Xtories

Logró convencerme, y también me folló su hermano

Gregorio le pidió que lo 'curara' con su cuerpo, pero la excusa médica era solo el pretexto para despertar una lujuria dormida. Ahora, con el sabor de uvas y tierra en la boca, Ana descubre que su matrimonio y su integridad están a punto de ser devorados por un deseo que ya no puede controlar.

Mondieu110434K vistas9.0· 18 votos

Este relato con el título de “El viñedo de Don Gregorio (Parte II)”, integra el libro de relatos titulado “Historia de Ana. Doctora y algo más”, que se encuentra en Amazon.

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Ahora vamos al relato:

El hospital volvió a su rutina. Gregorio había sido dado de alta.

Dos semanas más tarde, al ingresar, la recepcionista, me explica que el paciente Gregorio, que había sido operado allí, llamó pidiendo que la doctora Ana fuera a verlo. Problema en una de sus heridas.

Tuve un cosquilleo al recordar los momentos con Gregorio en este hospital. Había disfrutado tanto como él, de la mamada que le hice. Volvió a mi boca aquel gustillo a uvas y tierra de su semen. Delicioso.

El pasado regresaba, no me soltaba. Si lo permitía, volvería a ser follada por cualquiera. Debía evitarlo.

—Dile a los muchachos del sector emergencias que vayan ellos.

—No es una emergencia, por ese motivo no irán.

—Vive en el campo, tendré que desviarme veinte kilómetros, y luego conducir otros diez, por camino rural, hasta llegar a su casa.

Intentaba que ella encontrara otra solución. En lo profundo de mi ser conocía el riesgo de ir. Volver a ser follada por alguien que no era mi esposo, y no poder negarme, porque lo disfrutaría.

—Ana eres la única que tiene su casa en el pueblo más cercano al campo donde vive. Estoy segura que si esto llega al director del Hospital, te lo pedirá, y no te podrás negar.

—Si no hay otra solución, lo haré al terminar mi turno. Le avisaré a mi esposo.

Esa tarde al llegar hasta la vivienda de Gregorio, me recibió, quien se presentó como su hermano menor, Fernando.

Era una hermosa casa de campo, muy cuidada, colocada en una colina, desde la cual bajaban hacia los lados, los viñedos, que se perdían a lo lejos. Si tenían tantos viñedos, deberían tener una bodega.

Ya dentro de la casa, Gregorio me daba dos besos, y apretaba mis brazos con aquellas enormes manos.

—Ana querida, mi niña. Gracias por venir hasta aquí.

— ¿Qué le ocurre Gregorio?

Esperó que su hermano se retirara, caminó hacia una zona del salón, indicó que me sentara en una butaca; mientras se sentaba en otra, frente a mí. Bajó la cabeza, buscando dentro de la misma la forma de contestar a mi pregunta.

—Tengo un problema, y eso causa un problema también a mi hermano menor, él tiene setenta años, dos menos que yo.

—En lo que yo pueda ayudar, lo escucho.

Vino a mi mente, su vigoroso miembro, acelerando mis pulsaciones. No sé qué ocurría con este hombre, era cuarenta y un años mayor que yo, aún así, todo su cuerpo irradiaba una energía sexual que me enardecía.

—Como te dije en el hospital, en forma regular tengo relaciones con una mujer del pueblo vecino, que viene hasta nuestra casa. Me desahoga, y luego también lo hace con mi hermano, o primero él, y luego yo. Y si ella lo desea con ambos a la vez. ¿Entiendes Ana?

Lo que estaba entendiendo era que una mujer follaba con ambos, y algunas veces con ambos a la vez. Lo que me decía era fascinante. Tratando de quitar mis pensamientos, que me llevaban nuevamente a su miembro, le dije:

—Al llamar al hospital dijiste que tenías un problema con tus heridas. ¿Qué relación tiene con lo que me cuentas?

—Bueno, pues que Micaela, así se llama, no quiere venir a follar. Tiene miedo que se abra la herida que tengo en el pene. Se sentirá culpable, y no vendrá hasta que le pruebe que no me ocurrirá nada.

— ¿Y qué quieres que haga?

