La tercera en discordia
Nadie miraba a Yolanda en la oficina, hasta que el alcohol bajó las defensas y el morbo subió las escaleras. Ahora sabe todo lo que haces, y no parece dispuesto a quedarse callado.
Cuando vi ascender el coche de Pilar por la rampa de salida del parquin del centro comercial, accioné la llave que arrancaba el motor del mío. Aceleré despacio y tomé el mismo camino que había seguido su vehículo unos momentos antes para abandonar el aparcamiento subterráneo. La luz de las farolas me deslumbró durante un segundo mientras me detenía en la señal de stop, un instante después me incorporaba al abundante tráfico rodado que circulaba a aquellas horas por las calles de Madrid.
Las fiestas navideñas estaban al caer y pensé en que había sido la última vez que me encontraba a solas con Pilar hasta el próximo año. Así me lo había hecho saber unos minutos antes, en uno de sus tan habituales alardes de practicidad. Supuse que tampoco volvería a ver a Susana hasta que las fiestas hubiesen terminado. Esta última era más dada a la improvisación que Pilar, pero había hecho algún comentario al respecto, sin llegar a ser del todo clara, que me llevó a deducirlo. Se me haría raro pasar más de un mes sin intimar con ninguna de las dos, tan acostumbrado como estaba a acudir con presteza a sus reclamos, sin posibilidad de negarme. Ambas tenían pareja y para las dos mujeres yo solo era una diversión con la que entretenerse de forma ocasional, cuando tenían un rato libre y ganas de aliviar un deseo insatisfecho sin que eso despertase sospechas en sus respectivos maridos.
Susana estaba casada con un hombre demasiado ocupado y tenía una hija pequeña a la que atendía menos de lo que aseguraba. Aunque solíamos vernos en su casa, desde hacía unos meses se había vuelto más atrevida y frecuentábamos otros lugares discretos y que, según sus propias palabras, le ofrecían un extra de morbo. A los descampados de difícil acceso en los que nos citábamos con el coche había que añadir unos baños de la oficina, donde nos habíamos conocido, alejados del gentío y que eran su elección preferida en los últimos meses.
A Pilar, en cambio, le gustaba frecuentar los aparcamientos de un cercano centro comercial de poca afluencia. Y debido a su afición por los vestuarios de los gimnasios, me había apuntado con ella a unas clases de spinning a las que iba mucho más animado cuando sabía que me iba a esperar en los vestuarios donde habíamos intimado la primera vez. Tan solo en una ocasión había estado en su casa, pues su marido no se ausentaba más que en contadas ocasiones y, por lo poco que ella me contaba, deduje que debía ser mucho más desconfiado que el de Susana. En aquella ocasión, no consintió en que usáramos la cama conyugal, pero me cabalgó con una inusitada templanza sobre el sofá de una pequeña sala de estar y se dejó penetrar por detrás mientras hacíamos uso de la ducha de un segundo cuarto de baño que nunca utilizaban.
Tras dejar atrás el centro comercial, conduje hasta casa y tomé una ducha con el recuerdo fresco de Pilar aún en la cabeza, sentada sobre mí en el coche mientras ahogaba mi rostro entre sus pechos, tal y como solía hacer tan a menudo, para satisfacción de ambos. Me serví una cena frugal y dediqué el resto de la tarde a ver la televisión, intentando no reparar en mi acostumbrada soledad hasta que llegó la hora de acostarse.
Al día siguiente y, como era habitual, Pilar apenas me dirigió la palabra en la oficina más que por cuestiones estrictamente laborales. Ocurrió lo mismo con Susana, con la salvedad de que me citó, sin que nadie se diese cuenta, en nuestro baño favorito a última hora de la tarde para ayudarla a descargar la tensión acumulada durante el día saboreando sus flujos con la cabeza entre sus piernas. Por mi parte, me derramé en su garganta tal y como a ella le gustaba que hiciese con frecuencia durante nuestros escarceos amorosos. Cuando hubimos terminado de satisfacer nuestras pasiones, apenas intercambiamos unas pocas palabras. No quise preguntarle cuando volveríamos a vernos, pues sabía que no obtendría contestación, pero me sorprendió con la noticia de que se iba a ausentar bastantes días de la oficina durante el próximo mes para irse de vacaciones con su marido y su hija, aprovechando las vacaciones navideñas. No sin algo de ficticio y fugaz despecho, me pregunté si también se iría con ellos la criada malencarada que, en ocasiones, me esperaba en su casa y que pasaba más tiempo con su hija que la propia Susana.
En los días que siguieron a este anuncio comencé a sentir cierto alivio. Quizá para mí también fuese un descanso no estar pendiente de satisfacer los deseos carnales de mis dos compañeras de trabajo cuando les viniera en gana. En realidad, era un pensamiento injusto, me encantaba sentir el deseo que provocaba en ellas, por no hablar del inmenso morbo y placer que me proporcionaban cada una de nuestras aventuras. En cualquier caso, decidí tomarme aquellos días con calma e incluso me prometí practicar la abstinencia como método para recargar mi apetito sexual y estar en plena forma cuando empezase el nuevo año.
En la oficina el ambiente era de lo más festivo. Las mesas se engalanaban con espumillón, bolas de brillantes colores, abetos en miniatura y pequeñas figuras de papá Noel. Incluso se había montado un pequeño portal de Belén en un hueco de la entrada con improvisadas y desiguales figuras aportadas por diferentes compañeros. No eran pocos los que intercambiaban la acostumbrada lotería de navidad con un aire optimista y el que más y el que menos esperaba con ansia las vacaciones propias de la pascua. La comida de Navidad era una de las más típicas tradiciones de estas fechas y una de las más esperadas por la mayoría. A mí, sin embargo, no me entusiasmaba en exceso. No era amante de grandes reuniones ni de eventos demasiado festivos. Hubiese preferido algo más íntimo con unos pocos escogidos, pero debía adaptarme a las costumbres del departamento y me lo tomaba como una obligación más del puesto de trabajo. Haría acto de presencia, degustaría la sobrevalorada comida que dispusieran, charlaría un rato con los compañeros y me marcharía pronto a casa. Incluso había valorado no acudir, dada la incómoda situación que se podía generar si tanto Susana como Pilar me tentaran el mismo día y a la misma hora, pero cuando me enteré de que ninguna de las dos iba a asistir a la comida no encontré una excusa para mi conciencia y así librarme de lo que me parecía iba a ser una tediosa reunión.
