz en los ojos fuera de lo común y a la vez tan hermosa como siempre. De piel pálida pero con unos hermosos colores en sus mejillas, ojos verdes y su peculiar nariz puntiaguda.

—¿No está tu novia?

—No, hoy le tocaba turno de tarde en el hospital —respondí.

—Vaya, venía a devolverle un vestido que me dejó hace unos días. Toma.

Extendió su brazo para entregarme el vestido y al cogerlo le rocé la mano sin querer. Traía su alianza puesta.

—Pasa si quieres. Te invito a un café.

Maialen solía pasar largos ratos charlando conmigo. Diría que somos amigos al mismo nivel que lo es ella con mi novia, a quien conoce desde el colegio. Aceptó y entró dirigiéndose al salón. Yo cerré la puerta y me quedé detrás de ella. Traía un pantalón de cuero negro que le marcaba perfectamente su trasero y caminaba con una sensualidad que en pocas mujeres he visto. Se me iba la mirada completamente hacia su cintura y sus piernas hasta que se sentó en el sofá.

—¿Cómo estás, Maia?

—Bien, dentro de lo que cabe —me dijo mientras preparaba el café.

—¿Sigue la cosa parada? —refiriéndome a su casi nula actividad sexual que nos había comentado hace tiempo.

—Todo igual, sí. Ya llevamos dos meses prácticamente sin hacer el amor. Jon trabaja hasta muy tarde porque está en época de auditorías y cuando llega a casa sólo le apetece dormir.

—Y tú caliente como una bombilla, jaja.

—¡Cómo lo sabes! Tengo el Satisfyer gastado ya. Creo que necesito nuevos juguetes.

Maialen no tiene ni un pelo de tonta y además es muy morbosa. A solas con ella siempre hablamos de nuestras fantasías y de cómo casi todo el mundo tiene los mismos tabúes que no les permiten disfrutar. Ella me cuenta que está intentando que Jon se la folle por el culo pero no tiene paciencia, y cuando le ha metido dos dedos se detienen porque le duele. Para lo morbosa que es, creo que debería explorarse primero y probar con algún dildo hasta que dilate y pueda practicar sexo anal sin dolor y, sobre todo, con placer. Muchas veces me ha confesado su deseo de tener sexo en grupo, con mujeres e interracial. Cada vez que me lo cuenta, mi pene se pone muy duro pensando en comerme esas tetas y ese trasero en una orgía.

—Yo soy bastante abierto sexualmente y le cuento cómo me dilato el culo con mis juguetes y lo que se pierde un hombre que no explora esa parte de su cuerpo. Hablo con ella de sexo casi mejor que con cualquier colega hombre.

—¡Te vendo algunos de nuestros consoladores, Maia! —dije riéndome.

—Jaja sí, seguro que los tenéis ya gastados.

—Algunos están nuevos porque no los hemos usado. Cuando quieras, te los enseño y los pruebas —seguí, bromeando.

—Venga, enséñamelos, ya que eres tan valiente.

Me quedé con la sonrisa en la boca pero serio por dentro. A veces hemos sacado alguno de broma en una tarde de copas en casa, pero nunca a solas.

—¿Voy a por ellos?

—Ve. —Me confirmó.

Aparecí en el salón con la caja donde lo guardamos todo y la puse en la mesa. Le dije que los fuera sacando ella misma y eso hizo. En la mesa fueron apareciendo: un plug de acero con un diamante en la punta, un set de tres dilatadores anales, unas bolas tailandesas, el Satisfyer, un magic wand, un cinturón con su consolador fino para principiantes, un consolador realista grueso para avanzados, varios huevos vibradores, geles, condones…

Su sonrisa no se borraba ya. Se iba emocionando más y más con cada juguete que sacaba y me preguntaba si los usaba más o menos y cuál me gustaba más. Le fui explicando cada uno y probando los vibradores en su piel.

—Creo que se me han mojado las bragas, cabrón —me dijo entre risas.

En ese momento, mi pene se activó y empezó a apretarme un poco en el pantalón.

—Ya sabes, no será porque no tienes herramientas a tu alcance —le respondí yo.

—¿Quieres que pruebe alguno?

