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Historia de una mujer fácil - Completa (10)

VACACIONES FAMILIARES El dos de agosto Clara y Carlos aterrizaban en Madeira para pasar la primera parte de las vacaciones. Fueron días de sol, playa y fiesta nocturna. El resort era de los caros y no precisaban salir de él para tener…

Abel Santos7.6K vistas9.1· 13 votos
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VACACIONES FAMILIARES

El dos de agosto Clara y Carlos aterrizaban en Madeira para pasar la primera parte de las vacaciones. Fueron días de sol, playa y fiesta nocturna. El resort era de los caros y no precisaban salir de él para tener cuanto necesitasen. Como colofón, hicieron el amor todas y cada una de las noches.

Por ese lado, Clara se sentía pletórica. Un tiempo a solas con su prometido era lo que necesitaba para afianzar la relación entre ambos, algo deslavada en los últimos tiempos.

Por el lado opuesto, la joven sufría pensando que Carlos pudiera ser el autor del desfalco del que le acusaba Ramiro, y que pudiera acabar en la cárcel. O, en su defecto, ella en la cama del canalla del subdirector para salvar a su novio.

Si no tenía suficiente con las pretensiones sexuales de su tío político, ahora pendía sobre ella la «espada» de Ramiro. Nunca mejor dicho en este caso.

Acabada la estancia en la isla, volvieron a Barcelona y se instalaron en la casona de la familia, al lado del mar. Todos allí iban y venían a voluntad, atendidos por un séquito de sirvientes que les hacían muy cómoda la estancia.

No notaba Clara muy cómodo a Carlos, no obstante, siempre pendiente de sus conversaciones con el patriarca familiar. Tampoco le extrañaba en demasía, ya que ella misma le había pedido que no la dejara a solas con él aduciendo que estaba medio loco. Aún con esta vigilancia, tío Ramón se las ingeniaba para mantener apartes con ella siempre que podía. Durante aquellos apartes, la presionaba con el mismo argumento de siempre: o sexo o ruina.

*

Habían pasado solo tres días desde que habían llegado y el mosqueo de Carlos iba in crescendo. Las charlas a solas entre Ramón y Clara, los secretos al oído y los roces «casuales» de su tío sobre la piel de su novia —un brazo, la mejilla, el pelo tras la oreja— lo mataban.

En algunos momentos creía estar a punto de estallar, pero algunos detalles lo frenaban. La herencia, por supuesto, era uno de ellos. Pero el más crucial era la culpa que sentía por su relación con Laura. Se excusaba con que les estaba haciendo un favor a ella y a su primo Andrés. Que se trataba solo de dejarla embarazada y que todo terminaría en cuanto el predictor se mostrara positivo.

Pero aun así no se sentía en paz consigo mismo. Y esta intranquilidad le frenaba ante los obvios ataques de su tío a la mujer a la que amaba. A veces se preguntaba si Clara sería capaz de resistirse o si al final caería en la tentación. Le constaba que algunas de las mujeres que ahora tomaban el sol en las hamacas junto a la piscina ya lo habían hecho en algún momento. Y las imágenes de Clara atormentada de placer mientras su tío la embestía le ponían enfermo.

Esa noche Carlos y Clara se retiraron a dormir a una hora prudente. Hicieron el amor con delicadeza y luego se dieron la vuelta cada uno hacia su lado para entregarse al sueño.

Sobre la una de la mañana, Carlos notó movimiento en la cama. Giró la cabeza y observó a su prometida levantarse con un vaso en la mano. Hacía calor e imaginó que Clara se dirigía a la cocina a beber agua. No era la primera noche que lo hacía, así que no le dio mayor importancia.

Pasados quince minutos, comenzó a intranquilizarse. Bajar hasta la cocina, beber agua y volver a subir con el vaso lleno no debería haberle llevado más de cinco.

Se levantó de un salto y se calzó las zapatillas. Luego lo pensó mejor y se las quitó. Las suela de sus chanclas producían chasquidos al andar sobre el mármol del ensolado y no era momento para ello.

Salió de su habitación y se asomó por la barandilla de la escalera que daba a la planta baja. La cocina se hallaba a oscuras. Un ataque de pánico empezó a subirle por las piernas. De forma inconsciente, miró hacia arriba de las escaleras y observó una débil claridad proveniente de la buhardilla.

Decidió subir a pesar del vértigo en su estómago, cuando una voz proveniente de la planta inferior le retuvo. Era la voz de Ramón, identificable aunque hablaba en susurros. Otra voz, femenina esta vez, le daba la réplica a los comentarios del viejo.

Con paso vacilante volvió a acercarse a la barandilla. Una arcada intentaba subir desde su estómago hacia la garganta. Sostuvo la respiración y asomó la cabeza despacio para espiar la escena que se producía bajo sus pies.

Tío Ramón cuchicheaba con Sofía, su hermana. El suspiro de alivio podría haberse oído en toda la casa si no lo hubiera sujetado. Aguzó el oído para captar la conversación de la extraña pareja a la una y media de la mañana.

—No insistas, Sofía, tengo que irme…

—Pero tito, ¿por qué? —respondía ella como una niña buena—. Te prometo que si te quedas te haré eso que tanto te gusta…

El pasmo de Carlos no le cabía en el rostro. ¿Sofía era una de las chicas de la casa que se acostaban con Ramón? ¿Su hermana del alma, a la que él veía virginal a pesar de que su actual novio era ya el tercero de su vida? No se lo podía creer. Pero si hasta Sofía había caído, ¿qué podía esperar de Clara? El pánico volvió a imponerse sobre el estupor.

—¿Y cuando vas a volver? —se interesaba ella ante las negativas de Ramón.

—No lo sé, pero no antes de dos semanas, cielo. Tengo ciertos asuntos de negocios que no pueden esperar. Pero te prometo que cuando vuelva dejaré que me mimes.

—Ay, tío, gracias… —respondía Sofía entregada y a Carlos el estómago volvía a retorcérsele—. ¿Tú sabes cuánto te quiero, verdad? Nadie te quiere más que yo…

«Sí, le quieres mucho —pensó Carlos—, pero mucho más a su dinero, jodida puta». Su hermana acababa de caerse del altar en el que la tenía y eso le dolía por dentro. Tanto o más que si se hubiera tratado de… ¡Joder, se había olvidado de Clara!

Si su novia no estaba en la cocina, ¿dónde puñetas estaba? ¿Acaso iba a irse con el cerdo de Ramón? Su tío acababa de comentar que se iría al menos dos semanas. Eso le aliviaba. Porque su estancia en la casona con Clara acabaría antes de ese plazo y eso significaba que podría relajarse al saberle lejos del alcance de su novia. Pero si ella se iba con el puñetero viejo, su vida se derrumbaría.

