Xtories

Donde las dan las Toman. 2/3

Descubrió el perfume de otra mujer en la ropa de su esposo y, en lugar de llorar, sonrió. Ahora, en el turno de noche del hospital, la tentación es tan fuerte como el riesgo de ser descubierta. ¿Qué pasaría si el lugar donde cuidan a los demás se convierte en el escenario de sus propios placeres prohibidos?

fuego de Hefesto7.1K vistas8.7· 6 votos

La rutina con Karen me hizo olvidar las rutinas de mi esposa, Jacqueline, en donde una vez cada tres semanas tenía días seguidos libres, por ejercer su trabajo de enfermera en el turno de noche, de tal modo llegué tarde a cenar la primera noche, la segunda mi ropa olía perfume de mujer y la tercera recibí una llamada de Jacqueline nada más salir por la puerta del bufete con Karen muy contenta, besándome.

– Solo quería ver la cara de la fulana con la que te estás encamando. No te preocupes, déjala con sus papás, te espero en casa para la cena.

Colgó sin darle una respuesta… me dejó helado, miré alrededor y no vi a nadie sospechoso. Un taxi casi nos atropella al pasar el paso de cebra, pero nada de la presencia de mi esposa…, seguro que andaba por allí. Cuando llegué a casa no me esperó con mala cara, solo me recriminaba que follase más a mi amante que a ella…, que si esa era la manera que en mi casa había aprendido a llevar un matrimonio. No era de extrañar, teniendo como ejemplo a mi padre y a mi hermano mayor, tal vez ella debía de aceptarlo como mi cuñada admitía los devaneos de Vicente o mi sacrificada madre los del putero y juerguista de mi padre.

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Mi carrera la comencé como auxiliar de enfermería jovencita a los 18 años, y durante cinco años logré obtener el título de enfermería estudiando a distancia, de poco me valía tener un título de cara a mi esposo, así que asumí que solo me valdría para mí…, y esto lo digo porque tras mis sospechas de que andaba encamándose con alguna, al tercer día decidí coger un taxi y acercarme a la puerta del bufete a la hora en que solía salir… y ahí estaba con esa jovencita pelandusca. Lejos de montarle un pollo que me perjudicara, intenté hacer valer su escarceo en mi favor, ya se sabe que la información es el mayor poder que alguien puede tener.

–...No tardes mucho en follarte a esa nena. Hoy tocan lentejas para la cena…

Acabé de decirle a mi esposo, y al taxista que arrancara. Cuando estaban a punto de cruzar el paso de peatones, casi lo atropellamos con el móvil en la mano y cara de asombro mirando para todos lados. De esto ya hacía un dos meses, y desde entonces se me pasó muchas veces por la cabeza, corresponderle con unos cuernos más grandes, pero esa no era mi naturaleza, sin embargo la escasez de sexo que me ofrecía Carlos, me obligan a masturbarme más de lo debido. Al poco me llegó el aviso de que debía hacer la prácticas hospitalarias me indicaron que las haría en el Hospital Roosevelt…pensé que mi trabajo evitaría que pensara tanto en el cabrón de mi esposo, o no.

Ese día me encontraba en el servicio de urgencias, después de dos años de pandemia, todo el personal se movía de un lado a otro para atender nuevos ingresos, así que sin dudar comencé mi trabajo correspondiente. Era tanto el trabajo que no me había dado cuenta de que había un enfermero con un aspecto particular, sobresalía de los demás hombres, de hecho, ensombrecía a los médicos más guapos. Este enfermero tenía unos músculos enormes, se veía su increíble trabajo en el gimnasio, sus brazos tatuados, su cara trasmitía que era de carácter fuerte, sin embargo, cuando se acercaba a una mujer guapa, su rostro se volvía suave y su voz se hacía más dulce, era un espectáculo verlo. Yo no me consideraba lo suficientemente atractiva para estar a la altura de un semental de ese calibre, tampoco tenía la moral muy alta como para encajar un rechazo, así que ni intenté zorrearle pasando desapercibida para tan buen ejemplar.

