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Orgíasjul 2024

Barras de ébano

La llamada de su marido la desnudó virtualmente, pero fue la sombra en el jardín lo que encendió su verdadera curiosidad. Tres desconocidos, desnudos y peligrosos, esperaban en la casa de invitados. Ella tenía una elección: miedo o éxtasis.

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Esta obra es ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Pese a que las apariencias físicas de los personajes, y algunos nombres, puedan basarse en personas reales, sus relaciones interpersonales, situaciones, sentimientos, actos, opiniones y otros aspectos psicológicos son mera invención del autor.

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Cuando me casé con Albert, supe que tendría la vida solucionada. Él, guapo, rico heredero de un imperio hotelero, me había escogido a mí de entre todas las pretendientes que se le habían puesto a tiro. Sé que, a sus treinta y ocho años, hubiera tenido todo lo que se propusiera y, sin embargo, acabó con una camarera como yo.

En sus palabras, soy una mujerona: pelo castaño, pechos turgentes, culo firme y redondo, de metro y 65 de altura y, lo que más le volvía loco, unos ojos de un azul tan claro que parecía blanco. A mis treinta y dos años, ya había tenido alguna que otra relación sentimental y, por qué no decirlo, sexualmente buenas. Sé que algunos hombres se giraban al verme pasar, sé que la clientela del bar subió a los máximos históricos en mi presencia… Sí, todo eso lo sé. Pero, a pesar de todo ello, había encontrado la felicidad con él.

Nos conocimos en el bar donde yo trabajaba y él, como tantos otros, me pedía salir. Fue tanta la insistencia que, una noche, accedí a ir con él. La verdad es que en esa primera cita me sentí muy cómoda, tanto que accedí a una segunda, tercera, cuarta y quinta. El sexo también fue muy bien entre ambos. Albert se cuidaba, eso estaba claro por los músculos que se marcaban en sus camisetas y, también, tenía un pene de unos veinte centímetros que, sin ser el más grande que hubiera tenido a mano, lo sabía utilizar bien. En fin, acabé enamorada de él y, cuando la cosa parecía que iría a más, fue cuando me contó la realidad de su economía. Nunca me ha interesado ese aspecto en una persona y, por ello, os he contado cómo nos conocimos y enamoramos; así que, aunque supiera que tenía dinero, yo seguía pagándome mis gastos, mis copas y volvía a trabajar en el bar cuando me tocaba.

Hasta la boda.

Tras nuestro compromiso, su padre nos regaló un hogar para que formásemos nuestra propia familia: una casa bien acomodada a las afueras de la ciudad, jardín, piscina, aparcamiento grande, con un edificio principal de tres plantas —con dos baños y cuatro habitaciones en cada una— y, además, una casa de invitados por la que, aun estando en el terreno, se podía entrar desde la callejuela de la parte trasera. A mí, una chica procedente de clase media, me pareció tal el exceso de opulencia que, poco después, pensé en rechazar el ofrecimiento y separarme de Albert. Ya he contado que, en mi caso, el dinero no era importante, y pasar de vivir en un piso compartido con tres amigas a tener una mansión para mí y mi marido era demasiado.

Viendo que su amor era real, seguí adelante con la boda, con la condición de que, cuanto antes mejor, encontráramos algo más pequeño, tranquilo y «normal» donde vivir.

No niego que, a pesar de la grandiosidad de aquella finca no hubiera cosas buenas: la piscina era climatizada y cubierta, el césped era cuidado por trabajadores pagados por mi suegro —aunque me negué a tener una chacha que limpiase mis cosas y las de mi marido— y, durante las vacaciones de verano, mis padres vinieron a la ciudad y pudieron quedarse en la casa de invitados sin problema.

Ahora que sabéis estos antecedentes, es el momento de ir al meollo de mi historia.

