Confesiones de un Bull. Conociendo a una Hotwife
En el jacuzzi del gimnasio, el contacto se vuelve insoportable cuando ella te susurra al oído lo que quiere hacer contigo. No es una cita cualquiera: su marido lo observa, lo ordena y tú eres el invitado de honor en su juego prohibido.
Confesiones de un Bull.
Sara y Adolfo
Una tarde de viernes y sin nada más que hacer, que ir al gimnasio a entrenar. Salí de trabajar y me fui a la ducha.
Quince minutos después, estaba subido a lomos de mi moto, rumbo a mi gimnasio habitual. Suelo entrenar tres veces por semana y me lo tomo bastante en serio, men sana in corporé sano.
Esa tarde, después de cambiarme, salí a la sala de pesas y saludé a mis conocidos. Me fui directo al lado de las máquinas de pierna y nada más llegar, llamó mi atención una chica de color, que estaba haciendo sentadillas. Con ella estaba el que, más tarde, deduje que era su pareja. Era algo más bajo que yo, pero estaba muy fuerte, se notaba que entrenaba bastante. Una pareja muy llamativa. Ella tenía unas piernas fuertes y duras. Se veía que las entrenaba mucho y con buena intensidad. Una cintura estrecha, de esas que casi abarcas cerrando la mano, de lo pequeña que es y unos pechos grandes, y muy tiesos, de los cuales lo más resaltable, eran sus pezones, que parecían dedales por su tamaño y dureza. Una melena tupida, larga y rizada, ocultaba en parte su cara, alargada, fina y con unos labios carnosos. Unos ojos grandes y negros completaban un conjunto más que llamativo, era una mujer muy atractiva.
Estuve en la zona de pierna con ellos un buen rato. Hasta que al final, ineludiblemente, coincidimos en una de las máquinas.
—Ya estoy terminando, pareja.— Les dije, al verlos acercarse a donde estaba yo.
—Muy bien, gracias.— Me dijo ella.
—Entrenas fuerte, ehhhhh.— Me dijo él.
Así empezamos una conversación. Eran de fuera de mi ciudad y cada viernes, iban a un gimnasio diferente a probar las instalaciones y ese viernes les había tocado probar el Gym al que iba yo.
Tras haber acabado los entrenamientos, me fui al Jacuzzi a relajarme de todo el estrés de la semana.
Con el fin de probar el jacuzzi, la pareja que acababa de conocer, decidió hacer lo mismo que yo.
Fui el primero en llegar al agua y puse a funcionar los chorros. Momentos más tarde, aparecieron ellos. La chica estaba espectacular. Aún me gustó más al verla casi sin ropa. Llevaba un tanga que dejaba muy poco a la imaginación y un sujetador de triángulo que apenas podía contener sus enormes pechos de silicona.
Mi cara debió de ser un poema, ya que cuando llegaron al borde de la bañera, los dos iban esbozando una amplia sonrisa.
—¿Qué, te gusta lo que ves?.— Dijo ella, mirándome a los ojos.
—Sí, claro. Me gusta mucho.— Respondí, descarado.
—Jajajajaja. Sara suele causar la misma reacción en casi todos los hombres.— Me dijo él, mirándome también a los ojos.
Sin decir nada más. Sara, se sentó a mi lado, mientras su chico se sentaba enfrente nuestro. Me extrañó esa manera de distribuirse en el jacuzzi. Pero al poco de sentarse ella a mi lado, lo entendí perfectamente.
No habían pasado ni diez segundos y Sara ya estaba rozando mis muslos con los suyos. Ella parecía estar a otra cosa, comentando la temperatura del agua, las instalaciones, la gente, etc, etc…
Estando metido en la conversación a tres, que estábamos teniendo. No me percaté del movimiento de la mano de Sara, hasta que la posó encima de mi pierna a la altura de la rodilla, iniciando un movimiento ascendente que acabaría encima de mi bañador, agarrando con fuerza mi verga, que había crecido hasta el nivel de intentar salirse de su alojamiento.
