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Amor se llama el juego...11

Luis no buscaba venganza, sino una solución. Pero al cruzarse con el hombre que destrozó su matrimonio, descubrió que la única forma de recuperar a su esposa era entregarle las riendas, incluso si eso significaba entrar en un mundo donde el traje y la dignidad no tienen lugar.

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Amor se llama el juego

Capitulo 11

Dando pasos

Luis llevaba tres días sin presentarse en la oficina. Temía la inevitable pregunta de Isabel sobre cómo había pasado la noche y tampoco soportaba quedarse en casa. Los ojos de Lola solo le recordaban su fracaso. Aquella noche fue la primera vez que estuvo tentado de abandonar, pero él no era de los que huyen.

Era el segundo ron con hielo que tomaba. Sin noticias de Gabriel, decidió regresar al bar. El lugar era oscuro y lúgubre, un típico antro del barrio, con paredes sucias y desgastadas por el tiempo. La tenue iluminación provenía de viejas lámparas de neón que parpadeaban intermitentemente, lanzando sombras inquietantes por todo el local. El aire estaba cargado de humo y un olor a alcohol rancio se mezclaba con el aroma de comida frita.

Las mesas y sillas eran una colección de muebles viejos y maltrechos, cada una diferente de la otra, pero todas igual de desvencijadas. El suelo, pegajoso por años de derrames, crujía bajo sus pies. En un rincón, un viejo jukebox emitía música de hace décadas, susurrando melodías olvidadas.

Luis se encontró con una chica en la barra, quien ignoró por completo su pregunta sobre la persona que buscaba. Con desdén, ella dijo textualmente: "No estoy pendiente de la gente que entra y sale del local". Su indiferencia combinaba perfectamente con el ambiente sombrío y descuidado del bar, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido en una espiral de decadencia y abandono.

Cuando decidió que estaba perdiendo el tiempo, lo vio entrar. Chaqueta tejana, botas de cuero; tenía que ser Miguel. Luis lo observó con resentimiento, preguntándose qué poseía aquel hombre que él no tuviera. Una oleada de odio lo invadió al recordar que era él quien había destrozado su matrimonio. Mientras Miguel se acercaba a la barra, Luis sujetaba con fuerza el vaso vacío, apretándolo con rabia. En su mente, imágenes del vaso estrellándose contra la cabeza de Miguel comenzaron a formarse.

Luis apretó el puño y respiró profundamente. Aunque la venganza era una tentación constante, él no era de los que buscan conflictos. Sabía que la culpa estaba repartida y que él también tenía su parte en el fracaso de su relación.

—Preciosa, un ron con hielo —pidió Miguel al apoyar sus codos en la vieja barra del bar.

—Para ti lo que quieras, Miguel —respondió la misma chica que antes había ignorado a Luis, sonriendo de manera estúpida mientras servía la bebida. Luis observó la escena con creciente desdén, sintiendo cómo el odio se mezclaba con una amarga resignación.

—¿Nos conocemos? —preguntó Miguel al notar que Luis lo observaba de arriba abajo.

—Personalmente no… mi esposa me habló de ti —respondió Luis, tragándose las palabras mientras las decía.

—Perdona, ¿de qué estás hablando? —dijo Miguel, sorprendido.

—Mejor si nos sentamos —sugirió Luis.

— ¿De qué va esto? —inquirió Miguel, frunciendo el ceño.

—¿Lola, la recuerdas? —preguntó Luis.

—¡Claro, no me fastidies! Tú eres su marido, ¿y vienes a buscar problemas? No hice nada que ella no estuviera buscando.

—Lo sé, pero ¿podemos sentarnos, por favor? —dijo Luis, tratando de mantener la calma.

Luis se encaminó hacia una mesa vacía y le indicó a Miguel que tomara asiento. Miguel, con una expresión de curiosidad, aceptó y se sentó.

—Tú dirás —comentó Miguel, animándolo a hablar.

Luis comenzó a explicar la situación en su casa, intentando hacerlo de un tirón y evitando mirarlo a los ojos.

—No sé qué buscas en mí —dijo Miguel finalmente.

—Que me ayudes. Creo que me lo debes —respondió Luis.

—Te repito que no hice nada que Lola no deseara esa noche —dijo Miguel, dejando claro su punto de vista.

—Queda entendido —respondió Luis, manteniendo la calma—. Pero creo que solo tú puedes ayudarme a salvar mi matrimonio. Estoy dispuesto a pagarte, si es dinero lo que quieres.

—¡Por Dios! ¿Crees que todo se paga con dinero? Si es así, más vale que te separes. Dime una cosa, ¿siempre vistes de traje?

Luis se quedó pensativo, sorprendido por la pregunta. Estaba tan acostumbrado a su traje que lo usaba para cualquier ocasión.

—Supongo que sí —respondió Luis, notando la observación.

—Tal vez deberías plantearte cambiar de vestimenta. Otra cosa: ¿quieres que te ayude?

—Sí, claro que sí —contestó Luis, aliviado.

—Pues tardas en insultarme —dijo Miguel con una sonrisa irónica—. Dime lo que piensas de mí. Hasta que no lo hagas, no podremos hablar de tú a tú.

—¿Qué? —preguntó Luis, confundido.

—Que me insultes. No soporto a los maridos consentidores, y, llegado a este punto, no sé si tú lo eres. ¿Qué fue lo primero que pensaste cuando me reconociste?

—Quise romperte la cabeza con un vaso —dijo Luis, con una mezcla de frustración y honestidad.

—Ves, no es tan difícil. Yo lo hubiera hecho —respondió Miguel con una sonrisa irónica.

—No me tientes —dijo Luis, comenzando a relajarse.

—Dejémoslo así —dijo Miguel, levantando la mano en un gesto de tregua. Luego, con un tono más serio, añadió—: Ahora en serio, no sé cómo ayudarte. La sumisión, como otra forma de vivir el sexo, nace dentro de uno mismo. No es algo que se puede imponer; son sensaciones, morbo... o se sienten o no.

—A mí me da igual sentirlo o no. Lo que importa es que ella lo sienta, y por supuesto, que lo sienta por mi parte.

—Lo único que puedo hacer es invitaros a un club, allí acude gente variopinta, pero todos se mueven ese ambiente, podemos quedar un día y bueno, luego decidís, pero quiero que sepas que no es un mundo donde puedas ir con traje.