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Verano en Gran Canaria. La despedida de la soltera

Acaba de divorciarse y busca olvidar, pero el destino lo pone frente a tres mujeres que gritan sus deseos más oscuros. Ella, a punto de casarse, lleva una carga que no puede soportar sola. Cuando sus miradas se cruzan en la piscina, la discreción se rompe y la tentación se vuelve insoportable.

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Acabo de regresar de vacaciones de Gran Canaria. Allí han sucedido cosas, muchas cosas. Algunas de ellas las contaré aquí, otras quedarán bajo el cobijo de mi discreción.

Gracias a todos por la paciencia que habéis tenido y por las ganas de seguir leyéndome.

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Me llamo Andrés, tengo 39 años y, hasta hace apenas unos meses, estaba casado. Tras 12 años de matrimonio, con sus idas y venidas, decidimos poner fin a una situación que, cada vez, se volvía más insostenible y que nos estaba haciendo daño a los dos. No tenemos hijos, por lo que la cuestión del divorcio se redujo al reparto de algunos bienes materiales y a formalizar la nueva situación con la presentación, para su aprobación por un juez, del acuerdo regulador del mismo.

A pesar de lo relativamente simple que resultó el divorcio, todo el proceso acaba quemando y dañando el estado anímico de cualquiera, el mío también. Por eso es que decidí, junto con mi amigo David, tomarnos una semana de vacaciones en las Islas Canarias, concretamente reservamos en un resort, en régimen de todo incluido, en la zona de Maspalomas, en la isla de Gran Canaria. La idea era relajarnos allí, tomar el sol, sacarle el máximo provecho al todo incluido y olvidarnos de los problemas cotidianos originados por el trabajo y, en mi caso, de mi proceso de divorcio.

Tres días antes de la fecha de partida, recibí un whatsapp de David en el que me preguntaba si podía llamarme. No me gustaba nada ese tipo de mensajes. Normalmente, cuando David o yo teníamos que decirnos algo, o bien nos llamábamos directamente, o bien nos mandábamos un audio vía whatsapp, pero aquello de preguntarme si me podía llamar no presagiaba nada bueno. Le llamé yo.

- Hola Andy, ¿cómo estás? –me respondió al segundo tono de llamada.

- Estaba bien, pero tu mensaje ha hecho que me preocupe –le contesté.

- Ya, bueno es que… a ver cómo te lo cuento…

- Coño, pues contándomelo. Estaba claro que algo tenías que contarme, y no me va a gustar.

- No, no te va a gustar. Venga, voy al grano: no puedo ir contigo a Gran Canaria.

- ¡No me jodas, cabrón! ¡Salimos dentro de 3 días, no me puedes dejar tirado así!

- Lo siento, tío, pero me ha surgido un problema en el trabajo. El Director de Proyectos me ha pedido que me quede, mejor dicho me ha ordenado que me quede. Nos estamos quedando sin plazo para presentar al Ayuntamiento el proyecto definitivo del nuevo edifico de usos múltiples. Si no llegamos a tiempo nos impondrán una sanción de muchas decenas de miles de euros por incumplimiento de los plazos del contrato, y seguramente prescindirían de mi –David es arquitecto. El estudio de arquitectura para el que trabaja fue contratado por un importante Ayuntamiento de España para elaborar el proyecto de nuevo edificio de usos múltiple y, como casi siempre, estaban a punto de incumplir el plazo de entrega del proyecto. No hacerlo supondría arriesgarse a recibir una importante sanción y, cómo me decía el propio David, posiblemente el acabara en la calle.

- Hostias, David ¿Y qué hacemos con el viaje? –le pregunté, completamente resignado a que no había vuelta atrás con su trabajo.

- No sé, Andy. Ve tú. El hotel está pagado, los vuelos están pagados, hasta el coche de alquiler está pagado. Ve tú y aprovéchate del viaje. Te vendrá bien desconectar de todo durante unos días –me animó David.

- Ya, pero no es lo mismo. La idea era que fuéramos juntos. Yo sólo en Gran Canaria…, no sé, pero no lo veo.

- Venga hombre: acabas de divorciarte, no le debes explicaciones a nadie. Aprovecha el viaje y ve. Seguro que allí conoces a gente. Además, ya sabes que en el resort hacen un montón de actividades, alguna habrá que te interese hacer. Y si no, siempre tienes la playa y el todo incluido, para beber y comer hasta reventar –me dijo, terminando con una sonora carcajada.

Terminamos la conversación cuando le prometí que sí, que iría a Gran Canaria. No era la idea inicial, ni lo que más ilusión me hiciese, pero David tenía razón: no debía explicaciones a nadie y debía aprender a vivir de nuevo sólo, haciendo lo que me apeteciera cuándo me apeteciera.

