Un combate y una fiesta (y III)
La victoria no siempre trae gloria; a veces, solo trae vergüenza. Cuando el campeón Marcus cruza el umbral de la fiesta, descubre que su cuerpo atlético no es su salvación, sino su condena. Las chicas de Sta Gracia tienen un plan, y la noche promete ser inolvidable para todos, excepto para los que están de rodillas.
Capítulo 9
Karen iba a exigir el cumplimiento punto por punto de aquel secreto acuerdo.
Un par de meses después el entrenador tuvo que explicárselo a sus cuatro luchadores. Estos lo escucharon incrédulos, y en un principio se negaron. Pero su entrenador, que al final era su líder y referente, había empeñado su palabra. Y había que saber perder, les dijo.
Sin dudar en ningún momento de la victoria de Marcus, el entrenador había acordado antes de la pelea con la entrenadora Karen que en caso de victoria de su pupilo, las luchadoras de Karen irían al campeonato estatal, pero como animadoras de su muchacho. Pero en caso de victoria de Susy, serían los chicos luchadores de Sto Tomás los que irían de animadores a la fiesta de fin de curso de Sta Gracia.
Y aquel sábado soleado, los cuatro chicos bastante mohínos y reticentes acudieron acompañados de su entrenador a la finca donde estaban las instalaciones del colegio Sta Gracia, a cuya entrada les estaban esperando la tutora Rochel y la entrenadora Karen.
El entrenador Pauler se despidió escuetamente de ellos y se dirigió apesadumbrado hacia una casa a la derecha, acompañado por la entrenadora Karen.
Ellos se quedaron con la sra Rochel, que los recibió con una sonrisa complacida. La sra Rochel era una mujer que rondaría los cincuenta años. Llevaba una blusa blanca en la que abultaban sus grandes tetas, y una falda larga que se ajustaba a unas caderas anchas. Les indicó que la siguieran y los condujo hacia uno de los edificios.
Una vez dentro atravesaron un pasillo y la tutora les señaló una puerta:
“Ese es el vestuario. Ahí tenéis vuestros uniformes de “animadores””
Los chicos abrieron la puerta y entraron. La sra Rochel se quedó afuera. Poco después la puerta se abrió y uno de los luchadores, Randolf, asomó la cabeza y dijo:
“Pero aquí solo hay…”
La sra Rochel cortó expeditiva:
“Hay exactamente lo que os tenéis que poner. Y rápido, que no tenemos todo el día”.
Diez minutos después los cuatro chicos salieron del vestuario. La srs Rochel los miró de arriba abajo divertida e interesada. Aquellas espaldas anchas, aquellos cuerpos atléticos y poblados de músculos, resaltaban más en comparación con el pequeño tanga rojo con una especie de pompón en la parte trasera que era toda la ropa que llevaban puesta. La sra Rochel se recreó la vista y sonrió.
“Vamos, os están esperando” dijo.
Accedieron por la puerta que les había indicado la sra Rochel y salieron a un escenario, en un salón no muy grande. Frente a ellos estaban sentadas las chicas de Sta Gracia que prorrumpieron en gritos y silbidos cuando los vieron entrar en el escenario “¡Fiu fiuuuuuuuu!” “¡Siiiiiiii!”
En el escenario con un micrófono estaba como maestra de ceremonias Susy. El campeón Marcus la vió, contempló sus poderosas y rotundas piernas bajo aquella falda corta, y se estremeció de miedo. Esas piernas le habían golpeado hasta dañarlo duramente, tanto física como psicológicamente. Su mente le hacía revivir continuamente los momentos de la pelea, su desamparo frente a aquella salvaje que le sacudía sin piedad.
Es más, ella lo había retirado de la lucha. Después de aquello no había podido subirse a un ring, ni tan siquiera era capaz de ponerse unos guantes.
Pensó para tranquilizarse que aquello era un escenario y no un combate. Estaba a salvo. Haría todo lo que Susy dijera, cumpliría a rajatabla sus órdenes y así se evitaría cualquier problema.