Imposible, se decía. Una huida semejante sería una barbaridad. Clara no se prestaría a ello. Se escurrió hacia atrás para apartarse de la barandilla y se tropezó con alguien a su espalda.

—Ay, Carlos, cuidado… me has pisado…

Clara se hallaba detrás de él con un vaso de agua a medias. Carlos suspiró como si acabasen de salvarle la vida.

—Perdona, cielo… —se excusó sujetándola del brazo para que no trastabillara y luego la abrazó—. ¿Pero dónde estabas, amor? He estado buscándote y no te encontraba. Pensé que te había pasado algo.

—Por dios, no… —susurró Clara con el mismo siseo que había utilizado él—. Es que no podía dormir y he pensado subir a la buhardilla.

Carlos elevó la vista y observó la claridad que provenía del santuario de su tío.

—¿La luz de arriba la has encendido tú?

—Sí, he pensado en leer un rato, ¿te importa?

—¿Quieres que te acompañe?

—Oh, no, no… —respondió Clara acelerada—. No hace falta. Además, se te ve adormilado. Acuéstate y duerme, cielo, yo vuelvo en un rato.

*

Tras convencer a su novio de que era mejor que se metiera en la cama, Clara subió a paso lento y silencioso hacia la planta superior. Entre sus manos llevaba el móvil que acababa de coger de su habitación mientras Carlos espiaba alguna conversación en la planta baja. No había visto quienes eran los que hablaban, pero debía de tratarse de una charla interesante porque su prometido parecía obnubilado al escucharla. Se prometió preguntarle por la mañana.

Empujó la puerta de la buhardilla y observó la escena que acababa de dejar minutos atrás. Apenas había habido variación en ella desde que se ausentara para coger el móvil y grabarla.

Poco antes, cuando subía desde la cocina hacia su habitación, había continuado la escalada hasta la buhardilla al observar claridad en ella. Imaginaba que tío Ramón se encontraría allí, enfrascado en alguna lectura o navegando por Internet. A pesar de no parecerlo, el patriarca era muy aficionado a las redes sociales y a chatear con desconocidas. Él mismo se lo había comentado en alguna ocasión mientras tonteaba con ella al borde de la piscina.

Necesitaba verle a solas para pedirle más tiempo. Ramón le había insistido en que no había tiempo, que era ahora o nunca. Que «o se bajaba las bragas y se dejaba follar —las palabras eran literales— o la herencia de Carlos se evaporaría». Clara se comía las uñas dándole vueltas al asunto hora tras hora. A punto estaba de claudicar, pero necesitaba pensarlo unos días más. Tal vez para buscar una mejor ocasión y que Carlos no pudiera darse cuenta de lo que pasaba. Aquella casona era muy indiscreta y al final todo lo que ocurría en ella se terminaba por saber.

Y al empujar la puerta entornada de la buhardilla, el término «casona indiscreta» le pareció más que evidente. Porque quienes se hallaban allí a aquella hora de la madrugada no eran tío Ramón y sus chats. Se trataba de Rocío, esposa de Juan, y Berto, novio de Sofía.

«¡Joder! —había exclamado para sí—. ¿Qué coños hacen estos dos aquí tonteando a estas horas como adolescentes?».

La escena era exactamente eso: un coqueteo impúdico entre dos adultos, ambos con pareja. Las miradas libidinosas, aunque tímidas, los delataban. Pero mucho más la conversación subida de tono que se traían.

Lo que no sabía Clara era que la conversación había comenzado de la manera más ingenua. Habían empezado hablando de música. De ahí pasaron a cine, series, libros y temas de más o menos actualidad. Solo a medida que iban apurando vasos de alcohol, que Berto rellenaba generosamente, se fueron atreviendo a hablar de picardías. Y las picardías habían subido de nivel a un ritmo exponencial.

Los primos políticos se hallaban sentados en dos de los sillones del rincón al fondo de la buhardilla. La litera que había visto Clara en la primera visita al lugar no se hallaba desplegada. El hombre y la mujer no se encontraban uno al lado del otro, sino que se ubicaban frente a frente, ocupando cada cual uno de los brazos de la «L» del sillón. La claridad que la había atraído provenía de la lámpara en una mesita adyacente al brazo donde se acomodaba Rocío.

Clara se descalzó y entró a hurtadillas en la gran sala. La oscuridad del lado más cercano a la ventana y opuesto al rincón del sofá la protegía. Llegó hasta la mesa de escritorio de tío Ramón y se arrodilló tras ella. Disponía de una buena vista del escenario. Se imaginó en un teatro asistiendo a una obra picante y la piel se le erizó. Sacó el móvil del bolsillo del pijama y comenzó a grabar.

*

—Entonces de follar, ni hablamos… —dijo Berto. Hablaban a media voz, pero no en susurros.

Parecían no tener miedo de que alguien los sorprendiese. En cualquier caso la escena, de momento, aparte de las palabras, no podía ser de lo más púdica.

—Joder que perra te ha entrado con lo de follar —replicó ella con la sonrisa pintada en su rostro—. ¿Qué pasa? ¿Sofía no te tiene bien atendido?

—¿Por qué hablas de Sofía? Yo no la veo por aquí.

Rocío rió bajito.

—Además, tú y yo somos primos o algo así. Un polvo entre nosotros sería algún tipo de incesto, ¿no crees?

—Jajaja… Menuda novedad. Y me dices eso en una casa en la que todos follan con todas.

—¿Ah, sí? —replicó ella—. ¿Y tú con quien follas?

—De momento con nadie… —Berto no se arredró—. Pero si tú me dejaras te iba a comer viva.

—Vamos, venga, Bertito, que nos conocemos hace años… Eso tú se lo dices a todas.

Berto rió y Rocío se cruzó de piernas.

A Clara la frase de Rocío no le pareció muy exacta. «¿Eso se lo dices a todas?». Anda ya… El novio de Sofía era lo menos parecido a un seductor. Alto, sí, pero desgarbado. Tirando a feo, también, y con patentes síntomas de alopecia galopante. Lo único que destacaba en él era su sonrisa y sus ojos pícaros, cargados de deseo, pero que a Clara le parecían deseos incumplidos. Más ganas que otra cosa.

—Bueno, vale, pues no me dejes follarte, ¿pero ni siquiera una mamada?

—¿Una mamada? —rió Rocío—. Una mamada equivale a medio polvo, ¿no? Eso sigue siendo mucho, Bertito…

—Joder, Rocío, que dura te pones…

—¿Me pongo… o te la pongo?

El juego de palabras de la mujer estaba poniendo caliente no solo a Berto, sino también a Clara, quien se apretaba la vulva sobre el pijama sin dejar de grabar.

