Mi vecina me domina (1)
Juan siempre fue un hombre discreto, hasta que la mirada autoritaria de Paqui le reveló su verdadera naturaleza. Ahora, entre la limpieza de hogares y los pies sobre su rostro, descubre que su mayor placer no está en ser libre, sino en obedecer.
Soy un hombre viudo de 50 años viviendo en un residencial en el centro de la capital. Como todos los días salía a la terraza a fumarme un cigarrillo. Frente a mí vivía una señora de más o menos mi edad que desde que vivía allí me gustaba mirarla por las mañanas cuando, como yo, salía a su terraza para fumarse ese cigarrillo de la mañana.
No se trataba de una mujer especialmente atractiva como para despertar las miradas a su paso. Sin embargo a mí me atraía el verla.
Así pasaron los días hasta llegar a saludarnos por las mañanas y mantener las típicas conversaciones intrascendentes entre vecinos. De estas conversaciones supe que era una mujer divorciada con una hija de unos treinta años.
Hola vecino, buenos días.
Hola, ¿qué tal se presenta el día?
Pues me he levantado con un dolor de espalda que no me deja hacer nada y hoy tenía pensado darle una buena limpieza a la casa.
Lo siento mucho. Si puedo hacer algo por ti solo tienes que decírmelo.
Pues……. Si quieres y puedes podrías echarme una mano a mover unos muebles.
Claro, ¿cuando quieres que vaya? Tengo las mañanas libres.
¿Te apetece un café? Acabo de poner la cafetera.
Muy inocentemente y como buen vecino me acerqué a su casa que estaba en otro de los portales del residencial.
Hola soy Juan, tu vecino.
Ah sí, te abro.
Subí en el ascensor encontrándome la puerta de su casa abierta.
Pasa, estoy en la cocina preparando el café.
Hola, me llamo Juan.
Encantada, yo me llamo Paqui.
Nos dimos un beso de saludo y nos sentamos en la mesa de la cocina a tomar el café.
Perdona que esté así la cocina pero es que no he podido hacer nada con este dolor de espalda.
No te preocupes, todo tiene arreglo. ¿Un cigarrillo?
Gracias.
Yo no cesaba de mirarla mientras daba sorbos a su café y exhalaba el humo de su cigarrillo. Así hasta que terminado el café me ofrecí a fregar todo lo que había en el fregadero.
Por favor, déjalo. Ya lo haré yo cuando se me pase un poco el dolor.
No me importa hacerlo, de verdad.
Que amable eres. Te voy a contratar para que vengas todos los días a casa y me hagas la limpieza, ja, ja, ja.
No me importaría hacerlo mientras estés así.
No, por favor, era solo una broma.
Para nada lo he tomado como broma. Me encantaría poder ayudarte.
¿Lo dices en serio?
Sí, claro. Yo por las mañanas es lo que hago en casa, limpiar, cocinar, lavar, planchar, etc.
¡Vaya! Todo un amo de casa. No es muy frecuente encontrar un hombre así.
Gracias.
Me levanté y mientras ella seguía sentada fumándose su cigarrillo y tomándose el café me puse frente al fregadero. Estaba lleno de platos, ollas, cubiertos, etc. y por los restos no eran solo del día anterior. Tome el estropajo y fui fregándolo todo para después secarlo.
Dime donde lo coloco todo.
Que apuro me da ver cómo lo limpias todo. No quiero abusar de ti.
Mientras lo colocaba todo apareció su hija en camisón.
¿Quién eres?
Soy Juan, tu vecino. He venido a echarle una mano a tu madre que se ha levantado con dolor de espalda.
Hola, soy Sara, su hija. ¿Queda café?
No, si quieres te preparo uno, no es molestia.
Qué servicial es este vecino. ¡Vale! Voy al baño, ahora vengo.
Déjala que se prepare su desayuno. Por favor es demasiado lo que haces.
No es ninguna molestia, en serio.
Serví el café a su hija que llegó y se sentó a tomarlo.
