Xtories

Viaje a la ciudad de las diagonales (1)

El destino los puso en el mismo asiento, pero la noche los puso en la misma cama. Entre el ruido de las paredes delgadas del hostel y la urgencia de dos cuerpos que se descubren, la prudencia se desvanece.

El Negro14K vistas8.3· 17 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón.

Este relato bien podría encuadrarse en cualquiera de tres categorías: Sexo con maduras (por la edad de la protagonista), Sexo con maduros (por la mía) o bien Hetero general (por razones obvias).

Una pequeña introducción y derecho a la acción.

A mis 50 y tantos, jubilado y con algunos achaques típicos de la edad, me dedico más a cocinar que a otras cosas, entre ellas ligar.

En esa situación conocí a la protagonista de esta historia (reciente, 15 días atrás). Betty y su hija regentean un comercio al cual concurro periódicamente para abastecerme de productos para cocinar alimentos aptos para mi diabetes.

Betty es la encargada del salón, rubia de pelo corto, siempre sujeto por una cofia, guardapolvo blanco hasta la cintura y casi siempre leggins ajustados y de colores llamativos. Ronda los 55 años, 1,65 de altura, es muy simpática y agradable en el trato. Su hija tendrá unos 30 0 35 años, mucho más alta, cabello castaño, mismo guardapolvo y cofia, pero generalmente de jeans bastante ajustados que marcan una hermosa cola. Al igual que la madre, simpática y de excelente trato.

Por razones de mi salud, tuve que realizar un viaje a La Plata (sede de mi obra social, en busca de autorizaciones para estudios complejos, que llevaría a cabo en esa misma ciudad para abaratar costos). Domingo 23 horas estaba prevista la partida del micro, con llegada a las 7 de la mañana del lunes, tiempo suficiente para realizar los trámites por la mañana y buscar los turnos por la tarde en las clínicas que me asignaran.

Siendo las 22:15 del domingo, llegué a la terminal de micros, dispuesto a despachar mi equipaje y esperar la partida. Me hallaba en la plataforma fumando un cigarrillo cuando veo aproximarse al mismo micro a Betty, su hija, un hombre de edad similar a ella y una niña de no más de 5 años. Realizan el mismo trámite que yo, y se disponen a esperar la orden de abordar. A falta de 10 minutos para la partida, la voz de la terminal anuncia que los pasajeros con destino a La Plata del servicio de Plusmar de 23 horas deben abordar.

Observo algunas despedidas mientras abordo el micro, entrego el ticket al chofer y busco mi asiento al fondo de la unidad. Una vez acomodado allí, veo subir a Betty que se dirige hacia el mismo sector.

Betty: Hola, ¿cómo estás? Veo que seremos compañeros de viaje ¿vas La Plata?

Alejo: si, a realizar trámites en IOMA y unos estudios médicos. Allí resuelven todo más rápido y generalmente sin cargo.

Betty: vaya casualidad, viajo por ese mismo tema. Es mi primera vez y no estoy muy segura de dónde y cómo hacerlo.

Alejo: si querés puedo acompañarte, vamos al mismo lugar y no es mi primera vez.

Betty: genial, me será de mucha ayuda.

Nos acomodamos cada cual en su asiento, ella dos filas delante de mí y yo sólo al final de la unidad. Estaba clarísimo que ambos sabíamos que el viaje era incómodo, por lo vestíamos de manera informal: yo jeans y remera y ella sus infaltables leggins (ahora rosa y bastante ajustados) y una camisa clara que trasparentaba un corpiño breve rematado con puntillas.

Las luces del micro se apagaron y el viaje se inició. Confieso que me dormí casi al instante, hasta que volvieron a encenderse las luces y se oyó la voz del chofer avisando que por un desperfecto menor, debíamos hacer una parada inesperada en la ciudad de Olavarría. Los escasos ocupantes de la unidad (unos 18 a 20) bajamos en la terminal y nos dirigimos a un buffet a la espera de la reparación. La empresa se hizo cargo de un café con algún alfajor para cada uno mientras se realizaba un cambio de neumáticos. Me ubiqué en una mesa y a los pocos minutos se acercó Betty.

Betty: ¿podemos compartir la mesa?

Alejo: si, no hay problemas.

Entablamos una charla donde nos contamos nuestras razones del viaje y ella me confió que esperaba concluir todo en el día, para volverse en el micro de la noche, no tenía reserva de hotel. Me sonreí y le conté que en el mejor de los casos debería hacer noche al menos por una vez, ya que los trámites se aprueban de un día para el otro.

