Xtories

Arrepentido

Carlos siempre soñó con ver a su esposa en brazos de otro. Pero cuando la fantasía se vuelve realidad y él debe alejarse para no presenciarlo, el arrepentimiento lo consume. ¿Estaba preparado para el precio de su propio deseo?

Hansberville19K vistas9.1· 17 votos

ARREPENTIDO

Advertencia: si no te gustan los relatos de cornudos consentidos, por favor, no leas este.

Hay un dicho que reza "cuidado con lo que deseas porque puede que se te haga realidad". Algo así estaba pensando Carlos cuando se presentó el día que tanto había deseado. Nada más cerrar la puerta de su casa se arrepintió de permitir lo que iba a suceder pero ya no había vuelta atrás.

Todo había empezado mucho tiempo antes. Cuando después de cinco años de matrimonio, le confesó a su mujer su fantasía de ser cornudo. Mónica puso el grito en el cielo la primera vez que lo oyó. Ella era una mujer de un solo hombre y no le apetecía probar con ningún otro y menos aún con Carlos mirando.

Unos años después, la recurrente fantasía de Carlos consiguió que la mujer aceptase que como fantasía era morboso. Pero nunca pasando de eso. De ser una fantasía con la que calentarse mientras follaban. Cuando Mónica acepta su rol dentro del juego e incluían el consolador realista que habían adquirido en Amazon, Carlos tenía unos orgasmos excesivos, exagerados. Sus eyaculaciones eran abundantes y potentes. Su mujer quedaba impresionada con el nivel de excitación que le llegaba a producir a su marido el imaginarla disfrutando con otro hombre.

Durante el embarazo, la fantasía de Carlos pasó a convertirse en obsesión. Casi enfermiza. Tras la visita al ginecólogo Carlos llegaba a casa totalmente excitado e insistía en echar un polvo. Al parecer, la imagen de su mujer semi desnuda, abierta de piernas mientras un hombre la exploraba (por muy médico y profesional que este fuera) era algo que le excitaba mucho.

Alguna vez la insistencia de él en mantener sexo tras estas visitas provocaron discusiones entre ellos. Y es que para Mónica era una situación más vergonzosa que excitante. Ella siempre había preferido a una mujer como ginecóloga. Pero Don Alfonso era hijo de un prestigioso cardiólogo amigo íntimo del padre de su marido. Vamos que aquella atención médica era más un favor que una consulta de pago.

Y si bien Don Alfonso era un hombre muy apuesto, el pensar que era tan cercano a su familia política le producía un rechazo que debía controlar. Todo lo contrario que Carlos, que se veía encantado con que el hijo del amigo de sus padres hurgase en el coño de su mujer.

Durante el resto del embarazo Don Alfonso siguió con interés el desarrollo del feto con múltiples consultas. A medida que se acercaba la fecha del parto Mónica sintió que su libido se disparaba. Tenías más ganas de sexo que de costumbre lo que la hacía resistirse menos a la insistencia de su marido que redobló la intensidad de sus peticiones y retorció la historia de sus fantasías.

Fue en el último mes de embarazo cuando Mónica experimentó un cambio físico importante. Sus tetas aumentaron de tamaño de manera exagerada, casi provocativas para Carlos. Su libido estaba fuera de control. Y en su mente decidió que podía aceptar todas las fantasías de su marido en las que se incluía a Don Alfonso. Tanto que muchos de los polvos de ese último mes, fue el doctor quién le provocó los orgasmos.

Ella cabalgaba a su marido agarrándose sus enormes tetas mientras en su mente era el doctor quién le metía la polla. O quién le comía el coño cuando Carlos enterraba la cabeza entre sus piernas. No podía sacar de su imaginación a ese médico amigo de su marido cuando este le susurraba su fantasía al oído y le penetraba el culo con dos dedos.

Sus orgasmos fueron tremendos, enormes. Sentía cómo una descarga eléctrica de millones de voltios recorría su columna y estallaba en el centro de su vagina provocándole una lubricación excesiva y algún squirt mientras gritaba como una gata en celo. Tras esto caía semi inconsciente con la boca seca. Sin duda fueron los mejores orgasmos que recordaba haber tenido.

