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Vuelo 69... Siempre nos quedará París (Capítulo 8)

Marta siempre creyó que su vida matrimonial era perfecta, hasta que el vuelo a París la llevó a cruzar una línea que no sabía que existía. Ahora, en la habitación de un hotel, la tentación no solo llama a la puerta, sino que ya está dentro, desnuda y esperando su respuesta.

Sylke and Friends9.5K vistas9.1· 22 votos

VUELO 69... SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARIS

CAPÍTULO 8 – La recepción

-Marta-

Era la primera vez que sentía una verga en mi boca, habían tenido que pasar 45 años de mi vida y en Paris, la que llaman la ciudad del amor, para tener esa sensación en mi paladar, Fran me lo había pedido en multitud de ocasiones, pero siempre había sentido rechazo a ello y se lo había negado, me daba asco y no podía evitarlo, pero en esta ocasión me había dejado llevar por un impulso irrefrenable, un deseo insaciable, disfruté como nunca con su polla en mi boca. Estaba claro que no era ninguna experta pues Fran en ciertos momentos me tuvo que guiar en mis movimientos para no hacerle daño, pero sin duda sé que a mi marido le gustó y mucho, además de haberle sorprendido.

Un fuerte calentón seguía invadiendo mi cuerpo y aunque quería pensar en el placer intenso que la polla de Fran me había dado chupándosela, en el fondo mi mente me estaba susurrando que no era así, que al cerrar los ojos y lamerle no estaba pensando en él…..que era la polla de Nabil la que tenía en la boca, la polla gruesa y firme de ese hombre negro que en el lavabo del avión me había hecho romper ese cascarón, que la había visto palpitar entre mis dedos y escupir una ingente cantidad de leche sobre mi muslo. No quiero ni pensar lo que debe ser que una cantidad así te inunde por dentro. Me maldije a mí misma por pensar así.

Me metí en la ducha, y dejé caer el agua sobre mi cuerpo, necesitaba calmar la vorágine lujuriosa que me invadía, pero mi cabeza no reaccionaba, apoyé mi cabeza sobre la pared y mis manos empezaron a recorrer mi cuerpo, mis pezones estaban duros, los pincé con mis dedos, cerré los ojos, pero la imagen de ese hombre negro musculoso recorriendo mi cuerpo con sus manos, notando el calor de su cuerpo, absorbiendo cada poro de mi piel con sus labios y su lengua, lo único que producían en mí era un frenesí descontrolado. Para colmo, creo que el hecho de que Fran y yo no hubiésemos acabado “la faena”, me había dejado todavía más encendida. ¿Y si le hubiese dejado hacerlo sin protección? Tampoco iba a ser tan peligroso, ¿O sí?

Mis dedos recorrieron mi abdomen hasta bajar a mi coño húmedo caliente y no precisamente del agua, me desbocaba en la lujuria con los dedos de mi mano izquierda abriendo mis labios vaginales y con los de la derecha busqué la profundidad de mi abismo, al principio un dedo, luego dos se introdujeron. La imagen de la polla de Nabil penetrándome con fuertes sacudidas de cadera marcando sus músculos en cada embestida provocó un movimiento rápido e intenso de mis dedos haciendo que mi cuerpo temblara, y un orgasmo voraz envolvió mi cuerpo agitando mi respiración sin posible freno en caída libre. ¿Qué estaba pasando en mí?, esa no era yo. Antes, apenas me masturbaba y ahí estaba todavía tocándome tras esa sacudida intensa en mi cuerpo. En mis relaciones con Fran, siempre quedaba satisfecha, no tenía queja ninguna, pero desde que se nombró este viaje, algo había cambiado en mi mente, en mi forma de ser...

- Quiero a Fran, le amo – me decía a mí misma en alto, intentando concienciarme de la situación y de que no podía volver a fallarle, porque él tampoco lo hacía conmigo.