Todos los días, al entrar a mi habitación que había dejado vacía mi esposo unos minutos antes, me masturbaba pensando en ese prohombre de brazos tatuados, imaginando como sería tener sus brazos alrededor de mi cintura, penetrándome una y otra vez, sentir su verga romperme la vagina a base de pollazos, sus labios besándome, sus dientes mordiéndome los pezones, las palmas de sus manos marcadas en mis nalgas de los azotes. Quería cumplir todas mis fantasías con él, pero sabía que eso era imposible, porque era prácticamente invisible para un tipazo así, y casada, sin duda yo no era el tipo de mujer que se solía llevar a la cama.

Un día 15 de septiembre era la fiesta nacional, y como suele ocurrir el servicio de urgencias estaba completamente tranquilo, mi enfermera jefa me encargó realizar un poco de limpieza e inventario en los almacenes, así que me dirigí ahí y me encontré con él.

– Hola, perdón, me mandaron aquí para arreglar esto y tomar nota – Dije algo nerviosa

– ¡Oh sí!, no te preocupes, un par de manos más hacen que el trabajo termine más rápido, ¿no crees? Llevo dos horas y no avanzo con el inventario.

– Sí, supongo que sí.

Así fue como realizamos el inventario y limpieza de todos aquellos medicamentos caducados. Él hacía chistes o bromas, chascarrillo con chascarrillo que me tenía muy entretenida como si fuéramos amigos de toda la vida. Poco a poco agarre confianza, él era una persona increíble y sobre todo muy atenta, cortés y mucho más cercana de lo que en un principio imaginé… es lo que tiene tener prejuicios con la gente. Una vez terminado nuestro trabajo, nos sentamos cansados por el esfuerzo que hicimos, todo estaba tranquilo, hasta que se me ocurrió hacerle un comentario.

– ¡Dios, no te sientes raro de llevar esa camiseta así de apretada, otro poco y presiento que la vas a reventar por todas las costuras…!

– Me gusta llevar la ropa así, siento que algunas mujeres caen rendidas ante mí si ven los músculos que cargo… jajajaja… ¡No es broma! Es que si me pongo más holgado me hace sentir gordo ¡¿Entiendes?!

Nunca imaginé que ese hombretón pudiera tener complejos con su cuerpazo.

– Pues estoy segura de que a más de una las traes babeando y bueno, con justa razón, se ve una buena vista. – Pensaba que eso último lo había dicho en mis pensamientos

– ¿Qué dijiste? ¡Te gusta cómo se marcan mis pectorales!

– No, nada… bueno sí me gustas pero no pretendo que… bueno nada, ya sabes.

– No lo niegues, he notado tus miradas sobre mí todos los días – se va acercando un poco más – Dime, ¿has pensado en cosas sucias? Me lo puedes decir en confianza.

– Claro que no, eso lo tengo reservado para mi esposo… si te miro es porque haces un buen trabajo atendiendo a las personas.

– Vamos nena, tú has imaginado como meto mi verga en tu cuñito y te lleno completa…

– ¡¿Qué….?!

– No te escandalices, te confieso que yo también me he fijado en ti… – pone sus dedos en mis labios y los acaricia, su otra mano en mi cintura y baja hasta llegar a mis nalgas – Este pequeño culito lo he estado deseando desde que lo vi entrar, ¿me lo darás preciosa?

– El culo no se lo he dado ni a mi marido, mucho menos a ti la primera vez…. Pero el coño si lo tengo mojado desde hace rato…. Desde hace días, sería más correcto.

No tardamos un segundo después de mi confesión y yo no pude resistirme, él me había cargado hasta una mesa cercana y me sentó ahí, en menos de cinco segundos ya no tenía ropa y el solo se había quitado la camiseta y se había bajado los pantalones, su vergón por encima de su bóxer rozaba mi húmeda vagina, gemía como una gata en celo, lo quería dentro de mí y a él, eso le daba risa. Tiré de los calzoncillos hacia abajo para que también asomasen su gran par de huevos, y él me quitó las bragas, sacándomelas por ambas piernas juntas.