—Me resulta un poco extraño porque nunca hemos llegado tan lejos.

—¿Tan lejos? No estamos haciendo nada. ¡Estoy hablando de probar un trozo de silicona!

Asentí con la cabeza, un poco serio y con muchas dudas, pero en ese momento nuestras miradas y tonos de voz cambiaron. Su morbo nos invadió por igual, y movíamos los labios como verdaderos guarros. Maialen cogió el consolador grueso realista y se lo llevó a la nariz.

—Os habéis tenido que pegar buenas fiestas con este, ¿eh?

—Unas cuantas. Se lo meto casi hasta el fondo cuando le estoy chupando el coño, y se corre en menos de un minuto.

—Mmm… qué rico. Creo que hasta huele un poco a ella.

Sacó su lengua y lamió la punta del dildo. Se lo puso en la cara y me preguntó si le quedaba bien. Le dije que me ponía muy caliente. Que se le veía una cara de guarra que levantaba cualquier pene al instante. Maialen empezó a pasar su lengua por el dildo de arriba a abajo y rodeando la cabeza muy despacio. Cerró los ojos y comenzó a darle tiernos besos mientras yo esperaba sentado enfrente en la mesa, cada vez más y más empalmado.

Fue subiendo el ritmo y la intensidad hasta que abrió los ojos y lo clavó en la mesa con su ventosa.

—A ver hasta dónde llegas. —Le insinué.

Con los ojos abiertos y sin dejar de mirarme, comenzó a tragarse ese dildo poco a poco, centímetro a centímetro, parando a la mitad y aguantando ahí unos segundos retiró su cabeza, cogió aire y volvió a intentarlo. Esta segunda vez se metió todo lo que pudo hasta que le golpeó en la campanilla. Su boca empezó a babear el dildo, y volvió a sacárselo. Tercer intento. Llegó de nuevo hasta la campanilla y puso las manos en la mesa, echando su peso corporal sobre el consolador y abriendo paso en su garganta. Controlaba el reflejo muy bien y pudo tragárselo prácticamente entero. Sus ojos estaban empañados, las babas caían en la mesa dejando un pequeño charco. Ella gesticulaba con sus cejas y boca, buscaba mi aprobación y emitía gemidos de esfuerzo y placer al mismo tiempo que sacaba su lengua por debajo del dildo todo lo que podía.

Finalmente, se lo sacó, respiró, y con la boca llena de babas y los ojos llorosos, me preguntó qué tal lo veía.

—Eres una pedazo de zorra —me salió del alma.

—Lo sé. ¿Estás empalmado?

—Me va a reventar la polla —respondí.

Sonrió con malicia y despegó el dildo de la mesa. Poniéndose de pie, se desabrochó el cinturón y se soltó el botón del pantalón. Yo no creí que fuera capaz, pero allí estaba la amiga de mi novia, en mi salón, mostrándome cómo se tragaba una polla enorme y disponiéndose a probarla del todo en mi presencia.

—¿Te importa que termine lo que he empezado? —preguntó.

—Eh… no, para nada.

Se bajó el pantalón hasta los tobillos y sin quitárselo apartó su tanga hacia un lado. Lubricó con saliva el consolador y su coñito rosado y de pie se introdujo la punta despacio. Se desplazó hacia la derecha un poco para que la mesa no me quitara nada de vista y empezó a introducírselo poco a poco, sacándolo y metiéndolo hasta que totalmente lubricado entró hasta el fondo. Con el dildo metido y sujetándolo con la mano me dijo:

—Pues parece que me queda bien.

Ambos empezamos a reírnos. La situación era tensa, pero poco a poco la fui normalizando. Eso sí, miraba mucho el reloj, porque a mi novia no le quedaba mucho para salir del hospital y sabía que lo que estaba pasando en casa no le iba a gustar ni un pelo.

Maialen se sentó de espaldas en la silla sobre el consolador y me pidió que eligiese el siguiente juguete. Cogí un segundo dildo muy finito, de unos 2 cm de diámetro, y se lo di, para que se lo metiera por el culo. Ella cogió un poco de lubricante de la mesa y se masajeó el esfínter con la punta del propio consolador gimiendo del gusto y relajando su culito. Pocos segundos después, ya tenía la puntita dentro y empezaba a no coordinarse bien, porque el dildo que tenía en su coño metido hasta el fondo le hacía demasiada presión. Fue en ese momento cuando dimos un paso más: intervine.

