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Dominaciónjun 2024

Se terminó la vainilla

Mariana siempre creyó que su vida sexual había terminado. Pero esa noche, cuando la puerta se abrió, todo cambió. No fue un encuentro, fue una revelación: el placer encontrado en la pérdida total del control.

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SE TERMINÓ LA VAINILLA.

Me presentaré primero y luego os cuento cómo cambió mi vida, sin saber por qué.

Me llamo Mariana y tengo 54 años. Mi cuerpo es normal, bueno, un poco rellenita. Mido uno sesenta y cinco y peso setenta kilos. Mis medidas serán, noventa y cinco, noventa, cien, más o menos, no voy a ir ahora a por un metro.

Estoy casada con Mariano un hombre bueno y trabajador, que ya por la edad se ha dejado un poco, el medirá uno setenta y cinco y pesa unos ciento cinco kilos.

Nuestra vida en general era anodina y vulgar. Esta, siempre fue normal, sin altibajos. Seguramente el no tener hijos la hizo aún más normal, más tranquila. Yo, la verdad estaba muy harta de esta vida, no sabía si había algo mejor o no lo había. La verdad que hablaba con mis amigas y más o menos estaban como yo. Una vida lineal nos absorbía a todas y nos tenía contentas. Nuestro desconocimiento de casi todo nos tenía contentas con nada.

La verdad es que, en el país, aunque los jóvenes tenían otra vida, nosotras seguíamos viviendo casi como nuestras madres. Los barrios eran pueblos y las ciudades un conjunto de ellos.

Nuestra vida sexual era, por decir algo, aburrida. El marido llegaba, vaciaba y tú le tenías que dar las gracias. Ahora a mis años, ya sé lo que es un orgasmo, ya se muchas cosas que empezaron ese día, ese día que Mariano llegó tarde, muy tarde, cerca de las dos de la mañana.

Os pongo al corriente.

Mariano había ido a una comida de empresa. Yo, como es natural, me quedé en casa, planchando y recogiendo un poco. Sobre las diez, ya tarde, hice la cena. A las once y media, viendo que Mariano no llegaba me dispuse a cenar. Estaba un poco preocupada, este hombre nunca había llegado tarde, pero para todo hay una primera vez, me senté en el sofá, frente al televisor a ver una telenovela. Como siempre a los pocos minutos me quedé dormida, desperté sobre las dos menos cuarto de la madrugada y aquí ya empecé a preocuparme, Mariano aún no había llegado.

Sobre las dos y cuarto iba a llamarle y la puerta de la calle se abrió. Yo me quedé tumbada en el sofá. Mariano entró tranquilo, me miró y me dijo.

• ¿qué cojones haces ahí?

• Esperarte.

• ¿Esperarme? Muy bien, te lo agradezco. Vete al cuarto desnúdate y espérame de rodillas.

• ¿Pero, qué dices, estás loco?

Tras un juramento, Mariano me cruzó la cara y me dijo que si me lo tenía que decir en inglés.

Por primera vez en mi vida, mojé, calé, mis bragas. Mariano me había puesto cachonda, como nunca, sentirme humillada y dominada, me había excitado. Lo miré y fui sumisa hacia la habitación.

Llegué y me despojé de mis ropas, la camiseta de estar por casa, el pantalón del pijama, mi sujetador y las bragas que casi podía escurrirlas. Mi sexo era una fuente y algo en mi cuerpo bullía haciéndome cosquillas. Ahí de rodillas esperando, mi sexo lloraba desconsolado, como nunca lo había hecho. La espera se hacía eterna y mi excitación crecía y crecía cada vez más.

Escuché unos pasos... mi sexo ya destilaba de tal manera que unas gotas de flujo se escurrían entre mis muslos. Los pasos se acercaban lentos. De repente, ante mí apareció Mariano completamente desnudo. Mis ojos se abrieron como platos, jamás Mariano se había desnudado antes de entrar en la cama.

Se acercó a mí y me miró a los ojos. El revés de su mano impactó en la mía.

• ¿Qué miras puta?

Yo no dije nada y bajé mi vista hasta mirar mis rodillas. Mis pezones me dolían y mi sexo seguía destilando jugos. Mariano daba vueltas a mi alrededor, me tiraba del pelo y apretaba mis pezones.

• Hoy vas a saber lo puta que eres y me vas a pedir que te rompa ese culito que nunca quisiste darme.

• ¿Pero qué dices, te has vuelto loco?

Otra vez su mano me volvió la cara. No dijo nada, me alzó la barbilla, me escupió en la cara y volvió a cruzarme la cara.

• Ponte de rodillas frente a la cama y pega bien esas tetas de zorra contra el colchón.

Yo hice lo que me dijo, pegué mis tetas al colchón y estiré mis manos. Mariano ató mis manos una a cada pata de la cama, de la misma forma desde mis rodillas, ató mis piernas a las patas de la cama. Mi sexo era una fuente y yo estaba al borde de algo que jamás había sentido, pero venía fuerte, muy fuerte. Mariano una vez me tuvo atada, me azotó con fuerza, primero una nalga y después la otra.

• Como digas algo te pongo el culo morado.

Ya no pude aguantar más y una corriente eléctrica, cruzó mi cuerpo, algo desconocido me hizo mojar el suelo bajo mi sexo. Caí rota sobre la cama. ¿qué me había pasado? ¿Qué me había dejado laxa, que era eso?

