Amor inesperado de una joven casada 6
La confesión de Mónica debería haber roto todo, pero Carmen solo sonríe. Le propone un acuerdo imposible: él con ella, ella con él. Una noche de intercambio que desdibuja los límites del matrimonio y abre la puerta a un deseo prohibido.
Me desperté con dolor de cabeza y mientras desayunaba le mandé un mensaje a Carmen diciéndole si me podía subir una barra de pan. Le conté de mi jaqueca y, como siempre, me dijo que no me preocupara que ya me subía ella el pan.
Me di una ducha con la esperanza de que me aliviara algo la pesadez de cabeza y mientras, pensaba en como decirle lo ocurrido la tarde anterior. No sabía cómo se lo tomaría, incluso llegué a barajar la posibilidad de no decirle nada pero estaba cansada de ocultar cosas, necesitaba ser sincera con ella y, sobre todo, conmigo misma.
Le abrí la puerta y nada más verme me miró preocupada.
- Que mala cara tienes, cariño – puso la palma de la mano en mi frente – Fiebre no parece que tengas.
- No, fiebre no tengo – la hice pasar.
- Deberías meterte en cama e intentar descansar un poco – avanzó hacía la cocina – Seguro que no dormiste nada.
- Dormí a ratos.
- Pues hoy te quedas en casa y descansas.
Era tan buena conmigo que me sentía incapaz de ocultárselo. La miré con tristeza y sentía mis ojos apunto de desbordarse.
- Cariño… - me acarició la mejilla – Que te pasa?
La abracé y no pude aguantar más. Estallé en llanto.
- Me siento una mierda – le dije con dificultad llorando – Siento que todo lo hago mal.
- No digas eso – me dijo mientras acariciaba mi cabeza apoyada en su hombro – Eres una chica encantadora y no quiero que pienses eso.
- Ayer vino tu marido hasta aquí – le dije – Me extrañó que viniera, me dijo que necesitaba hablar con alguien y no sabia con quien hacerlo.
- Y que era eso de lo que quería hablar? – preguntó sorprendida.
- Estaba preocupado por ti. Me dijo que creía que te veías con algún hombre porque estabas diferente con él.
- Te dijo eso?
- Si. Me dijo lo del cumpleaños y que le habías dicho que este sábado vas a salir con una antigua compañera de trabajo.
- Si, le dije que iba a salir para poder estar con Tere. Y tu que le dijiste?
- Le dije que no creía que hubiera otro hombre, que siempre estamos juntas y que si fuera así, me imaginaria que me lo hubieras contado. Después de hablar con él estaba mas tranquilo.
Me quedé callada un momento y continué hablando.
- Te acuerdas que un día te dije que nunca estaría con tu marido sin estar tú presente ni a escondidas de ti?
- Si, lo recuerdo – me miró extrañada.
- No se cómo pasó pero me sentía tan mal por verlo así de preocupado por ti y sabiendo que yo soy la culpable…
- Hicisteis el amor? – me preguntó de forma directa.
- El amor solo lo hago contigo, Carmen – aclaré – Pero si, tuvimos sexo. Al principio lo rechacé y le dije que faltabas tu. Me pidió que por lo menos lo masturbara y terminé aceptando. No tienes sexo con él?
- Mucho menos que antes – me dijo.
- Y eso por qué? Por mi culpa?
- No es por tu culpa, cielo. He descubierto que el sexo contigo es maravilloso y no me apetece tanto estar con él.
- A mi me pasa lo mismo que a ti. Aunque no se por qué, cuando acaricio a Eduardo me da morbo y ya sabes que sabe cómo acariciar.
- Si, cariño. Se que te da morbo y su sexo te gusta.
- No te enfades conmigo, por favor. No lo soportaría – la miré triste.
- No me enfado contigo – secó mis mejillas con las manos – Gracias por contármelo y saber que puedo confiar en ti.
- Confías en mi a pesar de lo que hice?
