LA CENA DEL IDIOTA. La cena del idiota
Dani creía conocer a su novia, pero la noche de su cena de despedida le revela que Alba, Martina e incluso sus amigos más cercanos ocultan deseos prohibidos. Mientras él intenta mantener la compostura, se ve arrastrado a confesiones inesperadas y a la certeza de que nadie es tan inocente como parece.
La cena del idiota
La cena se había organizado en un restaurante del pueblo. Aunque pequeño, tenía mucha vida, lo mismo que en el resto de comercios y bares de la zona. Estaban todos y, al igual que el primer día, el grupo al completo ocupaba una mesa alargada.
En el camino hacia la mesa, las miradas de todos los varones presentes se habían posado en Alba, como era habitual. La siguieron con la vista hasta que ocupó su asiento. A Aníbal le pasó lo mismo con las miradas femeninas.
Dani se había colocado deliberadamente en una de las esquinas de la mesa, con la intención de pasar lo más desapercibido posible y, de paso, tener a Alba lo más alejada del resto del grupo de amigos.
No hubo mucha suerte, pues Aníbal se había colocado a su lado, como la otra vez. Se llevó tres dedos al puente de la nariz. «Cenar y nos piramos», se dijo.
Para su desesperación, los ojos de Aníbal solo estaban para ella. En las primeras tres frases ya le había tirado los tejos dos veces. Quizás sabía que ésta iba a ser la última noche que iba a ver a Alba.
—Espero que disfrutes de la cena. Bueno, y de todo lo demás —dijo Aníbal mostrando su blanca sonrisa y entornando los ojos en una pose mil veces practicada.
Estuvo todo el tiempo pegado a ella, como una polilla a la luz. Ella era aconsejada tanto en los platos como recibiendo frases con segundas intenciones. Todo delante de Dani.
En el primer plato, el camarero esperaba paciente a que se decidieran.
—Te digo yo que si lo pruebas volverás con ganas de repetir —insistía Aníbal.
—No sé, no me va mucho el picante —replicaba ella poco convencida.
—El de aquí sí te va a gustar —sonreía—. Les gusta a todas.
El muy pájaro hacía como que leía la carta de ella mientras le aconsejaba. De esa manera podía ver sus tetas en una visual perfecta. Alba, que parecía no haberse dado cuenta, se hacía la juguetona y simulaba dejarse llevar por sus recomendaciones mientras Dani miraba taciturno aquel colegueo que había empezado a tocarle las narices desde el primer momento.
—Está bien, tú ganas —dijo ella—. Spaghetti alla puttanesca.
—¿Y para ti, Dani? —preguntó Aníbal en su papel de anfitrión autoerigido.
—Para mí, lo que he pedido al principio.
—Y era…
—Lo que tiene apuntado ahí, al inicio de su libreta.
El camarero corroboraba con un ademán de cabeza su afirmación.
—Ah, sí, perdón. Ya no me acordaba que habías pedido el primero. ¿En qué estaré pensando? —añadió tras una furtiva mirada a Alba.
Repitió al camarero su plato y el de Alba antes de pedir un vino que no dejó que ella rechazase. El resto de la cena transcurrió igual, comprobando cada poco las necesidades de Alba. En cuanto la copa estaba más vacía de lo necesario, ahí estaba él para rellenarla. Si su plato no se vaciaba con la suficiente rapidez, ahí estaba él para preguntar si no estaba de su gusto.
—¿Qué te ha parecido?
—Es una de las mejores cosas que he probado en mi vida —contestaba ella.
—Bueno —respondía él, picarón—, yo creo que las mejores cosas de la vida son las que te dejan el pelo revuelto —decía regalando la visión de sus dientes perfectos.
Dani ponía los ojos en blanco pero evitaba enfadarse. Y menos esta noche con las cosas como estaban. El desliz con Cristina era un lastre difícil de compensar. En su lugar, hacía como que no oía o miraba hacia otro lado, como si inspeccionara el restaurante que estaba a rebosar.
En ese momento entraron cuatro chicas. Parecía que venían de fiesta, por lo animadas que se las veía y por el color de sus mejillas. Se colocaron dos mesas más allá, justo en el rincón, montando una pequeña algarabía. Una de ellas era realmente espectacular, rubia platino con unos ojos de gata que quitaban el hipo y un cuerpazo de escándalo. La chica era verdaderamente guapa y lo sabía. De repente, el foco de atención de la sección masculina había rotado hacia el fondo del local, incluido Dani.
Antes de sentarse, la rubia platino puso sus ojos donde estaban ellos, cruzando su vista con la de Aníbal durante más tiempo de la cuenta, justo cuando éste se levantaba de la mesa para resolver un asunto fuera.
—Menudas flipadas esas —dijo Alba.
—¿Por? —contestó Dani.
—Se creen Los Ángeles de Charlie. Míralas cómo van. Sobre todo la rubia de bote esa. Menuda pinta de creída.
Sonrió el comentario. La verdad es que parecían sacadas de una película sexy, sobre todo la rubia platino. Se dio cuenta de que ella también tenía un buen par de tetas. No al nivel de su novia, pero casi.
Las chicas iniciaron una fiesta particular que enseguida se convirtió en el espectáculo del restaurante. Fotos poniendo morritos, selfies, contoneos sugerentes, abrazos más animosos de la cuenta, movimientos de pelo…
—Estoy aquí —dijo Alba.
Le había pillado mirándolas embobado y ahora ella lo contemplaba con cara severa.
—No estaba… bueno, solo miraba…
No acabó la frase porque su novia dejó de prestarle atención. Acababa de llegar Aníbal y ella se giró hacia él, aprovechando para castigarlo con su indiferencia. De nuevo la mamada de Cristina se colaba en aquella cena.
