Xtories

En la penumbra de un aula

Las persianas están echadas y el aula está en silencio. Él tiene la llave; ella, el deseo. En la penumbra de mediodía, las reglas de la clase se desmoronan para dar paso a un frenesí que nadie más escuchará.

DominusBleatus19K vistas8.8· 8 votos

Imaginad por un momento la escena.

La clase esta en silencio. Hace media ahora que se fueron todos y no queda nadie. Tengo la llave y, por fin, un sitio despejado. Vale, es un aula con quince mesas dobles, la mesa del profesor al fondo y un par de pizarras. Las persianas están echadas así que está en penumbras, unas penumbras de mediodía que serán nuestras cómplices.

Ahí, en una de las mesas, pasará. Bueno, más bien en tres de ellas. Dentro de unos minutos, cuando entremos y se cierre la puerta, durante algo más de media hora, todo se llenará de gemidos, susurros y sonidos relacionados con el sexo de un primer encuentro de alto voltaje.

Mientras llegamos, os pongo rápidamente en antecedentes, los justos.

Doy clases para adultos de…, bueno, la materia es lo de menos ahora mismo. La cuestión es que ella se fijó en mí al poco de arrancar el curso. En breve tenía mi teléfono móvil y de vez en cuando intercambiábamos algo o me pedía material de clase. Tonto yo, que no cazo una indirecta aunque la escriban en un cañón y me apunten con ella.

Poco a poco me empiezo a fijar, hasta que en una comida con varios alumnos, tras las clases, aprovechando que varios se han ido a fumar o al baño me lo espeta:

―La verdad es que me interesas…

Una sola frase que detona toda una cascada de circunstancias.

Conversaciones subsiguientes aparte, en las que yo le digo a ella que también ha llamado mi atención, tonteamos esa misma tarde en un bar con varios gin tonics mediante.

Os la puedo describir, por supuesto: a mis cuarenta años le saco diez de ventaja; es latina, metro cincuenta y poco, rasgos marcados, labios de ensueño, ojos llameantes y profundos, un escote de infarto, bien generoso, que gusta de lucir con una casi permanente ausencia de sujetadores, una bonita figura contoneante, piensas bien torneadas y un carácter explosivo e impaciente, tanto como interesante de personalidad y conversación. Hay entre los dos una conexión electrizante. Lleva, además, el cabello teñido de un potente rojo intenso. Ahí tenéis un cóctel que podéis llamar "nitroglicerina adictiva".

Pasan un par de semanas de alto voltaje, donde las insinuaciones deja. Paso las fotos por móvil, a los besos robados en esquinas en penumbra con el corazón a tope por si nos pillan. Nos deja paso a confesiones del uno al otro. ¿Sabéis una de las cosas que más le ponen? Qué esté casado.

―Cada vez que veo cómo brilla tu anillo en tu dedo, cuando mueves las manos explicando algo, bfff… me pongo malísima…

Pasamos del "tengo problemas normalmente para mojarme así como así" a los mensajes durante las clases de "estoy empapada".

Así que la excusa acaba apareciendo.

Ahora en esa clase en penumbras podéis escuchar cómo se abre la puerta y aparecemos los dos. Cierro la puerta. Ese día no tengo la llave, y hay un profesor que en una hora dará clases al turno de tarde. Para el momento en que entre ya no estaremos pero el aula olerá a sexo.

Ella viste un vestido rojo. Entró esa mañana con cara de pesar. Habíamos decidido que sería ese día y con el vestido venía a decirme que acababa de poner con la regla.

Eso será una dificultad para otros, no para mí. Y menos tras dos semanas de prolegómenos, de confesiones de esquina como "tengo la boca pequeña pero una buena garganta" o "🤤 así quiero quedar"; "me gustas mucho"; "piensa en mí esta noche cuantmdo te folles a tu mujer"; "hacía mucho que no me masturbaba y no paro de hacerlo pensando en ti, incluso follándome a mi novia". ¿Os he dicho que es lesbiana? Bueno, bisexual sáfica, en realidad.

