Xtories

Siempre quedan rescoldos donde hubo fuego

Llevaban un mes sin verse, pero el contacto físico borró cualquier duda. Lo que empezó como una cena de despedida se transformó en una noche de rescoldos ardientes, donde el pasado y el deseo chocaron con una intensidad que ninguno esperaba.

Pieldemanzana6.8K vistas9.6· 5 votos

Estaba nerviosa, muy nerviosa. Solo era un café, aclarar algunas cosas y ya, sin más. ¿Por qué estaba tan alterada?.

Hacia un mes que lo habíamos dejado. No quedaba nada entre nosotros. Cuatro años que se iban por el sumidero, un montón de recuerdos, buenos y malos. Todo lo que una pareja rota tiene entre sus manos a la hora del naufragio.

Aún así, teníamos que vernos. Aclarar ciertas cosas. No es que hubiésemos quedado mal. Para nada. A pesar de todo seguíamos siendo amigos.

Ese paréntesis sin vernos durante un tiempo, era el espacio que necesitábamos ambos para retomar nuestros caminos. A pesar de todo lo malo, también había habido cosas muy bonitas. Y hay que pasar el duelo.

Y, a pesar de eso, estaba muy nerviosa. Agitada. Tenía asumido todo esto pero, el verlo otra vez, me hacía sentir extraña.

Me vestí tratando de no parecer provocativa. Soy consciente de que algunas ascuas son difíciles de apagar. Me maquillé lo justo, sin exagerar. Tomé mi bolso, las llaves del coche y salí en busca de él.

Tenía tiempo de sobra, no había prisa ninguna. Así que conduje despacio, tratando de componer en mi cabeza la mejor forma de enfocar aquel encuentro. Anotando mentalmente los puntos principales que hablar entre ambos. Mi cabeza estaba igual que yo, agitada.

Un semáforo en rojo, paro. ¿Cómo estará?¿Cómo se sentirá? Para él fue quizás más duro que para mí. Aún no sé cómo lo está asimilando. Conociéndolo, seguro que le está costando, a pesar de todo.

Luz verde, un pitido desde atrás me vuelve a este mundo. Meto primera y continuo. Trató de concentrarme al volante. En fin, a ver qué sale de esta tarde.

Las calles se sucedieron frente al parabrisas hasta que llegué a la que buscaba. Como pude aparqué junto a la acera. A unos metros la cafetería donde íbamos a vernos.

Cerré el coche y tome aire profundamente. Me di la vuelta y encaminé mis pasos hacia aquella terraza. Con la mirada iba buscándolo.

Por mucho que miré no estaba. ¿Se habría olvidado? No me extrañaría, es tan despistado. Quizás yo llegue antes de tiempo. Mire mi reloj, aun faltaban diez minutos para las 5. Me había adelantado.

Busqué una mesa libre, traté de que estuviese algo alejada, quería un lugar discreto sin posibles “oyentes" a nuestro lado.

Me senté en la que vi mejor. Me pedí un té y esperé.

Justo a las 5 lo vi llegar. Aunque algo estropeado, imagino que por los nervios, estaba igual de guapo. Su altura lo hacía destacar.

Me saludó de lejos con la mano mientras se aproximaba. Yo no sabía si darle la mano o un beso en la mejilla. Opte por el beso.

Las preguntas de rigor, ¿Cómo estas?¿ cómo te va? ¿Te trata bien la vida?. Hacía apenas un mes que lo habíamos dejado y, sin embargo, tenía la impresión de que hubiese pasado un lustro.

Pidió un café mientras me dedicaba algún piropo. Siempre fue muy zalamero. Sonreí agradeciendo el cumplido y traté de devolvérselo. Estábamos al lado y, sin embargo, tan lejos a la vez.

Como pudimos pasamos de los primeros momentos a cosas más serias. Aún quedaba alguna cuenta en el banco a medias, algunas cosas que no se había llevado y algunas otras que debíamos decidir quién se las quedaba.

No fue difícil, pese a todo, no se trataba de dañar a nadie ni perjudicarlo. Ambos lo teníamos claro.

Del café y el té pasamos a unas copas. La conversación se relajó a partir de ahí. Los cuatro años habían dejado muchas cosas que recordar. Nos reíamos al hacerlo. Esa pequeñas o grandes cosas que no se olvidan.

Una copa más, ya rondaban la 7 de la tarde. Llevábamos dos horas hablando. Empezamos a sentirnos cansados de aquel lugar.

Pareció darse cuenta y me invitó a jugar unas partidas de billar. No tenía nada que hacer y me sentía bien con esta nueva relación amistosa. Acepté.

Unas calles más allá había unos viejos billares a los que fuimos alguna vez en el pasado. Nos dirigimos hacia allí. Los recuerdos se amontonaron al entrar en ellos.