Cuando llegó el día propuesto para tal fin, el segundo viernes de diciembre, el jolgorio en la oficina era mayúsculo. Apenas hubo tiempo que dedicar al trabajo y los corrillos se sucedían uno detrás de otro anticipando la celebración posterior. Susana ya estaba de vacaciones y Pilar apenas me dirigió la palabra hasta unos minutos antes de irme. Por un instante vi en sus ojos el lascivo deseo que tan bien conocía y temí que quisiera citarme en ese mismo momento para algún rápido escarceo, pero tan solo quería desearme que lo pasará bien y advertirme, de manera jocosa y algo críptica, para que me portase bien.
Deseaba a Pilar, de igual manera que a Susana, y celebraba que se hubiesen fijado en mí de la forma en que lo habían hecho, pero en ocasiones me producía un atisbo de ansiedad no saber lo que podía ocurrir con ellas, ni el cómo, ni el cuándo, ni el dónde. La necesidad de estar siempre disponible para satisfacer su libido me tenía en un perenne estado de alerta que me llevaba no pocas veces hasta el desasosiego. Salí de la oficina junto al resto de compañeros con un nudo en el estómago y no se me quitó hasta que me senté a la mesa del restaurante que habían reservado para comer.
El salón lo ocupaban cuatro mesas alargadas con capacidad para más de cuarenta personas en total y los sitios no estaban designados con antelación, por lo que los fuimos ocupando en orden de llegada y, según en qué casos, por afinidad con las personas ya sentadas. A mi derecha se ubicó Gustavo, el compañero más dicharachero de la oficina. Con él el aburrimiento estaría descartado, siempre tenía buena conversación y más de un chascarrillo en el bolsillo. El sitio frente al suyo lo ocupaba Saray, que, aunque era todo lo opuesto a Gustavo que se hubiese podido ser, podría asegurar sin temor a equivocarme que mantenía una secreta relación amorosa con él. A mi izquierda se sentaba Rosa, con una calculada incapacidad para mantener la boca cerrada en los momentos más inoportunos, pero también divertida y jovial. Frente a ella se sentó Godofredo, después de que olvidara el teléfono móvil en el coche y tuviese que regresar a por él en uno de sus típicos despistes. A pesar de tener un carácter olvidadizo y en ocasiones serio, siempre era agradable y aportaba sensatez al grupo. Mónica y Marcela eran otras de las compañeras que se habían sentado cerca de nosotros y que también participaron de las risas y las conversaciones durante la comida.
Frente a mí se sentó Yolanda. No era una de las compañeras con las que más relación tenía, apenas habíamos hablado fuera del ámbito profesional. Y aunque tenía un conocimiento general sobre algunos aspectos de su vida, como que era natural de un pueblo de la mancha, que no tenía pareja o la zona aproximada de Madrid en la que residía, cercana al restaurante en el que estábamos, no sabía mucho más acerca de ella. Yolanda era una mujer casi tan alta como yo, que no era mucho, con una regular y larga melena parda y lacia que le caía más allá de la espalda. Sus ojos castaños, algo caídos, se me antojaban con frecuencia repletos de una enigmática tristeza. Tenía una nariz ancha en consonancia con una boca grande de labios finos en los que asomaba una dentadura desigual y de color grisáceo. Un pronunciado acné juvenil había dejado profundas marcas en sus mejillas como recordatorio de una época que, a buen seguro, desearía olvidar. Tenía un rostro ovalado en cuyos carrillos se formaban dos graciosos hoyuelos cada vez que se reía. No se la podía definir como a alguien bien parecida, ni siquiera atractiva, sin embargo, compensaba el déficit de su faz con un cuerpo escultural en el que sobresalía un trasero de inmejorables proporciones. A punto de alcanzar la mitad de la treintena, se jactaba de acudir al gimnasio varias veces por semana y sus atléticas extremidades y su estrecha cintura así lo atestiguaban. Sus pechos se intuían breves y firmes, aunque solía vestir con ropa holgada con la que apenas se marcaban. Para aquel día, sin embargo, había escogido unos vaqueros ajustados que parecían hechos a medida y una camisa entallada en la que los botones más cercanos al cuello se veían demasiado tensos. A lo largo de la comida, y en las horas posteriores a esta, en más de una ocasión pude leer en los ojos de Gustavo la desesperación porque aquellos dos botones estallaran dejando libre un canalillo del que nunca había tenido constancia.
Yolanda resultó ser una mujer más agradable y risueña fuera de la oficina que dentro de ella, donde se mostraba más circunspecta de lo que debía ser en realidad. Participaba de la conversación de manera divertida y contribuyó de manera notable a que la comida discurriese de manera animada. Reía con las anécdotas de Gustavo y las jaleaba con una estrepitosa risa y con una voz demasiado estridente que se escuchaba sin problemas de un extremo de la mesa al otro. Al igual que muchos otros compañeros, mostró su lado más desinhibido en cuanto el vino comenzó a regar las copas. Yo no era un gran bebedor y al terminar de comer empecé a ser consciente de que el tempranillo que nos habían servido se me había subido a la cabeza y, en una escapada al cuarto de baño, comprobé en el espejo el incipiente arrebol de mis mejillas. El jolgorio en el salón iba en aumento y a las chanzas y risas pronto se sumaron los odiosos villancicos con los que siempre se arrancaba alguno de los compañeros de más edad. Azuzados por los vaporosos licores ingeridos tras una comida menos copiosa de lo que anunciaba el menú, la mayoría se atrevía con aquella suerte de karaoke improvisado que no hizo más que aumentar el alboroto.
