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Interracialdic 2023

Abdul me sacó de la duda

Después de veinte años de silencio en la cama, la pasión de Ana parecía extinta. Pero cuando Abdul cruzó el umbral de su casa, la monotonía se rompió con una violencia húmeda y prohibida que ninguno de los dos podría haber imaginado.

Dandandian26K vistas8.6· 13 votos

Aparcamos en el garaje, eran las doce y media de la noche de un frío sábado de enero de 2023, va hacer ahora un año. Entre dos coches había una persona que se había colado en el garaje y estaba tapada con una manta gris llena de mugre. Realmente no sé explicar el motivo, posiblemente mis valores conservadores y sobre todo cristianos, me hicieron acercarme a esa persona. Mi mujer, Ana, se mantuvo a varios metros y me indicó que le dejara, que ya se marcharía o que llamase a la policía, pero no sé cual fue el motivo por el cual decidí complicarme la vida, supongo que por cuestión de valores.

Puse mi mano sobre su hombro y de la mugrienta manta, asomó un varón de origen africano de unos treinta años, con el pelo sucio, rizado y despeinado, con cara de horror y estupefacción. Hablaba perfecto castellano y dijo llamarse Abdul.

Le pregunté varias cosas y entre ellas si había comido algo, el contestó que poco.

La cara de incredulidad de mi esposa era un poema, cuando le ayudé a levantarse del suelo y le ofrecí un plato. Caridad cristiana....

Vivimos en una urbanización céntrica de Madrid, ciudad de acogimiento de todo tipo de razas y culturas, tengo un cuarto libre desde que mi hija se marchó a iniciar sus prácticas de ingeniería a los Paises Bajos y no dudé en ofrecerle alojamiento, sus ojos amarillentos me miraron como si hubiesen visto en mí a un Dios, a un Ángel.....

Ana iba unos metros por detrás, mientras Abdul me contaba que había recibido la orden de expulsión después de haber trabajado siete años en España sin la suficiente garantía para obtener seguridad y la nacionalidad. Era Senegalés y había estado trabajando en almacenes, en la construcción e incluso había conseguido tener un piso arrendado en la zona de Aluche pero lo perdió cuando le echaron del último trabajo, ahora estaba vagando a la espera de un trabajo o de la extradición.

Al llegar a casa Abdul se duchó mientras yo le preparé algo, mi mujer se desentendió y se encerró en el cuarto, con el cerrojo, se preparó para dormir y se acostó. Preparé la habitación de invitados para el africano y se acostó después de cenar algo, yo aguardé unas horas en el salón y me dormí, observante.

Me levanté muy temprano, preparé el desayuno y cuando mi mujer se levantó, estuvimos discutiendo mucho rato, hasta que Abdul recuperó todo el sueño que llevase atrasado. Cuando llegó al salón sobre las once de la mañana, se hizo el silencio.

- Me marcho señor Julio. Muchas gracias por todo.

Yo había hablado ya con un contratista y había quedado con él para que viese al chico, tambien hablé con varios policías para agilizar el tema de la documentación y parecían todos conformes en remar a favor de ayudar al muchacho. Debía aguantar un día más, hasta el lunes.

Mi mujer, muy disgustada se fué a casa de su madre a pasar el día y a última hora del domingo regresó. Abdul ya se había marchado, yo le alojé en un hotel próximo, con cargo a mi cuenta, de su primer sueldo pagaría mis gastos y en pocos días, le conseguí un alquiler barato en buena zona, el piso del hijo de un amigo que se había marchado y tenía en alquiler.

Ana estuvo casi una semana sin hablarme... pero poco a poco, comenzó a valorar el gesto que había tenido con Abdul. De aquel chico Senegales de metro ochenta y cinco, solo obtuve enormes referencias por parte de mis socios y continuó trabajando y pagando con seriedad y sin dificultad sus gastos y el alquiler que le había conseguido. Le llamaba con asiduidad y el muchacho, muy agradecido siempre me decía que estaría a mi disposición para lo que necesitase.

