Memorias de un fucker de turismo en Arona
El aire libre no es solo un escenario, es una revelación. Entre el miedo a ser vistos y la urgencia de tocarse, descubren que lo prohibido les sabe a libertad.
De turismo en Arona
Por fin llegaba el día en que Yaiza, iba a volver a visitarme en Arona.
Ese día iba a ser especial, tenía unas cuantas sorpresas guardadas para sorprender a mi Fucker. Sería la primera vez que lo haríamos al aire libre, entre otras cosas que tenía preparadas para que la tarde fuese muy entretenida y morbosa.
Habíamos quedado en que ella llegara justo después de comer.
La excusa hacia su marido: Una tarde de chicas con su amiga Nerea. Las dos irían a una clase de zumba. Y después, de compras.
Su amiga, por su parte, estaba al corriente de todo y era su cómplice una vez más. Incluso le había dicho bromeando:
—¿Puedo ir yo? Te puedo ayudar con esa clase de zumba.— Le dijo entre risas.
Yo, por mi parte sería otra tarde de sábado en la que tenía que trabajar. Nada raro en mi oficio.
Salí de casa a las dos y me fui hacia mi trabajo. Tenía cosas que preparar.
El taller donde trabajo está en la parte alta del polígono y es una nave muy grande dividida en zonas. Contamos con cocina, comedor, la zona de mecanizado y montaje, zona de soldadura, cabina de pintura, elevador de coches, máquina de cambiar ruedas, almacén, unas oficinas de diseño y en la parte alta un gimnasio. Sí, un gimnasio. Uno de mis compañeros era el dueño de un gimnasio, hasta que le empezó a ir mal y tuvo que cerrar. Mi jefe al comprar la nave. Acondicionó una zona para que metiera las máquinas y así poder usarlas todos.
Mi compañero era culturista y había sido dos veces campeón de Canarias. Yo, con mis años de experiencia en los gimnasios, sabía sacarle partido y entrenaba allí. Lo que unido a la cantidad de Fuck training que llevaba. Me hacía estar en mejor forma que nunca.
Era un empotrador nato, pero también entrenaba para ello. Cuando la gente me preguntaba qué hacía para estar así. Instantáneamente, me salía una amplia sonrisa de medio lado en la cara. Que si la supieran interpretar, comprenderían cómo me siento cuando entreno, de cualquiera de las dos formas.
Llegados a ese punto de nuestra trayectoria como amantes, nuestros encuentros ya habían subido mucho de nivel. Cuando quedábamos y nos veíamos, nuestras conciencias se anulaban y dejaban paso al instinto. Ese instinto reptiliano, que nos hacía devorarnos con la mirada cuando nos veíamos, comernos la boca cuándo estábamos cara a cara y follar cuando nos quedábamos a solas. Esa urgencia por estar dentro de ella. Siempre había sido así, desde el primer día. Pero algo había ido cambiando conforme nuestros encuentros se sucedían. Ahora necesitábamos estar juntos. El sexo se había convertido en algo extremadamente intenso. Pero también parábamos para estar juntos sin más, hablábamos y nos reíamos un rato, hasta que una mirada o un gesto nos volvía a encender.
A estas alturas, y progresando en el sexo de esa manera, decidimos que con la llegada del buen tiempo debíamos buscar sitios al aire libre, para hacerlo.
Ella, en su época de novios ya había tenido experiencias de ese tipo.
Pero yo, por mi parte, solo una vez con mi primera novia, y fue muy rápido. Casi sin sacar provecho de una situación tan morbosa, como era hacerlo al aire libre. Fue una noche, en una playa donde acabamos después de estar de fiesta.
Aprovechando los primeros días de calor, el último fin de semana de mayo planeamos nuestra primera, sexcursión.
Llegué al trabajo, como muchos otros sábados tarde. Sin embargo, ese día, no iba precisamente a trabajar. Ya había avisado a mis confidentes y compañeros lo que allí iba a suceder. Para que nadie apareciera por el taller.
Nada más llegar, me dispuse a preparar todo.
Había comprado fresas y jamón, una botella de cava y otra de Tres Picos.
Lave las fresas y las coloque en un plato. Ese plato lo subí a la sala de juntas, a la vez que la botella de cava.
También subí dos copas para el cava y mientras preparaba todo, abrí la botella y me serví.
Recibí un mensaje en el que me indicaba que ya había salido. Que iba por un pueblo cercano. Estaba como a unos veinte kilometros y no tardaría en llegar.