A la comida siguió una larga sobremesa y la primera copa la tomamos en el mismo restaurante, pero mediada la tarde, y después de que una gran mayoría se marchara a casa, el resto nos mudamos a un pub cercano que acababa de abrir sus puertas. A esas alturas, ya había olvidado cualquier intención de marcharme temprano a casa. Espoleados por la música y el alcohol, el tiempo se esfumó entre bromas y conversaciones cada vez más surrealistas y estrambóticas, como es tan habitual en estas ocasiones. Un goteo incesante de personas fue abandonando la fiesta mientras el local se iba llenando de desconocidos y pronto la excesiva ingesta de alcohol nos poseyó de un feroz apetito. Los pocos que para entonces resistíamos el ritmo festivo, nos trasladamos hasta un bar cercano a dar buena cuenta de unas típicas raciones que ingerimos con excesiva rapidez y con el debido decoro olvidado entre los etílicos vapores que nos rodeaban. Sentí como mi estómago y mi cabeza agradecían la comida, recargando mi energía para continuar con la parranda. Fue en este bar cuando me percaté de que Yolanda se había desabrochado el primer botón de la camisa y un incipiente canalillo se asomaba turbador bajo la tela. Pude también observar, que Gustavo no le quitaba el ojo de encima y que ella parecía complacida con su intenso marcaje. Por el contrario, Saray le acechaba huraña, lo cual no dejaba de ser su estado natural. Advertí también algo diferente en el rostro de Yolanda, con quien había pasado gran parte de la noche. Una diferente naturalidad alimentaba su sonrisa y sus ojos brillaban de distinta manera, más vivos y astutos, e incluso me pareció descubrir en su iris un atisbo de color dorado. La simpatía con la que se había destapado, así como mi visión, ya algo distorsionada por el líquido escanciado, la hacían ganar en atractivo.
Después de la improvisada cena, algunos buscamos un nuevo bar de copas en el que continuar con la jarana mientras otros decidieron que ya habían tenido suficiente. La zona resultó estar plagada de opciones y nos adentramos en un local oscuro que comenzaba a llenarse de gente. Con la música atronando nuestros oídos y las luces estroboscópicas alterando la realidad, tan sólo unos pocos aguantamos hasta la medianoche y menos aún hasta la madrugada. Yolanda se encontraba entre estos últimos y llegado un momento pude comprobar que iba tan ebria o más que yo. Habíamos pasado gran parte de la tarde y de la noche juntos, pero nunca a solas y, por alguna razón que no lograba discernir, con la exaltación de la confianza que da el exceso de alcohol, entre los dos se había creado una especie de vínculo a camino entre la diversión y la atracción. Pasada la medianoche reparé en que el segundo botón de su camisa también se había soltado y pude observar cómo sus senos se juntaban con precisión formando un estrecho camino entre ellos. De su rostro habían desaparecido las marcas de acné, sin duda absorbidas por los dos hoyuelos que se le formaban al reír y que en ese momento se me antojaron de un enorme atractivo. Sus ojos parecían más grandes y sus labios más gruesos cuando componían una seductora sonrisa con cada una de las bromas que ella no dudaba en continuar. No me detuve a pensar en que el alcohol había modificado, sin duda, mi percepción de la realidad y lo cierto es que me volqué sin más en la complicidad que se había generado entre nosotros. La ausencia de espacio personal era una de las consecuencias del estado que habíamos alcanzado y sus manos recorrían mi cuerpo con naturalidad, con un descaro imposible en otras circunstancias. Lo mismo ocurría en sentido contrario, cuando empecé a agarrar sus manos o su cintura con algún improvisado baile y sin pudor alguno. Nos tocábamos con una total connivencia y creí que el cada vez más frecuente manoseo, no era más que un hecho espontáneo propio de esta nueva complicidad.
La noche transcurrió con inopinada diversión hasta que la energía se nos comenzó a agotar. Cuando salimos de este bar, todos excepto Godofredo, Yolanda, Saray y Gustavo se habían marchado ya. Los dos últimos decidieron con buen criterio que la fiesta se había terminado para ellos y enfilaron juntos el camino a casa, a pesar de que vivían en direcciones opuestas. No sé si los otros dos supervivientes sospecharon algo, pero yo no tuve dudas de que acabarían la noche juntos en la misma casa y en la misma cama. Cuando reparé en que Godofredo no estaba, Yolanda me explicó que se había metido en un taxi a toda prisa sin despedirse, lo cual no era extraño en él. Le iba a caer un buen rapapolvo de su mujer por lo beodo de su estado. La cabeza me daba vueltas y mi tripa rugió hambrienta, pero cuando verbalicé que podíamos ir a comer algo deseché la idea no solo por las horas que eran, como señaló Yolanda, sino porque el estómago se me revolvió de golpe tan solo con pensarlo. Yolanda declaró que prefería irse a casa y convine que era la mejor idea.
– ¿Me acompañas? – Me preguntó con voz pastosa y un tono demasiado elevado. – Vivo cerca de aquí y me da un poco de miedo ir sola.
– Claro. – Contesté intentando restar espesor a mi voz sin conseguirlo – Si quieres podemos coger un taxi. Te deja en tu casa y luego sigo hasta la mía.
– Prefiero caminar, si no te importa. – Señaló mientras se abrochaba el abrigo. – Me vendrá bien un poco de aire y la noche no es fría. Creo que he bebido demasiado.
– Yo también. – Admití mientras me ponía una cazadora demasiado fina para la época. Si la noche no era fría era sin duda por la cantidad de alcohol que habíamos ingerido. – Vamos, te acompaño.
Yolanda esbozó una simplona sonrisa y caminamos calle abajo en silencio con el pitido de la ensordecedora música aguijoneando en los oídos. Era una zona concurrida, con varios bares aún abiertos, y nos cruzamos con muchas otras personas que habían salido a celebrar la navidad con antelación o tan solo a disfrutar de la diversión propia del inicio del fin de semana. Nuestro paso vacilante no desentonaba con el del resto de viandantes y por alguna razón sentí el deseo de entrar en otro bar.
– Tengo sed. – Le dije a Yolanda.
– ¿No has bebido suficiente? – Su tono era de divertida reprimenda.
– Sed de agua. – Aclaré sin mentir.
– Yo también. – Coincidió ella y con un gesto fugaz me agarró de la mano y tiró de mi hacia un lado. – Ven. Ahí venden agua.