—También, también… Me la pones como una piedra, jodía… y lo sabes…

—Bueno —replicó ella—. ¿Y por qué tenemos que ser siempre las mujeres las que nos pongamos de rodillas? ¿Por qué no me lo comes tú a mí?

Y se echó a reír de nuevo.

—No me tientes, no me tientes…

—A ver… —provocó ella—. ¿Por qué no me enseñas el material…?

—¿Qué…? —se atragantó Berto. Parecía que la cosa, aunque poco a poco, avanzaba.

Se bajó el pantalón del chándal con el que se movía por la casa y su verga asomó orgullosa y mirando al techo. Lo bajó un poco más y los huevos quedaron al descubierto.

—Aquí está… ¿Qué te parece?

—No está nada mal… —rió la mujer.

—¿Cómo la ves? ¿A ti te parece pequeña?

—Uy, no, para nada, a mí me parece estupenda. Incluso grande…

—Pues Sofía se empeña en decir que le parece normalita, tirando a pequeña.

Rocío sonrió para sí. No le extrañaba que Sofía pensara eso de la polla de su novio. Acostumbrada a la polla de Ramón, gruesa y larga como la de un caballo, cualquier polla le parecería de juguete.

—Venga, es tu turno. Enséñame tu chochete…

—Vale… tachán, tachán…

Rocío se descruzó de piernas, se subió la falda y separó los muslos. Berto se quedó perplejo, pero desilusionado.

—Joder, eso es trampa —se quejó—. Con bragas no vale. Y además son bragas de abuela…

Rocío no respondió. Metió los pulgares bajo el elástico y de un tirón se deshizo de las bragas con un femenino arqueo de caderas.

—¿Y ahora? —picó al hombre—. ¿Te gusta más así?

—Joder, me encanta… —respondió Berto babeando—. Y lo tienes depilado, con lo que a mí me gustan los coñitos tipo Barbie.

Rocío rió y volvió a cerrar las piernas.

—Joder, no me dejes así… —protestó el hombre—. ¿Me dejas verlo más de cerca? Desde aquí son todo sombras.

Rocío levantó el dedo índice y le hizo un gesto con él para que se acercara. Berto no se hizo esperar. Dio un salto y se sentó junto a ella.

Rocío volvió a abrir las piernas. Berto volvió a babear.

—¿Puedo… tocarte…?

—Puedes… —respondió la mujer con mirada lobuna.

Berto posó su mano en la cara interior del muslo más cercano y empezó a acariciarlo, subiéndola hasta llegar a la ingle.

—Joder, chica, que muslos tan suaves… ¿Cómo los consigues?

—Trucos de mujer… —respondió ella con un guiño.

Un dedo de la mano sobre el muslo se alejó del resto y se posó tímido sobre la hendidura de Rocío. Berto esperaba algún tipo de interrupción por parte de su prima, pero un suspiro quedo de la mujer le convenció de que no sería así. El dedo se envalentonó y empezó a recorrer la hendidura en ambas direcciones. Cuando llegaba a la zona superior, removía el clítoris trazando círculos sobre él.

—Pero, Rocío, tú no te quedes quieta… —le dijo Berto—. Puedes tocar mi colita si quieres…

Ella le hizo caso y agarró la polla de Berto con suavidad. Tiró de la piel hacia abajo y acarició el glande con el dedo pulgar. Luego empezó a mover la mano y pajeó al hombre lentamente.

—Ay, hijo, despacio… —se quejó ella cuando el atrevimiento de Berto subió de nivel—. Todavía no, no ves que no estoy lubricada, si me metes el dedo me vas a hacer daño.

—Uy, perdona… —replicó el hombre y acercó su cara a la de ella—. ¿Puedo… puedo besarte…?

—Debes, Berto, debes…

El hombre sacó su lengua y lamió lentamente los labios de Rocío. Luego se los abrió y entró en su boca con mimo, sin querer ofender. Ella la abrió con un jadeo y le dejó entrar.

Morrearon durante un par de minutos. En ese momento, Berto se decidió a explorar de nuevo. El dedo índice entró en la vagina de la mujer y esta abrió más las piernas para recibirlo.

—Lo ves… —dijo ella—. Ahora está mojadito, ahora sí puedes meterlo. Mete otro si quieres y muévelos. Quiero sentirlos dentro.

Berto no se hizo esperar y la escena se convirtió en un sinfín de jadeos, gemidos y ronroneos.

Clara, desde su posición, no podía evitar que las braguitas se le empaparan. No obstante, se mantuvo fiel a sus intereses y priorizó la grabación a su deseo.

Tras unos instantes de magreo mutuo, el hombre se echó hacia atrás. De la forma más lenta que pudo, tomó a Rocío por el pelo e intentó bajarle la cabeza hacia su polla. La mujer supo lo que pretendía y se zafó de él.

—No, querido, de mamar nada…

—Pero, Rocío, ¿por qué no? Tú me la mamas un poquito y luego te como el chochete yo también. Y así los dos en la gloria.

—Que no, Berto, que te he dicho que no… Que a saber cuándo te la has lavado por última vez y a qué sabrá esa polla guarra. ¡Menudo asco!

—¿Lavarme? Pero si estoy hecho un pincel. Me he duchado antes de comer y luego he pasado toda la tarde en la piscina. La tengo brillante, cariño, te lo juro… Anda, chupa un poquito, aunque solo sea la puntita, mujer…

—Mira Berto, creo que te has pasado…

Rocío se separó de su primo y se puso en pie. El hombre la miraba desolado.

—Tengo que irme, es muy tarde —dijo ella.

Berto se levantó a su vez, desesperado por la huida de la mujer que le había puesto a más de cien.

—Por dios, no me dejes así… —le espetó tomándola de las manos.

—Lo siento, Berto, pero si no vuelvo pronto, Juan se puede mosquear.

—Espera, mira… —le rogó Berto—. Echamos un polvo rápido y luego te vas. Te prometo que no son más de cinco minutos.

Rocío pareció pensarlo.

—Perdona, pero no puede ser… —dijo antes de ponerse las bragas, ajustarse la falda y la blusa por donde le asomaban los erectos pezones, y de dirigirse hacia la puerta.

—Hasta mañana… —sentenció al salir.

Tras desaparecer Rocío, Berto se sentó en el sofá y se llevó las manos a la cara, no sin antes darle varios puñetazos a uno de los cojines. Luego, se bajó el elástico del pantalón y los bóxer y, sacando la verga dura como una piedra, empezó a pajearla.