Recuerdo que todo empezó en una noche de finales de invierno, de esas en las que el tiempo se vuelve loco sin motivo aparente y te obliga a sudar durante el día y a sobre abrigarte de noche. Albert estaba fuera del país haciendo negocios con su padre y yo, aburrida de mi día a día, estaba en mi hogar leyendo un libro erótico, titulado El juego de Sam de J.A.J. Pérez, a la luz de una lámpara, sumida en el silencio. Tras estar un buen rato absorta entre las páginas de aquel volumen, me asusté cuando el teléfono sonó. Supuse que sería Albert, que me llamaría tal y como solíamos acordar cuando estaba fuera del país. Me acerqué al teléfono móvil y, viendo la imagen de mi marido en la pantalla, respondí.

—Buenas noches, mi amor.

—Buenas noches, Cata —me dijo—. Siento el retraso, pero la negociación ha sido bastante dura esta vez. En fin, ¿cómo estás?

—Aquí, leyendo un rato y esperando tu llamada.

—¿Tan aburrida estás?

Sonreí, la verdad es que me había ido con las amigas por la tarde y había vuelto algo «contenta» tras varios tragos.

—Bueno, he salido con Saray y Tania a tomar algo…

—¡Vaya! Así que has tenido un día interesante…

—No te lo puedes ni imaginar…

Mientras decía esas palabras, me levanté del sofá y comencé a caminar por el salón, mientras mantenía el móvil en mi oreja.

—Así que estás un poco borracha…

—Sí, es una lástima que no estés hoy en casa… Hubiéramos tenido una fiesta divertida.

Albert se río por mi comentario. Mientras tanto, sintiendo el calor en mis mejillas, seguía dando vueltas por el salón.

—Bueno, aún podemos tener una fiesta divertida, ¿no crees?

—¿Qué quieres decir?

—Tenemos FaceTime.

La verdad, ese comentario me dio risa. Es cierto que la tecnología ha permitido que nos podamos ver en cualquier parte del mundo, pero las veces que habíamos tenido sexo telefónico yo no me había sentido muy cómoda con ello. Sentir el roce de las yemas de unos dedos recorriendo tu piel desnuda, oler el aroma del sudor en la piel a tu alrededor, agarrar el cabello cuando has de sujetarte a algo o, incluso, sentir el aliento de esa otra persona despertando los poros de tu piel, no tenía parangón con ver un pene y a alguien masturbándose por una pantalla de móvil, por buena definición que esta tuviera. Sin embargo, puede que debido a mi estado achispado, me dije que por qué no. Así pues, sin pensarlo mucho, me quedé parada en medio del salón y, sin dudarlo un momento, me quité la bata y me quedé desnuda en medio del salón para, a continuación, darle al botón de cámara.

Mi marido respondió a la videollamada con una sonrisa y, tras verme sin ropa, abrió los ojos de par en par.

—¡Joder! —exclamó.

—¿Aún quieres jugar?

Sin decir nada más, él asintió varias veces y se quitó la ropa que llevaba puesta. Se tumbó en la cama y dejó el móvil de lado, apuntando a su cuerpo desnudo. En mi caso, me senté en el sofá y, dejando el móvil en una mesita cercana, apunté la cámara hacia mí.

Las palabras, halagos y la respiración entrecortada de ambos se convirtieron en la única música de nuestro encuentro a través del mundo. Mis manos surcaron mi cuerpo según las indicaciones de él y yo, por mi parte, le iba diciendo qué hacer con sus dedos; le ordené que cerrase los ojos, y que imaginase que esas caricias eran mías, surcando su piel y deseando unirnos en un solo ser, que sus manos acariciando su pene y sus testículos eran mis labios en busca de su masculinidad. Que el puño que cerraba sus veinte centímetros era mi boca queriendo sorber su esencia. Sus jadeos, invocaciones a Dios, y sus «sí» se convertían en una sinfonía del erotismo.

Finalmente, Albert llegó al orgasmo y yo, tocándome por todas partes, sonreí al haberle hecho disfrutar de ese momento. A continuación, el juego siguió y él fue quien me ordenó qué hacer con mis manos. Me incitó a ir a buscar el satisfyer en forma de pingüino que usaba en mi soltería, que lo introdujera de una forma específica en mis labios superiores y, después de humedecer el aparato, llevarlo a los inferiores. Con una mano controlaba el juguete sexual y, con la otra, acariciaba mi piel tal y como él me sugería.

—Mírame… —susurró desde el teléfono.