Me guio a través de la calzada y sin mirar hacia una pequeña tienda de alimentación que aún permanecía abierta. Era un cuchitril sucio y poco iluminado repleto de mercaderías de todo tipo. Un hombre de corta estatura y malencarado nos miró de soslayo al entrar. Enfilamos un pasillo estrecho por el que a duras penas cabía una persona en busca de alguna botella de agua y cuando llegamos hasta el final no la habíamos encontrado. Sin avisar me di la vuelta y me encontré de sopetón con Yolanda, que no había frenado en su intento por seguirme, y choqué con ella con demasiado ímpetu. Me aferré a sus brazos con intención de que no se trastabillara hacia detrás y la atraje hacia mí. En un instante, su cuerpo estaba a escasos centímetros de mí y cuando me quise dar cuenta nos estábamos besando con la pasión acumulada de varias horas de inconsciente flirteo. No podría señalar quien de los dos había dado el primer beso, tan solo ocurrió. La situación fue tan propicia como natural y no me detuve a pensar en nada que no tuviese que ver con la lengua y los labios de aquella mujer que me besaba con un arrebato inmemorial. Con sorprendente fuerza empujó mi cuerpo contra la pared del fondo del pasillo y la estantería vibró con el impacto. Varias cajas amenazaron con caerse mientras Yolanda desabrochaba mi cazadora para acariciar mi pecho. Fue ella misma quien desabrochó su abrigo en una fugaz pausa para coger aire. Desabroché el tercer botón de su camisa con una inesperada destreza, dado mi estado de embriaguez, y sus pechos se mostraron casi por entero dentro del sujetador. Los estrujé con ambas manos sin caer en la cuenta de la gran cantidad de espuma del sostén que erguía su busto. El juego de su lengua en mi boca no me daba tiempo para pensar y me limité a sentir. Un cosquilleo se formaba en mi entrepierna y mi sexo había reaccionado con rapidez. Como si lo hubiese intuido, Yolanda lo buscó con una mano y lo acarició por encima del vaquero, delineando su forma con los dedos. La vi relamerse un segundo antes de mordisquear mi oreja y lamí su cuello grácil, apartando su melena, antes de bajar las manos hasta su trasero. No cabía duda de que era la mejor parte de su anatomía. De una pétrea redondez, se asemejaba a un balón de impecables proporciones en el que sus vaqueros se ajustaban con milimétrica perfección. Lo amasé con los dedos, dedicando a cada una de sus perfectas nalgas la presión justa para atraer su cuerpo contra el mío. Mi enhiesto sexo se posó contra su pubis y ella suspiró al notarlo. Volvió a besarme con determinación, con un ansia guardada desde hacía tiempo. Abrí su trasero con las manos y busqué el calor que manaba entre los cachetes. Estaba a punto de encontrar el foco de su placer cuando unos gritos detrás de ella nos alertaron de algún peligro. El aire corrió entre nosotros como si hubiésemos sido separados por un resorte y observé al hosco dependiente que habíamos visto al entrar dirigirse hacia nosotros mientras nos increpaba para que dejáramos su local. Sorprendidos nos asaltó una risa nerviosa que le hizo enfurecer aún más y buscamos la salida a toda prisa esquivando al pequeño hombrecillo que no paraba de gruñir obscenidades.
– ¡Buscaos un hotel! – Fue la última que escuchamos mientras corríamos muertos de risa por la calle hasta la siguiente esquina.
Entre carcajadas nos detuvimos a recuperar el resuello y una vez recuperados nos miramos con algo de pudor en los ojos. Yolanda me cogió de la mano y me llevó hasta la puerta de un portal próximo, donde continuamos lo que habíamos empezado unos minutos antes en el mugriento local. Encubiertos por la oscuridad del lugar nos besamos con un creciente frenesí y no nos hubiésemos detenido de no haber sido por una mujer que nos sorprendió cuando se disponía a abrir la puerta para entrar a su casa.
– Vivo aquí al lado. – Dijo Yolanda con la determinación que le permitía el estado de excitación y embriaguez en que ambos nos encontrábamos. – ¿Quieres venir a mi casa?
No dudé en asentir y sin soltar mi mano me llevó en volandas hasta un edificio de ladrillo rojo a escasos minutos de allí. Nos devoramos a besos en el soportal que daba acceso a su vivienda, así como en el ascensor y en el descansillo anterior a la entrada de su apartamento. Cuando traspasamos la puerta de su hogar tiramos los abrigos al suelo y caminamos por un pequeño pasillo sin despegar nuestros labios ni nuestros cuerpos. Con la respiración agitada llegamos descalzos hasta su habitación. No hubiese sabido decir donde había desaparecido mi jersey, pero mi camiseta voló arrancada por sus manos con premura. Mientras ella se tumbaba en la cama, retiré mis vaqueros y cuando acudí hasta donde ella estaba, su camisa había desaparecido y se encorvaba para desabrochar su sujetador. Lo hizo desaparecer en el instante justo en el que hundí mi boca entre sus senos. El canalillo que formaba el sujetador había desaparecido y en su lugar dos pequeños montículos, firmes y maleables, se erguían bajo dos pequeñas areolas rosadas. Su piel pálida parecía relucir bajo la luz tenue de una pequeña lámpara que no sabía cómo se había encendido. Yolanda se aferró a mi nuca mientras lamía sus pezones. Jugué con ellos a mi antojo al tiempo que masajeaba sus delicados senos. Cuando hice ascender mis labios hasta los suyos noté que sus pantalones habían desaparecido y mis piernas desnudas se enredaban entre las suyas. La suavidad de su piel era tan cautivadora como el sabor de sus labios. Su lengua vivaracha correteaba por mi cuello y sus manos encontraron mi trasero, empujando mi cuerpo contra el suyo. Con dedos hábiles bajó mis calzoncillos e hizo lo propio con sus bragas, de manera tan veloz que ni siquiera pude verlas. Mi polla se acopló a la perfección entre los labios de su vagina y la escuché suspirar complacida. Me froté contra ella espoleado por la presión de sus manos en mis nalgas. Mi respiración se agitaba al ritmo de la suya y pronto sentí el perentorio deseo de penetrarla. Erguí mi cuerpo y me senté entre sus muslos. Lamí su sexo con ligereza antes de asir mi pene y colocarlo entre los labios de su vulva. Froté con éxtasis con mi dureza a lo largo de su húmeda cueva, abriendo los pliegues que daban entrada al placer. Su clítoris se henchía enrojecido bajo la presión de mi tronco y Yolanda gemía con desesperación aferrada a las sábanas. Observé su cuerpo tenso, sus pequeños senos vibrando como deliciosos flanes y ambicioné devorarlos de nuevo. Con la mano que tenía libre agarré uno de ellos y lo comprimí con cautela, presioné el pezón puntiagudo y me agaché para mordisquearlo. Fue solo un instante, cuando me enderecé tan solo tenía una idea en la cabeza.