“Queridas compañeras –dijo Susy al auditorio- ahora estos cuatro animadores van a bailarnos una cuantas canciones. Coged esos pompones –y señaló unos que había junto al escenario”.
Empezó a sonar la música pero ninguno de los cuatro se arrancaba a moverse. Susy les conminó:
“Vamos chicos, ritmo”.
Marcus no lo dudó y comenzó a moverse agitando los pompones. Los otros tres le siguieron a continuación. Trataban de seguir el ritmo de las canciones, pero sin mucho éxito y aquello estaba más cerca del ridículo que del arte. Bailaron así dos canciones de animación, y antes de la tercera una chica de gafitas se levantó de su asiento y se acercó hasta Susy, a la que dijo algo al oído.
Susy tomó el micrófono.
“Bueno, vamos a introducir una novedad para hacerlo más divertido”.
La chica de gafitas subió al escenario con una caja. Sacó de la caja unas esposas y fue a colocárselas a cada uno de los chicos. Estos se mostraron reticentes, no parecían dispuestos a aquel juego, aquello era ya excesivo.
Susy se acercó hacia ellos unos pasos y solo ese gesto hizo que Marcus olvidara cualquier otra cosa y pusiera dócilmente sus manos a la espalda para dejar que la chica de gafitas le colocara las esposas. Al ver su actitud los otros tres acabaron cediendo también. Ahora tenían que bailar la canción con las manos a la espalda, lo que resultaría mucho más hilarante.
Pero la cosa no acababa ahí. De repente la chica de gafitas y coleta sacó unas pequeñas tijeras que enseñó a todas sus compañeras, que empezaron a gritar:
“¡Síii! ¡Siiiiiii!”.
Y sin pensarlo mucho se dirigió el primero de los muchachos esposados, que era Gus, y cogiéndole por el tanga le dio un tijeretazo al mismo. El chico se puso pálido por la sorpresa. El tanga cayó al suelo liberando una polla de tamaño enorme y unas pelotas en consonancia. Las chicas gritaron “¡Yeaaa! ¡¡Uuuuuuuuuu!!” y se extendieron las risas y los chillidos.
Las dos profesoras que asistían a la fiesta se levantaron al instante. Aquello había ido demasiado lejos. Avanzaron hacia el escenario y conminaron a la chica.
“¡Berta! ¡Baja inmediatamente de ahí!”
Se hizo un silencio en el salón y las dos profesoras se dispusieron a subir al escenario para poner fin a todo aquello. Pero antes de llegar fueron interceptadas por la sra Rochel. Está les dijo unas palabras y se las llevó aparte.
Mientras la conversación seguía, Berta no perdió el tiempo. Su cara modosa y sus gafitas escondían un volcán. Cogió a cada uno de los otros tres chicos fuerte por el tanga, y de un tijeretazo rasgo el lateral de los mismos. Los cuatro luchadores quedaron en pelotas, y sus caras eran un poema de incredulidad y humillación. Las risas y los gritos llenaban toda la estancia. Había que reconocer que estaban bien dotados.
Pronto se levantaron dos, cuatro, siete chicas y empezaron a subir al escenario. Los muchachos esposados y desnudos no sabían muy bien qué esperar. Más chicas avanzaron hacia ellos.
Una pelirroja de larga melena gritó: “¡Chicas, diversión para todas!”
Marcus miró hacia donde estaban las dos profesoras con la tutora Rochel. Las profesoras parecían dudar, y la tutora seguía hablándoles de forma pausada. En un momento dado las profesoras se giraron y enfilaron en dirección a la salida.
El campeón Marcus gritó desesperado:
“¡¡No, por favor, no se vayan!! ¡¡No nos dejen a solas con ellas!!”
Pero las profesoras no alteraron lo más mínimo su paso ni giraron la cabeza. Abrieron la puerta y abandonaron el salón.