*

Clara le miraba atónita desde su posición tras la mesa sin mover un músculo. Había dejado de grabar, pero no se atrevía a moverse. No sabría dónde meterse si Berto la descubría y se daba cuenta de que les había estado espiando. Sentía las piernas entumecidas por estar agachada, así que cambió de postura y permaneció inmóvil. Debía reconocer que la paja de Berto la estaba calentando aún más, pero salir del escondite y agarrar aquella polla no hubiera sido políticamente correcto.

No habían pasado ni tres minutos cuando la puerta de la buhardilla volvió a abrirse. Rocío se movió como un ciclón y se plantó ante Berto. Éste se levantó sin esconder su erección y abrazó a Rocío.

—Mi marido ronca como un bendito, tenemos tiempo para lo que quieras…

Sonreía excitada.

—¿Follamos? —preguntó él.

—Vale… —replicó ella—. Si quieres follarme, fóllame… pero…

—¿Pero… qué? —se estremeció Berto. Esperaba nuevos impedimentos.

—Necesitamos un condón, ¿tienes tú?

—¿Yo…? —elevó sus manos vacías—. No, yo no he traído… ¿Cómo iba a imaginar que acabaríamos follando esta noche?

—Pues vaya faena… —se lamentó Rocío mordisqueándose la uña de un pulgar—. Estoy en un descanso de la píldora, así que no sé…

—¿Tendrá tu tío? —se preguntó Berto pensando en voz alta—. Se supone que es aquí donde se folla a sus amantes, ¿no?

—Sí, es posible —respondió Rocío con ansiedad contenida—. Voy a mirar.

La mujer se dirigió hacia el escritorio. Clara, con el móvil de nuevo a pleno rendimiento, se escurrió bajo la abertura central de la mesa, muy profunda y cubierta por el extremo exterior.

Rocío rebuscó en los cajones y, en pocos intentos, levantó una mano triunfal.

—¡Aquí están!

—¡Joder, genial!

Rocío se acercó a Berto, al tiempo que rasgaba con los dientes uno de los sobres que acababa de coger del cajón. El hombre se acercó a ella y le entregó la verga para que le colocara el condón. Una vez colocado, la mujer le acarició los huevos con ternura. Berto aprovechó para morrearla, lo que ella recibió con gusto.

—¿Cómo nos ponemos? —preguntó Rocío cuando Berto le liberó la boca.

—¿Cómo te apetece a ti? ¿Arriba o abajo?

—A mí me da igual… Con tal de que me eches un buen polvo me puedo poner como tú quieras.

—Pues no lo hagamos más difícil, ponte boca arriba con la cabeza en el brazo del sillón y yo me pongo encima.

—Vale…

Rocío se liberó de la falda y de las bragas, se extendió en el sillón todo lo larga que era y se abrió de piernas. Las tetas le asomaban por el escote de la blusa.

—Ven… campeón… —le dijo con un movimiento de manos.

Berto se pajeaba para que la erección no aflojara mientras se acercaba a ella. Se colocó entre sus piernas, apuntó la verga entre sus labios hinchados y de un empujón la penetró hasta los huevos.

Rocío emitió un suspiro de satisfacción y sonrió agradecida.

—¿Está mojadito mi coño? —preguntó jadeando por las embestidas de Berto.

—Está genial, en su punto… —respondía Berto lamiéndole los labios mientras la culeaba—. ¿Y mi polla? ¿Está lo suficiente dura para ti?

—Oh, sí… —respondía ella suspirando—. Está maravillosa… como una piedra, como a mí me gusta.

—¿La sientes bien?

—Como una delicia… —volvía a jadear—. Me toca algo ahí dentro que me mata de gusto.

Parecía un polvo radiado, lo que provocaba unas enormes ganas de reír a Clara. La grabación iba a ser épica.

Durante un par de minutos los amantes callaron. En ese tiempo solo se oía el chapoteo de sus bocas al comerse vivos y el «plas-plas» de los huevos de Berto cada vez que su polla tocaba fondo en el interior de la mujer.

—Una cosa… —dijo Berto tras el largo silencio—. ¿Tú has follado con Ramón?

Rocío emitió una risita entre suspiros.

—¿Qué pasa, Bertito? —respondió con otra pregunta—. ¿Estás celoso?

—Celoso, no… Celoso debería estarlo tu maridito…

—Ya te digo…

—¿No me vas a responder? —insistió Berto.

—¿Por qué no me preguntas mejor si Ramón se ha follado a tu novia?

Berto dio un respingo y detuvo las embestidas. Luego se lo pensó mejor y siguió embistiendo, con el quejido sonoro de la mujer.

—No te pares, anda… que solo era broma…

—Dime la verdad… ¿Ramón se ha follado a Sofía?

—Ay, Berto, y yo qué sé…

—Ya, tú sabes más de lo que parece…

Rocío rió bajito y le dio un azote en el culo.

—Venga, guapo, tú folla y calla, que ya me viene…

Berto se limitó a hacer lo que le pedía. Al cabo de unos instantes, empezó a jadear ruidosamente.

—Oye, Berto, ¿no te irás a correr tan pronto? —se lamentó ella.

—¿No decías que tú estabas a punto?

—No, ni de coña… aguanta un poco, hombre, que me vas a dejar a medias…

—Vale, aguanto, pero tú concéntrate y apura, no me vaya a correr sin querer.

—Pues cómeme las tetas, eso me acelera el orgasmo.

Berto le abrió la blusa y le extrajo las tetas al exterior en su totalidad. Las chupeteó con la verga fuera de la vagina de Rocío. Ésta empezó a gemir más fuerte y el hombre supuso que se acercaba su momento. Volvió a empotrarla y los jadeos de la mujer se intensificaron.

Rocío se abrazaba al cuello de Berto y le mordía la camiseta para no gritar. Tenía los ojos apretados y parecía querer estrangular a su amante. Berto la agarraba de las nalgas y la cabalgaba enloquecido. Sabía que ella estaba a punto y él se dejó ir para derramarse dentro de ella.

Y entonces la voz del hombre les cortó el clímax en seco.

*

Clara esperaba aquella aparición en escena desde hacía unos minutos. Había comenzado con una sombra que se movía en un hueco oscuro en el lado opuesto a su posición.

Al principio la presencia la aterrorizó. Después, el terror se convirtió en pánico puro. Aquella sombra pertenecía a Juan, marido de Rocío. Le había reconocido a pesar de la oscuridad por su ridículo bañador de leopardo —más un tanga que otra cosa— y su camiseta blanca con una inscripción igual de ridícula.

Clara pensó que iba a desmayarse. Allí se iba a armar la marimorena de un momento a otro. Para su sorpresa, Juan había permanecido quieto en su posición y… ¡Joder! ¡Se estaba masturbando mientras miraba como Berto se follaba a su mujer!