Betty: Nooo… no tuve en cuenta ese detalle y no busqué alojamiento.

Alejo: Tranquila, yo suelo ir a un hostel que casi siempre tiene disponibilidad y queda cerca de la obra social y las clínicas.

Betty: gracias, ya me estoy convirtiendo en una carga para vos.

La reparación duró casi dos horas, por lo que pudimos conocernos un poco más. Es divorciada, vive con su hija, yerno y nieta, pusieron el comercio con lo obtenido en la división de bienes y hace unos dos meses le hallaron un pequeño quiste que necesitaba de tratamiento.

Comenzaba a amanecer cuando nos informaron que podíamos retomar el viaje. Betty ya no se ubicó en su asiento sino que lo hizo en otro frente al mío, pasillo por medio. Mantuvimos una linda charla hasta llegar a La Plata, donde me enteré las razones de su divorcio, que era afecta a salir a juntadas con amigas de su edad y que cada tanto concurría a un boliche que organizaba fiestas para gente de nuestra edad, con música de los años ’80. “Estoy recuperando aquello que perdí cuando me casé, me divierto y la paso bien” comentó entre otras cosas.

Llegamos a La Plata y fuimos juntos a la obra social, presentamos nuestros papeles y tal como lo suponía, nos confirmaron que estarían autorizados para el día martes, en tanto podríamos aprovechar a buscar los turnos en las clínicas para agilizar.

La cara de decepción de Betty era evidente.

Alejo: vamos al hostel, buscamos habitaciones y después a las clínicas. Cuando terminemos, te invito a almorzar.

Betty: No tengo más alternativa. Pero debo llamar a mi hija para avisarle y cambiar el pasaje.

Fuimos juntos al hostel y conseguimos habitaciones contiguas. Las ocupamos y aprovechamos a darnos una ducha reparadora antes de salir para las clínicas y la terminal de ómnibus para cambiar su pasaje.

Quien ha estado en un Hostel, sabe que generalmente son casas viejas que han sido adaptadas para cumplir con esa función. Tienen algunas paredes delgadas y otras que parecen la muralla china. Casualmente, las delgadas están en los baños y contra las cabeceras de las camas, mientras las gruesas forman parte del pasillo principal que las comunica con la administración. Es por ello que no me resultó difícil escuchar la charla de madre e hija desde mi cama. “te digo que es re simpático, me viene ayudando en todo y si tiene algo que me inquieta”, se hizo un silencio (imagino que la hija hablaba y luego Betty retomó) “pero claro, ya sé que es cliente pero, ¿Cómo decirte? Me calienta, te lo juro”.

Habiendo escuchado eso, supe que podría tener alguna chance de no dormir solo esa noche. Mientras me duchaba, imaginé un pequeño plan para sondear la posibilidad y si todo iba bien, avanzar sobre la chance.

Bajé a la recepción y la esperé. Llegó allí con un aire renovado, sus leggins infaltables ahora negros y mucho más apretados, una remera holgada de color oscuro y calzado deportivo.

Betty: ¿nos vamos? Estoy bastante agotada del viaje y quiero descansar después de conseguir los turnos.

Alejo: Decime la dirección de tu clínica y vemos si queda más cerca que la mía, así podemos volver rápido.

Tras coordinar el recorrido, fuimos caminando a la primera clínica donde consiguió turno para las 11 de la mañana del día siguiente y de allí a mi destino donde aseguré el mío para las 12:30. Una visita a un laboratorio donde dejar las muestras de su estudio.

Eran las 13 horas, y ya teníamos algo de hambre, fuimos por un almuerzo liviano a un restaurante cercano y una hora y media después volvíamos a nuestro hostel. Durante el almuerzo y la caminata fuimos entrando en confianza y la charla fue derivando a temas personales, primero familiares y sobre el final ya tenía más tono afectivo e íntimo.

A una cuadra del hostel, accedimos a un bar para tomar un café.

Betty: estás haciendo muy cómoda mi estadía.

Alejo: es bueno cuando se viaja, si encontrás con quien compartir, pasarlo lo mejor posible.

Betty: es cierto, sola me hubiese aburrido bastante, además de perderme en estas diagonales.

Alejo: curiosidad ¿Cuánto hace que te divorciaste?

Betty: 8 años y antes que preguntes, te diré que la rutina y los viajes de él casi continuamente, me hicieron sospechar algo que finalmente confirmé.