Iniciaba el mes de abril cuando una noche mientras compartía lecho con mi mujer y después de rechazarme en materia sexual por enésima vez, me giré hacia un lado y comenzé a ver la luz de nuestro resurgir sexual. No puedo engañar a nadie, la noche que Abdul se duchó en casa no pude evitar verle su miembro y hay poco más que decir....

Ana, como yo, ronda los cincuentaños y después de casi veinticinco años de matrimonio, la pasión y nuestra vida sexual se apagó como una vela. Es una mujer reacia al sexo por naturaleza, le cuesta empezar pero metidos en faena, es agradecida y disfruta del acto sexual como la que más. Mi rubia de metro sesenta y poco, roza los setenta y pocos kilos, se tiñe por la edad pero dentro de sus curvas guarda dos secretos, unas tetas de la talla 100 C y un culo orondo apeteciple contra el que lucha en sus sesiones de aerobic. Me irrita su poco interés por el sexo y más ahora que vivimos solos y tenemos aún vigor suficiente para disfrutar, lo que me lleva a la conclusión que posiblemente no hay otro problema más allá que la monotonía y que uno, no porta en la entre pierna más que la media nacional, lo que hace que no sea ya apetecible.

A partir de abril, comencé a pensar en organizar un encuentro y me dí cuenta que aquello me excitaba como nunca. Me asusté en un principio, ya que nunca había sentido la necesidad de ser un cornudo consentido, ni entendía apenas que significaba eso..., esos sueños de primavera se combinaron con el estudio de multitud de visitas a páginas de infidelidad consentida, intercambios de pareja o sexo interracial, temas que comenzaron a enamorarme y a parecerme el paradigma del sexo, comenzando a imaginar infinidad de situaciones con mi recatada esposa y otro varón con mayor potencia sexual y tamaño de miembro que yo. De aquellas hacía tres meses que no veía a mi chaval inmigrante y me debía una muy grande.

Meter en nuestra cama a otra persona y que después hablase o diese datos comprometidos, era muy arriesgado, por lo que un día quedé con él.

El sabía donde vivía claramente y me ofrecí a invitarle a tomar algo en el bar que había debajo de mi casa, iniciamos la reunión con un café y finalizamos con varias copas.....pagó él. Casi cuatro horas de charla, necesitaba a una persona de confianza y explicado el plan supe que en él tenía a esa persona, aceptó gusto a tirarse a mi mujer y me confesó que pese a la edad, le daba mucho morbo la situación. Yo solo le pedí discrepción a cambio del gran favor que yo le había hecho.

Dos sábados después era el cumpleaños de Ana, cumplía medio siglo, me igualaba. Comió con unas amigas y a media tarde le regalé un masaje relajante y una cena para después en un caro restaurante de Madrid, después salimos a tomar una copa al centro y le dije Abdul donde ibamos a estar, No solemos beber y sé que mi mujer se deshinibe con una buena cena, un buen vino espumoso y una buena botella de Champange.

Al llegar al local, Abdul ya estaba allí y nos recibió con alegría, se pegó a nosotros durante las dos horas que estuvimos allí e incluso bailó con Ana, que se mostró muy receptiva.

A la salida, no estabamos despidiendo cuando propuse tomar la última en casa, tenía algo de cava, mi mujer aceptó con complacencia, le parecía bien la idea. Me dí cuenta que estaba bastante deshinibida y conforme con la presencia del senegalés. Camino al coche, aquel tipo de casi metro noventa, abrazó a mi mujer y le dió las gracias por todo, la absorvió con su enorme cuerpo y ella sonreía feliz. Me dí cuenta que ahí empezaba a jugar, comenzaba lo pactado.