Detuve el roce de mi verga contra su caverna y busqué con la punta del glande la entrada a ella. No me costó encontrar la abertura escondida entre sus labios rosados y tiernos, que chorreaban con anhelo. Hice el ademán de empujar justo en el momento en el que ella me detuvo con una mano.
– Espera. – Murmuró con la voz teñida de lascivia. – Lo quiero por detrás.
En un primer instante, no entendí a lo que se refería y me quedé inmóvil, sin saber cómo actuar. Pero cuando Yolanda se giró con agilidad para sacar algo del cajón comencé a comprender a qué se había referido. Me acercó un preservativo y derramó un poco de lubricante en sus dedos antes de ofrecerme un pequeño bote de plástico. A continuación, se colocó con las manos y las rodillas sobre el colchón, ofreciéndome su trasero mientras hundía un dedo untuoso dentro de él. La visión de aquellas primorosas ancas enardeció mi lujuria y, tras colocarme el condón, las acaricié con deleite. Eran tan duras como tersas y su perfección me hizo estremecer. Separé sus nalgas ligeramente para poder observar el agujero de entrada y cuando lo hube hecho no pude resistir la tentación de lamerlo. Hundí mi boca entre sus poderosas cachas y lamí de arriba a abajo sin contemplaciones. El almizclado y agrio sabor de su trasero ingresó hasta mi garganta y se me antojó tan delicioso como lo era la suavidad de su piel. Hundí mi lengua en su orificio sin importarme el acuoso sabor del lubricante. Apartando sus cachetes me dediqué durante largo rato a devorar el manjar que me ofrecía, escuchando como Yolanda gemía sin cesar.
– Fóllame – Sus palabras llegaron apremiantes hasta mis oídos. – Fóllame. ¡Fóllame!
El tono de su voz era de una intimidante súplica y no lamenté dejar de lamer el agujero que se abría para mí. Sin perder un segundo busqué la entrada a su gruta con la punta de mi verga, previamente ungida con el lubricante, y empujé con determinación. Su esfínter acogió gozoso mi trozo de carne y este hendió las paredes de su recto con una insospechada facilidad. Empujé con decisión hasta que se acopló por entero en su trasero. Yolanda jadeó complacida y con una mano trató de alcanzar la parte baja de mi espalda, pero se quedó en mi muslo. Me moví con excesiva cautela, a tenor de la presión de sus dedos en mi pierna y pronto aumenté el ritmo. Mis embates ganaron en energía y mi polla entraba y salía de su cueva con vigor. La estrechez de las paredes de aquella cavidad me proporcionaba un placer sin igual y mi respiración pronto se tornó tan agitada como mi gradual excitación.
–!Oh, sí! – La voz estridente de Yolanda se elevaba sobre sus gemidos y retumbaba entre los muros de la habitación – Sigue. Sí. Sigue, no pares.
No tenía intención de hacerlo. Mis caderas se movían a un ritmo frenético y si no hubiese sido por la impudicia de su voz que me alentaba a continuar, hubiese pensado que podría hacerle daño con mi desmedido ímpetu. El sonido de mi pubis chocando con sus nalgas se perdía entre la respiración agitada de ambos y de pronto sentí el deseo de azotar su perfecto trasero sin piedad. No pude contener las ganas y el golpe que propiné a una de sus nalgas resonó entre las cuatro paredes de su cuarto. Yolanda jadeó satisfecha y vi como una de sus manos se ocultaba entre sus piernas. Golpeé de nuevo su trasero y sus gemidos me alentaron a repetir la operación. La azoté mientras percutía en su hendidura, taladrando su agujero con vigor, poseído por una insuperable fogosidad.
– ¡No pares! – Gritó de nuevo con la voz entrecortada, alargando las letras. – Sí. Sigue.
Su trasero enrojecido tiritó bajo una nueva palmada mientras mi verga se hundía sin parar entre sus nalgas. Las abrí para comprobar como entraba y la visión de ese agujero dilatado por el grosor de mi tronco enardeció mi excitación. Incrementé el ritmo mientras Yolanda frotaba su clítoris con los dedos con tal violencia que su cuerpo comenzó a temblar. El sudor corría por su espalda al igual que por la mía y tras un prolongado jadeo observé como su cuerpo tiritaba al alcanzar el clímax. Con la boca hundida en la almohada, su espalda y sus piernas sufrieron el impacto de varias convulsiones y me aferré con fuerza a sus caderas para que no se tumbase. Ralenticé mis movimientos hasta que ella recobró las fuerzas y estuve seguro de poder continuar con mi tarea. Embestí con enloquecida decisión y Yolanda gritó de placer. Sus dedos aún se aferraban a su clítoris y no supe si su orgasmo había llegado a su fin o había alcanzado uno nuevo, cuando un escalofrío recorrió mi cuerpo de pies a cabeza y me obligó a cerrar los ojos. El gozo que se extendió desde mi sexo hasta la última célula de mi cuerpo fue de tal calibre que temí caer rendido tras derramar mi semilla en el interior de aquella perfección de la naturaleza que mi verga penetraba sin cesar. Cuando me detuve, todo mi ser temblaba y una irreal placidez llenaba por entero cada hueco de mi persona. Alcancé los últimos retazos de mi orgasmo con varias embestidas más mientras Yolanda esperaba paciente a que terminara, aún con la respiración agitada y la cabeza sobre la almohada. Cuando mis sentidos se calmaron y se apaciguó mi gozo me retiré de su trasero con recato. Me quité el preservativo y me tumbé en la cama boca abajo junto a Yolanda, que había hecho lo propio. Un atávico estado de relajación inundó mi ser y mis parpados se cerraron sin que fuese consciente de ello. Caí en un sueño profundo y sereno que se prolongó durante varias horas.