Todo cambio tras el parto. El nacimiento de Carlitos lo trastocó todo en la vida de pareja. Al periodo de recuperación de Mónica precedió una bajada de la libido. Aquellos momentos de excitación extrema desaparecieron por completo y el bebé pasó a ocupar todo el tiempo. Carlos no entendía como había pasado de tener sexo casi a diario fantaseando con su mujer a tener que matarse a pajas por la falta de ganas de ella. Por más que insistía su mujer parecía haber vuelto al punto de partida.

La situación se mantuvo así hasta que el niño cumplió 5 años, y eso sucedió hace 6 meses. Desde entonces Carlos, que nunca había dejado de intentarlo, notó que su mujer se mostraba algo más receptiva. Incluso hablaron de la fantasía abiertamente. Ella no lograba entender que su marido desease ser cornudo y él le explicaba el extraño morbo que le suponía verla disfrutar en brazos de otro hombre.

En una de esas charlas, Mónica propuso que quizá sería interesante acudir a algún club en el que romper el hielo y probar así si merecía la pena. Carlos entendió que esto era el principio de algo fabuloso. Tras mucho mirar, consultar e investigar, decidieron cuándo y a qué club debían ir para probarse como pareja swinger.

La primera visita fue menos excitante de lo esperado aunque entendieron que era mucho más discreto y serio de lo que habían imaginado. Ellos, atenazados por la timidez se sentaron en una mesa a ver cómo funcionaba y declinar cuánta invitación recibieron de otras personas (parejas, mujeres y hombres). Fue una relaciones públicas del local quién les echó una mano y les explicó el funcionamiento y filosofía de ese mundo.

Unos meses después decidieron volver a ir. Y ahora sí. Más seguros de sí mismos y con los consejos recibidos por la relaciones públicas, Mónica y Carlos se adentraron tras las puertas más secretas del club. Lo primero que probaron fue la sauna. Desnudos los dos no tardaron en recibir la visita de una pareja madura. Se sentaron a su lado y entablaron una conversación sobre sus experiencias. La cosa no fue a más ya que a ninguno de los dos les gustó la pareja. Esta lo entendió y se marcharon. Se plantearon la posibilidad de acudir a una sala oscura, sin duda el no poder ver diluía en buena parte el pudor. Pero por otra parte, esa misma falta de visión restaba mucho del morbo que les había llevado hasta allí.

Por fin decidieron acudir a una habitación con reja donde follar ante otros y, llegado el caso, aceptar a una tercera persona. Lo hicieron de manera morbosa ante varios mirones que propusieron participar pero tampoco aceptaron. Fue en la tercera visita cuando consumaron parte de la fantasía de Carlos. Acababan de entrar en el local y decidieron tomar una copa antes para ver al personal. Mucha pareja madura poco atractiva y algún niñato para pillar cacho. Ya habían decidido volver a la sala de la reja cuando una camarera les trajo otra ronda de bebidas. Antes de que pudieran comentar que era un error la chica les señaló hacia una zona de la barra donde se encontraba un hombre solo. Levantó su copa a modo de brindis que ellos devolvieron. Después de un rápido chequeó la pareja le hizo señas para que se acercara.

El tipo caminó hacia ellos luciendo su porte elegante de metro noventa. Se le veía una seguridad que resultaba placentera. Era un tipo maduro, rondando los 50, de belleza discreta y cuerpo tonificado. Se presentó de manera educada y pidió permiso para acompañarles. Esto no era más que un formalismo que demostraba el saber estar del tío:

-¿Qué trae por aquí a una pareja joven y guapa? Esto está lleno de viejos (se señaló a si mismo) y niñatos babosos (apuntó a un joven macarra).

-Nos trae el morbo y experimentar cosas nuevas. –Contestó Carlos mientras Mónica se ruborizaba.

-Eso está muy bien –Dijo el maduro. –Yo vengo buscando lo mismo. Alguna pareja que me deje intervenir en sus fantasías...

La conversación se mantuvo por ese camino dando a entender uno su disponibilidad y los otros su aceptación.

Media hora después se encontraban los tres en una habitación con una cama redonda. La pareja le dejó claro al tipo maduro que era su primera vez y que les resultaba todavía algo pudoroso. El maduro les propuso empezar por caricias y sexo oral antes de mantener sexo completo.