Tres días después, y tras un madrugón de los que dejan huella, estaba en los mostradores de facturación del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas (el nombre es más largo que las pistas). Tras los trámites de facturación, y pasado el control de seguridad, me dirigí a la puerta de embarque. A pesar de la hora, poco más de las 6 de la mañana, el aeropuerto era un constante bullir de viajeros: unos solos, otros en pareja, grupos de amigos y grupos familiares. La verdad, un aeropuerto es un fiel reflejo de cómo es una sociedad. Hace unos años era impensable ver a chicas jóvenes viajando solas de vacaciones, pero ahora eso había cambiado, y muchas mujeres que aparentaban tener poco más de veinte años, viajaban solas por diversos motivos, incluido el vacacional.

La ventaja de que David no viajase es que tenía los dos asientos para mi sólo, lo que me permitió acomodarme mucho más de lo habitual y poder echar una buena cabezada durante las casi 3 horas de vuelo. Lo necesitaba, dado el madrugón que me había pegado.

A las 8:45 de la mañana, hora canaria, me encontraba bajando del avión en el Aeropuerto de Gran Canaria. La primera impresión fue la de que la humedad era bastante alta, como es normal en una isla, pero que se hace un poco molesto para alguien del interior de la meseta, como yo.

Tras esperar unos minutos para recoger mi equipaje, me dirigí a la compañía de alquiler de vehículos para retirar el automóvil que habíamos alquilado. Habíamos pedido un Toyota Yaris, suficiente para dos personas. De camino al mostrador de la empresa de alquiler, un grupo de chicas, que debían rondar los 30 años, me preguntaron si sabía dónde quedaban las empresas de alquiler de vehículos. Acaba de leer en un panel informativo hacia dónde había que dirigirse, así que así se lo indiqué a ellas. En cuanto las di la información salieron corriendo por la terminal. Eran 3 chicas, dos de las cuales no destacaban por su belleza, aunque no eran para nada feas, mientras que la tercera podría haberse presentado y ganado cualquier concurso de belleza. En cualquier caso, las tres revolucionaron la terminal con sus carreras, sus gritos y sus risas, e hicieron que se dibujara una sonrisa en mi rostro cuando, alcanzado el mostrador de la empresa de alquiler, resultó que iban a la misma a la que iba yo.

Su absoluta falta de discreción hizo que escuchara sin ningún problema toda su conversación. Una de las dos chicas que eran menos guapas se iba a casar, por lo que su hermana (la más guapa), y su mejor amiga (la tercera del grupo), la habían convencido para pasar una semana de vacaciones en Gran Canaria para, palabras textuales de la hermana de la novia: follarse cuántas más pollas mejor.

- Joder, Raquel, córtate un poco –le dijo la novia a su hermana al darse cuenta de que les estaba oyendo todo.

- Venga tía, aquí no nos conoce nadie. Nadie se va a chivar a tu novio perfecto de lo que hagas, relájate –respondió la aludida.

Y así siguieron, gritando a los cuatro vientos sus ganas irrefrenables de mamar, follar y gozar, sin importarles nada que media terminal pudiera oírlas, salvo la novia, que se mostró más recatada.

Llegó mi turno en el mostrador. El empleado comprobó la reserva hecha a mi nombre.

- No puedo darle el vehículo reservado. Sólo nos quedaba uno y se lo acabo de facilitar a las señoritas que le han precedido –me explicó el empleado, con la tradicionales calma y sonrisa propia de los canarios.

- Bueno, pero algún vehículo me tendrá que dar, ¿no?

- Sí, claro. Se lo voy a cambiar por otro de gama superior: un Toyota Corolla, si le parece bien.

Me parecía perfecto. Un poco más grande, y para mi sólo. No me iba a quejar. Lo que quería era salir ya de la terminal, llegar al hotel y, si aún no estaba lista la habitación, al menos poder tomar algo y descansar, después del madrugón y el viaje.

Tras firmar la documentación, me dirigí al aparcamiento dónde se encontraban los vehículos de alquiler. Seguí las indicaciones que me dio el empleado del mostrador y no me costó mucho encontrar la zona de la empresa con la que había contratado. Y allí estaban de nuevo las 3 chicas de antes, con su bullicio y su algarabía. No había forma de perderlas de vista, aunque para nada molestaban sus gritos, hacían que se me dibujara una sonrisa.

Cuando llegué hasta la caseta de la empresa de alquiler, las tres jóvenes pusieron su coche, el que debería haber sido el mío, en marcha. La verdad, a ellas les habría venido mejor el Corolla, al ser más grande y ser ellas tres personas, y a mi me habría bastado con el Yaris, pero sus carreras por la terminal les había llevado a esto, pensé.

Cuando pasaron por mi lado, la chica más escandalosa de las tres, que hacía las veces de copiloto, bajó la ventanilla y, dirigiéndose a mi, gritó:

- Estamos en el Riu Palace Palmeras. Mi amiga quiere conocerte, pasa a buscarnos esta tarde a la piscina, please!!!!!

Al girarme para mirar su coche mientras se marchaban, vi cómo desde la ventanilla caía un papel al suelo. Fui a recogerlo. Habían escrito un nombre, Raquel, y el nombre y dirección del hotel. Tratándose un Riu no tendría perdida si decidía aceptar la invitación.