- Confío en ti totalmente. Me has demostrado que puedo hacerlo – me besó los labios – Te quiero mi niña.
- Yo también te quiero mucho – la miré con felicidad al haber liberado la carga de sentirme culpable – Gracias por ser tan buena conmigo.
- Estás más tranquila? – me preguntó.
- Si, gracias – le contesté – Carmen…
- Dime.
- Le vas a decir a Eduardo que te lo conté?
- No lo sé. Por mi parte me gustaría hablarlo con él, pero no quiero que pueda molestarse contigo por habérmelo contado.
- No le digas nada – le pedí – Confió en mi para venir hablar conmigo y no me gustaría que se sintiera traicionado.
- Tranquila, no se lo diré.
El jueves me llamó Maribel, mi amiga, para decirme que el fin de semana no iban a estar en la ciudad que se iban a una casa rural pero que fuera con ellas. A pesar de que me insistió, decliné la invitación porque no me apetecía pasar tres días fuera de casa. Al colgar pensé en Carmen y Tere y en lo ilusionadas que estarían por poder estar juntas el sábado por la noche, pero no sabía cómo hacer para dejarlas solas.
Por la tarde, sentadas en el sofá, disfrutaba abrazada a Carmen acariciando su pelo mientras olía su cuello. Me encantaba estar entre sus brazos, la sensación de paz y tranquilidad que me daba respirar su aroma.
- Estás muy pensativa, cariño – me dijo mientras pasaba despacio la mano por mi brazo – Es por lo del sábado? Si no quieres que duerma con Tere dímelo, eh!
- No es por eso – le dije – Si que quiero que puedas estar con ella. Por la mañana hablé con Maribel y este fin de semana se van a una casa rural y no estará ninguna de mis amigas en la ciudad para salir con ellas. No se cómo hacer para dejaros solas. Estuve pensando en coger una habitación en un hotel.
- Irte a un hotel? – me miró sorprendida – No, de eso nada. Estás loca? Teniendo tu casa como te vas a ir a un hotel? Si no puede ser este sábado ya quedaré otro día con ella – en su cara vi algo de fastidio por el cambio de planes.
- Pero se que estáis ilusionadas por estar juntas – le dije – Ayer me escribió diciéndome que está nerviosa porque llegue el sábado.
- Te dijo eso? – me preguntó interesada.
- Si. Si no me dio las gracias diez veces por dejaros dormir juntas, no me las dio ninguna.
- Es adorable su inocencia – me dijo pensativa – Estaba pensando una cosa pero no sé qué opinarás al respecto.
- Que pensabas?
- A ti te gustaría cenar con mi marido? – me soltó indecisa por su propuesta – El estará solo en casa. Se que a ti te gusta su compañía independientemente de lo sexual. Y pensándolo bien, prefiero saber que estás con él y no estar preocupada por ti.
Esa opción de quedarme en casa de mis vecinos no se me habia ocurrido. Al decírmelo y pensar en cenar con Eduardo y quedarme a dormir con él me hizo sentir algo de nervios.
- Pero a ti no te importa? – pregunté.
- Cielo… - me miró sería -… Prefiero saber que estás con él. Ayer cuando me confesaste que habías estado con él el martes, me di cuenta que es normal que a veces necesites estar con un hombre. Tú marido no está y entiendo que te pase eso. Yo tengo a Eduardo y aunque ahora no me apetezca el sexo con él, hay veces que se necesita el abrazo de un hombre. Recuerda que somos heteros, si fuéramos lesbianas imagino que sería distinto. No piensas lo mismo?
- Puede que tengas razón – le contesté pensando en sus palabras – Me sorprende lo que siento por ti, y contigo, sin ser lesbiana.
- Me pasa lo mismo. Nunca me había excitado nadie tanto, ni me había hecho disfrutar en la cama como tú.
- Ya somos dos, entonces.
- Vamos a la habitación? – me preguntó sonriendo – Quiero hacerte el amor.
- Vamos.
