Xtories

Atraco de dos. Gema Barrios

Nadie esperaba que la nueva psicóloga de la unidad tuviera ese fuego interno. Pero cuando las copas corren y la puerta del bar se cierra, las jerarquías se derrumban y el deseo toma el control de la noche.

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Una primera aproximación Gema Barrios

Gema Barrios era la psicóloga de la unidad. Al principio, cuando se incorporó al equipo de trabajo, no la tomábamos demasiado en serio. Quizá por aquello de que la mayoría éramos hombres y lo machista flotaba en la manera de funcionar y trabajar. Tiempo después ya no podíamos prescindir de ella; era fundamental en el cierre de casos, un zorro con mucho ojo y olfato que debería haber sido policía, sin embargo ahí la teníamos de apoyo y en su parcela era infalible.

He dicho que un zorro con ojo, pero una zorra en otro campo. Gema era prácticamente una ninfómana. Y eso que nos pareció una mujer inabordable cuando se presentó. También era divorciada, pero no tuvo hijos. Ni demasiado guapa, ni demasiado atractiva, supo subir el ánimo de los chicos del departamento cuando entró en acción, justo después de la primera copa a la que la invitó Bermúdez tras la resolución de un caso complejo. Estábamos en el bar Plaza, frente a la jefatura, un jueves por la noche. Habíamos detenido a un chulo que dirigía una red de trata de blancas y que afortunadamente pudimos desarticular. Toda la unidad lo celebraba; corrieron las copas y Gema era el centro de atención porque su trabajo, y eso que solo llevaba un mes con nosotros, fue determinante. No sabíamos muy bien como lo había logrado, pero el interrogatorio que ella le hizo al chulo fue definitivo. Se rumoreó que una vez solos en la sala “opaca” de interrogatorios ella pudo utilizar métodos no muy ortodoxos y no precisamente violentos, como enseñarle las tetas a aquel tipo o hacerle una paja, vete a saber. En realidad nunca se supo, sin embargo la leyenda se consolidó cuando la Barrios empezó a dar muestras en la unidad de lo que el sexo era para ella. Recuerdo que después de aquella primera juerguecita en el Plaza le dije que se hiciese respetar, a lo que ella me replicó que no me metiese en su vida. La verdad es que Gema y yo pusimos nuestros límites y nos apreciábamos. Lo único que tuve con ella en mucho tiempo fue un romántico beso, pero llegó a conocerme bien y a ofrecerme ayuda para superar mis traumas, mis complejos, frustraciones, represiones y ataduras.

Solo quedaron cinco policías, el camarero del Plaza y ella, cuando la cosa se desbocó en el bar. Yo había salido unos minutos antes, aunque luego me enteré de todo tirándole de la lengua a Balta, el camarero. La agente Cristina Peláez, otra juguetona a merced de Bermúdez, ordenó a Balta bajar la persiana. Todos eran hombres allí dentro excepto la Barrios y la Peláez. Balta había oído historias del departamento pero no se podía imaginar lo que estaba a punto de vivir, y claro, lo vivió tan intensamente que luego necesitó contarlo, siendo yo quien estuvo para escucharle y advertirle que fuese discreto con todo aquello. Algo viejo, un poco gordo y calvo, Balta no se esperaba un regalo así de la vida.

El cóctel perfecto, como después se vio, es que Bermúdez y Gema Barrios coincidiesen en su adicción al sexo. Siendo así las cosas, cualquier cosa podía suceder. Los dos venían a tener cuarenta y tantos, los demás eran atractivos agentes de policía, jóvenes, en la plenitud de la vida. Solo desentonaba el camarero, que pronto intuyó que la fiesta se podía alegrar aún más, toda vez que Cristina Peláez le dijo que cerrase el bar. Lasarte, Granados y Sánchez eran los otros tres agentes; parecían, independientemente del uniforme, estar cortados a patrón, solo que Lasarte era pelirrojo y tenía menor estatura que sus compañeros, y era lo que se dice un verdadero hijo de puta, eventual acompañante en las andanzas de Bermúdez.

Pues bien, Bermúdez abrazó a la Peláez y comenzó a besarla en los labios. Lasarte exclamó un ¡ey, chicos!, pero bien se sabía en el departamento que Bermúdez había sacado buen provecho de su subordinada y era vox pópuli que en un par de ocasiones habían encontrado perdidos de semen los asientos traseros de uno de los coches patrulla, justo después de haber salido ambos a dar una vuelta y aparcar en la estación.

No se sabe muy bien si Gema Barrios iba pasada de copas y le influyó el alcohol aquella primera vez –posiblemente, conociéndola después, no hubo mucho de eso-, el caso es que agarró de la solapa a Sánchez para atraerlo hacia sí e igualmente darle un morreo, sentada como estaba en una banqueta alta de la barra, abriendo las piernas y acomodando la cintura del hombre entre sus muslos. Lasarte sonrió y empujó a Granados, que parecía un pelín cortado, hacia la psicóloga y su otro compañero. La Barrios lo vio venir y se giró para fundirse en un beso también con él, a modo de bienvenida. Balta estaba boquiabierto tras la barra y parecía disimular limpiando copas con una bayeta color rosa. Lasarte cogió una botella de whisky del mostrador y echó un trago directamente de ella, pasándosela a Balta, que no había probado trago en toda la noche.

-¡Anda Balta –se dirigió al camarero el agente Lasarte-, apaga la música y vete a por unos cuantos condones de la expendedora de los aseos!

El camarero obedeció, sabía cuál era su papel en aquella situación, porque aparte de buenos clientes aquella gente eran policías y no quería tocarles las narices. Bermúdez, si dejar de besar y meter mano a la guarrilla de Cristina Peláez, enseñó el pulgar a Lasarte a modo de aprobación por sus instrucciones al camarero.