La jovencita del local de Showarmas. (Parte 1)
Él la observaba desde la distancia, atrapado por su juventud y su misterio. Pero esa noche, ella cruzó la línea, arrastrándolo a la sombra y tomando el control de su deseo con una precisión que lo dejó sin aliento. ¿Qué pasa cuando la curiosidad se convierte en realidad, pero ella decide las reglas?
No era la primera vez que la veía por el barrio, pero en aquella ocasión fue la primera vez que pude estar cerca de ella durante unos minutos mientras hacía su pedido en un Showarma que había en el bloque de enfrente de mi casa. Iba con un chico. Siempre era el mismo. No tenía claro si era su novio, su hermano o su amigo, porque más allá de las conversaciones estériles que les escuchaba nunca les vi un gesto que me indicara cuál era su relación. No sabía ni siquiera su edad. ¿Sería mayor de edad? Si no lo era tenía que estar cerca.
Era bajita, no más de metro y medio, pequeñita, con el pelo rubio y largo. Tenía unos juveniles y redondeados pechos y un culo absolutamente diminuto pero redondo y mordisqueable. Su estrechísima cintura hacía que, a pesar de no tener demasiadas curvas, éstas fueran distinguibles. No era excesivamente guapa. No era excesivamente voluptuosa. No tenía nada especialmente llamativo. Y, sin embargo, me tenía prendado desde que la vi. Aquel día vestía una ajustadísimos leggins negros con una camiseta amarilla que colgaba de sus juveniles pechos dejaba a la vista todo su vientre. Me resultaba imposible no fijarme en ella. Llevaba unos pendientes con unas piedrecitas rojas y sus grandes gafas negras con sus ojos... sus ojos. ¡Sus ojos! Sus ojos estaban clavados en mí y su boca esbozaba una medio sonrisa de la que se sabe observada.
Cogieron la comida y salieron de allí, no sin antes chocarse conmigo, no sé si voluntaria o involuntariamente, dejando apoyado uno de sus pechos en mi brazo y pidiéndome unas, creo, fingidas disculpas mientras me sonreía gracílmente.
Me tocó pedir y hablé unos minutos con el dueño mientras me preparaba la cena. Llevaba comprándole comida a Haid desde hacía más de dos años y nos llevábamos de escándalo. Terminé, le pagué y cuando estaba a punto de marcharme, me dijo- Viene todos los viernes- mientras me guiñaba el ojo. Esbocé una sonrisa y me despedí.
Me tomé la cena medio desganado pensando una y otra vez en aquella chiquilla. Tuviera la edad que tuviera le sacaba un montón de años. ¿Significaría eso un problema real para mí? Mis pensamientos fluían en un ir y venir de ideas con las que provocar un pequeño encontronazo y saber más de ella. Pero ¿estaba eso bien? ¿no sería acoso? Claro que es acoso, Izan, decía mi voz interior. El hormigueo en el estómago no cesaba y, finalmente, me vi obligado a masturbarme para relajar la tensión acumulada durante la última hora.
Días después estaba asomado al balcón tomándome una cerveza después de mis dos horas de deporte, primero saliendo a correr y luego realizando los ejercicios que hacía diariamente en casa. Tenía pensado terminarla, ducharme y bajar a comprar la cena cuando la vi entrar entrar en el local de Haid. " Viene todos los viernes". Las palabras retumbaron en mi cabeza. Tal y como estaba salí corriendo hacia la puerta, cogiendo las llaves y la cartera y bajando a por comida. En cuanto entre observé que se había colocado un grupo de cuatro personas entre mi objetivo y yo. Mierda, pensé, así no me voy a enterar de nada.
- Buenas, Izan, hoy vienes temprano ¿no? - me soltó Haid con sarcasmo. Ésto hizo que las personas que estaban delante se dieran la vuelta para ver con quién hablaba, pero yo solo tenía ojos para una de ellas, que tenía su mirada fija en mí y sonreía mientras se repasaba dulcemente los labios con la lengua.
- Pues ya ves, - qué cabroncete estaba hecho...- que he pensado en llevármelo ya antes de ducharme y así no bajo después.
H - Se nota que no te has duchado, sí. ¿Vienes de correr?
I - Que mala persona eres... jajajajaja. Sí, como todos los días.
