Xtories

Venganza

Descubrir a tu esposa en la cama de otro hombre rompe cualquier vínculo. Pero cuando la furia te cega, la hermana dulce de tu esposa se convierte en el instrumento perfecto para tu venganza. Ella cree que es protección; tú sabes que es posesión.

TuesdayScripter22K vistas8.7· 25 votos

¿Cuál es el talón de Aquiles de una mujer? Déjame ser un poco más directo: ¿Cuál es el talón de Aquiles de una mujer en el amor y el sexo? Probablemente, ser desplazada por un bombón: una más joven, guapa, carismática (e incluso más inteligente, si cabe) que ella.

Bajo esta premisa, siento la necesidad de tratar el tema del orgullo, en particular el mío, a pesar de que me resulta un tanto incómodo autodenominarme un hombre orgulloso. Siempre me he considerado una persona decente, trabajadora y de buen corazón. Pero, ¿de qué sirve todo eso cuando descubres a tu esposa follando con otro hombre en tu propia casa?

A lo largo de mi dilatada carrera en el cuerpo policial, he transitado por diversos departamentos, siendo testigo de multitud de casos de infidelidad que, en ocasiones, desembocaron en terribles tragedias. El último que recuerdo resuena con especial crudeza: una mujer mutiló a su esposo con un machete tras descubrirlo saliendo de un hotel con una despampanante rubia. Intenté mantener la frialdad ante las imágenes del cadáver, e incluso durante el interrogatorio a la mujer y la recolección de pruebas que la condenarían, pero fue inevitable terminarme involucrando más de lo debido. ¿Cómo no hacerlo? Me fascinaba preguntarme cómo era posible que una exitosa empresaria echara su vida a la borda por una infidelidad, y sobre todo, el qué haría yo en un caso similar.

Me casé con Eva cuando yo tenía veinticuatro y ella veinte. Aparentemente, estaba embarazada y sus padres me obligaron a casarme a la fuerza, pero meses después descubriría que se trataba de una excusa por escapar de los problemas intrafamiliares que agobiaban su casa. Al principio no me importó, pero con el tiempo las mentiras fueron acumulándose, socavando mi confianza en ella. En el verano pasado, mintió sobre una importante junta de negocios en México para escaparse a Cancún y disfrutar de unas vacaciones. Lo descubrí por casualidad al revisar su itinerario y estados bancarios. Más tarde, mintió sobre los gastos médicos de su madre, quien en paz descanse. En menos de dos días, me extrajo cinco mil euros sin que yo pudiera hacer nada. Era su madre, una mujer convaleciente y enferma de cáncer, ¿quién era yo para negarle algo?

Así se gestó una macabra dinámica entre ambos. Me sentía un imbécil por dejarle pasar tantas cosas, pero la realidad era que la amaba vehementemente. Durante años, mi amor por Eva había sido inquebrantable, una llama ardiente que iluminaba incluso los momentos más oscuros de nuestra relación. No obstante, a medida que el tiempo pasaba, esa llama comenzaba a apagarse, dejando en su estela una sombra de duda y desconfianza. Me aferraba a la idea de que nuestro amor era suficiente para superar cualquier obstáculo, pero en el fondo, una voz persistente me susurraba que algo no estaba bien.

Descubrirla follando con un hombre en mi propia casa fue un golpe devastador a mi autoestima. Había entrado al apartamento discretamente, procurando no hacer ruido. Ayer había sido su cumpleaños y, debido a un reciente homicidio, no había podido estar con ella; quería darle una sorpresa cálida, pero fui yo quien se llevó la sorpresa. «¡Fóllame, hazme sentir mujer!», le gritaba a un perro fornido que lo tenía encima de ella.

