Xtories

Mi amiga me atrae (IV)

La arena aún está en la piel, pero el deseo ya ha quemado cualquier límite. En la intimidad de su casa, Juan y Berta dejan que la tentación los arrastre a un juego donde el matrimonio es solo un recuerdo y el placer, la única ley.

Will Brown10K vistas8.2· 10 votos

CAPÍTULO 4 DE 4

Habría preferido ir a la suya, la verdad. En cuestión de consciencia, habría sido seguramente más limpio. Pero para llegar a su casa había que ir más lejos y seguramente pillar más tráfico, así que fuimos a la mía.

Llegamos a casa ya bajo la penumbra del crepúsculo. Lo bueno de tener una casa unifamiliar es no tener que sufrir por encontrarte un vecino en el ascensor. Entramos directamente al garaje, dejamos incluso las bolsas en el coche, la tomé de la mano, y la arrastré hasta el comedor, parando en cada pared y esquina que salía a nuestro paso para volver a besarnos. Bajé la persiana para que ninguna mirada indiscreta nos viera desde las casas adyacentes. La tomé de las manos desde atrás y me enganché a su cuello. Berta subió sus brazos y me acarició la nuca desde delante. Los míos pasaron a su delantera y acariciaron su abdomen primero y sus pechos después. Luego, volvieron a su cintura y la fui guiando hasta estar enfrente del sofá. Ella ya entendía dónde íbamos y porqué, pero aun así se sorprendió cuando le di un empujón para que cayera sobre él. Instintivamente, ante el movimiento súbito se apoyó sobre el respaldo, quedando su culito expuesto en pompa, tal como yo quería. Mis manos acariciaron sus muslos, arriba y abajo, se colaron sin reparo bajo su faldita de verano y acariciaron con ganas sus nalgas. Mientras, me incliné sobre ella, apoyando mis rodillas sobre el sofá y recolocando las suyas también, para poder presionar de nuevo mi sexo contra su culo. Agarré de nuevo sus pechos con fuerza y murmullé en su oreja:

J: Voy a comerte enterita, princesa. -Besé su nuca, su cuello, sus hombros, sus mejillas. Estaba muy saladita, a causa del agua marina.

B: Sí, amor, cómeme toda... Ah, sí, tócame así... -Ahora mi mano, descendiendo desde sus senos, se coló por dentro de su faldita por la parte delantera, acariciando por primera vez su sexo, aún por fuera de sus braguitas.

J: Sabes que va a ser un polvazo, ¿verdad?

B: Oh, sí, ya lo creo... Aahh.. Vas a hacerme gozar como una loca... Y yo voy a darte un placer que jamás has... aaaAAH.... has sentido.

J: Estoy convencido de ello... Y tú, ¿confías en mí?

B: Sí, sí, sí, confío en ti, ¡hazme lo que quieras, amor!

J: Ok... Entonces, cierra los ojos y deja que te lleve a un sitio.

Berta cerró los ojos y la llevé a tientas hasta el primer piso.

B: ¿Vas a llevarme a la cama de Kate?

J: Hahahaha, puede... ¿te excitaría eso?

B: Mmmm... no lo había pensado, pero creo que sí...

J: Entonces espera y lo descubrirás. - Entré, no en nuestra habitación, sino en nuestro baño.

J: Ya hemos llegado, pero no abras los ojos aún.

B: ¿Porqué nooo?

J: Enseguida, pero aún no. No abras tus ojos hasta que yo te lo diga, pero bésame.

La volví a presionar contra mí y volvimos a fundirnos en un beso. Mis manos resiguieron su cuerpo esbelto y arrastraron su camiseta hacia arriba. Colaborativa, Berta alzó los brazos y se la dejó quitar. Del mismo modo, desabroché el botón de su falda y la deslicé por sus muslos hasta que cayó al suelo. Ahora la tenía en ropa anterior ante mí, sexy como una diosa. Yo me liberé por mí mismo de mi pantalón deportivo y de mi camiseta de playa, la giré de modo que quedara mirando al espejo, la abracé desde atrás, y le susurré que abriera los ojos. Al hacerlo, se encontró con su figura en lencería rodeada y protegida por mi cuerpo. La abracé, la besé y le susurré:

J: Princesa, vamos a desnudarnos y tomar una ducha juntos antes de jugar de verdad. Quiero tenerte fresca, limpia, oliendo a ti. Quiero descubrir tu sabor y tu aroma, sin que estén disfrazados por el mar.