—Ya le hemos dicho que eso no ocurrirá, y no lo cree. Por ese motivo quiero que metas mi miembro en tu vagina, como si folláramos, de esta forma podré decirle que ha venido otra mujer, que lo hemos hecho, y no se abrió la herida.

—Gregorio. ¿Me estás pidiendo que me deje meter tu miembro en mi vagina, y de esa forma probar que la herida está curada, y los puntos no se soltarán?

No daba crédito a lo que ocurría. Volvía a mi mente su poderoso pene. Lo había mamado, gozado con él, y luego soñado tenerlo dentro de mí. Podría ser maravilloso hacerlo realidad. Ideas que no debería tener, sin embargo, aquí estaban.

—Ana, no tengo otra persona a quien pedirle esto. Confío en ti. Eres mi médica, y la única que puede solucionar lo que nos ocurre. Al no venir Micaela, mi hermano está desesperado.

—Gregorio, estoy segura que la herida está sana, y nada ocurrirá si tienes relaciones con esa mujer. Miraré la herida, solo corroborará lo que estoy diciendo—. Deseaba verla.

—Vamos a mi dormitorio.

Gregorio se levantó, me tomó del brazo, y entramos a su dormitorio. Tenía una gran cama doble, supongo hecha a la medida de este hombre. Se desnudó y se acostó. Su polla estaba en descanso.

Fui hasta la cama, giré con una mano su hermoso miembro, mirando la herida. Estaba curada y sana. Se notaba el lugar donde habían estado los puntos, ya absorbidos, dejaban una línea más clara a todo lo largo. Mis pulsaciones aumentaban, y mis calores volvían.

Como era de imaginar, apenas la tuve en mi mano, empezó a crecer en tamaño, y endurecerse.

—Gregorio si quieres te hago una paja, o quizás te la vuelva a mamar, no puedo meter esa polla en mi coño. Es muy grande, no estoy preparada.

Simultáneamente pensaba que pedazo de miembro era aquel, y como se sentiría adentro. Era algo que quizás nunca me habían metido.

Gregorio se puso en pie, con su polla apuntándome mientras me decía:

—Ana querida, mi niña. Yo puedo prepararte para que recibas en tu coño mi polla. Lo necesitamos, mi hermano y yo; no podemos seguir viviendo así. Debemos probar que dentro de una vagina, mis heridas no volverán a abrirse.

Diciendo aquello, desprendía los botones de mi bata de médica. Recordé que debajo solo llevaba sostén y bragas. En esa forma vestíamos en verano dentro del hospital. Abrió la bata, arrimó su cuerpo, pasó sus manos a mi espalda, desprendió el sostén, y luego bajó despacio mis bragas, hasta que yo terminé de quitarlas.

No lograba impedir que lo hiciera. Aquel macho atraía; solo mirar su polla lograba mojarme, y estaba ocurriendo. Por mis fosas nasales ingresó el olor de su sexo, cálido, a uvas y tierra.

Recordé la frase que había dicho en el hospital, que ojalá fuera su tierra y clavarme su azada.

Me llevó hacia la cama, y me recostó en ella. Gregorio se arrodilló, levantó con sus enormes manos mis piernas, abriéndolas y metiendo su cabeza entre ellas. Sentí su aliento en mi vagina, luego su lengua pasando por los lados, metiéndose apenas, subiendo, hasta lamer mi clítoris.

—Estas mojada. Qué bien sabes, que rico sabor tienes.

—Agggg. Grego…. Gregorio.

Estaba lamiendo de arriba abajo mi coño, al llegar al clítoris, lo apretaba con sus labios, y chupaba. Volvía a repetir. Sentía las primeras contracciones. El orgasmo llegaba muy rápido, me iba a correr.

No logré hacerlo. Gregorio se retiró, volvió a acostarse boca arriba en la cama.

—Ven doctora, ya estas preparada. Móntame despacio. Prueba que mi polla puede entrar en un coño, y la piel de mi pene no se abrirá.

—Solo la meteré, comprobaré que la herida no se abre. No follaré contigo. Tengo un esposo al que amo.