En el resto de la mesa, los demás estaban a lo suyo. Muchas risas y mucho colegueo. Se preguntó si no hubiera sido mejor haberse puesto junto a Marcos.
—¿Te ha molestado que las mire? —dijo por lo bajo.
—En absoluto.
—A ver, las chicas están muy bien, lo reconozco, pero no he mirado por eso.
—Ya sé lo que mirabas tú.
Prefirió no discutir. En la esquina del fondo, la rubia platino y sus amigas seguían con su algarabía particular.
A la altura del segundo plato, Alba preguntó a Dani si tenía algo en la cara. Sospechaba que había podido mancharse con la salsa. Aníbal no tardó en aprovechar su oportunidad para meter fichas de nuevo.
—¿Algo en la cara? Sí, la sonrisa más bonita de todo el restaurante.
—No será para tanto —se carcajeó visiblemente halagada. Quizás más de la cuenta.
—Lo digo en serio. Dani es muy afortunado —respondió mirándolo de soslayo— Seguro que es tu novio, ¿no? —bromeó.
Dani lo hubiera matado de un golpe en la sien. Ella en cambio se limitó a sonreír, escondiendo su sonrisa tras un trago de su copa.
—¿Un poco más de vino? —preguntó él.
En sus mofletes se apreciaban los colores propios de un exceso de alcohol. Y en los ojos, el brillo desinhibido que producía. Alba ofreció su copa para que la llenara sin apartar la vista de sus ojos.
Dani ya tenía ganas de salir de allí y perderlo de vista. En uno de los momentos en que Aníbal se levantó en su constante ir y venir, fue Alba la que notó algo en su semblante.
—¿Te pasa algo?
Aníbal se había desplazado hasta la mesa de las chicas del fondo y estaba hablando con la rubia platino. La chica lo devoraba con los ojos.
—Ah, no, nada. Es que… estoy en mis cosas.
Alba siguió su mirada. Las chicas reían como gallinas lo que fuera que Aníbal estuviera contando y se hablaban al oído tapándose la boca con la mano.
Alba dejó de sonreír.
Cuando Aníbal volvió y pasó junto a su mesa de camino al baño, hizo una breve parada para comprobar que las apetencias de Alba estuvieran cubiertas. Ella hizo como si no lo viera y él continuó su camino. Solo cuando se alejó por el fondo, levantó la vista para observarlo desaparecer.
A partir de ahí, el colegueo que se traía Alba con él, desapareció y ella pareció tener solo ojos para su cena. Dani por fin respiraba aliviado por no tener en su conversación las intromisiones de Aníbal cada dos por tres.
El postre llegó y la paz continuó. Aunque la conversación no mejoró ni fluida y placenteramente. Alba parecía estar con la cabeza en otra parte por lo que cada uno se concentraba en su propio plato, sin más interés que dejarlo limpio. Las chicas del fondo, en su particular fiesta, estallaron en risas.
—Ya lo están haciendo otra vez —refunfuñó Alba.
—¿El qué? ¿Estar buenas?
—No, bobo, dar la nota. Que parece que no saben cenar con educación.
—Tampoco es para tanto. Solo se divierten. Están un poco pedo, pero no se ve nada malo.
—¿Les estás sacando la cara?
—Solo digo que… nada, es igual, solo era un comentario.
Aníbal se levantó y cruzó la vista con Alba que se lo quedó mirando incluso después de desaparecer por el fondo, hacia el otro comedor.
—Necesito hacer una cosa. Ahora vuelvo.
Dani la miró con desazón. Acababa de terminar el postre y hubiese preferido irse inmediatamente. Ella dejó su bolso y la chaqueta en la silla y caminó hacia la entrada, junto a la puerta de la cocina. Los rostros de la gente parecían girasoles al sol y no solo los de los hombres.
Dani se giró hacia el resto del grupo. León era el que estaba más cerca. No le apetecía hablar con él, pero le venía bien fingir escucharlo mientras Alba estaba ausente.
Cuando volvió la cara se encontró con el rostro de la rubia platino. La chica había venido hasta donde estaba él y se apoyaba con los codos en el borde de la mesa. Su cara estaba peligrosamente cerca. Tal vez fuera por culpa de una miopía o un exceso de alcohol, pero lo cierto es que estaba invadiendo su espacio. Además, con aquellos ojos, la rubia buenorra tenía una mirada que intimidaba. Por instinto se echó hacia atrás.
La chica, que lo miraba con una alegre sonrisa, parecía disfrutar de su nerviosismo por lo que no se apresuró en abrir la boca y dejó que Dani se pusiera todavía un poco más nervioso antes de dar explicaciones de su presencia.
—¿Te importa hacernos unas fotos a mis amigas y a mí? —dijo mientras le ofrecía el móvil.
—Sí, claro. Quiero decir, no. No me importa.
Tomó el móvil pero ella no se incorporó. En su lugar se mantuvo en la misma posición, apoyada en el borde de la mesa con ambos codos, observándolo mientras él intentaba levantarse de su silla con la espalda recta, sin acercar su cara demasiado a la de la chica.
Cuando la siguió hacia el fondo, se percató de que tenía un culazo de escándalo, haciendo que sus ojos no pudieran apartarse de él. Miró hacia atrás para ver si alguno de su mesa se había dado cuenta. Por suerte, todos parecían muy ocupados entre sí.
Las chicas del fondo lo vitorearon en cuanto lo vieron acercarse detrás de su amiga. —Qué bien —dijo una de ellas—, tenemos fotógrafo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó otra.
—Dani.
—¿Eres bueno con las fotos, Dani?
—Solo cuando tomo mi medicación para el Parkinson.
