Xtories

Marina, mi nueva vecina (II)

La persiana bajó, pero su mirada se quedó clavada en mí. Sabía que estaba al otro lado, desnuda y expectante, y que esta vez no pensaba ignorar el juego.

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2 de julio de 2019

La resaca del sábado aún se dejaba notar en el cuerpo, la cena y las copas con amigos habían ido bien, o al menos eso te habían contado, unas cuantas lagunas hacen acto de aparición cuando intentas recordar que pasó el sábado noche. Los gim tonics, los chupitos son significado de una buena noche pero de una mala mañana.

Había pasado más de una semana desde que había llegado a la casa y no había vuelto a ver a Marina, la vecina, al menos no en persona ya que en mi mente rememoraba el recuerdo del encuentro en la puerta.

Era una mañana pegajosa, típica de verano, cercano el mediodía el sol castigaba con justicia, la piel brillaba por el incipiente sudor que desprendían los poros y caminaba por la casa únicamente con mi bóxer color blanco. Me dirigí a la habitación del piso superior dónde había colocado el pequeño gimnasio “made in Decathlon”, una esterilla, unas pesas, un banco, una barra de dominadas... Lo justo para ir tirando y hacer algo de ejercicio, mantenerse en forma ahora que es verano es importante para tener algo de éxito en el ámbito amoroso.

Esto va a costar pensé mientras me encaramaba a la barra de dominadas y empezaba el sube y baja, la clave es la concentración me dije.

Y mi concentración se centró en un pequeño cuadro con letras colgado en la pared del chalet de al lado que podía observar a través de la ventana. ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! No voy a aguantar mucho más pensé cuando de repente algo se movió delante del cuadro, una sombra que no enfoque hasta un segundo después. Marina con el pelo recogido en un moño improvisado que se aguantaba gracias a una pinza de color negro y un vestido ligero y blanco de tirantes, cogía ropa del armario de sus hijos. Allí estaba ella despampanante incluso con esa ropa tan sencilla y cómoda, incluso desde aquella distancia y gracias a la holgura de los tirantes se podían percibir por el lateral unos grandes y redondeados pechos y debido a la poca opacidad del vestido se apreciaban unos oscuros y grandes pezones. La largura del vestido o mejor dicho la escasez de ella hacía que cada vez que se agachaba a coger ropa para colocarla en los cajones bajos dejara entrever una braguita de encaje azul... y allí estaba yo, colgado de una barra, completamente parado, con una erección bastante palpable incluso a esa distancia de unos cuantos metros y mirándola embobado.

En uno de sus movimientos por la habitación se percató de mi presencia, yo inmediatamente al notarlo miré hacia arriba y sacando fuerzas de no sé dónde empecé de nuevo con las dominadas, pero la noté ahí, en frente, parada, observándome. Al hacer 3 dominadas más fruto del cansancio y de la falta de sangre me dejé caer de la barra momento en el cual miré de frente buscando su mirada.

Nuestros ojos se enlazaron y una sonrisa invadió nuestras caras, la saludé con la mano acompañada de un gesto con la cabeza. A lo que respondió con un: ¡Hola vecino!, para a continuación acercarse a la ventana y haciéndome un repaso de arriba abajo bajar la persiana. Pero yo sabía que no se había ido, notaba su presencia allí, detrás de la persiana, observándome. Anduve en círculos varias veces recuperando la respiración y la fuerza en los músculos, el sudor era patente por todo mi cuerpo y las gotas se deslizaban por mi espalda cayendo una a una, las venas de los brazos estaban hinchadas, al igual que las de mi rabo, duro por pensar en Marina y si seguiría ahí, a solo unos metros de distancia. Hice otro par de series de dominadas y cuando estaba demasiado agotado por el calor y por la situación, me quité el bóxer, liberando mi rabo venoso y firme, que salió como un resorte de su prisión. Me coloqué de tal manera que desde la ventana se le pudiera apreciar con claridad, dejando que la posible espectadora se regalara con la visión de mi miembro. Me quedé ahí parado unos segundos, de pie, desnudo, mirando esa persiana fijamente para a continuación dirigirme a la ducha a rebajar la tensión pensando que eso no quedaría ahí.