Salí del taller, cogí el coche y bajé la cuesta que hay hasta la entrada del polígono. Allí hice la rotonda y me quedé con el coche encarado hacia donde teníamos que ir.
No habían pasado ni diez minutos, cuando vi aparecer su Honda CRV blanco. Arranqué mi coche y avancé un poco para que, al verme, me siguiera.
Me siguió hasta la puerta de mi taller y al llegar aparcamos justo en la puerta. Cuando paró el coche y fue a bajar, yo ya estaba esperándola. Le abrí la puerta y lo primero que vi fue su cara con una pícara sonrisa. Me encantaba esa sonrisa, sus grandes ojos negros y como se le iluminaba la cara de esa manera.
Le tendí la mano en un gesto de caballerosidad. Ella extendió la suya y dejó que la ayudara a bajar. Una vez estuvo en el suelo, rodeé su cintura con mis manos y la besé. Un beso largo, húmedo y caliente. Siempre que nos veíamos era el mismo ritual. Y esta vez no iba a ser diferente. Me miró a los ojos y me dijo:
—Buenas tardes, Moreno.
A lo que respondí.
—Buenas tardes, Morena
Nos montamos los dos en mi coche y arranqué hacia nuestro destino. Era una sima en medio del monte que tenía una vegetación inusual, gracias al calor del volcán y la humedad. Era una rareza en la zona en la que estábamos. Algo muy curioso y frecuentado, solo por las personas de la zona. Además, por el horario seguro que no habría nadie allí. Conduje por una carretera comarcal que estaba en obras.
—¿No te da miedo que alguien te vea con una chica que no es tu mujer en el coche?
—No. Por aquí no. Además, me da igual. Nadie va a pensar mal.— Dije esto mientras una sonrisa de medio lado asomaba en mi cara.
Yaiza se relajó y se dejó llevar.
No tardamos mucho en llegar al lugar en cuestión. Era un aparcamiento de tierra, que estaba a unos quinientos metros de distancia de la entrada al pozo.
Bajamos del coche y lo rodeé hasta encontrarme con ella. Abrí la puerta y la invité a bajar. Cuando bajó, mis manos fueron a parar a su cintura como si tuviese imán. La volví a besar con la misma intensidad que momentos antes en la puerta del taller, pero este beso duró más de lo normal.
Besar a Bichita al aire libre, fue una cosa nueva, era un beso que sabía diferente. Sabía a libertad. Nuestro primer beso sin tener que estar escondidos.
Cerré el coche y bajamos por un camino de tierra hasta el pozo. Lo hicimos cogidos de la mano, entre nosotros había un juego de miradas cómplices que lo decían todo. Nos gustaba esa sensación. En esos quinientos metros fuimos una pareja normal que iba a hacer cosas normales.
El pozo estaba situado en el centro de un campo de olivos. Al ir a entrar en ese campo, me detuve y una mano fue a parar a su cintura, mientras mi otra mano pasó a sujetarla del cuello, para besarla acto seguido. Volvió a ser otro beso largo de esos que te dejan sin respiración, esta vez fue un beso lento, disfrutando del momento y saboreando nuestros labios.
Después del beso, seguimos nuestro camino hasta la entrada. Bajamos unas escaleras y cuando estábamos abajo comenzó a reproducirse en un altavoz, una grabación de la historia del pozo. Mientras la oíamos, le conté la historia y le enseñé lo bonito que era.
La bajada al mirador de este pozo eran unas escaleras excavadas en piedra, que terminaban en una plataforma que estaba volada desde la pared. Al llegar me dijo que le daba vértigo, pero que estando conmigo esa sensación había desaparecido. El suelo de esa plataforma, era una rejilla desde la que se podía ver el fondo del pozo. Y rodeando este mirador una barandilla de tubo redondo de acero inoxidable.
Se agarró a la Barandilla y miró hacia el fondo. Momento que aproveché para ponerme detrás de ella. No se movió, a sabiendas lo que venía a continuación.
La sujeté por las caderas y empecé a bajarle las mallas que llevaba puestas. Las bajé casi hasta los tobillos y cuando me agaché para bajárselas, su culo perfecto apareció ante mi cara. Le di unos mordiscos y cuando me volví a poner de pie, le di un sonoro azote.
Giró la cabeza, lo justo para que sus ojos se encontrarán con los míos y que yo pudiera ver su cara. Quería que la follara ya, al aire libre, como tantas veces habíamos fantaseado. Esa era la señal. Me bajé los pantalones y los calzoncillos. Una vez mi verga quedó liberada, no tardó en encontrar la húmeda entrada de su vagina, la cual estaba más que preparada para ser asediada.