- ¡Cariño, vamos a llegar tarde a la recepción, apresúrate! - Oí la voz de mi marido al otro lado de la puerta, impaciente por mi tardanza y asustándome, creyendo que hubiera podido escuchar mis gemidos.

Salí de mi ensimismamiento y procedí a arreglarme. Por suerte, lo tenía todo preparado en el baño, porque no quería que Fran viera mi cara, por si pudiera leer mis pensamientos, tantos años juntos hace que nos conozcamos al máximo y se nos nota demasiado que hacemos algo distinto. Por fin iba a estrenar ese vestido que había comprado en Madrid. Era negro suelto y que había dejado colgado en el baño para quitar las arrugas de la maleta, era precioso, escotado. Me puse el conjunto de lencería de color negro también, con un sostén sin tirantes muy fino, rematado con un tanga del mismo color y casi transparente... y soñaba con que esa recepción acabase pronto para sorprender a Fran y terminar con lo que teníamos pendiente. Me maquillé, me recogí el pelo con un moño y me calcé esos zapatos de tacón que me harían llegar casi a la altura de mi marido. Una última mirada en el espejo y me sorprendí a mí misma con ese atuendo una vez más. Al abrir la puerta, Fran, ya estaba trajeado y se quedó alucinado al verme.

- ¿Eres tú o es que tienes una hermana gemela y no me he enterado? - lo primero que soltó Fran al verme con una cara de sorpresa total.

- ¿Estoy guapa? - dije girando sobre mí misma.

- Joder, cariño, creo vamos a cambiar de residencia y venirnos a vivir aquí

- Venga, déjate de zarandajas y vamos- le dije sonriendo a la vez que le cogía mi bolso y me agarraba de su brazo saliendo de la habitación.

Llamamos a la puerta de María y salió con un vestido rojo, ajustadísimo, muy corto y excesivamente escotado y con unos tacones de aguja. Estaba deslumbrante y para su sorpresa, creo que era la primera vez que no le regañaba, no le decía que iba demasiado atrevida y descocada, pues me sentí orgullosa como madre y, en el fondo yo estaba igual de atrevida, así que, sin decir palabra, nos agarramos por el brazo camino del ascensor. Creo que el hecho de estar en una ciudad extraña y que nadie nos conociese, me animaba a “soltarme” de aquella manera.

- ¡Vaya dos bellezas!, ¡vais a eclipsar ahí abajo! - dijo Fran unos pasos más atrás, orgulloso de ambas.

- ¿Qué tal la habitación? - me preguntó sonriente mi hija.

- Bien, ¿Por?

- No, lo digo por lo bien que lo habéis pasado papá y tú.

- ¿Cómo?

- Hija, mamá, se os oía por todo el pasillo, pero no me importa, me encanta tener a unos padres tan marchosos. - dijo, haciendo que enrojeciera... pues debieron escucharse mis gemidos cuando Fran me comió el coño.

Cuando bajamos a la planta baja, un gran salón estaba repleto de viandas y más gente de la que podía imaginarme. Además, estaba abarrotado de gente y aunque me gustaba como me miraban algunos hombres, me sentía un poco fuera de lugar. En cambio, María parecía feliz y enseguida nos dejó allí plantados, delante de una fuente repleta de canapés.

- ¿Y qué pintamos nosotros aquí?, hubiera preferido salir por la ciudad y conocerla un poco – le dije a mi marido acercando mis labios a su oído agarrada a su brazo.

- Marta, si quieres nos subimos arriba y seguimos con lo que habíamos dejado – me respondió Fran con su sonrisa irónica.

- Eres incorregible ¿eh? – mis palabras intentaban mostrar una especie de regañina por sacar tanto el tema teniendo en cuenta el momento, aunque lo cierto es que yo seguía caliente y era una pena no haber podido apagar nuestro fuego del todo.

- ¡Hola, pareja! – la voz de Sonia nos sacó de nuestra conversación.