Mientras las chicas que habían llegado al escenario manoseaban entre risas las pollas y los huevos de los atletas. Sandra, la luchadora de candorosos ojos azules elevó su voz: “¡Chicas, esto hay que organizarlo!”
Pusieron de rodillas a los cuatro atletas sobre el escenario y se reunieron en un animado corro donde cada una proponía un tipo de diversión. Finalmente parecieron llegar a un acuerdo.
Sandra fue la primera que se dirigió hacia los cuatro atletas. Avanzaba con las manos atrás en dirección a Marcus. Este levantó la cara hacia ella, una cara donde aún estaban muy presentes las marcas que le había dejado Susy en la pelea. Sandra, con sus dulces maneras, acarició con una mano la cabeza del campeón:
“Pobrecito, hay una parte que Susy te dejó intacta, que reservó para mí”.
Mostró la otra mano, donde escondía un dildo. Marcus la miró aterrado:
“No, no… haré lo que quieras pero eso no…”
“Claro, claro que harás lo que quiera” rió Sandra mientras otra chica le alcanzaba la vaselina.
Capítulo 10
Sandra se disponía a encular al campeón Marcus en medio de las risas y los comentarios burlones de sus compañeras.
“Espera, todavía no… ¿no deberías dejarle ese honor a Julia?” dijo Ronda, una chica negra.
Las chicas volvieron sus ojos hacia Julia. Julia era una muchacha de coleta rubia y ojos verdes, que en ese momento veía todo desde cierta distancia. Estaba entre el grupo de muchachas más tímidas y retraídas que asistían a todo aquello sin acercarse, como escandalizadas, con ojos abiertos como platos.
Las familias del campeón Marcus y de Julia eran de clase alta y tenían amistad desde largo tiempo. Julia y Marcus se conocían desde la infancia y habían asistido a numerosas celebraciones familiares en la casa de campo de alguna de las familias. Desde pequeña Julia había estado fascinada con Marcus, se había enamorado locamente de él, su corazón se había desbocado cada vez que él le había dirigido la palabra o prestado atención.
Dos chicas la trajeron entre risas hacia el escenario. Julia estaba absolutamente ruborizada y cohibida y apenas acertaba a levantar los ojos. Miraba a hurtadillas al objeto de sus sueños que ahora estaba ahí, desnudo y a cuatro patas, con la polla y las pelotas colgándole por detrás. Y que tenía una expresión de espanto y sometimiento.
“¡¡Rompele el culo Julia!!” le gritaron tres o cuatro chicas. Julia solo acertaba a decir “No…no… dejadme” e hizo un amago de intentar marcharse.
Pero Sandra percibió una duda, una falta de convencimiento en aquel afán de marcharse. Insistieron y Julia no se decidía, pero tampoco se iba. Marcus la miraba desde abajo absolutamente humillado y sin saber qué esperar.
Sandra tomó la iniciativa. Junto con Susy colocaron el dildo atado al pantaloncito de Julia y la situaron detrás de Marcus. Ella aún se resistía pero ya estaba en posición.
Marcus no podía creerlo. Aquella chica que se azoraba solo porque él le hablara, que le lanzaba miradas furtivas y avergonzadas en las comidas campestres, que admiraba cada uno de sus gestos… estaba ahí a punto de romperle el culo.
La empujaban para que se lanzara, pero pronto no hubo necesidad. Miró ese culo granítico y esa montaña de músculos que era la espalda de Marcus y se decidió. Empezó con cuidado, como quién coge una flor frágil y tiene miedo de quebrarla… pero enseguida todo cambió… La expresión de Julia se tornó mas desinhibida y sus ojos se encendieron. Comenzó a encular al campeón con una frecuencia incontenible, entre la sorpresa y los ánimos de las otras chicas.
“¡Reviéntale el culo Julia!”
Entre tantas voces apenas oía las súplicas y los lastimeros quejidos de Marcus, cuyo cuerpo se desencajaba con cada acometida. Pronto Julia acompaño el ritmo con cachetadas en el culo del doliente Marcus, cachetadas tan fuertes que parecía se lo iban a dejar en carne viva.