B: Me encanta, cariño... Puedo, pues, ¿liberarte de esto? - dijo señalando mi bóxer, la única prenda que me quedaba.

J: Por favor...

Lo hizo. Berta deslizó mi ropa interior mientras yo rozaba con la yema de mis dedos su entrepierna. Al caer a mis pies, saqué mis piernas para quedar libre. Berta tomó con su mano mi sexo y muy tiernamente dijo:

B: Oh, amor, que bonita es. Me encanta. - Al tiempo que empezaba a sacudirla suavemente, añadió - Quiero sentirla muy dentro de mí. Quiero sentirla en todas partes...

J: Ahá... Así será, Berta. Tienes mi permiso para hacer con ella todo lo que se te ocurra.

B: Que bien...

j: ¿Puedo yo hacer jugar con tu coñito?

B: Sí, por favor, juega con él... - Con su bendición, mis dedos apartaron ligeramente su braguita hacia un lado. No era el sexy bañador brasileño que llevaba en la playa, pero era una prenda de parecida hechura, pero en versión braguita de encaje. Una delicia, vamos.

Mis dedos jugaron a acariciar su monte venus y sus labios mayores alrededor de un minuto, y luego descendí hasta arrodillarme delante de ella. Su pubis quedó delante de mí rostro. Besé suavemente su sexo por encima de sus braguitas. Luego la tomé de las nalgas y presioné toda su zona erógena contra mi cara; luego le propiné un beso más húmedo, luego una auténtica lamida, aún por encima de las bragas, y cuando me disponía a apartarlas para lamer de verdad, recordé que yo mismo había dicho que antes de jugar de verdad nos ducharíamos para liberarnos de la sal. Así pues, cambiando de opinión, estiré de la goma hacia abajo y se las quité. Mi primera vista de su coño fue a escasos 5 centímetros de distancia. Todo perfectamente depilado, sin rastro ni siquiera de la raíz de un pelo; sus labios mayores sobresalían muy poco, casi invisibles. Olía a excitación, sus jugos ya dominaban el olor a mar. Aspiré fuerte, coloqué mi nariz directamente sobre su hendidura y me deleité con sus efluvios. Ella gimió. Finalmente me levanté, olvidándome incluso de su sujetador, la metí dentro de la ducha.

Abrí el grifo y dejé que nos empapara. Entonces sí, con su sujetador totalmente chorreando y dejando ver sus pezones, me acordé de él y lo desabroché. Lo tiré por encima de la mampara hacia fuera de la ducha y acaricié sus pechos. Ella no dejaba de sobar mi pene. Nos besamos y nos enjabonamos mutuamente, ansiosos. Con prisa por pasar al siguiente nivel, pero sin ser capaces de dejar de besarnos y acelerar.

Cuando acabamos y salimos, Tomé el albornoz de Kate y se lo coloqué. La sequé con el albornoz de mi esposa y eso me excitó enormemente. Ella me colocó el mío y me secó a base de caricias por encima de la prenda. Seguramente solo nos dio tiempo de secarnos un 30%, pero era suficiente. Dejé caer su albornoz y el mío allí mismo, la tomé en volandas y la llevé con prisas hacia mi habitación matrimonial, la cama donde dormía con mi esposa. La verdad es que todo eso me daba igual, ni siquiera sentía remordimientos. Seguramente los sentiría mañana, pero en esos momentos me sentía como un aminal fuera de sí, únicamente capaz de satisfacer una necesidad más fuerte que él mismo. Llegué frente a la cama de Kate, deposité en ella a Berta suavemente de modo transversal, y me puse a cuatro patas sobre ella. Era el momento.

Berta me atrajo hacia ella y nos enzarzamos en el más sensual de los besos. Húmedo, lento, profundo; la lengua del uno recorrió todos los rincones de la boca del otro. Mientras, me fui recolocando hasta que encontramos el encaje: mi pene perfectamente situado sobre sus labios vaginales, sus piernas ligeramente abiertas para dejarme espacio. Empezamos a frotarnos sin prisa, cocinando a fuego lento nuestra excitación.

De un revolcón nos dimos la vuelta sin separarnos, quedando ella encima de mí. Mis manos aprovecharon la oportunidad para colocarse sobre su culo y sobarlo bien. Ahora, ella podía frotarse mejor contra mi sexo y empezó a jadear, tanto que incluso tuvo que dejar de besarme para respirar. Se incorporó ligeramente, modificando el ángulo de su pelvis sobre la mía y aumentando así el roce. Su cara estaba desencajada de placer. La mía, de excitación.