Después de hacer el amor, quedamos que el sábado iría a cenar con Eduardo y que ella se lo diría. Me hubiera gustado ver su cara cuando Carmen le diera la noticia. Seguro que se pondría muy contento.
…….
Carmen estaba atacada de los nervios cuando nos abrazamos antes de irme para su casa a junto de Eduardo. Yo también lo estaba pero intentaba disimularlo.
- A que hora te dijo que venía Tere? - le pregunté.
- Dentro de veinte minutos – me dijo mirando la hora en el reloj de la cocina.
Por la mañana le había dado el teléfono de Carmen para que se pusieran de acuerdo en la hora de cenar.
- Mientras no llega voy a poner la mesa – me dijo – Estás muy guapa mi amor.
- Tú también – le dije – Seguro que a Tere le gusta mucho tu vestido.
- Eso espero – me dijo con timidez – Anda, sube que me vas a sacar los colores.
- Si – la abracé – Mañana bajaré a la hora de comer y ya me cuentas. Recuerda que Tere tiene que estar en su casa a las dos para comer con sus padres.
- Si, lo sé – me besó – Gracias por todo esto cariño. Te quiero.
- Yo también te quiero – me costaba separarme de ella – Voy a subir. Hasta mañana.
- Hasta mañana, mi niña.
Al ver a Eduardo me gustó ver su cara de alegría. Parecía tan nervioso como yo y lo abracé para intentar tranquilizarme.
- Gracias por venir – me dijo estrechándome contra su pecho.
- A ti por invitarme – acaricié su cara y le besé los labios.
- La idea fue de mi mujer – me contestó – Pensaba que saldrías con tus amigas.
- Si, pero al final no estaban.
Al principio nos costó soltarnos y la conversación era sobre cosas sin importancia. Creo que ninguno de los dos lográbamos creer que estuviéramos cenando juntos, solos, en su casa. Por momentos pensaba en Carmen y Tere, en mi piso, ellas también solas, pudiendo dar rienda suelta al deseo de conocerse de manera íntima.
- Me sirves otro vino? – le pedí.
- Claro – sirvió dos vinos y levantó su copa para brindar – Por esta noche especial.
Me miraba de forma muy intensa y podía sentir el deseo en sus ojos.
- Estás preciosa – me dijo mirando hacia mi blusa.
- Gracias. No sabía que ponerme.
Sentía calor y después de pensarlo un rato me desabroché un botón de la blusa.
- Hoy que estamos solos… - me dijo – Te desabrocharías otro botón?
- Si quieres si.
Lo hice y mi blusa con tres botones desabrochados, se abría mostrando parte del sujetador.
- Y tú desabrocharías tu camisa? – le pregunté.
- Claro – desabrochó un botón y asomaron algunos vellos – Así? Más?
- Otro más, por favor – le contesté mirándole al pecho – Siempre me impactó mucho lo peludo que eres. Javier no es nada velludo y encima se los depila.
Sabiendo el efecto que estaba provocando en mi, Eduardo se desabrochó la camisa y la abrió por completo.
- Desde el primer día supe que mi pecho te llamaba la atención – me dijo.
- Y a ti los míos – le sonreí y me desabroché la blusa imitándolo. La abrí de todo – Así mejor?
- Mucho mejor. Tus pechos son perfectos.
Me había puesto un sujetador azul clarito que transparentaba y sabía que podía ver mis pezones bajo la tela. Los sentía duros y pujando contra la barrera del sujetador. Bajé la mirada y los vi claramente marcados.
- Siempre se me ponen así cuando estoy contigo.
- Me halaga saberlo. Te molesta el sujetador?
- Un poco.
- Recuerda que estamos solos. Quítatelo si te molesta.
Estirando el brazo hacia atrás, lo desabroché y bajando las tiras del sujetador por los brazos, me lo quité. Me dio morbo estar cenando así con la blusa abierta y sin sujetador mostrándole las tetas. Me estaba excitando mucho todo aquello.
