Xtories

Una noche con Silvia

Silvia sabe que su anfitrión tiene más de veinte años que ella, pero esa noche no busca ternura, sino intensidad. Cuando las voces masculinas retumban en el pasillo, ella no se asusta: sonríe. La sorpresa estaba planeada, y esta vez, la diversión será en equipo.

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Ayer por la noche me visitó Silvia. Mi mujer está de viaje con unas amigas y yo estoy solo estos dìas, escribiendo la segunda parte de mi novela.

La llamé por teléfono, hace semanas que esperaba esta oportunidad. Fuimos a cenar a un pizzería del barrio antiguo y ella iba muy llamativa. Los jeans muy ceñidos marcaban descarado ese enorme culo tan perfecto suyo. Ella sabe que pone locos a los hombres con esa ropa y no deja de lucirla. Estaba preciosa con su pelo rubio recogido y el maquillaje en tonos rosas. El top negro levantaba sus pechos para hacerlos destacar en el escote.

Yo apenas hice caso de la cena mirándola, pero ella se acabó su pizza y parte de la mía y se bebió un par de cervezas. Tampoco perdonó el postre, que tenía chocolate, nata, mango y no sé cuántas cosas más.

La copa, en mi casa, que me vas a arruinar - bromee.

¿No le parecerá mal a tu mujer? - me preguntó con picardía.

Silvia tiene suerte de que su marido la deje ir con otros hombres sin rechistar. A mí no me pasa lo mismo, por desgracia.

Ya sabes que, si estuviera, no te invitaría a subir - le contesté..

Ok. Tengo ganas de ver tu casa. Vamos.

Hay una hora en coche hasta mi casa y Silvia se lo tomó con calma. Se quito sus sandalias de tacos y puso los pies en el salpicadero. Sabe que me excitan mucho sus uñas pintadas de rosa. Por el camino se aburría y empezó a acariciarse. Se sacó el top, ya que estaba oscura la noche y se fue pellizcando sus grandes pezones rosados.

Fíjate en la carretera - me mandó, cuando empecé a amasar una teta con mi mano libre.

Me sé el camino de memoria - le contesté bajando mi mano hacia su vientre y buscando el botón de los jeans.

Espera. Yo me lo quito.

Por suerte, en mi casa tengo el parking subterráneo, así que nadie pudo verla salir desnuda, con las sandalias en una mano y las bragas y el resto de la ropa en la otra.

Se había corrido bien a gusto en el trayecto, con las piernas abiertas y sacando un pie desnudo por la ventanilla, mientras apoyaba el otro en mi pierna. Dejó que yo la masturbara, pero el gozo final lo consiguió frotando su pequeño frijolito con sus dedos ensalivados por mí. A esta chica le encanta saber que siempre hay una verga tiesa a su lado, dispuesta a llenarla de rica leche.

¿Te pongo algo? ¿Un gin tonic? ¿güisqui?

Prepara lo que quieras, yo he de ducharme. Llevo doce horas de viaje desde el Benito Juárez.

El baño está al fondo.

Vi oscilar esas nalgas impresionantes, gordas, redondas y prietas, bamboleándose por el pasillo. Me vuelve loco Silvia, pero es difícil tener un encuentro real con ella. Por suerte tiene facilidad para trasladarse a la península. Ni su marido ni yo somos celosos, no vamos a serlo los que tenemos la suerte de beneficiarnos de la compañía de esta fiera del sexo.

Le preparé un gin tonic poco cargado de alcohol; no es cuestión que se me duerma en el sofá. Yo me serví una tónica sola. Había de estar muy sereno para mantener el ritmo lo mejor que pudiera. Le llevo más de veinte años, así que hay que tener cuidado.

Silvia salió del baño con un albornoz de mi mujer puesto. Le quedaba de maravilla, sobre todo porque no lo había anudado por delante y, al caminar, se podían entrever sus senos y sus muslos, además de esa línea de pelitos en el centro de su pubis.

Al sentarse, el albornoz se abrió por completo y Silvia separó los muslos, para no ocultar ninguno de sus encantos.

¿Me traes la bebida?

Claro.