• Mira puta, mira como lo has puesto todo, en cuanto te suelte tendrás que limpiarlo con tu lengua, maldita puta.

Yo oía, pero mi cabeza era incapaz de conectar las palabras. Me relamía, mientras disfrutaba de ese placer que me había dejado totalmente rota. Joder que bueno era esto y yo lo empezaba a comprender ahora.

• Mariano suéltame hijo de puta.

Grité esperando otro azote. Noté como la mano de Mariano descargaba esta vez entre mis piernas, su dedo azotó mi clítoris y tuve que tirar de las cuerdas para sostenerme aún atada. Reía por dentro y eso que no esperaba tanto placer.

• Te voy a reventar el culo, puta.

• No tienes cojones, maricón de mierda.

Creo que eso enervó a Mariano, pues tiró con fuerza de mi pelo, a la vez que metía un dedo en mi culo. Esa caricia para nada me desagradó, es más, la recibí con agrado. Me estaba gustando como entraba y salía ese dedo, como rozaba las paredes de mi culo y como empezaba a volverme loca. Esa caricia desconocida y negada durante tanto tiempo estaba empezando a volverme loca...

Mariano me desató, tirando de mi pelo, me dio la vuelta y me empujó contra la cama. Caí de rodillas frente a él. Ató mis manos a mi espalda, me cruzó la cara, me sujetó con fuerza de mis cachetes haciendo que abriese la boca y me escupió dentro.

• Abre la boca puta, abre la, bien, si no quieres tener el culo morado una semana.

Otra vez tenía esa sensación extraña, otra vez gotas de mi flujo resbalaban entre mis piernas, otra vez estaba perra, perra, perra. Mi cabeza estaba volviéndose loca. Lo que no había vivido durante más de treinta años, lo estaba viviendo en unas pocas horas.

Mariano me miró, sujetó con fuerza mi pelo, haciéndome una coleta y me metió su polla en la boca. Pocas veces se la había chupado, no me gustaba mucho, pero esta vez no me quedaba más remedio.

La polla me entró primero hasta media boca, llenándome con su grosor y haciéndome esforzar para no clavarle los dientes. Un empujón de su pelvis me produjo la primera arcada. Arcada que hizo que un chorrito de pis escapase de mi cuerpo. Otro empujón y la polla cruzó mi garganta. Me faltaba el aire y las arcadas cada vez eran más fuertes. Cuando la polla se retiró el aire me volvió a la vida y la vida me trajo mi segundo orgasmo y aún no había sido penetrada.

• Aguanta hija de puta, aguanta.

Mariano follaba mi garganta sin compasión, las lágrimas resbalaban por mi cara y el chorrito de pis ya casi era continuo. Se salió de mi boca, mientras yo recogía el aire, prácticamente asfixiada, noté como algo caliente resbalaba por mi cara y mis pechos.

¡Me estaba meando, el cabrón se meaba sobre mí!

Aunque no os lo creáis, eso me puso a mil y abrí mi boca para recibirlo en ella, que placer, otro orgasmo, esta vez muy suave recorrió mi cuerpo.

Esa noche estaba sintiendo tal cúmulo de sorpresas que creía no podía haber nada mejor. Que equivocada estaba.

No sé de dónde sacó Mariano un dildo, un dildo gordo, muy gordo. Su mano masajeó mi culo, volvió a meterme un dedo y volvió el placer.

• Ahora verás puta, ahora verás lo que es bueno.

Echó un chorrito de algo espeso sobre el consolador gordo, lo miró y sonrió. Lo acercó a mi culo y empujó. La punta de ese monstruo casi me desvanece. Abrí mis ojos todo lo que dieron de sí y grité, grité como nunca lo había hecho.

• Hijo de puta, sácame eso.

Y no solo no lo sacó, sino que lo empujó hasta la mitad. Creía morir, mi culo me escocía y quería echar al intruso, pero el dolor no me dejaba apretar. Mariano reía y azotaba mis tetas, apretaba mis pezones y sujetaba con fuerza su polla.

Me levantó, me sentó sobre la cama, ató mis piernas como al principio y mis manos de igual manera.

De rodillas frente a mí, me miró con los ojos llenos de sangre. Apuntó su polla a mi coño y me ensartó de una sola vez. Esa gorda polla de mariano oprimida por la gorda polla de plástico, me llenaba entera, me producía un placer que jamás había sentido. Estaba llena, las paredes de mi culo y de mi coño ardían y el placer iba in crescendo cada segundo.

Yo abría la boca, me relamía, tiraba de mis sujeciones. Un tsunami recorría mi cuerpo. Mientras que tensando mi espalda y sujeta con fuerza a mis ligaduras, tuve el mayor orgasmo de esa noche, a la vez que mi cuerpo expulsaba un líquido que salpicó con fuerza el pecho de Mariano.

Mariano no paró, redobló su furia y sujeto a mis caderas me dio fuerte, muy fuerte, hasta derramarse en mí. Se tumbó sobre mí, me besó y me dijo.

• Hoy dormirás así, me voy a la otra habitación, mañana remataré la faena.

Cuando empezaba a protestar, Mariano me metió las bragas en la boca y salió apagando la luz.