Con una sonrisa se nos acercó, aunque apercibí que miraba con más interés a Fran, el cual tampoco dejó de observarla y era lógico, Sonia estaba preciosa.

- No pareces la misma, hasta casi me ha costado reconocerte- respondió Fran examinando a la auxiliar de vuelo, la cual, hay que reconocer estaba deslumbrante con un vestido azul turquesa ajustado a su cuerpo que marcaba su figura y le llegaba hasta debajo de las rodillas y la melena rubia, escardada y suelta le hacían tremendamente sexy y atractiva.

- Muchas gracias, tú siempre tan caballeroso y amable, vosotros tampoco estáis para desmerecer y ese vestido que te compraste te sienta como un guante, estás preciosa, Marta- añadió Sonia, examinándonos a ambos y finalmente dirigiéndose a mí.

- ¿A qué está irreconocible también? - apuntó mi marido y noté como yo enrojecía ante ese comentario.

Fue llegando más gente e intentaba no perder de vista a María que no se separaba de Marcos y se les veía muy dicharacheros contándose confidencias uno al oído del otro. Por un momento intenté olvidarme de ser la madre controladora y me fui relajando saludando a unos y a otros, tomando algún bocado e incontables bebidas que un camarero nos fue sirviendo en bandejas que pasaba por todo el salón.

En un momento determinado vi a Raquel, con el director de la empresa farmacéutica española, D. Pedro, y otro hombre de apariencia muy elegante y atractiva. Era canoso y un porte espléndido que debía ser el responsable de la empresa francesa, enfrascados en una conversación que, aunque parecía amena, se les veía algo agitados en su charla y se vislumbraba cierta tensión. De forma discreta, pude desviar mi vista y comprobar que estaban allí estaban Nabil y el otro hombre de rasgos árabes que según me dijo Fran se llamaba Omar, ambos a cierta distancia de la secretaria de estado y controlando todo a su alrededor.

De repente, se me aceleró la respiración al comprobar la mirada de Nabil sobre mí sonriéndome al darse cuenta de que me había percatado de su presencia y una corta sonrisa por mi parte fue la respuesta, pero disimulé para seguir enfrascada en una conversación con Sonia, y la mujer de D. Pedro, Sandra, muy charlatana, una mujer que su voluptuosidad moderada le hacía muy explosiva con ese pelo platino que llamaba la atención.

No estoy acostumbrada a beber y durante la noche al final me fui poniendo más alegre de lo que acostumbro, incluso ya no me molestaba que cada vez que me presentaban a alguien se quedara embobado mirando mi escote... eso, curiosamente me fue encendiendo más y me llegué a acostumbrar con esas miradas, algunas realmente lascivas.

- El director de la empresa francesa está para comérselo- me susurró Sonia, en un momento que nos quedamos solas, a la que, por cierto, también se la notaba ya con un punto álgido debido a los efluvios del alcohol.

- Desde luego, atractivo es y apariencia de ser una fiera de amante - respondí riendo y sorprendida de mí misma por lo que acaba de decir.

Sonia desvió la vista hacia mí, no dando crédito a lo que acaba de salir de mi boca.

- Pero bueno, Marta, si no lo veo no lo creo, tú tan modosita con ese lenguaje, será que tu Fran no es una fiera- respondió Sonia riendo.

- ¿Cómo? - añadí con cara de sorpresa y Sonia, cambió su gesto mirando de reojo a mi marido que estaba de espaldas a nosotras.

- Que estoy segura de que tampoco tendrás queja de tu maridito mujer- añadió en voz baja, dándome una suave palmada en mi brazo y riendo.

Por sus palabras entendía que ella también parecía habernos escuchado y yo sin enterarme de nada, me sentí algo avergonzada, aunque una vez más orgullosa que fuese mi atractivo marido el que sacase ese placer de mi interior y yo fuese la única en catarle. Al fin y al cabo, lo que ocurrió en el avión, fue algo accidental y que no tenía que haber sucedido, por lo que, lo mejor era pasar página y olvidarlo.