De esa forma, más allá de descubrir que Eva me era infiel, aprendí que era un hombre más fuerte de lo pensado. No hubo golpes ni muertes. Así como entré, salí del apartamento y me fui a un bar para follarme, yo también, a una prostituta y pagarle con la misma moneda. Me acosté con una pelirroja de infarto, pero pronto caí en cuenta de que, más allá de retirarme el preservativo para venirme en sus grandes pechos y besarla con pasión, me era imposible entablar una verdadera conexión con ella. ¿Quién era? ¿Por qué trabajaba ahí? ¿Qué significaban las cicatrices que afeaban sus muñecas? ¿De verdad se llamaba Denise? Nada. Nunca podría saber lo suficiente de una mujer que se dedicaba a ese mundo.

Me sentía perdido. Eran apenas las nueve de la noche y la furia me consumía. Podría lanzarme del próximo centro comercial más popular de la ciudad o de un puente, no importaba. ¡Que me vieran morir! ¿Qué más daba? Era un cornudo, un perro infeliz. Sin casa, sin dueño, sin propósito.

Cuando iba de regreso a casa, dispuesto a mostrarle parte de las bragas húmedas de la puta que acababa de comerme a Eva, recibí una llamada en mi móvil. Para mi sorpresa, al otro lado del teléfono se encontraba Julieta, la hermana menor de la perra de mi esposa. Aunque al principio dudé en contestar debido a mi estado de ánimo, finalmente decidí hacerlo.

—¡Hey, Andrés! —me saludó ella, con excesivo entusiasmo—. ¿Qué pasa? Llevo media hora esperándote. ¿Sí vas a venir?

—¿De qué hablas? —contesté con voz ronca.

—¿No vas a venir a ayudarme? Venga, Andrés, me hubieras dicho antes. Rechacé la ayuda de Carlos porque me dijiste que podrías con esto.

Arrugué la frente, esforzándome por recordar. Sentía que me hablaba en otra lengua.

—¡Coño! —exclamé, llevándome una mano a la cabeza, cuando finalmente caí en cuenta—. Joder, ¿estás en la bodega?

—Ehm, sí, claro que sí.

—Voy para allá, perdóname.

Levanté el brazo y detuve al primer taxi que se cruzó en mi camino. Un par de copas me habían nublado el juicio y andaba escaso de efectivo, pero por suerte me alcanzó para pagar la carrera. Así fue como llegué a la bodega de telas en un par de minutos. Al entrar con mi copia de la llave, vi a Julieta en la oficina; su cabello recogido en una moña dejaba al descubierto un flequillo desordenado y húmedo por el sudor. Me pareció guapísima con sus lentes y un lápiz colorido detrás de la oreja. Julieta era esencialmente bella, por más que se descuidara en su emprendimiento. Sin rodeos, me saludó con un beso rápido en la mejilla y, luego trotando hacia un lateral de la bodega, me dio las indicaciones sobre la carga.

—Tienes que contabilizar por kilos el cargamento de telas y registrarlos en esta plantilla con su respectivo código —dijo, pasándome una hoja de cálculo—. Para agilizar el proceso, el proveedor subdividió el tipo de tela. En la parte izquierda verás las de algodón, y en la derecha las de poliéster. Te he dejado las instrucciones detalladas en la parte superior para que no haya confusiones.

Su tono de voz era una melodía, una mezcla de profesionalismo y ternura que siempre me había resultado irresistible. Joven, dulce, de rizos de oro. Era todo lo opuesto a Eva.

—¿Eh? ¿Andrés? —me llamó la atención, sacándome de mi ensoñación—. ¿Estás tomado?

—N-no... —tartamudeé.

—Oh, Andrés… —se cubrió el rostro con una mano—. No te preocupes, ve a casa. Ya encontraré otra forma de solucionar esto.

—Estás loca. Me encargaré de esto —contesté, con voz firme—. Antes de la media noche tendrás esa plantilla llena.

—¿Está todo bien?

Me di la vuelta y continué mi camino, intentando en vano ignorar su pregunta. Sin embargo, el sonido de sus zapatos resonando a mis espaldas me alcanzó pronto, y de nuevo la tuve a mi lado. Su aroma a coco me envolvió, una loción que amenazaba con volverme loco. Sacando un bolígrafo negro que siempre guardaba en el bolsillo trasero de mi pantalón, comencé a garabatear en el papel, trazando recuadros y números aparentemente aleatorios.

