Xtories

E-mail entrante II

La oficina se vacía, pero el deseo no. Entre miradas furtivas en un bar lleno de gente y la promesa de lo que ocurrirá a solas, ella sabe que esta noche no volverá a casa sola. El riesgo de ser vista es solo el preludio de lo que él tiene planeado para ella.

Naunet1.9K vistas

Clico sobre el botón que finaliza la reunión y suspiro mientras me sujeto la cabeza con la mano con la que antes movía el ratón. En el top diez de días horribles, estoy segura de que este se encuentra entre las primeras posiciones. Dirijo la mirada hacia la hora que marca el ordenador. Las 18:30. Mierda.

Cojo el móvil como alma que lleva el diablo, gratamente sorprendida de que no se me haya resbalado de las manos o alguna torpeza similar en el proceso. Diviso tus notificaciones y me apresuro a entrar en nuestro chat.

‘’Ya estamos por aquí’’.

‘’Salías sobre las 17:30, ¿verdad?’’.

‘’¿Todo bien, señorita?’’.

No puedo evitar sonreír al leerte. Te imagino escuchando a Lena mientras te acaricias la barba, que comienza a crecerte de nuevo, intentando encontrar las palabras adecuadas para no provocar un incendio con cinco fuegos aleatorios por sorpresa. Sigo sin permitirme hacer afirmaciones rotundas sobre quién eres, pero siempre siento que tratar con la gente, incluso en situaciones escabrosas, se te suele dar de maravilla.

‘’Lo siento mucho. Me han metido en una reunión a traición y acaba de terminar. ¿Seguís por ahí o ya te has ido a casa?’’.

Apoyo el móvil en la mesa con la conversación abierta mientras voy guardando todo en mi bolso y organizo un poco mi sitio. Tras confirmar por cuarta vez que llevo todo lo necesario, cojo un chicle de uno de mis cajones y me dirijo rápidamente al baño. Apenas queda ya gente en la oficina, aunque es algo a lo que ya estoy bastante acostumbrada.

Me apetece conocer a Lena, aunque la verdad es que sigo pensando que no me corresponde aparecer por allí e interrumpir en vuestra conversación, más aún cuando no está pasando por un buen momento. Además, como bien ya sabes, soy más de escuchar que de hablar, y dar consejos no es que sea precisamente mi fuerte.

Me seco las manos y observo mi aspecto en el espejo. Tengo los ojos rojos y se nota a cien kilómetros que necesito dormir unos cinco días seguidos. Intento deshacerme de la coleta alta que me he hecho de forma improvisada hace un par de horas, pero ya es misión imposible, la forma de mi pelo se ha hecho a ella y se resiste a adoptar cualquier otra. Vuelvo a hacerme la coleta, esta vez intentando que no se vea tan despeinada, aunque sin mucho éxito. Mi conjunto de hoy tampoco es nada del otro mundo. Llevo unos pitillos azul claro, una camisa de flores de diversos colores, y mis converse altas negras de confianza. Diría que lo mejor del conjunto, por suerte o desgracia, no se ve. Me ruborizo al instante, lo que es de gran ayuda para que mi cara luzca un poco mejor.

Salgo del baño y vuelvo a mirar el móvil mientras me unto cacao en los labios.

‘’Seguimos. Vente. Estamos por la zona, no deberías tardar mucho en llegar’’.

Reviso la ubicación mientras me pongo el abrigo y me cuelgo el bolso en el hombro derecho. Son unos 15 minutos andando, lo justo para no llegar aún más tarde de lo que ya llego. Me despido del recepcionista y salgo en vuestra búsqueda, intentando ignorar el hecho de que ya me estoy muriendo de la vergüenza a pesar de que ni siquiera os he visto aún. Tampoco puedo evitar sentir un cosquilleo que empieza en mi estómago y termina en mi bajo vientre. Da igual las veces que pueda verte, desde aquel encuentro (e incluso antes) es la sensación más leve que me provocas. No me puedo creer que me esté excitando en un momento tan inapropiado.

Una vez más, agradezco que corra un poco de viento, aunque no hace demasiado frío en la calle. Cualquier persona podría decir que es una clara señal de que el mundo me está gritando que haga el favor de recobrar la cordura que me brilla por su ausencia desde hace un par de meses, pero a estas alturas yo lo veo como una pequeña ayuda inocente, hoy por ti mañana por mí.

Voy andando a paso ligero mientras intento esquivar las multitudes que confirman que estamos en hora punta para casi todo. A estas alturas iría escuchando cualquiera de mis playlists improvisadas, pero sé que hoy no estaría prestando atención a ninguna de las canciones, lo que me parecería una falta de respeto. Tengo las manos heladas, aunque ya no sé si es por la vergüenza que me causa conocer a Lena, o porque voy a volver a toparme contigo.

Diviso el letrero del bar a unos pocos metros, por lo que no tardo mucho en llegar hasta allí. La fachada está cubierta de ladrillos de color verde oscuro y ventanales tintados de un color entre naranja y negro, supongo que para dar un poco de intimidad y oscuridad al establecimiento. Los bordes de la puerta son negros, y de ella cuelga un letrero de neón naranja que anuncia que el bar se encuentra abierto. A la izquierda de la puerta, en la fachada, hay una planta de plástico morada que imita a una monstera considerablemente grande, junto a una pequeña mesita redonda y blanca en la que reposa un pequeño farol negro con una especie de pergamino dentro. Justo encima de la puerta cuelga irregularmente una guirnalda con pequeñas luces anaranjadas.

Respiro hondo, me aliso el abrigo y tiro de la puerta. Noto tu mirada sobre mí en el momento en el que entro en el bar, provocándome un cosquilleo por toda la columna vertebral. No necesito buscarte entre el resto de la gente, por alguna razón que desconozco, sé exactamente dónde estás. Levanto ligeramente la mirada para asegurarme y avanzo hacia vosotros mientras echo un vistazo a mi alrededor.

Las paredes están recubiertas de papel pintado beige con dibujos de varios tipos de plantas en diferentes tonos verdes. La barra es de madera oscura desgastada, mientras que la encimera es de mármol negro. Está rodeada por varios taburetes que imitan pequeños sillones en tonos amarillos y verdes. El resto del bar está decorado siguiendo el mismo estilo de la barra: las mesas son de madera oscura, las luces están compuestas por bombillas de un tono naranja oscuro, y las sillas y bancos van alternándose entre el verde y el amarillo mostaza.

‒Hola ‒sonrío‒. Disculpad, se me ha complicado la tarde en el trabajo.

Dejo el bolso en una de las sillas vacías que rodea la mesa y me voy quitando el abrigo mientras nos presentas. Doy dos besos a Lena y me siento a tu lado en el momento en el que retomáis la conversación en la que he irrumpido.

Lena es realmente atractiva. Tiene la piel perfecta, como si alguien le acabase de esculpir o bebiese todos los días de la fuente de la juventud. No hay rastro de ninguna arruga, marca o grano inoportuno en su tez. Aunque sigo ganando en cuanto al blanco de la piel, ahora mismo tampoco siento que eso sea algo a mi favor. Tiene los ojos grandes, de un azul grisáceo hipnotizante, lo que combina a la perfección con su pelo rubio. Éste le cae por los hombros, terminando con unas ondas perfectas que descansan a la altura de su pecho, como si acabasen de retocárselas ahora mismo. Lleva un vestido de punto gris que se ciñe idóneamente a su cuerpo, seguramente desatando cientos de miles de pasiones, junto con unas botas altas negras. Si cualquier persona tuviese que describir a su mujer ideal, estoy segura de que sería ella. No he conocido nunca antes a una mujer alemana y tampoco estoy familiarizada con sus rasgos, pero como todas las mujeres sean así me cuesta creer que no estén dominando el mundo.