Me acerqué con los dos vasos en la mano, haciendo tintinear los hielos. Me arrodillé ante ella y le alargué su gin tonic. Lo paladeó y se recostó en el sofá mirándome con deseo y entornando la boca. La besé con suavidad, pero ella agarró mi cogote y me metió la lengua hasta la garganta mientras empezaba a desabrocharme el cinturón.

Fui bajando por su cuello, succioné uno tras otro los pezones y no me detuve hasta llegar al vientre. Allí ensalivé bien su ombligo y bajé hasta su concha, que ya estaba abierta y disponible.

El coño de Silvia es especial. Debe ser que ese sabor resulta exótico para los de este lado del charco. Los coños de las europeas son más insípidos, como descafeinados. Esta vagina americana destila unos jugos intensos, como el tequila y parece que te emborracha cuando lo empiezas a comer, porque no puedes parar. Ella gemía ya de gusto y me apretaba la cabeza contra su pubis. Movía las caderas para darse todo el placer posible y no paraba de segregar flujos espesos como saliva, pero mucho más salados.

Métela ya, papi, basta de pendejadas - me mandó.

Claro, mi reina. Tú mandas.

Me acabé de sacar la ropa y los mocasines y me puse de rodillas delante del sofá. Ella subio sus pies descalzos a mis hombros. Mi pinga entró como daga en la vaina, con un leve “flop”.

Ahora nomás mueve ese culo. Quiero que me rompas. Dale bien fiero, cabrón, ¡vamos!

Cuando se pone salvaje y brutal, Silvia es indescriptible. Se mueve como pantera, grita, da órdenes, a veces contradictorias. Y se corre de una manera torrencial, como una cascada que fluyera a chorros por un barranco. Sentí sus espasmos en mi polla, que ya estaba soltando leche desde hacía unos segundos. Fue muy coordinado y me dejó escurrido al máximo.

Nos derrumbamos en el sofá jadeando. Ella sujetaba mi polla pajeándome, como si no quisiera que fuera menguando, como la naturaleza y mi edad dictan y en efecto, no tardó en ocurrir.

Vaya, habrá que ponerte a tono otra vez - dijo en tono resignado pero divertido.

Yo miré la hora, mientras Silvia empezaba una de sus increíbles mamadas. De verdad, que al hombre que no se la ha chupado Silvia, no sabe muy bien lo que es una felación. Tiene un arte innato, una pericia extrahumana. El día que construyan robots perfectos dotados de inteligencia artificial para mamarla, tomarán como ejemplo y pondrán algoritmos siguiendo la intuición y la sabiduría de esta mujer.

A pesar de todo ello, yo me fijé en que eran las doce, hora acordada por mí para la sorpresa que le tenía preparada a mi amiga mexicana.

Y todo sucedió con puntualidad. De pronto, se oyeron unas voces masculinas y pasos que avanzaban por el pasillo.

¿Qué pasó? ¿Alguien entró a la casa al asalto? - se asustó ella

No, mi amor. Todo está controlado. No vienen a robar; vienen a follar.

¿Conmigo? - preguntó sin poder disimular la ilusión.

Claro, cielo. Sólo si lo deseas, por supuesto, pero creo que lo deseas ¿no es así?

No lo dudes, pero antes quiero que esos apuestos caballeros tomen asiento aquí delante y me digan lo que les apetece beber.

Mis amigos siguieron las indicaciones de Silvia. Son buenos chavales, aunque su aspecto sea amenazador. Yo fui en mi juventud un buen jugador de rugby y mantengo mis contactos con mi antiguo club. No fue difícil convencer a tres de estos vigorosos muchachos de venir a dar verga a semejante hembra. Bastó con enseñar la foto que ella me mandó hace unas semanas para que se decidieran. Elegí a estos chicos por su potencia, pero también por su disciplina y buena conducta. Quería que ella tuviera controlada la situación en todo momento.

Silvia dejó en paz mi maltrecha polla y se contoneó como una gata en celo entre los hombres, que la miraban complacidos.

Yo tomaré un gin tónic - pidió el medio de melé, el más pequeño, pero también el más lanzado del trío.