Alguien así nos hacía falta en casa, ¿no crees mamá?
Hija, por favor bastante que se ha ofrecido a venir a echarme una mano. No abusemos de él.
Yo le dicho a tu madre que puedo venir por las mañanas a echarle una mano. No es molestia para mí.
Pues yo de ti, mamá, le tomaría la palabra.
Hija, no seas así. Lo único que debes hacer es darle las gracias al vecino por venir.
Si ha venido es porque ha querido. No tengo porque darle las gracias.
La hija tenía un carácter despótico que me hizo sentir lo que siempre desee, ser sumiso y tratado como tal. Pero, realmente lo que me hubiera gustado era que esa actitud fuera de Paqui, que era la mujer con la que todas las mañanas nos saludábamos fumándonos un cigarrillo.
Juan, perdona a mi hija. Tiene un carácter muy fuerte y dominante que le hace ser así. Lo siento.
No tienes porque disculparte. Ella es así y yo solo un vecino.
Te confesaré que en la relación que tenemos chocamos mucho pues yo también soy muy autoritaria y dominante como ella. Mira donde ha dejado su desayuno, en lugar de verte a ti y fregarlo ella.
No me importa, de verdad.
Tras escucharla tomé el desayuno que se había tomado su hija y lo fregué también.
Desde luego eres un sol, vecino. Nunca imaginé que hubiera alguien como tú.
Bueno ya está, que me vas a poner colorado. Bueno, qué quieres que haga, me dijiste que tenías que mover unos muebles.
Si, ven. Quiero levantar la cama, las mesitas y poder limpiar bien.
Vale, déjame a mi.
Levanté la cama que tenía sus ruedas y saqué las mesitas del dormitorio.
Bien, así puedo barrer y fregar bien.
Paqui fue a coger la escoba para barrer pero yo me acerqué a ella y la tomé para hacerlo yo.
No puedo permitir que tú también lo hagas esto, por favor, vecino.
Tu imagina que me tienes contratado por horas para limpiar tu casa, ¿vale Paqui?
Ja, ja, ja, vas a hacer que salte mi vena autoritaria pues soy muy puñetera para esto de la limpieza.
Pues vale. Ya que lo voy a hacer dime cómo te gusta.
Pues para los rincones me gusta agacharme y limpiarlos bien con una bayeta húmeda.
Cogí una bayeta húmeda, me arrodillé y lo hice como me había dicho.
Mamá, me voy. ¿Se ha ido ya tu vecino?
No está ahí arrodillado limpiando los rincones.
Sara se acercó a mí para despedirse.
No dejes que te ordene pues es peor que yo. Te lo aviso.
Su mano se posó sobre mi cabeza para decirme adiós. Yo seguí con mi tarea.
Bien, ahora ya solo barrer y limpiar el polvo.
Pero no estés de pie con tu espalda como la tienes. Siéntate aquí Paqui.
Mientras barría y limpiaba el polvo la miraba sentada con las piernas cruzadas una sobre otra. Al estar con el camisón de la noche dejaba ver sus muslos desnudos, como provocándome.
Bien, ya está. Vamos a otra habitación.
Si, lo has hecho perfecto. Al final va a llevar razón mi hija en lo de contratarte.
No hace falta que me contrates, solo dime que venga todos los días a limpiar tu casa y yo vendré sin más.
Su mirada de asombro ante mis palabras hizo que su rostro se transformara en un rostro serio y de mando.
Espero no te haya molestado mi ofrecimiento, Paqui.
Vamos a la habitación de mi hija.
Al entrar aquello era un desastre de ropa por todas partes, su ropa interior usada por los suelos y al ir al baño fue peor. Todo lleno de pelos de cepillarse, el wc con los restos de orina y caca sin tirar de la cisterna y colillas por el suelo.
Creo que esta habitación la vamos a dejar que la haga ella. Es una asquerosidad.
Sin contestarle me arrodillé y me puse a limpiar los accesorios dejando para el final el wc. Cuando fui a limpiarlo incliné un poco mi cabeza para absorber todo el olor de los desechos de su hija. Procuré que no se me notara mucho.