Al final con tanto alcohol, me sentía mareada y no quería caerme de esos tacones. le dije a Fran que iba a subir a la habitación.

- Pero ¿ya te subes cielo? - me indicó él, enfrascado en conversación con gente que no conocía yo.

- Sí me subo cariño, estoy algo mareada - añadí estampándole un beso corto en los labios.

- Yo tengo que quedarme un rato más, pero ¿Quieres que te acompañe?

- No, cielo, sé que tienes que estar aquí, disfruta de la velada. Te espero arriba.

- Yo te acompaño- añadió Sonia que ya estaba más alegre de lo normal a mi lado apurando otra copa de cóctel.

Por un momento intenté buscar con la vista a mi hija entre tanta gente, pero me fue imposible encontrarla, pero lo que si me encontré de nuevo fue con la mirada penetrante de Nabil en la distancia y que sonriente, le comentaba algo a su compañero. ¿Hablaría de mí?... en ese momento un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.

Sonia y yo, agarradas para no caernos, pues estábamos realmente “perjudicadas”, nos dirigimos a los ascensores y cuando habíamos marcado la planta correspondiente, y la puerta se iba a cerrar, una mano grande impidió se cerrará.

- Disculpen – con mucha amabilidad nos respondió.

Mi cara se llenó de estupefacción y sentí los colores me subían a la cara, ¡era…. Nabil!

Sonia se apercibió de mi rubor y volvió la cara al hombre corpulento que estaba a nuestro lado el cual no dejaba de mirarnos.

- Al segundo voy, ¿y ustedes? - nos preguntó cortésmente.

- También- respondió Sonia que no dejaba de examinar el cuerpo de Nabil y permanecía callada, impactada, borracha y cachonda.

Al salir del ascensor y dar dos pasos, tropecé cayendo al suelo de rodillas, haciéndome un poco de daño en el tobillo y en la cadera. Por un momento todo me daba vueltas, cuando ambos se apresuraron para ayudar a levantarme.

- No es nada - respondí quitando importancia a lo sucedido intentando mantener la vertical a duras penas.

- Vamos a mi habitación, tengo una crema antiinflamatoria, no es cuestión tu tobillo se inflame – me dijo Sonia calmándome.

- Estoy bien, Sonia, de verdad. - repetí.

Lo cierto es que, al dar el siguiente paso, noté algo de molestia en el tobillo y ambos me ayudaron a llegar a la habitación de Sonia. Nabil me sujetaba por debajo de mi brazo con una mano, notando la otra aferrada a mi cintura y yo apoyaba mi mano en el hombro de Sonia.

Una vez que entramos, me sentaron en la cama y se me quedaron mirando.

- Estoy bien, en serio. - quise tranquilizarlos – he bebido mucho, eso es todo.

- Creo que esa crema antiinflamatoria te vendrá bien - comentó Sonia.

- Sí, si les parece yo puedo ayudar en eso. Soy masajista. - apuntó Nabil muy atento.

Mi mente voló a aquel recudido cubículo del avión, en donde entró él y masajeó mis hombros y sólo con eso logró llevarme a cruzar una frontera que todavía me costaba asimilar. Desde luego, sus manos eran una delicia... bueno, sus manos y algo más.

Cuando mi amiga volvió con la crema, Nabil se arrodilló entre mis pies y cogió con sutileza mi tobillo, examinándolo y dibujando el contorno de mi zapato de tacón que despojaba suavemente hasta descalzarme con delicadeza.

- ¡Qué pies tan bonitos! - dijo él sin despegar la mirada de mis ojos, mientras yo veía por el rabillo que Sonia sonreía.