Cuando se levantó para recoger los platos vi el bulto de su pantalón que siendo de pinzas no ayudaba nada a disimular su estado.
Al regresar de la cocina me ofreció postre y le dije que no pero que lo tomara él.
De nuevo mi imaginación voló a mi piso. Me preguntaba que estarían haciendo en esos momentos Tere y Carmen. Aquella mezcla de sensaciones me hizo levantarme mientras Eduardo daba buena cuenta de un trozo de tarta de manzana que había hecho su mujer.
- Necesitas algo? – me preguntó.
No le contesté. De pie detrás de él, llevé mis manos a su pecho y lo acaricié. Besé su mejilla y se lo pedí.
- Me dejas chupártela mientras terminas el postre?
- Claro… – me contestó separando la silla de la mesa -…claro que te dejo.
Verlo comiendo mientras yo disfrutaba de aquel manjar que tenía entre las piernas me excitó muchísimo. Saboreé su sexo como si fuera el más dulce de los postres. Lo lamía con verdadera fruición y ni yo misma me reconocía al verme chupar con tanta avidez. Mientras lo hacía masajeaba sus testículos. Me gustaba su tacto, su tamaño, su peso.
- Así, Mónica – me dijo excitado – Deseaba que me la volvieras a chupar.
- Y yo hacerlo – le contesté mientras besaba sus testículos.
Eduardo quería mas postre pero no del que su mujer había hecho, sino del que yo tengo entre mis piernas y me llevó al sofá. Me gustó su desesperación por quitarme la ropa y como abrió mis piernas para hundir su cara entre ellas. Me saboreó cada rincón del coño de forma mucho más ansiosa que otras veces, haciéndome sentir que esas dos semanas sin poder comérmelo habían sido una eternidad para él.
Miraba fascinada su rostro entre mis piernas. Me acababa de hacer correr y parecía limpiar con la lengua cada rastro de flujo pasándola despacio por mis ingles, muslos, nalgas. Sin esperarlo sentí la suavidad de esta lamiendo mi ano. Lo miré sorprendida. El me miraba esperando mi reacción y cerré los ojos.
Aquello solo me lo había hecho Carmen y, desde la primera vez que lo hizo, me había sorprendido la sensación placentera que me provocaba. Ahora era Eduardo quién separaba mis nalgas y lamía mi ano despacio haciéndome sentir escalofríos.
Me daba vergüenza abrir los ojos y verlo ahí con la mirada puesta en mi agujerito.
- Es precioso – me dijo mientras le daba besos – Te gusta lo que le hago?
- Si – tapé la cara con las manos – Me gusta mucho.
Alternaba besos entre mi coño y mi ano. Si lamía este, mientras, me acariciaba el clítoris. Si lamía mi sexo, era su dedo el que masajeaba con delicadeza el ano.
Estaba convencida que Carmen le había enseñado a tratar de esa manera una zona tan íntima. No pude evitar ponerme tensa cuando la yema del dedo se introdujo un poco. Me hizo gemir notar como masajeó para que se relajara. Su boca en mi coño empapado, ayudó a que no sintiera nada de dolor cuando su dedo resbaló entero.
- Te duele? – me preguntó preocupándose por mi.
- No – me costaba hablar por el gusto que sentía – Lo has metido todo?
- Si – me dijo – Mira.
Con curiosidad aparté las manos de mi cara y eché la cabeza hacia delante. Me estremecí al ver que tenia razón y su dedo estaba por completo hundido en mi agujerito.
- No temas ni sientas vergüenza, cariño.
Acercó su boca a mi vagina, estaba cada vez más mojada y lamió haciéndome suspirar. Comenzó a mover el dedo lentamente y me hizo gemir sentir como se desplazaba en mi interior hacia fuera y hacia dentro. Poco a poco aumentó el ritmo llegando a sacarlo por completo y volviendo a introducirlo sin ninguna dificultad. Mi ano estaba disfrutando y sentía que se había relajado.
- Te gusta? – me preguntó sin dejar de moverlo.
