La culona que me desvirgó
Nunca imaginó que su primera vez sería con la mujer que menos esperaba. Pero cuando Conchi lo mira a los ojos y le dice que sabe exactamente lo que desea, el tímido novicio de la lujuria descubre que el cielo tiene otra forma.
Desde siempre me han atraído mujeres con un cuerpo 10, como las modelos de televisión: delgadas, buenos pechos, piernas bonitas, larga melena, ojos claros… Pero siempre hay excepciones, como la protagonista de este relato, con la que perdí la virginidad. Pasé toda mi adolescencia cascándome pajas, a veces pensando en alguna familiar, otras veces en compañeras de clase o alguna profesora. Entre las famosas, he lanzado mucho semen por Scarlett Johansson o Megan Fox en esa época (y aún lo hago). Ninguna de ella se parecía a Concepción (Conchi).
Conchi era una chica mayor que yo. Por entonces yo tenía 18 años y ella 24. Tenía sobrepeso, su cara era normalita (ni muy guapa ni muy fea), ojos negros, piel blanca y suave, pechos grandes (aunque no demasiado), melena morena hasta los hombros y desprendía alegría cuando acudía a la parroquia de nuestro barrio. Había tenido un novio, pero había cortado con él porque la trataba mal pese a que ella era muy buena y sumisa. Físicamente no encajaba en mis cánones de belleza, pero lo que me hizo sentir deseo por ella fue su enorme culo. No hablo de un culo respingón o con fuertes glúteos como podrían tener las chicas que he mencionado antes y que habitaban en mis fantasías, hablo de unos glúteos enormes, mayores que el tamaño de mi cabeza. Siempre me habían entusiasmado los culos grandes, desproporcionados con el resto del cuerpo. No sé si por temas edípicos, ya que mi madre lo tenía de ese tamaño, pero era así. Recuerdo que en el pasado también me había masturbado pensando en la dependienta de la fotocopiadora de al lado de casa, eyaculando grandes cantidades de esperma.
Conchi no era una chica por la que confesaría de manera-al menos, por ese tiempo-mi atracción por ella. Y ciertamente no me sentía atraído exactamente por ella, sino por su enorme culo. Yo soñaba con desvirgarme con alguna doble de Megan Fox, pero seamos sinceros, en la vida real tampoco abundan ese tipo de chicas y de haberlas seguramente otro chico más espabilado se hubiera adelantado al introvertido que yo era. Llevaba años queriendo probar lo que era el sexo acompañado y decidí que, si quería perderla, Conchi era buena candidata. Pero había que acercarse a ella. Desconocía sus aficiones, sólo sabía que acudía de manera asidua a nuestra parroquia, a todos los eventos que realizaban. Así que, para conocerla mejor y tratar de seducirla, debía ir allí. Siempre me he considerado buen creyente, pero es cierto que la lujuria siempre me ha dominado, y en ese aspecto, no he sido buen cristiano.
Fui a la parroquia aquel lunes, donde se acordó entre los feligreses y el sacerdote organizar una comida benéfica. Me senté al lado de Conchi, la única soltera entre aquellas mujeres mayores casadas o viudas-el sacerdote y yo éramos los únicos varones-y no fue mal la jugada, porque ella no tenía quien le acompañara, así que subimos juntos al coche y fuimos a comprar. Ella se sabía dónde estaban los mejores productos alimenticios así como los más saludables, ya que llevaba tiempo intentando adelgazar. La verdad es que, bien mirada, aquellos kilos de más que tenía Conchi le favorecían, al menos estéticamente. Aunque nunca antes me había fijado en ella-sexualmente hablando-lo cierto es que era una mujer bellísima, aunque hay que saber apreciar este tipo de belleza.
Tras comprar todo lo acordado para la comida benéfica, cargamos la bolsa en su coche y fuimos hasta su casa. Le ayudé a descargar. Ella iba delante y pude apreciar muy de cerca el gran tamaño de su trasero. “¿Cómo alguien podría dejar a aquella musa culona?”, me pregunté. Sin darme cuenta, empecé a empalmarme viendo ese culo enorme. Pero Conchi tenía mucho carácter y no me propasé con ella. “Hay que respetar a las mujeres”, me dije, resignándome a tratar de cortejarla más adelante. Recogimos todo, dejándolo preparado para llevarlo al día siguiente. Conchi me invitó a cenar, y para mi sorpresa, se mostró muy cariñosa conmigo, acariciándome en más de una ocasión en el muslo. Con tanto tocamiento volví a empalmarme.