A mí ponme güisqui. Bourbon si hay. Doble y sin hielo - El talonador es un tipo duro.

Yo, cerveza - El más fornido de los tres, un segunda línea georgiano que está estudiando filología hispánica en Barcelona, tiene gustos muy básicos en materia de alcohol.

SIlvia fue sirviendo los pedidos procurando inclinarse para rozar con el culo a cada uno de ellos cuando entregaba la copa al de enfrente. El chiquitín de la reunión, con sus noventa quilos, no os vayáis a creer, puso una mano en cada nalga y las amasó como si fueran masas de pizza gigantescas.

Silvia se apartó con un suspiro, pero con el impulso, cayó sobre el georgiano, que aprovechó para meter su espesa barba entre las tetas de la mujer y mover su boca de un pezón al otro, poniéndolos duros como caracolas marinas.

Ella empezó a gemir de gusto y los tres se lanzaron al asalto en una melé espontánea en la que el talonador placó un muslo introduciendo tres dedos en la ranura, el segunda se apoderó de los senos y los ensalivó a conciencia, mientras el tercero hacía bailar las nalgas y abría y cerraba por momentos el tercer agujero del placer.

Yo me senté a tomar un ron, que me serví yo mismo para no distraer a la mesera.

Ella daba órdenes, empujaba, se zafaba de uno para caer en brazos del otro entre carcajadas de excitación.

Por fin se restableció el orden y el más pequeño sentó a Ingrid sobre su regazo, no sin antes sacar a relucir su larga y delgada pinga. La metió hasta el fondo sin dificultad y ella lanzó un grito de júbilo y besó apasionada al muchacho. En cinco minutos lo había vaciado y ya salía en busca del segundo. Éste, el georgiano, se mostró más apasionado. La tumbó sobre la mesa y le dio verga sin preámbulos, aunque a ella no le importó, pues venía bien dispuesta del primer envite.

No sé si aquel chaval tenía un aguante increíble o es que se corrió dos veces sin sacarla. Ingrid entró en trance orgásmico. Parecía encadenar las corridas y alternaba los jadeos con las apneas, lo que empezó a alarmarnos a los espectadores. Al fin vimos salir el grueso miembro del georgiano de la dilatada vagina de la mexicana y ella se incorporó con dificultad y anunció que necesitaba una tregua e ir al baño.

Los varones nos quedamos allí bebiendo y comentando. Les dije que tenía grabado el partido de la final de la copa mundial del 23.

Cuando Ingrid volvió, después de una ducha rápida, nos encontró comentando las jugadas, lo que no le hizo puñetera gracia. Ella era el único acontecimiento aquella noche.

¿Qué hacen, pendejos? Dejen esa mierda y vengan aquí.

Perdona, estábamos esperando… - me excusé.

Pues se acabó esa espera.

Los chicos se motivaron con la reprimenda, tomaron a Silvia entre los tres formando una maul y la tumbaron sobre la mesa.

¡Chicos, cuidado! Si la rompéis a ver cómo se lo explico a mi mujer. - me referìa a la mesa, claro.

Silvia gritó por la sorpresa, pero pronto se relajó, cuando seis poderosas manos masajearon todo su cuerpo, sin descuidar un milímetro de piel. Los penes estaban ya cargados y dispuestos para una nueva descarga.

Atendiendo a mi advertencia, colocaron los pies de Silvia en el suelo y dejaron que recostara el tronco y las tetas, exponiendo su culo. En esa posición tenía que producirse un cataclismo. Aquellas nalgas divinas recibieron las embestidas de cada muchacho. Ella gemía a cada choque y la polla del follador de turno entraba y salía del coño como el émbolo de una máquina taladradora.

Se turnaron en la tarea como un equipo coordinado, que es lo que son en realidad.

Les mandé parar media hora después, aunque Silvia protestó un poquito. Luego se resignó. Tuvimos que llevarla a la bañera y dejarla media hora más recuperándose.

La dejé en el aeropuerto medio dormida. En doce horas estaría de vuelta en Mexico y podría dormir veinticuatro, aunque seguro que su marido la estaría esperando…