Finalmente acabé de llegar a la caseta de la empresa de alquiler. El empleado comprobó mi contrato y me entregó la llave del vehículo que me habían asignado. En efecto se trataba de un Toyota Corolla de color gris, que olía a nuevo. Apenas había llegado a circular 600 kms.

Salí del parking y reposté el depósito de combustible hasta llenarlo, escribí la dirección de mi hotel en el navegador y me incorporé a la autopista GC1, en dirección a la Playa del Inglés/Maspalomas.

Después de menos de 30 minutos de trayecto me encontraba en el hotel. Habíamos reservado en el Barceló Margaritas. Un resort bastante grande, con varias piscinas, actividades de todo tipo, autobús gratuito a la Playa del Inglés y al Faro de Maspalomas y, lo que era muy importante, con parking.

Cómo era de esperar, la habitación no estaba lista. Me ofrecieron dejar el equipaje en un cuarto habilitado para ello junto a recepción y, tras ponerme la pulserita de rigor, me invitaron a disfrutar de todas las instalaciones del hotel. Lo primero que hice fue reservar para toda la semana un plaza de aparcamiento, para asegurarme de que no tendría problemas cada vez que decidiera mover el coche, cosa que haría mucho pues, la intención que tenía, era la de recorrer toda la isla.

Siguiendo la sugerencia de la chica de recepción que me atendió, bajé al salón en el que se ofrecían los desayunos, y me tomé un café junto con un cruasán. El día había comenzado muy pronto y me vendría bien tomar algo.

Tras el breve tiempo que me llevó tomar ese pequeño desayuno, y suponiendo que la habitación no estaría lista hasta casi la hora de comer, decidí salir a hacer la primera exploración de la isla. Dado que el hotel estaba bastante cerca de la Playa del Inglés, pregunté a la amable chica de recepción cómo ir caminando hasta ella. Era muy sencillo, tras dirigirme por una calle, en el segundo cruce debía dirigirme a la izquierda, por una calle que serpenteaba en dirección al mar. En el final de esa calle se encontraba la playa y una zona comercial bastante amplia, según me dijo. El paseo no debía durar más de 20 minutos, y como aún era pronto (pasaban pocos minutos de las 10 de la mañana), la temperatura, a pesar de la humedad, era muy agradable. Sólo debía adaptar mi ritmo a las circunstancias climáticas.

Salí caminando, siguiendo las instrucciones que me habían acabado de dar, y pensando en la invitación del trío de chicas. Bueno, más bien en la invitación de una de ellas, de la tal Raquel que, cómo dije antes, era la más bulliciosa de las tres. Volver a pensar en ellas volvió a dibujarme una sonrisa en el rostro. Tenían ese extraño poder.

La verdad es que, por un lado estaba tentado de acercarme aquella tarde hasta el hotel en el que me dijo que estaban. No tenía mucho que perder. Si me había dicho la verdad, existía la posibilidad de que estuvieran y quisieran tomar algo, echar unas risas y charlar un rato. No perdía mucho por intentarlo. Si, por el contrario, me había engañado y no estaban en ese hotel o, simplemente, no podía localizarlas o pasaban de mi, sólo supondría perder un rato en una semana de vacaciones.

Pero, por otro lado, no estaba muy seguro de que aceptar esa especie de invitación fuera lo más adecuado. Podría tratarse de una simple broma, del proceder poco meditado de una de aquellas chicas y que, llegada la hora de la verdad, si me presentaba a buscarlas, pudieran darme un buen plantón o, incluso, que se tratase de un grupo de timadoras que pudieran tratar de robarme el dinero y las tarjetas. Todos los posibles riesgos y peligros se asomaron a mi cabeza en un instante.

El paseo resultó ser muy agradable. La zona estaba absolutamente cuajada de edificios de apartamentos y grandes hoteles, muchos restaurantes de todas las nacionalidades, tiendas de recuerdos y algunos pequeños supermercados. Peso a lo temprano del día, muchas personas ya estaban por la calle, muchas de las cuales se dirigían a la playa. La verdad es que, al menos visualmente, la elección del lugar había sido un acierto: no dejaba de ver mujeres, de todas las edades, muchas de las cuales lucían cuerpos espectaculares.

Cuando debía de llevar recorrido la mitad del camino sonó mi teléfono. Era David.

- Hola, desertor, buenos días –le dije a modo de saludo.

- Buenos días, viajero, ¿qué tal está yendo todo?

- Muy bien, estoy dando un paseo hasta la playa haciendo tiempo hasta que me den la habitación. El panorama es muy bueno –le dije de forma pícara.

- No me vayas a perder el tiempo con el paisaje. Ya sabes lo que tienes que hacer: tienes que conocer gente, mujeres fundamentalmente.

- Ya, bueno. Eso es otra historia. Un tío sólo tampoco tiene muchas posibilidades de acercarse a las mujeres que hay por aquí. O están en pareja o van en grupos de amigas. Uno tío solo…, poco puede hacer.

- Seguro que encuentras la manera, que cuando quieres, sabes sacar todos tus encantos.

En ese momento recordé lo que me había ocurrido con las tres chicas de la terminal, y le conté mis dudas acerca de si debía o no acercarme a su hotel esa misma tarde.