“¿Te gusta lo que ves?”, me dijo, sorprendiéndome mirándole el escote. “Perdona, no quería…”, pero ella me cortó, “tranquilo, me gustan que me miren y tú puedes mirar lo que quieras”, dijo arrimando sus pechos a mi cara. No estaba acostumbrado a que las chicas tuvieran la iniciativa conmigo y me quedé un poco cortado. “Quieres verlas, ¿verdad?”, me dijo y sin que me diera tiempo a responder se las sacó de ese top y con su mano, arrimó mi cabeza hacia sus tetas desnudas, y empecé a besarlas y sobarlas con mis manos, a lo que ella respondía gimiendo. Pasados un par de minutos, retiró mi cabeza de sus pechos y me empujó con uno de sus brazos hacia atrás. Aunque tuviera sobrepeso, Conchi tenía mucha más fuerza que yo y sabía manejarme, cosa que me excitaba.
Se puso de pie y fue a apagar la luz principal del salón y encendió una lámpara de mesilla. Acto seguido, encendió una varilla de incienso y volvió a dirigirse hacia donde estaba yo, que permanecía quieto y sorprendido de aquella reacción. “¿Te crees que no me he fijado en cómo me mirabas? Ahora vas a ver tu sueño hecho realidad”, y levantándome con sus manos por el cuello de mi camisa, me lanzó contra el sofá de aquel salón, ordenándome además que me quitara el pantalón. Me desabroché el pantalón y me quité el calzoncillo, dejando todo mi miembro viril erecto al descubierto, apuntando hacia ella. Ella también terminó de quitarse el top y se bajó los pantalones, mostrando sus bragas, las cuales se bajó muy despacito, para ayudar a recrearme la vista. Se puso encima de mí, desabrochándome ella los botones de aquella camisa. “Espero que estés a la altura”, me dijo. “Soy virgen”, le respondí. Se mordió el labio, se inclinó hacia mí y me dijo muy bajito “pues yo seré la primera”. Así que se incorporó, agarró mi polla y se la colocó en su coñito. Y poco a poco empezó a moverse encima de ella.
Ver su cuerpo moviéndose arriba y abajo era bastante excitante, como ver videos pornográficos de BBW (Big Beautiful Women) con los que empecé a cascármela después de aquella experiencia. Ella gemía hasta que provocó que me corriera dentro de ella. Conchi se tumbó a mi lado, besándome y me dijo “tranquilo, no suelo ser así, pero tuve que tomar la iniciativa porque si no, nunca me habrías tenido, en cuanto te recuperes de esta haré lo que me pidas”. Así que, en cuanto me repuse del primer orgasmo, lo primero que quise poseer de ella era su culo. Si bien no practicamos sexo anal, la penetré vaginalmente por detrás, yo sentado y ella subiendo y bajando ayudada por sus brazos, que tomaba apoyo del asiento del sofá. Aquello me excitó más que la primera vez, porque tenía su culo botando ante mis ojos, no pudiendo resistirme a pellizcar con mis manos aquellas nalgas tan suaves y firmes. Al pellizcarla, ella agitaba su cabeza hacia atrás, desprendiendo su corta melena su aroma. Al cabo de cuatro minutos me corrí de nuevo y me dormí.
Al día siguiente, desperté en la cama de Conchi, con ella apoyada sobre mi torso. Con una sonrisa me dio los buenos días, y me dijo que me duchara antes de ir a la comida benéfica de nuestra parroquia. Con el paso de los días, nuestra relación se hizo patente para el resto al vernos llegar a la iglesia cogidos de la mano. Fue así como aquella culona me desvirgó y se convirtió en mi pareja oficial hasta el día de hoy, si bien mantenemos una relación abierta porque ambos somos insaciables sexualmente. Espero que Dios nos perdone.
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