Xtories

Fiesta de antiguos compis del cole

La fiesta de antiguos compis prometía ser solo un reencuentro nostálgico, pero el disfraz de criada y la transformación de Juanma en un gladiador de cuerpo duro despiertan fantasías olvidadas. En una habitación aislada, la vergüenza escolar se disuelve bajo el peso de los cuerpos sudorosos y las miradas lujuriosas de tres hombres que no planean dejarla escapar.

jovenesalegres19K vistas8.9· 16 votos

Tras meses de preparación del evento, por fin había llegado el día de la fiesta de antiguos alumnos del colegio. Hacía más de veinte años que no veía a la mayoría de ellos, y me daba un poco de vergüenza el reencuentro. Tras la presión de algunas de mis antiguas amigas, y para romper el hielo, se decidió que se podía venir en pareja. Además, aprovechando que ya había sido Halloween y la gente estaría pertrechada, habría que ir disfrazados. Mi marido, Luis, me animó a ir. Pero claro, él no tenía vergüenza y le daba igual disfrazarse.

Ya en el último momento, y con escasez de tallas, tuve que comprarme uno de los pocos que me iban bien. Se supone que era de criada, aunque parecía más salido de un sexshop que de una conocida tienda de ventas online.

El evento se celebraba en una casa rural propiedad del antiguo delegado de la clase, José Luis. Nosotros vivíamos lejos de aquella zona, pero los propietarios nos ofrecieron una de las cinco habitaciones libres para aquellos que viniéramos de fuera.

Nada más quitarme el abrigo, me di cuenta de que llamaba poderosamente la atención tanto de hombres como de mujeres. Mi disfraz de criada era un vestidito negro, con escote en forma de "O", minifalda y medias negras. Soy una persona delgada y con poco pecho, pero aproveché la ocasión para ponerme un sujetador negro con push-up con el que realzar mi busto y formar así una sugerente línea de escote. Luis, mi marido, iba con un disfraz de vampiro comprado en "los chinos".

Me sorprendió cómo había cambiado todo el mundo. Quizás, lo mismo debían pensar de mí. A algunas personas no las reconocí, y otras sí, algunas con cambios para mejor y otras para peor.

—¡Sara, estás fenomenal! —me dijo mi antigua amiga de la infancia.

—Gracias, tú también estás estupenda —dije mirándola de arriba a abajo, quien iba disfrazada de piloto de avión.

—¿Es tu marido? Hola, soy Ana. O Anita, como me llamaban en el cole.

—Luis, encantado.

Tras los besos de rigor, Anita me cogió de la mano y me fue presentando a los diferentes invitados.

Después de un par de copas, mi marido y yo estábamos más desinhibidos y con la risa floja.

Al otro lado de la sala me llamó la atención un chico con el que no había hablado y no tenía ni idea de quién era. Le hice una seña a Luis, y ambos nos acercamos a la barra donde se estaba preparando un cóctel.

—Hola, espero que no te ofendas, pero no te reconozco. ¿Eres la pareja de alguna antigua alumna?

—Sarita, Sarita. ¿De verdad que no te acuerdas de mí?

El chico iba disfrazado de gladiador. Su fornido cuerpo encajaba de forma perfecta bajo el peto de plástico. A través de las tiras de su falda se podían observar unas piernas bien tonificadas.

—Me temo que no, aunque tu voz me suena...

—Juanma.

—¿¡Qué!?

En aquel momento llegaron los recuerdos de un chico tímido, retraído y gordito, de clase que se cambió de colegio en uno de los últimos cursos.

—No te preocupes, le ha pasado a mucha gente. Todos hemos cambiado después de tantos años.

—Bueno, espero que no te moleste, pero creo que has mejorado.

—Gracias, tú estás igual de guapa que siempre. Parece que no hayan pasado los años por ti.

El chico se presentó a mi marido extendiéndole la mano.

—De pequeño estaba bastante gordito, aunque tengo que decirte que tu mujer siempre se portó bien conmigo y nunca le importó que yo no fuera de los más populares de la clase.