Un segundo después esas manos se habían apoderado de mi tobillo y de buena parte de mi pantorrilla, en un masaje reparador y al mismo tiempo muy excitante y ya no sabía si era él, si era mi borrachera o simplemente que ese hombre no había logrado borrárseme de la cabeza, pero el caso es que mientras sus hábiles dedos dibujaban los músculos de mi pie de principio a fin, desde el talón a cada punta de mi dedo y según he oído, ahí radican no sé cuántas terminaciones nerviosas y el masaje de pies es uno de los mayores placeres, bueno, no lo sé, pero desde luego, yo estaba en la gloria y cada vez más excitada con esas manos deliciosas masajeándome.

- Bien, ahora creo que es mejor quitar el vestido, para no mancharlo. - dijo él con su blanca sonrisa.

- ¿Qué? - dije aun ensimismada en ese masajeo y abriendo los ojos para encontrarme con los suyos.

- Sí, para la cadera. - quiso aclarar él.

- Ah, no, no es necesario – dije apurada, aunque el fondo lo estaba deseando. Estaba loca por montarme sobre ese corcel negro y cabalgar hasta el anochecer. Aquella mirada y su sonrisa lograban deshacerme.

- ¿Cómo que no es necesario, guapa? - intervino Sonia – deja eso en manos de un experto, sino quieres estar dolorida todo el viaje y veo que tiene muy buena mano.

- Sí, es cierto, pero...

Apenas pude terminar la frase cuando ambos, uno a cada lado, me sacaron el vestido por la cabeza, dejándome sentada con mi escasa ropa interior.

- ¡Que guapa!, ¿verdad Nabil? - apuntó Sonia mientras yo intentaba cubrir mi pecho con los antebrazos de forma ridícula.

- Sí, es preciosa. - dijo escaneando todo mi cuerpo y noté como mis pezones se endurecían por momentos y entonces, no sé por qué, abrí mis brazos, luciéndome, sintiéndome admirada.

Sin tiempo a reaccionar, Nabil, arrodillado entre mis piernas, comenzó a recorrer la largura de mis piernas con sus increíbles dedos, dándome un gusto monumental, mientras, yo tumbada sobre la cama, borracha de alcohol y de excitación, recibía esas caricias entre jadeos, sin poder oponerme a esa maravilla y no sé de qué manera llegué a quedarme medio adormilada y tampoco sé por cuanto tiempo.

Cuando abrí los ojos, todavía tumbada sobre la cama, con un gusto interno que lejos de desaparecer iba en aumento, me encontré con una imagen muy impactante. Sonia, sentada a mi lado, totalmente desnuda, estaba chupándole la enorme polla a Nabil que, de pie, frente a ella y totalmente despelotado, acariciaba su cabeza y los dedos largos y firmes de él se enredaban en el cabello rubio de mi amiga.

La imagen de Nabil desnudo, con su polla totalmente tiesa y un cuerpo perfecto, con los músculos justos, en el sitio correcto, su considerable altura y la belleza de su rostro, era como estar viendo una aparición celestial. Mis braguitas se empapaban por momentos viendo cómo la boca de Sonia se empeñaba en intentar coger una buena porción de ese vástago negro.

- ¿Pero qué? - dije incorporándome hasta quedar sentada junto a ella.

- Ay, cariño.... ya te has despertado. ¿Has visto que cosa más bonita? - dijo ella poniéndose ese miembro venoso junto a su cara y la largura superaba el tamaño de su propia cabeza. Su blanco rostro resaltaba sobre esa manguera negra de dimensiones colosales.

- Pero... ¿qué ha pasado? - decía yo, sin dejar de ver como mi amiga pajeaba lentamente a Nabil.

- Te has quedado dormida en lo mejor, creo que este tío tocando tetas, te deja en el limbo., ¿no?