– ¿Vamos preciosa, tan deseosa estabas de mí que no puedes dejar de gemir? Me lo pudiste haber pedido y yo gustoso te lo daría las veces que quisieras… soy una ONG del amor, y mi apellido es la discreción.

– ¡Me imagino a cuantas te habrás pasado por esta barra de carne!

Me hizo que chupara dos de sus dedos nada más pronunciar la última frase, y los metió rápidamente en mí, solté un grito que hasta tuvo que tapar mi boca, mi éxtasis era tan grande, sus dedos eran gruesos, largos, justo como los había imaginado.

– Veo que te está gustando mi amor, así me gustan, que sean tiernas y que supliquen para que les metan la verga y las llene completamente. ¡Tengo las bolas a reventar!

Sus dedos se metían violentamente dentro de mí, su otra mano estaba ocupada acariciando mi clítoris, era una sensación tan increíble que podría desmayarme ahora mismo, pero sabía que tenía que durar, estaba a punto de correrme y lo logró… de mi coño salió un squirt como nunca tuve que duró hasta que saco sus dedos, los llevo a su boca y los chupo, al sentir el sabor de mis fluidos sonrió.

– Sabes tan bien, si fuera por mí te haría disfrutar por más tiempo, pero no quiero que nos descubran.

Miré al tremenda erección que mantenía su verga mirando al techo, ni siquiera le exigí que se pusiera un condón… rápidamente me la puso en la entrada de mi calenturienta vagina, y sin más, me enchufó el tremendo falo ciclópeo… era tan grande que me ensanchó la boca de la vagina como nunca la tuve…, ni siquiera hubo oportunidad de gritar, me había quedado sin voz, sus estocadas eran lentas pero profundas dilatando con maestría las paredes de mi coño, lo único que podía hacer era rasguñarle la espalda de los electroshock que recibí desde mi clítoris. Mis tetas se movían de un lado a otro, él me besaba el cuello, gemía en mi oído, ambos teníamos sudor en nuestro cuerpo de aquel lugar cerrado con dos cuerpos fogosos y calientes como estufas.

– Me aprietas tan bien la verga, tienes un coñito increíblemente pequeño ¡¿Tu esposo no lo usa mucho, verdad?! ¡Joder, tu cuerpo es tan delicioso!, ¡Dios, creo que estoy a punto!

Ambos gemíamos lo más bajo que podíamos, pero sus embestidas eran tan fuertes que era imposible hacerlo, el sonido de las nalgadas que me daba, y de cómo sus huevos me golpeaban, era un sonido tan increíble como demoledor. Iba a por mi tercer orgasmo y él se arrebataba para llega a la cima del suyo. De pronto se escuchó como venían personas hacia donde estábamos y esa fue la gota que derramo el vaso para que él arremetiese con todo su poder varonil clavando su musculada verga en lo más profundo de mi ser, lo hacía rápido y contundente para que ambos tuviéramos el increíble orgasmo que no llegó casi al unísono. No sentía mis piernas, todo mi cuerpo temblaba, él se abrazaba con cariño mientras yo me aferraba a su cuerpo con piernas y uñas cual si fuera la balsa de salvación de un naufragio, supongo que sentía lo mismo que yo. Le besé el cuello y aspiré todo el aroma masculino que me impregnaba los conductos nasales, al mismo tiempo que percibía los potentes chorros de leche inundar mi profunda vagina. ¡Ummm! Eso era lo más.

– Estuviste increíble, deberíamos repetirlo, ¿no?

– Pero en otro lugar… más tranquilo y más tiempo… estás muy bueno para solo un rápido.

– ¿Qué, no te gusto la idea de que nos pudieran encontrar?

