Familia ( Madrastra y novia) 2 parte
Mientras el mundo cree que son una familia unida, dos secretos ardientes arden bajo el mismo techo. Ella espera su turno en el campo; él, su prohibición en la cocina. La noche cae y las puertas se cierran, pero las ganas de cruzar la línea no descansan.
- Estoy muy orgulloso de ti, hijo.
- Y yo de ti, papá. Tú me enseñaste todo lo que sé y gracias a ti pude buscarme la vida.
Mariana cogió la mano de Carolina.
- Vamos adentro a preparar la cena – le dijo – Déjalos que hablen que buena falta les hace.
Cuando Carolina se acostó, esperó desnuda a que Miguel llegara del baño. Él la miró y esta le sonrió al ver cómo el pijama comenzó a estirarse por la erección.
- Anda, ven – le dijo abriendo las piernas – Que llevo todo el día esperando este momento, cariño.
Excitada y sentada sobre él, movía sus caderas follándolo mientras le miraba a los ojos. Le acariciaba el pecho mientras él la sujetaba por las nalgas intentando frenar aquel vaivén rápido.
- Chsss – le pedía excitado mirándola – No hagas ruido que pueden oírnos.
- Es que cuando te vi por la mañana en el campo sin camiseta y tan sudado me pusiste cachonda, cariño.
- Lo sé, cielo – suspiró intentando no gemir – Lo noté en tu mirada.
- Tuve que masturbarme en la hora de la siesta – le sonrió excitada – Es que estaba…Uff.
- Y pensaste en el viejo? – le preguntó.
- Si, cariño – gimió y se tapó la boca – Ya sabes que me gusta recordar aquello cuando me toco.
- Joder! Vas a hacer correrme como no frenes un poco, cariño.
- Hazlo, mi amor! Córrete conmigo – le pidió besándolo y moviendo las caderas aún más rápido y fuerte – Dios! Me corro… me corro…
Se corrieron juntos y abrazada a él se quedaron dormidos enseguida.
No sabía que hora era cuando se despertó como la noche anterior. Pensar en encontrarse con Rosendo en el porche después de lo ocurrido en el campo, le hizo dudar si levantarse o no, pero el morbo que habia sentido decidió por ella.
Se levantó y se puso un pijama corto verde de pantalón y chaqueta. En silencio abrió la puerta y lo vio allí sentado en la tumbona mirando al cielo.
Nerviosa, sin decir nada, se sentó en donde había estado él la noche anterior y también miró hacia las estrellas.
- No sabía si esta noche volveríamos a coincidir aquí – le dijo ella rompiendo el silencio.
- Te dije que evitaría coincidir contigo con ellos delante y aquí sé que ellos no estarán – le dijo sin mirarla.
- Ya, pero después de lo esta mañana, creí que no vendría.
- A que te refieres con lo de esta mañana?
- Rosendo – lo miró – Se que me verá como una cría pero no soy tonta. Se cree que no noté que estaba excitado?
- No pude evitarlo – él también la miró – Te ruego me disculpes si eso te hizo sentir mal.
- No hay nada que disculpar. Supongo que fue normal que nuestros cuerpos reaccionaran al estar así pegados aunque usted sea el padre de Miguel.
- Hablas en plural – le dijo sin dejar de mirarla – Tu también estabas excitada?
- Si – confesó – Y me pasaba también lo de sentirme rara por ser quien es usted.
- Ayer me dijiste que al sentirte observada se te ponían los pechos duros.
- Si. Es algo que siempre me pasa.
- Y si te pido que me dejes volver a mirarte, aceptarías?
- Me asusta mucho todo esto, Rosendo – le dijo todavía más nerviosa – Pero reconozco que desde que llegué, me gusta como me mira.
- Eso es un si?
- Si.
Rosendo, sin decir nada, se levantó de la tumbona. Carolina entendió lo que quería y levantándose del suelo ocupó su sitio.
Echándose hacia atrás, estiró el cuerpo y sintió esa sensación intensa de morbo al sentir como la miraba hacia los pechos y las piernas prácticamente desnudas por completo.