Mi atención se fijó entonces en sus pechos, bailando descarados a un palmo de mí. La ayudé a incorporarse más, quedando completamente sentada sobre mi polla, y yo hice lo propio para dirigirme a sus senos y metérmelos en la boca. Primero lamí el derecho, luego el izquierdo. ¡Qué delicia! Sus pezones estaban espectacularmente crecidos respecto a su tamaño normal, y eso me pareció de lo más erótico. Me enganché a ellos y lamí, mordí y succioné sin descanso mientras seguía presionando su cuerpito contra el mío agarrándola fuerte del culo. Mis manos se habían adueñado cada una de una nalga y la amasaban como si quisiera hacer pan con ellas. Pan…. Uf, realmente Berta estaba más buena que el pan.

Sus gemidos de placer se volvían cada vez más guturales, y no me sorprendía. Estaba tan excitada, su coño rezumaba tal cantidad de líquidos, que mi polla se deslizaba entre sus labios sin la menor dificultad. Ya habían quedado definitivamente abiertos, con mi falo alojado entre sus labios mayores y moviéndose arriba y abajo en el sentido longitudinal de su sexo. De esta guisa, mi pene estaba rozando y estimulando a tope su clítoris. Más, más, y más. Berta dominaba excelentemente el ritmo, dándose en cada pasada exactamente lo que necesitaba para seguir avanzando hacia el éxtasis, y finalmente llegó. Se corrió. Explotó en un orgasmo gracias al frote contra mi herramienta.

Berta se dejó caer a mi lado, sonriente y exhausta.

B: Uf…, maravilloso, Juan… qué placer, qué increíble. Me has hecho correr, ¡y super rápido! No me aguanto derecha, hahaha.

J: Hahaha. – Me incorporé a su lado para verla mientras la dejaba reponerse y recobrar el pulso. Acariciándola y apartando el pelo de su carita, añadí: - Bueno, te lo has trabajado tu sola, pero me alegro de que te guste tanto trabajar conmigo, haha.

B: No seas modesto, amor… Te he sentido tan bien, que me has hecho llegar fácil. – Estirando su brazo para llegar a mi pene, prosiguió: - La sentía tan dura, tan bonita, tan grande, tan caliente…

J: Y yo te sentía tan húmeda…

B: Claro… me has vuelto loquita y mi fresita no paraba de soltar agua, haha. Entre la manera en que me estimulabas abajo y lo bien que me comías las tetas, ¿qué esperabas?

J: ¿Te gustó como te comí las tetas?

B: ¡¡Sí!! Incluso quiero más, no te cortes…

J: A sus órdenes señorita, va a tener usted más, mucho más.

Ahora me instalé a horcajadas encima suyo, morreándola otra vez como preludio. Pronto, abandoné su boca y fui recorriendo su cuerpo hacia abajo con mis labios. Pasé por sus axilas, que lamí con fruición, volví a hacer una parada sobre sus pechos, que reseguí en espiral hasta volver a engancharme a sus pezones. Berta jadeaba y susurraba mi nombre con sus manos ensortijadas en mi pelo. Proseguí mi camino hacia el fértil Sur de su entrepierna, y cuando llegué a él, llené todo su pubis de suaves besitos, dándole tiempo a recobrarse y a indicarme si quería que la atacara ya o no. Su mensaje fue claro: arqueando su espalda y presionando mi cabeza contra su lampiño coño, suplicó:

B: Cómeme enterita, Juan… ¡¡Sí!!

Me prodigué sobre su coño durante largo rato. Los hombres casados no solemos tener ante nosotros coños depilados, arreglados y preparados para la guerra. Ni coños rezumantes como fuentes de placer, ya que la rutina resta emoción y novedad al sexo, por mucho amor y entendimiento que haya. En mi caso, hacía por lo menos 2 años que no se me ofrecía un manjar así, y lo devoré como un muerto de hambre. Lamí, succioné y bebí de sus jugos casi con desespero. Tuvieron que pasar unos minutos para que me serenara y empezara a dedicar más atención a sus jadeos para encontrar el camino hacia el centro del laberinto de su placer, pero pasito a pasito iba acercándome. No sé si se habría corrido con mi comida de coño, porque antes de llegar a ello, aunque cierto es que llevábamos ya un buen rato, se revolvió como una pantera, me dejó de espaldas sobre la cama, se giró sobre si misma situando su coño directamente sobre mi boca y se lanzó a tragarse mi falo como una maníaca. En dos metidas ya lo tenía tan dentro como podía tenerlo, succionaba con fuerza y con su mano le daba caña a mi manubrio. Sin piedad ni compasión. Intenté acoplarme al 69 que me proponía, pero me engullía con tanta energía que me costaba trabajo concentrarme. Lamí lo que pude, inserté un dedito en su coño que empecé a sacar y meter tan rápido como podía, y me concentré en el placer que me daba. Era muy heavy, demasiado.