Los dos estábamos muy calientes. Mientras me abría paso en su interior, lanzó un suspiro, mezcla de aprobación y de placer.
Comencé a moverme, con una mano en su cuello y la otra en su cintura. Follándola desde atrás, de puntillas y metiéndola hasta el fondo.
Movimientos lentos pero firmes. Esos movimientos se fueron volviendo más rápidos cada vez. Mis manos pasaban de su cintura a estar sujeto a la misma barandilla que ella. De esta manera mejoraba la intensidad movimiento de mis caderas. No tardó en alcanzar al clímax por primera vez.
Lo único que nos distraía era la voz del narrador de la historia, que se repetía sin parar. Cuando llevábamos casi media hora así, decidimos cambiar de postura.
Esta vez y para que descansen mis piernas, nos dirigimos hacia una especie de banco de piedra donde me senté.
Con los pantalones bajados como estaba, Yaiza se sentó encima de mí. Estando de espaldas, dejándome ver cómo su culazo bajaba hasta hacer encajar nuestras caderas, señal de que nuestro acople era perfecto. Al sentarse, mi verga desapareció completamente en su interior. Comenzó a moverse hacia delante y hacia atrás, alternando con un sube y baja que me volvía loco. Yo, por mi parte y como siempre, no podía parar y también me movía para facilitar la penetración. Al estar desnudó me estaba raspando contra las piedras del banco, pero en ese momento no le di importancia. Estaba centrado en proporcionarle el máximo placer a mi Fucker. Que seguía acumulando orgasmos a cada minuto que pasaba.
La primera vez que lo hacíamos al aire libre y estaba resultando perfecto.
Pasó casi otra media hora, hasta que decidimos dar por finalizada nuestra sexcursión. Así que nos colocamos bien la ropa y subimos por las escaleras. Al llegar arriba paramos fuera y nos besamos. Por un momento parecíamos una pareja normal. No dos amantes que se ven a escondidas. Los dos tuvimos la misma sensación, cosa que comentaríamos después, en nuestra charla nocturna.
Caminábamos cogidos de la mano, mirándonos a los ojos y sonriendo. Los dos habíamos caído en la cuenta de que nos gustaba estar así, algo había ido surgiendo entre nosotros sin darnos cuenta. O simplemente, habíamos mirado para otro lado porque no lo queríamos admitir, pero lo cierto era que estábamos sintiendo cosas qué no estaban planeadas. Cosas que no se planean, y que no se pueden evitar.
No éramos una pareja normal. A este sentimiento no lo podíamos llamar amor. A partir de ese momento, a este sentimiento lo empezaríamos a llamar: cariñazo. Sí, cariñazo, lo definíamos como el exceso de cariño. La sensación de querer estar con alguien a todas horas. De querer estar con ella pase lo que pase y que cuando estás con ella sientes que todo lo demás desaparece. Ya hacía días que sentíamos eso, pero el cómo había surgido y como seguía creciendo no tenía explicación por ninguna de las dos partes. Siempre había un punto de inflexión en todas las relaciones y ese día, fue el punto de inflexión de la nuestra.
Nos visualizábamos juntos, sin tener que escondernos y eso nos gustaba.
Seguimos andando hasta llegar al coche. Fui hacia su puerta, la abrí y la invité a entrar. Me brindó una sonrisa de oreja a oreja y montó en el coche.
Arranqué y puse rumbo hacia el taller, donde íbamos a hacer la segunda parada de la tarde. El viaje de vuelta transcurrió entre risas y miradas cómplices.
La Primera vez juntos al aire libre. Y algo me decía que no sería la última.
Al final, llegamos a la puerta de mi taller. Los perros de guarda estaban sueltos y cuando entramos se acercaron a olfatearla.
La estaban oliendo. Tenía un husky precioso que se llamaba diablo y al cual, yo ya conocía, después de las visitas a su casa. Un husky grande de ojos transparentes y que llamaba mucho la atención, como la dueña. Siempre me decía que cuando salía con el perro, todo el mundo la miraba y no era para menos.
Los perros del taller olían a otro perro y por eso eran tan insistentes, no la dejaron en paz hasta que entramos por la puerta de las oficinas.
Una vez dentro, subimos unas escaleras hasta llegar a la planta de arriba.
Eran unas oficinas de diseño que había hecho el anterior propietario, sillas en cuero blanco, muebles nuevos y todo muy bien distribuido. Nada más entrar señalé una silla y le comenté:
—Mira, la silla de la única mujer de la empresa. Ahí te voy a follar. Así, cuando entre aquí, miraré la silla y pensaré. Yo, he follado ahí. Mmmmmm
—Quiero que me folles en donde te apetezca. Hoy el anfitrión eres tú.