Juego con las mangas de mi camisa mientras intento frenar todos los pensamientos que se me agolpan en el cerebro, como si estuviese en un campo de minas y cualquier movimiento desatase un desastre. Justo cuando creo estar a punto de colapsar, el camarero se acerca a la mesa para tomarnos nota. Tengo que hacer de tripas corazón para no lanzarme a sus brazos y darle las gracias, aunque no logro evitar emitir un pequeño suspiro de alivio.

‒¿Otra? ‒Lena te asiente mientras da un último sorbo a su botellín‒. Dos más.

‒Y un Aquarius de limón, por favor. Sin hielo ‒me sonríes al tiempo que recojo los dos botellines vacíos para acercárselos al camarero.

‒Bueno… ¿Un día duro? ¿Por qué has llegado tan tarde?

Tras echarme una mirada de arriba a abajo que no logro descifrar, Lena me mira fijamente con impaciencia, como si tuviese que contestar a sus preguntas al segundo de terminar ella de formularlas. De repente, noto una de tus manos posarse en mi pierna mientras el camarero nos sirve las bebidas junto a una pequeña tapa. Tu contacto, como de costumbre, no hace más que ponerme nerviosa.

‒Hemos detectado una incidencia bastante gorda. El departamento que tenía que encargarse de resolverla no daba con el error, así que me han metido en una reunión de imprevisto para intentar localizar el fallo junto a otra compañera. Siento no haber avisado antes ‒Intento ignorar todas las sensaciones que me provoca el movimiento constante de tu mano por mi pierna, aunque comienzo a acalorarme de inmediato. Doy un trago a mi bebida, como si eso fuese a solucionar la situación. ‒ ¿Y tú qué tal? ¿Cómo ha ido el vuelo?

‒Nada del otro mundo, los aviones me resultan bastante incómodos ‒te sonríe‒. Voy al baño, no te bebas mi cerveza.

Tras guiñarte un ojo, Lena se levanta y se coloca un poco el vestido antes de dirigirse al final del bar. Observo cómo se va alejando, hasta que tu voz me saca del trance.

‒Estás preciosa ‒me besas justo cuando suelto una risita irónica‒. ¿Qué?

‒Sabes que no es verdad. Si no fuese porque no llevo ningún roto en la ropa, cualquiera diría que vengo de pelearme con un oso en un bosque ‒me regalas una sonrisa divertida mientras observas detenidamente todos mis rasgos.

‒A mí me parece que estás de muy buen ver. Hoy y siempre.

‒Actualiza ese vocabulario, abuelo ‒me miras, desafiante‒. Y todo es fruto de tu… mente difusa.

‒Con que mente difusa, ¿eh? ‒abandonas la inocencia con la que me acariciabas la pierna y modificas el recorrido por mi muslo interno, provocando que mi ropa interior se humedezca al instante.

‒¿Estás bien? Te has puesto roja ‒la voz de Lena hace que me sobresalte. Me mira fijamente mientras vuelve a sentarse y toma un trago de su nueva cerveza.

Carraspeo.

‒Sí, sí. Hace un poco de calor aquí, nada más.

Me mira, confusa, mientras tú sonríes victorioso sin dejar de acercar, cada vez más, tus caricias hacia mi ingle. Recorro el borde del vaso con el índice, observando la rodaja de limón como si fuese lo más interesante sobre la tierra. Intento contenerme para no dirigir la mirada hacia tu pantalón para cerciorarme de que me tienes tantas ganas como yo te tengo a ti, y relamo mis labios como respuesta a la sequedad que siento en la boca de repente.

Apoyo la mano izquierda en uno de mis muslos, acariciándolo nerviosa mientras siento un leve cosquilleo entre mis piernas. Me sorprendo a mí misma desplazándola disimulada y lentamente hacia el hueco de sofá que queda libre entre nosotros, acercándome cada vez más a ti. Siento la rugosidad de tus vaqueros con la yema de mis dedos mientras asciendo hasta tocarte por encima de la rodilla, haciendo que te tenses de inmediato. Jugueteo con mis dedos haciendo pequeñas figuras sin sentido que avanzan pasando por la cara interna de tu muslo con sutileza. Justo cuando me dirijo hacia tu entrepierna, me sobresalto al escuchar un sollozo y aparto la mano con rapidez.

Levanto la mirada hacia Lena, observando confusa cómo miles de lágrimas recorren su rostro mientras ella intenta apartarlas con sus perfectas uñas rosa palo.

‒Eh… Yo… ‒se me atascan las palabras en la garganta‒. Mhm… Voy a por otro.

Hago tintinear los hielos de mi vaso mientras me levanto y salgo huyendo torpemente hacia la barra. Apenas hay gente, por lo que me siento en el primer taburete que encuentro de mi agrado, le acerco el vaso al camarero, y me cambio al tinto de verano con limón.

Aunque sé que podría haberme quedado en la mesa, siento que la situación es demasiado personal como para estar ahí observando y dando consejos que probablemente no servirían a nadie o no serían recibidos de buen agrado. Remuevo los hielos de la bebida con la pajita para después dar un buen sorbo y emitir un pequeño gemido de satisfacción.

‒¿Todo bien? ‒el camarero dirige la mirada hacia Lena, que continúa llorando un poco más calmada.

‒Eh… Sí. Sólo un mal momento.

‒Siento si la pregunta ha sido demasiado… ‒agacha la mirada mientras seca un vaso en forma de tubo para después colocarlo en algún sitio donde no me alcanza la vista.

‒No te preocupes ‒le interrumpo‒. Mal de amores.

Saco el móvil de mi bolsillo derecho en el momento en el que el camarero sale de la barra. Tengo algunos mensajes de mi madre en los que me pregunta por el día y me comparte algunos enlaces con unos juegos de sábanas de los que estuvimos hablando hace una semana. Tras responderle e intercambiar unos segundos de conversación, aprovecho para descargar un par de libros que me han recomendado y echar un vistazo a algunas de mis redes sociales.

‒¿Y tú? ‒levanto la mirada para toparme de nuevo con el camarero.

‒¿Yo? ‒frunzo el ceño mientras doy otro sorbo a mi tinto de verano y dejo el móvil sobre la barra.

‒¿Tienes pareja? ¿Mal de amores?

‒Ninguna de las dos. Al menos eso creo.

Ladeo una sonrisa. Solemos hacer diversos planes y no hay una semana en la que no nos veamos, pero nunca hemos hablado del tema. Tampoco me importa, hecho bastante sorprendente viniendo de mí, la romántica por excelencia. Desconozco si tienes encuentros sexuales con otras mujeres, aunque intento no pensarlo ni darle mucha importancia. De alguna forma extraña, me siento libre y me resulta agradable, aunque sé que yo sería incapaz de acostarme con cualquier otra persona. Tampoco es que lo necesite.

El camarero deja unos nachos con queso y guacamole justo al lado de mi bebida, disuadiendo mi tesis y confundiéndome a partes iguales.

‒Invita el hombre con el que estabas en la mesa. Dice que espera que los disfrutes y… ¡ah!, que dejes de saltarte la comida en el trabajo.

Se me escapa una pequeña risa tímida antes de coger uno de los nachos y degustarlo con los ojos cerrados. Mi estómago te agradece la generosa ofrenda como si ésta fuese un caviar carísimo.

Mi móvil vibra.

‘’Tengo entendido que bailas cuando comes cosas que te hacen feliz’’.