Siguió atendiendo a los clientes y, de nuevo, cuando mi joven y deseada mujercita pasaba a mi lado, nuestros ojos se cruzaron y ella chocó conmigo igual que la vez anterior soltando un suave y agudo "¡UY!". Esta vez no tenía dudas que que había sido premeditado, no solo porque había espacio de sobra, si no porque venía mirándome desde que se dio la vuelta en la barra y, al pedirme disculpas, volvió a relamerse los labios con un inusitado desparpajo juvenil. Me tocó mi turno y Haid ni siquiera me preguntó. Se dio la vuelta y comenzó a preparar mi pedido, el mismo que hacía cada vez que bajaba a comprar. - ¿La conoces?. Haid se dio la vuelta y, tras asegurarse de que estábamos solos en el local, me respondió. - Claro, amigo. Ya te dije que viene todos los viernes.- Cuando me miró comenzó a reírse a carcajadas y, poniéndose delante de mí, continuó hablando - Imagino que te refieres a si sé algo de ella. Poca cosa. Sé que es la hija de una de las carniceras que me vende productos y que está orgullosísima porque es la primera de la familia que va a la Universidad.
- Entonces es mayor de edad...
H - Izan, ¿De verdad te gusta? ¿No es muy joven para ti? ¿Qué edad tienes? ¿30?
I - 38.
H - Veinte años. Bueno, tu sabrás. Si quieres le hablo de tí, como si fueras un adolescente enamorado. JAJAJAJAJAJA
I - Jajajaja no, no. ¿Y el chico?
H - Un amigo gay. O al menos eso creo. Diría que ha a venido alguna vez con sus novios.
I - Ajam...
H - Pues si te interesa tanto, entonces le hablo de ti cuando venga.
I - Anda, cóbrate y no me vaciles más.
Nos despedimos riéndonos y volví a casa. Deje la cena en la cocina y me fui directo a ducharme. La verdad es que olía muchísimo a sudor. Me metí en la ducha y, una vez más, me masturbé fuertemente pensando en mi pequeña y dulce universitaria. Dos veces tuve que descargar tensión para poder sentirme relajado y sentarme a cenar.
Los días pasaron y cada vez estaba más ansioso por volver a ver a esa chica. Le doblaba la edad y sin embargo no conseguía quitármela de la cabeza. El viernes de la semana siguiente no se asomó por el local de showarmas. Ni al siguiente tampoco. ¿Le habría pasado algo? Me sentía desesperado. Aquella mujercita de la que no sabía nada me había atrapado totalmente. No solo eso, se había convertido en la musa de mis diarias pajas y sentía una extraña necesidad de saber de ella continuamente. Me angustiaba no saber qué le pasaba. Me sentía como un quinceañero recién enamorado.
El viernes siguiente pasé el dia pensando en si esa noche podría verla, si estaría bien, si podría preguntarle a Haid por ella o si, incluso, éste podría preguntarle a la madre por ella. Estaba tan ansioso que aproveché la tarde para intentar desfogar energía saliendo a correr, con el único pensamiento de poder verla esa noche. Me preparé una ruta que llegaba hasta el paseo marítimo y volvía a mi casa. Fui a un ritmo relativamente alto para la distancia que era y, casi dos horas después, entraba en mi barrio trotando suavemente para ir recuperando el aliento. Giré en la esquina de mi calle en dirección hacia mi portal y ¡PLAF! - ¡Mierda!- grité, mientras escuchaba un quejido femenino a mi lado. Había chocado con alguien que me había golpeado en el estómago haciendo que me faltara momentáneamente el aire. Había perdido la orientación momentáneamente así que di una vuelta sobre mí mismo buscando quién era la persona con la que... era ella. Allí, sentada en el suelo, estaba mi dulce niña intentando recobrar el aliento. - Tienes que dejar de chocar conmigo- me dijo airadamente, intentando aparentar estar enfada pero con una sonrisa pícara en la cara. ¿Ella también salía a correr? Aparentemente sí, por su ropa de deporte. Además, llevaba un pulsómetro y el móvil en el brazo con unos auriculares. ¿Y por qué nunca la había visto? Me di cuenta que me estaba mirando mientras todos estos pensamientos pasaban por mi mente de manera pausada esperando que dijera algo.
I - Sí, claro. ¿Estás bien? - respondí en cuanto recuperé la cordura.
- Claro. Solo ha sido un golpe. - Le ayudé a levantarse y volví a preguntarle si estaba bien o necesitaba algo.