Entonces avanzamos por la oficina hacia la sala de reuniones. Una sala acristalada con una mesa ovalada en el centro. En esa mesa había una botella de Tres Picos y un plato con fresas. El recurrente menú de los Fucker.
Al verlo, se giró, me agarró por la cintura y me comió la boca. Acto seguido bajó la mano desde mi cintura hasta mi polla. La apretó para asegurarse de que estaba listo para jugar y una vez comprobado, me empezó a desnudar a la vez que ella hacía lo mismo. En menos de un minuto, estábamos los dos desnudos. Se giró, apoyando las manos en la mesa y levantó el culo a modo de invitación. Abrí sus cachetes para ver dónde tenía que apuntar mi ariete, empujé y poco a poco la fui penetrando hasta que estuvo completamente llena de mí.
No le costó entrar, ya que estaba lubricada de sobras después del episodio del pozo.
Así empecé a bombear, mientras mis manos siguieron su habitual recorrido para llegar a posarse encima de su espalda.
Una en su cadera y otra cerca del cuello.
Con ella sujeta así, mi cuerpo era él que marcaba el ritmo. En esa posición estuvimos un buen rato. Cuando cambiamos de postura me senté en una silla y fue ella la que me montó a mí, yo mientras me deslicé para que mi culo quedara en el borde de la silla y así ganar movilidad para poder moverme yo también.
Cuando se sentó en mi polla me miró a los ojos y me dijo:
—Pero que bien entra. Ahora te voy a follar yo. Tú descansa que aún tenemos que ir al gimnasio. Entrenador.
—Mmmmmm. Vamos, fóllame.
Empezó a follarme a buen ritmo. Tanto fue así, que tuve que parar para no acabar inmediatamente.
La paré, le di la mano y la llevé hasta la mesa de la secretaria. Quería follarla estando sentado en su silla. Un sillón de piel blanca que a partir de ese momento quedaría impregnado con nuestra esencia.
Me senté y con mi dedo le hice señales para que se acercara. Ella miró por la ventana y vio la montaña, se podía ver el Teide. Al ver ese paisaje, giró la silla dejándola mirando hacia esa ventana, fue entonces cuando volvió a ocupar su lugar, sentada encima de mí, cabalgándome.
—Quiero follarte mirando a la cumbre. Algún día me follarás ahí arriba. Mmmmmmm.
La postura en la silla no era muy cómoda, lo que nos hizo ponernos de pie y con ella apoyada en el marco de la ventana, la seguí penetrando desde atrás, mirando a la montaña por encima de su hombro. Estando en esa posición y ya llevando un buen rato, sentí cómo me subía un enorme calor desde mi zona baja, me iba a correr. Ella lo notó también y me dijo:
—Pero como se te está poniendo. Vamos córrete. Quiero que me llenes de leche.
—Ahhhhhh. Sí, me voy a correr. Siiiiiii. Ahhhhh
Y dando los últimos empujones descargué en su interior. Ella me miró con cara de satisfacción y alargó su mano para tocarme el pelo. Agaché la cabeza poniéndola a su alcance y empezó a acariciarme. Yo permanecía dentro de ella, hasta que mi cansado miembro fue decreciendo, hasta abandonar su cálido alojamiento. Nos levantamos y entonces me di cuenta de que un hilo de semen resbalaba por sus muslos. Le acerqué un pañuelo para que se limpiara y le dije.
—Me encanta follar contigo. Pero llevo una paliza. Jajajaja. Vamos abajo y así merendamos algo, necesito reponer fuerzas.— Comenté exhausto.
—Tú mandas, es tu territorio.
Dicho esto, recogimos las copas y el vino. Cuando íbamos hacia las escaleras me dio una palmada en el culo, un sonoro beso y me dijo al oído:
—Vamos a comer algo para que se reponga mi semental.
Puse una sonrisa de medio lado en señal de satisfacción y bajamos a la planta de abajo de mi taller.
Abrí una de las puertas y entramos en la cocina que también hacía las veces de comedor.
Saqué un Paquete de lonchas de jamón ibérico y uno de queso ya cortado. Colocamos las copas y el vino en la mesa. Y comimos un poco.
Comentamos nuestra pequeña excursión, el pozo y lo bonito que era. Pero lo que más nos había gustado era sensación de estar juntos al aire libre sin escondernos. Los dos coincidíamos en lo mismo. Esa sensación nos había encantado. Por un momento habíamos tenido una sensación de libertad, que nunca antes habíamos sentido estando juntos.