Subí sobre él, abrí mis piernas, miré su polla, se encontraba en todo su esplendor, erecta, apuntando a mi coño. Descendí despacio hasta apoyar la cabeza en mi entrada. Abrí con mis manos los labios de mi vagina, y continué bajando. Entró la cabeza, sentí como se abría paso, sin dejar de rozar todo el interior. Lo ocupaba todo. Bajé un poco más, sentí la rugosidad, la dureza de su tronco. Esperé, me levanté sacándola apenas, y volví a bajar. Esta vez entró más.

—Por Dios. Es enorme, no sé si entrará.

—Despacio Ana, no hay apuro, aflójate.

Acariciaba mis tetas con sus enormes manos, apretaba los pezones, dolían, estaban a estallar. Mis pechos, redondos, firmes, no muy grandes; tamaño perfecto, según mi esposo; eran una de mis debilidades, si los apretaban me enardecía, me abandonaba, me dejaba hacer cualquier cosa.

—Apriétame fuerte las tetas. Estrújalas, que me gusta.

Gregorio lo hizo. Subí mis caderas, retirándome apenas de aquel hierro que tenía adentro, luego bajé sin detenerme hasta el final. No pude evitar gritar, y no lo hacía de dolor.

—¡Ahhh!. Entró toda, es enorme, me ocupa todo. Por Dios. Está toda adentro.

Contra mi deseo, poniendo toda mi fuerza de voluntad, levanté despacio mis caderas, retirándola. Su polla estaba casi fuera, miré su contorno, y la herida estaba perfecta, curada en su totalidad.

—Gregorio la herida está bien, pueden follar contigo, sin ningún problema.

—Gracias doctora, has cumplido. Si quieres, y si te gusta, continúa.

Estaba perdida. Ocurría de nuevo, me iban a follar, además de no saber negarme, gozaría; y nuevamente era otro hombre, no mi marido. No me controlaría, tenía la cabeza de la polla de Gregorio dentro, mis caderas levantadas. Deseaba enterrarla toda, y lo iba a hacer. Todo el pasado regresaba, me follarían todos los que quisieran.

Cerré los ojos. Me abandoné, bajé despacio, su miembro penetró hasta el fondo de mi coño. Comencé a subir y bajar mis caderas, cada vez que descendía me la metía más; una vez allí me movía adelante y atrás, refregando mi clítoris contra su pubis buscando correrme. Anhelaba correrme con esa polla, bien metida.

—Gregorio. Aggg, me voy a correr, me viene.

Continué agitándome con fuerza, refregaba mi coño fuerte, mi orgasmo venía, sería enorme.

—Me corro, me corrooooo. Si, Dios mío.

Me corría sin lograr detenerme, continuaba y continuaba. Era tan grande que mis contracciones no tenían espacio, se repetían una y otra vez, hasta el final.

Caí sobre su pecho con las palpitaciones al máximo. Intentaba aflojarme abandonada sobre su amplio tórax, mientras Gregorio acariciaba mi espalda, nalgas, y todo mi cuerpo.

—Tranquila Ana, aflójate. He metido mi polla dentro de un coño. Hemos comprobado que la herida está bien.

Me levanté desde su pecho, volví a estar sentada con su miembro clavándome. Reinicié las subidas y bajadas de mis caderas, metiendo y sacando despacio esa dura barra.

—Haré que te corras Gregorio, te follaré hasta que lo hagas; luego volveremos a mirar la herida. Continué despacio, logrando que este hombre sintiera como su polla entraba y salía de mí. Se abandonó, cerró los ojos, se dejó hacer. Sentía el calor regresando a todo mi cuerpo.

—Gregorio te voy a follar bien follado, y no quedarán dudas. Tu polla puede entrar toda en mi coño, y me gusta. Me gusta mucho.

Comenzó a apretarme las tetas, había intuido que me deleitaba, y lo hacía con aquellas manazas enormes. Yo deliraba de gusto.

—Gregorio, dime si te vas a correr; quiero volver a hacerlo, junto contigo.

Aceleraba mis subidas y bajadas, y al caer sobre su polla, lo hacía fuerte. Me dolían las piernas, no me detendría, continuaría hasta vaciarlo.

—Ana. Me voy a correr. ¿Puedo hacerlo adentro tuyo?