Cuando bajé mi vista, comprobé que ya no llevaba sostén y por lo que Sonia decía, Nabil debía haberme quitado el sujetador y dado un buen masaje en las tetas, incluso parecía haberlas chupado, pues aún notaba los pezones duros como piedras... y un reguero brillante alrededor. Mi instinto era cubrirme, pero me volví a sentir ridícula, pues ellos estaban desnudos, bueno y a mí, solo me quedaba ese pequeño tanga.

- Ven, vamos a probarla juntas – me animó Sonia para que chupara con ella esa verga dura y venosa.

- No, yo, no... Fran... - dije a duras penas renombrando a mi esposo.

- Sí, ya lo sé, hija, ya me imagino que tu marido tiene un buen rabo también, no creo que tengas queja, pero seguro que no te has comido nada como esto. - añadió para succionar esa bola que coronaba el miembro enhiesto de Nabil.

- No puedo hacer eso.

- Vamos, Marta, me encantaría que la probaras. - dijo él, esta vez pellizcando uno de mis pezones.

- ¡Ah, Dios! - dije al sentirlo.

- Marta, cielo... esto no lo vas a tener todos los días.

- Pero, Fran... - repetía yo.

- Tranquila, le he mandado un mensaje de que pasas la noche conmigo y así te cuido... y está encantado, además, creo que no lo hago mal, por cierto.

Sonia le dio unas cuantas sacudidas a esa polla y me apuntó con ella.

- Vamos, Marta, no desaproveches la oportunidad. No dejas de querer a tu marido, por comerte un buen pastel.

Mi boca, lentamente, se acercó a ese glande brillante y tras mirar esos ojos claros de Nabil, me la metí entre los labios, notando un sabor delicioso... desde luego era mi segunda polla en la boca, pero no me disgustó en absoluto, al contrario, una cosa así era para devorarla y no sé si producto de la borrachera o de mi propia calentura, me encontré jugando con mis labios en todo ese tronco, intercambiando saliva con Sonia, incluso rozando nuestras lenguas, por abarcar más y más espacio. Yo intentaba imitar los movimientos expertos de ella e intentaba acaparar toda esa magnitud que portaba erguida ese hombre. Incluso me atreví a chupar los huevos como hacía ella. Nunca había hecho nada igual.

- Bueno, yo creo que ya está totalmente lubricado. ¿A quién quieres follarte primero, Nabil? - preguntó Sonia.

Saqué por un momento la polla de mi boca y miré alucinada a mi amiga al escucharle decir eso... desde luego yo no podía follar con ese hombre, hasta ahora simplemente había estado... digamos saliéndome de todo, pero follar con él, no, no podría, Fran estaba abajo en la fiesta o quizás en nuestra habitación, esperándome... no podía follar con otro hombre, pero fue el mismo Nabil el que nos sacó de dudas.

- Si no te importa Sonia... tu coño ya lo he probado, me gustaría que ahora fuera el turno de Marta. - dijo el chico.

- ¿Habéis follado? - dije y casi con un tono celoso.

- Ay, sí, perdona que te haya robado el momento, pero estabas dormida Y este tío me ha sacado dos orgasmos, uno con su boca y otro con esto. - dijo agitando el enorme pene que apenas cubría con su pequeña mano y meciéndolo ante mi cara.

Mi cabeza todavía estaba aturdida, que apenas podía coordinar mis movimientos, cuando ese chico, se puso frente a mí, agachado, sacando las tiras de mi tanga a lo largo de mis muslos hasta dejarme totalmente desnuda. No dije nada, no me sentí cohibida, cortada, estaba tan cachonda que no me importaba nada más que sentirle... él admiraba mi coño y lo dibujó con su pulgar, extendiendo los labios mayores sobre el leve vello que lo cubría y así fue, apenas un segundo después esa lengua me hizo un recorrido de abajo a arriba por toda mi rajita, arrancándome un largo gemido mientras Sonia acurrucaba mi cabeza entre sus brazos para calmarme y observaba con excitación como Nabil trabajaba su lengua en mi coño que fluía jugos como la corriente de un rio.