Mientras los amantes radiaban el polvo, él no dejaba de mover su mano de adelante atrás y Clara podía adivinar, aunque no ver, cómo babeaba el mirón. Porque no cabía ninguna otra posibilidad. El primo de su novio estaba gozando de la escena. ¿Sería lo que se denominaba un «cornudo consentido»? Vete a saber, no era ella experta en esas lides. Pero en aquella familia cabía de todo.

Cuando los amantes demostraron que iban a llegar al clímax, Juan se había movido hacia ellos, se había plantado a sus pies y entonces habló para cortarles el orgasmo.

—¡Alto, tío! —dijo y Berto dio un bote, saliéndose de Rocío—. Échate a un lado y deja que me termine a mi mujer.

Clara odió la expresión del machirulo: ¿«que me termine a mi mujer»? ¿Qué coño era su mujer para él? ¿Un objeto a medio hacer al que él tenía que «terminar»?

Berto se puso en pie de un salto y se alejó de Juan. Se temía que la primera hostia le llegara por la espalda.

Muy al contrario, el tipo se metió entre las piernas de su mujer y la tiró del pelo. La cara de Rocío estaba desfigurada por el placer inalcanzado. Se comportaba como un muñeco al que se le podía hacer lo que se quisiera. Y Juan le propinó una bofetada y comenzó a follarla como un depravado. Ella se dejaba hacer y le sonreía con una mueca.

Clara sumó dos más dos. La interrupción de un rato antes no había sido casual. Estaba segura. ¡La escena la habían preparado entre el marido y la mujer! La salida de Rocío había sido para avisar a Juan de que había conseguido un pardillo y que lo tenía medio cocinado. Después había vuelto y con expresión de inocente calentura, se había «dejado meter la polla para deleite de Berto», cuando quien más iba a disfrutar era su propio hombre.

Clara no perdía detalle con su móvil y se hizo un resumen mental de la situación:

Juan cabalgaba a su mujer de una forma salvaje.

Rocío daba muestras de irse a correr de un momento a otro, aunque hacía esfuerzos por resistir. Quería que su marido la acompañara para tocar el cielo al unísono.

Berto se tapaba las vergüenzas y miraba a la pareja con ojos alucinados.

—Pero, tío —le dijo Juan a Berto al verle tan acongojado—. ¿Qué haces ahí parado? Arrodíllate y fóllale la boca a mi mujer, so capullo…

Rocío miró a Juan y le negó con la cabeza. Se hallaba intimidada por la falta de vergüenza de su marido. Por complacerle había llegado hasta el punto que él quería, pero que se la follaran a dos, siendo uno de ellos un extraño, la desagradaba sobremanera.

—¡Vamos, coño, que no muerde! —azuzó Juan.

Berto se acercó y se arrodilló junto a la cara de Rocío. Acercó su polla, a medio erguir, a la boca de la mujer y ésta apretó los labios para que no se la metiera.

Juan agarró del pelo a su mujer y, de un fuerte tirón, la colocó en la posición más propicia para Berto. A continuación, la obligó a abrir la boca con un pulgar. Berto no se hizo de rogar, la empaló con su verga y, perdido el temor, comenzó a follarle la boca a la mujer sin ningún pudor.

Rocío tosía y sufría arcadas mientras Berto la follaba sin piedad, tirándole del pelo para que no escabullera la boca. El marido de Rocío reía a carcajadas.

—¡Así, tío, muy bien! —le arengaba Juan a su primo político—. Fóllate bien a esta puta, que parece remilgada pero es una zorra de primera.

Clara no sabía dónde meterse. Si hasta ahora había disfrutado de la sesión, ahora le parecía vomitiva.

Berto llegó al punto de no retorno y se apartó de la mujer. Rocío aprovechó la liberación para respirar profundo y toser.

—¿Qué te pasa, tío? —resopló Juan sin dejar de culear—. ¿La vas a dejar así a medias?

—No, Juan, es que… —se excusó Berto—. Estoy a punto de correrme… me voy al baño y allí lo echo.

—Y una mierda en el baño, joder… —le respondió el machirulo—. Échaselo en la jeta, no ves que lo está pidiendo.

Muy deseándolo no parecía estar Rocío, porque movía la cabeza hacia los lados negando lo que se veía venir.

—No, joder, Juan… —arengó Rocío a su marido—. Eso no. Habíamos quedado que en la cara ni hablar. Que se corra en mis tetas y va que se mata…

—¡Y una polla! —le respondió él—. Yo no te prometí nada. Vamos, tío, llénale la cara de lefa a esta zorra.

Berto ya no podía más y, arrodillándose, comenzó a soltar chorros de semen sobre la cara de Rocío, quien no podía zafarse de la presa que su marido la había realizado agarrándola por el pelo de nuevo.

El resto de la función ocurrió como un cúmulo de acontecimientos que se superponen. Juan empezó a correrse dentro de su mujer con un gruñido sordo. Por suerte se había colocado un condón antes de penetrarla, pensaba ella mientras le agarraba del pelo y tiraba de él cuando el orgasmo la alcanzó de pleno. Por otro lado, había abierto la boca al jadear muerta de gusto y Berto aprovechaba para lanzarle chorros de leche sobre la lengua gruñendo a su vez como una vulgar imitación de su primo político.

*

Cuando Rocío se vio liberada, cogió una papelera y escupió todo el semen que no había podido tragar. Los dos hombres la miraban riendo, especialmente su marido que la jaleaba impúdicamente.

—Así me gusta, putita, échalo todo… jajaja

Rocío le miró sin un gesto por un par de segundos. Al tercero, le sonrió con una mueca de enfado fingido.

—Cabronazo… —le gruñó.

Clara no salía de su asombro, aunque se había perdido esa última imagen al pensar que ya era hora de parar la grabación.

Una vez los tres amantes recobraron el resuello, Juan fue el primero en desaparecer de escena.

—Me voy a la cama, cielo —le dijo a Rocío con voz amorosa—. No tardes mucho, ¿vale?

—Vale, cariño —le respondió ella.

*

Berto, sentado en el suelo no salía de su asombro. ¿Era verdad lo que acababa de vivir, o era solo un sueño? Daba igual, porque aquella historia no iba a salir de allí. Nadie le iba a creer si la contaba, por lo que nunca lo haría.

Rocío se irguió en el sofá y con las manos intentaba limpiarse los goterones de lefa de Berto.

—Joder, Berto, mira que eres asqueroso… —se quejó al hombre sentado en el suelo y con cara de pasmo.

—Lo siento, Rocío, te lo juro…

—Ya, mucho «lo siento, lo siento», pero me has pringado la cara y la blusa. Y la leche no se quita fácilmente de la ropa.