Las cuatro rieron la gracia e inmediatamente comenzaron a colocarse haciendo posturas de modelo de revista pop y poniendo caras. Las chicas estaban de muerte. Todas parecían sacadas del mismo catálogo de guarrillas sexys.
Peinados perfectos, labios sugerentes, curvas de vértigo y escotes grandes como acantilados. La vista se le iba una y otra vez al mismo sitio.
Empezó a ponerse nervioso cuando se dio cuenta de que todas las miradas del restaurante comenzaban a centrarse en él, incluida la de Martina que parecía haber reparado en su presencia y que, junto a Lidia, observaban sus movimientos con una mueca extraña. Hizo varias tomas antes de devolver el móvil a su dueña. Esperó a que dieran su visto bueno para poder irse.
Mientras lo hacían, siguió notando las miradas del resto de comensales. Martina cuchicheaba algo con Lidia. Marcos levantó la cabeza fijándose en él. Un par de camareras iban de una mesa a otra llevando y trayendo platos. La música de fondo, suave y melódica, no era lo suficientemente alta como para ocultar los cacareos que se traían las chicas.
—Oye, pues sí que te das buena mano. En todas salgo genial —dijo una.
—¿Has utilizado algún filtro? Parece como que hay más luz —dijo otra.
—No, en serio —dijo la primera—. ¿No te han dicho nunca que eres muy bueno?
—No quería fardar, pero, ya que lo decís… Una vez le hice una foto a un torero y quedó tan satisfecho que se cortó una oreja para regalármela, no digo más.
Hubo un estallido de carcajadas. Les cayó tan simpático que se empeñaron en sacarse fotos con él. Una de las chicas le cogió el móvil e insistió en que se pusiera con el resto. La rubia platino le indicó que se colocara junto a ella dando unos leves golpecitos con la palma de su mano en su muslo. Azorado, se colocó a su izquierda, encajonado entre ella y las otras dos. Sintió un escalofrío cuando lo abrazó por la cintura y se apretó contra él, pegando sus cuerpos.
—Esa estirada con la que estabas, ¿es tu novia? —preguntó en su oído.
Abrió los ojos como platos y, por acto reflejo, miró en dirección por donde Alba había desaparecido. Prefirió no contestar.
—No, en serio —insistió en un susurro meloso—. ¿Siempre va como si tuviera un palo metido por el culo?
—Oye —cuchicheó en una posición incómoda en la que intentaba ponerse severo, pero no quería salir mal en la foto—, estás hablando de mi novia.
—¿Y? ¿Qué pasa, le tienes miedo?
Dani seguía con esa sonrisa estúpida de pose de retrato mientras alternaba su mirada entre la rubia platino y la chica de la cámara que parecía no terminar nunca de hacer la foto.
—No la conoces —contestó con los labios estirados—, no tienes ni idea de cómo es.
—Qué adorable. Defendiendo a su chica como un caballero de triste figura.
—A ver chicas, poneos que va —advirtió la que tenía la cámara en la mano.
Subió el brazo hasta rodear su cuello con el codo y pego su cara con la de él, mejilla con mejilla por lo que, no solo podía oler su perfume sino que hasta respiraba su mismo aliento. Si giraba la cara podría besar sus labios. La posición era muy sensual.
Demasiado.
Llevaba una camiseta de tiras por lo que su anatomía quedaba muy definida bajo la tela. No llevaba sujetador así que, simplemente bajando los ojos, podía ver mucho más de lo que nadie aquella noche iba a poder imaginar. Sintió un latigazo en su entrepierna y tragó saliva.
Carraspeó e intentó no despegar la vista de la cámara para no salir en la foto mirándole las tetas. En su mesa, varios levantaban la cabeza estirando el cuello, intrigados en sus andanzas con aquel grupito de buenorras. León era el más activo provocando comentarios y risitas.
Sonaron varios clacs desde el móvil antes de que se soltaran de su cintura. Pero no fue la única foto ni la única pose. A ésta le seguirían varias más con las chicas cacareando como gallinas.
Deseaba volver a su sitio a esconderse. Alba volvería de un momento a otro y prefería que no lo viera con ellas. Para más inri, la gente del restaurante seguía mirando y eso le estresaba todavía más. Se secó el sudor de la frente.
—Venga, ahora una tú y yo solos.
La rubia platino llevaba un rato un tanto pegajosa, parecía haberle cogido interés. Empezó a pensar si no estaría intentando ligar, pero eso era imposible, esa tía estaba en otro nivel. Aunque bien pensado, también Alba lo estaba y llevaban casi cuatro años juntos. La chica, pese a la impresión inicial, estaba siendo muy amable.
—Vale, la última, que mi novia volverá enseguida.
—Parece que te da miedo —le dijo mirándolo a los ojos peligrosamente cerca—. ¿O soy yo quien te lo da?
Tenía razón, esa chica lo asustaba. Había algo oscuro en ella. Oscuro y húmedo. Se giró y miró a la cámara para que sacara la foto de una vez. Ella rodeó su cuello de nuevo pero esta vez lo hizo con los dos brazos, y lo hizo de la manera más sensual posible. Deslizó los dedos de la mano derecha desde el ombligo hasta su hombro, provocándole un escalofrío en la nuca y un nuevo calambrazo en la entrepierna. Después inclinó su cabeza hasta apoyarla contra la de él. La que sujetaba el móvil hizo una serie de fotos con una rapidez que asustó.
—Gracias Dani, eres un tío majísimo.
—Tú también.
—Me llamo Ágata, por cierto.
—Pues… encantado, Ágata.