Imaginad ahora la situación. Las hormonas a mil por hora, y el chasquido de la puerta al cerrarse es como el pistoletazo de salida. En cuánto he cerrado, con cuidado, ella prácticamente salta y se encarama sobre metro ochenta. No nos abrazamos, ni nos acariciamos: colisionamos, cuerpo contra cuerpo, en un frenesí. Conseguimos llegar hasta la mitad del aula y allí se coloca sobre una mesa y nos perdemos el uno en el otro.

Por fin puedo tocar toda su turgencia. Sus pechos generosos, con una gran areola tostada y piercings en los pezones caen en mi boca mientras el sabor de su lengua aún palpita en la mía. Gime, dice algo pero no lo escucho. Tengo una erección de caballo, llevo con esa erección prácticamente dos semanas y no follándome a mujer varias veces see pasaban las ganas de que fuera la alumna quién estuviera entre mis manos y alrededor de mi carne.

Me encantan sus tetas, el sabor de su piel suave, su risa, su olor…

―Espera… Quiero chupátela…

Se pone de pie y me empuja hasta la.mesa del profesor. Sé, algo me lo dice, que se ha imaginado esa escena bastantes veces, algunas, incluso durante las clases.

Me quita el cinturón. Mi polla va a estallar. Tiene las tetas al aire y el pezón ornado, duro. Se pone de rodillas, tira del pantalón y los calzoncillos y me la saca.

―Aaaah…

Aprieta mi polla en su mano, gratamente sorprendida (punto para mi ego, la verdad) y mirándome, se echa saliva en la mano, la masturba dos veces y se la calza en la boca.

Da dos rápidas y potentes chupadas, gimiendo mientras lo hace, cosa que me enloquece al sentir toda la vibración de su gemido en la polla, y entonces, por primera vez eni vida, alguien se mete toda mi polla hasta la garganta. Veo como se cierne sobre ella, como abre más la boca y mueve ligeramente la cabeza para ancajársela hasta el fondo durante unos deliciosos y agónicos segundos. Despacio, apretando los labios, la saca, empapada. La espesa saliva queda en sus labios y la recoge con la mano para lubricarme la polla entera, la vuelve a masturbar con sus pequeñas manos un par de veces y se cierne sobre mis huevos. Largos lametones, un par de chupadas sin dejar de masturbarme con fuerza, y vuelve a chupar con ansia. Lo hace varias veces, como, en sus propias palabras, si disfrutará del mejor helado del mundo.

―Un helado de vos ―me diría más tarde.

Los sonidos de su succión llenan en aula vacía.

Entonces recuerdo nuestras conversaciones. Tengo un punto muy dominante que saco enseguida a jugar.

Le atrapo las dos manos con una mía, por las muñecas. Y le atrapo la boca por la barbilla.

―Ahors, voy a follarte la boca.

Ella da un largo gemido, totalmente excitada. Lo hago. Tomo el control y empiezo a irrumarle la boca. Ahora es mía, para usarla. Se lo digo. Tiene los brazos en alto sujetados por mi mano y se escucha el sonido de su saliva, su boca y su garganta tomadas por mi polla, que se cuela en su interior varias veces a mi ritmo. Me mira y leo el vicio en sus ojos igual que la lo lee en los míos, mientras siento un placer bestial y atávico.

Me separo un poco, la suelto y ella vuelve a masturbarme, recogiendo el hilo de densa saliva y empapando de nuevo toda mi polla.

―Quiero follarte ―le digo.

Se saca mi polla de la boca, le da una lamida a todo el glande y me mira.

―Pero estoy…

―No soy delicado…

No he acabado de decirlo cuando ya se ha puesto en pie y se ha bajado las bragas, que queda tiradas en el suelo.

Además, acaba de empezar con la regla, aún no está el asunto todo lo gore que podría ponerse. Se ha sentado en la mesa lateral, la pegada a la del profesor, y abre bien las piernas.