Me giro, divertida, para chocarme con tu mirada y sacarte la lengua. Mi móvil vuelve a vibrar.

‘’Eso no me lo haces en privado’’.

Me limpio las manos con una servilleta y cojo el móvil mientras me muerdo el labio inferior inconscientemente.

‘’¿Estás seguro de eso?’’.

Siendo consciente de que me estás mirando, recojo una de las gotas de agua que cae por mi vaso con el dedo índice, para después llevarla lentamente a mi boca y recogerla mordiéndome la yema del dedo. Después, acerco la cara hacia el vaso y recojo la pajita con la lengua, jugueteando con ella antes de tomar un buen sorbo. Cuando vuelvo a mirarte, tu rostro está completamente serio y tengo la sensación de que me estás desvistiendo con los ojos. Te encantaría la lencería que me he puesto para verte. Sonrío victoriosa y vuelvo al enorme plato de nachos, que me mira coqueto.

‒Pues a mí me ha dado por redescubrir mi sexualidad. La crisis de los treinta, yo qué sé.

El camarero vuelve a captar mi atención, un poco desconcertada por su declaración en frío, aunque intento camuflarlo a través de una sonrisa educada.

‒Me alegro de que estés disfrutando de tu crisis. Por lo visto, no es lo habitual ‒me bajo del taburete con cuidado‒. Voy al baño, ¿me cuidas el sitio?

Sonrío y echo a andar hacia el final del local, donde una música de ascensor deja atrás el eco de las conversaciones de la clientela. Distingo el baño de mujeres gracias a una ilustración de Frida Kahlo compuesta únicamente por líneas negras. Las paredes son de un color verde turquesa oscuro, mientras que el mobiliario es completamente blanco salvo por alguna que otra decoración. Huele a melocotón, cosa que me hace inexplicablemente feliz. Tras secarme las manos, observo mi aspecto en el espejo unos segundos antes de que la puerta vuelva a abrirse.

Te sigo con la mirada mientras vas cerrándola lentamente y me miras de los pies a la cabeza tras girarte. Comienzas a relamerte el labio inferior insistentemente a la vez que retrocedes hacia la puerta, apoyando tu espalda en ella.

‒¿Y Lena?

Me permito el lujo de repasarte con la mirada, tal y como tú has hecho hace unos minutos. Tienes las manos guardadas en los bolsillos de unos vaqueros que se ciñen a la altura de tu cadera. La camiseta, a pesar de que no se pega por completo a tu cuerpo, deja intuir la forma de tu torso, mientras que las mangas se ajustan a tus brazos a la perfección.

‒En el mismo sitio, con otra cerveza. Está bien, sólo un poco confusa.

Se me escapa una sonrisita que intento disimular sin mucho éxito. Lena lleva toda la tarde insinuándose contigo, aunque lejos de molestarme, la situación me resulta divertida. Está claro que mi presencia no ha resultado de gran agrado.

‒¿Y el camarero? ‒levantas una ceja, sonriendo.

‒Muy majo, está disfrutando de su etapa hetero-curiosa ‒suelto una carcajada al observar tu cara de confusión.

‒Te estaba comiendo con los ojos. No sólo él. El bar entero está pendiente de ti ‒comienzas a acercarte a mí lentamente, intentando que no me percate de tu cercanía hasta que tenerte completamente pegado.

‒No es verdad, y tú eres un exagerado. Te recuerdo que tienes a una diosa nórdica bebiendo cerveza ‒carcajeas‒. ¿Qué?

A estas alturas ya me encuentro con la espalda completamente pegada a la pared tras haber ido retrocediendo mientras te acercabas. Me miras los labios y relames los tuyos a la vez que agarras las trabillas de mis vaqueros para pegarme más a ti. Suspiras mientras analizas cada parte de mi rostro antes de quedarte clavado en mis ojos. La mirada te arde, impactando directamente sobre mi ropa interior. Agarras mis muñecas con delicadeza, despacio, como si tuviésemos todo el tiempo del mundo para toquetearnos y no estuviésemos en el baño de mujeres de un bar. De repente, me subes los brazos por encima de la cabeza, apoyándolos sobre la pared antes de lanzarte a por mis labios. A pesar de la delicadeza en tus movimientos, tu boca parece revelarse por completo, devorándome con prisa en cuanto nos rozamos. Aunque ahora sabes un poco a alcohol, sigo sintiendo los toques de menta.

Juego con tu lengua y te muedo el labio inferior, sigo teniendo demasiadas ganas de ti. Liberas mis muñecas para posar tus manos en mi cintura y mi culo, mientras yo aprovecho para colgar los brazos alrededor de tu cuello y empujar la pelvis hacia ti, provocándote una pequeña sonrisa pícara.

‒Estás siempre tan suave… ‒te separas de mis labios para rozarme el cuello con la punta de tu nariz, erizando por completo mi piel‒. Y hueles tan bien…

Metes una de tus manos por debajo de mi camisa con la intención de cumplir con el piel con piel que tanto anhelamos. Me miras con sorpresa casi al instante y separas un poco nuestros cuerpos antes de subir ligeramente la prenda, revelando un encaje azul marino que cubre parcialmente mi vientre.

‒Joder ‒gruñes.

Me atrevo a acariciar la zona de tu pantalón que ya se encuentra especialmente hinchada, sintiendo cómo responde al saludo que le otorga mi tacto. Sin dejar de mirarte a los ojos, voy agachándome hasta quedar en frente de tu entrepierna mientras mis manos desabrochan hábilmente tu cinturón. Anticipándote a mis actos, inclinas la cabeza hacia arriba, relames tus labios y cierras los ojos.

Ambos nos sobresaltamos al escuchar un breve grito de una mujer que cierra rápidamente la puerta. Aunque noto cómo me arde toda la cara, no puedo evitar echarme a reír mientras escucho cómo te aclaras la garganta. Miro hacia el suelo y, una vez he parado de reír, aprieto la goma que sujeta mi coleta alta, lo que vuelve a ponerte ligeramente tenso. Subo una de mis manos desde tu pantorrilla hacia la parte interna de tu muslo, provocando que vuelvas a cerrar los ojos. Aprovecho el momento para volver a acariciar tu erección al tiempo que me levanto sin que apenas te des cuenta y me acerco a tu oído.

‒Me voy a por mi tinto de verano, que tengo mucha sed.

Observo tu rostro estupefacto en el momento en el que cruzo la puerta sonriendo. Mientras voy caminando hacia la barra, recuerdo que una mujer acaba de revelar a todo el bar que algo estaba pasando en los lavabos, ruborizándome al instante. Sin embargo, y permitiéndome la valentía de mirar a mi alrededor, parece que nadie se ha enterado y las conversaciones aleatorias de cada mesa continúan su curso sin incidencias. Justo a unos metros de llegar a mi taburete, noto como tiran de mi brazo izquierdo.

Choco con tu mirada al girar. Tus ojos están completamente oscurecidos y me miras como si estuvieses intentando invocar algún tipo de superpoder. Vuelves a tirar de mi brazo, esta vez haciendo que quedemos separados por unos pocos centímetros.

‒Creo que estoy demasiado cansado… ‒me agarras de la cintura mientras uno de tus dedos juguetea con la costura de mi pantalón.

‒¿Estás seguro de eso? ‒te miro divertida.

‒Bueno… Estoy cansado de estar aquí.

‒¿Y Lena?

‒Es una mujer independiente, no afectada por el alcohol y perfectamente capaz de llegar a la habitación del hotel que ha reservado a 5 minutos de aquí. Está bien. Bueno, todo lo bien que se puede estar cuando tu pareja corta contigo.

