Xtories

Del trabajo a la playa nudista

Lucía siempre soñó con liberarse de las ataduras corporativas, pero nunca imaginó que su jefe sería quien la llevara a la libertad. Cuando Nacho acepta su invitación a una playa secreta, la oficina queda atrás y solo quedan dos cuerpos desnudos bajo el sol. ¿Hasta dónde estará dispuesta a llegar esa conexión prohibida?

Liam Bennet17K vistas9.0· 12 votos

Siempre me he definido como un espíritu libre, y aunque soy muy feliz en la empresa en la que estoy ahora, en el trabajo, esa libertad a menudo parece un sueño lejano. Pero ese mediodia en la oficina, algo cambió. Era lunes, un lunes caluroso de finales de julio, de esos en que tienes muy pocas ganas de hacer nada. Yo estaba sola, sentada en una de las mesas del comedor. Estaba tomando un café en la pausa de comer, y Nacho se acercó y se sentó conmigo. Nacho es mi jefe y la verdad, aunque siempre hemos mantenido un tono de conversación muy profesional, nuestra relación es próxima y muy cordial. Al mediodía acostumbrabamos a reunirnos todo el equipo y hablábamos de temas superficiales, pero no era tan habitual que nos sentáramos él y yo a hablar de nada fuera del trabajo. Aun así, ese dia, no sé por qué, la conversación fluyó de forma diferente.

Empezamos hablando de nuestros planes para el fin de semana, y de alguna manera, el tema cambió a nuestros intereses personales. Confesé, con una mezcla de timidez y orgullo, mi pasión por el nudismo, esperando una respuesta de sorpresa o confusión. Pero Nacho en lugar de sorprenderse, se alegró y sus ojos brillaron con emoción. Y me confesó que él había descubierto el nudismo hacía unos años y que ahora no iba a playas textiles si podía evitarlo. Ya más desinibidos, ambos compartimos playas en las que habíamos ido. Y Nacho me habló de una cala recóndita que conocía, un lugar apartado y tranquilo, perfecto para disfrutar de la

naturaleza sin restricciones.

Y me soltó: “Es un lugar precioso, mira”. Y sin dudarlo, cogió su teléfono y empezó a buscar en la galería de fotos. “Esta es, mira!” y me entregó su teléfono. En ella ví efectivamente un camino boscoso con un cartel que rezaba “Cala Llarga” y una flecha. Al lado del cartel, estaba Nacho en modo muy playero, con bermuda y camiseta y sonriendo.

“Si vas pasando fotos veras el camino y la playa”. Fui pasando las fotos y efectivamente a la cala se llegaba por un bosque de pinos precioso. Y al final, empezaron las fotos de una preciosa cala con desfiladero en ambos lados, realmente espectacular.

Yo iba pasando fotos y Nacho me iba explicando. “Estas fotos son del mes pasado, fui con una pareja de amigos, el agua aun estaba fresca pero el sol era espectacular”. Y de pronto,… pam! Una foto de Nacho saliendo del agua tal y como dios lo trajo al mundo. Aunque casi se me salen las orbitas de los ojos, hice como si no me importara lo más mínimo. En las 5 o 6 fotos siguientes, se veía a Nacho y a su pareja de amigos, jugando o tomando el sol, explícitamente desnudos. En una incluso Nacho salía cubierto de una especie de barro amarillo. “Sí,” comentó sin más importancia “hay barro de este que te puedes poner por el cuerpo y vas notando como

se seca en tu piel… ufff… mira, se me ponen los pelos de punta solo de recordarlo!”

Yo en aquél momento pensé “espero que no me mire los pezones porque yo si que los tengo de punta!”

Sentí una conexión instantánea. Era como si hubiéramos descubierto un secreto compartido, un lazo que nos unía más allá de los informes y las reuniones.

- Igual te parece una locura, le solté, pero no podríamos hacer una escapada no sé, este jueves.

Así no encontraremos la multitud de gente de los fines de semana, no? Como lo ves?

Tal cual lo había soltado pensé “¿estas loca?” pero Nacho accedió muy contento, sin dudarlo. La emoción de la aventura comenzaba a hervir en mi interior, una mezcla de nerviosismo y anticipación.

Durante los siguientes días, la idea de nuestra escapada me mantuvo despierta por las noches. Imaginaba la cala, el sol, el mar, y la libertad de estar allí, lejos de las miradas del mundo, solo Nacho y yo. Era una fantasía tentadora, un escape del gris de la rutina diaria. Y aunque traté de mantenerme concentrada en el trabajo, mi mente a menudo vagaba hacia ese lugar secreto. El día antes de nuestra aventura, Nacho y yo intercambiamos miradas cómplices y sonrisas nerviosas. Había una electricidad en el aire, una anticipación palpable. Al final del día, confirmamos nuestros planes con un simple "nos vemos mañana, a las nueve te recojo". Esa

noche, apenas dormí, revolviéndome entre las sábanas, en el sentido más literal del término.