Estuvimos media hora así, hasta que decidimos subir al gimnasio.
Salimos del comedor desnudos, solo con las zapatillas puestas. Andando por el taller. Me paré, la observé y le dije.
—Si te vieran mis compañeros así. Jajajaja. Vaya alboroto se iba a preparar.
Su única respuesta fue una sonrisa de medio lado y un balanceo de caderas que me dejó hipnotizado.
Fui tras ella hacia las escaleras del gimnasio. La dejé subir primero, mientras no perdía su culazo de vista. Cuando llegamos arriba entramos en el gimnasio y poniendo sus brazos en jarras me dijo.
—¿Por dónde empezamos entrenador?
La cogí de la mano y llevé hasta los espejos, que era la pared donde estaban las mancuernas.
Allí, con ella delante del espejo y yo detrás empecé a besarla en el cuello, mientras pasaba mis manos por todo su cuerpo. Desde sus pechos hasta su monte de Venus, recorriendo lentamente su vientre.
La imagen era muy erótica. Yo ya estaba listo para seguir de nuevo y ella siempre estaba preparada para más. Así que puse un banco con el respaldo a cuarenta y cinco grados y la tumbé boca abajo en él. Se agarró al respaldo y levantó el culo para estar más accesible. Me puse detrás de ella, me agaché y le di un mordisco en un cachete.
Así como estaba coloqué mi verga en la entrada de su vagina y con un certero movimiento, la metí hasta adentro.
Empecé un mete y saca a buen ritmo. Para poder hacer más fuerza, pasé mis brazos por sus costados y la sujeté por los hombros. De esta manera, a la vez que empujaba, hacía fuerza con mis brazos, tirando hacia mí, con el efecto de estar empujando en dos direcciones para lograr una mayor profundidad y contundencia. Así estuvimos un buen rato y después de una buena cantidad de orgasmos decidimos cambiar de postura y de aparato. Había que probar más máquinas y aunque llevábamos un buen rato, acabábamos de llegar allí. Pasamos a la máquina de bíceps femoral. Para el que no la conozca es la máquina de hacer pierna en la que estás tumbado y llevas los talones al culo.
Se tendió boca abajo mientras yo me colocaba encima suyo.
La penetré y empecé a moverme con las manos a sus costados, pero pronto busqué nuevos sitios donde agarrarme y descubrí que en la parte de arriba de la máquina podía sujetarme para hacer más fuerza. En esa postura comencé a embestir cada vez más fuerte. La verdad era, que me encontraba muy cómodo y podía hacer toda la fuerza que quisiera. En esta postura comenzó a tener unos orgasmos increíbles. Esto me animaba a seguir empujando con esa intensidad, lo que hizo que estuviésemos en esa postura, muuuuucho más rato. Cuando nos dimos cuenta de la hora, ya tenía que irse. Otra vez nos habían robado el tiempo.
Bajamos los dos de la máquina a la vez, una vez abajo nos abrazamos y nos besamos.
Esta vez esos besos y esos abrazos me sabían diferentes. Había cariño en ellos, cosa que hasta ahora había notado en muy pocas ocasiones.
Algo estaba cambiando entre nosotros, pero ninguno de los dos lo quería admitir. Seguíamos pensando que era solo follar y que nuestra relación estaba alimentada solo por el morbo y el buen sexo.
De esta manera, había menos culpabilidad por parte de ninguno de los dos.
Salimos del gimnasio y nos dirigimos a la sala de reuniones, donde estaba toda nuestra ropa. Allí nos volvimos a abrazar. Había sido un día diferente, muy ameno, divertido y lleno de sensaciones nuevas.
Entre sonrisas de complicidad,nos vestimos y recogimos las pruebas del delito. Una vez que se quedó todo recogido en la oficina, bajamos abajo y recogiendo las cosas que habían sobrado, salimos a la calle. La acompañé hasta la puerta de su coche. Antes de entrar la besé con ganas y cuando montó, cerré la puerta. Arrancó el coche y la estuve mirando hasta que su CRV blanco se perdió por la carretera, camino de Santa Cruz.
Hasta aquí había llegado nuestro esperado día de Gym y nuestro primer encuentro al aire libre.
Al despedirnos nos lanzamos un beso y nos dedicamos una sonrisa de medio lado a modo de complicidad.
Se fue a casa muy bien follada. Volví a sonreír y me fui para casa, también muy bien follado.
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