Sonrío al escuchar tu mención sobre el hotel y, de alguna forma, sé que lo has entendido. Observo cada parte de tu rostro mientras que una de tus manos se cuela disimuladamente por mi espalda, acariciándome la columna con el pulgar. Tus ojos continúan observándome con la misma excitación que hace unos minutos, como si en cualquier momento tu cuerpo fuese a empezar a arder. Respiras agitado, tus labios se encuentran curvados en una pequeña sonrisa llena de intenciones. Estás irremediablemente atractivo.

Diviso aquellas uñas rosa palo sobre tu brazo justo cuando me inclino para darte un beso, lo que hace que me tambalee al intentar volver a mi postura inicial. Tus dedos tiran levemente de mi pantalón para ayudarme a recobrar el equilibro.

‒¿Estáis bien?

Lena te sonríe, coqueta, mientras pestañea de una forma casi hipnótica. ¿Cómo diablos ha hecho eso, y por qué yo no sé hacerlo?

‒Sí, sí. Estoy un poco cansado, creo que nos vamos a ir yendo a casa ‒me miras sonriendo.

‒Sí, yo también estoy cansada. ¿Tú estás bien, Lena?

‒Eh… Sí. Bueno, ya sabes… ‒hace una mueca con una mezcla de sonrisa y tristeza que me hace sentir culpable.

‒Lo siento. Tómatelo con calma. Pasará ‒sacas tu mano del escondite de mi camisa para volver a posarla en mi cintura ‒. Y bueno, si necesitas…

‒¿Una última? ‒me interrumpe y vuelve a mirarte haciendo esa cosa con las pestañas. Se me escapa un pequeño bufido que pasa inadvertido para todo el mundo menos para mí, que me sorprendo a mí misma siendo consciente de que empiezo a estar un poco molesta.

‒Deberías descansar, Lena. Nosotros nos vamos, esta señorita tiene que ayudarme con algunas cosas ‒me sonrojo al mismo tiempo que me guiñas el ojo y te acercas a por nuestras cosas.

No me siento con ánimos de volver a dar dos besos de despedida a Lena, por lo que me limito a sonreír e indicarle que ha sido un placer conocerla aun cuando soy plenamente consciente de que apenas me hace caso. Observa cada movimiento que haces al ponerte el abrigo y se acerca a ti, supongo que con la intención de mantener otra conversación que tampoco me apetece escuchar, por lo que me dirijo a la salida después de acariciaros suavemente el hombro a ambos, e indicarte en un susurro que te espero fuera. Justo antes de abrir la puerta, miro hacia la barra y sacudo el brazo efusivamente despidiéndome del camarero, que imita mis movimientos con una sonrisa.

Fuera ha anochecido por completo y comienza a hacer más frío. Tras sacar una bufanda de mi bolso y envolverme en ella, reviso la hora en mi móvil y me quedo mirando a un perro que juega con las hojas de debajo de un árbol. Es pequeño, de color canela, y tiene el pelo muy rizado. Unos segundos después tengo sus pequeñas patitas sobre mis vaqueros. Tu voz interrumpe el agasajo de caricias que llevo ofreciéndole desde hace unos minutos.

‒Veo que no soy el único que quiere que le toques ‒golpeo tu hombro justo antes de coger la mano que me ofreces e iniciar lo que me parece el viaje más lento hacia tu casa.

Sorprendentemente, el metro nos recoge poco después de llegar al andén. La mayoría de vagones se encuentran abarrotados de gente, aunque no tanto como para ir completamente pegados unos con otros. Me gusta la versatilidad de los viernes noche, donde puedes encontrarte jóvenes camino a alguna fiesta y gente que vuelve del trabajo, todo en la misma proporción. Tiras de mí hacia la puerta contraria del vagón en el que hemos entrado, apoyando tu espalda en la misma y abriendo tus piernas para que yo me coloque en medio. A pesar del silencio que compartimos, sé que ambos somos conscientes de la tensión sexual que se cierne sobre nosotros sin que haya pasado nada especial durante estos minutos. A ratos, siento que incluso todos estos desconocidos son plenamente conscientes de las ganas que tenemos de devorarnos y el tremendo esfuerzo que estamos haciendo para no montar ningún escándalo.

‒¿Estás cansada? ‒jugueteas con mi coleta mientras me miras de reojo.

‒Excitada, más bien.

‒No me lo pongas más difícil de lo que ya me está siendo.

‒Sólo he respondido a tu pregunta, no he hecho absolutamente nada ‒te sonrío, divertida.

‒Señorita, hoy has hecho mucho, muchísimo más que nada ‒diriges la mirada hacia tu entrepierna, donde tu erección vuelve a ser evidente‒. Te juro que te desnudaría aquí, ahora mismo.

‒Mhm… ‒jadeo mientras apoyo mis manos en tus brazos.

Tus manos vuelven discretamente a mi culo a la vez que acercas la cara a mi cuello, premiándole con besos apenas perceptibles, como si fuesen una leve caricia. Muevo la cabeza hacia el lado contrario, haciendo que dispongas de más espacio, a la vez que noto cómo mi humedad aumenta. Tu nariz me hace cosquillas en el oído.

‒Te he echado de menos, ¿sabes? En muchos aspectos, aunque ahora tengo la mente demasiado ocupada en controlar las ganas que tengo de colarme dentro de tu pantalón para sentir lo mojada que estás. Acariciar tus labios despacio hasta llegar a tu clítoris… Humedecerme los dedos… Introducirlos en ti y observar el precioso arqueo de espalda que me regalas siempre que lo hago… Disfrutar de cómo me pides más sin articular palabra, sólo con tu cuerpo.

Las piernas me tiemblan de la excitación y no puedo evitar apretar los muslos en un intento de retener o potenciar todo lo que estoy sintiendo sin que apenas me roces. Acudes en el momento justo a mi boca, acallando un jadeo con un beso que, a ojos de todos los que nos rodean, parece completamente inofensivo. Pero yo sé que no lo es para nada.

El flujo de pasajeros me hace aterrizar de nuevo mientras vas guiándome hacia la entrada empujando suavemente mi cintura. Me besas la coronilla y, aunque estoy de espaldas a ti, siento cómo sonríes con malicia.

‒Es la siguiente.

No sabía que esa combinación de palabras pudiese ser auténtica magia para mí.

Serpenteamos las calles a paso ligero, camuflándonos entre todos aquellos que lo hacen para estar a salvo del frío lo antes posible, aunque nuestra causa sea otra completamente diferente. Al cabo de los diez minutos más largos de toda mi vida, pulso el botón del ascensor con impaciencia. Noto tu erección pegada a mi culo mientras acaricias mi vientre a través de la camisa y subes lentamente hacia mi pecho. Cuando entramos al ascensor, nos convertimos en los típicos personajes de cualquier película cuando pierden completamente los papeles.

Aprietas mi culo mientras paseas la boca por mi cuello, besándolo como si llevásemos toda una vida de castidad. A estas alturas, ni siquiera me molesto en acallar mis gemidos al notar cómo tu erección choca contra mi vientre con insistencia, deseando ser liberada. Aunque logro desabrochar tu cinturón con cierta facilidad, los botones de tu pantalón se me resisten, probablemente como consecuencia de la mano que has metido por mis pantalones y que va descendiendo hasta mi sexo. Justo cuando consigo tirar de la cremallera, las puertas del ascensor se abren.