Mi mano recorría sola mi cuerpo. Me pellizqué los pezones hasta casi hacerme daño. Me gusta tocarme los pechos, me siento muy orgullosa de ellos: son generosos y la verdad los tengo bien puestos. Imaginar la mirada de Nacho recorriéndolos me excitaba muchísimo. Mi mano bajó por mi vientre hasta llegar entre mis piernas. Estaba mojadísmima! Me masturbé con pasión frotando mi cuerpo contra el cojín hasta estallar en un orgasmo largo e intenso.

Entonces sí, caí rendida en un sueño profundo.

La mañana del día acordado amaneció clara y brillante, como si el mismo cielo estuviera conspirando a favor de nuestra pequeña aventura. Recuerdo haberme despertado antes de que sonara la alarma, mi corazón latiendo con la emoción de una niña la mañana de Navidad. Mientras me preparaba, cada movimiento estaba cargado de una energía maravillosa. Elegí mi ropa con cuidado: la parte de abajo era de un bikini muy bonito que tengo, con un pantalón muy corto tejano. En la parte de arriba me puse un top cruzado rosa que me hacía un escote espectacular y que dejaba claro que bajo ese top no habría nada de ropa, así que mis intenciones eran claras.

Nacho pasó a recogerme en su coche. Al subir, nuestras miradas se encontraron y compartimos una sonrisa llena de complicidad y expectativa. Nos recorrimos ligeramente con la mirada. Creo que le gustó mi elección de ropa, jejejeee… porque le pillé en un par de ocasiones revisando mi top rosa! Un punto para mí.

El viaje en coche fue una mezcla de charlas animadas y agradables silencios. Hablamos de todo y de nada, evitando cuidadosamente el tema principal de nuestra excursión. Había algo en ese silencio no dicho, una promesa de libertad y descubrimiento, que daba intensidad incluso a los temas más banales.

El paisaje cambiaba a medida que nos alejábamos de la ciudad, de edificios altos y calles congestionadas a carreteras abiertas y campos verdes. Observaba por la ventana, cada kilómetro que recorríamos aumentaba mi sensación de liberación. Nacho puso música, una selección de melodías suaves que parecían resonar con mi estado de ánimo.

Finalmente, llegamos. La cala estaba escondida al final de un pequeño sendero que serpenteaba entre árboles y rocas. Bajamos del coche, y con cada paso que nos acercábamos, sentía cómo la realidad de la ciudad y sus innumerables reglas y expectativas se desvanecían, dejando solo el momento presente, puro y expectante. El camino que recorría el bosque que ya había visto en fotos tenía un punto salvaje, y el sol que se iba filtrando entre los árboles nos acompañaba en nuestros pasos.

- Mira, es aquí!

Y allí apareció, tras los árboles, aquél largo acantilado. La cala era más hermosa de lo que había imaginado. Rodeada de acantilados y vegetación, era un oasis de tranquilidad. El sonido de las olas rompiendo suavemente en la orilla era como música, invitándonos a dejar atrás nuestras inhibiciones.

Recorrimos un pequeño sendero bajando por el lateral hasta la playa. Teníamos toda la cala para nosotros. Mi corazón iba a mil por hora de tanta emoción y de tanta belleza. Dejamos las mochilas y las toallas. Nos miramos y, sin necesidad de palabras, comenzamos a quitarnos la ropa. Hubo una especie de ritual en ese acto, una travesía desde el mundo conocido hacia algo más primal y auténtico. Desnudos, nos sentíamos vulnerables pero vivos, la brisa marina acariciando nuestra piel desnuda, el sol besando cada parte de nuestro ser. En ese momento, sentí una conexión profunda no solo con Nacho, sino con el mundo que nos rodeaba. Éramos dos almas libres, sin las capas de la sociedad y sus expectativas. Solo estábamos nosotros, la naturaleza y una sensación de paz que nunca había experimentado antes. Nos miramos y nos dio por reír. Una carcajada limpia y que rompía todos los muros mentales que dos compañeros de trabajo podían tener.

Los dos, desnudos, nos fuimos corriendo al agua. Estaba deliciosa. Saltamos al agua, nos salpicábamos con el agua, saltábamos olas como locos. Éramos dos críos compartiendo sol, mar y desnudez. Nacho se sumergió desapareciendo y apareciendo de nuevo delante de mí con un susto!

- Idiota, le solté, riendo, me has asustado! Y lo abracé desde atrás para ahogarle. Todo mi cuerpo lo abrazaba desde atrás. Mis pechos presionaban su espalda y lo rodeé con mis piernas. Él riendo me cogió por los muslos y me cargó en sus espaldas, llevándome a caballito hasta su toalla.

Aun mojados los dos, nos tumbamos a tomar el sol. Allí estábamos, Nacho y yo, en esta cala secreta, envueltos por la belleza cruda de la naturaleza. El sol brillaba alto en el cielo, su calor mezclándose con la frescura de la brisa marina, creando un ambiente de libertad total. Notaba el sol en toda mi piel. El silencio, solo roto por el romper de las olas, nos envolvía de una forma mágica.