La visión me enloquece. Las manos atrás, los pechos erguidos con el pezón adornado apuntándome, las piernas entreabiertas en la penumbra.

―Enséñamelo ―casi demando.

Ella, obediente, se lleva las manos al coñito y separa los labios. No lo lleva totalmente depilado pero sí con el vello muy corto. Me acerco con la polla empapada en su saliva palpitante y en ristre. La pongo en su entrada. Acaricio el clítoris a modo de saludo y ella gime.

―Fóllame, fóllame, fóllame ―pide en un enfebrecido hilo de voz―. Entera, dámela entera…

―Mírame ―le pido.

Lo hace. Se la encajo entera de un solo movimiento.

Se lleva la cabeza atrás. Por un momento creo que va a aullar. Tiene el coño tremendamente prieto.

―Diiii… ossss… espera… ¡Me duele!

Me quedo quieto por un segundo.

―Espera, me salgo ―le digo.

No iba a ser fácil. Su coño se aferraba a mi polla con total posesividad.

―¡No! ¡Me gusta!

Y en los siguientes minutos solo se escucha el sonido de mi cuerpo entrando en el suyo casi con desesperación. Mis manos en sus caderas y mi polla abriéndose paso en esa carne lubrificada y apretada.

Ella gime, sigue llamando a su dios mientras yo entro con frenesí en su interior.

Cambiamos de postura, y de mesa. La alzo y la coloco en la mesa de detrás, la fila justo de en medio. Ella se tumba y sigo follándola con ahínco, disfrutando de su carne prieta. Maldice un par de veces.

―Para… ―me pide.

Me salgo de su interior chorreante.

Va al otro lado de la mesa del profesor, desde donde se puede ver toda el aula, se acoda en la mesa y se me ofrece, dándome la espalda.

―Fóllame así…

Mi polla por un momento se queda entre sus nalgas, se tensa, me masturbo un par de veces ahí y se la vuelvo a encajar de una vez.

―Aaaaah, fuck… aaaaah, dios, dios…me corro…

Cinco minutos más de sentir su coño palpitando en mi polla, de mis manos conteniendo sus gemidos cada vez más altos, tapándole la boca, y se lo digo:

―Me voy a correr…

Ya habíamos hablado, enfebrecidos, antes. Yo estoy vasectomizado y ella tiene las trompas.

ligadas. A sus treinta y pocos años no ha dejado nada al azar.

―¿Lo quieres dentro?

Solo de decirlo le viene otro orgasmo.

―Sí, ah, jueputa, ¡síiiiii!

Su carne no para de estemecerse y palpitar, yo he engarfiado mis manos en sus caderas y me estrelló contra sus nalgas cada vez con más fuerza hasta que siento que me viene.

Es un orgasmo tan profundo que empieza en mi columna. Siento cómo se mueven los líquidos en mi interior casi con ansia por salir, y me derramo a chorros en su interior, gimiendo a la par que ella que siente también cómo la lleno con delirio.

Recoger de nuevo, airear la clase, coger las bragas del suelo, besarnos, limpiarnos un poco "discretamente" en el aseo…

Me mira y me vuelve a besar.

―Fóllame, fóllame, fóllame ―me dice entre beso y beso.

―Si no fueran a dar clase en diez minutos, créeme ―le pongo su mano en mi entrepierna,de nuevo, abultada cual adolescente―, lo volvería a hacer.

Ella gime de frustración, borracha de sexo.

Nos vamos del lugar, dejando de nuevo el aula en penumbras, en un soleado mediodía de primavera, algo fresco.

Nos confesamos de camino a un bar.

―Es la mejor mamada en mucho tiempo.

―Dios, tienes una polla perfecta. Es gruesa, me encanta… te la quiero chupar otra vez…

―Hostia, y yo quiero que lo hagas…

―Tu semen chorrea por mi pierna…

―Si quieres volver al…

―No… me gusta. Me excita que sea así… Me gustás, ¿me oís?

Volverá a pasar. Al menos, durante un tiempo, el sexo más salvaje y realizador que he tenido en mucho tiempo.