David no tuvo ninguna duda: debía ir. Debía quitarme los miedos de que me fueran a drogar y robar, y simplemente debía relajarme, ir y probar suerte. Justo terminó de convencerme cuando pude ver el mar y la Playa del Inglés, casi a mis pies. El día era claro, el mar y el cielo se unían en el horizonte azul, mientras un ligera brisa, fresca y vivificante, me envolvía con suavidad.

Mientras contemplaba el entorno me di cuenta de que, el Hotel Riu Palace Palmeras estaba apenas a 100 metros de dónde me encontraba, a la derecha de la calle por la que había bajado hasta la playa.

Estaba decidido: esa tarde probaría suerte con las tres amigas.

Tras el paseo matutino regresé al hotel, con energías renovadas y un objetivo en mente: conocer a las 3 chicas de la terminal. Cuando volví pudieron darme por fin la habitación: una doble para mi solo, ante la ausencia de David. Recuperé mi equipaje y lo coloqué en el armario, comprobé la comodidad de la cama y almohadas y, tras cambiarme de ropa y ponerme algo más cómodo, bajé a los bares que se ubicaban alrededor de cada una de las piscinas para tomar algo antes de comer. El hotel debía estar prácticamente lleno, pues en los jardines y piscinas había bastante gente. Me tomé un par de cervezas bien frías mientras contemplaba el panorama que me rodeaba: algunos grupos familiares, muchas parejas y muchos grupos de amigos y amigas. Y cómo ocurrió antes, durante el paseo hasta la playa, muchos cuerpos bonitos y muy cuidados.

Pasé a comer antes de que toda aquella gente lo hiciera en tropel, para asegurarme algo más de tranquilidad, ocupé una mesa preparada para dos y di cuenta de un buen plato de pasta, aderezada con salsa carbonara, una ensalada, unas papas con mojo picón, un poco de vino y un trozo de tarta de chocolate como postre.

A las 3:30 de la tarde estaba de vuelta en la piscina, tomándome un café con total tranquilidad, viendo como el número de comensales en el bufé se había incrementado notablemente. Leí los titulares de algunas noticias, sin profundizar demasiado en ninguna.

Tras un buen rato en el que mi atención se dirigió desde el café a la pantalla del móvil, y de ésta a la zona de tumbonas de la piscina, en la que alguna jovencita (y otras no tan jóvenes), hacían gala de sus morenos y esculturales cuerpos, unas voces captaron mi atención. Desde un balcón, que yo diría que se encontraba junto al de mi habitación, una joven, no parecía tener más de 18 años, discutía con un hombre bastante mayor que ella. No entendí bien lo que decían, pues hablaban a gritos y en italiano, idioma que, aunque lo entiendo bastante bien, si lo oigo a gritos en mitad de un bronca, y en la distancia, no logro captarlo del todo, aunque todo parecía girar en torno a la intención de la chica de hacer topless y la negativa de quién le gritaba, que resultó ser su padre, de que lo hiciera.

El padre desapareció dentro de la habitación, y salió una mujer, de mediana edad, que abrazó a la joven, la cual se encontraba sollozando. Ambas permanecieron durante un rato en silencio en la terraza, hasta que las dos volvieron a meterse en la habitación.

En ese momento decidí subir yo también a mi habitación para echarme un rato, darme una buena ducha y cambiarme de ropa, antes de encaminarme hacia el Riu Palace Palmeras.

Tras el descanso, la ducha y vestirme, decidí que, como la cuestión del aparcamiento estaría complicada en aquella zona tan turística y llena de coches, lo mejor sería acercarme al Riu caminando de nuevo. Lo haría por la acera de la sombra y a paso lento, para evitar sudoraciones innecesarias.

La brisa seguía siendo suave y fresca, por lo que el paseo no resultó en modo alguno desagradable. Para la ocasión elegí un polo en color azul pastel, con un pantalón veraniego, de color gris muy claro, casi blanco.

Llegar hasta el hotel me llevó unos 20 minutos. No llegué para nada acalorado, era el único miedo que tenía por ir andando, ya que el calor, la humedad y yo no nos llevamos nada bien.

El Riu era un muy buen hotel, se notaba nada más ver el edificio. Tras cruzar la recepción, accedí a la zona de jardines y piscinas. En eso, el hotel se parecía bastante al Barceló en el que yo estaba, aunque este parecía tener más espacio. Me pregunté que podrían estar haciendo 3 chicas que van desde Madrid a Gran Canaria a celebrar la despedida de soltera de una de ellas en un resort. Las opciones, a esa hora, eran pocas: o estaban dentro de la piscina, o estaban tomando el sol en las tumbonas, o tomando algo en el bar y terraza adyacente. Comencé por el bar, pero no las vi. Allí no estaban. Desde el bar me dirigí para bordearla, a la piscina. Entonces me di cuenta de que, un tío vestido, alrededor de una piscina, con la pulsera de otro hotel, y sin tomarse nada, podría llamar la atención, así que volví sobre mis pasos hasta el bar y pedí una cerveza que, obviamente, tuve que pagar. Con la cerveza en la mano mi presencia era menos llamativa. Cuando apenas había dado unos pasos hacia la piscina oí unas risas detrás de mi y una voz que gritó el nombre de la compañía de alquiler de coches. Eran ellas o más bien, era Raquel la que había llamado mi atención tomando las riendas del trío.