Cuando me desperté me costó unos segundos recordar donde estaba. Yolanda no estaba a mi lado y por las rendijas de la persiana se filtraba la clara luz del mediodía. Un leve golpeteo sacudía mis sienes con enérgica cadencia y las masajeé tratando de mitigarlo. Aún seguía desnudo, pero estaba tapado con una gruesa funda nórdica de color claro moteada con pequeñas flores que no reconocí. Sentí un acceso de pudor que logré reprimir a duras penas mientras me incorporaba en la cama. Las sábanas aún olían a sexo, cuero y sudor. Lo ocurrido la noche anterior empezaba a tomar forma en mi cabeza con imágenes deslavazadas superpuestas las unas a las otras. Los besos en un portal, el exceso de alcohol en un bar, la camisa de Yolanda a medio desabrochar en un pasillo mal iluminado, las risas después de una breve carrera, el cuerpo desnudo de Yolanda sobre sus sábanas, el sabor de su piel, de su ano y de su sexo, su culo ofreciéndose para ser penetrado. Aquello había sido demasiado. ¿Cómo podía haberme dejado arrastrar hasta allí? Un pinchazo se clavó entre mis costillas a modo de remordimiento y el rostro de Yolanda se apareció en mi imaginación. Nunca me había sentido atraído por ella, sin embargo, había gozado como el que más penetrando la perfección de su trasero. Recordé la solidez de sus curvas, la tersura de su piel y la agilidad y destreza de sus movimientos y un cosquilleo desleal brotó entre mis piernas. Acaricié mi sexo distraído y comprobé como se endurecía con presteza con el roce de mis dedos o quizá era con el recuerdo de lo acontecido unas horas antes. Lo así con la mano y lo apreté fuerte, mi pene reaccionó irguiéndose, complacido y estuve tentado de comenzar a masturbarme justo en el instante en el que Yolanda se asomaba por la puerta para comprobar si ya estaba despierto. Medité hacerme el dormido, pero ya era demasiado tarde.
– Buenos días. – Dijo con toda la suavidad que le fue posible con su voz aguda y penetrante. – No quería despertarte.
– Tranquila – Respondí tras aclararme la garganta – No me has despertado.
Había cierto rubor en sus ojos que combinaba con el sonrojo de mis mejillas. Un instante de incómodo silencio se abatió sobre la habitación hasta que ella lo rompió y avanzó hacia la cama.
– ¿Has descansado bien? – Preguntó con fingido interés.
– Sí, gracias. – Afirmé sin mucho convencimiento y apretando mis sienes de nuevo.
– ¿Te duele la cabeza?
– No es nada – Confirmé tratando de quitarle importancia con demasiada aspereza, que traté luego de arreglar. – Creo que ayer bebimos demasiado.
– Ni lo dudes. – Dijo con rapidez. – Espera un momento, que te traigo algo para la resaca. – Añadió antes de desaparecer con celeridad por donde había venido.
Me sentía como un idiota allí tumbado, pero no quería levantarme desnudo, más aún cuando ella estaba completamente vestida. No había podido evitar fijarme en la sudadera ancha de color burdeos que ocultaba sus curvas y en las mallas grises que realzaban su trasero. A mi cabeza acudieron de nuevo las imágenes de la noche anterior y mi sexo vibró impaciente. Cuando Yolanda regresó a la habitación portaba un vaso lleno con un líquido verde poco apetecible.
– Esto es lo mejor para la resaca. – Dijo con una amplia sonrisa escoltada por esos dos hoyuelos que, al parecer, la noche anterior había evaluado con un alto grado de atractivo. – Receta de mi abuela.
– Eres de Toledo ¿verdad? – Pregunté sin saber por qué.
– Sí, pero esto es solo de mi abuela, dudo que sea algo de la zona. – Respondió mientras me acercaba el vaso. Mis dedos rozaron los suyos al cogerlo y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Bebí un pequeño sorbo y un mohín de desagrado se formó en mi boca.
– El sabor no es bueno, pero funciona. Bébetelo. – Ordenó divertida.
Dudé un instante, pero vacié el vaso en mi garganta sin respirar y lo dejé sobre la mesilla de noche, junto a un libro Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.
– Puaj. – Gruñí – Deberías decirle a tu abuela que tiene que añadirle algo a la receta para que sepa mejor.
– Se lo diré. – Comentó mientras se sentaba en la cama, a mis pies. – Pero creo que es más importante el efecto que el sabor.
No supe si en sus palabras había algún tipo de doble sentido y no me detuve a adivinarlo. En su rostro había una expresión a camino entre la diversión y la curiosidad. Sabía que estaba desnudo y por un instante temí sus intenciones, sin embargo, mi sexo no opinó lo mismo y vibró exaltado con el fugaz pensamiento de un acercamiento por su parte.
– Oye, sobre lo de anoche… – Comencé a decir traicionando a mi entrepierna.
– Tranquilo, está todo bien. – Me cortó con la voz algo estridente que me llevó a rememorar la oficina – Bebimos mucho y bueno… Fue divertido ¿no?
Su pregunta era retórica, pero me vi en la obligación de asentir y ella sonrió con picardía. El brillo de sus ojos me resultó familiar y mi sexo se volvió a agitar alevoso bajo la ropa de cama.
– Bien, me alegro de que opinemos lo mismo. – Declaró mientras palpaba mi pie sobre el edredón. – ¿Mejora el dolor de cabeza?
Tragué saliva antes de volver a asentir y comprobar como su mano ascendía por mi pierna hasta la altura de la rodilla.
– Parece que va mejorando – Contesté al tiempo que me removía sobre el colchón, apartando la mirada de sus ojos.
– Estupendo. – Continuó ella como si en realidad le hubiese dado igual mi respuesta. – Conozco otro sistema mejor para el dolor de cabeza y que podemos poner en práctica.