Le dio dos besos de despedida más cerca de lo necesario de la comisura de sus labios. Rezó por que no hubiera notado el bulto que empezaba a aparecer bajo el pantalón y que corría peligro rozarse contra ella si se acercaba más de la cuenta. Había quedado muy bien en su papel de desconocido simpático y no quería cagarla ahora con una empalmada. El resto de las amigas se despidieron también con sendos besos cada una. La chica de la cámara fue la última en despedirse. Le tomó de las manos antes de besarlo en las mejillas.
—Pareces un buen tío —dijo sin sonreír.
—Gracias, tú también.
—Lo digo en serio. —Apretaba sus manos más de la cuenta.
—Vale pues…, gracias otra vez.
En su mirada había algo extraño. Se soltó de ella con una pequeña sonrisa de gratitud. Cuando las dejó, miró el reloj. Alba estaba tardando demasiado. Mejor para él, prefería que no lo hubiera visto con ellas.
Una vez sentado en su sitio se colocó el paquete con disimulo mientras sus amigos le recibían entre bromas. Las más incisivas por parte de León. Eva lo observaba con una expresión neutra y se preguntó si tendría que ver con él o con Alba.
Alba, recordó. Llevaba mucho rato fuera.
Y por fin apareció, saliendo de la cocina, sosteniendo una enorme tarta con dos figuritas sobre ella. Aníbal la ayudaba, moviendo una mano como un director de orquesta. Una de las cocineras iba tras ellos con un montón de platos, cerrando la comitiva. Ambos cantaban a coro mientras se acercaban a la mesa junto a Marcos y Martina.
Te casastee, la cagastee
Te casastee, la cagastee
Todos se carcajearon, incluidos los novios, mientras coreaban la estrofa. Algunos de los comensales de las mesas adyacentes, aplaudían. Las figuritas sobre la tarta eran dos novios que se agarraban del cuello el uno al otro. Otra de sus particulares bromas. Alba le dio dos enormes besos a su prima y a Marcos. Aníbal, que se había quedado junto a Dani, observaba la escena.
—Va a ser una novia preciosa —le dijo Aníbal en confianza—. Aunque, bueno, tú sí que tienes una novia guapísima. Si no te molesta que te lo diga. Es… bueno, es impresionante.
—Ya, gracias.
Se dio cuenta de que Aníbal estaba mirando a la rubia platino de soslayo y que ésta correspondía con una caída de ojos. Dani se alejó de él y se colocó junto a Alba. Éste era el momento ideal para despedirse de los novios y largarse a su casa.
Nada más lejos.
Martina lo abrazó y le plantó un sonoro beso alcoholizado que le empapó la mejilla. Marcos le estrechó la mano y le palmeó la espalda en un alarde de efusividad que casi le saca los pulmones por la boca. Ninguno de los dos aceptó que se fueran tan pronto. No sin antes tomar algo juntos. El resto era de la misma opinión. Antes había que tomarse algo.
«Pero si no hemos parado de beber en toda la cena», se dijo para sí.
Abandonaron el restaurante y llegaron al primero de los pubs. El ruido allí dentro era ensordecedor, con un montón de gente botando al ritmo de la música. A los lados había mesas altas donde las parejas aprovechaban para hablarse a gritos. A través de unos escalones al fondo, se accedía a la barra que ocupaba toda la pared.
Alba y Dani subieron directamente al mostrador a por unas consumiciones. Iban acompañados de Martina y Marcos. El resto del grupo estaba desperdigado dentro y fuera del local.
Por norma general, era Alba la que se encargaba de pedir las bebidas, siendo usual que la gente se apartara para dejarla pasar y, al llegar a la barra, ser la primera en ser atendida. Dani se quedaba tras ella para ayudarla con las copas de vuelta.
Poco después, ya tenían las consumiciones. Combinados para todos, kas de limón en botellín para él.
Alba y Martina pudieron disfrutar de la música, bailando a su ritmo, rodeadas de gente pero solas en su mundo. Lidia y las demás se unieron a ellas y fue entonces cuando Marcos y él decidieron apartarse hacia la barra, dejando a las chicas a su aire mientras ellos conversaban sin necesidad de recibir empujones constantemente.
Allí se encontraron a Rocho, el amigo de Aníbal, que se empeñó en invitarles a un combinado pese a las protestas de Dani que no quería beber más alcohol. Marcos estuvo un rato charlando con él. Dani, a su lado, levantaba la vista por encima de la gente comprobando que las cabezas de Alba y las demás seguían en el mismo lugar.
Unos chicos se colocaron juntó a él.
—Pedazo tetas que tiene la del azul —dijo uno de ellos—. Y van como cubas. A éstas hay que entrarlas.
Era un grupo de cinco muchachos y supo exactamente a quién se referían.
—A esa te la aprietas fijo —dijo otro de ellos—. Mira cómo se menea pidiendo caña.
Dani puso los ojos en blanco y les dio la espalda, girando su taburete y apoyando los codos sobre la barra. Marcos, en ese momento, hablaba con unos amigos que se habían acercado a felicitarlo. Los chavales de su espalda, seguían con sus comentarios soeces. Los ignoró y se centró en sus pensamientos.
—Se la van a follar.
Había sido Rocho el que había hecho el comentario y lo había hecho en su oído, a espaldas de los chicos. Dani lo miró, confuso.
—¿Perdona?
—A esa de las tetas —insistió el grandullón— se la van a follar esta noche.
Siguió su mirada y constató que coincidía con el lugar donde bailaban Alba y las otras.
—Esa de azul —respondió con calma— es mi novia.
Pretendía que se ruborizara, pero Rocho mantuvo la misma sonrisa de bobalicón sin perder el brillo de sus ojos. Dani sacudió la cabeza. Había personas con poco tacto para las relaciones sociales y ésta era una de ellas. El amigo gordo echó un trago a su bebida sin apartar la vista de él. Dani suspiró y aprovechó que Marcos estaba ocupado para ir a mear. No quería quedarse solo con él, le hacía sentir incómodo.