- Me gusta mucho – le contesté entre gemidos.
Al escucharlo le miré sorprendida. Había dejado de lamerme el coño para hablarme y me di cuenta que ese placer que estaba sintiendo venía provocado únicamente por su dedo en mi ano.
Me iba a correr y no podía creérmelo. Eduardo me estaba masturbando el ano y sentía mi vagina a punto de explotar. Cómo un latigazo, sentí que mi cuerpo era atravesado por un orgasmo y mi coño comenzó a correrse soltando aquellos chorritos mientras su dedo se movía en mi.
Cuando retiró el dedo pude notar como mi agujerito palpitaba descontrolado y Eduardo, con ternura, lo besó llegando a introducir su lengua un poco en él.
- Tu ano es tan sensible como tú – me miraba halagado de haberme hecho sentir aquello.
- Ven, por favor – extendí los brazos para que me abrazara y en sus brazos lo besé – Me ha encantado.
- Nunca has tenido sexo anal? – me preguntó acariciando mis pechos.
- No, nunca. Javier me lo tiene pedido pero siempre me dio miedo y vergüenza.
- No tienes que tener miedo – me miraba a los ojos – Ya has comprobado que haciéndolo despacio no tiene por qué doler.
Terminamos follando en el sofá y me sentía especialmente cachonda esa noche. Después de hacerlo en el sofá nos fuimos a su cama y allí volvió a lamer todo mi cuerpo volviéndome loca.
- Me lo vuelves a hacer? – le dije sorprendida de querer volver a sentir su dedo dentro de mi.
- Lo del ano? Quieres que te lo vuelva a masturbar?
- Si, por favor.
Esta vez me lo hizo pidiéndome que me pusiera en posición de perrito. Con la cara hundida en la almohada me masturbó el ano entreteniéndose mucho en relajarlo. No puse resistencia cuando metió otro dedo y sentía un placer increíble.
- Confías en mi? – me preguntó.
- Si.
Mi cuerpo se puso en tensión cuando lo sentí ponerse detrás de mi y al notar el calor de su glande pasar por mi agujero.
- Relájate, cielo – acarició mis nalgas – Está muy abierto y no te dolerá.
Si sus dedos me habían dado placer, lo que sentí cuando su glande comenzó a introducirse fue indescriptible. Lo metió poco a poco y sin nada de dolor.
- Ya está toda dentro – me dijo para tranquilizarme.
- La siento muy grande – le dije.
- Te duele?
- No, todo lo contrario.
Al empezar a moverse no pude parar de gemir. Cada vez se movía más rápido y el placer era mayor. Varias veces sentí mi coño derramarse y mojar la cama. Lo que no había conseguido Javier lo estaba consiguiendo Eduardo y me estaba desvirgando el culo con un placer desmesurado.
- Si, me encanta – le dije fuera de mis cabales – Follame fuerte el culo.
Y él, totalmente excitado por mis palabras y por estar desvirgándolo, se movió fuerte haciéndome tener otro orgasmo, cosa que le hizo correrse dentro de mi llenándome el culo de semen.
Me dejé caer en la cama. Me abrazó por la espalda besando mi cuello. Estaba alucinada con lo que acababa de sentir. Todavía en trance me giré y besé su boca.
- No se que decir – estaba avergonzada.
- No hace falta que digas nada. Lo importante es que te haya gustado.
- Me gustó mucho. Gracias.
Me dormí abrazada a él, con la cara apoyada en su pecho, sintiendo su calor mientras recordaba las palabras de Carmen cuando me dijo que era normal que necesitara los abrazos de un hombre de vez en cuando.