Abrí los ojos, miré hacia la pantalla y le vi sonriente, masturbándose ante aquel espectáculo que le estaba dando y con las mejillas encendidas.

—Ahora déjate llevar.

Y lo hice. Comencé a gemir de placer, a gritar, exclamar el nombre de Dios, a mover mi cintura sobre el sofá y a alzar mis pechos para que estos se movieran al compás de los gritos.

De repente, me detuve al notar algo extraño. Había sentido algo raro en la ventana que daba a la casa de invitados. Miré en esa dirección y, amusgando en la oscuridad, intenté vislumbrar qué había sucedido. Tras un momento así, no vi nada, ni movimiento, ni luz, ni tampoco nada fuera de lo normal.

—¿Por qué paras? —preguntó él, entre jadeos.

—Tengo las cortinas abiertas… Voy a cerrarlas.

—Pero déjate eso dentro.

Sonreí con picardía y me levanté a cerrar las cortinas de todo el salón. Sabía que nadie podía ver el interior de la sala desde el exterior de la finca, pues los muros eran lo suficientemente altos como para ocultar bien hasta dos plantas de la mansión; pero, aun así, me sentía observada.

Cuando terminé, volví al sofá, donde Albert seguía masturbándose con lentitud. Mi excitación había bajado drásticamente y, la verdad, no me sentí con ganas de seguir. Sin embargo, no queriendo hacerle sentir mal y preocupándole por una tontería mía, le propuse hacer un primer plano de mi trasero y mi feminidad mientras usaba el satisfyer. Mientras me daba la vuelta, apagué el aparato, me lo puse en el interior y dejé que él se tocara a placer. Oía sus gemidos desde el móvil, me daba las gracias por aquel momento y, sin duda, escuché que su respiración comenzaba a mostrar, inequívocamente, que estaba a punto de correrse. En mi caso, fingí un orgasmo. Tenía suerte de que no viera mi cara en ese momento, pues se hubiera dado cuenta y, sin embargo, mentí sin pudor.

Cuando terminó, yo grité un sonoro «¡Sí!», y, poco a poco, me senté en el sofá con una falsa sonrisa en mis labios.

—Ha sido increíble, Catalina. —Su respiración estaba entrecortada, y su esencia era visible en su mano y pecho.

—Lo mismo digo, mi amor.

—Te quiero.

—Y yo a ti también.

—Nos vemos en una semana.

—Lo estaré esperando.

Me mandó un beso y nos despedimos. Al terminar la llamada, recogí mi ropa del suelo, cerré las luces del salón y, a oscuras, miré hacia el jardín y la casa de invitados. No sé el tiempo que estuve así, pero, al no ver ni movimiento, luz ni nada que se pareciera, pensé que mi imaginación me había dado una mala pasada. Así pues, recogiendo mis cosas, puse la alarma, me fui a mi habitación y tardé un buen rato en dormirme, sin dejar de mirar el jardín.

No muchos días después, me di cuenta de que mi imaginación no había jugado conmigo.

Apenas pude dormir. El run-run de aquella sensación que vino durante la sesión de sexo virtual con Albert y el sentirme observada durante la misma, me tuvieron en vela toda la noche. Salí al trabajo como si tal cosa, pero a las pocas horas mi jefe me mandó a casa por la mala cara y porque, seamos sinceros, no estaba nada bien.

Enfadada por haberme obsesionado con una tontería, volví en el coche y entré por el parking de atrás, que llevaba al sótano de casa. Bajé del automóvil y subí las escaleras internas que llevaban hasta una puerta del salón. Dejé las llaves, el bolso y la chaqueta sobre la mesa y, tras sentarme en el sofá, escuché un chapuzón en la piscina del jardín.

Sorprendida, me levanté y abrí un poco la cortina para ver qué había sucedido.

Me quedé sin aliento.

Ahí había un hombre completamente desconocido, bañándose. Desnudo. Su piel era negra como el chocolate, con una espalda marcada, brazos grandes y fuertes, sin un pelo en cabeza ni torso. Al nadar de espaldas, me dio un plano perfecto de su firme, duro y magnífico trasero.