El tipo comenzó acariciando el cuerpo de Mónica. A sus 33 años tenía unas tetas impresionantes. Muy bien puestas todavía. Ambos comenzaron a besarse mientras Carlos no perdía detalles, separado de ellos unos metros. La mujer bajó la mano hasta el paquete del desconocido para comprobar que aquel no era un paquete estándar. Se separó unos centímetros de la cara del hombre y levantó una ceja a modo de demanda. Él le sonrió antes de disponerse a bajar el pantalón. Todo esto ocurría sin que Carlos pudiera ver sus caras. Solo pudo soltar un grito de asombro cuando el tipo liberó su polla empalmada de dentro de su pantalón:

-Hostia puta, ¿eso qué es?

-Joder, vaya pedazo de nabo. –Mónnica sintió una mezcla de morbo, excitación y cierto miedo.

Ante ellos, el maduro desconocido, se agarraba una polla enorme que fácil superaba los 20 centímetros y con un grosor extraordinario. La mujer la agarró con su mano y suspiró. Después miró a su marido con ojos de asombro. Este no sabía que hacer ni que decir. En medio de aquel silencio Mónica agachó su cabeza y abrió la boca. Le era casi imposible abarcarlas, pese a haber sido una gran comepollas. Le era imposible tragarla hasta más de la mitad. La mujer engulló como pudo el capullo, gordo y de color rojo intenso, arrancando un suspiro del maduro

Luego se acomodó de rodillas entre sus piernas, dándole la espalda a su marido, para comerse la polla más grande que había visto en su puta vida. La babeó, la escupió, la mordió de manera lateral, succionó los huevos del desconocido y volvió a intentar tragarse lo máximo posible. Durante 10 minutos su cabeza subió y bajó sobre aquel descomunal trozo de carne dura y caliente, ante los suspiros del maduro y la atenta mirada de su marido, Carlos.

Antes de correrse el hombre tuvo la delicadeza de avisarla y ella continuó pajeándolo hasta lograr que alcanzase el orgasmo. Dos chorros de leche caliente saltaron por los aires y aterrizaron sobre los maravillosos pezones rosados de Mónica. Quedaron totalmente cubiertos por la viscosa textura del semen desconocido. La polla del hombre siguió escupiendo lefa hasta manchar los dedos y la mano de la mujer que la apretaba para terminar de ordeñarlo. Para asombro de los hombres la mujer no dudó en agachar la cabeza y limpiarle los restos de corrida que lo pringaban todo.

Esa noche la experiencia no fue a más. Se despidieron intercambiando los teléfonos y con la promesa de volver a verse en el futuro. De vuelta a casa, Carlos asaltó a Mónica por detrás y se la folló en el sofá del salón como un animal. Casi sin desvestirla, arrancándole el vestido y las bragas. Haciendo que ella le suplicase un descanso que no le concedió. Comiéndole las tetas que el desconocido había regado con su impresionante pollón maduro. Lo volvieron hacer, de manera menos salvaje, en su cama matrimonial recordando la experiencia con el maduro desconocido.

Durante los siguientes días no volvieron a sacar el tema a relucir pero entre ellos se notaba una tensión constante. Y es que aquella experiencia había hecho que Mónica cambiase el chip. Si su marido deseaba verla disfrutar con otro hombre ella aceptaría. Durante aquellos días la mujer se masturbó recordando la polla del desconocido y fantaseando con ser ensartada por ella. Aunque deseaba decirle a Carlos que quería volver a ver al maduro algo en su interior se lo impedía. Fue su marido quién una noche le preguntó si le apetecía volver a ver al tipo. Ella aceptó simulando indiferencia.

Quedaron en una cervecería céntrica un jueves por la tarde. La idea no era follar sino conocerse un poco mejor y plantear algo para el futuro. La quedada resultó bastante amena. El tipo era un buen conversador y muy interesante. Su vida había tenido todo tipo de capítulos.

La química entre Mónica y el maduro fue instantánea. Carlos vio la posibilidad real de convertirse en cornudo. Quedaron para consumar el martes siguiente en la propia casa de la pareja. A las 5 de la tarde llegaría el maduro y Carlos se iría con su hijo dejando a su mujer con el desconocido.