—Nunca me han gustado los clasismos y, además ellos se lo perdían. Eras muy divertido.

—Gracias.

—Pues yo cuando te he visto pensaba que eras el "stripper" de la fiesta.

—Ja, ja, ja. Quién sabe, la noche es joven. Os confieso que cuando empecé mis estudios trabajé de eso para ganarme un dinero, pero quemaba mucho.

—Ves, tengo buen ojo —dijo Luis.

—¿Por qué no nos haces un baile a todos y animas la fiesta? —propuse “picantona”.

—¡Qué dices! ¿Pasar del chico tímido al que monta un espectáculo? Ya no ejerzo. Aunque si alguna chica me lo pide en privado, me lo pensaré, que no tengo pareja.

—Házselo a Sara, que seguro que le encanta —soltó sin cortarse Luis.

—Vaya, me sorprenda que me lo pidas tú. Sí que sois una pareja de mente abierta.

—Eso y que este es un liante. Venga, vamos a la habitación que nos han dejado —dije cogiéndole de la mano y tirando de él.

Apenas le dio tiempo a dejar el vaso en la encimera y me siguió.

Subimos al primer piso y entramos en la habitación que José Luis nos había enseñado hacía unas horas. La decoración espartana contrastaba con los peluches infantiles que había encima de la cama.

Me senté en el catre mientras Luis coordinaba la música con Juanma.

La música empezó y Juanma comenzó a andar, con el látigo de plástico en mano, de forma amenazante hacia mí. Yo no dejaba de sonreír divertida.

De repente, mi antiguo amigo inició un asentadilla doblando su tronco hacia atrás. Se contoneó con absoluto control de su cuerpo de forma muy sexy.

Silbé de forma atrevida al verle y miré a Luis, quién se había sentado cómodamente en una butaca que había al lado de la cama.

Juanma se acercó hacia mí y, pegando sus rodillas a mis piernas, pasó el látigo por detrás de mi cuerpo.

—No me hagas daño ¿eh? —amenacé.

Él no contestó y, tras dejar su látigo sobre mí, se puso en posición de hacer una flexión con las manos en el suelo y las piernas sobre la cama. Su culo estaba bajo mi cara y no pude dejar de reírme. De forma provocativa, comenzó a levantar y bajar su cintura sobre mí. Apenas me rozaba las piernas, pero la vista que debía de estar dando debía ser muy morbosa. Sin pensármelo dos veces le di un cachete en la nalga que sonó más fuerte de lo que pretendía.

—Uy, ¡perdón!

—No es nada. Si supieras lo que me hacían las mujeres en las despedidas de soltero...

De repente, levantó las piernas y e hizo el pino frente a mí. Bajó rápidamente las piernas asustándome.

Se puso de pies y se quitó el peto de su armadura dejando a la vista un pecho y abdominales muy marcados.

—Joder Juanma, cómo te has puesto... —Solté mordiéndome los labios.

Él me cogió de las manos para que me levantara y, sorprendiéndome, me izó en volandas sujetándome de las piernas. Pasé mis brazos por detrás de su cuello para no caerme.

—Hago todo el "show", ¿verdad? —Nos preguntó a ambos.

—Claro, hemos venido aquí para eso, no para medias tintas —contestó Luis.

El chico sonrió, y se puso a dar vueltas sobre sí mismo conmigo a cuestas.

—Uuuuuuuuhh —dije mareándome.

Me levantó con sus fuertes brazos como si me fuese a colocar sobre una encimera y me dejó caer de nuevo sobre su cintura.

En una de estas subidas, quedé encaramada sobre sus hombros con su cabeza entre mis piernas. No estaba ocurriendo nada sexual, pero todo era muy morboso y me estaba excitando con aquella actuación.

Lentamente me posó sobre el suelo enmoquetado.

Abrió los brazos sonriente dejándome hacer y pensé: «Joder con Juanma».

Él se arrodilló frente a mí y, como si estuviéramos haciendo la postura del misionero, comenzó a mover su cintura estrechándola contra la mía. La parte baja de mi disfraz se fue subiendo con caga golpe dejando a la vista mi tanguita.