- Hola, al final me he decidido a venir –les dije a modo de saludo

- Ya te vemos, -dijo la que se iba a casar, con un punto que no supe muy bien si era de sorpresa, rechazo o simple indiferencia.

- ¿Es que no lo tenías claro? ¿Crees que te vamos a comer? –añadió la tercera mientras sonreía.

- No, no es eso. Pero bueno, estoy aquí. Me llamo Andrés, aunque todos me llaman Andy –me presenté.

- Ella es mi amiga Alicia, la borde es mi hermana Sara y yo soy Raquel –y sin apenas darme un segundo se abalanzó sobre mi y me plantó dos sonoros besos en las mejillas.

- Pues echas las presentaciones, podemos sentarnos a tomar algo y charlar un rato –les dije.

- Si es necesario…, -respondió Sara que, sin duda, era la más reacia a mi presencia.

Volvimos de nuevo a la zona de la terraza del chiringuito de la piscina, Sara se acercó a la barra para pedir unas consumiciones, mientras las dos amigas y yo ocupamos una de las mesas.

Así me enteré de sus edades: Raquel era la más joven, 24 años. Sara, su hermana, tenía 27 y Alicia, la amiga que estaba con nosotros, tenía 25, a punto de cumplir los 26. Las tres vivían en Madrid y trabajaban en cosas distintas. Las tres llevaban bikini con sendos pareos sobre ellos. Era evidente que tenían unos verdaderos monumentos como cuerpos. La más guapa, sin duda como ya me lo había parecido por la mañana, era Sara. Pero tanto Alicia como Raquel eran más atractivas de lo que en un principio me habían parecido.

Raquel era la más habladora, siempre riendo y siempre armando bulla y comprometiendo a su hermana, que se comportaba de un modo mucho más distante. Raquel fue la encargada de hacerme todas las preguntas que las otras dos guardaban, y así es como les dije mi edad y les conté que estaba recién divorciado.

Alicia era un poco la compensación de las dos. Se veía que era una chica muy inteligente, pues hacía siempre los comentarios más mordaces y sagaces. En general me encontraba muy a gusto con ellas. Hasta conseguí, no sin esfuerzo, que Sara riera con algunas de mis ocurrencias. De nuevo, cuando terminamos lo que nos estábamos tomando, fue Sara la que se levantó para pedir más consumiciones. No lo dudé un instante y me dirigí tras ella para ayudarla. Así pude disfrutar del contoneo mágico de su culo caminando delante de mi.

- Hola otra vez, vengo a echarte una mano –le dije con una sonrisa cuando la alcancé en la barra del bar.

- Hombre, si te hubieses quedado en la mesa te ahorrarías el pago de la cerveza, que tú no eres de este hotel.

- No me importa pagar por una cerveza, la compañía bien lo merece –le respondí.

- O sea, que eres de los que no tienen duda si tienen que pagar por estar con una mujer –me dijo, como si yo fuera el culpable de alguna herida.

- No, no he dicho eso, ni jamás he pensado en ello. Me he explicado mal –dije a modo de disculpa.

- No, no te preocupes, la culpa es mía, no tuya. Supongo que no todos los tíos sois iguales –me dijo.

- No, no todos somos iguales. Vosotras tampoco lo sois. Pero, ¿te ha pasado algo? No tienes que responderme, me meto en lo que no me importa –traté de disculparme de nuevo.

- Sabes que me voy a casar. Ya se encargó mi hermanita de gritarlo a los cuatro vientos esta mañana –asentí con la cabeza-. Mi novio y yo mantenemos nuestra relación desde hace 10 años. Somos, aparentemente, una pareja perfecta… pero no es oro todo lo que reluce. A él le gusta, de vez en cuanto, pagar por tener sexo. Y yo, que debo de ser gilipollas, lo consiento, lo acepto.

- Perdóname, pero no lo aceptas. Lo consentirás, no te digo que no, pero no lo aceptas. Si lo aceptaras no lo dirías con esa carga de dolor con que lo haces.

- Tienes razón –me dijo Sara, casi con lágrimas en los ojos.

- Joder, perdona. Olvida el tema. Has venido a divertirte, a pasarlo bien con tu hermana y con tu amiga. No recuerdes lo que no merece la pena y te hace daño –le dije.

- Sí, ellas me han organizado este viaje para que disfrute, según mi hermana para que me folle a todo bicho viviente y tener algo que restregarle por la cara al mamón de mi novio.

- ¿Puedo hacerte otra pregunta?

- Sí, claro.

- ¿Por qué te casas con él si no te gusta cómo es?

- Nuestras familias tienen demasiados negocios en común, demasiado que perder si nuestro matrimonio no se formaliza, sobre todo mi familia. Si las cosas fueran de otra manera, desde luego que no me casaría, pero no puedo elegir.