—¡Para! —gritó ella, pero no me detuve—. ¡¿Qué pasa?!

—Solo estoy haciendo mi maldito trabajo —le respondí con voz áspera, sintiendo cómo mi mandíbula se apretaba.

Después de unos minutos, continué con mi tarea, intentando olvidar que estaba a mi lado.

—Pero, ¿qué haces? ¡Ese ni siquiera es el código del algodón! —bramó entonces, echándole un vistazo a mi plantilla—. Yo ni siquiera manejo el rayón ni el cuero.

—¡No me jodas la vida! —arrojé la hoja a un lado, con un rugido—. ¡¿Por qué mierda metes eso ahí si no es de tu bodega?!

Julieta se quedó en silencio, mientras yo sentía cómo mi rostro se encendía. Apreté los puños y descargué mi furia sobre una paca de algodón cercana. La sensación de poder desahogarme a través de los golpes me invadió, y en ese momento no me importaba nada más; ni siquiera rasgar el empaque o deformar los estrictos códigos que lo recubrían. Si Julieta lo quería, pagaría por todo el cargamento.

—Cuñado… Te pasó algo con Eva —su expresión era una afirmación total.

Entonces, las lágrimas brotaron de mis ojos sin que pudiera evitarlo, y me derrumbé, sollozando desconsoladamente.

—Tu hermana es una perra, Julieta, u-una perra.

—Escúchame, está bien que te sientas mal por cualquier cosa que haya pasado, pero no puedes estar insultándola así.

—¿Insultarla? Me estoy quedando corto —expresé, sintiendo un fuego que invadía mi interior—. La muy puta de tu hermana —recalqué aún más el término—, se estaba follando a un gilipollas en mi casa.

—¿Estás seguro de lo que dices? Es una acusación muy fuerte.

—La vi con mis propios ojos, Julieta —respondí de inmediato—. Iba a sorprenderla, sabes que la perra acaba de cumplir treinta años, pero fui yo el sorprendido.

—Andrés... —la escuché, ahora sí, con un tono de sorpresa—. Eva se pasó de la raya. ¿Qué le pasa?

Ante su pregunta, me giré y me encontré con sus ojos cafés, desprovistos de los lentes que solían cubrirlos, ahora colgando del cuello de su camisa. Sin darle tiempo a reaccionar, la atraje hacia mí, fundiendo nuestros cuerpos en un abrazo rápido que provocó el roce de nuestros pechos. En ese instante, un sentimiento ardiente de deseo y venganza se apoderó de mi mente mientras observaba a Julieta frente a mí. Cada fibra de mi ser anhelaba la oportunidad de hacerle pagar a Eva por lo que me había hecho, de reclamar justicia de la única manera que sabía cómo hacerlo: a través del sexo, incluso entre familia. Sin titubear, decidí que, nada más ni nada menos, su hermana sería el instrumento de mi venganza. Pasiva, dulce… sabía que no podría negarse a mí.

—Tú serás mi venganza, Julieta —afirmé, sintiendo que mis pensamientos se mezclaban con violencia—. Te voy a follar hoy y te haré sentir mujer.

—P-para, Andrés —gimoteó, cuando mis manos fueron a su culo y empezaba a plantarle besos alrededor de su delgado cuello—. P-para esto, p-por favor…

—Shh… Lo vas a disfrutar mucho, incluso más que yo.

Mis dedos rozaban la tela de su camisa, a punto de jalarla, cuando un golpe áspero me azotó la mejilla.

—¡¿Qué te pasa, animal?! ¡¿Vas a violarme?!

En un movimiento vertiginoso, la levanté y la cargué sobre mis hombros. Conocía su bodega como la palma de mi mano, así que no dudé en dirigirme a su oficina y tirarla sobre una mesa que, en las horas de la noche, siempre estaba despejada. Julieta se quedó inmóvil durante unos segundos, y su calma me llenó de un escalofrío de aprensión.