- Ayer con la camiseta se notaban mucho más – le dijo algo decepcionado.
- Y prefería verme con la camiseta? – evitaba mirarlo.
- Si – contestó nervioso – Podían notarse tus pezones hinchados con claridad. Ahora están duros como ayer?
- Creo que más todavía – le costaba mantener la respiración tranquila – Rosendo…
- Dime.
- Hoy voy a ser yo la que le pida por favor que ni su esposa, ni su hijo, sepan nada de esto.
- No sabrán nada.
El morbo otra vez se había adueñado de su cuerpo. Sentir a ese hombre que tanto le imponía, mirándola nervioso, y reconociéndole que deseaba verla, le hacía sentir muy excitada y poderosa con él. Durante el día era él quien llevaba las riendas de esa casa, de los trabajos en el campo, todo giraba a su alrededor. En cambio, en ese porche solos, era ella la que se sentía poderosa y ese hombretón era el que estaba intimidado.
Llevando las manos a la chaqueta del pijama, desabrochó lentamente los botones. Respiró profundo y la abrió mostrándole los pechos desnudos.
- Espero que le gusten – dijo temblándole la voz.
- Son preciosos, Carolina – contestó fascinado – Gracias por permitirme verlos.
- Está excitado como esta mañana? – le preguntó.
- Mucho más – reconoció – Ahora deberíamos entrar.
- Si – dijo volviendo a cerrar la chaqueta del pijama – Que es eso de empacar la hierba que le decías a tu hijo durante la cena?
- Hoy quedó a secar la hierba y mañana le daré la vuelta – contestó – Quieres hacerlo conmigo?
- Le dije a su hijo que me gustaría ayudaros. Tendré que madrugar mucho? – le sonrió.
- Tú ven a la hora que quieras – la miró divertido por la pregunta – Estaré yo solo porque mi hijo irá al otro campo a terminar la cerca.
Excitada, se levantó de la tumbona y miró el torso desnudo de su futuro suegro.
- Y tendrá que pegarse mucho a mi como hoy? – nerviosa apoyó la mano en el pecho y sintió que ese hombre se estremecía al contacto – Hoy me impresionó verle así sin camiseta y sudando.
- A mi también me impresionó verte con los vaqueros – le dijo.
- Tengo otros un poco mas ajustados aún – lo miró – Quiere que me los ponga mañana?
- Si. Ellos no se imaginarán que te los pusiste para mí.
- No. Sabe? Había un hombre que siempre me decía que era la campeona del mundo de culos – sonrió al recordarlo – Usted me recuerda mucho a él por su forma de mirarme.
- Y ese hombre te lo llegó a ver sin ropa, o como yo con ropa?
- Sin ropa.
- Y crees que yo podré vértelo algún día sin ropa?
- No lo sé – respondió – Quizás si. Vayamos para dentro no vaya a ser.
- Si. Hasta mañana, intenta descansar algo más.
- Hasta mañana, Rosendo.
Al entrar sintió la mirada de ese hombre en el culo y caminó moviendo las caderas de forma sexy sin ser exagerada.
Mariana se levantó y vio que los hombres de la casa se habían ido.
Una extraña sensación de euforia dominaba su mente después de todo lo ocurrido el día anterior. Todavía no podía creerse lo que había pasado en el río. En otras circunstancias, haber tomado el sol desnuda junto a la novia de Miguel sería la locura máxima, pero después de haberse acariciado los pechos una a la otra, lo otro, en comparación, habia sido una nimiedad.
Y por si no fuera poco lo vivido en ese día, por la noche Miguel, la habia sorprendido poniendo la guinda del pastel a una jornada de locos.
Cuando estaba recogiendo los platos limpios después de que su esposo y Carolina se acostaran, sintió a Miguel entrar en la cocina y, para su sorpresa, enseguida lo tuvo detrás de ella muy pegado a su cuerpo.
- Hola, mi niño – giró la cabeza para mirarlo y le sonrió.
