El reencuentro (versión ella)
La separación fue civilizada, pero el deseo nunca se apagó. Cuando sus miradas se cruzan en la oscuridad de la noche, el control se rompe y la nostalgia se convierte en un placer urgente e incontrolable.
Habían pasado ya unos meses desde que Marta y él habían decidido separarse. Lo habían hecho de manera civilizada, sin dramas innecesarios, aunque los primeros días siempre son los más duros. Las cosas parecían haber vuelto a la normalidad, al menos en apariencia. Seguían en contacto, aunque no con la frecuencia de antes, pero el vínculo seguía presente, flotando en el aire, invisible pero innegable.
Aquella noche, Marta había salido a las fiestas de un pueblo cercano con unas amigas. Se sentía bien, dispuesta a disfrutar de la noche. Se puso un vestido que sabía que le favorecía, uno que había comprado cuando aún estaban juntos. Le traía recuerdos, y a veces se excitaba al recordar las veces que se lo puso estando con él. Llevaba unas sandalias con tacón y un pequeño bolso.
Después de un par de copas decidió irse a casa. Era una noche de verano, y la brisa cálida rozaba su piel mientras caminaba por las calles iluminadas.
Caminaba sola, envuelta en sus pensamientos, cuando lo vio. A lo lejos, una figura que le resultó familiar, con sus típicas camisetas frikis y su viejo bolso al hombro. Su corazón dio un vuelco al reconocerlo. "¿Qué hace aquí?", se preguntó a la vez que no pudo evitar excitarse y notar cómo su coño se humedecía.
Él también la vio y se acercó a saludarla con cara de sorpresa.
Marta notó cómo la miraba, sus ojos recorriéndola como solía hacer cuando estaban juntos. Sentía su mirada quemando su piel, y su cuerpo estaba reaccionando. La conversación comenzó de manera inocente, hablando de trabajo, de la familia, cosas triviales. Pero había una tensión palpable en el aire, algo que ninguno de los dos parecía querer reconocer.
De repente, sintió su mano rodear su cintura y, antes de que pudiera reaccionar, sus labios se encontraron. Fue un beso intenso, cargado de deseo y recuerdos. No lo rechazó, al contrario, se dejó llevar, acariciando su cuello mientras sus labios seguían unidos.
Sintió su mano buscando su cuerpo, y sin dudarlo, dejó que explorara cada rincón. Sabía que aquello estaba mal, que había sido una mala idea, pero su deseo superaba cualquier rastro de sentido común. Cuando él la empujó suavemente hacia un portal entreabierto, lo siguió sin cuestionárselo.
Entraron en un cuarto estrecho, oscuro, perfecto para lo que ambos sabían que iba a suceder. Los besos se volvieron más desesperados, las manos más atrevidas. Sentía su excitación, y eso solo aumentaba la suya.
Ya tenía la mano metida dentro de sus calzoncillos y lo masturbaba como podía mientras él no dejaba de recorrer su cuerpo con las suyas.
Cuando él la empujó contra la pared, se inclinó ofreciéndose, deseando sentirlo dentro, como tantas veces antes.
En un momento la giró bruscamente y apuntó su polla chorreante a su coño y se la metió de un solo golpe. No fue difícil dada su excitación.
El placer que sintió cuando la penetró fue abrumador. Sentía cada embestida, cada susurro que él le decía al oído. Sabía que estaba cerca del clímax, pero no quería que aquello terminara. Le pidió que aguantara, que la llevara al límite. Cuando le dijo que iba a correrse, sintió su cuerpo tensarse, y en ese último empujón, sintió cómo la llenaba con su semen caliente.
Después, aún con la respiración entrecortada, lo abrazó, besándolo suavemente. Se apartó un poco, notando cómo su semen resbalaba por sus piernas, y dejó que resbalara un poco más antes de limpiárselo.
Sonrió. "Esta noche voy a oler a ti", le dijo, con una mezcla de nostalgia y picardía. Sabía que aquello no cambiaría nada entre ellos, pero en ese instante, no le importaba.
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