Asustada por si era un ladrón, me acerqué al bolso y saqué el móvil para avisar a la policía y, tras volver a vigilarle, marqué el número 0.

En ese momento el hombre comenzó a salir del agua.

Pulsé la tecla 9, mientras le miraba de reojo, a través del visillo de la cortina.

El agua corría por sus pectorales, caminando sobre su vientre y perdiéndose en aquello que me hizo ahogar un grito: un gran pene, el mayor que hubieran visto mis ojos y, aun en reposo, se tambaleaba al vaivén de sus pasos. Sus piernas eran estilizadas, ni muy gruesas ni delgadas. Mientras yo estaba absorta —y con la boca abierta— por su anatomía digna del mismo dios Eros, él se acercó a una tumbona y, sin mirar en otra dirección, comenzó a ponerse sus pantalones, ocultando su masculinidad. Dio unos pasos y yo, suspirando aliviada, le vi salir de la piscina.

En ese momento, con el teléfono en la mano, pensé en si marcar el 1 del móvil, avisar a la policía por la intrusión a mi hogar o bien dejarlo pasar; a fin de cuentas, sería alguien que aprovechó para colarse, darse un chapuzón e irse. De joven yo había hecho eso varias veces, así que tampoco sería tan descabellado en pleno verano.

Lo que no esperaba, de ninguna forma, fue que caminara por el jardín y entrase en la casa de invitados, cerrando la puerta tras él.

Durante un buen rato me sentí en la encrucijada de qué hacer, si marcar el último número del teléfono y llamar a la policía por el allanamiento de morada. La verdad, no sé el tiempo que estuve ahí, mirando la casa de invitados desde el visillo. Al final, decidida a ver si era cierto que teníamos okupas, opté por investigar por mi cuenta y, después, avisar a la policía.

Ahora lo sé.

Cogí los prismáticos que Albert usaba cuando iba de caza con su familia y, con ellos, miré las ventanas de la casa de invitados. Las persianas estaban echadas y, entre las rendijas, vi una luz que parecía moverse, como un televisor encendido.

Bajé a la planta principal y, desde ahí, salí al jardín por una puerta trasera, con tal de que el desconocido no me viera llegar. Me pegué a los muros exteriores e, intentando no hacer ruido, caminé descalza sobre el césped. Finalmente, llegué a la casa de invitados y, con tal de intuir qué sucedía ahí, me puse de rodillas frente a la puerta y apoyé mi oreja contra ella.

En efecto, oía ruido en el interior.

Comenzando a asustarme, pensé que era el momento de volver atrás y llamar a la policía…

… pero la puerta se abrió y caí sobre las piernas de una persona.

En el interior oí movimiento, algún grito asustado y el olor de un ambiente enrarecido. Alcé la mirada, asustada.

Caí sobre las piernas de otro hombre, con piel de ébano, también desnudo y, a diferencia del primero, con mucho pelo en la cabeza, pero con un miembro igual de descomunal. Su mirada se posaba en mí, tan sorprendido de mi presencia como cabría esperar. Alguien gritó dentro, en un lenguaje que no entendí y, al mirar, vi a otro hombre de pie frente al sofá que, por el videojuego de fútbol que había en el televisor, intuí que le habría aguado la partida. Tenía el pecho al descubierto, y lucía unos pantalones cortos que le llegaban hasta las rodillas.

Del interior de la casa apareció el primer hombre, cubriendo su cintura con una toalla.

Por un momento, ninguno de los tres dijo ni hizo nada más que mirarme sorprendido, y yo, anonadada, tampoco supe como reaccionar. Al final, el hombre sobre el que había caído le dijo algo al que llevaba la toalla, este se la quitó y se la tiró al primero, quedándose desnudo otra vez. Temiendo lo peor, yo intenté levantarme del suelo, pero el africano velloso me agarró de la cintura, me tapó la boca con su enorme mano, ató mis brazos con la toalla y, con su pie, cerró la puerta.

Intenté gritar, pataleé, forcejeé, pero fue en vano. Me llevó hasta el sofá y, por el camino, vi que haría días que estaban ahí escondidos. Había restos de comida encima de las mesas, los cojines del sofá estaban chafados, las persianas estaban echadas y, por el olor que venía de las habitaciones, noté que no hacía tiempo que estaban escondidos ahí.