Sacas las llaves con tranquilidad, demorando más de lo necesario el simple hecho de entrar en tu casa para que podamos fundirnos dentro. Me sonríes con picaresca al empujar la puerta y hacerme un gesto con la mano que me invita a entrar. Oigo el tintineo de las llaves chocando entre sí, el leve clac de la puerta al cerrarse, y el suspiro que sueltas un par de segundos después. Pienso lo mismo.

De espaldas a ti, me agacho para desabrocharme las converse y deshacerme de ellas pisando levemente la parte trasera de cada una con el pie contrario, arrastrando mis calcetines a la vez. Avanzo descalza hacia el salón, me desabrocho los pantalones y los voy deslizando por mis piernas hasta que tocan el suelo, desprendiéndome de ellos con un sencillo movimiento. Cuando me giro, te encuentras caminando hacia mí sin dejar de mirarme, aunque te detienes unos cuántos centímetros antes. Manteniéndote la mirada, comienzo a desabrochar los botones de mi camisa, haciendo parcialmente visible el body lencero que llevo puesto. Comienzas a relamerte los labios en el momento en el que decido acortar distancias para que quedemos separados tan sólo por un par de milímetros.

Acaricio tus hombros antes de quitarte la camiseta y, tras ello, jugueteo con tu torso subiendo y bajando la yema de mis dedos por el mismo. Voy depositando mi aliento por tu cuello delicada e inocentemente, mientras noto cómo te tensas y acaloras por momentos. Me alegro de haber sido capaz de desabrocharte los pantalones hace unos minutos en el ascensor, porque ahora accedo a tu erección a través de la tela de tus bóxers en apenas unos segundos. Repaso la goma de los mismos mientras voy agachándome hasta quedar de rodillas frente a ti. Según voy deslizando tus pantalones, algo comienza a sonar y vibrar insistentemente en uno de los bolsillos.

‒No me lo puedo creer ‒pones los ojos en blanco y comienzas a dar pequeños toques por la prenda hasta dar con tu móvil. Miras la pantalla rápidamente, suspiras y me miras con una mezcla de deseo, cansancio, enfado y disculpa‒. Tengo que cogerlo…

Asiento y te sonrío. Descuelgas el teléfono y, una vez has saludado formalmente, aprovecho para deshacerme de las prendas de ropa que aún llevas puestas. Noto tu asombro y cómo se incrementa cuando comienzo a acariciar tu miembro erguido sobre el vientre, que comienza a palpitar con mi tacto. Paso el dedo índice delicadamente sobre tu glande, dibujando pequeños círculos con cierta lentitud, mientras vuelves a tensarte e intentas continuar la conversación con la persona al otro lado del teléfono. Ya no es únicamente cuestión de mi excitación habitual, sino que la situación me dispara la adrenalina de una forma extrañamente placentera.

Inclino la cabeza para mirarte fijamente mientras voy acercando los labios a tu polla y comienzo a deslizar la lengua de abajo a arriba, recorriendo cada parte de ti. Tienes las pupilas dilatadas y aunque tu gesto es serio, noto toda la agitación contenida en tus ojos, esperando impacientemente mi próximo movimiento. Cuando llego a tu glande, lo recorro con la punta de la lengua, en círculos lentos, mientras comienzo a masturbarte con una de mis manos. Aunque he dejado de prestar atención a la conversación que mantienes por teléfono, escucho cómo carraspeas cada vez que la voz te tiembla, lo que no hace más que envalentonarme a continuar con mi objetivo.

Sin previo aviso, me introduzco tu pene completamente en la boca con un solo movimiento, provocando que cierres los ojos y dejes escapar un pequeño gruñido. Comienzo a mover la boca arriba y abajo, succionando y sintiendo cómo se adapta a mí toda la envergadura de tu miembro, que responde a mi lengua como si ésta fuera la cura a cualquier enfermedad. Sujetas mi cabeza con una de tus manos, siguiendo mis movimientos con delicadeza y animándome a seguir.

Intentas despedirte de tu interlocutor, pero éste parece muy interesado en seguir hablando contigo a pesar de tu desesperación por finalizar la llamada, lo que hace que se me escape una risita. Me miras desafiante, advirtiéndome con la mirada de que tales conductas pueden desencadenar ciertas represalias. Siento el calor atravesándome por completo, erizándome la piel y endureciéndome los pezones. Tus amenazas, lejos de cohibirme, me provocan más ganas de seguir jugando.

Voy sacándome tu polla de la boca con excesiva lentitud, rozando levemente los dientes al llegar a tu glande, lo que hace que te agarres con fuerza a una mesita que yace justo detrás de ti. Me relamo los labios mientras poso la mano que tengo libre sobre mi cuello y continúo acariciándote con movimientos mucho más lentos mientras jugueteo con mis dedos descendiendo por la clavícula hasta desviarme a uno de mis pechos. Dejo caer mi camisa por completo en el momento en el que masajeo uno de ellos sobre la tela, para después recorrer mi pezón con el índice y el pulgar. Cierro los ojos, inclino la cabeza hacia atrás y gimoteo sonoramente a la vez que me dirijo hacia el otro pecho. Aumento la velocidad y la intensidad de las caricias sobre tu miembro, y comienzo a desviarme por el estómago y el vientre hasta llegar a los labios mayores de mi sexo.

Detengo las caricias sobre la tela que recorre mi cuerpo y tras morderme el labio inferior, vuelvo a introducirme tu pene en la boca en un único movimiento, haciendo que vuelvas a tensarte. Escucho cómo cuelgas el teléfono y el sonido que éste emite al chocar con la mesita en la que antes te habías apoyado. Justo después comienzas a acariciarme el pelo mientras succiono rápidamente arriba y abajo con insistencia. Mi mano, acoplada perfectamente a tu miembro, sigue los movimientos masturbándote mientras te miro fijamente. Tienes los ojos en blanco, la cabeza y la espalda ligeramente inclinadas hacia atrás, y respiras con cierta dificultad mientras dejas escapar algunos gemidos.

‒Si sigues así… Joder ‒jadeas‒. Me voy a correr.

Aunque intentas apartarte torpemente de mí, tiro de la parte trasera de tu muslo, volviendo a hacer que tu polla roce mi garganta y haciendo que resoples con fuerza. Succiono suavemente tu glande, una y otra vez, jugando con la posición de mis labios. Aumento la presión de mi mano sobre tu pene y, de nuevo, me la meto hasta el fondo, provocando que empujes la pelvis hacia mí y sujetes mi cabeza, meciéndola al compás de mis movimientos, que vuelven a aumentar progresivamente de velocidad.

El primer espasmo llega cuando recorro suavemente tu glande con mis dientes, sintiendo cómo tu semen comienza a chocar con mis labios. Me la vuelvo a introducir, sintiendo cómo tu néctar se mezcla con mi lengua en cada sacudida, hasta que las últimas gotas de tu orgasmo te hacen jadear. Tras tragármelo, saco tu miembro de mi boca y termino de limpiarte con pequeños lametones. Recojo las últimas gotas de la comisura de mis labios con uno de mis dedos, que lamo despacio mientras vuelves a abrir los ojos y me miras fijamente, sin pestañear.

Me levanto despacio, deslizando mi palma desde tu vientre hasta tu pecho. De nuevo, me recorres con la mirada por mínimos que sean mis movimientos.

‒Eso no ha estado bien. Nada bien ‒acaricias los tirantes de mi body, deslizando uno de ellos por mi hombro.

‒¿No? ‒te miro fijamente‒. ¿Nada de mamadas entonces?