– Estaríamos en problemas los dos, sobre todo yo que estoy en prácticas…

– Pero el placer nadie no los quitaría.

– Necesito este trabajo… aunque también necesito que me follen como lo haces tú.

Durante los dos meses restantes que tuve las prácticas en urgencias, continué follando con Adrián, que es como se llama el enfermero cachas… una media de tres polvos semanales que me dejaban el coño tan satisfecho que me olvidé de masturbarme y de pedirle a Carlos que me follase.

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Mi esposo seguía fornicando con su pasante, de eso no me cabía la menor duda por lo poco que me follaba y las muestras de perfume o carmín en su ropa… los hombres son bastante incautos en el engaño…, no como nosotras, que sabemos llevar el eufemismo al más alto grado de sofisticación, de ahí que mi esposo aún no se hubiera dado cuenta de cuanto se follaban a su mujercita antes de la vuelta a casa del trabajo. No obstante, a esas alturas, ya solo me importaba que mi esposo abasteciera la cuenta corriente común de manera religiosa, y en cuantía sustancial… lo de que solo me pusiese los cuernos con la mojigata, había pasado a un estadio baladí o eso me hacía creer a mí misma, porque solo le consentiría que se tirase a esa zorra, y así es como llegué a aclarárselo.

Para ayudar un poco a la economía familiar y a mis caprichos sobre todo, decidí aceptar el empleo que me ofrecieron en el Hospital Roosevelt tras las prácticas, tomando como base el título de enfermera que recientemente había logrado obtener. Conforme pasaba el tiempo me di cuenta que en ese Hospital era como se rumoreaba nada más empezar a trabajar… una auténtica Sodoma y Gomorra. Había de todo, doctores que fornicaban con enfermeras, enfermeros con doctoras, doctores y enfermeras con pacientes… no era de extrañar que allí se alcanzaba el ratio de preñadas a discreción, más elevados entre todo el personal de cualquier centro hospitalario nacional. Sobre todo eso sucedía en los turnos de noche, era donde más se follaba…el mismo que yo elegí por estar mejor adaptado a mi cronotipo, ya que mi reloj biológico es más búho que alondra, y por otro lado era el mejor pagado, aparte de que el trabajo es menor y bastante más relajado. Tras la experiencia en Urgencias, aquello me parecía estar de vacaciones, y casi nadie lo solicitaba de manera voluntaria por lo de conciliar una mejor vida familiar, algo que yo tenía superado en esa actualidad.

Al poco de estar allí los comentarios me daban un panorama de cuanto pasaba. No había enfermera soltera, divorciada o casada, que no hubiera sido follada por alguno o varios de los doctores, enfermeros o celadores, pero tampoco de dejaban de lado a los pacientes con capacidad de fornicio. Sin embargo fiel a mis convicciones, fui capaz de abstenerme durante las primeras semanas, para no dar una imagen distorsionada de mi carácter. Sin embargo, bien dicen que el diablo anda suelto y fue el ingreso de un paciente que me revolvía el estómago, el detonante de mi huida a la perdición.

Esa mañana recibimos un paciente de aproximadamente 30 años, soltero, de buen físico, a quien tenían que hacerle una cirugía menor, sin embargo como suele suceder se le infectó la herida y hubo que tenerlo en observación algunos días. A mí me tocó atender a este paciente cuando lo subieron a planta, quien desde el principio comenzó su recital de alardes y atenciones a mi persona. Por ese entonces tenía 26 años, me conservaba muy bien a pesar de no hacer mucho ejercicio, una buena estatura y proporcionada…muy buen cuerpo, con tetas generosas y un trasero en forma de corazón. Durante esas semanas anteriores había recibido ofertas e insinuaciones sexuales por parte de mis compañeros, pero nunca había cedido a ellas, allí un papiloma se extendía como la pólvora.