Por fin Berto pareció reaccionar.

—Espera un segundo —dijo, y salió corriendo hacia el baño.

Cuando volvió llevaba en las manos una toalla humedecida que le entregó a su prima política. Ella se limpió con esmero, se arregló el pelo y la ropa y se sentó en el sofá, cruzando las piernas como si allí no hubiera pasado nada.

Berto, entretanto, tras colocarse los bóxer y el pantalón se sentaba a su lado.

Rocío le sonrió.

—¿Te lo has pasado bien?

—Ufff… de puta madre… —bufó el hombre relajado. Parecía que su prima no estaba enfadada—. ¿Hacéis esto a menudo?

—¿Hacer… qué…? —respondió ella con otra pegunta.

—Pues… esto… —replicó él no muy convencido—. Lo de follar con otros…

—Oh, no… —dijo ella con su sonrisa pícara—. Esto ha salido así, sin prepararlo…

Berto no se lo tragó, pero hizo como si lo hubiera hecho.

—Vaya… —suspiró echándose hacia atrás en el sillón—. ¡Qué pasada!

Ella soltó una carcajada.

—¿Y lo de comerte mi polla y la lefa? —Berto quiso indagar un poco más—. ¿Eso de que te da asco es de veras o es también fingido?

—¡Que va…! —refunfuñó Rocío—. Eso es de verdad. Puaggg… ¡Qué mierda echáis por el pito los tíos, joder…! Lo que pasa es que al cerdo de Juan le gusta hacerme sufrir y verme la cara pringosa.

Volvió a reír ella, pero Berto se quedó pensativo.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó—. ¿Te vas a dormir con Juan como si no hubiera pasado nada? Y mañana en el desayuno… ¿hablaremos del tiempo como siempre?

—¿Es que ha pasado algo?

—No sé… yo creo que sí…

—Pues vale, mañana se lo cuentas a Sofía y nos reímos todos un rato en la piscina.

Berto se calló. La mujer tenía razón. Allí no había pasado nada porque a ninguno de los tres les beneficiaba que se supiera.

Clara, por su parte, sonreía para sus adentros. Aquellos dos idiotas habían abierto un melón que a Berto le estaba costando tragar. Y no quería ni pensar cómo se le atragantaría saber que Sofía era la sumisa de su tío. Familia de locos…

—Oye, Berto, una cosa… —dijo Rocío tras un paréntesis.

—Dime…

—¿Se te han vaciado los huevos?

Berto tragó saliva.

—Más o menos, aunque se me rellenan rápido, no creas… —respondió—. ¿Por qué lo preguntas?

—No sé… —dijo ella—. He pensado que a lo mejor te apetecería echarme otro polvo.

El primo de la mujer se removió en el asiento.

—A ver… —replicó con cautela—. ¿Qué pasaría con Juan? ¿Volvería a interrumpir de nuevo?

Rocío rió bajito.

—Oh, no, ni hablar… —respondió con rapidez—. Ese tonto una vez que descarga se queda dormido y ya no molesta más. En estos momentos estará ya roncando como un bendito hasta la hora del desayuno.

—Vale, entonces… —aceptó Berto—. Por mí, si quieres, follamos otro poco…

Rocío se puso en pie y comenzó a desabrocharse la falda.

—De acuerdo, coge otro condón… Están en el cajón central de la mesa.

Clara dejó de grabar mientras los dos tortolitos se magreaban y se comían la boca sentados en el sofá a la búsqueda de la temperatura adecuada para volver a empezar. Luego se levantó, gateó hasta la salida y se perdió escaleras abajo. No le apetecía quedarse allí ni un minuto más. Ya había tenido suficiente sexo por esa noche.

*

Una vez en la cama, Clara se volvía para un lado y para el otro sin poder dormirse. Las imágenes que acababa de presenciar la martirizaban y no la permitían conciliar el sueño.

Eran las tres de la mañana y al día siguiente habían programado una excursión. Necesitaba dormir si no quería amargarles la jornada a sus familiares.

Se había resistido a tocarse, pero al final tuvo que claudicar. Se acercó a su novio, que dormía de espaldas a ella, respiró su aroma y se metió una mano bajo las bragas. Cuando un minuto más tarde se corría, se abrazó a él fantaseando que era Juan el que la follaba sin piedad.

¿Por qué Juan?, se preguntaría después. Aquel capullo se había comportado como un hijo de puta con su propia esposa. Debería odiar al muy asqueroso. Y, aun así, era él quien la ponía caliente como a una cerda en su fantasía. No podía evitar saltar sobre la cama recordando cómo el canalla sujetaba la cabeza de Rocío para que Berto pudiera correrse sobre ella, pringándola como a un trapo viejo y haciéndola tragar el semen entre tremendas arcadas.

Una vez se hubo corrido, tardó solo unos segundos en quedarse dormida. La frase que se dibujó en su mente un instante antes de caer en el sueño fue: «¡puñetera familia de pervertidos!».

*

Dos días más tarde toda la familia coincidió en la piscina. Solo había una excepción: tío Ramón. Éste había desaparecido y, como le había oído comentar Carlos, no había vuelto y nadie le esperaba hasta varios días más tarde. Esta ausencia había distendido el ambiente, haciéndolo más respirable. Con el patriarca presente, reinaba en el lugar una atmósfera de contención que parecía invadir las miradas, las conversaciones; toda la vida, en fin, de la casa.

Clara observaba a la familia de su prometido desde su tumbona en una esquina de la piscina. Todos pasaban de un lado a otro, se bañaban, bebían un refresco o una cerveza y jugaban a algún juego estúpido con las palas de la playa o con un balón de plástico inflable.

«Como si se tratara de una familia normal», pensaba Clara. Pero ella sabía que aquella familia tenía muy poco de normal, al menos en lo relativo al sexo. La frase de Berto la noche de la buhardilla parecía resumirlo a la perfección: «en esta familia todos follan con todas».

Para empezar, su prometido. Carlos se beneficiaba a Laura, casada con su primo Andrés. Él estaba convencido de que lo hacía para ayudarla a quedarse embarazada. Pero ella tomaba la píldora, así que debía de tratarse de otra cosa. No sabía, tal vez la ponía cachonda la picha de su primo político o, quizá, le encantaba ponerle los cuernos a su marido y, de paso, a la misma Clara.

Por otro lado, estaba Rocío. La muy zorra «había» sido la amante de Ramón. Lo de hablar en pasado era porque así lo había mencionado Sofía, pero a saber si no lo era aún. Además, Rocío se estaba follando a Berto, prometido de Sofía. Y ahora pensaba en presente continuo —«se estaba follando»— porque lo que observó en la buhardilla no se había quedado en el polvo de una noche. Después de aquella sesión, Clara los había vuelto a sorprender en el coche de ella —una vez—, y en uno de los baños de la casa —dos veces—. Aquellos tortolitos le habían cogido el puntito al asunto de follarse el uno al otro.