Su mano estaba a la altura de mi muslo y mi sexo había crecido conspirando contra mi cerebro. Volví a mirar sus ojos y advertí un brillo conocido en ellos que solía podía provenir del recuerdo de la noche anterior. Algo se inflamó en mi interior sin que lo pudiese controlar en el instante justo en que su mano se posó entre mis piernas, atrapando mi pene. Este vibró complacido y di un respingo mientras sus labios componían una lasciva sonrisa. Con la rapidez de un rayo levantó la funda nórdica e introdujo la otra mano bajo ella, encontrando mi pierna desnuda. No creí que la garganta se me pudiese secar más, pero en ese momento era árida como un desierto. Pronto su mano agarró mi sexo, que había crecido tanto como era posible y se mostraba deseoso de ser acariciado. Sin mediar palabra Yolanda comenzó a masturbarme con los ojos atentos a mi reacción. Como esta no se produjo continuó con la tarea hasta que mi respiración comenzó a agitarse. Un sudor frío se apropió de mi piel y de pronto el edredón se convirtió en un estorbo. Como si lo hubiese adivinado, Yolanda lo levantó por un lado y se incorporó a la cama, junto a mí. Con una sonrisa juguetona lamió uno de mis pezones y descendió hasta mi entrepierna. De un bocado y sin mediar caricia se metió mi verga en la boca y la chupó con fruición. El edredón cayó sobre su cabeza y me impidió observar cómo mi pene era devorado con un ansia descomunal que me obligó a cerrar los ojos. Procuré marcarle el ritmo con las manos en su cabeza, pero no atendía a la presión de mis dedos y acabé por dejarla hacer a su antojo. No fue mala decisión, pues el deleite con el que succionaba mi estaca me provocada oleadas de un fabuloso placer.
Mi mente había abandonado cualquier atisbo de resistencia en cuanto ella había aferrado mi sexo y se había rendido ante el instinto y el morbo. Era posible que Yolanda no fuese una mujer atractiva, exceptuando su escultural figura, o de un seductor encanto personal, pero me ofrecía disparatadas dosis de morbo incomparables a las de cualquier otra mujer. Por mi cabeza pasaron de forma fugaz Pilar y Susana, pero no hallé la necesidad de detenerme en aquellos pensamientos, tan solo necesitaba dejarme guiar por las expertas manos de la mujer que en ese instante se estaba ocupando de lamer mi glande con maestría.
Abandoné cualquier divagación posible al tiempo que Yolanda hacía lo propio con mi sexo y asomaba la cabeza por encima de la ropa de cama muy cerca de la mía. Su pelo despedía un aroma floral y deduje que debía haberse duchado. Una punzada de inquietud se me prendió en el esternón sabedor de mi falta de higiene después de la noche festiva y de sexo que habíamos disfrutado, pero a ella no parecía importarle tal preocupación. Su boca entreabierta era todo lascivia y se me antojó de una sensualidad poco habitual. Me besó con delicadeza y nuestras lenguas bailaron por un fugaz instante. Cuando se separó de mí y lanzó la ropa de cama lejos de nuestros cuerpos comprobé que su sudadera había desaparecido. Sus senos pequeños, firmes y puntiagudos se mostraban amenazadores ante mí y alcé los brazos en su busca. Los acaricié despacio, recreándome en la tarea mientras ella pugnaba por quitarse las mallas. Una vez desnuda, su piel acarició la mía al tumbarse sobre mí. Mi pene se acopló entre sus piernas mientras ella besaba mi cuello y comenzó a frotarse despacio. Podía sentir la dureza de sus huesos presionando el tronco de acero en que se había convertido mi sexo. Su respiración se tornó agitada y el roce de su cuerpo se intensificó hasta convertirse en un frenético baile en el que mi miembro restregaba su clítoris sin descanso. Por un momento me vi capaz de alcanzar el orgasmo de tan inusual manera, pero Yolanda se detuvo poco antes de alcanzar el objetivo y volvió a mordisquear mi oreja.
– ¿Quieres follarme? – Me susurró con voz palpitante, enalteciendo mis sentidos.
Una gutural afirmación se escapó de mi desértica garganta y ella se incorporó con un brillo de satisfacción en la mirada.
– Por detrás – Aclaró con un suspiro cercano a la indolencia, por si no lo había adivinado aún. Cosa que no había hecho y que me volvió a sorprender de la misma manera en que lo había hecho la noche anterior.
Fue ella quien me colocó el preservativo y embadurnó mi pene de lubricante. A continuación, sin darme opción a protestar se sentó sobre mí y se clavó mi verga entre las nalgas con una facilidad pasmosa. Atónito ante la facilidad con que mi sexo se acoplaba en su interior, no pude reaccionar más que emitiendo al aire un leve gemido. Lo prieto de su agujero me proporcionó oleadas de placer cuando comenzó a mover sus caderas arriba y abajo con las manos apoyadas en mis hombros. Poco a poco, su lento galopar alcanzó una rápida cadencia que nos hizo gemir al unísono. Su espalda se inclinó hasta que pude alcanzar uno de sus pezones con la boca y ella gimió extasiada, sin detener el trote de sus atléticos y membrudos muslos. Agarré su majestuoso trasero y lo apreté con gozo. La dureza de sus nalgas, la sedosidad de su piel, la redondez de aquellas posaderas, se me antojaron de una perfección sin igual y mi sexo vibró glorioso alentado por las sensaciones que obtenían mis manos al acariciarlas. Yolanda aumentó su ritmo, complacida por mis caricias, irguió su espalda y apoyó las manos en la cama, a un lado de mis piernas. Sus pechos brincaban hipnóticos ante mi atenta mirada y de su boca entreabierta no cesaban de escapar grandes gemidos que se perdían por las esquinas de la habitación. Bajo una línea fina de vello, observé su sexo abierto y rosado de labios anhelantes y entornados por el que caía un fino hilo de flujo. Me relamí y quise alcanzarlo con los dedos, pero ella se me adelantó. Una de sus manos se perdió entre sus piernas y supe que aquello iba a terminar en cuando la vi agitarse con un ardoroso compás. Empujé mi miembro entre sus nalgas, constreñido como estaba entre las recias paredes de su recto y un aluvión de sensaciones inundaron mi cuerpo. Pude notar como los espasmos de su esfínter atrapaban mi sexo cuando con un largo jadeo detuvo su cabalgar y, cerrando los ojos, su barbilla se cerró sobre su pecho al tiempo que sus muslos temblaban sin control. Fue tal el placer de la visión de su orgasmo que quise acelerar el mío. Hundí mi verga en lo más hondo de su trasero y ella gritó sobrecogida. Temí haberla hecho daño, pero se ocupó de sacarme de mi error cuando volvió a activar sus caderas y a gemir de forma descontrolada. Instantes después mis músculos se contrajeron, el dedo anular de mi pie derecho sufrió un calambre que me produjo una sacudida y cientos de miles de escalofríos viajaron desde mi entrepierna hacia todo lo largo y ancho de mi ser, hasta estallar en mi cerebro con un gozo que pocas veces había experimentado. Descargué mi semen en su interior sin que ella cejase en su actividad y tuve que ser yo quien terminase por detenerla, exhausto, ante su mirada de satisfecha decepción.