Los baños estaban al fondo de un pequeño pasillo. Varias chicas hacían cola para entrar en el de señoras. El de los chicos, como de costumbre, estaba libre. Al entrar, cerró la puerta corrediza tras él. Dentro había un urinario y un cubículo con un váter. Éste tenía la puerta cerrada, señal de que había alguien ocupándolo.
La puerta se abrió y de dentro apareció Martina. Puso una sonrisa de oreja a oreja nada más ver a Dani.
—Me he colado al de los chicos porque no aguantaba —reconoció—. Los tíos nunca os quejáis cuando lo hacemos.
—Porque guardamos la esperanza de que, siendo amables con una tía que está buena, conseguiremos hacer que se enamore de nosotros.
—Sois así de inocentes —dijo en broma y rodeó su cuello con un abrazo—. Oye, dice Alba que os tenéis que ir ya. ¿Es verdad eso? —ronroneó.
Se colgaba demasiado de su cuello, señal de que iba como una cuba.
—Me han llamado del hospital —mintió—. Necesitan personal.
Martina hizo un mohín, entrecerró los ojos y se quedó pensando unos segundos. —Pues, con el permiso de Alba, me voy a quedar un recuerdo tuyo. —Dicho esto, le dio un muerdo que le empapó la boca. Tras la sorpresa inicial, se dejó hacer. También él se quedaría un bonito recuerdo de aquella mierda de pueblo. Cuando se separó, ella sonrió inocente—. Es mi cena de despedida, así que no es infidelidad —se carcajeó.
—Pensaba que no te caía bien —dijo contrariado—. Quiero decir, que nunca pensé que quisieras esto de mí.
—Lo llevo deseando desde el primer día. —Confesó. Lo observaba con aquella mirada de borrachuza sin filtro—. Si te hubiera visto antes que mi prima, no te habría dejado escapar.
Dani puso una cara de incredulidad que a ella le hizo sonreír. Después, con esa sinceridad con la que castiga el alcohol, le susurró al oído.
—Me pones un montón. —Dani frunció el ceño—. Lo digo en serio —insistió ella.
—Lo que tú digas —dijo lanzando un suspiro—. Podéis seguir con la coña si quieres, tus amigos y tú.
—Es verdad. Y si lo confieso es porque estoy borracha y sé que mañana no me voy a acordar. Y porque me apetece.
Dani abrió la boca, pero la volvió a cerrar. No le iba a decir que ella también le ponía a él por respeto a Marcos y a sí mismo. Ella, en cambio, no podía mantener la suya cerrada.
—¿Te acuerdas de la noche de los juegos en casa de Gonzalo? En una de las rondas tuve que confesar cuándo fue la última vez que me hice una paja.
—Lo recuerdo —dijo él—. Dijiste que fue ese mismo día, en la ducha.
Asintió lentamente. León hizo muchas bromas y todos se partieron de risa con ella. Excepto él, que más bien babeó con una imagen calenturienta de ella bajo el chorro de agua.
—Me la hice al volver de la playa. La sobada de tetas que me pegaste, me puso a cien.
Negó y se puso serio. —Eso no es verdad. Te cogiste un cabreo de la leche —rebatió—. Y yo me morí de la vergüenza delante de Marcos y Alba.
—Porque me pilló desprevenida, joe. Fue una reacción espontánea. Pero luego, cuando estuvimos en la toalla los cuatro, hablando… no sé, te empecé a ver diferente.
Seguía sin creérselo y ella siguió insistiendo. —¿Quién crees que puso en las confesiones de aquella fiesta que quería una noche de amor y sexo contigo?
—Venga ya, eso sí que no me lo creo —negó serio—. Todavía me acuerdo de la cara que pusiste cuando el amigo de Cristian me bajó los pantalones antes de la cena. Y era de puto asco.
—Eso fue de vergüenza, por ti. Me dio mucho coraje la putada que te hicieron. Aparté la mirada para no abochornarte más de lo que ya tenías que estar. —Le cogió de las mejillas con ambas manos—. ¿Crees de veras que me dio asco tu polla?
No se atrevió a contestar, pero así era.
—Me encantó verte desnudo —insistió—. Joder, lo sentí por ti, pero… el morbazo que me dio… —Después puso cara de culpable—. Por eso te bajé el bañador el día que fuimos a la nudista. Para verte de nuevo.
—¿Fuiste tú? ¿La que me lo arrancó debajo del agua?
—Lo siento. No pensé que te lo ibas a tomar tan mal. Solo era una broma, para verte otra vez. Pensaba que como estábamos en la nudista… —Agachó la cabeza—. Luego me arrepentí un montón.
Dani boqueó, incrédulo. Recordó las miraditas a su polla cuando salió y que ella se removía nerviosa. ¿Sería posible que se debiera a una mezcla de remordimiento y excitación?
Martina seguía viéndolo dudar. —Si no me gustara tu polla, no te la habría chupado en el cuarto oscuro.
Se le cayó la mandíbula, atónito. Sin ser capaz de verbalizar lo que se le pasaba por la cabeza.
—Supe que eras tú en cuanto te toqué. Ya habías pasado por mi lado al principio así que, la segunda vez, no me lo pensé mucho y me lancé.
El abrazo de Martina empezaba a resultar incómodo. Lo que estaba oyendo trastocaba todo lo que pensaba de ella.