¿Y qué decir de Sofía? La muy guarra era la sumisa de Ramón. Quien, a su vez, se había follado durante un tiempo —al menos— a Rocío y que ahora se follaba a Sofía y parecía querer cambiarla por ella misma, Clara. ¿Se habría follado también a Laura, la única de la que no sabía nada? Seguramente, pensó. Tío Ramón debía de haberse pasado por la piedra a todas las mujeres de la familia —incluyendo a Aurora, su propia esposa— y Clara sería la única que le faltaba para completar la colección.

Seguía reflexionando y se centraba en sí misma. Hasta la fecha solo le había dado unas lengüetadas a la polla de tío Ramón y le había hecho una mamada en condiciones a Andrés. Y éste pretendía repetir, seguramente deseando convertirla en una habitual entre las que se ponían de rodillas ante él. Y, por cierto, ¿qué coño le pasaba con Juan, el marido de Rocío? Desde que le había visto follarse a su propia mujer con aquella violencia que al principio le revolvió el estómago, le había cogido tal adicción que no podía masturbarse sin pensar en él. Incluso cuando hacía el amor con Carlos, tenía que refrenarse para no gritarle «dame, Juan, dame» en el momento del orgasmo.

Menuda familia de adictos al sexo, se decía. Y ella soñando con entrar a formar parte de ella. Hasta la misma Aurora, esposa de Ramón, era probable que se hubiera tirado a alguno de los hombres jóvenes del cuadro. Puestos a sospechar, sospechaba de Berto, porque le asqueaba pensar que lo hubiera hecho con sus hijos, Andrés y Juan, o con su sobrino Carlos.

Y, para finalizar, no podía olvidarse de Ramón, para su desgracia. El viejo asqueroso la presionaba con un miserable chantaje para echarle el «polvo del siglo», según sus propias palabras. «Te la voy a meter tan adentro, que allí no ha estado nadie todavía», le había asegurado el viejo carcamal.

El hecho de pensar en las parejas de baile que disfrutaban del día de piscina frente a ella le había provocado un calor insoportable y una humedad creciente en la braguita del bikini. A punto estaba de dirigirse al baño para tocarse y calmar su excitación, cuando la avisaron para comer.

*

Aquella misma tarde, Paula la llamó al móvil. La primera vez no respondió. Estaban todos reunidos tomando café y no quiso hablar con su amiga delante de ellos.

La segunda estuvo a punto de hacerlo, pero también cortó la llamada.

A la tercera intuyó que algo malo pasaba —Paula no era de insistir— y se excusó para dirigirse a su habitación, donde pudieran hablar con cierta intimidad.

Tan pronto como presionó el icono verde, le llegaron los sollozos desesperados de su amiga.

—¿Qué te pasa, Paula? Por dios, no me asustes —preguntó alterada.

—Ay, amiga, me muero… Lo que pasa es que soy gilipollas… —repetía una y otra vez—. Y lo peor de todo, que soy un pendón desorejado…

—A ver, Paula, cálmate —insistía Clara cada vez que Paula llegaba a la palabra «pendón»—. No ves que no me entero de nada.

Un sollozo desgarrador precedió a una confesión aún peor.

—Que me ha vuelto a follar ese cabrón… buaaahhh…

Un escalofrío recorrió la columna de Clara.

—¿Cómo que te ha vuelto a…? —le costaba pronunciar las palabras—. ¿¡Te ha violado ese hijo de puta!?

—No, no es eso… ha sido un polvo consentido —la réplica de Paula parecía provenir de un pozo profundo—. Además… en realidad no sé si me ha follado él a mí o si me lo he follado yo a él.

—¿Qué… qué coños estás diciendo? —se enfadó Clara—. A ver, Paula, empieza desde el principio.

Le llegó un sonar de mocos al otro lado de la línea antes de escuchar de nuevo a su amiga.

—Pues es que… —comenzó—. Es que ayer por la tarde discutí con mi novio. Él quería ir a un sitio y yo a otro, así que nos peleamos y cada uno se fue por su lado.

—Eso no es nada especial, cariño… —Clara intentó calmarla—. Si te dijera la de veces que hemos discutido por mucho menos Carlos y yo… Pero eso no significa nada, mujer…

—Ya, pero no es eso… deja que te cuente…

—Venga, mujer, cuenta y deja de llorar.

—El caso es que acabé en un bar de copas que creo que conoces. Hemos estado varias veces con los compañeros de la oficina. Estaba allí bebiendo sola, cuando se me acercó un tipo. ¿A qué no sabes quién era?

—Supongo que Ramiro…

—El mismo.

A Clara se le subía la sangre a la cabeza.

—¿No me jodas que te presionó otra vez para echarte un polvo…?

—Qué va, Clara, deja que te sigo contando…

—Venga… pero date prisa, que me muero de nervios…

—Bebimos un rato y charlamos sobre las vacaciones y bobadas así.

—¿No intentó meterte mano?

—Que no, jolines. Déjame hablar…

Clara suspiró y la dejó continuar.

—Cuando se bebió su copa, se despidió de mí con un beso en la mejilla y se largó. Te juro, Clara, que no me lo creía. Se portó como un caballero.

—¿Estaba solo?

—Al principio, no. Estaba con otras personas, dos hombres y una mujer. Pero cuando estuvimos charlando, sus amigos se despidieron y entonces se quedó a solas conmigo.

—Clara, piénsalo un momento… ¿Te pudo echar algo en la bebida?

—A ver… —Paula pareció dudar—. No creo, yo no me sentí mal en ningún momento. Si me hubiera echado algo me habría sentido mareada o algo así, ¿no?

—Sí, algo así… y quizá no te acordaras de nada…

—Pues entonces, no… porque me acuerdo de todo… y vaya si me acuerdo. Solo de pensarlo me dan unas ganas de tocarme…

—¡¡Paula!!

Su amiga comenzó a sollozar de nuevo.

—Está bien, perdona… —dijo Clara maldiciéndose por haber cortado el relato de su amiga. Ahora le volvería a costar que recomenzara.

—Total que se fue… —dijo Paula al cabo de un lapso para llorar desconsolada—. Y yo me sentí fatal. Otra vez sola en aquel bar… con todo el mundo feliz y contento… No lo pude soportar y me fui tras él.

—No me lo puedo creer…

—Pues créetelo… —insistió Paula—. Cuando le localicé ya se iba en su coche, pero pude alcanzarle antes de que saliera del parking. Le abordé y le pedí que me llevara a casa.