- Pues, si la situación es tan complicada que no te permite elegir otro camino, al menos haz que el camino que te imponen, sea el más beneficioso para ti.

- Hablas muy bien –me dijo sonriendo por primera vez.

- Eso dice mi amigo David, el que debería estar aquí y no está porque su jefe no le ha dejado venir.

- Aún así decidiste venir solo –me dijo Sara, sonriendo abiertamente.

- Más bien ha sido él quién me ha convencido de que debía aprovechar el viaje, relajarme, olvidar los últimos meses de mi vida, e intentar disfrutar de la isla y de sus encantos.

- ¿Y le estás haciendo caso?

- David es un tío muy listo. Procuro hacerle caso siempre que puedo.

- ¿Has podido admirar ya algún encanto en la isla?

- Estoy ante uno –le dije, a la vez que la miré a sus preciosos ojos oscuros y percibí como se ruborizaba.

- Si vas a resultar un Don Juan –me respondió Sara.

- Para nada, pero si veo una mujer guapa, inteligente y dulce, ¿por qué no decirlo? –dije, mientras el barman nos puso las cuatro consumiciones que Sara había pedido.

- Gracias por hacerme sonreír, me hacía mucha falta hacerlo. Eso y otras cosas también me hacen falta, como dice la loca de mi hermana.

- Hacerte sonreír no ha sido nada difícil, ha sido un placer ver cómo lo haces. De las otras cosas que dices que te hacen falta…, sólo tú puedes decidir cuándo y con quién te resarces.

- ¿Puedo preguntarte yo a ti algo? –me dijo, con cierta timidez.

- Claro, después de lo que llevamos hablado.

- ¿Qué te parece si les dejamos a estas dos tomándose esto, mientras tú y yo subimos a la habitación y… sigues haciéndome sonreír?

Evidentemente, la respuesta fue afirmativa. Tomamos los vasos y los dejamos sobre la mesa. No dijimos nada. Sara me cogió de una mano y nos fuimos de allí ante la mirada atónita de su hermana y de su amiga. Cruzamos el hall como si nos persiguiera una manada de búfalos. Ya en el ascensor, camino de la quinta planta, comenzamos a besarnos. Primero de una forma suave, casi con timidez. Sus labios y los míos comenzaron a conocerse, rozándose y acariciándose poco a poco, con sutileza, mientras nuestras manos se posaron en la cintura del otro. Pronto comenzó a subir el ascensor, y con él nuestra temperatura corporal. El beso se hizo más pasional, más intenso, las lenguas cobraron protagonismo y las manos iniciaron la exploración de nuestros cuerpos.

Una voz pregrabada anunció que habíamos llegado a la quinta planta. Salimos del pequeño habitáculo y recorrimos parte de un pasillo hasta llegar a la habitación 5032. Sara abrió la puerta, que cerré de una patada, mientras volvía engancharme a sus labios y a su cuerpo. Ya no habría más interrupciones. El pareo cayó al suelo en cuestión de segundos, mientras sus manos hicieron lo necesario para que mi polo desapareciera de la vista. Su bikini, de color blanco, realzaba el bello moreno de su piel y de su pelo. Sus ojos casi negros eran de una profundidad mareante.

Sin dejar de besarnos nos fuimos conduciendo hasta el borde de la cama, dónde hice que se sentara, a la vez que me arrodillé entre sus torneadas y esculturales piernas. Las acaricié suavemente con mis manos, subiendo despacio desde los tobillos hasta la parte interna de los muslos, hasta casi llegar a rozar su sexo. Sus manos se enredaron en el pelo de mi cabeza, entre suspiros de deseo y pasión.

Volví a acariciar de nuevo sus piernas, sus muslos. Su piel era suave, cálida y tersa. Mis dedos casi llegaron a rozar de nuevo su sexo, rodeándolo por ambos lados, sin llegar a tocarlo, provocando que su deseo no dejara de incrementarse.

A continuación fueron mi lengua y mis labios los que rodaron por su piel, subiendo por cada una de sus piernas, una tras otras, hasta llevar de nuevo el deseo a su punto más álgido. No podía dejar de besar y lamer su piel, de sentir sus manos sujetando con fuerza mi cabeza. Su respiración comenzó a hacerse más entrecortada, casi jadeante.

Tras varios minutos así, aparté con habilidad la parte del bikini que le cubría el sexo a la vez que mi lengua lanzó un largo y profundo lametazo que comenzó en la parte más baja de su rajita y terminó en su ya hinchado y duro clítoris.

Al sentir mi lengua acariciando su sexo, Sara dejó caer su cuerpo por completo sobre la cama, abandonándose a sentir todo el placer que su cuerpo le permitiera.

Su sexo ya estaba bastante mojado por los preliminares, su sabor, entre ácido y dulce, acabó por embriagar mis sentidos, comenzando a estimularla con todas mis ganas, toda mi energía. Mi lengua se abría paso entre los labios de su coño, lamiendo y saboreando sus fluidos, antes de que mis labios mordieran y presionaran sobre su clítoris, cada vez más hinchado, caliente y duro.