—Siii. Te estás corriendo, siento tu semen caliente. Me gusta, me gusta.

Continué elevándome y bajando. Subí todo lo que pude sin sacarla del todo, luego bajé de golpe hasta que golpeó, allá, en el fondo de mi vagina, sentí las contracciones, me refregué despacio contra su pubis, y me corrí nuevamente.

—Gregorio, me estoy corriendo otra vez. De nuevo, ahora.

El semen de Gregorio bajaba por mi coño, y se desparramaba afuera. El olor de su semen, a tierra y uvas, ascendía, y lo abarcaba todo. Inspiré profundo pretendiendo guardarlo conmigo.

Me acosté boca abajo a su lado. Ambos sonreíamos satisfechos. Recordé que debía revisar su herida. Lo haría luego, estaba cansada, necesitaba relajar mi cuerpo.

Se levantó, volvió con una toalla húmeda, la pasó por mis piernas, y por mis nalgas; abrió mis piernas, la pasó por mi culo, y finalmente limpió la vagina con mucho cuidado.

Luego se acostó a mi lado, e inició unas caricias en mi espalda y nalgas. Me calmaban, y gustaban. Tenía manos enormes, sin embargo, su roce era delicado.

—Ana la herida está bien, nada le ha ocurrido, a pesar de lo fuerte que lo has hecho. Tengo que pedirte un favor más.

—Lo que quieras Gregorio.

Continuaba acariciándome, me gustaba, me dejaba hacer, sobre todo al acariciar mis nalgas, y luego todo mi culo.

—Mi hermano, como te dije antes, hace tiempo que no folla, y como Micaela no viene por mi culpa, él siente, que ella venía solo por mí, y no por él. Está muy decaído, encerrado en su dormitorio, no sale a trabajar en el campo, parece muerto en vida. Yo quisiera que tú dejaras que te follara. De esa forma, volvería a sentirse hombre, volvería a su normalidad, se sentiría animado nuevamente.

Gregorio me había follado, y me estaba pidiendo que me dejara hacerlo por su hermano, que tenía sus buenos setenta años, y necesitaba tener relaciones sexuales, y así volver a vivir plenamente. Como doctora tenía la obligación de curar enfermos; aunque esta situación era rara, muy rara.

Entendía, y al mismo tiempo, no comprendía que estaba ocurriendo, era increíble lo que me pedía. Y más increíble era lo que estaba pasando por mi cabeza. Pensaba que podía ayudarlo si me follaba. Estaba quedando loca. ¿Realmente estaba pensando en esa posibilidad?

Gregorio continuaba con sus caricias. Y yo allí acostada boca abajo, mirándolo; sintiendo sus caricias en mis nalgas, entrando por ellas hasta mi culo, y mi coño. Me excitaban y calentaban.

Pasaba su enorme mano por toda la raja de mi culo, hasta el coño, sus dedos por fuera, lo abría, recorría su parte externa hasta el clítoris, lo acariciaba, regresaba, con los jugos de mi vagina, mojaba mi ano, luego metía en él, su dedo mayor.

Otra vez estaba caliente, casi ardía de deseo, sus manos me moldeaban con si estuviera en un asador. Trataba de mantener mi silencio. No lo lograría, el calor subía por mi garganta, me obligaba a expulsarlo; comencé a gemir de goce. Nuevamente mi cuerpo estaba preparado y dispuesto.

Me encontraba casi convencida que debía ayudar al hermano de este hombre, que momentos antes me había hecho disfrutar, de una forma extraordinaria. Si recordaba su polla dentro de mí, mientras con sus manos, palpaba todo mi cuerpo, más me excitaba, más gemía, más cerca estaba, de que volvieran a follarme.

—Si no lo aceptas, no insistiré. Solo quiero ayudarlo a vivir. Necesita follar, ambos lo necesitábamos. Si él no lo hace, me sentiré egoísta, y en falta con mi hermano.

Estaba entregada, no podía negarme, me follarían de nuevo.

— ¿Dónde aggg….., lo haríamos?— Logré preguntar, entre mis gemidos.

—Donde tú quieras. En su dormitorio, o aquí en esta misma cama. Tú decides.