Al llegar a casa hacía calor y Abdul, se quitó la camisa, quedando en camiseta de tirantes, mostraba un cuerpo hercúleo, de brazos muy musculados, sin duda una persona agraciada por la fisonomía. Ana fué a por las copas a la cocina y fuí detrás. La besé durante varios minutos en la cocina y me empalmé, haciéndoselo notar, más por la situación que sobrevenía que por los besos. Ella llevaba un vestido de fiesta largo de color azul con gran escote y cuando iba hacia el salón con las copas en su mano derecha y la botella en la izquierda, levanté su vestido hasta las caderas y agarré sus bragas por ambos lados. De un fuerte tirón se las bajé en primera instancia hasta la mitad de los muslos, se quedó parada en mitad del pasillo y me miró con cara de temor. Posteriormente, utilicé mi pie para bajárselas hasta los tobillos con fuerza, de un solo golpe. Eran las braguitas finas rosas que me gustaban y se lo hice saber, seguía mirándome confundida y desde atrás la volví a besar con intensidad en un escorzo, ella sacó los pies de las mismas y me agaché a recogerlas. Pasé mi mano por su entrepierna húmeda, repasé varias veces los filos de sus labios mayores e introduje mi dedo corazón en su interior, empapándome los nudillos de toda la mano, estaba mojadita.

No dijo nada, la giré y le miré a los ojos, ella seguía con las tres copas y la botella en ambas manos...... Feliz cumpleaños, amor mío.- Le dije.

Ella tenía cara de asustada y temerosa, pero a la vez en sus ojos leía cierto deseo.

Llegamos al salón y servimos las copas, brindamos. Abdul por una familia maravillosa que le había salvado la vida, mi mujer por un esposo con un enorme corazón y yo grité, por una noche muy especial. El tresillo central de tela granate y gris, se completó con mi mujer y conmigo, Ana intentó apartarse del centro para no sentarse entre Abdul y yo, pero esa noche, ese era su sitio.

Cuando se sentó la volví a besarla y a desearle feliz cumple cincuentaños, volvimos a brindar y a beber por ello y al tercer brindis, cogí su copa y la apoyé en la mesita. Mi mujer no era estúpida y aquella escena parecía el incio de una película pornográfica de los noventa, con miedo se dejó llevar y comencé a besarla con los ojos abiertos, ella suele cerrarlos pero por algún motivo no lo hacía, estaba tan excitada como asustada.

Sentada entre su marido y un negro, sin bragas y con algún trago de más, con una agradable música y la televisión apagada, había poco que adivinar, había poco de que hablar.

Ella sabía ya del trío que habría urdido pero no parecía resistirse, sin ser ella consciente, Abdul se había arrodillado en su entre pierna y metió su cabeza por debajo de su vestido azul. Dos, tres o cuatro besos más. teniendo encuenta que apenas nos besábamos desde hace años, aquello estaba bien diseñado. Dejé de besarla cuando empezó a gemir levemente, la cabeza del senegalés se movía por debajo. Subí el vestido casi hasta su ombligo y pude ser testigo de como una enorme lengua rosada batía de un lado a otro sus labiós vaginales y subcionaba su clítoris alternativamente.

Me aparté varios metros y no pude evitar poner el móvil a grabar....mi mujer contorsionaba sus caderas como una veinteañera y había cogido la cabeza de Abul apretándola contra su coñito rojizo y palpitante, chorreante de flujo y de vida.

Abdul la puso de pié antes de que llegase a corrérse, su metro sesenta y poco llegaba a la altura de su pecho, él se quitó la camiseta y ella comenzó a besar el pecho de su amigo negro hasta la altura que llegaba.

Yo desabroché el vestido de Ana, que cayó hasta sus pies, dejando al descubierto sus senos y su tripa redondeada. Se veía un hilo de flujo cayendo por la parte interior de sus muslos, impregné mis dedos de ese maravilloso cáliz y se lo dí aprobar a ambos, para entonces mi mujer sin dudarlo, acariciaba el mienbro del africano por encima de su pantalón. Parecía portar varios metros, mi esposa no llegaba de un extremo a otro sin suspirar y besar el pecho de su amante.