—¿Vas a violarme…? —repitió, ladeando su cabeza—. ¿Abusarás de tu propia cuñada?

—Es muy irónico que lo haga, incluso teniendo el uniforme todavía, ¿no te parece? —intenté aligerar la tensión con una broma, quitándome la chaqueta con un gesto exagerado—. ¿Serás una buena chica, Julieta? No quiero ponerme rudo.

—Tienes dos huevos, Andrés.

La risa brotó de mi interior, y de pronto sentí cómo una ola de calidez recorría mi rostro, despejando las tensiones. Desabrochar los botones de su camisa fue un reto al principio, pero me encontré con la inesperada ayuda de sus propias manos, que se apresuraban a deshacerse de la prenda. La piel erizada y el ritmo acelerado de su pecho me confirmaron su excitación.

—Sé que quieres esto, Julieta… —exclamé, al irme quitando el cinturón—. ¿Por qué no vienes y me ayudas?

Julieta titubeó, pero terminó aceptando. Sus pálidas manos se encargaron de desabrocharme los botones del pantalón y bajar mi cierre. Rápidamente levanté una pierna y me quité de un tirón mi pantalón y bóxer, haciendo que mi polla saliera desprendida. Sus cejas se arquearon en un gesto de sorpresa, y sus ojos se encontraron con los míos en un instante.

—Me tienes cachondísimo —le susurré, jalándola suavemente hacia atrás y a punto de quitarle el sostén. Su actitud pasiva estaba poniéndome como una moto.

Nunca imaginé decir esto, pero sus pezones eran idénticos a los de Eva y un poco de carne sobresalía de sus caderas. El tejido de flores de su sostén me puso tan caliente que omití quitárselo por completo. Se lo dejé a medias, y entonces fui por su falda. Le pedí que se levantara para bajarle la corredera y posteriormente quitarle las bragas. Tenía un culo suave, redondo y bien cuidado, y la vagina ligeramente peluda, como si no se hubiera depilado en la última semana.

De un momento a otro, empecé a temblar ante su aliento y sus gemidos entrecortados. La tomé desde la cintura y le besé los labios. Su boca era un oasis de sabores, una mezcla de frutas exóticas. Sus labios delgados y su lengua me hicieron apretar el ajuste de mis manos en sus caderas y restregarme contra ella. Todo mi líquido preseminal se quedó esparcido en su abdomen, mientras intentaba dejarme llevar por el fuego y el poder que me otorgaba su boca.

Al separarnos, un fino hilo de saliva unía nuestros labios, un último vestigio de nuestro apasionado beso.

—Tienes que saber que nunca he estado con un hombre —habló, con una seguridad que me dejó helado por unos momentos—. Rompí mi himen antes, pero nunca he recibido un pene en mi interior.

Traté de mantener la compostura, evitando mostrar sorpresa o escepticismo, por lo que me concentré en sus senos. No eran tan grandes como los de Eva, pero tenían un tamaño suficiente para cubrir mis manos. Eran blancos, suaves, con pezones ligeramente cafés y apenas perceptibles estrías. Besando su cuello, le pedí que se relajara.

—Si sientes algún dolor tienes que decírmelo —exclamé, pasando mi glande por su humedecida entrada. Me vi obligado a escupir un poco sobre mi propia mano y mojar mi polla. Sentí que sus piernas temblaban ante mi toque, pero mi objetivo ya estaba preestablecido—. Qué guapa que eres…

Levanté más sus piernas y metí mi polla lentamente en su coño obsceno. Sus vellos oscuros y su clítoris hinchado, acompañados con la forma en cómo su boca salivó, terminaron por enloquecerme. Al inicio sentí que su vagina no era capaz de recibirme, que se cerraba ante mí, pero pronto sus paredes se fueron extendiendo hasta poder introducirme por completo en ella. La escuché quejarse, pero no pude detenerme. Continué penetrándola hasta que sentí que su cuerpo y coño se relajaban.

—Me siento… extraña —susurró ella, ahogando un gemido—. Es una sensación completamente nueva.