- Hola – la besó en los labios – Estás preciosa con esa camiseta – de forma atrevida metió la mano bajo la misma y le acarició la nalga.
- Que haces, loco? – sorprendida miró hacia la puerta – Están ellos en casa.
- Lo sé – siguió acariciándola – La suerte de esta casa es que las puertas hacen algo de ruido al abrirlas. Necesitaba sentirte – le besó el cuello – Y quiero que lo sepas.
- Claro que lo sé – suspiró – Te crees que no me doy cuenta de como me miras?
- Ah, si? – se puso más pegado a ella para que sintiera la erección – Y como te miro?
- Con esos ojos de deseo que me tienen loca, cariño – echando las nalgas para atrás se apretó contra él y gimió – Me tienes cachonda desde que llegasteis. Ufff… como estás mi amor – dijo al notar la erección.
- Yo también me he dado cuenta que me muestras las bragas cuando ellos no se dan cuenta.
- Pensé que no te dieras cuenta. Sé que es una locura con ellos cerca, pero mas locura es tenerte estos días por aquí y no poder tocarte, besarte y poder follar contigo.
- Deseas volver a follar conmigo, Mariana?
- Si lo deseo? – girándose para quedar frente a él lo besó en la boca – Me muero por sentirte dentro de mi.
- Mi padre me dijo que mañana ira a darle la vuelta a la hierba cortada hoy. Es algo que puede hacer una persona sola y le dije que mientras lo hace, yo podría terminar la cerca del otro campo. Carolina creo que quiere ayudarnos y sería una buena oportunidad para estar solos tú y yo.
- Quieres que vaya y estemos solos?
- Me encantaría – le besó y empezaron a acariciarse.
- Y ella? – dijo deteniendo el beso – No te importa que Carolina esté cerca?
- Ahora también está cerca… – agarrando la mano de la madrastra la llevó al sexo excitado -…y mira como estoy.
- Creo que eso te da morbo. Verdad?
- Si – confesó – Con Carolina descubrí lo que es el morbo y me lo da al pensar que podremos follar con ellos en el otro campo.
- Ella es morbosa, cielo? – preguntó recordando lo del río juntas.
- Si – contestó – Por eso a veces hace cosas, porque el morbo le puede pero sé que me ama.
- Se nota que os amáis, mi niño – lo besó – Ahora vete no vaya a ser. Mañana follaremos, cariño.
Ahora, mientras desayunaba, Mariana recordaba esa conversación y pensó que ella también estaba descubriendo lo que era el morbo gracias a esa jovencita tan dulce, risueña y insultantemente sensual. Se tapó la cara con las manos. Le avergonzaba darse cuenta que deseaba volver a follar con Miguel pero también volver a acariciar y ser acariciada por esa joven que, como un torbellino, había irrumpido en sus vidas.
Le preparó el desayuno a Carolina y cuando la vio aparecer, se ruborizó al darse cuenta que no había podido evitar mirar lo guapa que estaba.
Con el pelo recogido destacaban aún mas sus ojos negros. Llevaba una camisa roja de cuadros blancos y la llevaba anudada abajo dejando a la vista el ombligo. El pantalón vaquero que llevaba era más corto y se ajustaba en las ingles.
- Te gusta? – le preguntó dando una vuelta completa para que la mirara.
- Estás preciosa, cielo – contestó impresionada – Ese patinaje te sienta de maravilla.
- Gracias – se acercó a Mariana y le dio un beso muy cerca de los labios – Tu también estás muy guapa.
Mariana llevaba una camiseta ajustada verde de asas y también pantalón corto vaquero.
- A ver? – la hizo girar también en redondo y al mirarle el culo le dio un cachete en él – Pues tú, para no hacer patinaje, madre mía! – le sonrió.
- Anda, desayuna que me estás poniendo nerviosa – le dijo sonrojada por aquel cachete.
Al terminar de desayunar, se levantó para dejar la taza en el fregadero y esta vez fue Mariana la que no pudo reprimirse y le dio un cachete.
- Ey! – la miró sorprendida por esa reacción.
- Te lo debía – le sonrió.