Se dio la vuelta haciendo lo mismo con la cabeza opuesta a la mía en una extraña postura que me hizo tener que levantar las piernas.

Me hizo darme la vuelta para estar tumbada bocabajo, con los codos apoyados en el suelo y, se restregó contra mi culito con fuertes embestidas. Mi culo era totalmente visible bajo el tanga y en aquel momento era plenamente consciente de la dureza del miembro de mi antiguo compañero.

—Veo que a ti también te está gustando el show... —dije con voz morbosa levantando un poco mi trasero para rozarme más.

Me ayudó a levantarme y me acompañó hasta la cama. Se inclinó como si de un actor de teatro se tratara y Luis y yo aplaudimos.

—¿Ya está? —pregunté.

—Sí, en mis “shows” había que ver en qué momento parar, o la cosa acababa calentita.

—Seguro que más de una vez así acabó...

—Sí, no te voy a engañar, aunque iba contra el negocio, ya que, si luego tenía otra despedida, no llegaba ni a tiempo ni con energía.

—¿Y hoy tienes alguna más? —preguntó Luis.

—¿Qué? —Contestó Juanma haciéndose el tonto.

Me tumbé en la cama con las piernas abiertas y le dije:

—"The show must go on"...

—¿Qué fue de la Sarita timidita del colegio?

—Se le fue la timidez por el coño...

—¡Ala! —contestó Juanma mientras que Luis aplaudía riéndose.

El antiguo stripper se acercó a la cama y se tumbó bocarriba sobre mí aplastándome con su musculoso cuerpo y su peso.

No me quejé.

Contoneó su cintura contra mí al tiempo que me besaba y mordía el cuello con pasión. Si bien podía sentir su cuerpo sudoroso y caliente, él debía de estar percibiendo también el calor que emanaba de mi sexo. Se arrodilló y pasó una mano lentamente sobre mis pequeños pechos, que sobresalían ligeramente a causa del sujetador con “push-up”. Podía ver la potentísima erección que tenía a través de su calzoncillo.

—¿Quieres verla? —me dijo al pillarme contemplándole el paquete.

—Ya sabes la respuesta —contesté pasándome la lengua por los labios.

Se puso de pies, y con un pequeño bailecito, terminó de desnudarse.

—Guau, ¡vaya pollón! No lo recordaba así... —exclamé al contemplar aquel miembro erecto que tenía pequeñas palpitaciones causadas por su excitación.

—¿Qué? Nunca me habías dicho que habías estado con Juanma... —intervino Luis.

—Y nunca he estado, bueno, hasta hoy. Una vez en el viaje de fin de curso le vi empalmado debajo del pantalón de chándal. Eso es todo. Pero ¿qué más da eso ahora? —le dije frunciendo el ceño.

—Eran otros tiempos —replicó él acercándose—. ¿No te quitas tú la ropa?

—Luego, antes quiero probar esto —dije agarrándole el largo, venoso y grueso pene.

Le masturbé lentamente mientras le miraba directamente a los ojos. Sabía que eso excitaba a mi marido, y a él seguro que le pasaría igual. Luego, agarrándole la polla con las dos manos, me metí la punta en la boca. Jugueteé con mi lengua sobre su prepucio. Le ensalivé bien todo el miembro. Después inicié un rápido movimiento de cuello haciéndole una buena felación al tiempo que de mi boca surgían ruidos guturales.

—Joder Sara, ¡qué bien la chupas! —dijo resoplando.

—Es su especialidad —comentó Luis—. Ten cuidado y párala a tiempo o hará que te corras. A mí me ha pasado muchas veces y he terminado corriéndome en su boca.

Me giré para mirar a mi marido, y para mi sorpresa, se había bajado el pantalón y se estaba masturbando sin quitarnos ojo de encima.

