Xtories

Jose y la píldora azul (segunda parte)

La píldora prometía potencia, pero no advertía del riesgo cardíaco. Mientras dos mujeres lo devoran en el sofá, Jose siente cómo su corazón late a mil por hora, al borde del colapso, pero sin intención de detenerse.

Laura Mina8.3K vistas9.8· 8 votos

Gracias por haber sido paciente y esperar a esta semana. Ya sabes que puedes releer mi relato anterior (https://www.todorelatos.com/relato/224748/) para refrescarlo, pero te dejo aquí el último párrafo:

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[…]Tras esa primera corrida se esperaba que su polla bajara de nivel, pero no fue así. Y ante ese escenario, Ana y Cristina no dudaron ni un segundo en aprovechar la oportunidad. Comenzaron a desvestirse y […]

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[…] Comenzaron a desvestirse y agarrando ese trozo de carne duro como el mármol, Ana se quedó sentada junto a Jose, ofreciéndole las tetas operadísimas que tenía, para que se las comiera hasta hartarse, y Cristina se bajó para ponerse de rodillas entre sus piernas. Ana sujetó la polla, que tenía algo de movilidad tras la corrida anterior, y la tumbó hacia adelante para que Cris se la encajara en la boca, sin dudarlo.

Cristina agarraba los huevos de Jose con su mano derecha y ayudaba a su amiga con la izquierda. De nuevo el pene de nuestro amigo estaba sujetado a dos manos, como antes, pero con el plus de una boca caliente y jugosa, que llevaba salivando más de media hora, desde que se montó en el coche, soñando con comerse a Jose hasta el fondo de su garganta.

Cristina no era una gran mamadora, pero cumplía con los básicos. Es decir, no se recreaba. Era tan caliente que solo quería tragarse ese sable y que le provocara arcadas. Muy tosca, comenzó a hacer gárgaras con el glande en lo más profundo de su boca y apretaba los huevos con fuerza.

Ana sólo sujetaba la polla de su amigo para ayudarle a… ¿tranquilizarse? Era a eso a lo que fueron a su casa, ¿no?

Bueno, no importa. Ana se había sentado con las piernas abiertas sobre la mano de Jose, que descansaba en su muslo, dejando las tetas a una mejor altura y clavándose los tres dedos de su amigo. Con un contoneo digno de la mejor jinete de carreras, Ana comenzó a desplazar su cadera hacia los lados y hacia el frente, dibujando una especie de cruz que ayudaba a que los dedos de Jose dilataran su chochito.

No tenía ni un pelo de tonta.

Dejó que su amiga se comiera el cipote de Jose un rato para lubricarlo bien y a la vez, ella dilataba su agujero para montarlo como nunca.

Dicho y hecho. Cuando ya no podía más se sacó los dedos de su amigo y se acomodó sobre su polla, apartando la cabeza de su amiga hacia atrás con un suave tirón de pelos. Cristina, aprovechando que tenía el culo de su amiga a buena altura, tal y como soltó el glande de uno metió la lengua en el esfínter de la otra. Poco a poco se fue sentando sobre el tronco erecto y se lo clavó hasta el fondo.

Cris continuaba lamiendo el ano de su amiga y ella terminaba de cabalgar hasta correrse. No tardó ni dos minutos porque ya venía casi rematada de haberse frotado contra el muslo.

Flujo blanquecino rebosaba del coño de Ana, manchando todo el tronco del pene del afortunado y dejándose caer en el sofá tras pasar por todos su testículos. Se levantó como pudo, y con el coño bien dilatado se sentó a un lado, dándole paso a su amiga. Cris se dio la vuelta y tras lamerse los dedos y lubricarse un poco los labios exteriores, aprovechó hasta la última gota de flujo de su amiga para clavarse la polla de Jose. Esto era mejor que cualquier cosa que hubiera leído Jose en el perfil de Laura Mina en substack.com. Cristina estaba caliente pero necesitaba una buena follada para poder correrse.

Se dejó caer y comenzó a follarse a su amigo sin sacarla. Se levantaba un poco y se sentaba de nuevo. Realmente ese pollón drogado se deslizaba por las paredes vaginales, pero desde fuera no se apreciaba nada porque los cachetes del culo de Cris se descolgaban al subir y tapaban el poco tronco que salía de su coño.

Con algo más de fuerza, Jose revivió, como un fénix, y agarró las piernas de su amiga por detrás. Alargó sus fuertes brazos hasta posar sus manos en las corvas y de un gesto firme tiró de sus piernas hacia atrás poniendo la espalda de Cristina sobre su pecho y las rodillas a la altura de sus hombros.

Jose la dejó inhabilitada, inmóvil, a su merced. Y comenzó a follársela como si se le fuera la vida en ello (que a lo mejor sí que se le iba, porque el corazón seguía a 200). Ana acariciaba y chupaba los pechos de su amiga mientras era fuertemente penetrada.

—¡Ahhhh! ¡Dios! ¡Mi corazón! ¡Me duele! —Gritó Jose, igual de asustado que de caliente.

—¡Aguantaaahhh! ¡Por favor! ¡Sigue follándomeeee!

—¡Aaaghhh! ¡Me corroooo! ¡Te voy a inundar el coño de lecheeeeaahhh!

Se cortó la respiración de ambos. Cristina alargó sus brazos buscando tocar algo. Encontró la cabeza de su amiga, succionando un pezón. La agarró con fuerza y presionó hacia ella, asfixiando a Ana contra sus tetas. Ana perdió el pezón, del fuerte apretón que le dio su amiga, y cogió algo de aire.

Jose convulsionaba, apretando con muchísima fuerza las rodillas de Cris hacia él. Su polla palpitaba tan fuerte que al tercer golpe de descarga se salió del coño de Cristina, y comenzó a soltar chorros de leche a discreción.

En ese momento el chocho, tras dejar libre el paso del aire, y manteniéndose abierto por la fuerte follada, comenzó a soltar pequeños chorros amarillentos que parecían a todas luces pipí, seguido de un hilo viscoso de flujo que cayó sobre el pene de Jose, que se encontraba ya algo más flácido que hacía un rato.

Ana alargó su mano para acariciar esa hermosa polla y con los restos de semen que pudo coger se llevó esa misma mano hasta la vulva de su amiga. Destrozada pero feliz. Temblorosa y aún muy sensible, que cuando sentía esa mano rozarse provocaba un escalofrío en todo el cuerpo de Cristina.

Tras unos minutos en esa postura comenzaron a besarse de nuevo los tres. La polla de Jose seguía dura, casi al 90% y con ganas de más fiesta, pero su huevos estaban secos. Tenían que descansar un poco antes de seguir.

—Jose, ¿seguro que no quieres ir al hospital? —Preguntaron ambas casi al unísono.

—Tengo a las mejores enfermeras aquí en casa. —Respondió riéndose.

—Como te despistes te echamos una pastilla de estas en el cubata el sábado que viene. —Le dijo Ana, dando lugar a unas carcajadas de los tres, y cortando así este relato.

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