Mientras fregaba, Mariana la miraba desde la silla donde estaba sentada.
- Hoy Miguel vendrá al río con nosotras, no? – le preguntó mientras miraba el culo de la joven.
- Por lo que dijo ayer, creo que si – al girar la cabeza vio donde tenia la mirada puesta – Por qué?
- No, por nada – contestó.
Cerró el grifo, se secó las manos y se acercó a Mariana.
- Dímelo, por favor – frente a ella, se acercó mucho.
- Hoy no podremos estar solas – dijo con cara triste.
- Ahora lo estamos – casi pegada a ella, agarró las manos de Mariana y las llevó a la parte de atrás de su cintura.
- Eres tan sexy… - al estar sentada la miraba levantando la cara.
- Tu también lo eres pero no te lo crees.
Mariana, con la joven tan pegada a ella, casi podía sentir el calor de los pechos en la cara y eso la estaba excitando mucho. Aturdida por las sensaciones de tenerla así, bajó las manos y las apoyó en las nalgas.
La joven sintió que apoyaba la cara en sus pechos y le acarició el pelo.
- Nunca imaginé que pudiera pensar estas cosas – dijo Mariana mientras movía las manos por las nalgas.
- Que piensas?
- Que tienes un culazo, niña – suspiró – Que vergüenza me da!
- Sabes? No quiero parecer una creída pero ya sabes cómo son los hombres – bajó la mirada y se encontró con la de Mariana que la escuchaba con atención – Estoy acostumbrada a que me digan eso de mi culo pero que me lo diga una mujer, y más siendo tú, me da muchísimo morbo. Te gusta mi culo?
- Me gusta mucho, cielo – se lo apretaba – Es tan duro y suave… Y lo tienes hacia fuera…Uff… A mi también me da morbo todo esto, cielo.
Excitada intentó meter las manos por dentro del pantalón pero al estar tan ajustado no era capaz.
- Que quieres? – preguntó la joven con gesto pícaro.
- Quería meter las manos por dentro pero no puedo.
Le sonrió mientras se desabrochaba el pantalón.
- Así mejor? – le acarició la cara.
- Mucho mejor, gracias – metió las manos y ahora si pudo acariciar las nalgas directamente – Desde ayer deseaba hacer esto de nuevo.
- Y yo que lo hicieras.
La excitación las hizo abrazarse de pie y también Carolina le desabrochó el pantalón y le acarició las nalgas metiendo las manos por dentro. El morbo, las sensaciones nuevas y lo cachondas que estaban les llevó a besarse con deseo.
- Dios! Estoy muy excitada – dijo la joven besándole el cuello.
- Y yo mi niña.
Carolina llevó hacia adelante una de las manos y la metió un poco por dentro de las bragas de Mariana. La miró.
- Quieres? – preguntó antes de seguir bajando la mano.
- Si – contestó sonrojándose – Y tú? – preguntó también llevando la mano hacia adelante.
- Si, por favor.
Sentir la suave mano de la joven acariciando su sexo, mientras en la suya sentía el coño empapado y caliente de la joven, llevó a Mariana a un orgasmo rápido, intenso. Mientras se corría, sintió que Carolina también lo estaba haciendo y se tuvieron que agarrar una a la otra mientras temblaban abrazadas.
De camino a los campos donde estaban ellos, se miraban con complicidad sonriéndose. Aquel orgasmo juntas había sido increíble y se miraban con fascinación.
Antes de llegar al primero de los campos, Mariana le dio un cachete en el culo a la joven.
- Ahora compórtate, eh! – le dijo con una sonrisa – No quiero que puedan notar algo raro entre nosotras.
- Me portaré bien – adelantándose movió el culo exageradamente y le sonrió – Tonta, claro que me portaré bien que esto tiene que ser nuestro secreto.
- La próxima vez que estemos solas ya verás – le dijo.
- Ah, si? Y que me vas a hacer? – la joven sonrió al hablarle.
- Te lo voy a morder por ser tan traviesa.
- Ummmm – la miró – Me gusta. Me gusta la idea.