Una moneda, el ruido atronador de las bolas cayendo y David colocó el triángulo en su sitio. Con mano experta situó las bolas debidamente, puso la blanca en su sitio y me invitó a sacar.

Me incline apuntando y la bola partió rompiendo la formación. A partir de ahí parecía que nada hubiese cambiado. Pequeñas peleas, algún roce, risas, unas copas. Lo estábamos pasando bien. Me hacía falta, necesitaba una tarde para olvidarme de todo.

Unas partidas más y ya la noche había caído. Lo invité a cenar. ¿Dónde vamos? Preguntó. Bueno, lo cierto es que no disponía de mucho dinero así que le propuse que en mi casa (nuestra casa). Al principio no le pareció bien, tuve que convencerlo. La situación podía ponerse algo tensa pero acabó aceptando.

Cada uno en su coche nos dirigimos a mi casa. Confieso que no las tenía todas conmigo pese a todo. No entendía porque lo había invitado.

Aparcamos donde pudimos y nos encontramos en la entrada. Abrí la puerta y pasamos. De pronto aquella casa volvía a oler a él.

Encendí las luces y observó los cambios que había realizado, no muchos pero algunos había. Entramos en la salita de estar. Trate de aparentar calma, aunque estaba nerviosa.

Con la excusa de preparar la cena me fui a la cocina, se ofreció a ayudarme pero no se lo permití. Necesitaba unos momentos sola.

Se quedó allí sentado a la espera. Abrí una botella de vino y puse dos copas. Le llevé una y volví a la cocina. Comencé a preparar una cena frugal, nada que requiriese mucho guisoteo.

David miraba, como distraído, un álbum de fotos que había en la mesita auxiliar. Había olvidado que estaba allí. En él aún había fotos de ambos. De cuando fuimos a hacer rafting en los pirineos, de unas vacaciones en la playa, de una noche en una discoteca, cosas así. Él parecía mirarlas como si nunca las hubiera visto. Sonreía o comentaba algo sobre ellas.

Desde la cocina trataba de seguirle la conversación. Acabé pronto. Saque todo y lo puse sobre la mesa. David me felicitó, tenía hambre, yo también. Ambos, sentados frente a frente, comenzamos a dar cuenta de la cena. Abrí una botella más.

La conversación fue amena, como toda la tarde. Algún requiebro de su parte a mi belleza, algún guiño cómplice. Las copas seguían siendo apuradas.

Acabamos de cenar, entre ambos quitamos la mesa y nos sentamos en el sofá. David recuperó el álbum de fotos para mirarlo entre ambos. La verdad es que hacía mucho que no repasaba aquellas fotos. Casi pegados, reíamos al recordar aquellos momentos.

Su brazo rozaba el mío al pasar las páginas, nuestras caras casi se juntaban al acercarnos para mirar alguna foto.

De pronto lo besé. No debí de hacerlo pero lo hice. Me di cuenta de cuanto lo echaba de menos, de que, a pesar de todo, seguía enamorada. Él trató de apartarse un poco, supongo que no lo esperaba. Me miró con cara interrogante. Me acerqué y lo besé de nuevo. Esta vez, no hubo resistencia. Se dejó besé, casi lo sentí apretarse contra mi.

No había vuelta atrás. De pronto me podía el deseo de tenerlo. Los recuerdos de noches de sexo se amontonaron en mi mente. Lo bese con premura. Mis manos subieron hasta su cara para impedirle la huida. Hundí mi lengua en su boca y me supo a gloria. Si, ese era el sabor que añoraba. David tomó mis hombros y me devolvió el beso con la misma pasión.

La suerte estaba echada. Abrí su camisa casi con desesperación, necesitaba sentir su pecho en mis manos. Caliente, fuerte, acogedor. Casi le hice daño tratando de quitársela. No paraba de besarlo. Era como una urgencia en mi ser. Tenía que ser ya y ahora.

Intentó reconducir la situación pidiéndome calma, se separó un momento para volver a mirarme. Ya no podía pararme.

Tomé sus manos y las puse sobre mis pechos, su mirada parecía no creerlo. Los apreté, deseaba más que nada que lo hiciese.

En un momento me quité la blusa, quedando frente a él en sujetador. No sabía reaccionar. Se veía superado. No me importó. Me quité el sujetador y volví a llevar sus manos a mis pechos, ahora desnudos. Los acarició dulcemente, como redescubriéndolos. Yo gemí al notar su calor.

Lo empuje hasta hacerlo caer sobre el sofá, me tumbé encima suya, mi boca quería devorarlo. Ahora sí, sus manos viajaron a mi espalda, me acariciaron con esa sensualidad de sus suaves manos. Bajaron hasta mi culo y lo amasaron sin dejar de besarme.