- Estoy perfecta ¿no me ves? - lo dijo mientras se señalaba todo el cuerpo con su mano coquetamente. ¿Pero qué estaba pasando?- Aunque imagino que lo ideal es que me hubiera torcido un tobillo. Entonces tú me llevarías en tu coche al hospital para que me curasen y me acompañarías a casa a presentarle tus disculpas a mi madre, quien, absolutamente encandilada por tu amabilidad, aceptaría nuestro inusual amor a pesar de la diferencia de edad. - Mi cara debía ser un poema-. Apúntalo, que da para comedia romántica. ¿Pero si al final la hacen quiero la mitad de la pasta, eh?
I - Sí, por supuesto. Palabra de honor. - ¿Palabra de honor? ¿Qué cojones estaba diciendo? Estaba bloqueado por una niña de dieciocho años. Y ella lo sabía.
I - Perdona, tengo prisa. ¿No necesitas nada de verdad?
- Solo una ducha y cenar, como tú. Chao.
Mil dudas nublaron mi mente. Salí andando en dirección a mi portal sin saber qué había pasado realmente. Llegué a casa y me duche lentamente, disfrutando del agua que recorría todo mi cuerpo. Me enjaboné perfectamente, me eché un poco de exfoliante y continué disfrutando de la ducha con los brazos apoyados en la pared. Hacía mucho tiempo que una ducha no me sentaba tan bien. Cuando salí,me arreglé la barba, me peiné y dediqué un bien rato a sentirme mejor. Me apetecía arreglarme un poco aunque me fuese a quedar en casa, algo que todavía no tenía decidido porque algunos amigos me habían comentado de salir de copas. Me puse unos piratas vaqueros y una camisa roja que, la verdad, me quedaba perfecta y me dirigí a la puerta. Me perfumé antes de salir, cogí las llaves y la cartera y salí en dirección al ascensor. Al entrar me vi reflejado en el espejo. Me veía guapo. A ver, guapo dentro de lo que es uno. Ya me gustaría a mí parecerme a Thor o a Khal Drogo. Pero sí, me sentía guapo.
Salí del portal y me dirigí al local de Haid. Pensaba que habría más gente, pero estaba cobrándole unos pedidos a los chicos que había y se quedaba solo. En cuanto salieron comenzó a preparar mi pedido. - Qué poca gente hoy,¿ no?- Me respondió que era tarde y ya había tenido el follón gordo. Miré la hora y vi que eran casi las once. Joder, sí que se me había pasado la hora. Cuando levanté la vista vi que había comenzado a preparar otro pedido a la vez que el mío y, antes de que me diera tiempo a darme la vuelta escuché a mi espalda una dulce vocecita, - Si nos seguimos cruzando al final vamos a acabar los dos en el hospital-. Termine de voltearme y la vi allí, con una preciosa sonrisa en la boca. Se había recogido el pelo en un coco alto con varios mechones sueltos. Llevaba sus gafitas negras y unos enormes aros dorados en las orejas. Vestía una camiseta veraniega de color blanco con tirantes que dejaba ver su perfecto ombliguito coronado por un piercing con unas bolitas rojas además de que, al ser semitransparente permitía intuir el sujetador negro que cubría sus pechos. Debajo vestía unos shorts grises sueltecitos que, como pude descubrir cuando pasó por delante mía para apoyarse en el mostrador, apenas tapaba la mitad de su culito. Dios, su culito. Allí estaba, poniéndose de puntillas para ver como trabajaba Haid sobre sus zapatillas relucientemente blancas.
Tragué saliva y respondí - ¡BUF! El problema de acabar en el hospital es que después tendría que acompañarte a tu casa a presentarle mis disculpas a tu madre, quien, absolutamente encandilada por mi amabilidad, aceptaría nuestro inusual amor a pesar de la diferencia de edad. - No sé qué pasó pero algo cambió en su mirada. Parecía agitada y su pecho se hinchaba considerablemente con cada respiración. - Anda, iros al cine, pareja. JAJAJAJAAJ - Haid quebró el momento que se hizo eterno mientras nuestras miradas se cruzaban... ¿de qué manera se cruzaban? - Cóbrate.- le dije a Haid- Lo mío y lo de ella, que ya hemos tenido muchos roces.-
Tal y como se cobraba, mi pequeña mujercita cogió su bolsa y me agarró de la mano, arrastrándome rápidamente hasta un portal una decena de metros más abajo. La puerta estaba abierta y nos colamos en su interior. Atravesamos una puerta que había junto a los ascensores y que tampoco estaba cerrada con llave y bajamos por una escalera hasta lo que parecía el cuarto de contadores. Giró un interruptor y una luz tenue iluminó mínimamente la estancia. Se dio la vuelta, soltó la bolsa en el suelo y,empujándome contra la pared, se lanzó a por mi recolgándose con sus brazos de mi cuello. Su lengua buscó ávidamente colarse entre mis labios buscando jugar dentro de mi boca. Mi cuerpo se tensionó al sentir el roce de aquella danzarina lengua bailando dentro de mi boca mientras yo le seguía el juego buscando cruzarme con ella y dándole pequeños mordisquitos en los labios cada vez que nos separábamos para tomar aire, arrancándole sus primeros gemidos.