Juanma introdujo su manaza en la "O" de mi escote hasta sujetar uno de mis pequeños pechos. Con la ayuda de la otra mano, desabrochó los tres botones del disfraz y, hurgando por detrás, se deshizo de mi sujetador, dejando mis pequeños y erguidos pechos al aire sin quitarme toda la ropa.

Mi gladiador se tumbó bocarriba en la cama. Su pene apuntaba al techo, listo para que yo me ocupara de él.

Me quité el tanga rápidamente, y ante su sorpresa, pasé una pierna por encima de su cabeza y fui descendiendo lentamente. Él estiró la lengua y jugueteé bajando y subiendo sin dejarle lamerme el sexo del todo. Hinqué una rodilla, y apreté mis labios inferiores contra su cara. Movía la lengua como si de una herramienta mecánica se tratara. Excitada, hice subir y bajar mi cadera rápidamente al tiempo que gemía.

—¿Te gusta el coñito de mi mujer? —preguntó Luis sin dejar de masturbarse.

—Está riquísimo. Me la comería entera —dijo mi amante separando su boca durante unos segundos.

—A ti sí que te la voy a comer entera —intervine al tiempo que le descabalgaba la cabeza.

Me coloqué entre sus piernas y, agarrándole el gran pene por la base, comencé a chuparlo de arriba a abajo.

—Seguro que te has masturbado más de una vez pensando en Sara —dijo Luis.

—Pues sí. Hasta una vez follé con una novia que tuve pensando que la follaba a ella y recordando fotos recientes que había visto en Instagram.

—Sois los dos unos pervertidos.

Me metí su prepucio entero en la boca y fui bajando todo lo que pude. No me cabía entera. Era gruesa y bien larga. Mientras, con una mano le masturbaba y con la otra le acariciaba los testículos.

Me puso una mano encima de la cabeza y comencé a chupársela más rápido lanzándole miraditas lujuriosas.

—No te me corras aún, ¿eh?

—Lo intentaré, aunque es difícil con lo bien que la chupas.

Sonreí, le besé el pene y seguí mamando como si no hubiera un mañana.

Juanma escapó de mí y se puso de pies. A sabiendas de lo que iba a venir, me senté en la cama sonriente. Acaricié sus potentes pectorales bajando hasta su "six-pack" abdominal. Me dejé caer hacia atrás tumbándome bocarriba. Sentí cómo su grueso prepucio daba pequeños golpecitos contra mis labios inferiores, como si llamara a la puerta pidiendo poder entrar. Metió un poco la puntita jugando con ella, moviéndola en círculos y volviéndome loca.

—Venga, ¡fóllame! —Le exhorté mientras que empujaba de él hacia mí apoyando mis talones en sus nalgas.

Con su prepucio en mi interior, colocó ambas manos en mis rodillas abriéndome completamente de piernas.

Excitada, me acaricié con las manos mis pequeños pechos, jugueteando con mis pezones rosados.

No pude evitar contener un gemido cuando me introdujo lentamente todo su pene en mi interior.

—Oh sí, qué gusto Sara...

Mi antiguo compañero del colegio comenzó a follarme a un ritmo tranquilo pero profundo. Era una delicia ver su cuerpo de adonis hacerme el amor de aquella manera. Me agarró el cuello, sin hacerme daño, y comenzó a penetrarme más rápido. Él emitía gruñidos como si estuviera haciendo algún tipo de ejercicio en el gimnasio y yo gritaba de forma descontrolada.

De repente, sonó alguien tocando a la puerta.

—¿Estáis bien? —preguntó un hombre al otro lado.

—Sí —dijo Luis, poniéndose en pie.

—He subido a por una cosa y he oído gritos. No sabía si le había pasado alguien.

Pude identificar que se trataba de José Luis, el dueño de la casa y antiguo delegado de clase.

—No te preocupes. Estamos bien. Disfrutando un poco de la habitación que nos habéis dado. Ya sabes... —insinuó Luis.

Juguetón, Juanma no había sacado su pene de mi interior y había seguido moviéndolo muy lentamente durante toda aquella interrupción.

—¡Anda que avisáis! —bromeó el otro.