La respiración de Sara se hizo mucho más intensa, apenas gemía como una pequeña gatita, pero la forma en la que se contoneaba, en la que sus manos presionaban mi cabeza contra su coño, y en la que cerraba sus piernas sobre mi, eran la mejor prueba de que estaba disfrutando. Y lo hacía mucho.

Después de unos minutos así, le quité la parte baja del bikini del todo, momento que Sara aprovechó para quitarse la parte superior y acomodarse en la cama, echándose por completo en ella. En vez de volver a comerla el coño, pasé primero por su boca, quería compartir con ella el sabor de su sexo. Mientras devorábamos nuestras bocas, sus manos se encargaron de desabrocharme el pantalón y tirar de él cuanto pudo para librar su presión sobre mi polla. Le ayudé a hacerlo, y pronto quedé completamente desnudo. Los dos estábamos completamente desnudos echados el uno sobre el otro sobre la cama. Sus manos acariciando y masajeando mi polla y mis huevos, cada vez más duros y excitados, mientras mis dedos comprobaban la inmensa humedad que rezumaba de su coño, caliente y suave.

Tras un rato en el que ambos nos masturbamos mutuamente, sin dejar de besarnos, Sara me pidió que hiciera con ella lo que más me gustase hacer con mi exmujer y que ésta apenas me dejase hacer. Dos ideas vinieron como un rayo hasta mi cabeza.

Sin decirle nada con palabras, le indiqué se colocara encima de mi, de tal forma que su boca quedara a la altura de mi polla, y su coño a la altura de mi boca. Hacía años que no hacía un 69, y me moría de ganas de hacerlo.

Sara no se lo pensó ni un segundo, y casi instantáneamente sentí su suave y húmeda lengua acariciando mi polla, desde su base hasta la punta, a la vez que sus manos suaves acariciaban y sopesaban mis huevos.

Mi respuesta también fue inmediata: mis manos se agarraron con firmeza a sus preciosas nalgas y mi lengua penetró en el orificio de su coño, todo lo adentro que pude, llenándose con nuevos fluidos, más abundantes y sabrosos que los anteriores.

Apenas un minuto después, mi verga fue engullida por completo por aquella maravillosa boca, que se deslizaba sobre ella de un modo que me estaba haciendo sentir un placer casi olvidado. A la vez, mi lengua continuaba en un constante peregrinar entre su coño y su clítoris, a la vez que mis manos le propinaron un par de sonoros palmetazos en cada una de sus nalgas.

Por fin Sara comenzó a gemir de forma sonora y evidente, lo que hizo que me calentara aún más de lo que ya estaba. Mi polla apenas le cabía en la boca, pues alcanzó un tamaño y una dureza increíbles. Mis huevos estaban prácticamente llenos de leche, y mi mano derecha, se abrió paso entre los labios de su coño, penetrándoselo con dos de ellos, mientras mis labios y mi lengua no dejaban ni un solo instante de mordisquear, lamer, succionar y presionar su hinchado clítoris.

De nuevo le propiné un palmetazo con la mano libre. Sara respondió succionando mi polla con más fuerza, tras gemir como una verdadera perra en celo. Mis dedos se follaban su coño cada vez con más fuerza e intensidad, hasta que un tremendo orgasmo recorrió todo su cuerpo, erizando poro de su piel, haciéndola convulsionar y gemir con fuerza y rabia, a la vez que succionaba mi polla con más velocidad e intensidad. Continué masturbando su coño y lamiéndola el clítoris un poco más de tiempo, el necesario para que depositara en mi boca y en mis dedos todo el néctar que su cuerpo pudo producir.

La velocidad de su boca mamándome la polla se hizo endiabladamente rápida, hasta que, loco de placer, terminé por correrme con tres potentes explosiones de semen que fueron a estrellarse en su boca y garganta, a la vez que de mi garganta brotó un gemido gutural, casi animal, de placer.

Tras correrme de aquella forma tan brutal, continuó lamiéndome la polla unos instantes más, recorriéndola por completo, dejándola reluciente y limpia.

Se echó de nuevo a mi lado, apoyando su cabeza sobre mi pecho, con la respiración de ambos aún entrecortada y el pulso acelerado. Los dos habíamos tenido un orgasmo digno de ser recordado durante mucho tiempo.

Pasados unos minutos, y cuando pensé que lo mejor sería ir recomponiéndonos y darnos una ducha, sentí que la mano de Sara comenzó a tantear de nuevo mi polla, a la cual le costó poco revivir de su letargo.

- Además del 69 ¿tienes alguna otra cuenta pendiente con tu mujer? –me preguntó casi rozándome los labios con los suyos.

- Siempre hay cuentas pendientes –le dije sin alejar mi boca ni un milímetro de la suya.

- ¿Y querrás cobrarte esa cuenta conmigo?

- Será un verdadero placer hacerlo.