Velloso me tiró sobre el sofá y, frente a mí, se situaron los tres, permitiéndome verles con más atención. Al primero que había visto, el perfecto Adonis, se le dibujaba una mirada curiosa que reseguía mi cuerpo; el segundo, sobre el que había caído, tenía el pelo rizado y oscuro, casi parecido al de un estropajo; el tercero, tenía una vieja cicatriz en el pecho y el vello también le era ajeno. Las lágrimas caían por mi rostro y le supliqué que me dejasen ir, que no iba a decir nada. Ellos me miraban impertérritos.

Vale, lo reconozco, mis ojos también se fijaron en los dos penes que estaban al descubierto frente a mí. Eran grandes, gruesos y, sin duda, parecían comenzar a despertar.

Tras mis súplicas, el hombre de la cicatriz, al que llamaré Cicatriz, se sentó a mi lado, les dijo algo a los otros dos, que asintieron y, después, me miró:

—¿Tú calla? —dijo, marcando mucho las palabras, mientras ponía un dedo frente a su boca.

Asentí. No iba a decir nada.

Cicatriz asintió y sonrió. Supuse que para que me tranquilizase. Después, señaló a sus compañeros y a él para, a continuación, señalar la casa.

—Polisia. —Hizo que sus dedos se movieran como si corrieran.

¿Habían huido de la policía?

Asentí, como para darle a entender que sabía lo que intentaba decirme.

—¿Tú calla?

—Sí, no diré nada. Pero no me hagáis daño…

Los tres parecieron suspirar aliviados y yo, también.

Tal vez me dejarían salir de allí.

Volví a mirar los cuerpos musculosos de Adonis y del otro, y mi mirada, carente de control, se posó en sus entrepiernas. No solo eran gruesas, anchas y largas, sino que sus testículos parecían los de un animal. Notando qué estaba haciendo, cerré los ojos y sacudí levemente la cabeza, para volver en mí.

Pero el sonido de una risa me erizó el vello.

Cicatriz sonreía y señalaba los miembros de sus compañeros.

—¿Tú gusta?

Me quedé petrificada. Sentía arder mis mejillas por el calor que comenzaba a notar. No quise volver a mirarlas, así que intenté no hacer más gesto que mirarme las manos atadas. Cicatriz, sin embargo, me tocó el hombro, y le miré. Seguía sonriendo de una forma que me ponía incómoda y, lo peor de todo, fue su mirada: se clavaba en mí, como si quisiera ver el interior de mi alma.

A continuación, quitó su mano de mi hombro y, con un dedo, tocó mis pezones, que comenzaban a notarse sobre la camiseta.

—Tú gusta —dijo, pellizcándome el derecho.

Forcejeé un poco para que me dejase en paz y caí de lado sobre el sofá. Los dos hombres desnudos se acercaron a mí y Velloso comenzó a acariciar su pene. Primero de abajo a arriba y, después, lo agarró con su mano y comenzó a bombear lentamente. El Adonis, más seguro, se sentó a mi lado, cerca de mi cabeza. El miembro le quedaba suspendido entre sus fornidas piernas y se posaba, cuán largo era, sobre el sofá.

No pude evitar morderme el labio inferior.

Fue allí, en ese preciso instante, en el que caí presa de la lujuria.

Adonis puso su mano bajo mi barbilla y, lentamente, la levantó, para que le mirara sus profundos ojos avellana. La sonrisa de sus labios era perfecta, casi como su escultural cuerpo y yo, comenzando a perder la cordura, sentí arder mis mejillas. Con su otra mano, se tocó el pene y lo elevó unos centímetros, acercándolo a mi rostro. Toda su extensión era del color del chocolate, a excepción de su glande, que era algo más rosado. Sin ningún pudor ni remordimiento, Adonis me sujetó la cabeza hasta su apetecible miembro, haciendo que mis labios tocasen su piel. Al principio me resistí a hacer nada e intenté apartar la cara, pero Adonis me la sujetaba con fuerza. Finalmente, bajé mis defensas mentales y dejé que actuara mi cuerpo.