No sabía que hora era cuando desperté pero todo estaba muy oscuro. Eduardo respiraba profundamente por lo que deduje que estaba dormido. Sumida en mis pensamientos, sentí que se giraba y pegaba su pecho a mi espalda haciendo que mi cuerpo se estremeciera. Me quedé quieta sintiendo su pene apretado contra mis nalgas. En la oscuridad, sonreí al notar como su miembro se iba poniendo duro con mi contacto. Parecía tener vida propia y que al sentir mis nalgas recordaba que hacía unas horas había sido el afortunado de ser el único pene que había conseguido adentrarse en mi ano. Agradecida con él, inicié un ligero movimiento para frotarlo y me gustó como respondía poniendo duro. Por un momento dudé si Eduardo se habría despertado pero un suave ronquido me hizo descartar la idea.
Sintiéndolo tan duro pensé en como era posible que hubiera logrado hacerme sentir tan atraída por él. Si a Javier me encantaba hacerle sexo oral, ahora con Eduardo era increíble. Con su saber hacer y un pene tan delicioso, había conseguido desbancar a mi marido en mi orden de prioridades en cuanto a sexo.
Esta vez fui yo la que me giré y acerqué la mano a su pene. Lo acaricié despacio disfrutando de su tacto. Me gustaba rodearlo con los dedos y apretarlos levemente para sentir su dureza. Con la mano abierta, acaricié sus testículos. No entendía por qué me gustaban tanto. Hacerle esas cosas mientras él dormía plácidamente me estaba excitando mucho. Sentía mis dedos mojados y aprovechando la situación los llevé a mi boca y los olí antes de chuparlos.
Embriagada por el deseo, acerqué mi cara para oler su pene, también lo hice a sus testículos y cuando me di cuenta los estaba besando con cariño. Me costó lograr meterlos en la boca y una vez que lo conseguí los chupé suavemente. No pude resistir la tentación de meter su pene entre mis labios y como no quería despertarlo evité mover mi cabeza. Únicamente cubrí el glande y sentía como las gotas de su líquido preseminal resbalaban por este, cayendo sobre mi lengua y lo saboreaba con deleite. De forma súbita su glande comenzó a palpitar y fascinada, sentí que comenzó a eyacular copiosamente inundando mi boca con varios chorros de semen.
Tragué todo disfrutando de aquello. Me encantó haberlo hecho correrse mientras dormía plácidamente, ajeno a todo. Su pene y yo en comunión perfecta, en secreto.
A las dos bajé y me abrió Carmen. Tere ya se había ido para ir a comer a casa de sus padres. En cuanto nos tuvimos frente a frente, Carmen me abrazó. Cuando nos separamos, la miré y sus ojos brillaban. Estaba radiante, feliz, no sabía si era por verme o por pasar la noche con aquella chica. Nos besamos largamente sin decir nada.
- Ven, cariño – me llevó al salón – Que tal estás? - me preguntó.
- Bien. Ya sabes que Eduardo siempre me trata bien – le respondí – Y tú qué tal?
- Muy bien, mi amor – me dijo enlazando las manos a las mías – Tere me dijo que te diera un beso de su parte y que te diera las gracias. Estaba mi marido en casa?
- Si. Iba a preparar la comida. Me dijo que llegarías sobre las dos y media.
- Le dije que llegaría a esa hora más o menos.
En el salón podía percibir el olor a vainilla de Tere.
- Huele a vainilla, se nota que estuvo aquí – le dije.
- Si que se nota.
- Que tal dormisteis? – le pregunté.
Con esa pregunta dejé claro que necesitaba que me contara cómo había ido todo y Carmen entendió mi inquietud por saber.
- Te cuento un poco por el aire y después te cuento con calma, vale? No quisiera llegar tarde a casa.
- Claro, después me cuentas con calma – comprendí lo que me decía – Solo dime… Te gustó dormir con ella?
- Apenas dormimos. Esa criatura tiene demasiada energía pero si que me gustó dormir con ella – me contestó – Por cierto… Quiero una noche como esta pero contigo. Te gustaría?
- Me encantaría – la abracé y mientras la besaba apoyé la mano sobre su pecho.
Sentí una sensación de vértigo al poner la mano notando que tenía el pezón grande, estirado e inmediatamente me di cuenta el motivo.