Alejo: ok, no pregunto más del tema porque imagino el resto. ¿y ahora? ¿Sola con novio? – me reí mientras le hacía estas preguntas

Betty: no, ya no más parejas estables. Por allí algo después de alguna salida con las chicas, pero nada más. ¿Vos?

Alejo: Después de mi separación, un noviazgo corto, pero nada más. No quiero ataduras. Lo mejor, cuando viajo por alguna razón, lo que hago durante el viaje “queda en el viaje”, sin consecuencias.

Betty: buena idea, ya que la distancia no ayuda y si comparte el viaje, seguro volves a cruzarte en la ciudad.

Pagamos los cafés y nos fuimos hasta el hostel, pedimos nuestras llaves y nos encaminamos a las habitaciones. A llegar a las mismas, nos íbamos a despedir con un beso, ambos dirigimos las caras hacia el mismo lado y lo que debió ser un simple beso en la mejilla, terminó en los labios, nos miramos, sin decir nada, como sorprendidos por el hecho, hubo una sonrisa y nuevamente nos aproximamos para besarnos, pero ya no fue un beso accidental, fue más prolongado y húmedo.

No emitimos ninguna palabra, la rodee con mis brazos y al ser más baja que yo, una de mis manos fue a su espalda y la otra definitivamente al culito apretado por los leggins. Apenas nos despegamos unos segundos.

Betty: ¿tu pieza o la mía?

Alejo: ahora la tuya, esta noche la mía.

Entramos rápido y tras cerrar la puerta ya nos prendimos como dos desaforados, besos, abrazos, caricias, manos que iban y venían de ambas partes.

Confieso que esos leggins parecen piel, cuando mi mano derecha se dirigió a su entrepierna, parecía que no había tela entre mis dedos y su sexo, la humedad era más que importante y comenzaba a atravesar la tela.

Betty: vamos a la cama, estoy muy caliente.

Nos desnudamos en segundos, dejando la ropa tirada en el piso. Sólo mi bóxer y su conjunto de micro tanga y corpiño nos cubrían cuando se acostó al borde de la cama, dejando sus piernas abiertas colgando. No necesité que me dijera nada, me arrodille frente a ella y sin quitarle la pequeña prenda, me tiré de cabeza hacia su conchita caliente, la recorrí con mi lengua de arriba hacia abajo y la rodeaba como tratando de correrla. Ella tiró hacia arriba del elástico, y la enterró entre sus labios dejándome absorber los jugos que ya empezaban a brotar.

Para quienes superaron los 50, saben que el sexo no es tan largo ni complejo: si tenés ganas, te vas a la cama. Si es aventura jugas todas tus cartas en la primera mano y en eso estábamos los dos. Hundido entre sus piernas, jugaba desenfrenadamente con mi lengua en ella mientras lo disfrutaba. Al cabo de unos minutos el 69 fue inevitable, la chupada mutua se volvió feroz, sus jugos en mi boca y los míos comenzando empezando a fluir en la suya. Fueron unos 10 minutos, no más que ello hasta que ambos llegamos al punto máximo: ella llenó m boca de flujo y yo la suya de semen.

Nos tomó tiempo recuperarnos, pero tras una ducha compartida, volvimos a la cama a jugar, mimarnos y acariciarnos hasta dormirnos abrazados.

Serían las 17 cuando despertamos, abrazados y cuchareando, sonó su celular y pude escuchar la voz de su hija preguntando qué tal le había ido.

Betty: los trámites encaminados, los turnos conseguidos y qué buena siesta he tenido - comentó al teléfono mientras me acariciaba.

Hija: mamá, tené cuidado, recordá que fuiste por estudios médicos que requieren precauciones.

Betty: tranquila hija, se cómo manejar mis ansias.

Cortó la llamada y volvió a concentrarse en nosotros.

Betty: nos duchamos y vamos a dar un paseo, ¿te parece?

Alejo: Seguro, pero aclárame lo de las precauciones que hablaste con tu hija.

Betty: no puedo tener sexo vaginal, por mis estudios.

Alejo: será cuestión de utilizar bien las lenguas entonces.

Betty: y algo más, mi culito está disponible.

Nos vestimos y salimos a recorrer la tarde platense, sin siquiera tomarnos de la mano, evitando que alguien pudiese reconocernos. La noche prometía mucho, pero eso será parte del segundo capítulo.

Espero comentarios de esta primer parte para dar rienda suelta a la segunda.

Saludos a todos.

Alejo Sallago – [email protected]