Lo comencé a lamer.

Mientras mi lengua recorría toda su extensión, noté que alguien me liberaba las manos y, cuando pude moverlas sin impedimento, cogí el pene de Adonis y, abriendo la boca, lo introduje en ella. Sentí toda la anchura entre mis labios, mi lengua quedaba aprisionada entre su carne y, mi garganta, suspiraba por ser tocada. Adonis comenzó a gemir y yo alcé la mirada para verle caer de placer. Con mi mano derecha acaricié sus testículos y, acompasando el movimiento de mi cabeza, jugué con ellos.

Detrás de mí, Cicatriz me cogió de la cintura y me puso a cuatro patas. Después, introdujo sus grandes manos en el interior de mi ropa y acarició mi culo y mi feminidad, recreándose con los dedos en el clítoris.

Jadeé entre el sonido de la mamada.

El calvo se me acercó, con su portentoso miembro ya erecto y yo, sin esperar, lo agarré con la mano libre y comencé a pajearle.

En apenas cinco minutos, había pasado del miedo a convertirme en la lujuria personificada y, la sorpresa por haber pillado a aquellos okupas, dio paso a los jadeos de placer.

Tras un rato, Cicatriz se levantó, dijo algo a los otros y, mientras Adonis quitaba sus manos de mi cabeza, los otros dos hicieron que me sentase en el sofá, acariciaron mi cuerpo por encima de la ropa y, con delicadeza, uno puso las manos sobre el cuello y el otro en la parte inferior.

La arrancaron y, después, le siguió mi sostén.

Acto seguido, Cicatriz se me acercó, me puso sobre su hombro y otra persona liberó mi cintura, dejándome completamente desnuda frente a ellos. Cicatriz me soltó en el sofá y yo, ardiendo por dentro, sonreí.

Los tres, ya desnudos y con las armas en ristre, se pusieron a mi alrededor y yo, sonriendo, me puse de rodillas en el suelo.

Me introduje el primer pene en la boca mientras masturbaba Cicatriz y a Velloso.

Alterné entre ellos, notando los sabores, texturas y olores de sus miembros en mi paladar. En su turno, el calvo movió su cintura rápidamente, como si me follase la cabeza y mi boca, casi sin remedio, comenzó a hacer aquel sonido característico de una actriz haciendo una felación en una película X. Los otros dos se pusieron a mi alrededor, con sus miembros a la altura de mis ojos y yo, henchida de excitación, levanté mis manos y rodeé toda su envergadura. Acompasé el movimiento de mi muñeca con las embestidas que Adonis hacía con la cintura.

No sé el tiempo que estuve así, pero un rato después solté uno de los penes y cambié de posición con Adonis, repitiendo el mismo juego. Los primeros jadeos de aquellos hombres comenzaron a llenar la sala y yo, con las mejillas encendidas, pensé que era uno de los mejores sonidos que jamás hubiera oído.

Repetí la misma acción con Cicatriz y, limpié las armas en ristre de sus compañeros. Cuando los jadeos de Cicatriz comenzaron a ser más notables, Adonis y Velloso me cogieron de la cintura y me alzaron. Se dijeron algo entre ellos y para mí, en ese momento, me daba igual qué significaban esas palabras.

Mi cuerpo suplicaba más.

Cicatriz se puso frente a mí, alzó sus manos para acariciar mis pechos y, mientras tanto, me besaba en los labios. Sentí arder mis entrañas con el contacto de su lengua, pensando en si notaría el sabor de aquellos penes que habían dominado mi boca durante el rato anterior. Mientras tanto, Adonis se puso de rodillas y levantó mi pierna, besando mi pie, para después situarlo sobre su hombro, dejando su lengua al alcance de mi pierna y mi rodilla Al mismo tiempo, Velloso se puso detrás de mí y, poco a poco, introdujo su barra de ébano en mi feminidad.

Lo hizo suavemente, con delicadeza y, en cierto sentido, agradecí que Adonis me hubiera abierto de esa forma, pues me hubiera costado albergar todo aquel volumen de carne. Debo aclarar que no solté un grito gracias al beso que me propinaba, pero, tras las primeras embestidas, aparté mis labios de los suyos y busqué al del hombre que me penetraba. Nuestras lenguas se juntaron, y bailaron al son del movimiento de su cintura.