Continúas con tu exploración como si nada. Tus dedos acarician mi hombro desnudo y descienden eróticamente por mi escote, rozando la tela que cubre el inicio de mis pechos. Sin previo aviso, te agachas y me coges por las piernas antes de volver a levantarte, quedando mi cadera apoyada sobre tus hombros a la vez que se me escapa un pequeño grito. Mientras avanzas hacia la habitación conmigo a cuestas, me aprovecho de la situación para empezar a darte pequeños pellizcos en el culo, provocando que andes de una forma que me hace reír. Escucho el golpe sordo de tu palma sobre una de mis nalgas antes de sentir un cosquilleo que provoca que me humedezca al instante.

‒¡Ay! ‒tu respuesta a mi queja no es otra que azotarme la nalga contraria.

Vuelvo a tocar tierra firme unos segundos después. Me acaricias la barbilla antes de recoger un mechón que debe haberse soltado de mi coleta y juguetear con él sin perderlo de vista. Tengo la sensación de que algo te está rondando la cabeza, pero antes de que pueda preguntarte, me miras con una sonrisa pícara y te relames los labios.

‒¿Confías en mí?

De repente, me siento como en una película en la que los actores cometen una locura nada beneficiosa tras la pregunta. No puedo evitar mirar al suelo nerviosa, notando cómo el corazón me palpita con fuerza, deprisa. Las yemas de mis dedos comienzan a tornarse frías al volver a mirarte fijamente. Ay dios. Sólo espero que una de tus fantasías sexuales no sea hacerlo al pino puente, porque además de percibir la postura como algo tremendamente incómodo, nunca aprendí la técnica en el colegio.

Vuelves a lanzar la pregunta antes de que pueda responder, adquiriendo un tono serio pero relajado. Te miro con cautela, intentando adivinar tus pensamientos sin mucho éxito.

‒Sí ‒sonríes y asientes con la cabeza antes de besarme.

Tus manos se posan en mi cintura y tiras de mí hasta quedar completamente pegados. Comienzas a repartir pequeños besos por mi cuello mientras me agarras la nuca. Inclino la cabeza hacia el lado contrario, dejándome hacer por completo e intentando acallar algunos jadeos. Tu mano desciende hasta el tirante que aún permanece sobre mi hombro, aunque por poco tiempo. Das un pequeño paso hacia atrás, interponiendo distancia entre nosotros a la vez que coges una de mis manos para alzarla por encima de mi cabeza. Sin dejarme de mirar ni un segundo, haces que de una vuelta lentamente sobre mí misma, para después volver a besarme despacio, con mimo. Tus manos se dirigen hacia mis pechos, colmándolos de caricias que provocan que se me vuelvan a endurecer los pezones. El simple tacto de la yema de tus dedos sobre ellos hace que se me erice la piel y me derrita por dentro. Con delicadeza, sacas mis senos de la cobertura que les proporciona el encaje y te separas de mis labios para observarlos con algo muy parecido a la admiración.

‒Me encanta que siempre estés tan dispuesta y mojada ‒deslizas el body por mi estómago con cautela, haciéndome cosquillas con los dedos y provocando que mueva ligeramente el cuerpo hasta el lado contrario a tus caricias. Cuando llegas a mi cadera, introduces la mano por debajo de la tela y continúas descendiendo muy lentamente mientras echo mi cabeza para atrás inconscientemente. Los labios de mi sexo cubren tus dedos, que me exploran centímetro a centímetro hasta introducirse lentamente en mi vagina, haciéndome gemir e indicándote, sin pronunciar palabra, lo mucho que te he echado de menos.

Abandonas mi sexo para continuar deslizando la prenda hasta que ésta toca el suelo y quedo completamente desnuda y excitada ante ti. Te observo, inmóvil, mientras avanzas hacia la cómoda y abres el segundo cajón con seguridad. Unos segundos después, sacas lo que creo que son unas tiras negras perfectamente enrolladas y un antifaz a juego. Mientras vuelves hacia mí, me subo a la cama por inercia, como si supiese lo que estoy haciendo, y me siento sobre mis talones frente a ti. Aunque lo ocultas casi al instante, percibo el asombro en tu rostro justo antes de que sueltes el ovillo de tiras justo a mi lado, aunque no consigo adivinar por qué.

Acaricias la tela del antifaz, acercándolo despacio a mi rostro mientras me miras fijamente, como si tratases de adivinar lo que me pasa por la cabeza e intentases no asustarme con lo que sea que pretendes. Interrumpiendo el contacto visual, cierro los ojos y espero, impaciente, hasta notar cómo lo colocas sobre mis párpados y me lo atas con extraña agilidad. Cancelo cualquier pensamiento intrusivo de inmediato. Poco después siento tus manos acomodándome el pelo, entiendo que asegurándote de que ningún movimiento pueda provocarme una calva digna de mencionar en alguna de aquellas charlas en las que se habla de lo más raro que te ha pasado en la cama.

‒¿Te molesta? ‒niego con la cabeza‒. Bien.

Aunque ahora mismo sólo veo la más absoluta oscuridad, escucho cómo vas moviendo diferentes puntos de la cama sin emitir palabra. Después, el sonido de un cajón, me atrevería a decir que el mismo de donde has sacado las tiras y el antifaz, y el caer de algo no muy pesado sobre la cama. Silencio. Un silencio tan fuerte que parece que mis latidos retumban en las paredes de la habitación. La excitación me sobrecoge y se adueña de mí, provocándome sensaciones diferentes en cada parte de mi cuerpo. Aunque dudo que pueda llegar a percibirse, las piernas me tiemblan, como si me estuviesen avisando de lo que se avecina. Un cosquilleo me recorre el estómago y el vientre de arriba abajo. Las yemas de mis dedos vuelven a tornarse gélidas, al contrario que mis mejillas, que me abrasan toda la cara sin apenas dificultad. Soy plenamente consciente de lo húmeda que estoy, de cómo se me eriza la piel a cada segundo que pasa con la incertidumbre de no saber qué es lo siguiente.

‒Necesito que te pongas un poco más para atrás ‒tu voz y tu roce sobre mi mano izquierda hacen que me sobresalte antes de agarrarte mientras avanzo hacia el cabecero de espaldas‒. Túmbate.

Obedezco sin rechistar. Me coges el antebrazo hasta situarlo por encima de mi cabeza, pegado al cabecero. Descubro que el material de las tiras corresponde con una cuerda ligeramente áspera que me recorre la piel mientras tratas de ajustarla a mi muñeca, impidiéndome cualquier otro movimiento que no sea girarla de lado a lado. Segundos después repites el mismo procedimiento con mi otra muñeca, asegurándote de que ningún tirón va a hacer que me libre de estar esposada en tu cama. Oigo tus pasos por la habitación mientras mi excitación va peligrosamente en aumento. Siento tu aliento sobre la parte interna de uno de mis muslos, después la punta de tu nariz, que va descendiendo lentamente por mi pierna hasta la rodilla. De nuevo, repites tus movimientos en mi pierna contraria, provocando que se me erice la piel. Tiras de mis tobillos hacia ti, estirando mi cuerpo, y me los atas a cada lado de la cama con la misma cuerda que me recorre las muñecas, haciendo que quede completamente abierta de piernas.

Vuelve el silencio, aunque esta vez la incertidumbre dura mucho menos. El colchón se hunde bajo el peso de tu cuerpo, poco después comienzas a darme besos tan rápidos y suaves que apenas tengo tiempo para reaccionar. Sabes que quiero sentir tus labios, morderte, devorarte, pero me privas por completo de ello, provocando que crezca mi frustración. La situación se repite por mi cuello: descartando el piel con piel, lo recorres soplando varias veces, haciendo que todo el cuerpo se me estremezca. Por fin, uno de tus dedos se decide a acariciar mi hombro, recorriendo un camino que pasa por mi clavícula y desciende hasta mis pechos. Acaricias el contorno con tu mano, masajeándolo y dibujando pequeños círculos cerca de la aureola. Mis pezones se preparan para recibirte, endureciéndose y enrojeciéndose como respuesta a tu tacto, pero decides continuar tu camino sin prestarles atención, comenzando a recorrer mi estómago. Me retuerzo, incómoda, y dejo escapar un pequeño gemido ahogado. Quiero más. Necesito más.