Me volví hacia ella, y al mirarla, obtuve como respuesta una mirada maliciosa a la par que morbosa.
Sara volvió a mirar a su chico y al encontrarse sus miradas, no necesitaron decir más.
—¿Quieres follarme?— me dijo Sara al oído.
Lo único que pude hacer fue mirarla a los ojos y asentir con la cabeza, en señal afirmativa.
Su chico lo entendió a la primera:
—¿Queréis que nos vayamos a un lugar más íntimo?— preguntó, de manera natural.
—Sí, cariño. Vámonos al hotel, que tengo ganas de sentir una polla nueva.—Respondió Sara, a su marido.
—Estamos en el Hotel Imperial. En la suite número trescientos siete. Acude en media hora y entra sin llamar.— Me dijo, sin más.
—Se levantaron los dos y saludándome mientras reían, se marcharon dejándome solo en el jacuzzi, con una tremenda erección.
No sabía qué decir, ni que pensar. Pero decidí lanzarme a la aventura y acudir a la cita. Era una emocionante mezcla, de aventura y morbo, que me había puesto muy cachondo. No lo tenía previsto, pero la idea de hacer de corneador de nuevo me puso como una moto.
Esperé a que se me bajara la erección para salir del agua. Me di una ducha, me perfumé y cogí mi moto para ir directamente al Hotel Imperial. Que estaba a tres calles de distancia del gimnasio.
Pasé por recepción y subí a la tercera planta, donde busqué el número de la habitación. Al acercarme a la puerta, pude ver que estaba sin cerrar del todo. Empujé y me adentré en el oscuro pasillo de la habitación. Sobre la cama estaba ella, tumbada boca abajo, totalmente desnuda. En una esquina y sentado en un sillón estaba él. Con una copa de vino en la mano. Al verme, levantó la mano en señal de saludo. Yo hice lo mismo, correspondiendo ese gesto. Sara se levantó de la cama y vino hacia mí. Me sacó la camiseta por encima de la cabeza y me dio lun beso en la boca justo antes de decirme al oído:
—No te muevas y tampoco hables.
Obedecí, y entonces, poniéndose de rodillas, me bajó los pantalones sacándomelos por los pies. Acto seguido, los calzoncillos, haciendo que mi polla diera un respingo y le quedara justo a la altura de la boca. Sin pensárselo dos veces, la atrapó con sus carnosos labios y comenzó a jugar con ella. Sus labios la abrazaban por completo mientras su lengua jugaba con mi glande. Una de sus manos fue a parar a mis testículos, los cuales comenzó a amasar con suavidad, para ir subiendo en intensidad, hasta un límite cercano al dolor. Me estaba encantando la sensación y cuando parecía que iba a acabar su felación, otra mano, fue a parar a mi culo, para con su dedo gordo, comenzar a presionar mi esfínter. La estimulación era completa y el placer también. Tal era así, que diez minutos después, tuve que avisar de lo casi inminente.
—Si sigues así, me voy a correr.— Dije, entre gemidos de placer.
—Pues córrete.— Me dijo su chico, desde el otro lado de la habitación.— Llénale la boca a mi zorra.
Al oírlo, volví la cabeza para mirarlo y lo vi con la polla fuera, meneándola muy despacio.
Sara al oír esto, lejos de ralentizar su labor, incrementó el ritmo de sus movimientos, presionando aún más con su dedo, hasta meterlo dentro de mi culo. La sensación de placer se multiplicó y mi orgasmo fue casi inmediato. Irremediablemente, comencé a correrme a chorros, llenando la boca de Sara, que no terminaba de tragar mi néctar, guardando parte en la boca. Una vez acabé de eyacular, sacó su dedo de mi ano y se volvió hacia su chico. Se puso de pie y abriendo la boca le enseñó el contenido. Para poco después, cerrarla y dejar escapar mi semen por las comisuras de sus labios para que resbalando por su cuello, llegara hasta sus pechos. Hecho esto, comenzó a extenderlo hasta hacerlo desaparecer, quedando así, impregnada de mi olor.