Luis me miró con las cejas levantadas y supe qué quería decir con aquella pregunta encubierta. Negué con la cabeza.

—No hagáis tanto ruido que como se entere mi mujer igual monta un pollo —añadió nuestro anfitrión.

—Pero si no hacemos nada malo. Mira. —Me sorprendió Luis abriendo lentamente la puerta.

Con una sotana negra y un gran crucifico bordado en el pecho, José Luis entró en la habitación cerrando la puerta tras de sí.

—Pero qué coño... —comenzó.

—Hola tío —saludó Juanma reanudando lentamente su penetración.

—Vaya fiestecita que os estáis montando aquí. Joder Sara, estás buenísima. Perdona Luis, espero que no te moleste que lo diga.

—Para nada, si es algo bueno. Siéntate, hombre —dijo señalando una butaca que había al otro lado de la cama.

Pasándose la lengua por los labios, el antiguo delegado obedeció sin quitarme la vista de encima.

Juanma dejó caer todo su peso sobre mí aplastándome. Apoyé mis talones sobre sus endurecidas nalgas y volví a gemir ante sus embestidas. Abrí los ojos y pude ver cómo José Luis me miraba fijamente con la boca abierta. Saqué la lengua por fuera de la boca y me la pasé de forma pervertida por encima de los labios. El aludido miró a Luis, quien había vuelto a sacarse el pene fuera del pantalón y se masturbaba y luego otra vez a mí. Cerré los ojos disfrutando de aquella follada increíble y cuando los volví a abrir, José Luis estaba masturbándose con su pequeño pene en la mano.

Cuando Juanma se incorporó para cambiar de postura, me levanté rápidamente de la cama, y para sorpresa de todos, me acerqué a José Luis. Le puse un dedo en los labios para que no dijera nada y, agarrando su pequeño miembro, me senté encima suyo guiando su falo hacia mi interior. Extendí los brazos apoyándome en el respaldo del sofá.

—Este será el pago por la estancia y tu silencio —dije.

Él respondió hundiendo su cabeza entre mis pechos, lamiéndolos y succionándolos con vehemencia.

Sin previo aviso, y como si de una película del Lejano Oeste se tratara, comencé a galoparle a toda velocidad. Él no se lo esperaba, y abrió los ojos como platos.

En mi frenética cabalgada pude ver a Juanma sentado en la cama masturbándose lentamente.

—Joder, ¡qué bien follas! Con lo mojigata que eras en el cole, nunca me hubiera imaginado que terminaras haciendo algo así. Y delante de tu marido y de otro antiguo compañero... —Dijo con verborrea con la respiración entrecortada.

—Calla hombre, a ver si va a venir más gente —le interrumpió Juanma.

—¡Es que es una diosa! Mira qué cuerpo, y ¡qué culito! —soltó dándome un pequeño azote y dejando una marca rosada en mi piel clarita.

Me levanté y me di la vuelta, dándole la espalda. Apoyando las manos en los brazos del sofá, continué cabalgando como si no hubiera un mañana. Podía ver frente a mí a los otros dos chicos masturbándose, excitados, al contemplar la escena.

Hacía un rato que José Luis no decía nada hasta que se puso a gemir como si le estuviera dando un ataque al corazón. Sentí cómo sacaba rápidamente su pene de mi interior y, colocándolo entre mis nalgas, vertía ardientes chorros de semen.

—Uff, ¡qué pasada! ¡Seguid, seguid, que no diré nada a nadie!

—Me has dejado bien pringada...

—Pues ten cuidado de que no vuelva esta noche, mientras mi mujer duerme, y te deje la cara como un muñeco de nieve...

Se limpió con un clínex y se fue, no sin que mi marido cerrara la puerta con llave.

—¿Por dónde íbamos? —dijo Juanma con el pene aún erecto.

Me coloqué a cuatro patas en la cama y le dediqué una de mis miradas más pervertidas.

Juanma me agarró por los hombros, y fue jugando con su pene hasta que entró en mi interior. Comenzó a follarme con violencia, sin importarle mancharse las abdominales con los restos de semen que había sobre mis nalgas.