J: Más suave, amor, haha. No tenemos prisa, disfrútala…

B: Perdona, haha, es que estoy como una moto, haha. ¿Te gusta más así? – Ahora me empezó a lamer de abajo a arriba, a recorrer todo el tronco hasta llegar y concentrarse en mi glande.

J: Me encanta, Berta, sigue, sí… ¡Oh, dios, sigue!

Empezó a masturbarme con la mano mientras su boca se concentraba más en la punta de mi polla, alternando a esta base una buena dosis de lamidas. Con sus deditos empezó a acariciarme debajo de los testículos, e incluso se aventuró a acariciar mi ano. Todo ello, me estaba, ahora sí, encantando. Ahora íbamos bien. Mis manos se agarraron de nuevo a sus nalgas, volví a pegar su vulva contra mi cara, y redoblé mis esfuerzos para propinarle una buena lamida a la vez que ella me comía. Dios, que bueno. Un 69 de libro. De las bocas de ambos solo escapaban sonidos incomprensibles, gritos ahogados por el sexo del otro.

Podríamos haber seguido así, claro, pero no podía ni pensar en correrme sin follarla antes, así que finalmente la hice apartarse y venir a tumbarse a mi lado. Nos besamos con desenfreno. Nuestras bocas, lubricadas por los líquidos de nuestros respectivos sexos, resbalaban contra la del otro con una mágica suavidad. Ella busco mi pelvis con la suya, y cuando volví a sentir su coñito frotarse contra mi polla, entonces me aparté, la derribé contra el colchón, me puse encima de ella, y reclinado sobre su espalda, coloqué mi mástil de modo que estuviera delante de cueva. Con un brazo a cada lado de su cuerpo, empecé a moverme contra ella. Mi pelvis chocaba con su culo y mi polla iba separando gradualmente sus labios.

Berta me ayudó, pasó su mano por debajo de su cuerpo y se separó los labios, me abrió la puerta de la gruta mágica. Y yo, como un valiente Alí Babá, entre en ella. Hasta el fondo. Estaba tan y tan mojada, que cuando me di cuenta ya estaba completamente dentro suyo. Una oleada de placer me inundó hasta casi desbordarme, y tuve que quedarme ahí dentro, quietecito, para encontrar de nuevo la cordura y empezar a darnos placer. Berta gemía sin parar y con un tono muy bajo, muy erótico. Gemía de un modo muy diferente al de la mayoría de las mujeres, murmuraba palabras ininteligibles que quedaban cortadas a medias por espasmos de placer. Sus brazos se aferraban a los míos y me pedía más, eso sí que era capaz de entenderlo.

Decidido a darle más, maniobré para que subiera la cadera y me mostrara su culito en pompa. Y entonces, cuando vi su culito en pompa, eso sí que ya fue el acabose. Me aferré a sus caderas y con la vista puesta en su fabuloso culazo, empecé a follarla de verdad. Entrando y saliendo casi del todo cada vez, buscando su desesperación, dándole caña cuando la veía desesperada y parando de repente de vez en cuando. Cuando la excitación me sobrepasaba, le propinaba un par de nalgadas y ella gritaba mi nombre y me pedía más. Me estaba gustando tanto que podría haberme corrido en cualquier momento. Las pausas que hacía, a parte de buscar desesperarla, también me servían para bajar momentáneamente el nivel del placer que sentía, peligrosamente cercano ya al umbral del orgasmo.

Su pelo, totalmente revuelto sobre su cara, aumentaba el erotismo de la imagen. Cuando se lo apartó y volví a ver su rostro, me entró la necesidad de volver a meterle la lengua hasta la garganta, así que me salí un momento, la giré, abrí sus piernas, me situé entre ellas, volví a penetrarla sin demora, y me lancé a devorar sus labios una vez más. Ella enroscó sus piernas en mi cadera y con sus manos presionaba mi culo contra su sexo para que no me escapara.