Miré a Nacho, su silueta iluminada por la luz del sol, y vi en sus ojos un reflejo de lo que sentía en mi corazón. Había una conexión inconfundible entre nosotros, un entendimiento tácito de que este momento era único, especial. Nacho se levantó, cogió una bolsa de plastico y sonriendo dijo:

- Espérate aquí un momento.

A los cinco minutos volvió con la bolsa llena de una fina arena amarilla que había recogido de las rocas de uno de los laterales de la playa, y la mezcló con agua de mar, creando una finísima pasta de barro.

- Túmbate aquí, en la arena, Lucía.

Me tumbé, entregada a sus palabras. Nacho cogió una primera palada de barro y recorrió mis mejillas. El barro fue cubriendo mi rostro. Nacho lo iba expandiendo por mi cara. Luego bajó por el cuello. Volvió a coger más barro, para cubrir un hombro y empezó a bajar por un brazo. Con suavidad, iba cubriéndome hombros, brazos y ambas manos. Respiré cuando volvió a coger más barro. Su mano se situó bajo mi cuello y empezó a embadurnar uno de mis pechos.

Yo respiraba con intensidad, notando como su mano acariciaba cada centímetro de mi piel, como el barro suavemente cubría mis pezones, que estaban rígidos como diamantes, como el sol iba secándo y endureciendo aquel suave recubrimiento en mi cuerpo. Con mucha delicadeza cubrió mi barriga y bajó directamente por mis piernas. Me cubrió, centímetro a centímetro, primero mis pies, luego mis rodillas, mis muslos,… a cada pasada iba subiendo más y más. De pronto cogió barro con ambas manos, las situó en el interior de mis muslos y subió hasta mi entrepierna. Exhalé un gran suspiro de excitación. Las manos de Nacho recorrían mi vagina, completamente rasurada, que ahora estaba también cubierta por esa capa de barro. Levanté la cabeza y le miré a los ojos, con una mezcla de ternura y excitación.

- Notas como el sol va resecando el barro? -me dijo- es una sensación espectacular, ya lo verás.

Cuando todo mi cuerpo estuvo cubierto de barro, él, rompiendo el hielo, dijo:

- Hahahaa ha tendrías que verte toda cubierta de barro, menudas pintas llevas.

- Ya, pero tu no te has puesto barro, no es justo, le respondí, también riendo.

Me incorporé y le dije:

- Túmbate ahora tu.

- No te preocupes, me dijo- ya me pongo yo mismo.

- Si, hombre, te crees que vas a ser el único que va a meter mano hoy aquí, le solté. Y los dos nos reímos.

Seguí sus “enseñanzas” y fui recorriendo todo su cuerpo, desde la cara, los brazos, tórax… mientras iba bajando por su barriga, todo en él se iba despertando. Estaba circumcidado, así que la punta morada de su pene iba creciendo, desafiante. Una pequeña gota de humedad emergió cuando mis manos “accidentalmente” acariciaron por primera vez lateralmente sus testículos. Él hacía esfuerzos, inútiles esfuerzos, por controlar su erección, pero yo estaba absolutamente hipnotizada por el crecimiento de su miembro. Pero dejé mi plato favorito para el final. Siguiendo su misma estrategia, cogí barro con ambas manos, y las situé en sus muslos y entonces subí, dulcemente hacia su excitado miembro. Recorrí primero sus testículos, cubriéndolos de barro con ternura. Y luego subí por el tronco de su pene que, ahora si, estaba duro y palpitante. No escatimé en barro, hasta que todo su cuerpo estaba tan cubierto como el mío.

Así, con mi cuerpo cubierto con barro, me tumbé al lado de Nacho, con el sol calentando nuestra piel. Nacho me miró a los ojos, nos cogimos de la mano, y en ese momento, sentí que nos estábamos comunicando en un idioma más allá de las palabras. Era una conversación de sensaciones y emociones, de descubrimiento y aceptación mutua. La playa, el mar, el cielo, nuestra piel, todo parecía desvanecerse hasta que solo quedábamos nosotros dos, en nuestro propio mundo, nuestro propio momento.

El resto del día se desplegó en una serie de momentos tranquilos y ternura compartida. No había prisa, no había expectativas, solo el disfrute del momento presente y la compañía del otro. A medida que el sol comenzaba a ponerse, nos vestimos lentamente, sabiendo que este día se quedaría grabado en nuestros recuerdos para siempre.

Mientras conducíamos de regreso a la ciudad, sentí una sensación de plenitud y gratitud. Había algo mágico en lo que habíamos compartido, algo que trascendía el tiempo y el espacio. Sabía que lo que había comenzado como una simple aventura había florecido en algo mucho más profundo, una conexión que llevaría conmigo mucho después de que este día terminara.