Acto seguido, Sara se dirigió a la cama y tumbándose bocarriba se abrió de piernas, mostrándome su rosadito coño.
—Ahora te toca a ti darle placer.— Me dijo su pareja, dejando claro que él era quien dirigía el juego.
Sin mediar palabra, me agaché poniéndome entre sus piernas. Después de besar sus muslos, comencé a lamer sus labios, pasando mi lengua por toda su extensión. Para más tarde, detenerme en su clítoris y comenzar mi asedio con succiones intermitentes, para después, meterlo entero en la boca y presionarlo con mi lengua. No tardó en llegar al orgasmo, corriéndose a chorros en mi cara. Había estado con chicas que hacían Squirt, pero aquello era una verdadera barbaridad. Parecía una fuente, llenando mi boca y haciéndome cerrar los ojos. Ella estaba extasiada. Cuando acabó de soltar chorros, me cogió por el pelo y volvió a poner mi cabeza entre sus piernas para que siguiera con mi labor.
Gustoso, seguí con mi cometido, repitiéndose la escena hasta en un par de ocasiones.
Fue entonces Sara la que me dijo cuál iba a ser el siguiente paso.
—Ponte a cuatro y relájate.
Sin decir nada la obedecí y me puse en cuatro. Justo en medio de la cama.
No tardé en sentir una de sus manos sujetando mi recuperada verga. Estirando de ella hacia abajo, comenzó a ordeñarme.
De repente a ese estímulo se sumó otro, su lengua empezó a jugar con mi ano, de manera maestra. El placer me hizo tensarme y suspirar profundamente.
—Dios… Me encanta.— Dije en voz baja.
De repente, paró y estirando su mano hasta la mesilla, cogió un bote de lubricante, se echó en la mano y siguió con su magistral labor de darme placer.
Una sensación de frío tensó mi polla al notar el frío del lubricante en su mano. Sensación que fue contrarrestada por el calor que me produjo el notar uno de sus dedos traspasando la barrera de mi ano.
Yo estaba extasiado con tanto placer. Llevaba poco rato de perforación cuando se oyó una voz que ordenó.
—Métele otro dedo.
Acto seguido sacó el dedo y la siguiente sensación duplicó el placer en mi culo, que aceptó de buen grado el tamaño de su invasor. Empezó a girar los dedos cuando los introducía, acariciando mi próstata a la vez. Lo que hacía que mi polla estuviese estimulada desde la base y se llenase de sangre completamente. Teniéndola como una piedra y estando a punto de correrme de nuevo.
Tal fue el calor y la excitación que sentí. Que unas cuantas sacudidas más tarde mi polla comenzó a lanzar chorros de semen encima de la cama. Me estaba corriendo por segunda vez. Al notar esto, Sara comenzó a presionar la próstata a cada contracción de mi abdomen, haciendo que el semen saliera propulsado con mucha más fuerza, propinándome un placer inmenso
Me derrumbé en la cama exhausto. Sara se puso de pie y se fue a la esquina donde seguía su chico sentado. Poniéndose de rodillas comenzó a hacerle una mamada muy lenta y muy húmeda.
—Espero que te hayas divertido tanto como nosotros.— Dijo el hombre, dando un sorbo a su copa de vino, mientras Sara seguía con su felación.
Respondí afirmativamente como pude y comencé a vestirme.
—La semana que viene, volveremos a venir a este gimnasio. Asegúrate de venir tú también si quieres seguir disfrutando. Todavía tenéis que follar delante de mí.
—Estaré sin falta.— Dije, sonriendo de medio lado.
Y una vez vestido, abandoné la habitación. Pensando en el siguiente encuentro. La semana se me iba a hacer larga, muy larga.
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