Mis tetitas se movían alocadas al ritmo de las embestidas.

—Cuidado no romper a la criada —bromeé haciendo referencia a mi disfraz.

—Yo soy un gladiador... todo queda entre personal del servicio...

—Pues menos mal que no has tenido que cumplir con el dueño de la casa —se mofó Luis.

Me agarré con las uñas a las sábanas mientras que mi gladiador me follaba como si fuera una muñeca hinchable.

—Túmbate, que yo también quiero un poco de juerga —dijo mi marido.

Me coloqué bocarriba, con la cabeza colgando al borde de la cama. Vi cómo mi chico se acercaba polla en mano, y en seguida me puse a mamársela. Mi otro amante no perdió el tiempo y, sujetándome por debajo de las rodillas, me penetró como cajón que no cierra.

Sentía como Luis me apretaba los pechitos, al tiempo que yo me sujetaba de su culo para no caerme.

—Qué, cariño, ¿tú no me vas a follar? —le increpé.

Éste reaccionó rápido, empujó de forma amistosa a nuestro invitado y se tumbó de lado haciéndome rotar en la cama.

Sentí su bien conocido pene en mi interior, y cómo su mano se apoyaba sobre mi clítoris. Juanma se sentó, con su gran falo en triste, a la altura de mi cabeza.

Excitadísima, le comí la polla mientras mi marido me volvía loca con su penetración y masturbación.

—¿Estás disfrutando Sara? Déjate llevar y córrete cuando quieras, cariño.

Juanma me sorprendió inclinándose y, acercando su cara, lamiendo mi clítoris, previa retirada de mano de Luis. Desde aquel ángulo debía de estar viendo a perfección cómo me follaba mi marido.

Liberada mi boca de su pene por aquella postura, gemí como una loca sin poder contener el orgasmo por más tiempo. Fue una explosión de placer inmensa que me dejó caer flácida y sin fuerzas.

Agotada, les pedí que pararan un momento, para ir al baño.

Al regresar, mi marido estaba tumbado bocarriba con el pene flácido y Juanma de pies, masturbándose para mantener su miembro duro.

Me puse a cuatro patas en la cama desde el lateral de mi marido. Le agarré el pene y mientras se lo meneaba para devolverlo a la vida, le dije a Juanma que se acercara.

—Más cerca —le dije.

—Oye, que no voy a hacer nada con él, ¿eh? —soltó a estar casi colocado entre las piernas de Luis.

—No te preocupes, que ya os ordeño yo.

Sujeté un pene en cada mano y los masturbé al tiempo que los succionaba alternativamente.

—Te vamos a llenar de leche —dijo Luis.

—Te va a caer todo encima.

—¡Me corro, me corro! —Nos interrumpió Juanma sujetando su gran pene por la base.

En ese momento tenía la polla de mi chico en la boca y cerré instintivamente los ojos. El primer chorretón me cayó justo debajo del ojo. Estaba caliente y era espeso y abundante. Se fue deslizando lentamente hasta mi boca mientras un segundo chorro me caía en la mejilla, y luego otros restos goteantes sobre el pene de mi chico.

Aquello no sé si es que le excitó o si ya estaba a punto, pero comenzó a correrse, sin avisar, dentro de mi boca. Paré con la lengua el torrente seminal para no ahogarme y luego, abrí la boca para dejarlo escapar. Miré fijamente a Juanma, quien tenía una cara de absoluto placer, mientras hilillos de semen se derramaban sobre el pene y el cuerpo de mi marido.

Le sonreí, le di una pequeña lamida a su pene, y comencé a limpiarme los restos de mi boca con la ayuda de las manos, comiéndomelo todo. Lamí el pene de Luis dejándoselo bien limpio, y después succioné todos los restos que había esparcidos por encima de su cuerpo. Me levanté, y con el sabor del semen muy presente en la boca, besé a cada uno en los labios.

—¿Volvemos a la fiesta? —dije jovialmente tras volver a ponerme las partes del disfraz que me habían quitado.

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