Xtories

Sexo con una lectora

Ella lee sus palabras y se moja pensando en él. Él imagina su cuerpo y la desea. Cuando finalmente se encuentran, la fantasía se vuelve carne y la tensión se rompe en la cama.

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Hace poco más de dos meses comencé una nueva actividad: escribir relatos para publicar en esta web. Lo hice con la única intención de probarme, de comprobar si las vivencias acumuladas y mi propia imaginación, serían capaces de captar la atención de personas que, hasta ese momento, no me conocían.

La respuesta fue inmejorable. He obtenido más de medio millón de lecturas en apenas dos meses, valoraciones bastante buenas y algunos correos electrónicos de mis lectores habituales, felicitándome por mis textos.

Una tarde recibí un mensaje de correo electrónico de una chica a la que, para preservar su anonimato, voy a llamar Alba.

En su mensaje, Alba elogiaba mis textos y decía sentirse muy atraída por todo lo que en ellos contaba.

Le respondí, agradeciéndole su interés en mis relatos y animándola a seguir leyéndolos. A su vez, ella volvió a responderme, haciéndome algunas preguntas que, poco a poco, tanto por sus preguntas como por mis respuestas, fueron avanzando hasta terrenos mucho más calientes.

Alba es una chica joven, 18 años tenía el día que comenzamos a hablar, aunque unos días después cumplió los 19, morena de piel y pelo. Una mala experiencia le había hecho huir de los hombres y refugiarse en otro tipo de prácticas para satisfacer sus necesidades sexuales.

Me confesó que utilizaba mis relatos para masturbarse, para sentir como la humedad afloraba desde su sexo, inundando su entrepierna, mientras utilizaba sus juguetes en su cuerpo imaginándose ser la protagonista de alguna de las historias que yo escribo y ella lee.

Como dije antes, poco a poco nuestra conversación y relación se fue haciendo más intensa e íntima, llegando a compartir incluso imágenes muy explícitas de nuestros propios cuerpos.

En una de nuestras conversaciones por correo electrónico, y aprovechando que ambos vivimos en Madrid, se me ocurrió una idea: proponerle quedar para conocernos y, si a los dos nos apetecía, empezar a hacer realidad en carne propia los relatos que ella lee y yo escribo.

Su respuesta fue afirmativa. Yo no tenía del todo claro que fuera a ser así, porque una cosa es hablar y admitir que imaginarnos con el otro nos calienta y excita hasta desear tener su cuerpo a nuestra merced, y otra muy distinta es hacerlo de verdad: quedar con alguien a quién sólo conoces de hablar a través del correo electrónico. Pero Alba dijo sí, y a mi, su respuesta volvió a excitarme.

La idea era quedar para ir a tomar algo a una cafetería o similar y, desde allí, y si como he dicho antes, el feeling era suficiente, acercarnos a algún hotel o apartamento por horas para hacer realidad cada uno de nuestros calenturientos sueños y deseos.

Además, al día siguiente del día elegido para conocernos, era su cumpleaños, lo que podía hacer de la quedada como el más original de los regalos.

He de decir que, unos días antes de nuestro encuentro, a Alba le bajo la regla. Decidimos aún así, seguir adelante y, según la propia Alba, si no podíamos hacer unas cosas, sí podríamos hacer otras.

Un par de día antes del día elegido, reservé un par de horas en un apartamento por horas en un conocido establecimiento de Madrid. El día llegó, y las complicaciones laborales para mi, también. La idea era pedir libre la mitad de mi jornada laboral, pero me encontré con que, ese día, dos compañeros de trabajo tuvieron emergencias médicas que hicieron que mis obligaciones laborales ese día se multiplicaran. Así se lo hice saber a Alba. Me sentí muy frustrado de no poder cumplir con la cita que tenía con ella.

Ella, a su vez, comprendió la situación, pero con cada mensaje que intercambiábamos, sentía más y más el ardor que sentía y la excitación casi incontrolable que invadía su cuerpo. Al final, apretando mucho mis tareas y comprometiéndome a terminar algunas cosas durante la tarde, fuera del horario laboral, conseguí poder marcharme, aunque no todo el tiempo que teníamos previsto, por lo que hubo que suprimir de la cita el tiempo previo que íbamos a dedicar a saludarnos y conversar un poco para romper el hielo.

Llegué al lugar en el que quedamos, una esquina junto a una entidad bancaria cercana al local en el que se encuentran los apartamentos de alquiler, a la hora convenida. Envié un mensaje a Alba que, de inmediato me respondió: ella llegaría en 10 minutos.

Y así fue, 10 minutos después Alba estaba allí. Muy nerviosa y un poco cortada pero estaba allí. Vestía un pantalón corto ajustado y camiseta. Llevaba también una mochila en la que, sospeché y así confirmé después, que llevaba sus “juguetes”.