3 de julio de 2019

Se acercaba la hora de la siesta y mientras recogía la mesa y limpiaba los platos oí voces en el exterior de la calle. Voces de niños riendo y adultos hablando. Me acerqué a la ventana como buen cotilla y observe a Marina y su familia.

El marido, un poco más alto que ella, pelo cano, pequeña barriga y vestido con camisa y pantalones chinos y a sus dos hijos de unos 9 y 11 años de pelo castaño, vestidos de deporte y con dos maletas de la mano que introducían en el todoterreno de sus padres. Por los gestos, los abrazos y los besos parece que se despedían, intenté afinar el oído y pude escuchar la palabra campamento, por lo que todo encajaba. Cuando terminaron de despedirse, los niños subieron al vehículo y Marina y su marido se besaron para a continuación él subirse al coche y emprender la marcha.

Marina se quedó allí, parada, de pie, con la mano a la altura de los ojos tapándose de la claridad del sol viendo como el automóvil se alejaba por la calle. Cuando el todoterreno negro torció la calle Marina se giró hacia su casa y en el camino antes de introducirse en su hogar noté como su mirada se posaba en las ventanas de mi fachada principal, como buscando mi presencia. ¡Qué mujer por favor!

Terminaba de recoger todo, la mesa los cacharros y me disponía a guardar la ropa que por la mañana había planchado en el armario de mi habitación cuando oí proveniente de la habitación del gimnasio como una persiana se bajaba en la casa de en frente. Me la imaginé allí, expectante, detrás de esa persiana de color blanco, en la habitación de sus hijos, vestida con ese vestido blanco esperando mi aparición. Y por qué no decidí ir a probar suerte.

Como el día anterior me dispuse a ir a la habitación a hacer dominadas, me bajé el pantalón corto de deporte que usaba para estar por casa y me presenté en la habitación solamente con un bóxer color negro. No me lo pensé y me agarré a la barra empezando con el ejercicio. ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! El imaginarme lo que estaría pasando detrás de esa persiana me recorría la cabeza y la erección no tardó en aparecer… ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis!, por lo que decidí hacer un “all in” y a la octava dominada me bajé de la barra, me bajé los bóxer, dejé caer algo de saliva en mi mano y agarre fuerte mi polla, agitándola una y otra vez. Con cada sacudida podía sentir las venas hinchadas, notaba como el endurecimiento iba en aumento y como el color rojizo era cada vez más fuerte. Mi mirada se clavaba en la ventana de en frente, retándola, a sabiendas de que allí al otro lado estaba ella.

La reté y gané, ganamos ambos. Un rápido movimiento y la persiana se alzó hasta arriba dejando ver lo que escondía tras ella. Sentada en una silla estaba ella, con los pies levantados del suelo y apoyados en el asiento dejando la vista todo lo que me podía ofrecer. Marina con su pelo rubio suelto disfrutaba del momento, con una mirada que desbordaba pasión en esos ojos profundos marrones, mordiéndose sus mojados y grandes labios fruto de la excitación, uno de los tirantes del vestido blanco estaba colocado sobre el brazo dejando a la luz uno de sus enormes pechos con su oscurecida aureola y su grande y firme pezón que una y otra vez era acariciado por su mano izquierda, haciéndose cada vez más y más duro. Eran movimientos suaves pero firmes que se acompañaban de pequeños pellizcos en la punta, que provocaban gemidos ahogados y calambres en su cuerpo. La saliva estaba presente en grandes cantidades sobre su pezón descubierto, algo que lo hacía irresistible.