Juan, eso apesta, déjalo. Tira solo de la cisterna y ya está.
No te preocupes Paqui. No me da ningún asco hacerlo.
Aproveché que Paqui se marchó para chupar las colillas del suelo y saborear el carmín que tenían impregnado de sus labios así como oler las bragas sucias del suelo. No quería que me viera hacerlo pero al volver no la escuché llegar y pudo contemplar como pasaba la lengua por la braguita de su hija. Me miró pero no dijo nada, solo me sonrió.
Juan, si te digo que me encantas con tu actitud, ¿te molestas?
No, por favor. Me gusta hacer las cosas para ti.
Bien, ahora cuélgale toda esa ropa y la que está en el suelo la llevas a la lavadora.
Me encantó que Paqui perdiera el pudor y me mandara hacerlo.
Has dejado el baño reluciente. No recuerdo cuando lo vi así por última vez. Bien, ya solo friegas el suelo y salimos de aquí. Vamos a la cocina a fumarnos un cigarrillo y a descansar un poco.
Ella entró a su baño mientras yo me sentaba en la cocina. Al llegar pude ver que se había pintado los labios de un color rojizo/tierra. Al ir a coger un cigarrillo tomó el paquete y cogiendo uno lo llevó a sus labios dejando la marca de sus labios. Lo encendió y me lo pasó.
Es lo menos que puedo hacer, encendértelo.
Lo chupé con mis labios saboreando su carmín.
Te has manchado los labios. Deja que te limpie.
Se acercó a mí y con sus dedos los mojó de saliva de su boca y los pasó por mis labios.
Creo que ya no los tienes pintados.
¿Te enciendo uno, Paqui?
Si, por favor.
Sacó un cigarro del paquete y al ir a dármelo se cayó al suelo. Rápidamente me agaché para cogerlo pero no pude ya que lo había pisado con su pie. Me atreví a tomar su pie con mis manos y mirándola acerqué mi boca a él y lo bese.
¿Te gustan mis pies?
No supe qué contestar. Simplemente lo solté de mis manos, cogí el cigarrillo y me volví a sentar frente a ella.
No me has contestado, Juan.
Yo no sabía dónde meterme ni qué contestar.
Son muchos los hombres que tienen ese fetiche de los pies. Les gusta olerlos, besarlos, a-do-rar-los. ¿Tú lo tienes también?
Paqui, creo que me voy a marchar, no me encuentro muy bien.
Como tú quieras, pero espero que vengas mañana para terminar la limpieza.
Sí claro. Estaré aquí sobre las nueve de la mañana. Adiós.
Salí de su casa muy excitado y corriendo para llegar a la mía y poder aliviarme. Nada más llegar fui al baño y recordando cada una de sus palabras me masturbe hasta correrme. No me atrevía a asomarme a la terraza por si estaba ella. Corrí un poco la cortina y allí estaba fumándose su cigarrillo y pendiente de mi terraza. Se dio cuenta y me saludó a pesar de que solo me asomé un poco tras la cortina. Al saludarme no tuve más remedio que salir y saludarla. Miraba su cara, como llevaba el cigarrillo a su boca y le daba una fuerte calada para dejar escapar el humo de forma muy lenta, como no queriendo expulsarlo.
¿Te encuentras mejor?
Si, si, mucho mejor. Ha sido solo un pequeño mareo. Ya estoy mejor.
El día paso procurando entender y comprender todo lo que había sucedido. ¿Iria mañana a su casa? ¿Debía parar todo aquello? Realmente me gustaba lo que había vivido esa mañana, el tenerla cerca, el recibir sus órdenes, el convertirme en su criado, pero,¿Ella habría sentido lo mismo que yo?, ¿Realmente deseaba que volviera al día siguiente?, ¿Se habría dado cuenta de mi condición de sumiso? Estaba hecho un mar de confusión. Tenía toda la tarde para reflexionar y tomar una decisión.
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