Ana metió la mano derecha por encima de su pantalón, mientras separaba el mismo con su mano izquierda, ya para entonces me dí cuenta que sobraba en aquel salón. Con lo que me serví otra copa y me centré en grabar, mi rabo estaba a reventar, nunca la había visto tan dura y erecta y aún así me sentía disminuído, simplemente comparándola con el bulto que Abdul escondía entre las piernas y que mi mujer no dejaba de magrear en secreto, con su mano.

Abdul se había apoderadorado de sus grandes mamas, consiguiendo endurecerlas, levantarlas y sacar de ellas unos enormes pezones que no parecían los de mi mujer, jamas había visto aquellas ubres así. Y la verdad es que no recordaba ver a mi mujer tan excitada. Llegó uno de los momentos cumbre de la noche, mi esposa es reacia a felarme el miembro, dice que no le gusta, pero como me imaginaba desde hace meses, no le gusta el mío. Abdul, se bajó los pantalones, mi señora se sentó con las piernas bien abiertas en el sofá, dejando marcado el mismo con los efluvios de su entre pierna.... con sus pezones como fresas enormes rozando los muslos de su follador, sacó del calzón un miembro que no abarcaba el ancho de su mano y a calculando podía medir unos veintecentímetros de largo. Negra como la porra de vigilante y con un glande rosado y enorme. Con sus pequeños ojitos cerrados, mi mujer empezó a meterse aquella tranca en la boca, no le cabía, jamás había tenido algo similar entre sus labios y no sabía como tragársela entera, su pequeña boca de piñón no tenía capacidad y parecía desencajarse las mandíbulas para gozar de aquella enorme polla.

Me acerqué muy molesto a su oído y le dije que era una puta mentirosa, que sí que le gustaba chupar buenas pollas pero no la mía, que jamás la había visto chorrear de manera tan constate, tanto tiempo y le dije que solo le faltaba gritar.

Ella paró de chuparla pero sin soltar aquel aparato descomunal y mientras lo magreba con ambas manitas, desde la base hasta su prepucio, se giró y se puso de pie. Me bajó el pantalón y me sacó el rabo. Me cogió de los huevos y aproximó mis trece centímetros de grosor dudoso a la enorme herramienta de Abdul, mi aparato parecía aun más ridículo al lado de semejante brutalidad. Y tanto él como ella, no pudieron evitar esbozar una pequeña y leve pero humillante carcajada.... - Sí, creo que hoy voy a gritar.- Dijo para finalizar, se arrodillo y colocó mi pene en una de sus mejillas, que apenas alcanzaba su frente, mientras que en la otra parte de su cara, aquel pollón negro palpitaba desde su barbilla hasta sobre salir por encima de su cabeza, toda su cara. Me apartó con su mano izquierda y continuó sobando y lamiendo el enorme trasto del negro, comiéndole los testículos ávida de lujuria, sin parar de masturbar aquella verga.

Abdul me habló:- Julio, prepárame ese coñito para que no le duela.- me ordenó.

Comencé a meterle tres dedos, luego cuatro y finalmente medio puño a mi mujer, que seguía arrodillada, por su estrecho, rosado y lubricado chumino. Era una práctica habitual en nuestros escasos encuentros, se corría facilmente cuando hacía esto y ese día entendí el motivo. Mientras trabajaba en la apertura de su cueva, Abdul estaba follando su cara, estaba roja como un cangrejo y una enorme masa de carne negra entraba salvajemente por su boca, lo que siempre había deseado hacer yo. Desde abajo aquello tomaba una dimensión diferente, desproporcionada. Mi señora babeaba por la comisura de sus labios sin parar, con una boca desencajada y con los ojos abiertos como un buho, muy sudorosa, todo lo contrario que cuando lo hacemos nosotros, en la cama de matrimonio, con la luz apagada o con la única luz de mi lámpara, si llego a encenderla alguna noche.