Tomé sus tetas entre mis manos y empecé a bombear en su interior. Su incomodidad era evidente, así que preferí ser contundente con lo que deseaba:

—Mastúrbate —mi voz apenas era eludible—. Mastúrbate mientras te penetro.

Julieta se sometía a mis caprichos, pero un impulso desesperado me llevó a levantarla de nuevo, con la intención de arrojarla al suelo. Su espalda chocó contra la voluminosa alfombra, y una nube de polvo se arremolinó en torno a mis pies. Sin perder tiempo, tomé mi polla y volví a introducirme en su interior. Julieta emitió un gemido alarmante mientras yo extendía al máximo sus delgadas piernas. Así fue como su vagina abierta y húmeda quedó totalmente a mi disposición, y sentí que en cualquier momento podría venirme con la imagen de sus dedos rodeando su clítoris.

—Te gusta esto, ¿eh? —exclamé, sin poder detenerme—. Qué buenas caras haces.

En efecto, su rostro era una obra teatral. Apretaba sus dientes y su flequillo se movía al compás de mis estocadas. Sus pómulos y frente eran un compartimiento especial de su erótico sudor. La forma en que movía sus dedos y su estrechez creciente me confirmaron que estaba a punto de llegar al clímax.

—¡¡¡Jodeeer, Diooos!!!

Mi cabeza daba vueltas ante su reacción. Ella intentaba recuperarse cuando yo seguía penetrándola. Mis caderas tenían vida propia y mis manos terminaron jalando sus pezones. Noté que le dolía, pero no podía parar. Tal y como lo había dicho antes, era un animal. Estaba sediento de su cuerpo, era mi segunda vez cogiendo esta noche y con mujeres diferentes. La tristeza que suponía el engaño de Eva se estaba transformando en un deseo incontrolable por tener sexo.

—M-me gusta mucho eso que haces, n-no p-pares…

Julieta saltó un radar en mi interior. Me incorporé y busqué la manera de refugiarme en sus labios de nuevo. Su lengua, esta vez más ávida, exploró cada rincón de mi boca, acariciando mis dientes con una suavidad que me erizó la piel. Ese sabor, una explosión de dulzura que ahora era tan intrínsecamente suyo, me elevó a un plano celestial. Un cosquilleo de placer recorrió mi cuerpo, y antes de que pudiera alargar el momento, minutos después me corrí en su interior. Descargué violentamente toda mi semilla en su vagina, y mis músculos se relajaron, cediendo ante la sensación de ligereza que me inundaba.

Ella intentó decir algo segundos después, pero yo me moví para alejarme y apreciar la forma en cómo mi semen se escurría hacia su ano. No recuerdo haber tenido un polvo tan intenso con mi mujer en los últimos meses.

—¿Estabas esperando que esto sucediera, cuñada? —le pregunté, levantándome con dificultad del suelo. El dolor punzante en mi rodilla me hizo preguntarle por su estado—. ¿Estás bien? Perdóname por hacerlo… así.

—¿Te crees que pidiéndome perdón vas a borrar el hecho de que me preñaste?

—¿Qué? —fruncí el ceño, pero enseguida me relajé—. ¡Venga ya! ¿No es un día seguro? —me quedé en silencio, esperando su respuesta, pero no llegó—. Te dejaré unos pavos para que te compres una pastilla. Mejor levántate de ahí, ¿te ayudo? —pregunté, extendiendo una mano hacia ella.

Por fortuna, terminó aceptando mi ayuda y, por fin, tuve tiempo de contemplarla desnuda enfrente de mí. Su piel era tersa y agradable como el roce de una pluma; resplandecía con un brillo natural, único y juvenil.

—Déjame el dinero en la mesa y vete —de repente exclamó, estirándose para recoger su ropa.

—Bueno, ¿pero qué te pasa? —indagué, extrañado—. ¿Quieres que te folle de nuevo?