Mis manos, por supuesto, no se habían quedado paralizadas. Al recolgarse del cuello, su camiseta se subió hasta que el borde quedó justo bajo la línea de sus juveniles pechos. Mis manos se acercaron a sus lateral, rozando ligeramente el sujetador y bajando mis manos por todo su cuerpo hasta llegar a su estrecha cinturita para, desde allí pasar a la espalda y descender hasta su culo. Mi culo. Ahora ya era mi culo. Introduje mis manos por debajo de aquel minúsculo pantalón buscando sentir el contacto de su erizada piel. Era tan maravilloso como lo había imaginado. Duro, pequeño, dulce, sensible a cada roce de las yemas de mis dedos o a la rudeza de cada estrujón que mis duras manos le proporcionaban. Ella no paraba de emitir pequeños gemidos. Estaba disfrutando, y yo estaba a punto de reventar ante la presión ejercida por mi miembro encerrado en los pantalones que se clavaba en su vientre desnudo. Mi mano derecha ascendió en busca de sus turgentes senos, acariciando uno de ellos sobre el sujetador y, tras bajar la copa del mismo, alcancé a tocar uno de sus pequeñísimos pero firmes pezones. Sentir aquel pecho en mi mano disparó mis pulsaciones y me lancé a chuparlo.
Me detuvo. Cuando estaba dirigiéndome hacia sus tetas para chupárselas con avidez, se separó, empujándome contra la pared. Ya estaba. No quería hacer nada. Y si no quería más yo no iba a forzarla en absoluto. No es No. Y es algo que tenía grabado a fuego. Llevábamos unos segundos mirándonos y, aunque seguía abrazándola y ella tenia sus manos apoyadas en mi pecho, yo ya tenía claro que era hora de irse. Cuando estaba a punto ya de dirigirme hacia la escalera, se alzó poniéndose de puntillas y, acercándome la boca a mi oído izquierda, me susurró con toda la naturalidad del mundo, - Hoy no vamos a follar. Nunca follo en la primera cita.- Mientras hablaba, había colocado su mano en mi abultado paquete (No quería follar pero me agarraba la polla con ganas, ¿que quería?). Se separó de mí y, mientras me miraba fijamente, comenzó a desabrochar el cinturón. Soltó uno a uno los botones de mis pantalones que cayeron libremente al suelo. Mi polla luchaba con mis boxers por liberarse de aquella tortura, asomando incluso parte de mi glande por encima de los mismos. Con su mano izquierda separó el elástico y tiró hacia abajo mientras con la derecha agarraba con fuerza toda mi virilidad, sintiéndose ésta por fin liberada e irguiéndose plenamente. Sonrió. Me miró a los ojos y sonrió. - Sin pelitos. ¡Qué bien! - dijo entre risitas y mientras se relamia.
Comenzó a mover su mano suavemente en un ir y venir a lo largo de mi verga que hizo que mil descargas eléctricas atravesaran mi cuerpo desde mi miembro hasta perderse por todas las puntas de mis extremidades. Aceleró el ritmo poco a poco. Mi ansiedad subía por momentos. La agarré del culo con firmeza y tiré de ella hacia mí hasta que noté toda la extensión de su cuerpo pegada al mío. Busqué su boca y nos fundimos en un apasionado beso en donde se mezclaba nuestras lenguas, nuestros fluidos bucales y nuestras respiraciones mientras reconocíamos cada espacio, cada milímetro y cada recoveco de nuestras bocas.