El vestido recogido a la altura de sus poderosas caderas dejaba ver la falta de ropa interior y como su mano derecha se perdía en su zona baja, donde Marina jugaba con su sexo hinchado y encharcado de excitación. Sus movimientos se alternaban superficialmente entre ambos orificios, perfectamente depilados y lubricados por el jugo que emanaba su cuerpo.

En el momento en que nuestras miradas se cruzaron Marina se introdujo dos de sus dedos en la boca, poniendo especial atención en saborear los flujos que su mano tenía y lubricar bien sus dedos pasando su lengua entre ellos para con un movimiento rápido y violento introducírselos en su coño, acción que repetiría una y otra vez. Nuestras respiraciones se hacían cada vez más intensas, nuestras espaldas se curvaban del placer y los movimientos de nuestras manos se acompasaban como si de un baile se tratara. Los flujos que desprendía Marina se iban derramando por su culo, encharcando de igual manera su ano, haciéndolo apetecible y demandante de polla.

El cuerpo de Marina, el calor, la excitación por vivir ese episodio nuevo para mí y lleno de emociones me estaba llevando cerca del éxtasis. Marina cambio su postura, se dio la vuelta y se puso encima de la silla, de rodillas, regalándome una visión perfecta de su culo, con la mano izquierda se agarró en el respaldo para con la derecha seguir masturbándose introduciéndose ahora varios de sus dedos.

¡Joder! Exclamé, esa visión hizo que acelerara el ritmo, jadeando fuertemente, al igual que Marina a la que oía gemir una y otra vez al otro lado de la ventana. Su juego de mano era excelente, los flujos se resbalaban por sus piernas y su mano jugueteaba alternando entre introducirse en su coño y pasar superficialmente por su ano.

Yo no podía más y cuando notaba que el final estaba cerca solté un ¡me voy a correr! por mi boca, en alto comunicándoselo a ella, algo que surtió efecto ya que sus gemidos se aceleraron más si cabe.

¡Joder! ¡Joder! ¡Que gusto dioooos! Gritaba Marina mientras movimientos eléctricos hacían que su cuerpo se contrajera una y otra vez, mientras que con la mano aún en el interior de su raja sus piernas se cerraban en un movimiento espontáneo.

Esa imagen fue la señal para que yo descargara un potente chorro de leche que se esparció por toda la habitación, salpicando el suelo y un disco de 5 kg que usaba con las mancuernas.

Ambos nos quedamos allí, parados, mirando nuestros cuerpos agotados, Marina era espectacular, sus grandes pechos ambos visibles ahora se notaban húmedos por el sudor, deseosos aún de ser lamidos. Pasaron unos minutos y el motor de un coche se hizo notar. El todoterreno negro hizo presencia en la calle, momento en el que la cara de Marina cambió por completo, volviéndose roja y devolviéndola a la realidad. Rápidamente se acercó a la ventana bajando la persiana y escabulléndose tras ella.

Yo me dejé caer al suelo, exhausto e impactado por lo que acababa de ocurrir. Recordando esos momentos donde la lujuria lo envolvía todo, recordando su cara, como se mordía los labios, el bamboleo de sus pechos y sus enormes pezones. Cómo se acariciaba y como su culo grande pedía más. Un recuerdo que difícilmente podría sacar de mi cabeza y con total seguridad la mejor paja de mi vida.

Los días posteriores transcurrieron con normalidad, yo intentaba volver a recrear el momento, yendo a esa habitación cada vez que oía un ruido en la casa de al lado, pero no dio sus frutos.

El contacto con Marina en las dos siguientes semanas se limitó a verla un par de días acompañada de su marido. En nuestro cruce de miradas sentí su vergüenza pero a la vez pude observar una sonrisa pícara en la comisura de su boca. Mensajes confusos que no sabía interpretar. ¿Se habría acabado? ¿Hasta ahí? ¿No se volvería a repetir?

Por su comportamiento yo lo daba todo por perdido, todo hasta ese día.

Ese 18 de julio.

--Continuará--