Yo estaba dispuesta a todo. Me senté en sus rodillas para abrir su pantalón. En mi mente aún estaba fresca la imagen de lo que allí guardaba. Tras el pantalón arrastré el bóxer. Mis ojos se abrieron al mirarlo. Duro, desafiante, sus venas azules parecían a punto de explotar.

Baje mi mano y lo apreté. Me estremecí al sentirlo. Él, dejó escapar una especie de quejido.

Mi boca bajo hasta sus pezones, peludos y duros me recibieron entre manoseos y achuchones. Los lamí, si, este era su sabor. David se estremecía bajo mi peso. Mi lengua viajaba de uno a otro, dejando un rastro de saliva entre ambos.

Me dirigí a su vientre mientras manoseaba aquel miembro duro más abajo. Su ombligo se vio inundado de lengua, mi lengua. Jugué allí antes de mirar y ver a unos centímetros de mi boca aquel trozo de carne que atormentaba con mi mano. No dude, necesitaba sentirlo dentro de mi boca.

Tomé aire, me acerqué, cerré los ojos y lo engullí. Su glande rojo se pego a mi paladar mientras mi lengua trataba de retomar aquel sabor no olvidado. Mi mano no dejaba de subir y bajar. Me estaba ahogando de placer y carne tibia. Me sentía desbocada. Nada ni nadie podía pararme.

Succioné hasta hacer gemir a David allá arriba, sus gemidos me llegaban como lejanos. Mi concentración estaba muy lejos de su voz.

Lamí aquella carne con hambre de meses, necesitaba sentirme atragantada de ella. Sus testículos, mas abajo, también me llamaban. Bajé hasta tenerlos a mi alcance. Los lamí hasta sentir que David comenzaba a temblar y gemir más agitado. Su mano apretaba mi cráneo haciéndome saber cuanto estaba disfrutando. Me congestione de tanta carne. Entre su miembro y sus testículos me hacían mojarme hasta decir basta. Estaba tremendamente caliente.

Le di un respiro volviendo a su boca. Mi lengua fue la mensajera que portaba el sabor de su propio pene. Lo degustamos entre ambos.

Mi falda, junto a mis braguitas, volaron por la habitación, necesitaba atención urgente. Tiró de mi hasta sentarme en su cara, solo la postura ya me hacía ronronear como gata en celo.

Cuando su lengua se hizo cargo de mi vulva, mil destellos de colores estallaron en mi mente, mis propias manos tiraron de su pelo para hundirlo entre mis piernas. Lamió arrancándome exclamaciones de placer, balbuceos ininteligibles. Cuando tomó mi clitoris con sus labios mis piernas convulsionaron. Gritaba porque no parase.

No paró. Hundió su lengua en mi una y otra vez, se apodero de mí culo con sus manos y apretó mis carnes contra su boca. Casi aullidos escapaban de mi garganta. Cuatro meses sin sexo eran demasiado tiempo. Cuatro desde la última vez que lo hicimos.

Se empeño en lamer mi clitoris hasta que estallé, hasta que implosioné por dentro. Hasta que me corrí anegándolo de fluidos. No dejó de hacerlo hasta que me desplomé hacia adelante tratando de contener mis convulsiones.

Como pudo, salió de debajo de mi. Me tomó en brazos y me llevó a mi habitación, nuestra habitación. Me dejó delicadamente sobre la cama. Yo solo pensaba en besarlo.

Tiré de su cara hasta llegar a sus labios. Más que besarlos los lamí, quería sentir mi sabor en su boca. David me brindo la calidez de su lengua haciéndome estremecer de nuevo.

Bajó hasta alcanzar mis pechos. Se quedó allí, mirándolos, tratando de recordar como eran. Nada había cambiado, mis pezones y su aureola marrón seguían esperándolo, como tantas noches pasadas. Lamio uno como para probarlo, cerré los ojos al contacto. Su mano acarició el otro, amasando delicadamente, como tratando de recordar su tacto. Mi boca se abrió buscando aire. Aún mi cuerpo acusaba el placer recientemente sentido.

Su pene golpeaba mi muslo, bajé la mano hasta poder apretarlo entre mis dedos. El seguía viajando entre mis pechos mientras sus manos navegaban por mi pecho o mi vientre.

Todo y nada había cambiado. Seguíamos siendo los amantes perfectos. Conocíamos nuestros cuerpos y como excitarlos.

Lo empuje con cariño hasta dejarlo caer de espaldas, roté mi cuerpo y me tendí encima suya. Su pene se albergó entre mis muslos. Lo besé mientras contoneaba mis caderas haciendo que su pene rodara entre mis muslos, muy cerca de mi vagina. Se dejó llevar.