Durante los días que este paciente estuvo allí, (en su informe rezaba el nombre de Ricardo), mis compañeras me decían que era muy evidente que yo le gustaba un montón a ese chico, me enviaba recados con otras enfermeras y a veces hasta mandaba a traer rosas rojas para mí. Sin embargo, a pesar que era muy atractivo y me gustaba verlo, trataba de mantenerme ajena, pero, como ya sabía por esos días, mi maridito me jugaba la vuelta con su secretaria del trabajo y yo se los había puesto con mi compañero el cachas, Adrián, estábamos empatados, o no, porque yo ya no follaba y él continuaba follándosela. Eso me ponía muy furiosa y era lo que iba doblegando poco a poco, mi convicción de continuar poniéndole los cuernos a Carlos, más cuando Ricardo se portaba muy atento conmigo y me hacía sonreír cuando yo atendía su habitación entreteniéndome con sus chismes, chascarrillos y halagos.

Durante un almuerzo, una compañera que atendía también esa sección me confesó que durante un examen que un doctor le había hecho a Ricardo y que él se tuvo que quedar desnudo estando ella presente, le pudo ver la verga, era gigantesca, nunca había visto una de esa talla…, me decía mi amiga que era una de las XXL, haciendo alusión a los tipos de tamaño de prendas y condones. Esa confesión aumentó mi morbo y tomé la decisión de entregarme a él. Ese día Ricardo me comentó en un par de días le darían de alta…, entonces le dije que el sábado que me tocaba turno le daría su despedida, se lo dije con una risita sarcástica, que creo que él entendió…. Llegó el sábado por la noche, los fines de semana aun baja más la actividad nocturna, debajo de la bata de enfermera, solo me dejé puesto un tanga de hilo, con un sujetador minúsculo para el tamaño de mis tetas. Me quité las zapatillas de trabajo y me puse tacones altos para mejorar mi figura. Previo a nuestro encuentro, le solicité a mi compañera de turno que me avisará si venía algún compañero sanitario…, que le iba a dar su despedida al paciente… era una chica de confianza que llevaba en su haber más de una docena de vergas en los últimos diez meses. Ella me sonrió pícaramente. Entré con Ricardo, me saludó amablemente como siempre y le dije que iba por lo de la inyección, el hizo un gestó como de desconocimiento y muy inocentemente se dio la vuelta para colocarse boca abajo. Abrí mi bata hasta la cintura, le volví a decir…

– ¡En verdad, quiero que tú me inyectes a mí tu medicina!

Se volteó a ver y me vio con la bata abierta mostrándole mi ropa interior. Ricardo se sonrío invitándome a subirme a su cama. Antes de subirme bajé la cabecera de la cama para que toda estuviera a un nivel horizontal. Luego me quité la bata quedándome solo con ropa interior y los zapatos, me subí sobre él y me pidió que me pusiera sobre su cara, es decir que quería empezar comiéndose mi coñito. Abrí las piernas y le coloqué toda mi vulva en su rostro…, él con la mano hizo a un lado mi tanguita para dejar descubierta mi raja, luego su magistral lengua comenzó a lamer toda la longitud de mis labios vaginales y con la punta estimuló mi clítoris, que rico sentí esa lengua caliente, era diferente a lo que mi marido me hacía en el sexo oral, había más pasión, lujuria y desenfreno. En pocos minutos, su esfuerzo de mamarme el clítoris obtuvo su recompensa… ¡Me corrí en su boca! Él recibió mis jugos con su lengua, gemí varias veces para indicarle que me lo estaba haciendo bien. En unos minutos se me olvidó que estaba siéndole infiel a mi marido por segunda vez, solo estaba concentrada en el placer que me estaba dando este chico con su lengua, comiéndose mi rajita, mis jugos, mi clítoris… y mi alma.