Apoyas la palma sobre mi vientre, acariciando toda su amplitud, y vas descendiendo hasta toparte con mi monte de venus, lo que provoca que tire de mis muñecas intentando liberarlas. A cambio, lo único que recibo es un pequeño recordatorio de la cuerda que me impide tocarte y que me roza la piel como respuesta a mis movimientos. Vuelves a hacerlo: cuando mi espalda comienza a arquearse ante el inminente paso de tu mano por mis labios mayores, cambias drásticamente el rumbo pasando a acariciar mis muslos. Suelto un bufido y relajo la espalda, enfadada. A pesar de que no puedo verte, sé que estás sonriendo.

De nuevo el maldito silencio. La duda. Me cabreo conmigo misma por estar tan excitada, después con mis muslos, por tener la costumbre de dejarse influenciar por una estúpida cuerda que no les permite juntarse para proporcionarme un leve alivio que ahora mismo sentiría como un antídoto. El cosquilleo que siento hace que vuelva a intentar moverme, nerviosa, con una absoluta falta de éxito causada por tu palma, que vuelve a empujar mi vientre ordenando que me esté quieta. Jamás había sentido la tensión como hasta ahora, abrumándome, concentrada en la habitación como si ésta fuese una caja hermética sin escape.

Tras una eternidad (que probablemente haya consistido en un par de minutos), comienza a sonar una canción que desconozco. Los tonos lentos, intensos y eróticos de la música inundan el cuarto, impidiendo que me percate de cómo enciendes el objeto que ahora vibra suavemente sobre uno de mis pezones, provocando que ahogue un pequeño gemido. Cuando repites los movimientos en mi pecho contrario, siento cómo mis fluidos descienden hasta tocar las sábanas. Soy incapaz de describir la sensación que me producen todos mis sentidos intensificándose con el objetivo de paliar la falta de visión, pero nunca había sentido este tipo de placer. Y me está volviendo loca.

Retiras el vibrador de mi piel y lo apoyas directamente en el colchón, justo al lado de mis costillas. Recorres las sábanas con él, como si estuvieses dibujando mi silueta, y te detienes a la altura de mis rodillas. Mi nerviosismo aumenta cuando dejo de percibir la vibración y la música vuelve a embotarme los oídos, haciendo que me percate de que la canción ha cambiado. Posas el juguete en la cara interna de mis muslos, desplazándolo con movimientos ascendentes y descendentes que se acercan a mis labios cada vez más. Siento la vibración recorrer mi vulva mientras mis piernas, en un acto de solidaridad, comienzan a temblar levemente, provocando que sueltes una pequeña risa de satisfacción.

‒Esto es lo que llevo sintiendo yo toda la tarde por culpa de cierta señorita ‒posas una de tus palmas a la altura de mi ombligo y vas descendiendo por mi vientre con el dedo índice‒. Te hubiese follado en el ascensor, ‒tiro de las cuerdas que sujetan mis muñecas en el momento en el que el vibrador roza mi clítoris y gimoteo tres segundos después cuando lo retiras‒, en el baño del bar, aun con la señora mirando… ‒esta vez la vibración es mucho más leve y me permites disfrutar de ella un par de segundos más, realizando movimientos circulares y lentos‒. Te juro que lo habríamos hecho incluso encima de la barra, y no una única vez.

Repites la maniobra al máximo nivel, provocando que arquee la espalda involuntariamente como respuesta a la intensidad que recorre cada parte de mí. El calor aumenta y se dirige directamente hacia mi zona íntima, donde el clítoris lo recibe con palpitaciones que se van intensificando a cada segundo que pasa. Joder. Mi cuerpo se tensa, y en un impulso que no reconozco como mío, intento levantar las rodillas y cerrar los muslos sin mucho éxito debido al pequeño detalle de estar completamente esposada a tu cama. Justo entonces retiras el vibrador con un sencillo movimiento.

‒Si tan sólo te vieras con mis ojos… Eres un auténtico espectáculo digno de admirar.

Es raro. Estoy furiosa contigo. Quiero gritar y llorar de la frustración que me provoca no poder correrme estando tan excitada, pero a la vez, el placer que siento es tan grande que arrasa con todo sin dejar ni rastro. Me retuerzo intentando encontrar el mínimo roce que me ayude a llegar al orgasmo que tanto deseo, aunque, por supuesto, sin éxito.

‒ ¿Querías algo? ‒el hecho de que pongas la voz ronca no ayuda para nada.

‒Por… favor ‒jadeo.

‒Tus deseos…

Comienzas a explorar la parte externa de mi vulva con movimientos suaves que vuelven a activarme al instante debido a la excesiva sensibilidad que me has provocado. Repasas el exterior de mi vagina con ellos, lubricándolos justo antes de empezar a introducírmelos lentamente. Gimo y levanto la pelvis buscando más contacto, que no tarda nada en acudir. Volver a escuchar la vibración impacta directamente sobre mi lubricación, que cada vez es mayor. Tus dedos entran y salen de mí con más rapidez y, de repente, el vibrador se encuentra a máxima potencia sobre mi clítoris. No puedo evitar reprimir el grito. Toda la estimulación vuelve a desaparecer, aunque esta vez no tarda en acudir nuevamente.

Me introduces el juguete sin apenas dificultad y, tras volver a posar la palma de tu mano sobre mi vientre, siento tu aliento a escasos centímetros de mi clítoris, completamente desesperado por sentirte. Tu lengua comienza a mimarlo mientras vas penetrándome lentamente con el vibrador, haciendo que me deshaga en constantes jadeos y suspiros. Lo lames con delicadeza, con movimientos circulares que cada vez se vuelven más y más intensos, y que provocan que arquee la espalda conforme me voy acercando al orgasmo. El calor me abrasa y se dirige directamente hacia la zona que vas recorriendo con la lengua cada vez más rápido. Las paredes de mi vagina comienzan a contraerse y las piernas me tiemblan sin control. Todo es tan jodidamente intenso que siento que en cualquier momento voy a estallar de placer. Cuando intercambias el vibrador nuevamente por tus dedos, y comienzas a presionar mi clítoris con tu lengua, no puedo aguantar más. Un cosquilleo me recorre toda la columna vertebral, siento el orgasmo como si fuesen fuegos artificiales y tiro tanto de las cuerdas que me impiden tocarte, que siento cómo me raspan levemente la piel. Me corro gritando tu nombre más alto de lo que me gustaría admitir, absorbiendo cada sensación que parece hacer eco dentro de mí.

Mientras intento normalizar mi respiración, siento cómo me desatas los tobillos y masajeas el tramo de piel que cubría la cuerda hace tan sólo unos minutos. Tus caricias ascienden por mis piernas, mi estómago y mi pecho hasta llegar a mi cuello de una sola pasada. Acaricias mi labio inferior con el pulgar y me besas despacio, suave, como si me fuese a romper. Unos minutos después posas tus rodillas a cada lado de mi cadera, me quitas el antifaz y me acaricias la cara mientras intento volver a acostumbrarme a la luz observando cada mínima expresión en tu cara.