Los compañeros de Marcus no corrían mejor suerte. A Gus lo habían tumbado boca arriba inmovilizándolo en el suelo y le habían atado un cordel a la polla y las pelotas, cordel que subía hasta una anilla. Cada chica cogía una carta con una hora del reloj, y tenía que dar tantas “campanadas” con el cordel como horas marcaba la carta. Una chica de piel muy blanca, ojos negros y boca pequeñita, sacó las doce. Tiró con tanta fuerza de cada una de las campanadas que los gritos de Gus debieron oírse en toda la comarca.
Pero eso no fue lo peor para él.
El pánico se apoderó de su rostro cuando vio acercarse a una chica que no podía contener una risa nerviosa… ¡era su hermana! La hermana de Gus iba a un curso inferior, pero las chicas del último curso le habían dejado asistir a la fiesta porque se había enterado de que su hermano actuaba de animador, y no quería perdérselo.
Se acercó con otra chica, sin abandonar su risa entre nerviosa y divertida. Nunca había visto la polla y los huevos de su hermano. Sí lo había visto a veces en calzoncillos, pero nada más. Y ahora lo tenía ahí en el suelo, atado por la polla y los huevos, de un cordel del que ella podía tirar… Él la miró enrojecido por la vergüenza. Estaba totalmente empapado en sudor y su cuerpo musculoso estaba en completa tensión por lo que le estaban haciendo aquellas chicas.
“Es tu momento” le dijo una risueña chica morena que acababa de darle unas cuantas campanadas.
Aquel hermano la había tiranizado, había abusado de su superioridad física para imponerle siempre sus deseos y opiniones. Sí, tenía unas cuantas cuentas pendientes con él. ¡Y unas ganas enormes de participar en aquello!
“¡¡No Patri, no, tú no!!” le gritó su hermano.
Pero ahora no era él quién mandaba, sino todo lo contrario.
La hermanita cogió una carta. Las siete. Y mirando a su hermano tomó el cordel. Fue tan salvaje que después del tercer tirón, Gus solo gritaba:
“¡¡Piedad Patri… piedad, por favor… Patriiiii!!”
No se quedó en la séptima “campanada” y dio tres de regalo.
Supo que su relación como hermanos había cambiado; después de aquello el poder estaría en su mano.
Randolf y Andy estaban siendo montados por dos chicas, en una carrera de extremo a extremo del salón. Como había apuestas y rivalidad todas las chicas querían ganar, y los fustazos sobre los culos de los dos chicos resonaban por todo la estancia.
En la tercera carrera Randolf no tuvo suerte, y lo montó Claire, una chica gordita y de mofletes colorados. A mitad de carrera Randolf no pudo más y cayó rendido.
Claire no se tomó a bien perder esa carrera. Trató de que Randolf se volviera a poner a cuatro patas con un par de golpes de fusta, pero no lo consiguió. Sus mofletes se hincharon por el enfado. Metió su mano por debajo del culo del pobre desgraciado y asiéndole fuerte de la polla y de los huevos tiró para arriba.
“¡¡¡Aaaaaaaarrgggggg!!” aulló el pobre diablo.
Pero Claire no soltaba. Sus dientes mordían su labio inferior mientras apretaba y retorcía más y más con su delicada mano aquella polla y aquellas pelotas. Nunca había tocado una polla y unos huevos, y no iba a soltarlos tan fácilmente. Es posible que Claire olvidara en el futuro que esta era la primera vez que tocaba una polla. Pero Randolf no iba a olvidarse nunca de la primera vez de Claire.
Andy se había quedado sin rival en la carrera… y en una situación curiosa.
“¡Mirad chicas… si tiene la polla tiesa!” señaló una de las chicas.
Las risas se multiplicaron.
“Ya que le está gustando, vamos a darle más”
Lo pusieron de rodillas, con la polla tiesa sobre una pequeña tarima.