B: Dios, Juan, que bien me follas. ¡Me encanta! Córrete cuando quieras, amor…

J: Si, preciosa, voy a correrme para ti, quiero darte mi leche, ya me queda poco…. Dios, ¡me matas! – Ahora estábamos muy bien acoplados. El mete-saca era muy lento y progresivo, y Berta presionaba con sus músculos pélvicos cada vez que me tenía dentro para proporcionarme una sensación añadida. – Voy a bañarte con mi leche que tanto te has ganado, Berta, dime dónde la quieres.

B: Donde tu quieras Juan, soy tuya, hazme lo que te dé la gana…

Me moría de ganas de correrme dentro, pero eso ya me parecía demasiado. Quizás en un segundo asalto. Pero todo lo que estábamos viviendo era tan salvajemente prohibido que me atreví a pedirle otra salvajada.

J: Quiero correrme en tu cara y en tu boca. Quiero verte recubierta de mi lefa, como la gran folladora que eres

B: ¡Si es lo que quieres, hazlo, Juan! ¡Dame mi leche a, la quiero toda!

Ya estaba muy cerca. Emprendí un último ataque, subí el ritmo gradualmente a la par que sentía mi orgasmo llegar proveniente del fondo de mis entrañas. Como un volcán, cogió forma dentro, muy adentro, y entonces salió hacia la superficie dispuesto a arrasar con todo. Ya llegaba, ya llegaba, ¡ya llegaba! Salí de dentro de Berta, la hice sentarse sobre sus rodillas, yo me bajé de la cama y me quedé delante suyo, masturbándome salvajemente con una mano y tomándola de la nuca con la otra para acercar mi cara a la inminente explosión, y en cuanto llegó, la vista se me nubló y grité su nombre:

J: Oh, oh, oooh, oooh, ya viene, ya viene, me corro, Berta, exploto, ya vieneeee… ¡¡Toma, BertaaaaaaaaAAAAAAAAaaaa!!

Mi primer chorro se estrelló contra su mentón, el segundo en su frente, un tercero directamente sobre su pelo, y para el cuarto ya pudo abrir la boca, meterse mi polla dentro, y recibir el resto de mi descarga.

J: ¡¡¡Diosssss!!! ¡Joder! – Berta no podía articular palabra, ocupada como estaba en lamer mi polla. - ¡Qué corrida, Berta! ¡Qué polvazo!

Concluida su labor de limpieza, Berta me dejó espacio en la cama, me tumbó a su lado, se reclinó sobre mi con su rostro aún recubierto de mi blanca crema, y mostrándome concienzudamente lo que hacía, se tragó la parte de la corrida que tenía en mi boca para acto seguido besarme. Nos morreamos mientras el viscoso semen se paseaba entre nuestras caras, lo cual lo hacía un poco raro. Tomé un pañuelo de la mesita de noche, limpié su cara, volví a besarla y le pregunté:

J: Dime, princesa, ¿cómo ha ido tu día de playa? ¿Lo has gozado?

B: La verdad es que ha empezado muy bien…

J: ¿Y cómo ha acabado?

B: Uy, amor, aún no ha acabado. De hecho, yo diría que apenas acaba de comenzar…

J: Hahahaha, ¿vas a querer más?

B: Voy a querer MUCHO más. Quiero que te corras en todos los sitios que puedas imaginarte y que me folles en todos los sitios donde se te ocurra.

J: Mujer, no sé si tendremos tanto tiempo hoy....

B: Y quién dice que esto se acabe hoy… - clavándome su mirada traviesa y haciendo un mohín a la vez que se acariciaba un pezón, siguió: - ¿Acaso no té gustó?

J: Ha sido simplemente increíble… No recuerdo nada igual, hahaha. Pero lo que sí recuerdo es que estoy casado, haha, así que en algún momento tendremos que poner orden, hahahaha.

B: Amor, aún te quedan 4 días hasta que te vayas, ¿verdad? Pues en esos días me vas a hacer el kamasutra entero, y luego ya verás como vas a querer repetir las veces que haga falta, hahaha.

J: Joder, Berta, sí que vas fuerte. ¿Y Kate?

B: Kate que espabile pronto su maridito solo querrá follar con su amiguita Berta…

J: Hahahaha, sí que estás convencida de tus habilidades, Bertita. Eso tendrás que currártelo, haha.

B: Pues claro, cariño, en cuanto estés lista, tu nenita ya tiene ganas de volver a tenerte dentro. Es más, la próxima no quiero que me folles, quiero que me hagas el amor.

J: ¿Qué? ¿Hacer el amor?

B: Claro, amor mío… Te quiero. Y sé que tú a mí.

Fuck. ¿Y ahora qué?