Con las muñecas aún atadas, formas una hilera de besos que van desde mi cuello hasta mi clavícula, volviendo a encenderme en apenas unos segundos. Giro la cabeza, buscando tus labios mientras posas una de tus manos sobre mi cintura. Primero te beso despacio, como si quisiese recordar cada diminuta parte de tu boca, hasta que poco a poco nuestras lenguas se devoran hasta parecer una sola.

Siento tu erección sobre mi vientre. Fuerte, dura, firme. Tus dedos se clavan en mi cintura y retomas tu camino de besos hacia mis pechos, que ansían la llegada de tu boca. Comienzas a moverte de forma que la cabeza de tu polla empieza a deslizarse por mis labios, completamente lubricada debido a mi excitación, haciendo que me estremezca y jadee. Retiras la mano de mi cintura para masajear y estrujar mis pechos a conciencia, sin separar la mirada de ellos y emitiendo pequeños gruñidos de satisfacción. Tu glande masajea mi clítoris mientras tu boca envuelve uno de mis senos hasta succionar mi pezón, provocando que gimotee y me revuelva, demasiado caliente de nuevo.

Tras igualar los cuidados con mi pecho contrario, te levantas y sacas un sobre plateado de una de las mesillas. Te observo mientras rasgas el envoltorio y lo deslizas por tu miembro completamente concentrado en ello. No puedo evitar morderme el labio inferior según vas acercándote nuevamente a la cama. Te quedas de pie unos minutos, mirándome fijamente para después dar otro repaso más a mi cuerpo mientras respiro entrecortadamente.

‒Eres tan sensual sin saberlo… ‒tu mirada se oscurece y ladeas la sonrisa‒. Primero te voy a follar a cuatro, admirando las maravillosas vistas que me proporcionará tu culo ‒comienzas a masturbarte lentamente, con tus ojos fijos en los míos‒. Y después te voy a follar en esta misma postura, observando cada gesto, cada gemido, cada movimiento.

Noto la boca seca y la vagina excesivamente húmeda. Mientras sueltas mis muñecas, tu polla se balancea a pocos centímetros de mi cara, haciéndome salivar. Una vez estoy liberada, me pongo a gatas sobre la cama y muevo ambas muñecas ante ti para que vuelvas a atarme. Te aseguras de que esté lo suficientemente sujeta como para que el único movimiento que pueda hacer, como al principio, sea girar las muñecas de lado a lado. Tengo el culo en pompa y el pecho apoyado sobre la cama mientras espero impacientemente a sentirte dentro de mí.

El colchón se hunde bajo tu peso y siento cómo vas acercándote a mí hasta que tu glande roza la abertura de mi vagina. Me introduces dos dedos, gruñes y, sin que me lo espere, tu palma golpea mi nalga izquierda con fuerza, haciendo que pegue un respingo y se me corte la respiración mientras te escucho gemir de fondo. Primero pica, pero se convierte en placer unos segundos después. Los dedos que te has encargado de lubricar se dirigen hacia mi clítoris y comienzan a masajearlo mientras me introduces tu miembro despacio, hasta tener toda su plenitud dentro de mí. Suspiramos a la vez.

‒Joder, te echaba mucho de menos ‒te respondo con un gemido ahogado que te hace soltar una risita de satisfacción.

Comenzamos a movernos a la vez, lento, mientras todo mi interior se adapta a la forma de tu polla como si se hubiese creado únicamente para mí. Entra y sale. Entra. Y sale. Cada movimiento hace que me estremezca y jadee, a lo que contribuyen los movimientos circulares que continúas proporcionando a mi clítoris. Aumentamos el ritmo casi a la vez mientras diriges mi cintura con una mano y me acaricias el culo con la otra. Estoy tan sensible que vuelvo a sentir que el placer me va a desbordar en cuestión de segundos. Aunque disminuyes el ritmo de las embestidas, aumentas la intensidad de éstas, haciéndome sisear de placer mientras intento controlar mi orgasmo.

‒Mhm… Aguántalo un poco más. No te corras todavía.

Lo intento con todas mis fuerzas, pero no ayuda que vuelvas a aumentar la velocidad cada vez más, así como tampoco lo hace que me masturbes cada vez más rápido y con más presión. Ya no escucho la música, sino nuestros cuerpos chocando una y otra vez sin descanso, y tus gemidos guturales. Intento ignorar lo bien que se siente notarla toda, entera, en cada movimiento; porque no puedo más. Cuando azotas mi nalga contraria, soy incapaz de controlarme y no puedo evitar dejarme llevar. El sonido sordo llega a la vez que el dolor, más intenso que la primera vez, así como el placer segundos después, que arrasa con todo lo que llevo conteniendo. Me corro sintiendo cada uno de los espasmos que envuelven tu miembro y el temblor de mis piernas mientras gruño, frustrada.

Desatas mis muñecas a la velocidad de la luz, pero me sujetas ambas con una mano por encima de la cabeza cuando me doy la vuelta y quedo tumbada boca arriba, intentando adivinar si voy a tener que volver a experimentar un orgasmo como el de la primera vez, porque no creo que lo aguante.

Vuelves a detenerte para mirar mi cuerpo rasgo a rasgo y comienzas a lamerte el labio inferior mientras vas frotando tu polla por mi clítoris insistentemente. Dibujo una O con los labios y echo la cabeza para atrás cuando comienzas a incrementar el ritmo y a masajear ambos pechos. Joder. Me voy a correr otra vez.

‒Mmm… ‒me frustro conmigo misma por no ser capaz de pronunciar nada más que ese pequeño gemido de lamento para avisarte que, de seguir así, esta vez sí que no voy a poder aguantar ni un segundo más.

‒Lo sé.

Acto después, me penetras con un solo movimiento que hace que todo mi cuerpo empiece a temblar sin control. Las embestidas apenas me dejan respirar o pensar con claridad, y tus ojos no abandonan los míos en ningún momento, deleitándote con cada gesto de placer que refleja mi rostro. Tus gruñidos aumentan hasta convertirse en un gemido largo que acompaña a las sacudidas de tu pene en mi interior. Justo cuando tu pulgar roza mi clítoris, vuelvo a gritar tu nombre mientras nos corremos a la vez.

Te sujetas con una mano al cabecero, intentando ralentizar tu respiración con los ojos cerrados. Mi cuerpo sigue haciéndome llegar pequeños restos del orgasmo que acabo de tener, aunque no descarto que también se esté liberando de todo lo anterior. Las piernas continúan temblándome cuando abres los ojos y te me vuelves a quedar mirando fijamente, dedicándome una pequeña sonrisa divertida. Me sueltas las manos y, como con los tobillos, masajeas mis muñecas con mimo durante un buen rato, incluyendo pequeños besos en este itinerario.

Emito un pequeño ruidito cuando sales de mí. Tras morderme los labios, comienzas a darme varios besos rápidos, haciéndome reír muy flojito. De repente, siento que tengo demasiado sueño como para realizar cualquier movimiento. Me miras sonriendo y empiezas a jugar con mi pelo.

‒A la ducha. Te prometo que después te dejaré dormir hasta tarde.

Observo, inmóvil, cómo desapareces de la habitación. Unos minutos después, escucho caer el agua de la ducha desde mi comodísima posición en tu cama. No me muevo, y no sé cuánto tiempo pasa antes de escuchar tu voz a lo lejos.

‒Te doy 30 segundos. Contaré 5 azotes por cada segundo que te retrases ‒sonrío, porque lo llevas claro si piensas que ese chantaje servirá para algo después de lo de esta noche‒. Y mañana te despertaré a las 5 de la mañana.

Es entonces cuando salgo corriendo hacia el baño como alma que lleva el diablo.