Cuando llegaron a junto de los chicos actuaron con normalidad. Los saludaron y vieron que el trabajo mas duro había sido el día anterior.
- Cariño – le dijo Rosendo a su esposa – Hemos hablado mi hijo y yo y si no te importa, irás tú con él al otro campo. Así Carolina se quedará aquí y me ayudará a hacer esto. Vale?
- Ah, vale – contestó intentando disimular su alegría – Cuando me digáis, vamos.
Carolina, que miraba nerviosa a Rosendo, recordó como la noche anterior le había mostrado los pechos a ese hombre y como se habían confesado lo mucho que se excitaban juntos.
- Vamos a por agua, mientras? – preguntó Mariana.
- Vale.
De camino de vuelta, mientras cargaban juntas el capazo de agua y las botellas, Carolina al mirar a los chicos le dijo a Mariana.
- Hoy toca cambio de parejas – se rio nerviosa.
- Si – aquel comentario también le puso nerviosa – Eres tremenda – se rio.
- Es la verdad, no? Yo me quedaré con tu marido y tú con mi novio. Miguel es como si fuera tu hijo pero no es de tu sangre.
- Eso es verdad – dijo – Creo que salgo ganando yo con el cambio – se sonrojó al decirlo.
- Bueno, tu marido tampoco está mal. Me intimida mucho lo serio que es. Cuantos años tiene si se puede saber?
- En serio… - la miró sorprendida – Que quieres decir con que te intimida su seriedad? Te da morbo?
- No se explicarlo – se sonrojó sin saber que decir – Se le ve tan fortachón y tan serio que me pongo nerviosa cuando lo tengo cerca. Me asusta.
- Ay, madre! Que a mí niña le da morbo el padre de su novio – sonrió – A mi me encanta físicamente pero si fuera un poco mas cariñoso… No tiene que asustarte, cielo. Es muy buen hombre y no está acostumbrado a estar con gente. Es como le llamo yo, “un lobo solitario”.
- A ver qué tal hoy con él – le dijo.
- Seguro que bien. Además tú le caes bien aunque no te lo creas. Si le cayeras mal ni de coña dejaría que te quedaras con él ayudándolo. Para eso es muy especial.
- Ya te contaré.
Mariana y Miguel se alejaban por el camino y Carolina miraba a Rosendo mojarse la cabeza con el agua del capazo. Al incorporarse la miró.
- Al final te los pusiste – le dijo serio mirándole las piernas – Si que son mas pequeños que los de ayer.
- Ya le dije que me los iba a poner – estaba muy nerviosa – Le gustan?
- Si – reconoció.
El agua que se había echado por la cabeza resbalaba por el torso y las gotas brillaban en los vellos. Ella lo miraba.
- A ti también te llama la atención mirarme?
- Si – confesó – Me pasa como a usted conmigo y no puedo evitarlo.
- Voy a terminar esa esquina de ahí – le señaló hacia la izquierda – Ven. Puedes sentarte en esa sombra y mirarme mientras trabajo – le dijo – Luego ya me ayudas con toda aquella hierba.
Durante un rato estuvo cortando la hierba de aquel trozo de terreno y Carolina lo miraba asombrada. Era la primera vez que podía verlo trabajando sin tener que disimular y sentía que le excitaba aquella especie de intimidad entre ellos.
- Ayer me sorprendió que me dejaras ver tus pechos – dijo después de cinco minutos en silencio.
- A mi también me sorprendió hacerlo – contestó – Como le dije hay algo en su mirada que hace que me guste que me mire. Pensará que estoy loca y más siendo la novia de su hijo.
- Tú pensarás lo mismo de mi porque me guste mirar a la novia de mi hijo. Lo piensas?
- No pienso que esté loco. Creo que le llamo tanto la atención, que aún siendo quien soy, no lo puede evitar. Creo que le provoco mucho morbo.
- Así es. Y a ti te da morbo atraerme, que te mire. Te excita que un hombre como yo esté deseando que llegue la noche para encontrarnos en el porche solos.