Me dio la espalda y su trasero me sedujo. No era excesivamente grande, pero podía hundirme en su interior con una erótica facilidad. Me acerqué lo suficiente como para volver a restregarme a ella, y aunque sentí que intentaba apartarse, cuando la agarré de su abdomen, su cuerpo se convirtió en mantequilla entre mis brazos. Acomodé mi polla en su entrada, y estirando sus piernas, la hice apoyarse en la pared para volver a enterrársela. ¡Gracias al cielo me había recuperado rápido!

—Oh, Señor, n-no puedo soportar la sensación —me confesó, mientras yo sentía que una de sus manos viajaba a su clítoris—. M-me estoy enloqueciendo.

—¿Por qué te cohíbes de disfrutar esto? —lancé la pregunta, procurando mantener la compostura—. Estás soltera y yo también, ¿cuál es nuestro pecado? Después de esto le pediré el divorcio a la hija de puta de Eva.

—N-no, n-no, por favor, no digas eso…

Opté por el silencio. Su voz la delataba: era evidente empezaba a cargar sobre sus hombros la responsabilidad de mi ruptura con Eva. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar en cómo decirle que no era así, que la ruptura era inevitable. Julieta podía ser fría y calculadora con sus negocios, pero desde que conocí a Eva me había dado cuenta de su excesivo sentimentalismo.

—¡M-me vengooo!

Su expresión me trajo de vuelta a la realidad. Me sentía un cabrón por seguir mecanizando mis movimientos, así que me aferré a ella con más fuerza y seguí golpeando su interior, hasta acariciar su cérvix. Julieta no dejaba de gemir y yo de aferrarme a su olor. La imagen de su moña luchando por mantenerse en su lugar encendió mi pasión, pero finalmente me rendí, soltando su cabello y dejando que sus rizos, suaves como la seda, cubrieran la mitad de su espalda.

—¡Oooh, Julieta, nena, me corro! —exclamé, instantes después. Su vagina apretándose y su aroma me llevaron al límite.

Luego de volver a llenarla, Julieta se separó de mí con frialdad. Recogió su ropa y se encerró en el baño de su oficina. No pude retenerla, razón por la cual simplemente procedí a hacer lo mismo, a vestirme con paciencia. Mientras lo hacía, eché un vistazo disimulado a la cámara que nos observaba desde la esquina.

—Vete Andrés, necesito terminar con esto —me dijo entonces, cerrando la puerta del baño tras de sí—. Pronto hablaremos con calma sobre lo que sucedió.

—Sí, y ahora me darás lo del coche y le dirás a mi mamá que solo estábamos viendo películas —contesté, mirándola fijamente a los ojos—. ¿Por qué eres así, tía? Acabamos de follar, somos dos adultos. ¿Qué demonios pasa con eso?

—Pasa que eres mi cuñado, Andrés —respondió ella, esquivando mi mirada—. ¿Podrías ser un poco sensato?

—¿Sabes cuál es tu problema, Julieta? Que pareces una muchachita, y por eso Eva te supera, ¿no crees? Es más avispada, roba y folla como un demonio. ¿Y tú qué? Te rompes el lomo en tu empresa mientras las personas construyen sus malditas vidas y la vida pasa delante de tus ojos.

—¿Con qué derecho me comparas con mi hermana? —preguntó, claramente ofendida—. E-es que tú… Tú eres un infeliz.

—Uf, me estás calentando —admití, acercándome a ella—. Quiero estar a tu lado y ayudarte. Eres una gran mujer y no tengo nada en tu contra, pero quiero que te des cuenta de lo mucho que estás sacrifi…

—Va, ya, calla. ¿Cómo terminamos hablando de mí? Lárgate y déjame seguir con mi miserable trabajo.

Un rugido atronador resonó en la oficina mientras la puerta se cerraba tras ella, amenazando con hacer añicos el cristal. Me quedé unos segundos de pie, indeciso sobre qué hacer, pero finalmente decidí seguirle el paso. La encontré al otro lado, frente al poliéster, con una hoja arrugada en una mano y un bolígrafo en la otra. Su rostro era un mapa de emociones turbulentas. Me aproximé con cautela, como si fuera a domar un animal salvaje, procurando no asustarla.