- ¡Diossss! - me limité a decir cuando sentí como ese hombre empezaba a lamerme los labios vaginales, mezclar su saliva con mis jugos y jugar con mi clítoris inflamado.

Yo estaba como flotando, inconsciente de lo que ocurría y disfrutando de las lamidas expertas de ese hombre tan guapo... y sí, me corrí, sí, sin apenas tiempo a nada... de la forma más intensa que yo misma hubiera querido controlar, no, aquello era volar... y curiosamente mi gusto interno no desaparecía, sino que aumentaba a medida que él seguía chupándome, mirándome, sonriéndome...

- Tranquila, cielo, que este tío te va a regalar otra corrida en nada... - dijo Sonia de pronto, que se incorporó desnuda a su lado acariciando sus enormes huevos.

Nabil se incorporó, siempre con su blanca sonrisa y su mirada deslumbrante, para colocarse entre mis piernas totalmente abiertas y colocar ese negro capullo a la entrada de mi coño.

- No, yo no... no.... puedo... - dije atónita cuando esa cabeza dura se apoyó contra mi sexo, dibujando la forma de mis labios mayores, abriéndolos más que nunca.

- Vamos, Marta, déjate llevar, verás que sueño hecho realidad. - me dijo Sonia cogiendo con sus dedos el vástago de Nabil y guiándolo en la entrada de mi coño.

- Pero no tenemos protección... - dije con los ojos abiertos como platos, sin creerme que mis piernas ya se hubiesen colocado tras su culo, esperando la entrada definitiva.

No sé lo que me pasó... quizá el alcohol, quizá mi cabeza perdida, quizá mi placer inusitado, pero sentir esa punta dentro me hizo apretar mis talones contra ese fornido trasero de Nabil y atraerle hacía mí y él se dejó caer, llenándome al completo, expandiendo mis músculos vaginales hasta extremos increíbles, notando como todo mi cuerpo se transformaba en una bomba... y cómo esa polla había llegado hasta lo más hondo de mi matriz.

- ¡Dios... Diosss, ah, ah, no, si, si, siiii! - exclamaba yo, absorta en ese momento, con en su cara frente a mí y su miembro invadiéndome. Si, esa polla enorme estaba dentro de mí... No quería otra cosa.

- La saco, entonces... - dijo el chico empezando a retroceder y viendo como mi coño le había embadurnado ese vástago negro.

- Ni lo sueñes. - dije yo, para atrapándole de nuevo con mis piernas y atrayéndolo hacia mí.

Ese enorme cilindro se coló de nuevo en mi coño, produciendo tantas sensaciones en tan poco tiempo que no era capaz de controlar mis lamentos, mis gritos, mis gemidos... sosteniendo ese culo para sentirle en lo más hondo de mí mientras Sonia se tumbó a mi lado y empezó a besarme a la vez que con las piernas muy abiertas se masturbaba frenéticamente.

- Como sigas apretándome tan fuerte, me correré dentro. - me advirtió Nabil con su cara muy pegada a la mía...

Sin responder mi boca se separó de la de Sonia y atrapándole le besé, sí... lo hice con todas las ganas, mientras ese cuerpo robusto y tan bien formado danzaba sobre mí y ese pene duro y enorme, realizaba el vaivén mágico que hacía chocar nuestros cuerpos. Mi lengua atrapó la suya, me comió los labios, mis manos seguían apretando su culo cada vez que le sentía tan adentro y me corrí, entre gritos, sin saber exactamente lo que salía por mi boca y mi cuerpo se sentía raro, extraño, lleno de contradicciones, pero con un gusto descomunal, feliz, disfrutando como una perra que llevaba dentro y que me parecía tan desconocida... como si realmente no fuese yo. Cuando quise volver a la realidad, un reguero de semen se escurría por mi perineo bañando las sábanas de la cama. ¡Nabil se había corrido dentro!

Continuará...

Fran & Sylke