La notaba agitadísima. ¿Sería la primera vez que estaba con chico? ¿O era porque yo era mayor? Pero había dicho que no follaba en la primera cita... Me encontraba paseando por estos pensamientos mientras disfrutaba de su ansiosa paja, del roce de su cuerpo contra mí y del juego constante de nuestras lenguas cuando se separó de mí, me dio un dulce y casto beso en la mejilla y se agachó sin apartar su mirada de la mía. Cuando quedo a la altura de mi verga, la miró y le dio unos graciosos besitos con sus dulces y húmedos labios para, justo después y de manera asombrosa, tragarse todo el trozo de carne que era capaz de acoger dentro de su pequeña boca. Se la sacó tomando un poco de aire y miró hacia arriba sonriéndome. - Está rica. ¿Aguantas mucho? - preguntó inocentemente. Pues depende,- contesté- contigo igual no. Volvió a sonreír e, hinchando el pecho con una profunda inspiración (y, posiblemente, sintiéndose orgullosa por lo que le había dicho), volvió a atacar mi polla con toda la energía que tenía dentro. Chupaba, mordía y lamía cada centímetro de mi polla libidinosamente. No era la mayor experta del mundo pero se le notaba que tenía práctica y, sobre todo, que le gustaba. Y le ponía ganas, muchas ganas y energía. Tras dejarme bien ensalivada la verga, se arrodilló totalmente e incrustó su cabeza entre mis piernas pasando su lengua por debajo de mis duros, contraídos y cargados huevos. Fue pasando su boca desde el perineo hasta mis bolas una y otra vez, chupando y mordisqueándomelos con avidez. Disfrutando, aparentemente, de cada segundo que pasaba adorando mis hinchados testículos. No iba a aguantar mucho más. No sé si se dio cuenta o fue casualidad pero se dirigió a mi glande, introduciéndose primeramente toda la carne posible en la boca, donde, tras dos lamidas fuertes, retrocedió hasta mi glande que se llevó dos fuertes succiones que tuvieron el resultado esperado. Tensionado y agarrotado de pies y manos, apoyé mi espalda con fuerza al muro y mi polla comenzó a lanzar su simiente con fuerza justo en el momento en el que se separaba y hacia presión con su mano en mi verga que, con duros espamos, seguía escupiendo restos de lefa que cayeron al suelo uno tras otro. Cuando terminé de correrme y mi polla comenzaba a flaquear la soltó sacando un pañuelo de papel del bolsillo y comenzó a limpiarse los restos de semen que habían caído en su mano. Aún con la polla al aire, y una vez había terminado de limpiarse, se acercó a mí, dándome un inocente piquito, - Me gusta tu polla. Y me gustas tú. Podrías ser mi madurito. - Y, cogiendo la bolsa de su comida, salió de aquel cuarto. Escuché la puerta de la escalera y también la del portal. Seguía intentando recuperar el aire mientras me guardaba el miembro en su lugar y me colocaba los pantalones. Aún no tenía claro qué había pasado. Fui a coger la bolsa de mi comida... ¿Dónde estaba? No puedo creer que se me hubiera olvidado. Subí por las escaleras y salí de aquel portal cruzando la calle para dirigirme a mi casa.
- ¡Eh, Izan! ¡Tu cena!
Era Haid. No pude más que reírme. - Ya me contarás- añadió mientras me daba la cena. Agarré la bolsa y me giré para entrar en mi portal.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Cazando al pajillero
Sus tangas desaparecían misteriosamente de la azotea. Frida no se conformó con la denuncia; decidió tender una trampa para descubrir quién se atrevía…
Comparte:Infidelidad ocultaDespertar sexualRelacion medico paciente
- Hetero: Infidelidad
Historia de una señora xii
Rossy sabía que sus miradas en la carnicería tenían un efecto inmediato. Pero esta vez, decidió llevar el juego más allá del mostrador, invitando al…
Comparte:Infidelidad ocultaDespertar sexualDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Don luis un viejon apetecible
La lluvia la atrapó en la acera y la camioneta de Don Luis se detuvo justo a tiempo. No era solo un paseo a casa; era la puerta de entrada a un…
Comparte:Infidelidad ocultaDespertar sexualDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
La historia de Carlos. Parte 1
Sabino no busca solo el placer inmediato; tiene un plan más ambicioso. Mientras su amigo adolescente se deja dominar en la cama, él entrena a Carlos…
Comparte:Infidelidad ocultaRelacion medico pacientePoder y control
- Hetero: Infidelidad
Por fin me folle a Cisco
Nadia siempre supo que esa polla no era para cualquiera. Cuando el joven que la obsesionaba aparece en su puerta a mediodía, la casa vacía se…
Comparte:Despertar sexualRelacion medico pacienteDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Fernado y Mila (Poker de damas)
Nunca imaginó que su timidez sería su mayor arma. En el café de la oficina, una mirada cómplice y una invitación a cenar desatarán una noche de…
Comparte:Relacion medico pacienteDeseo reprimidoPoder y control