—Sé que yo te gusto, Julieta, o sino no te hubieras comportado así… No pataleaste, no gritaste, te dejaste follar dos veces… Tú misma me confesaste antes que disfrutabas mi ayuda y compañía, me dijiste que te sentías protegida… —susurré en su oído, aprovechando estratégicamente nuestra diferencia de altura—. ¿De verdad crees que Eva es tan importante como para que te sientas mal por ella? Venga, nena, déjate llevar… —dije, deslizando mi mano hacia su trasero.

—Por favor… ¿Qué es exactamente lo que quieres de mí? —preguntó, intentando encontrarse con mi mirada, pero la sujeté de las caderas para detenerla.

—Quiero que seas mi nueva mujer —fui extremadamente franco con mi respuesta—. ¿Cómo olvidarte, Julieta? Hermosa, dulce y trabajadora. Estoy dispuesto a ayudarte.

—Nunca podría decirle a papá que estoy con el esposo de mi hermana…

—¡Que le den por culo a Raúl! Si ese hombre es un descarado, ¿tú crees que le va a importar algo? Perdona que te diga esto así, Julieta, pero si le importa, ya le contaré con lujo de detalles por qué fue que dejé a la guarra de su hija.

—No sé, Andrés… —hizo el intento por moverse de nuevo, pero volví a detenerla—. ¿Qué pasa?

—Tengo una vista demasiado privilegiada de tu trasero —comenté enseguida—. Oh, Julieta… Dame una oportunidad.

—Lo que pasa es que también tengo miedo —me terminó confesando—. Tú y yo sabemos cómo es Eva, aunque ahora has descubierto que te fue infiel, hay un oscuro historial entre tú y mi hermana. Hasta el sol de hoy recuerdo la horrible forma en la que te engañó con el tema de mamá. Dime, ¿cómo podrías volver a confiar en otra mujer, mucho más si es su propia hermana?

Su honestidad me dibujó una sonrisa en los labios. Le concedí permiso para girarse y me encontré con sus tiernos labios, rozándolos suavemente con mi pulgar para sentir su textura aterciopelada.

—Así como conozco a Eva te conozco a ti, nena. Hostia, ¿puedo o no puedo ser tu novio?

Julieta fue la que me besó, y por unos instantes, sentí que solo éramos ella y yo, ajenos a todo lo demás.

—Siempre soñé con estar con un poli —susurró contra mis labios—. Confieso que envidiaba a Eva por tenerte...

—¿De verdad? —pregunté con una sonrisa divertida.

—Tus cejas pobladas, tu barbilla firme, tu pantalón negro... —se detuvo un momento, mordiéndose el labio inferior de forma sugerente—. Tu placa, la forma en la que se ven tus brazos cuando los flexionas...

—Joder, Julieta… —susurré, excitado—. Me tienes como una moto, dime que serás mi novia.

—Yo… Te quiero mucho, Andrés, te quiero —exclamó con voz entrecortada por la emoción. Su perfume invadió mis sentidos y me envolvió en una nube de deseo.

A partir de ese momento, sería su sombra.

* * *

Después de pasar cinco días con Julieta, organicé una sorpresa especial para mi esposa. En realidad, no esperaba revelárselo tan pronto, pero mi ansiedad y el deseo de ver su reacción me llevaron a canjear un día libre en el departamento para regresar a casa. Eva estaba de compras, ya que tenía un viaje la próxima semana, así que aproveché las primeras horas del día para preparar la noticia y hacerla lo más impactante posible.

Cuando llegó a casa, sus sucios labios rozaron mis mejillas. Le pedí que se sentara en el sofá frente al televisor y le traje un poco de palomitas con mantequilla. Solía darle masajes en los pies cuando estaba completamente relajada en casa, así que aprovechando esta excusa, me alejé para buscar el aceite y encendí la pantalla desde la distancia.