—Aquí Gregorio. Te necesito a mi lado. No conozco a tu hermano, no sé cómo me tratará.

—Ana querida. Fernando es una delicia de persona, será amable, y será rápido. Tiene muchas ganas.

— ¿Puedo quedarme en esta posición? Me da vergüenza mirarlo.

—Lo que tú desees. ¡Fernando! Ven por favor—, gritó Gregorio. Continuó con sus caricias; empezaban en la espalda, iban hasta mis nalgas, mi culo, y continuaban hasta acariciar el coño. Volvían los calores, las pulsaciones, no podía contenerme, gemía, movía mis caderas y mi pelvis, refregando mi clítoris contra aquellas gruesas sábanas, buscando mi orgasmo. Todo mi cuerpo se ofrecía a ser profanado por quien lo deseara.

Oí abrirse una puerta a mi espalda. Estaba desnuda y expuesta. Giré mi cara hacia Gregorio; no me atrevía a mirar quien estaba al otro lado. Sentí como se quitaba sus ropas. Ingresó un olor agradable, otra vez similar a uvas; a la vez que se trepaba a la cama, y habló por primera vez.

—Gregorio, dile que abra las piernas.

Se dirigió a su hermano, como si mi cuerpo fuera propiedad de Gregorio. Me agradó ese detalle. Poseía una voz ronca, pausada. Si estaba excitado, lograba parecer lo suficientemente tranquilo, y no inquietarme. Sin esperar abrí mis piernas. Estaba ansiosa, y deseosa, esperando lo que iba a ocurrir.

—Tranquila Ana, lo estás ayudando a vivir. Lo necesita, será rápido.

Gregorio había llevado sus caricias a mi rostro. Estaba asustada, desnuda, boca abajo, con las piernas abiertas, entregada. Esperando que un hombre al cual había visto sólo dos minutos al entrar en su casa, me penetrara. El pasado había regresado.

Ocurrió, sentí otra polla, no mucho menor que la de Gregorio entrando en mí. Despacio, sin detenerse, continuó hasta llegar al final. El cuerpo de aquel hombre, que no me animaba a mirar, se apoyaba en todo mi culo, tratando de entrar más aún.

—Gregorio—. Busqué su mano. Cuando la tuve entre la mía, la apreté fuerte. —No te vayas, no me sueltes. Agggg….

Mantenía su fuerte mano enlazada con la mía. Con la otra quitaba el pelo de mi cara, y acariciaba mi rostro.

—No me iré, me quedaré aquí. Ahora cierra tus ojos, relájate, abandónate y deja que te folle. De nuevo, si te gusta, disfruta.

—Me está follando, y apenas lo conozco, tengo vergüenza, y me gusta, todo a la vez.

Fernando follaba muy bien. Este hombre sabía hacerlo, intentaba excitarme a propósito, la sacaba despacio, y al volver a meterla, lo hacía fuerte, o despacio nuevamente. Me desesperaba, deseándola. No aguanté más, y al retirarla una vez más, instintivamente levanté mis caderas, y mi culo, buscando su polla, procurando que no saliera dentro de mí.

Fernando se dio cuenta, y por primera vez apoyó sus manos en mis caderas, tomó mis nalgas, las abrió, consiguiendo que su polla entrara más aún, y me la clavó de golpe, fuerte.

Comencé a gritar, gozaba otra vez. Además aquella posición, era en la que más disfrutaba, me sentía dominada por el hombre que me poseía, y me entregaba toda. Fernando comenzó a follar a su gusto también. No soltaba la mano de Gregorio, la cual apretaba cada vez más. Me iba a correr otra vez, y sería la tercera.

—Me voy a correr, no me sueltes Gregorio, por favor no me sueltes, me estoy corriendo toda, otra vez.

Fernando embistió fuerte, se mantuvo firme dentro de mí, sentí los primeros espasmos de su polla, el semen que salía de él, y llegaba, caliente, muy caliente.

Fernando no se abandonó sobre mi cuerpo, sino que continuó metiendo y sacando su polla, ahora despacio, esperando que mis espasmos bajaran de intensidad. Lo estuvo haciendo hasta que mi cuerpo se aflojó, se relajó y volví a caer sobre la cama. Luego la retiró, bajó de la cama, y supongo juntó sus ropas. Al salir volvió a hablar.