Me incorporé en la cama, colocándome de rodillas sobre ella. Besé de nuevo su boca, con tanta pasión como un rato antes hicimos. Sus labios sabían a mi, a mi polla y mi semen. Eso hizo que me activara aún más de lo que ya estaba. Hice que se diera la vuelta, dándome la espalda, la cual comencé a besar y acariciar, comenzando por la nuca y descendiendo despacio por todo su cuerpo, dibujando una línea de besos suaves y repetitivos sobre su columna vertebral, hasta llegar al final de su espalda. Retrasé un poco mi posición, apoyando mis manos en sus dos preciosas y suaves nalgas, a la vez que las abrí lo suficiente para dejar ante mis ojos la tentadora visión del orificio de su ano. Y hasta él dirigí mi boca. Mi lengua lo acarició despacio, muy suavemente, subiendo y bajando por el escaso trecho que separa su coño de su ano, trasladando parte de los nuevos fluidos que de su coño comenzaron a emerger, hasta la entrada de su culo.

Una vez que lo tuvo mojado por mi saliva y sus propios fluidos, fueron mis dedos los que pasaron a la acción. Primero con el dedo índice, suavemente, dibujando pequeños círculos en la entrada de su ano. Poco a poco presionando un poquito más, hasta que comenzó a penetrar en su escondido y oscuro agujero. Una vez dentro lo dejé reposar unos segundos, para que su cuerpo se adaptara a su presencia. Sara no hizo ni un solo gesto de rechazo, ni una muestra de dolor o de no gustarle la idea.

A continuación extraje el dedo índice y comencé de nuevo a hacer lo mismo con dos dedos a la vez: índice y anular. El ano ya estaba bastante dilatado y húmedo, por lo que no costó mucho tiempo conseguir que ambos ocuparan el interior de su cálido y suave culo. En ese momento Sara si emitió un sonido, pero fue de placer, y estiró a la vez uno de sus brazos hasta alcanzar mi polla, a la que se dedicó a acariciar y estimular, hasta acabar de ponerla de nuevo en situación de combate.

Tras un par de minutos en los que mis dedos jugaron en el interior de su culo, moviéndose en círculos cada vez más amplios, y entrando y saliendo de su cuerpo, cada vez con más facilidad, decidí que había llegado el momento. Pero quería ver su cara cuando sintiera mi polla dentro de su culo, así que volví a hacer que se diera la vuelta y que, doblando sus piernas por las rodillas y sujetándolas sobre su pecho con sus manos, me pudiera ofrecer el agujero de su culo frente a mi polla.

Me acerqué a ella de rodilla, con la polla muy dura y caliente dirigida por mi mano derecha, hasta la entrada de su coño y culo. Deslicé la punta de mi polla por la rajita de su coño, llenándome la polla con sus fluidos, haciéndola estremecer de nuevo de placer y deseo.

A continuación la coloqué en la entrada de su ano y, sujetándome con una mano a su hombre y con la otra ayudando a mi propia polla, la fui ensartando en su maravilloso y cálido culo.

Al principio costó un poco, pues mi polla erecta como estaba, era bastante más gruesa que dos de mis dedos, pero pronto logré que el capullo entrara dentro, dejando de empujar durante unos instantes para que su ano se acostumbrara de nuevo a otro objeto extraño dentro de él. Aproveché para besar su boca, para lamer sus labios y rodear su lengua con la mía.

Fue Sara la que hizo un movimiento con su pelvis pidiéndome que la follara. Y así lo hice. Comencé a follarla el culo. A meter mi polla hasta el fondo de su cuerpo, sintiéndome engullir por las paredes cálidas y suaves de su ano, que envolvía mi polla a la vez que se dilataba poco a poco con mi presencia.

Pronto estuvimos los dos gimiendo de nuevo. Pronto mis huevos se fueron llenando de nueva leche, deseosa de abandonar mi cuerpo en un estallido de placer.

Nos besamos cuánto pudimos. De su coño no dejaba de fluir su néctar que llega, resbalando por su piel, a mojar mi polla y la sábana de la cama.

Pronto entré en una espiral de placer y embestidas. Cada vez más profundas, más rápidas y contundentes. No podíamos parar de follar, no parábamos de gemir, de sentirnos y de apretarnos el uno contra el otro.

Mi descarga llegó. Mis huevos no pudieron aguantar más y, mientras Sara abrazó mi espalda con fuerza, gimiendo como nunca antes lo había hecho, mi polla descargó toda la leche que habían acumulado mis huevos, en el interior de su ano. Casi de forma simultánea Sara también se corrió. Gimió, jadeó, se agarró con fuerza a mi culo y a mi cabeza, haciéndome empujar aún más, un poco más, mientras de su coño brotaban sin cesar fluidos viscosos y dulzones que, mezclados con mi semen, hicieron que la habitación adquiriera un aroma inconfundible a sexo, sudor y placer.

Tras aquella tremenda follada nos duchamos, nos vestimos (ahora Sara se puso ropa en lugar del bikini), y bajamos a la piscina. Allí nos recibieron Alicia y Raquel, con una sonrisa. Raquel, de nuevo Raquel, dio en la clave:

- Chicos, parece que bajáis del mismísimo cielo.