Cuando se levantó y mi sexo cayó exangüe sobre mi pubis, Yolanda se tumbó a mi lado procurando calmar la respiración. Durante unos minutos no hablamos y cuando al fin ella rompió el silencio fue solo para decirme que iba al cuarto de baño con excesiva frialdad.
Observé el vivo caminar de su cuerpo desnudo desapareciendo tras la puerta de la habitación. No había duda de que aquel trasero era de un perfecto tamaño y simetría, pero no solo eso, escondía en su interior toda una fuente de ilimitado placer. Me pregunté el porqué de su empeño en hacerlo siempre por detrás y me descubrí ambicionando averiguarlo. El morbo que me ofrecía esta mujer de voz estridente, rostro desafortunado y cuerpo escultural resultó ser tan inesperado como bienvenido y cuando la vi aparecer de nuevo en la habitación supe que no podría negarle nada, de la misma manera que me había ocurrido con mis otras dos compañeras de trabajo.
No se preocupó por ocultar su desnudez mientras buscaba sus bragas entre la ropa esparcida por la cama y cuando las hubo encontrado se vistió con parsimonia sin apenas fijarse en mí, que aún yacía en la cama con el estupor dibujado en el rostro.
– ¿Se te ha terminado de quitar el dolor de cabeza? – Preguntó divertida. – A mí no me queda ni rastro.
– Creo que a mí tampoco – Contesté intentado sonreír. – Este método me gusta más que el de tu abuela.
Ella rio demasiado alto con la ocurrencia y estuvo de acuerdo conmigo.
– Tienes tu ropa sobre la silla. – Dijo señalando a un rincón de la habitación. – No pienses que quiero echarte, es solo por si quieres vestirte. – Aclaró, a continuación. – Puedes ducharte, si te apetece.
– Sí, tranquila. – Le agradecí. – Creo que es mejor que me vista.
Azorado dejé la cama y me vestí con rapidez ante su atenta mirada. Me sentí escrutado de tal manera que incluso vestido sentí estar desnudo y cuando hube terminado me excusé con apremio para ir al cuarto de baño. Respiré hondo y oriné con gusto los restos de alcohol de todo un día de excesos. Pensé en darme una ducha, creí necesitarla con urgencia, pero decidí hacerlo al llegar a casa y salí del servicio para regresar a la habitación. Yolanda no estaba allí y caminé por un breve pasillo hasta la cocina y de allí hasta un pequeño salón donde la encontré mirando a través de un amplio ventanal.
– Creo que me voy a marchar ya. – Anuncié a su espalda.
Yolanda se volvió hacia mí y sonrió con un extraño brillo en la mirada cercano a la tristeza, pero que enseguida mudo en su habitual suficiencia.
– Claro. – Dijo comprensiva. – Ayer fue un día largo y necesitarás descansar. Yo también, no estoy acostumbrada a estos excesos.
Quién lo diría, me dije, no mostraba síntoma alguno de cansancio. Cuando estuvo cerca de mí alargó el brazo para quitarme una pelusa del jersey y rozó mi mejilla con la mano mientras componía una enigmática sonrisa.
– Esto no va a salir de aquí, no te preocupes. – Dijo. Para después añadir con una intrigante media sonrisa – Ninguna de ellas se va a enterar.
Tragué saliva al comprender el alcancé de sus palabras. Se refería a Susana y a Pilar. Conocía lo nuestro, y no solo con una de ellas, sino con las dos. ¿Cómo era posible?, me pregunté alarmado, habíamos tomado todas las preocupaciones posibles. O quizá no. Nos habíamos vuelto descuidados en los últimos meses. Al observar el estupor de mi rostro rio con excesivo ruido antes de seguir hablando con estudiada perspicacia.
– ¿Creías que nadie se iba a dar cuenta? Lo cierto es que tan solo lo sospechaba, pero por tu reacción ya veo que no ando mal encaminada. – Su tono de voz se tornó algo engolada y no supe cómo interpretarlo. – Tranquilo, dudo que alguien más lo sepa.
– No sé de qué hablas. – Titubeé en un vano intento de mantener en secreto mis aventuras con mis compañeras de trabajo haciéndola esbozar una amplia y resignada sonrisa.
– No hace falta que digas nada. – Prosiguió Yolanda con más calma – No se lo voy a decir a nadie, igual que tú tampoco le vas a contar a nadie lo que ha pasado aquí. – Y añadió un guiño de una inquietante complicidad.
– Por eso puedes estar tranquila – Aseguré con rapidez agradeciendo cambiar de tema – No pienso contarle lo ocurrido a nadie.
– Lo sé – Concluyó ella. – Venga, no quiero entretenerte más.
Su voz se había vuelto tensa y me recordó a la mujer algo engreída y precavida que había conocido en la oficina, no había ni rastro en ella de la mujer divertida y atrevida del día anterior, ni siquiera de la pícara y sensual de esa misma mañana. Nos despedimos en la puerta y una vez en la calle caí en la cuenta de que ni siquiera sabía dónde estaba. Mi teléfono móvil se había quedado sin batería y caminé calle arriba sin saber hacia dónde me dirigía hasta que tuve la fortuna de encontrar una boca de metro. Sería la manera más rápida de llegar a casa. En el camino de vuelta sopesé mi suerte y a punto estuve de soltar una carcajada en el vagón cuando me imaginé rodeado por tres mujeres en la oficina que discutían por ver quien se quedaba con mis partes pudendas. Con cierta congoja deseché aquellos pensamientos y discerní que lo ocurrido con Yolanda no haría más que complicar un poco más mi existencia. Bendita complicación, sonreí mientras me sometía a la indomable somnolencia que luchaba por vencerme.
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