—Gracias doctora, muchas gracias.

Gregorio me lavó con otra toalla húmeda, lo hacía con cuidado y cariño. Ahora él cuidaba de mí. Qué locura había hecho. Había follado con Gregorio; y luego había dejado que su hermano me follara; mientras él sostenía mi mano, protegiéndome.

Antes de irme de aquella casa, Gregorio me dijo que tenía un regalo, entregándome una botella de vino. Explicó que era el vino elaborado con las uvas de sus viñedos, los cuales, habían traído sus abuelos desde Italia y Grecia. La leyenda decía que aquellas cepas, eran herederas de los viñedos de los dioses griegos, y tenían un gran poder, lograban aumentar la potencia sexual. Que lo bebiera junto con mi esposo.

Aquella noche al llegar a nuestra casa no podía con mis huesos, estaba molida, no obstante muy satisfecha, apenas saludé a mi esposo, le comenté que Don Gregorio estaba mejor, me bañé, acosté y dormí profundamente.

Al otro día informé en el hospital que la herida de Gregorio estaba bien, que no era necesario regresar.

A la segunda noche, como casi todas, mi marido preparó una excelente cena. Abrimos el vino, resultó delicioso, son sabor a tierra profunda. Al terminar de cenar, llevamos el resto de la botella al salón, y allí le dimos fin.

Pedro era cariñoso, me besaba y acariciaba, estaba excitado. Yo también. Sentía un calor distinto en lo profundo de mi vagina.

No llegamos al dormitorio, lo hicimos en el sofá del salón, en el piso del salón, y sobre la mesa del comedor. Mi marido tenía la polla a reventar, dura, grande como nunca. Yo estaba desatada, le pedía más y más. El no se quedaba atrás, me follaba sin detenerse, me corrí varias veces, hasta que le tocó su turno. Quería hacerlo en mi boca.

Adivinó mis deseos, me engullí su polla, se la mamé, chupé y lamí toda, hasta que se corrió; me tragué todo su semen, el cual tenía otro gusto, también sabía a uvas y a tierra. Continué chupando, sin dejar de pensar que su sabor era igual que la de Gregorio.

¿Sería cierto, que aquellas uvas eran la herencia de los dioses griegos? El vino que ellas producían, quizás eran la fuente de la vitalidad sexual de Gregorio y su hermano, los que follaban como jóvenes de treinta años.

La vida continuó. Dos semanas más tarde, Pedro, me dice:

—Ana. ¿Podrías a la salida del hospital pasar por la casa de ese paciente tuyo, Don Gregorio, y te traes una o dos botellas de aquel vino que tanto nos gustó? Se las compras, para no abusar de su amabilidad.

Me pedía que volviera a la casa de Gregorio. Como doctora no era necesario controlar sus heridas, estaban curadas. Mi aspiración, era amar solo a mi esposo; y Pedro, sin saberlo, me pedía que regresara a todo aquello que yo trataba de evitar.

No debía regresar a esa casa. Si traía a mi memoria la polla de Gregorio, las ganas de tenerla dentro de mí surgirían. Otra vez tendría que luchar contra esos deseos. Debía continuar amando a mi esposo, y evitar que otros me follaran.

—No pensaba volver. Sus heridas están curadas.

Recordé las palabras de Gregorio en el hospital: “Como me gustaría que fueras mi tierra, y clavarte a fondo mi azada”.

Había cumplido. Con sus manos moldeó mi cuerpo, como si fuera su tierra, y en él clavó su azada.

Enseguida, sin pensarlo, sin proponerlo, y no sé desde que lugar, salieron otras palabras de mi boca, que me arrastraban a un torbellino pasado, a la época donde no podía negarme, y cualquier hombre me follaba.

—Quien necesita ayuda es el hermano. Requiere asistencia, apoyo y contención. Tiene desánimos y angustias. Si tú me pides que vuelva a traer el vino, lo haré algún día al salir del hospital. Pondré todo mi empeño; lograré traer más de dos botellas—. Le contesté a mi marido.