Mi corazón latía con furia, tan fuerte que parecía querer salirse de mi pecho. Nunca antes me había sentido tan nervioso, pero ahí estaba, con las manos temblando tanto que casi derramé la botella de agua que había tomado a toda prisa. Lo primero que rompió el silencio fue un grito estridente que pareció atravesar las paredes de la casa, seguido por el inconfundible sonido de un vidrio estrellándose contra el suelo de madera. Fui trotando a su dirección.

Bingo, la perra había visto todo.

—¡¿Qué es esto, desgraciado?! ¡¿Te follaste a mi hermana?!

Su pregunta me hizo reír. Reí ante su descaro, ante su total desfachatez. Eva parecía una viuda doliente.

—¿Es que aparte de Julieta tienes otra?

—¡¿Tú estás loco, maricón?! —gritó aún más fuerte, provocando que una vena sobresaliera en su frente—. ¡¡¡Maldito perro!!!

—¿«Maldito perro», hija de puta? Tú… Tú es que no tienes cara, Eva —exclamé, resistiendo la tentación de alcanzar su cuello con mi mano—. Me estabas engañando, malparida. ¿Has visto el título de la cinta? Se llama «Hazme sentir mujer». ¿Te suena a algo?

—Definitivamente estás enfermo, Andrés… Le diré a todo el mundo que te follaste a mi hermana y que me traicionaste.

—Bueno, pero tú eres más tonta de lo que pensaba. ¿No crees que tengo evidencias de que me engañas? Me obligaste a poner una cámara en el cuarto, maldita, y todavía trajiste a tu amante durante estos últimos días. ¿Puedes dimensionar lo difícil que fue eso para mí? ¡¡¡Yo instalaba cámaras para el Estado, perra, no para mí!!!

Eva se llevó una mano a la boca. Mientras discutíamos, la pantalla seguía reproduciendo la primera vez que había follado con Julieta. Me esforcé por ajustar el volumen lo suficiente para que sus gemidos y nuestras respiraciones entrecortadas se escucharan con claridad.

—Te veo el lunes en el despacho de Martín. ¡Gracias Padre, que no tuve descendencia con esta bastarda! —dije, levantando mis manos al cielo—. Julieta ya está preñada y lo mínimo que puedo hacer es casarme con ella lo más rápido que pueda.

—Maldito, maldito… —me respondió, palidecida—. Pude engañarte con otro hombre, pero tú te atreviste a hacerlo con mi hermana.

—Es que desde el principio debí enrollarme con tu hermana, no contigo. Me colmaste, Eva. Abusaste de mi confianza e intentaste destruirme al follarte otro hombre.

—El amor se había acabado entre nosotros, maldito. La rutina, los años, la edad... ¿Qué más querías que hiciera?

—¿Ah, sí? —sentía que el pecho me ardía ante su revelación—. ¿Y por qué no hablaste, eh? Porque sabías que te quedarías en la calle, perra. Es que verdad, de verdad… ¡fui un completo gilipollas! Púdrete, Eva. La última vez que te vea será en el juzgado.

Sin más preámbulos, me retiré. Antes de partir, me aseguré de quitar la cinta para evitar que mi futura exesposa tuviera acceso a ella y filtrara el contenido. Había visto suficiente y Julieta no estaba al tanto de esto. No tengo dudas de que Eva urdirá una vil artimaña ante lo que acababa de hacerle, pero también estaba seguro de que mi próximo objetivo era restarle importancia a lo ocurrido y asegurarle a Julieta que solo le había revelado algunos detalles de nuestro encuentro sin importancia.

De esta forma, confirmé que mi experiencia en el departamento policial y mi fortaleza personal me habían ayudado a confrontar la infidelidad de Eva. Ambos fuimos infieles, pero me considero el vencedor por haber conquistado a su hermana. Y, aunque Julieta era una joven de buen corazón, este episodio me reafirmó que el peor mal de un hombre es dejarse enceguecer por amor.

Así que, ¿cuál es el talón de Aquiles de una mujer? ¡Follarse a su hermana!