Le pedí que se relajara y soltara el dildo pequeño. Ella se agarró a la silla y se posó lentamente de nuevo en el asiento hasta quedar totalmente sentada y con el coño bien relleno. Yo cogí el segundo consolador, con un dedo masajeaba su anillito y con la otra mano ejercía muy poca presión, hasta que la propia relajación hizo el trabajo de introducirlo en su culo muy lentamente.

—Ojalá Jon tuviera esta paciencia —me dijo.

—Ojalá yo tuviera siempre esta paciencia —respondí, riéndome nerviosamente.

Seguí masajeando su ano hasta que ya el segundo dildo había entrado. En ese momento, comencé a acariciar sus nalgas con las yemas de los dedos y me acerqué para darle un beso en la espalda. Ella suspiró y empezó a balancearse un poco hacia delante y hacia atrás, moviendo el primer dildo y rozando su clítoris con el asiento. Empezó a respirar más fuerte y ambos dildos entraban y salían de sus agujeros, dándome el mejor espectáculo que había vivido hasta entonces. Me acerqué a su oído y le pregunté susurrando si se iba a correr.

—¡Sí! —me respondió entre gemidos.

Y aumentó el ritmo.

—Muy bien —le dije justo antes de darle un beso en la mejilla, cerca de su oreja, que le hizo agarrarme la cabeza con su brazo, rodeándola y manteniéndola pegada a la suya sobre su hombro izquierdo. Tras diez o doce embestidas muy fuertes que desplazaban la silla del suelo un poco, comenzó a temblar, me agarró violentamente la cabeza y se desplomó sobre el respaldo de la silla. Acababa de correrse con dos consoladores de su amiga y la ayuda de su amigo.

—Tu primera penetración doble —dije.

—Y mi primer anal… uf, me tiemblan el estómago y las nalgas —respondió ella.

Yo tenía un hormigueo muy incómodo por todo el cuerpo. Especialmente en mi entrepierna, muslos y estómago bajo. He tenido esa sensación más veces y es sencillamente una calentura enorme por todo lo que acababa de vivir. Le dije que si se quería levantar y la ayudé a incorporarse de pie. Al levantarse, los dos consoladores se quedaron pegados a la silla y se desprendieron de su cuerpo con un sonoro “plop”, seguido de unos ligeros pedos vaginales y anales. Se ofreció a limpiarlos, pero le dije que no se preocupara, que según mis cálculos a mi novia le quedaban poco más de 15 minutos para aparecer por casa y prefería que se fuera. Maia se vistió de nuevo, me dio un beso en la mejilla, un abrazo y se despidió de mí tan cariñosa como siempre sin decir nada más.

Hasta aquí, técnicamente, yo no tuve ni besos ni penetración con ella, pero sí que había masajeado su esfínter y mi dedo olía a su rajita. Eso me vuelve loco. Me acerqué a los dildos y los vi manchados de flujo y lubricante, bastante limpio el segundo por cierto. Olían a gloria y estuve unos minutos con ellos en las manos hasta que no pude más y terminé lamiéndolos enteros a la vez que cerraba los ojos y pensaba en ese culo recién abierto. Allí mismo, en el salón, me saqué mi polla y me empecé a masturbar hasta que a los tres o cuatro minutos solté toda la descarga en la mesa, poniéndolo todo perdido. Pienso que Maia me habría ayudado gustosa a terminar, pero no me sentiría igual de cómodo y esperé como pude a que se fuera.

Seguimos como siempre y no habíamos vuelto a hablar del tema hasta que hace un par de días, aprovechando que nos quedamos a solas, me dijo:

—Tengo dudas sobre qué juguetes nuevos comprarme. A ver si me echas una mano.

—Encantado —respondí yo, sabiendo que había una probabilidad del 100% de volver a tener ese ano dilatándose a centímetros de mi cara y que tal vez en esta segunda ocasión no sabría contenerme tanto. O incluso que ella misma no me dejaría estar tan quieto.

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