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Sadomasofeb 2024

Perra cobarde 2

No es solo obediencia; es una transformación. Mientras el mundo ve a una estudiante ejemplar, ella sabe que su verdadera naturaleza se desata bajo la mirada de su amo. ¿Qué pasa cuando la vergüenza se convierte en el motor de tu propio deseo?

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Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

¿Cómo te levantas el día siguiente de haberte rebozado en tu propia mierda? ¿De haberla devorado?

Reventada.

Mentalmente reventada.

Y muy cachonda.

Sí, lo sé, suena raro, asquerosamente raro. Pero soy así, una sumisa sadomasoquista y está en mi naturaleza.

Obedecer, servir, ser humillada, el dolor. Todo eso forma parte de mi.

Eran las siete y media de la mañana y lo único que deseaba era ser usada de nuevo.

Bueno, eso y mear.

Y recordé que debía pedir permiso a mi amo para hacerlo.

Cuando hablé con él de este tema me dejó claro que debía hacerlo durante todo el día, salvo de 0h a 7h de la mañana.

Así que obediente a sus órdenes y a mis propios deseos, me armé de valor y le comenté que deseaba mear.

“Quiero verte mientras lo haces”

Me daba muchísima vergüenza.

Encender la cámara, enfocar los dedos de mis pies e ir subiendo poco a poco por mis piernas, mi vientre, mis pechos hasta llegar a mi cara.

Recuerdo que me temblaba todo el cuerpo cuando lo hice. Solo vestía un camisón y unas braguitas.

Pero lo que más vergüenza me daba es que estaba despeinada.

Llamadme rara, pero es lo que hay.

Me puse en movimiento, en dirección al baño. Coloqué la cámara en el lavabo, abrí el retrete, me bajé las bragas y me senté.

Y no salió ni una gota.

¿Habéis probado a mear mientras te están observando? Bueno, todas lo hemos hecho en las discotecas cuando vamos medio borrachas.

Pero esto es completamente distinto.

“Amo ¿Puedo apagar la cámara?”

“No. No te vas a mover de ahí hasta que lo hagas”

Respiré hondo, miré hacía otro lado, cerré los ojos, pero a la maldita orina no le daba la gana salir de mi cuerpo.

Y se me estaba haciendo tarde.

“No puedo, amo”

“Hagamos algo. Bebe directamente del retrete y puedes pasar por ahora”

Respiré aliviada.

Podía beber del retrete. Solo tenía que meter un vaso, sacar algo de agua y beber.

Tenía un vaso justo delante mío, el vaso donde dejó los cepillos de dientes.

Lo cogí, me senté en el suelo, lo llené y me lo bebí mientras sonría a la cámara.

“Bien, ahora coge la escobilla de limpiar el retrete y péinate con ella”

La cogí y la miré.

Tenía pegotes de mierda aquí y allá.

“Amo, debo ir a la universidad”

“Sin límites, ¿Recuerdas?”

Sí, lo recordaba. Me había entregado a él sin límites. Tonta de mí.

Pero lo peor no era eso. Lo peor es que una parte de mi deseaba hacerlo, deseaba complacerlo.

Y esa parte me dominaba completamente.

Así que agarré con fuerza el instrumento y me peine mi hermoso cabello con él.

Es una sensación absolutamente increíble hacer algo así, humillarte de esa manera. Notas como tu mente se va rompiendo para convertirse en otra cosa.

No contenta con eso me coloqué a cuatro patas y comencé a orinar en el suelo por puro gusto.

“Lámelo”

Estaba lanzada. Me sentía la chica más guarra y más sucia del mundo. Lo que siempre había deseado ser. Lo que siempre había anhelado ser.

Yo, una niña bien, una pija, el ojito derecho de sus padres, la mejor estudiante del instituto y ya en la universidad, lamiendo mi propio charco de pis mientras un hombre al que no conocía de nada me observaba.

Me quité el camisón. Deseaba estar desnuda para él.

Y me revolqué en mi propia meada.

Siempre he fantaseado con la orina. ¿Os conté que me la bebí mucho antes de conocer a mi amo y señor? Pues sí, lo hice. Pero nunca me había regado con ella hasta que me lo ordenaron.

Y sí, ahí en el baño, espatarrada, me ordenó que me tocase.

Lo hice lentamente, disfrutando de cada toque y de cada caricia. Hasta que, y tras recibir el consentimiento de mi amo, me corrí.

Me fui a desayunar tal cual estaba, sucia, desnuda y con el sabor de mi corrida en la lengua. Y no comí en la mesa. Tras prepararme el desayuno, lo planté en el suelo y me coloqué de nuevo a cuatro patas, como la perra que era.

Realmente no me importaba no ir a clases, sólo satisfacer a mi amo y señor.

“¿Qué estudias?”

“Derecho, quiero ser juez”

“Bonita aspiración. Esto es lo que vas a hacer hoy…”

Se me mojó el coño mientras la voz de mi amo me daba instrucciones.

Me vestí como una putilla.

Medias blancas, falda de cuadros, una blusa ligera, nada de sujetador. Sí que llevaba las bragas puestas porque este era el objeto imprescindible de todo el juego.

Ya en el autobús podía notar las miradas de todos los hombres sobre mi. No lo he comentado, pero realmente soy muy bonita.

Joven, bonita y prácticamente sin usar.

Durante las conversaciones con mi amo, antes de entregarme a él, hablábamos mucho. Le conté que había tenido un solo novio, que era el único hombre con el que había mantenido relaciones, siempre en la cama, en la posición de misionero. Y nunca había usado mi boca ni mi culo.

Tenía órdenes de buscar un sitio atrás, un lugar apartado y esperar.

El hombre mayor que se sentó a mi lado no paraba de echarme el ojo.

Tenía órdenes de mostrarme, de dejarme tocar, de bajarme la falda para mostrarle algo de muslo.

Creía que el corazón se me iba a salir del pecho mientras lo hacía.

Y a continuación miré por la ventana.

Tardé una eternidad en sentir las yemas de sus dedos sobre mi piel. Solo fue un instante, un mísero instante, pero fue increíble.

Cuando notó que no reaccionaba, me tocó más, hasta el punto de que plantó toda su mano en mi pierna.

Para mí fue tremendamente liberador, aunque no os lo creáis.

No, no estoy diciendo que vayáis por ahí metiendo mano a las chicas, ni nada de eso. Simplemente que a mí me libero de una gran carga.

El hombre se bajó en la siguiente parada y no le he vuelto a ver.

Ya en la universidad debía buscar el baño de los hombres, meterme dentro, masturbarme y dejar mis bragas allí.

La simple idea de que un compañero las encontrará y se hiciera una paja con ella me calentaba sobremanera.

Que me iba a pasar todo el santo día sin nada debajo, también.

Por supuesto tuve que mostrar a mi amo como entraba en el baño masculino, como me quitaba mi prenda más íntima para arrojarla por ahí y como me masturbaba.

Antes de conocer a mi amo solo lo hacía una vez al día. Ahora apenas eran 9 de la mañana y ya lo había hecho dos veces.

Tras dejar mi olor de perra en celo en el baño, intenté ir a clases.

Y digo que lo intenté porque aunque físicamente estaba ahí, mentalmente estaba con mi amo y señor, sirviéndole en cuerpo y alma.