Cicatriz llevó sus manos a su entrepierna y comenzó a masturbarse muy lentamente, sin perder la sonrisa en ningún momento, y besando, cada poco tiempo, mis pechos. Adonis, por otro lado, me acariciaba la pierna que tenía sobre su hombro, la recorría con su lengua y, cuando llegaba a mi pie, lo sujetaba y se lo metía en la boca.

Yo estaba en el Nirvana.

Mis jadeos comenzaron a sentirse entre las dos bocas unidas, el ruido de su barra de ébano, en contacto con mi cintura, se escuchaba claramente y, sin duda, aquella sinfonía era fantástica.

Tras un rato, Adonis comenzó a levantarse, sin dejar de alzar mi pierna y, mientras tanto, Cicatriz hizo que me inclinase para meterme su herramienta en la boca una vez más. Accedí sin dudarlo. Con mi mano izquierda me apoyaba en su pecho y, con la derecha, masajeaba sus testículos. Velloso sacó su miembro de mi interior y lo golpeó varias veces bajo mi sexo. Luego sujetó mi pierna alzada y Adonis comenzó a ocupar su lugar. Se llevó la mano a la boca y, con los dedos llenos de saliva, recorrió toda la extensión de su miembro para, después, introducirlo en mi interior.

Allí fue cuando tuve mi primer orgasmo.

A diferencia de Velloso, Adonis se movía con rapidez, casi como un percutor en mi interior, sin razón, resistencia o remordimiento. Fue tal la fuerza que ejercía contra mi cuerpo que saqué el pene d Cicatriz de mi boca y jadeé sin importarme el volumen. Velloso soltó mi pierna y puse la planta del pie en el suelo, pero tal era la fuerza de las penetraciones de Adonis que me quedé de puntillas.

Cicatriz señaló su miembro y yo, aún jadeante, abrí mi boca cuán grande era y me la introduje una vez más, mientras que el tercero se situó a su lado, apuntándome con su apéndice —ahora húmedo de mis fluidos— y, entendiendo lo que deseaba, la sujeté con mi mano y le masturbé. Fue un momento especial, en el que Adonis marcaba el ritmo de la mamada y la masturbación; los jadeos de los cuatro parecieron sincronizarse.

Sentí temblar mis piernas y, agarrándome a los dos penes que tenía frente a mí, grité ante el segundo orgasmo. Cuando terminó el proceso, Adonis me dio un cachete en el culo y, dejó de estar unido a mí y se sentó en el sofá. Velloso también se sentó y, Cicatriz, levantó mi barbilla y, con su dedo, me indicó que le siguiera. Yo asentí y le di un lametón a su sexo. Después, él se fue a la butaca, donde se sentó y yo, poniéndome de rodillas en el suelo, comencé a acercarme como una gata en celo. Movía mis caderas muy lentamente, y cuando llegué a él, lamí sus escrotos, ascendí por toda la extensión de su miembro, reseguí su pecho y, tras rodear su cabeza con mis brazos, me metí en su boca. Él, por otra parte, agarró mis caderas y, poco a poco, me sentó en su erguida extremidad. Al caer todo mi cuerpo sobre él, volví a gritar, más no fue de dolor.

Fue puro placer.

Salté sobre su pene mientras me agarraba los pechos, con sus manos rodeando mi cintura. Ambos jadeamos sin cesar, llevados por el éxtasis.

Adonis se acercó a nosotros y presentó su barra de ébano frente a mí, y yo, fuera de mis casillas, me la introduje en la boca. El tercero se situó al otro lado y alterné entre las dos una y otra vez, mientras masturbaba a la que quedaba libre de mis labios.

¿Cuánto estuve así? No puedo decirlo. La noción del tiempo se esfumó por completo, y no sentí pasar los segundos, ni los minutos… solo estaba el ahora.