—Rompí la norma de estar con una sola persona, pero… no me pude aguantar. —Se mordió el labio—. ¿Te cuento un secreto? —No esperó a que respondiera. Se había abierto el dique de las confesiones y estaba sacando todas a la luz—. Marcos y yo hacemos trampas para no follar con otros. Siempre lo hacemos entre nosotros.
La revelación no le sorprendió. Siempre dudó que ella y, sobre todo Marcos con sus celos, se prestaran a participar en aquel juego de intercambio. Al parecer, Alba y él no habían sido los únicos en pensar lo mismo.
Según le dijo, ella se sentaba siempre en el mismo lugar, esperando con las manos en las rodillas a que Marcos llegara e hiciera un gesto que lo identificara. Después, a espaldas del resto, follaban juntos, excitados por el mismo morbo que había llevado a Alba a plantearse entrar en aquel juego.
—Marcos me estaba comiendo el coño —explicaba ella— cuando llegaste hasta mí. Quizás si no hubiera estado tan excitada… —le miró de reojo—. Además, habíamos bebido mucho y, en fin, fue una pequeña maldad que no medité mucho. Sé que después te trajo problemas con mi prima. Lo siento.
—No te puedo culpar —dijo dejando caer los hombros—. Yo me dejé hacer; no lo impedí, así que, tan responsable como tú, fui yo.
De nuevo se hizo un silencio incómodo. La mamada se hizo más presente que nunca y el abrazo le empezó a agobiar incluso a ella.
—Yo te sobé las tetas —dijo en tono jocoso para romper el hielo.
Ella correspondió a su sonrisa y arqueó las cejas dos veces pidiendo opinión.
—Me encantaron —dijo él—. Muy tersas y suaves, pero… me quedo con las de Alba. No te ofendas.
Ella borró su sonrisa en el acto, mutando su cara en un semblante de disgusto.
—Mierda. —Se soltó de él y se giró con rapidez hacia el váter, vomitando una arcada de alcohol y cena dentro de la taza. A ésta le seguirían otras.
Dani apartó su pelo de la cara, recogiéndolo en una coleta con la mano. A la vez, con la otra, la sujetó de la cadera desde atrás. Parecía como si la estuviera enculando mientras le tiraba del pelo. Sonrió imaginándolo.
Cuando se levantó, parecía un cadáver. —Creo que la última Coca-Cola no me ha sentado bien —dijo ella, balbuceando.
—Seguro —se carcajeó él—. Los médicos siempre advierten de lo mismo. No porque tenga una tonelada de azúcar ni nada de eso.
La cogió de la cadera y la ayudó a caminar hasta la puerta. Se paró antes de salir y se quedó cavilando.
—¿Te puedo preguntar qué puso Marcos en su confesión la noche de los juegos?
—No lo sé —balbuceó ella—. Pero no fue lo de querer casarse con su novia. Eso seguro.
«Cierto, ese fui yo», pensó. Fue a correr el pestillo para salir.
—Pero sí sé lo que puso Lidia —dijo picarona.
Dani se quedó con la mano en alto, esperando que desembuchara. Ella lo miraba divertida dentro de la borrachera que llevaba. Se llevó una mano a la boca, tapándola parcialmente, como si eso hiciera menos grave que delatara a su amiga.
—Lidia puso que le ponía hacérselo con Eva —sonrió como una chiquilla que acaba de hacer una trastada.
Levantó las cejas, sorprendido. —Así que fue Lidia. Qué cosas. Todos pensaron que había sido yo —se lamentó.
—Sí, todos lo pensaron, pero tú pusiste lo de follar con la prima de tu novia. —Le guiñó un ojo y le dio un pequeño golpe con la cadera—. Conmigo.
Estuvo a punto de sacarla de su error, pero pensó que, después de todo lo que había contado, podría hacerle sentir mal, así que decidió hacer esa pequeña concesión. Al fin y al cabo, tampoco era del todo mentira. Sonrió e hizo un repaso mental de las confesiones que conocía.
—Entonces, ¿quién puso lo de “Chupársela a Aníbal delante de mi novio y después, follar con él a solas”? —Contaba con los dedos cada una de las chicas eliminadas—. Solo pudo haber sido Celia, pero ella no tiene novio.
—No sé. Es una chica muy rara. Igual lo hizo para vacilar.
Y con eso, las dudas sobre Alba y Aníbal, seguían en el mismo sitio. Martina emitió un gemido. Cada vez se encontraba peor, por lo que decidió sacarla de allí.
Al salir, se encontraron con Lidia que hacía cola en el aseo de las chicas. Puso cara de pena cuando vio la tez pálida de su amiga. Dani se la pasó para que se hiciera cargo de ella e inmediatamente la llevó hacia afuera.
Volvió a la barra junto a Marcos. Seguía hablando con el gordo Rocho. Éste, se apoyaba con los codos hacia atrás. Al llegar hasta él, se acercó a su oído.
—Acabo de estar con tu novia —dijo casi gritando para hacerse oír—. Lleva un buen pedal. La he dejado con Lidia.
Su amigo puso cara de preocupación. Dani hizo un gesto con la mano para tranquilizarlo. —Han salido afuera, para tomar el aire. No te preocupes. Ya ha vomitado todo el alcohol que llevaba en el cuerpo.
Marcos asintió y le dio las gracias. —Voy a ver cómo está.
Dani se quedó con Rocho en la misma situación incómoda que antes de irse. Su bebida continuaba en el mismo sitio donde la había abandonado. Se hizo con el vaso y, antes de llevarlo a la boca, lo miró con curiosidad. «Juraría que ahora está más lleno que cuando lo dejé», pensó.
Mientras esperaba a que Marcos regresara, repaso visualmente el local. Cada vez había más gente. Levantó la cabeza para comprobar que Alba seguía bailando con el resto de chicas “supervivientes” cuando, una voz conocida, resonó a su lado.