»Al principio me dijo que no podía... Que tenía prisa y no sé qué otras excusas… Yo insistí y al final me abrió la puerta.

»—¿Quieres que te lleve a casa? —me preguntó.

»—No, a mi casa no… —le respondí—. Llévame a algún sitio tranquilo, me gustaría charlar contigo.

—No me jodas, Paula, no me jodas…

—¿Quieres que te lo cuente o no?

—Si, anda cuenta, alma de cántaro…

—Total, que acabamos en un sitio solitario, un descampado cercano a una autopista. Se ve que él había estado antes allí porque se manejaba muy bien y enseguida se detuvo en la zona más solitaria.

—Y entonces se te tiró encima, ¿no?

—No… entonces yo le agarré la entrepierna y se la apreté hasta hacerle daño. Él sonrió y se bajó la cremallera. Y no me lo pensé. Me lancé sobre su polla y me la empecé a comer con ansia. Era… era como si quisiera vengarme de mi novio.

—Y luego… ¿qué más te hizo?

—Pues luego nos pasamos al asiento de atrás y durante más de una hora me estuvo follando como le dio la gana. Por delante, por detrás, a cuatro patas…

—Paula, para… —Clara estaba alucinada y necesitaba entender los detalles que su amiga le explicaba—. ¿Por «detrás» significa lo que estoy pensando?

—Sí…. buaaahhh —volvió a llorar Paula—. Lo ves como soy un pendón desorejado. Porque no solo me dejé dar por ahí, sino que me gustó… Yo que era virgen de ese lado… buaaahhh… Y encima me corrí…. dos veces, Clara… dos veces mientras me daba por el culo…

—Joder, Paula… —resopló Clara. Su amiga no tenía remedio.

La línea se mantuvo en silencio unos segundos. A Clara se le habían acabado las palabras.

—¿Qué voy a hacer…? —lloriqueaba Paula cuando volvió a hablar—. Porque además no teníamos condones y me lo hizo a pelo. A estas horas podría estar embarazada de ese cerdo…

—¿Pero no decías que estabas tomando la píldora?

—Sí, pero llevo casi una semana que se me olvida y la tomo un día sí y dos no… buaaahhh…

Clara respiró hondo. Aquella amiga suya era una buena persona, pero se iba a arruinar la vida si no se olvidaba de la polla de aquel cabrón. La estaba cogiendo gusto y eso no presagiaba nada bueno. Era verdad que no era una polla del otro mundo, pero el hijo de su madre parecía usarla con maestría. Ella misma había estado a punto de caer ante ella.

—Paula —dijo tras un paréntesis—, lo primero que debes hacer es ir a urgencias para que te receten la píldora del día después, ¿me oyes?

—Te oigo…

—Pues sal corriendo que el tiempo pasa volando y es una cuestión de horas.

—Vale, ya estoy saliendo de casa…—replicó obediente—. ¿Qué más?

—A tu novio ni media palabra… Aquí no ha sucedido nada. Y si sospecha, lo niegas como un político. Tu relación no va a irse a la mierda por un hijo de puta… Ni de coña, amiga.

—Gracias, Clara, tú sí que me entiendes… sniff…

—Y lo tercero… ni se te vuelva a ocurrir acercarte a Ramiro… Ni a ese bar de copas. Ni salgas de casa si no es de la mano de tu novio…

Clara temía por su amiga. Le estaba cogiendo el gusto a follar fuera de casa, y ese era el primer paso para caer por el precipicio. No es que tuviera mucha experiencia al respecto, pero es que lo había visto en películas o leído en novelas eróticas. Y, por si fuera poco, lo estaba empezando a sentir en carne propia.

—Nos veremos a la vuelta de las vacaciones. Llámame si me necesitas, ¿Ok? Te quiero, Paula.

—Yo sí que te quiero, Clara…

Cuando salió al jardín, en la piscina faltaban tres o cuatro de los componentes de la familia. Clara no pudo contener la idea de que estarían por ahí escondidos, follándose los unos a las otras como conejos. Carlos, sin embargo, la esperaba con una sonrisa. Al menos ellos dos se mantendrían fieles por una tarde.

*

Tomaron el sol durante un rato y luego se bañaron en el agua fresca de la piscina. Se agradecía su temperatura después de un día de calor sofocante.

Miraba a Carlos jugar en el agua al balón con Rocío, cuando entró el primer wasap de la tarde. Desbloqueó el móvil, observó que provenía de Ramón y las manos le comenzaron a temblar.

Leyó el mensaje y el corazón pareció detenérsele un instante.

RAMÓN: El día 6 de septiembre a las 20.00. En la buhardilla.

Clara lo pensó un instante, casi histérica. Quería responderle algo. Un comentario ácido, ofensivo. Lo que fuera. Tal vez acabaría claudicando, pero no podía ponérselo tan fácil.

CLARA: Y por qué el 6 y no el 5 o el 7?

La respuesta no se hizo esperar.

RAMÓN: 1) Porque para ese sábado todos habréis vuelto al trabajo y la casa estará vacía. Incluso Aurora estará ausente un par de días para una consulta médica.

RAMÓN: 2) En ese fin de semana le tengo preparado un encargo a tu novio para que esté fuera y no nos interrumpa por sorpresa. Te quiero para mí solo.

CLARA: Te han dicho alguna vez que eres un hijo de la gran puta?

RAMÓN: Jajaja… Sí, muchas veces… Y en algún caso me lo dijo alguna con mi rabo dentro de su boca…

El estómago le dio un vuelco. Sintió un asco sublime. Sin embargo, no podía entender por qué narices también se le había mojado la braguita del bañador al leer las palabras del viejo.

CLARA: No sé si vendré. No lo tengas tan claro.

RAMÓN: No pasa nada, lo entenderé. Pero si a las 22.00 no has aparecido, le mandaré a mi abogado el borrador de mi nuevo testamento. Ese en el que el nombre de Carlos no aparece.

CLARA: Sabes lo que te digo? Que te vayas a la mierda!

Tan absorta se hallaba en la conversación que la voz de su prometido la pilló por sorpresa.

—¿Qué pasa? —le dijo chorreando agua—. Te has quedado pálida. ¿Estás bien? ¿Hablabas con alguien?

—Ah, no nada… —se excusó con la mirada huidiza—. Es Paula, mi compi de la oficina. Es que tiene problemas con su novio y no sabe si acabarán rompiendo. Vamos, lo de siempre…

Rezó para que su prometido se tragara la bola y, quitando el sonido de su móvil, lo bloqueó y lo dejó sobre la hierba.

Continuará...

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