El agarraba su nuca con las dos manos, ella parecía querer vomitar por los empeñones mientras gritaba como una loca pero no se la podía escuchar por tener tanto falo dentro de su garganta, que ahogaba sus cuerda vocales. Ambos se corrieron, mi esposa infiel me empapó la mano casi hasta el codo y el inundó a mi mujer por dentro y por fuera, de un blanco y abundante esperma, que le resbalaba desde su barbilla y cuello, hasta sus pechos. Increiblemente ella desgustó aquel manjar de los Dioses y recogió con su mano derecha, como una actriz porno, su barbilla y de sus enormes pechos, la lefa que había derramado su amante africano, metiéndoselo en la boca e ingeriendo todo lo que pudo, sin dejar de gemir mientras recuperaba parte del aliento.

Cayó hacia atrás en el sofá pero aquel tipo no la díó un respiro, colocó sus casi veinte centímetros en la entrada de su coñito previamente estimulado por el que suscribe y a escasos milímetros de mi cara, cogió sus redondeados tobillos con fuerza la levantó levemente, dejando su espalda apoyada en el tresillo y en tres empujones le metio media polla, ella gritó de placer y dolor, no le entraba más pero Abdul estaba convencido que le cabía ahí dentro todo el trasto hasta los cojones.

Ana en estado de semi inconsciencia, giró su carita de angel rosada y me miraba como si estuviese drogada, me sonreía mientras gritaba de placer. Supe que mi mujer estaba disfruntando del placer del buen sexo después de tantos años, con cincuenta. Sus pechos se movian sin control y ella gritaba y gritaba, a veces con sus manos apretaba el sofá y otras las movía como si no le lllegase la sangre a todas las extremidades.

Abdul, que ya se había corrido, parecía un toro negro que iba a darle empeñones toda la noche, mi multiorgásmica mujer se corrió de nuevo chillando como un animal, en varias ocasiones.

Sacó aquella mangera negra de ella después de casi diez minutos en esa postura, Ana cogió aire y él se sirvió una copa para beber algo. Levantó a mi esposa del pelo tras darle dos tragos al cava y la tiró a cuatro patas sobre mí. Yo estaba sentado en otro sofá y me había corrido casi sin tocarme pero seguía erecto como un chaval.

- Permítame algo más de violencia señora, si quieres que me corra, vamos hacerlo a mi manera.- Dijo Abdul.

Mi esposa colocó su culo en pompa y le dijo: Fóllame más, dame toda la noche, no quiero que esto se acabe.

Ana apoyó sus manos sobre el sofá, su cara estaba a escasos centímetros de la mía, yo alargé mis brazos y aparté los cachetes de su enorme y lindo culo hacia los dos lados, el coño quedó abierto como una almeja viva. Las tetas caían sobre mi pecho y ella apoyó su cabeza sobre mi hombro y colocó su boca en mi oído derecho. Cuando Abdul empezó a meterle su polla, esta vez lentamente, ella me iba describiendo lo que sentía entre gritos suaves y fuertes, jadeos de locura. Me daba las gracias y me insultaba sin sentido, como si no le regase el oxígeno en el cerebro, a veces se reía y a veces gritaba o me babeaba el hombro.

Abdul no parecía correrse y mi esposa que lo había hecho varias veces más, mojándome hasta las piernas, parecía estar agotada. Sus pechos golpeaban mi pecho sin control, y comencé a subcionarlos.

De repente sus jadeos con la vocal a, comenzaron a tornarse con la o y con la u, me fijé en su carita redondeada, que se encogía mientras apretaba sus labios con fueza, dejándolos de color blanco. Abdul, había empezado a jugar con su esfinter, iba metiendo poco a poco y de manera alternativa, uno o dos dedos, sin parar de penetrarla con los veinte centímetros de verga negra, jóven y dura.