—Vaya, vaya. Qué casualidad, el fotógrafo.
La rubia platino y sus amigas acababan de llegar a la barra. Al haber poco espacio, se había colocado muy pegada a él. Tanto, que quedó encajonado entre ella y el corpulento Rocho. Éste, terminó por bajarse de su taburete y desplazarse a un lado para hacer sitio. El hueco lo aprovechó otra de las amigas por lo que, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó rodeado de todas ellas. Tan risueñas como en el restaurante, pero un poco más borrachas.
Todo el mundo miraba a aquella chica despampanante, auténtica belleza. Sin embargo, ella solo ponía su atención en él sin dejar de hablar demasiado cerca de su cara.
—¿Y tu novia la estirada?
—No sé de quién me hablas —contestó.
—Qué galán. Ya no quedan tontos así.
Sin mostrar un ademán de disgusto, pero tampoco sin molestarse en decir nada, se giró y le dio la espalda. Levantó la cabeza, oteando, intentando ver a Alba.
—Perdona —dijo ella—. Me estaba metiendo contigo en broma. No quería ofenderte.
—No lo has hecho —dijo sin girarse—, te puedes morir tranquila.
—En serio, lo siento. —Puso una mano en su hombro y mostró una cara de una honda sinceridad—. Deja que te invite a algo para compensar.
—Ya estoy tomando algo, pero gracias. —Levantó su vaso a la altura de su nariz, pero sin mirarla, haciendo sonar los hielos.
—Os invito yo a todas —dijo Rocho con su vozarrón.
Dani se lo quedó mirando. No sabía muy bien qué pintaba aquel tipo allí. Las chicas lo celebraron cuando sirvieron las consumiciones. Sin saber cómo, se vio con otro combinado en la otra mano.
—Pero, si todavía no he acabado el anterior —protestó.
Rocho no le permitió negarse y le obligó a aceptarlo, conminándolo a que bebiera más rápido. Ágata, seguía a su lado.
—Qué generoso es tu amigo.
—No estoy muy seguro de que sea amigo mío. La verdad, hasta hoy no le había visto nunca.
—Pues está claro que le has caído muy bien.
Dani arrugó la frente. Ese personaje tan extraño no dejaba de mirarle y de sonreír como un retrasado.
—Oye, en serio —insistía ella—. Perdona por meterme con tu chica. Solo quería picarte. Para vacilar contigo, ya sabes. Pensaba que eras de los que les gusta que les den caña.
—¿Me has visto cara de masoca? —dijo con el vaso a punto de tocar sus labios.
Ella apoyó un codo en el hombro de Dani que volvía a estar sentado. Después, posó su mejilla en la palma de la mano. En esa posición, sus caras quedaban muy cerca la una de la otra. —La he visto a ella y lo he deducido.
Sonrió travieso, escondiéndose detrás de un trago. Aunque no le gustara, tenía que reconocer que la había calado a la primera.
—Tiene mucha suerte de tenerte —dijo mirándolo fijamente a los ojos.
Sostuvo su mirada mientras tragaba, preguntándose por las intenciones de aquella chica escultural. Estaba, a todas luces, muy fuera de su alcance y, sin embargo, su interés en él era más que evidente. Además, Rocho estaba invitando a todas las rondas. Daba la impresión de que, por fin, todos los astros se habían conjurado para que pasara una noche perfecta de combinados y buena compañía.
Y entonces, todavía con líquido en la boca, apartó el vaso de su cara y lo miró con detenimiento durante varios segundos. Acto seguido, giró la cabeza intentando ver a Alba. De nuevo, el corpachón de Rocho le tapaba la visión. Dirigió la vista hacia la entrada, intentando encontrar a Marcos. Éste, seguía sin aparecer.
—Perdona —dijo con los labios casi pegados a los de ella—, ¿me esperas un momento? Necesito ir al baño urgentemente.
Dejó el vaso sobre la barra y se giró hacia Rocho, intentando hablarle al oído. —Oye, necesito ir al baño. Cuídame el vaso, porfa. Y no dejes que estas tías se vayan. Creo que a esta rubia la tengo en el bote. Vuelvo echando leches.
Salió escopetado entre la gente, pero en lugar de dirigirse al baño, fue donde estaban Alba y las demás bailando.
No las encontró, como se temía.
Resopló de rabia y salió a la calle, esperando encontrarse en la entrada con Marcos y Martina. Tampoco hubo suerte. Debían estar cerca pasando la borrachera, así que caminó a un lado y a otro intentando verlos sentados en algún banco.
Nada. Ni ellos ni ninguno de los otros.
Comenzó a pensar en dónde podrían haber ido. Las únicas opciones eran algún otro bar o la casa de alguien que no viviera muy lejos. Optó por la primera opción y se dispuso a recorrer cada uno de los locales a la carrera. Había vuelto a quedarse solo.
«Por mis huevos que ésta no me la volvéis a jugar», se dijo.
Dobló la esquina justo cuando un coche pasaba junto a él. Al sobrepasarlo, frenó bruscamente. Reconoció el lujoso vehículo al instante, era el de Aníbal. La ventanilla del copiloto se abrió y dentro apareció… Alba.
—Dani, ¿pero qué haces aquí?
Tenía los ojos vidriosos por culpa de la bebida. Sonreía feliz con los brazos cruzados por fuera de la ventanilla. Dani cogió aire y lo espiró con lentitud, dándose tiempo para no soltar una mala contestación.
—Buscarte. ¿No habíamos dicho que nos íbamos en cuanto acabaseis de bailar?
Ella lo miró contrariada.