El martes a las 5 menos cuarto llamaron a la puerta. Fue Carlos quién abrió. Sintió un pellizco en el estómago cuando vio ante sí al maduro que venía a convertirlo en cornudo. El tipo se veía recién duchado, oliendo a perfume, con gafas de sol y una camiseta de mangas cortas, blanca que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Al marido incluso le pareció mucho más alto. O quizá es que él se sintió más pequeño ante la propia situación.

Una vez dentro, le invitó a sentarse en el salón y le trajo una cerveza. Su mujer se encontraba en el baño y bajaría enseguida. Diez minutos después la mujer saludaba al maduro con un vestido corto blanco que realzaba sus preciosas tetas sin sujetador. El marido intuyó que tampoco llevaría bragas (...total, ¿para qué?).

A Carlos todo le empezaba a resultar demasiado fuerte. En su cabeza las escenas sexuales de su mujer se sucedían. Todo se volvió vértigo cuando salió a la calle con su hijo y vio como Mónica les despedía con el maduro a su espalda. La última visión del marido antes de que se cerrara la puerta fue la cara del su mujer sonriendo y la del maduro guiñándole un ojo.

Se arrepintió de haber llegado hasta ese punto de inmediato. Una cosa era fantasear e imaginar a su mujer follando con otro y otra muy diferente que eso se hiciese realidad. Incluso, no era lo mismo estar presente y poder participar, como sucedió en el club, que abandonar la casa durante 3 horas para dejar que su mujer se follara a un completo desconocido con una polla de más de 20 cm.

Los siguientes 180 minutos fueron los más angustiosos y difíciles de su vida. En su cabeza veía todas las escenas sexuales posibles. Se sentía ridículo en aquel parque de bolas donde jugaba su hijo mientras su mujer le convertía en un tremendo cornudo. Lo peor era que no podía culparla a ella. Todo aquello había sido idea suya. Se arrepentía. Era la mayor metedura de pata de su mísera vida. Un error de cálculo que podía acabar con su autoestima. Su ansiedad le hacía mirar el reloj cada 15 minutos lo que le generaba un desasosiego insoportable. Su ataque de nervios hizo que acabase gritándole a su hijo por una tontería.

Por fin, a las 8 de la tarde, llegó a su casa. Ahora, en el interior de su coche, ni siquiera se atrevía a salir. A entrar en su casa y mirar a su mujer a los ojos. En su cabeza no tenía claro si quería saber cómo había follado o no saberlo nunca. Cuando decidió entrar en casa se encontró a su mujer sentada en el sofá con las piernas también en el asiento. Miraba al infinito y bebía una cerveza a morro. Carlos la miró con ojos de rabia. Ella se mordió el labio inferior y negaba con la cabeza en un gesto que su marido no supo interpretar hasta que por fin ella dijo:

-Increíble. Ha sido increíble...

Carlos estuvo a punto de derrumbarse. Mónica se acercó a él y le besó en los labios:

-Me voy a duchar y a meterme en la cama. Estoy muerta. Encárgate tú del niño.

Carlos se quedó parado en el salón viendo como su mujer caminaba despacio hacia el baño del dormitorio antes de descansar después de la sesión de sexo increíble (según sus propias palabras) que le había proporcionado aquel maduro desconocido. Ella tenía una marca de un chupetón en el cuello. Las dudas sobre si quería saberlo o no aumentaban en Carlos. En cualquier caso no sabría nada hasta el día siguiente.

Dos horas después, Carlos subió a su dormitorio a ver a su mujer. Ella, totalmente desnuda, dormía profundamente. Retiró las sábanas para descubrir un par de marcas más en sus tetas. Sentado sobre la cama sentía ganas de llorar. Si pudiera volver atrás nunca hubiese permitido que su fantasía se hiciera realidad.

En un arrebato borró el número de teléfono del maduro de su agenda del móvil. Nunca más volverían a tener contacto. Esa noche, Carlos la pasó despierto en el sofá del salón. No podía dormir en la misma cama donde le habían hecho cornudo. Aunque pensándolo bien, el primer polvo lo echarían en el mismo sofá. De un salto se puso en pie y comenzó a buscar muestras en el asiento. Se volvió a sentir ridículo. Mientras él no podía dormir por culpa de su fantasía su mujer dormía a pierna suelta después de recibir el mejor polvo de su vida por el pollón de un desconocido.

Aquella, Carlos, noche se arrepintió de todo