- Puedo verlo? – le pedí tirando de su camiseta hacia arriba.
- Cariño… - la vi sonrojarse.
Cuando levanté la camiseta me quedé impactada al ver sus pezones. Ambos estaban estirados más de lo normal y estaban enrojecidos, irritados. Con el dedo se lo rocé y Carmen hizo un gesto de dolor.
- Te duelen? – la miré preocupada – Están irritados.
- Me escuece un poco – me contestó.
- Pero que te hizo?
- Me los chupó. Ya sabes… - me respondió – Creo que le gustan mucho y no paraba de pedirme que la dejara volver a hacerlo.
- Y a ti te gustaba?
- Cielo, me da vergüenza decirlo pero prometí contarte todo. Si que me gustaba mucho. No se que hace con la boca pero tiene facilidad para hacerme correr cuando hace eso. Antes de irse fui yo la que le pedí que me lo volviera a hacer.
- Le pediste que te lo mordiera?
- Si, mi amor. Se lo pedí.
Me miraba preocupada por si podía molestarme lo que me estaba contando. Con suavidad le di un beso muy suave en los pezones.
- Después les doy mimitos. Vale? – le pregunté.
- Si, por favor – me contestó – Necesito sentir tus mimos en ellos.
Antes de comer algo, me fui a dar una ducha. Al sentarme en la cama para echarme crema hidratante, noté que mi pie pisaba algo. Extrañada, vi que oculta por el somier, una prenda de ropa asomaba un poco. Estiré el brazo para cogerla y mi corazón se aceleró al comprobar que era una braguita de algodón con dibujos de perritos durmiendo. La prenda estaba totalmente mojada y la acaricié entre mis manos. Instintivamente la acerqué a la cara. Era su olor, su olor a vainilla mezclado con el olor de sus flujos íntimos. Mi cuerpo reaccionó al olerla y me dejé caer sobre el colchón.
No podía llamar a Carmen para que viniera a calmarme. No quería masturbarme pero mi coño me decía que por una vez no pasaba nada. Me decía que Carmen había podido disfrutar; de ese cuerpo joven, de sus pequeños pechos, de su pálida vulva virgen, de su boca. Que yo solo tenia sus bragas mojadas y no fuera tonta y aprovechara ese momento.
Me corrí rápido en un orgasmo intenso frotando mi coño contra sus bragas mezclando nuestros flujos.
Después de comer, le mandé un mensaje a Tere para decirle que se había dejado olvidadas en casa sus braguitas. Enseguida me contestó para decirme que no se había dado cuenta. Que al ducharse antes de marchar, se había puesto unas limpias y que le perdonara por el descuido. Le dije que si quería podía pasar por casa cualquier día para recogerlas y me dijo que el jueves no tenía clase en la universidad y que podría pasar por casa el miércoles por la noche. Nerviosa le contesté que si.
Pasé toda la tarde con Carmen aprovechando que Eduardo había ido con el equipo de fútbol. Necesitaba estar con ella y sentir que todo seguía igual entre nosotras, que a pesar de haber pasado toda la noche con Tere, a quien de verdad quería era a mí y que lo de esa joven era, como me pasaba a mí, una atracción irresistible por su belleza y su inocente ternura.
Entre besos, abrazos y muestras de amor, me contó todo lo que habían hecho y yo, con algo de celos, escuchaba como se había sentido al besar todo el cuerpo de nuestra amiga. Sus ojos brillaban al confesarme que Tere la había despertado mamando de sus pechos y como le había pedido que continuara haciendo lo mismo entre sus piernas. Sus confesiones me hacían recordar su perfecto rostro entre mis piernas y como le había gustado lamer mi coño, el primero que probaba, y como me había corrido en su boca.
- Te excita que te cuente? – me preguntó Carmen mirando mis pezones durísimos.
- Si – le confesé – Es una mezcla de sensaciones. Me da algo de celos y a la vez me excita.