—Pensaba que estabas con Marcos. Quico nos ha dicho que habíais ido a casa de Aníbal en su coche —respondió—. Ha preparado una fiesta en honor a los novios. Ahora salíamos para allá a reunirnos con vosotros.
Aníbal, al volante, le observaba taciturno. Asentía con la cabeza corroborando sus palabras. Pero para Dani era evidente que no contaban con él en su fiesta particular y, de no ser por Alba, ahora no estaría allí parado. Lo odió más que nunca.
—Pues ya ves que no. —Intentaba no parecer enfadado—. Bueno, qué, ¿nos vamos a casa?
—Ay, cari, es que… Un poquito más, ¿vale? Y así vemos la casa de Aníbal.
—Alba… —Iba a ponerse serio, pero en su cara de súplica, vio algo que le hizo dudar.
Algo oscuro.
Ella había accedido a no acudir a la boda de su prima por él. Un gesto muy grande que había hecho antes de conocer lo de la mamada de Cristina. Si además ahora, él se empeñaba en privarla de aquella fiesta de despedida con sus amigos de la infancia, era posible que terminara enfadándose.
Tenerla cabreada con las venas llenas de alcohol no era buena idea, y menos en aquel momento. Así que, agotado el pulso de miradas, optó por claudicar y unirse a la fiesta. Era mejor estar cerca de ella, que no estar.
—Está bien, voy con vosotros.
Su novia exclamó de alegría y alargó los brazos atrayéndolo hacia sí para besar sus labios con pasión. Su alcohol en sangre subió dos grados por culpa de aquel beso.
—Tendrás que ir con Gonzalo y Gloria. Aquí no cabes —dijo Aníbal señalando hacia atrás con el pulgar.
En efecto, en los asientos traseros estaban Celia y León que lo saludaron con una mano. Y no había hueco para un quinto pasajero en aquel coche de superlujo.
Tras ellos, con los intermitentes de avería, estaba el coche de Gloria y su marido, esperando a que Aníbal reiniciara la marcha para ir tras él. Ellos tenían espacio de sobra en su todoterreno.
—Déjame un momento tu móvil —pidió Dani.
—¿Para qué?
Por toda respuesta, sonrió y guiñó un ojo. Alba estaba demasiado borracha para hacer averiguaciones, así que se lo ofreció sin hacer más preguntas. Cuando lo tomó, estuvo a punto de dibujar el patrón correcto. En su lugar, se lo devolvió como estaba.
—¿Me lo desbloqueas?
—Ah, sí, perdona.
Ya libre, se lo ofreció de nuevo. Dani tecleó con rapidez y se lo devolvió. —Ya está.
Ella lo miró un instante antes de volver a guardarlo.
—Nos vemos allí —dijo Aníbal que ya aceleraba.
Dani, en medio de la calle, fue hacia el coche de Gonzalo y se apoyó en la ventanilla. —Yo también voy a la fiesta, pero mejor os sigo con mi coche. Esperadme aquí, no tardo nada.
Gonzalo y su mujer intercambiaron una mirada.
—Puedes venir con nosotros. Tenemos hueco detrás.
—Mejor no. Alba y yo volveremos pronto y no queremos molestar para que nos traigáis de vuelta.
Su coche se encontraba en el mismo aparcamiento de donde venían ellos. Una vez dentro, maniobró hasta colocarse detrás de Gonzalo. Le dio las largas y éste inició la marcha.
Después de pasar varias calles, Gonzalo se saltó un semáforo en rojo que Dani no se atrevió a atravesar. Tamborileando con los pulgares en el volante, esperó ansioso a que se pusiera en verde. Al hacerlo, salió veloz para alcanzarlo, pero fue en vano. Gonzalo había desaparecido y él se encontraba otra vez solo, perdido en medio de la ciudad, sin saber a dónde ir.
—Ya sabía yo que iba a pasar esto.
Paró en doble fila y sacó su móvil. Inició la aplicación GPS y buscó la señal de Alba que había activado en su teléfono vía WhatsApp. Enseguida apareció su posición en tiempo real. No le sorprendió que estuviera a mucha distancia en dirección contraria, alejándose a gran velocidad. Resopló resignado.
Giró en redondo y condujo hacia ella. Pronto el camino se hizo más estrecho y, paulatinamente, las curvas fueron cada vez más numerosas y angostas. Algo después, comenzó a subir algo parecido a un pequeño puerto de montaña.
—Madre de Dios. ¡Dónde vive este fulano!
Todavía le costó un buen rato llegar arriba. De noche cerrada, no se veía nada, pero estaba seguro que allí deberían tener las mejores vistas de todo el país. No así la cobertura que empezó a dar problemas.
Constantemente, la ubicación de Alba se paraba en el mapa para, de un salto, volver a recolocarse. Como si fuera avanzando a trompicones.
—Que no se me pierda, por Dios.
Pero Dios no le escuchó. El GPS le indicó que había llegado a donde estaba ella, pero allí no había nadie. Parado en la carretera, en la última posición recibida, esperó a ver si se actualizaba. No hubo suerte.
«Mierda puta».
Decidió continuar por aquella carretera estrecha. Tampoco había más opciones. Aún tuvo que ascender un poco más antes de ver otra cosa que no fuera la oscuridad de la noche.
Encontró una desviación hacia lo que parecía una edificación iluminada. Decidió tomarla y llegó hasta unas enormes verjas metálicas que daban acceso al interior de la finca de un casoplón. Se atrevió a entrar a lo que parecía un gran aparcamiento asfaltado. Estaba lleno de vehículos y no le costó reconocer enseguida los de Aníbal y Gonzalo. Se llevó la mano a la nuca y se rascó la cabeza.
—Esto no es una fiestecilla privada. Es un puto cotillón.
.
Fin capítulo XXXIX
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