Cicatriz jadeó más rápidamente y cerraba los ojos, llevado por el placer. En mis entrañas sentí los espasmos de su pene y, antes de que fuera consciente de lo que iba a suceder, eyaculó en mi interior. Sentí todo el semen recorriendo mi feminidad, saliendo por los bordes de mi agujero y, cuando dio la última embestida y la sacó, sentí toda su hombría recorriendo mi cintura. Acto seguido, Cicatriz me alzó con sus manos y, poco a poco, me dio la vuelta y me dejó sentada en la butaca, no sin antes besarme, llevar los dedos a mi orificio, recoger parte de su esencia e introducirla en mi boca.

Adonis dijo algo, y Cicatriz se apartó, alzando sus manos hacia mí como si me ofreciera algo. Adonis, sonriente y con la barra en ristre, dio la vuelta y se situó frente a mí. Se agachó y, de una estocada, me penetró. Haciéndome sentir en la gloria.

El peludo, también queriendo ser parte de la fiesta, se aproximó más a mi cara para seguir con aquel juego que habíamos tenido y, jadeando y henchida de placer, abrí mi boca para darle espacio.

Estuvimos así un buen rato hasta que ambos estallaron en mi interior.

Se separaron de mí y me dejaron sentada en la butaca, con el semen de dos hombres recorriendo mis piernas y el del tercero surcando mi boca en dirección a mi cuello. Sentía mis mejillas acaloradas, mi feminidad llena y algo dolorida y el sudor de los tres sobre mi cuerpo. Ellos, por otro lado, se apartaron de mí, dijeron algo entre ellos y, con sus penes flácidos, se me acercaron. Me sujetaron entre los tres y yo, sin oponer resistencia —más bien por la falta de fuerzas y llena de gusto— dejé que hicieran lo que quisieran. Uno abrió la puerta de la casa de invitados y me llevaron en volandas hasta la piscina, donde me tiraron y refresqué mi cuerpo. Los tres me siguieron a continuación y, allí, se nos hizo de noche.

No sé si algún vecino se enteró de aquella fiesta con barras de ébano que me pegué, pero no me preocupé de ello hasta la mañana siguiente, satisfecha como nunca antes.

Durante esa semana, aproveché para experimentar posturas, tipos de penetración, desvirgando todos mis agujeros, tríos, mientras me alzaban penetrándome por delante y por atrás, en el agua, en la cama, en el césped… Era como una coneja dispuesta a tener sexo a todas horas. El único momento de descanso fue mientras dormíamos —desnudos, claro está— o cuando hablaba con Albert por teléfono —me negué a videollamadas pues, le dije que estaba mal y no quería que me viera fea y, también, por si alguno de mis tres amantes salía de fondo—. La virilidad de mis tres okupas no parecía tener fin y, sorprendentemente, creo que podía identificarlos por cómo llenaban mi interior, no solo por sus nombres de pila —Adonis se llamaba Abayomi, Cicatriz era Jamal y, Zuberi era el tercero—.

Sin embargo, sentí que el inexorable paso de los días constreñía mi pequeña aventura y, la amenaza de la vuelta de mi marido era más que evidente y, al final, tuvimos que despedirnos.

La fiesta de despedida fue antológica, casi toda la noche fue puro sexo, pasión y deseo.

Cuando desperté a la mañana siguiente, recubierta de sus fluidos por mi cuerpo, les busqué por la casa, pero ya no los vi. Salí al jardín desnuda, tal y como había estado toda esa lujuriosa semana, y fui a la casa de invitados…

… pero estaba vacía y limpia.

Triste por su partida, volví a la casa, me duché y seguí adelante con mi vida de casada.

Sí, puede que algunos penséis que soy hipócrita al seguir adelante con mi matrimonio, pero me da igual eso. Sé que pasé una semana inolvidable, con tres personas adorables, buenos amantes, que llegaron a saber dónde tocar y en qué momento, que habían llenado mi lívido como nunca antes, y que, después de todo, todos sabíamos que iba a acabar en algún momento.

Ahora, tras varios años sin volverles a ver, aún pienso en esos días y mi cuerpo se estremece. Este es un secreto mío, solo mío. No se lo conté jamás a Albert, ni creo que hiciera falta. A fin de cuentas, yo quiero a mi marido.

Pero nadie me podrá quitar jamás cómo me sentí con mis tres barras de ébano.

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