- Nada de celos, mi amor – me besó – Ella tiene belleza e inocencia, pero tu lo tienes todo.
- Gracias – le sonreí – Tu tampoco sientas celos por nadie, solo tú me haces sentir estas cosas tan bonitas.
Cuando le besé los pechos, vi que todavía los tenía algo irritados pero ya habían vuelto a su tamaño normal. Se los besé muy despacio, mimándolos con cariño. Ella cerraba los ojos y su gesto era de satisfacción.
- Que piensas, cariño?– le pregunté entre beso y beso.
- Pensaba en como consigue esa criatura que nuestros pezones se pongan tan grandes.
- Si, es raro. Supongo que es por su forma de chupar tirando de ellos con los labios – sonreí – Cuando la vi hacértelo en el salón lo primero que pensé es que parecía un corderito mamando de su madre.
- Un corderito? – se rio – La verdad es que me sorprendió como lo hacía y menuda vergüenza cuando vi como me dejó el pezón.
El comienzo de semana fue normal y en cuanto podíamos dábamos rienda suelta a nuestro amor. Cada día sentía que solo a su lado me sentía feliz y la extrañaba cuando no estábamos juntas.
Cuando hablaba con Javier, intentaba disimular mi distanciamiento emocional con él, pero me conocía perfectamente y varias veces me preguntó si estaba bien con él y, a pesar de decirle que si, mi mirada a través de la pantalla le decía lo contrario y se daba cuenta.
En esos cuatro meses de ausencia, todo había cambiado. Lo quería, si, claro que lo quería, pero era incapaz de compartir mi corazón entre dos personas y Carmen se había adueñado de él. Antes de haber pasado nada con ella, mi corazón se sentía desolado, solo, abatido y, desde el primer día que estuve con ella, comenzó a sentirse vivo de nuevo, ilusionado. Cuando quedaba con ella latía fuerte, con energía, alegre. No sabía si había sido Carmen quién me lo había robado o había sido yo quien se lo ofreció, lo único que sabía era que ahora mi corazón le pertenecía.
- El otro día, Tere, se dejó unas braguitas en casa – le dije.
Estábamos paseando juntas de la mano. Cuando Carmen tenía oportunidad, nos encantaba ir a aquel parque a pasear y aprovechando que había muy poca gente nos dábamos la mano mientras caminábamos.
- Me dijo que mañana no tiene clase – continué diciéndole – Y que pasaría hoy a buscarlas. Te importa si ceno con ella en casa?
- Claro que no me importa – me contestó deteniéndose para ponerse frente a mi y mirarme – Cariño, te crees que si dudara de tu amor o no estuviera segura de lo que sentimos haría esto? – levantó nuestras manos enlazadas, la muestra de nuestros sentimientos – Te quiero y siento que me quieres. Eso es suficiente.
- Eres tan dulce conmigo – a pesar de estar en un sitio público la abracé – Te quiero muchísimo.
Para mí sorpresa me besó sin importarle que alguien nos pudiera ver y yo respondí a su beso encantada.
- Y si Eduardo se entera? – le pregunté.
- Pensaría que estoy loca – me respondió – No se cómo se lo tomaría, pero estos momentos contigo son maravillosos y no estoy dispuesta a perdérmelos por nada del mundo – se quedó en silencio un rato – Creo que aunque le sorprendería, podría llegar a entenderme.
- Tu crees?
- Te conoce y sabe que eres maravillosa. Es fácil enamorarse de una persona así, eres especial.
- Eso significa… - la miré, mi corazón estaba contento -… que estás enamorada de mi?
- Si. Creo que desde que te fui conociendo, pero no lo sabia o me negaba a sentirme enamorada de una mujer.
La abracé nerviosa y la besé con amor.
- Yo también estoy enamorada de ti – le confesé – Y creo que tampoco lo sabia o me costaba aceptarlo.
Volvimos para casa antes de lo que teníamos pensado. Necesitábamos hacer el amor después de habernos declarado una a la otra.
(Continuará)
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