Con una mano lo dirigí hasta mi entrada. El elevo sus caderas buscando mi interior. Baje las mías lentamente, introduciéndolo poco a poco. Sentir de nueva aquella irrupción en mi interior me hizo temblar. Lo necesitaba.

Bajé mi vientre hasta hacer tope con sus muslos en mis glúteos. Hasta sentirlo clavado en lo más hondo de mi. Me sentía llena.

Llevé sus manos a mis pechos mientras comenzaba a cabalgarlo. Subir y bajar mis caderas, hacerlas rotar, sentirlo girar dentro de mi, alcanzar lugares de mi interior que me elevaban al cielo.

Me mecía adelante y atrás, el roce de su glande en mi punto g era provocar el orgasmo mas salvaje. Él se dejaba montar.

Estuve así hasta que lo sentí de nuevo nacer en mi nuca, hasta que mis piernas comenzaron a perder el control. Mís pechos pujaban por traspasar sus manos con mis pezones.

Me volví a correr. Gritando, gimiente, temblando, agitada, sintiendo que me moría. Me corrí cayendo sobre aquel pecho que me acogió en mi desenfreno de placeres.

Aún agitada sentí que su miembro seguía duro dentro de mi. Siempre fue bueno en esto de aguantar sus orgasmos. Aún me quedaba trabajo por hacer.

Rodé sacándolo de mi interior, su mano me acompaño hasta dejarme sobre la almohada. Encendió un cigarrillo y me lo pasó, aspire aquel humo como maná del cielo. Lo necesitaba. Él hizo otro tanto.

No hablamos, creo que no había nada que decir. Apuramos lo cigarrillos antes de volver a besarnos. Mi respiración ya se había calmado, no así su miembro que seguía igual de duro o más que antes. Sonreí mientras lo acariciaba. No cambiaras nunca ¿ verdad mi amor?

Baje mi cabeza hasta apoyarla en su vientre mientras lo masturbaba lentamente. Siempre me fascinó su aguanté, su dureza. Y allí estaba de nuevo. Frente a mi cara. Su vientre hacia subir y bajar mi cabeza al respirar.

Deposité un beso en la cabeza de aquel miembro impertinente. Le di un pequeño lametón como jugando. Su risa me llegó en la oscuridad, ese juego lo conocía.

Volví a poner mi cara en su vientre mientras seguía subiendo y bajando mi mano. Cada vez lo sentía más duro. Lo apreté casi hasta hacerle daño, aquel músculo sacaba de mi a la niña traviesa.

Se que hay una postura que no aguanta. Lo recordaba. Me levanté y subí a cuatro patas hasta besarlo. Me giré dejándole mi culo bien a la vista. Se que no dudaría.

Se colocó detrás de mí, el roce de su glande entre mis nalgas me volvió a excitar. Sus manos tiraron de mis caderas estrellándome su polla inmensa contra ellas, frotándose entre ellas. Permaneció así un rato hasta que decidió que quería más. Yo también quería más.

Frotó su glande entre mis labios haciéndome humedecer de nuevo, lo colocó en mi entrada y apretó hasta encajarse en mi. De mi boca escapó un pequeño gritito, se sentía inmensa.

Se meció adelante y atrás, ahondando cada vez más en mi. Hasta que mis nalgas chocaron contra sus muslos. A estas alturas yo gemía alocadamente. Sus manos me hacían ir y venir haciéndome sentir en el vientre su dureza.

Dejé caer mi cabeza sobre la almohada, necesitaba morder algo, me estaban penetrando casi salvajemente y mi cuerpo ardía. Aumentó su ritmo volviendo a hacerme volar entre placeres.

Lo sentí gemir más profundamente, estaba cerca, apreté hacia atrás queriendo sentir su explosión de semen muy dentro de mi.

Un gemido largo y sus manos crispadas en mi cintura, un empollón y su semen se vertió haciéndome sentirlo caliente y espeso. De nuevo me corrí entre espasmos y jadeos.

Rendidos, agotados, nos dejamos caer sobre la cama, buscando calmar nuestros corazones acelerados, igual que nuestra respiración. Silenciosos, callados. Tratando de entender cómo habíamos vuelto a nuestra cama. Ni el ni yo pensábamos que aquello volvería a suceder. Pero había pasado.

Me dio un beso en la frente, recogió su ropa y se vistió. Mañana vendría a recoger sus cosas, hoy ya era muy tarde. Acepté, maldita sea, acepté sin decir nada. No sabría tampoco qué decir.

Se fue dejándome tumbada y aún con el calor de sus labios en mi frente. Abrazada a la almohada, sintiendo aun su calor en la sábana, en mi interior. Confundida, agradecida, satisfecha.

Supongo que donde hubo fuego quedan rescoldos. Espero poder apagarlos o revivir ese fuego de nuevo.