- Desea que llegue la noche para encontrarse conmigo y que le muestre mi cuerpo?
- Si – la miró pensativo – Me mostrarías tus pechos ahora mientras estás ahí sentada?
- Podría venir alguien, o Mariana y Miguel.
- Lo bueno de tener un perro como Klaus es que en el momento que se acerque alguien siempre me avisa – dijo mirando a lo lejos y Carolina siguiendo su mirada vio al perro tumbado en estado de alerta – Antes de que mi mujer y tú llegarais aquí, él ya nos había avisado con mucha antelación.
- Entonces le gustaría que se los mostrara aquí?
- Me encantaría volver a verlos – reconoció nervioso – Y aquí en medio del campo, a la luz de día, sería impresionante.
Carolina, nerviosa, desató el nudo de la camisa y lo miró.
- Puedo pedirle una cosa? – le preguntó.
- Dime.
- Siga trabajando mientras me mira – pidió mirando su torso.
Rosendo siguió cortando hierba y mientras lo miraba, se fue desabrochando la camisa. Él la miraba sin dejar de trabajar y vio como apoyaba la prenda a un lado. El sujetador no tardó en estar sobre la camisa y la joven suspiró al sentir de nuevo esa mirada masculina sobre sus pechos y pezones más duros que nunca.
Estaba cachonda y se miraban uno al otro.
- Está seguro que no vendrá nadie? – miró hacia donde estaba Klaus y allí seguía alerta olfateando el aire.
- Segurísimo – confirmó – No me arriesgaría a pedirte eso si no lo estuviera.
Rosendo se quedó paralizado al ver cómo Carolina se desabrochaba el pantalón y lo deslizaba por las pálidas piernas. Aquella joven era impresionante y la estaba viendo abrir los muslos para mostrarle las bragas azules que se incrustaban en la entrepierna permitiéndole ver la perfecta forma del coño dibujado en la tela.
Su erección presionaba las bermudas de forma tormentosa.
- Eres perfecta, pequeña – le temblaba la voz – Harías perder la cabeza a cualquier hombre.
- Me gusta como me mira – dijo alterada – Esto me excita demasiado, Rosendo.
- Que quieres que haga? – dijo visiblemente excitado – Dímelo y lo haré.
Carolina se moría por abrazar a ese hombre pero a su vez le daba miedo. Miedo a volverse loca entre sus brazos y no poder controlar el deseo que sentía.
Con Faustino había sido capaz de controlar las ganas de sentir su polla dentro del chochete y aún así había sucumbido entregándole el ano, con Rosendo no sabía si podría resistirlo.
- Dímelo, Carolina – le pedía casi en un ruego – Haré lo que quieras.
- Me muero por estar en sus brazos – le dijo – Pero me da miedo lo que pueda pasar.
Rosendo dejó caer la guadaña al suelo y se acercó a ella. Arrodillándose a su lado, la estrechó entre sus brazos y Carolina se sintió elevada al paraíso de las sensaciones.
Entre gemidos desesperados y caricias sin control, la joven hundía el rostro en el pecho de Rosendo y se sentía desfallecer de placer al sentir las curtidas manos acariciándole los pechos, las piernas, la cara, nalgas.
Hasta Klaus levantó las orejas al escuchar el gemido de placer de Carolina, cuando esta sintió la mano acariciándole el coño por debajo de las bragas. En ese momento no existía nadie más para ellos. Carolina, con desesperación, le desabrochó el pantalón y bajándoselo lo comenzó a masturbar.
- Dios! – exclamó temblando mientras movía la mano sobre el tieso miembro.
Rosendo, con toda su corpulencia, temblaba de pies a cabeza sintiendo la pequeña mano masturbarlo como nadie en su vida lo había hecho.
Carolina al verlo así, se ponía cada vez más cachonda y terminaron corriéndose juntos, abrazados, sin poder creerse lo que acaba de pasar.
Se quedaron abrazados y Carolina acariciaba el pecho fascinada. Él, por su parte, agarraba uno de los pechos como si temiera soltarlo y nunca volver a tenerlo en la mano.
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