“Premio para quién consiga que se corra”.
Las chicas pasaban y cada una le pisaba la polla y el cipote durante unos segundos, aplastándoselos bien con el pie. Finalmente cuando el pie de Ronda aplastó aquel cipote como un cigarrillo un chorro de semen salió disparado entre las aclamaciones de todas.
Cuando el chico saliera de allí podría decir que su polla llevaba la marca de todos los pies de las chicas de Sta Gracia.
La tutora Rochel había permanecido allí durante todo el espectáculo. Llegado un momento dijo:
“Chicas, habrá que ir acabando la fiesta”
“¡Ooooohhhh!” protestaron al unísono las muchachas.
“¿Y no les vamos a dar nada de comer a estos machotes antes de que se vayan? ¡Qué impresión se van a llevar de nosotras!” dijo Susy simulando estar escandalizada.
Buscaron cuatro correas de perro y se las pusieron a los chicos. Estos ya estaban absolutamente sometidos, humillados, domesticados, y aceptaban cualquier orden de las chicas. Susy y tres chicas más los pasearon por el salón a cuatro patas, mientras las demás chicas les tiraban, entre burlas y comentarios jocosos, cacahuetes, chucherías, trozos de bizcocho, que ellos debían cazar al vuelo o comer una vez llegaran al suelo. Si alguno rechazaba el “manjar”, un varazo de su paseadora le hacía reconsiderar su descortesía.
Capítulo 11
Tumbados sobre el escenario, los cuatro atletas se habían quedado solos. Ninguno acertaba a decir nada, solo lanzaban algún quejido fruto del castigo. Marcus comenzó a sollozar. Como por simpatía, también Randolf lloraba a espasmos.
Se acercó una falda larga y unos tacones de mujer. Era la tutora, la sra Rochel. “Muchachos, espero que hayan aprendido la lección. Creo que su prepotencia, su soberbia, sus bocazas, los han traído hasta aquí”.
Marcus levantó la cabeza hacia la tutora. Luego reptó hacia ella. Cuando llegó a su altura, cubrió de besos los pies y los zapatos de aquella mujer.
“Es una buena respuesta” dijo la tutora con tranquilidad.
Al oír esto los otros tres, que también querían dejar clara su respuesta, se arrastraron hacia ella y comenzaron a besar sus pies. Andy los lamía, como queriendo afirmar más todavía su asentimiento.
La sra Rocheld dejó que aquello continuara unos instantes. Tenía a cuatro machotes jóvenes, musculados, desnudos, sometidos, besando y cubriendo con lágrimas sus pies. Era una enorme sensación de poder.
Les dio permiso para ponerse de pie, aunque lo máximo que podían hacer los cuatro desgraciados era caminar encorvados y a duras penas, y los acompañó al vestuario. Entró con ellos, ya no tenía sentido que permaneciera afuera. Se sentó mientras se cambiaban y miró aquellas pelotas hinchadas, esas pollas maltrechas, esos culos enrojecidos por el castigo. Las chicas se habían divertido a fondo.
Y pensó también en el entrenador Pauler. La entrenadora Karen lo había llevado a una habitación en otra casa del complejo colegial. Era también parte del acuerdo. Con las ganas que Karen le tenía, prefería no pensar en lo que le habría hecho una vez lo hubiera desnudado.
De repente una idea vino a su cabeza.
Se corrió la voz por la comarca de que algo había ocurrido en la fiesta, circulaban historias pero no se sabía muy bien si eran ciertas. Y a veces de tantas leyendas y rumores, nace una costumbre. A partir de aquel año, y la tutora Rochel tuvo bastante que ver, se institucionalizó el acto que se llamó Tributo a Sta Gracia. Las chicas del colegio tenían cada año derecho a elegir a cuatro atletas de Sto Tomás para su fiesta de fin de curso.
Y sobre lo que allí ocurría después corrían rumores, pero nunca se supo bien a ciencia cierta.
Fin.
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