Su violador sacó su miembro del interior y ella tomó aire, pero fué un espejismo. Con fuerza levantó los setenta y tantos kilos de mi mujer, como si no pesara. La levnató cogiéndola por los muslos y se la llevó a una pared del salón, apoyando su espalda blanca como la nieve contra su oscuro y formido pecho. Parecía una muñeca colgada de la pared, ella asió con sus manos los antegrazos de hierro del jóven y el comenzó a penetrarla de nuevo, la dejaba caer y aquella polla iaba entrando poco a poco hasta llegar a la base de su pene, muy despacito había conseguido ensartar completamente a mi mujer, a la cual parecían salírsele los ojos de la cuentas. Estuvo así varios minutos hasta que Abdul me hizo un gesto inequivoco de que la iba a encular en esa posición.

Sacó su mienbro de ella, que seguía chorreando flujo y lo dirigió hacia su ojete. Ella notó en su esfinter entre abierto por la posición, el glande rosado y grande del negro. Sin aire comenzó a negarse, pero no le sirvió de nada. Yo me acerqué de nuevo a ella y le dije, te va a follar el culo. Ella comenzó a negar con la cabeza, no tenía fuerzas para hablar y tampoco para moverse, además que Abdul había inmovilizado su cuerpo hábilmente y parecía una masa de carne acurrucada sobre el negro pecho de su follador. Sus pechos caían sobre su barriga y esta a su vez se comprimía contra sus gruesos muslazos. Quedando muy abierto su coño y su culo.

Yo estaba enormemente excitado pero muy cabreado por ver como estaba disfrutando tanto con la experiencia, era lo que yo deseaba pero sinceramte me molestaba bastante, supuse que le iba a gustar pero no imaginé a mi mujer tan entregada y a su violador, se notaba que tenía ganas de buen sexo y por lo tanto, harcelo conmigo una noche al mes o menos, era más por cubrir el expediente matrimonial que por deseo real. No dudé por tanto en comenzar a lubricar, con la poca saliva que me quedaba en la boca, su esfinter, metiéndole mis dedos de dos en dos en su culo. Fuí yo quien con la mano que me quedaba libre agarré la polla de mi nuevo amigo negro y la dejé colocada en posición. Abdul la bajó levemente primero y violentamente después, partiéndole el culo en dos a Ana, que gritó tres veces que no, con las pocas fuerzas que le quedaban. De pié con su espalda en la pared, Abdul no dejó de encular a mi señora esposa, cada vez que bajaba con ella, aquella verga se introducía más y ella dejaba de gritar de dolor para comenzar gritando de placer.

Cansado la dejó en el suelo sin sacar el trasto de su agujero y siguió enculándola a cuatro patas. Yo me arrodillé delante de ella y le susurré que si quería parar lo dijese de nuevo. Ella entreabrió sus ojillos y musitó que no, que siguiera...- Dios, es una maravilla. Lo que me he perdido, quiero que se corra dentro de mi culo.

Sinceramente, aquello tambien me dolió, tantos años rechazándome en ese sentido y se estaba dejando follar el culo por otro hombre, del cual se había bebido su semen previamente.

La cara de Abdul estaba cambiando, sus empeñones eran cada vez más fuertes, parecía que iba a correrse y mi mujer que jadeaba sin aire, me apretó mis manos con las suyas mientras apretaba a su vez sus lábios. Un Ohhhh enorme recorrió el salón como toque de fin de fiesta, y ambos se corrienron salvajemente, dejando ambos sus ojos en blanco y mi mujer se orinó encima, dejando regado el suelo. Una escena barroca e impresionante, de una mujer habitualmente frígida y conservadora.

Abdul sacó su trasto del culo de mi esposa de un solo golpe y de su culo empezó a expulsar semen y más semen. Quedó rendida en el suelo....completamente tumbada y sin poderse mover, completamente desnuda.

Abdul levantó su metro noventa del suelo, colocó a mi mujer boca arriba y sobre su cuerpo flácido comenzó a escupir toda la lefa que le sobraba, mientras pisaba su cuello, regando gotas su barriga, sus pechos, su cara...

El tipo me miró y me dijo: - Lo que hablamos aquella tarde Julio, todas son iguales, hasta la tuya. Me marcho, aquí te la dejo bien follada y estate tranquilo, esto queda aquí.