Recordé lo que mi compañera me había contado acerca del tamaño de su polla, entonces giré 180 grados alrededor de su boca, para quedar en la posición 69, busqué rápidamente su falo bajándole abriéndole la baja de paciente, y allí estaba, ¡era espectacular! Nunca he sido partidaria de medir o comparar vergas, pero este chico tenía un cipote de más de 20 cm, era inmensa, además era gruesa como las que nos dejan más satisfechas a las hembras de coño tragón…, pero con ese grosor, hasta tuve miedo que no entrara en mi vagina. Mientras eso sucedía, me puse a mamársela, apenas pude meter en mi boca su glande, el cual lamí y chupe como desesperada. Yo estaba ardiendo de ganas en ese momento, mi grado de excitación era máximo, no recordaba bien cuando había sido la última vez que me había pasado esto.

Ricardo por su parte, me tomaba con ambas manos las nalgas e incrustaba su cara hasta dentro de mi rajita, la punta de su lengua fácilmente penetraba mi gruta mojada y me recorría todo hasta el agujerito del culo, proporcionándome un placer exquisito…, en ese momento estaba gimiendo como una vulgar puta. Me penetró la vagina con un dedo mientras me chupaba el clítoris y lo empezó a mover dentro de mí. Mi vagina estaba eyaculando líquidos lubricantes a porrillo, que iban a parar a su inquieta lengua. Por mi lado, no dejaba de chupar su glande, lamer todo el largo de su gran verga y acariciar sus cojones. Por un momento los dos gemimos acompasadamente, volviendo la habitación en un centro de lujuria.

Luego del exquisito sexo oral, me sacó mi tanga y sujetador, me colocó a cuatro patas sobre la cama y me comió a besos mis nalgas y mi ano. Deseaba que me la metiera, quería tener ese monstruo de verga dentro de mí. No me hizo esperar mucho, se colocó detrás y me puso el orondo cabezón de su polla entre mis labios vaginales, encontró la entrada y luego lo empujó poco a poco, como gozando cada centímetro de mi apretado conducto vaginal. Sentí como ese gran badajo se iba abriendo paso entre mi estrechez acomodándose en mi interior…, jadeé bastante mientras me penetraba. Ricardo se sujetó a mis nalgas para terminarla de meterla toda hasta las trancas, creí que ya no me entraría, pero las vaginas tienden a ser elásticas y se dilatan, finalmente estaba completamente ensartada a tope, con los huevazos pegados a mi vulva…. A los pocos segundos de acomodo de todas mis carnes internas al grueso intruso, Ricardo inició con los movimientos de cintura tradicionales, un saca y mete de verga en mi vagina que me demolía por completo, más sintiendo sus cojones chocar contra mi coño y mi vientre. Allí estaba yo viviendo y gozando mi segunda y mejor infidelidad, en una cama de hospital donde trabajaba… Se dice que donde tengas la olla no metas la polla, sin embargo ese semental la estaba metiendo a base de bien, allí desnuda solo con zapatos de tacón puestos, con una gran verga taladrándome la rajita hasta el vientre y, convirtiéndome en la más puta esa noche.

Cada vez que me penetraba me hacía desfallecer de placer, porque apreciaba que su larga y gorda verga me entraba hasta los ovarios, no soy estrecha tan estrecha, pero con semejante grosor me hacía sentir una adolescente otra vez. Su follada me hizo chillar en vez de gemir. El por su parte me alardeaba mis dotes de folladora vividora.

– ¡Que rico y apretado está tu coño…! ¡Joder, buena follada me estás dando...! ¡Una hembra bien pertrecha… mejor que la mejor de las novias que he tenido!

Para devolverle un poco el placer que me daba, comencé a mover mi trasero en pequeños círculos, lo cual ocasionaba una mayor penetración de su verga en mi útero. Eso le gustó ya que empezó a decirme que me movía muy bien. No cabe duda que su excitación también iba en aumento, ya que tras unos minutos, me tomó de la cintura y con mucha fuerza me empezó a invadir aceleradamente. Ricardo empezó a gemir y sus ensartadas eran ahora golpes secos dentro de mi coño maltrecho. Estaba por correrse, se inclinó sobre mi espalda me tomó por el cuello y explotó en un gemido animalesco…, un chorro de esperma tibio salió potente dentro de mi vagina, yo aullé de placer dándome una tras otra ensartadas con cada eyaculación, pretenciosas de vaciar sus orondos cojones repletos de semen dentro de mí…, tuve que agarrarme de la parte de atrás de la cama para no caerme de los fuertes enviones que me daba inseminándome como a una yegua por su semental. Su lefa era tan cuantiosa, que se me salía del interior profundo de la vagina… esos chorros que inyectaba en la misma boca del conducto uterino para dejarme bien preñada. Tanto esperma se descargó que se derramaba por mis muslos.

¡Divina potencia viril!, mi macho quería más. No descansó un solo segundo y sin perder tiempo me dio la vuelta, quedando ahora boca arriba, se puso una mi pierna en su hombro y la otra libre, me clavó su enorme verga de un pollazo hasta que noté sus huevos golpearme el culo, una verga que no perdió nada de erección y fue directa hasta el fondo. Me hizo pujar mi coño a un palmo de la cama cuando la sentí entrar, luego buscó mis tetas para mamarlas mientras se movía dentro de mí bombeando como una locomotora a toda máquina. Yo por mi parte con las manos tomé mis tetas y le facilitaba ponerla en sus labios. ¡Qué buena follada me estaba dando otra vez! Nadie en mi vida me había echado dos polvos seguidos.

A continuación subió mi otra pierna a su otro hombro, puso sus manos en la cama y se empujó hacia delante a modo de flexiones, embutiendo sin cesar el gran tronco que me partía en dos, ocasionando que mis piernas se abrieran y él se pegara más a mis tetas. Pude sentir toda la longitud de su verga dentro de mi vagina, sus bolas azotando mi culo… percibía el vació al sacarla hasta la punta de su polla y el llenado de coño cuando la embutía hasta la raíz. En ese mete y saca, buscó mi boca y nos dimos un beso bien húmedo comiéndonos las lenguas. No dejaba de moverse dentro de mi coño un solo instante. Le rodeé la cabeza con mis brazos para que nuestro contacto fuera al máximo, la cama rechinaba como si fuera a derrumbarse en mil pedazos.

Mientras me besaba tuve un orgasmo salvaje que le mordí los labios, eso creo que aceleró su clímax y nuevamente dejó liberar una gran cantidad de semen que inundó por segunda vez mi vagina. Entre gemidos, besos y movimientos pélvicos nos quedamos gozando nuestro orgasmo, sudados cual dos condenados a muerte en la guillotina.... Tardamos allí acostados, el sobre mí, su gran mazo aun dentro de mi vientre.

– No me equivoqué contigo… eres una mujer muy hermosa y ardiente ¡Follas divino!

– Lo dices porque me acabas de follar y te he dejado que te corras dentro mi útero…

– Creo que aún con condón, te sentiría igual de increíble…

Dijo allí con su cara frente a la mía. Me vestí le di un enorme beso de despedida y me marché, ya no lo volví a ver, ya que yo descansaba un par de días y a mi vuelta ya estaría dado de alta…. Fue mi inicio con los pacientes. A partir de ese día se me abrió la veda, teniendo relaciones sexuales con varios doctores y enfermeros jóvenes, los prefería por su vigor…, a alguno lo he iniciado yo en el fornicio hospitalario indiscriminado, mientras hacían las prácticas…, esos nuevos doctores que debían hacer la residencia allí… inclusive tuve sexo con dos al mismo tiempo. En aquella planta, probé por primera vez la penetración doble y fue magnífica. He dejado que mi marido siga con la aventura de su secretaria, en tanto yo sigo follando en el turno de noche en el hospital y asunto arreglado… como dice el dicho “¡Donde las dan las toman!”, con la diferencia que si me preñan será mi esposo el que se encargue de mi panza, y si él deja preñada a esa zorra, será ella la que se encomiende de mantenerlo o nos tendríamos un divorcio en el que yo saldría ganando.

CONTINÚA...