Caminamos juntos hasta la puerta del local. Como digo, ella estaba bastante nerviosa, por lo que la conversación la llevé por temas poco comprometidos como el calor que hacía ese día o el tiempo que había tardado en llegar hasta allí.

Una vez que hubimos entrado en el local y pagado la estancia, nos condujeron a la habitación que nos había correspondido: una habitación con una gran cama redonda, espejos en el techo, luz sensual que podía ser fácilmente configurable con un mando, baño y un pequeño jacuzzi.

Durante algunos minutos iniciales, continuamos hablando un poco y poniéndonos cómodos. Alba seguía nerviosa, y yo no quería ser demasiado lanzado para no asustarla ya que, según me había confesado, era la primera vez que quedaba con alguien a quién no conocía para tener sexo. Pero, por otro lado, tampoco quería que transcurriera demasiado tiempo sin “hacer nada”, porque ella podría pensar que no me excitaba lo suficiente.

Comenzamos, como se comienza siempre, besándonos. Fue un beso que, enseguida, se convirtió en un beso intenso y profundo. Mi lengua navegó en su boca, buscando su propia lengua, mordiendo sus labios con los míos, apretando con mis manos su cuerpo contra el mío.

Pronto sentí como se estremecía al sentir mi polla dura y excitada apoyarse en su vientre, al sentir sus pechos, apretados contra mi propio pecho. Y seguimos besándonos, saboreando nuestras bocas, lamiendo nuestras lenguas, alargando ese primer beso hasta casi faltarnos el aire.

Imagino que, al igual que mi polla pronto estuvo dura, caliente y con un buen tamaño, su sexo también debió de comenzar a humedecerse pues, sus gestos y su forma de respirar y de mirarme, delataban el placer y la excitación que Alba estaba comenzando a sentir.

Cuando pudimos separarnos ambos nos quitamos la parte de arriba de nuestra ropa y, a continuación, me deshice de su sujetador. Ver sus tetas desnudas y sus pezones oscuros provocó, de forma automática, que mi boca se lanzara a devorar aquellos deliciosos pezones. Probé uno y otro, de forma alternativa, mientras con mis manos manoseaba y apretujaba sus grandes tetas.

Los pezones reaccionaron de inmediato, incrementando su tamaño y su dureza, mientras que mis labios y mi lengua no dejaban de jugar con ellos: lamiéndolos, succionándolos y mordiéndolos, con intensidades variadas, provocando sus gemidos y haciendo que su cuerpo se estremeciera cada vez más.

Paramos durante un instante, momento que Alba aprovechó para sacar de su mochila los juguetes con los que había ido a nuestra cita: un pequeño vibrador para el clítoris, un consolador que dijo que para ella, era mi polla, y un plug metálico anal.

Tras observar lo bien surtida de juguetes que estaba, hice que Alba se echara sobre la cama, me quité los pantalones, y continué lamiendo y succionando ese par de pezones que tanto estaba endureciendo mi polla.

Se notaba que Alba aún se sentía un poco tímida, a pesar de todo lo que estaba pasando. Así que cogí con suavidad una de sus manos y la llevé a mi polla para que, a través del bóxer, pudiera acariciarla y palparla, para que fuera consciente de la enorme excitación y deseo que me estaba haciendo sentir, todo ello sin que mi boca dejara de ser dueña de sus tetas, de sus pezones. Sin dejar de lamerlos y morderlos. Sin dejar que mis manos manosearan y apretaran sus tetas, de acariciar sus piernas y sus muslos, deslizando una de mis manos por su entrepierna, aún cubierta por el pequeño pantalón y su ropa interior, para poder sentir el abrasador calor que emanaba de su cuerpo.

El siguiente paso fue desnudarnos del todo. Le ayudé a quitarse el pantalón junto con el tanga, a juego con el sujetador, de un color azul intenso, muy llamativo y provocador. Mi bóxer también cayó, y quedó a la vista mi verga: empinada, dura y caliente.

Alba aún tenía la regla, decía que manchaba un poco. Pero ello no impidió que los dedos de mi mano derecha bajaran por su cuerpo hasta alcanzar su clítoris: en cuanto lo rocé se estremeció de placer. Esa era la señal que necesitaba para continuar haciendo lo que había pensado hacer.

Sin dejar de lamer y succionar sus pezones y sus tetas, mis dedos estimularon sin descanso su clítoris. Lo presioné, lo moví de un lado a otro, tiré de él en repetidas ocasiones, y volví a presionarlo, cada vez a mayor velocidad, cada vez con mayor intensidad, sintiendo como su cuerpo no dejaba de retorcerse de puro placer, como sus fluidos abandonaban su coño, deslizándose por la piel de su cuerpo, oyendo como se escapaban pequeños gemidos y suspiros de placer de entre sus labios.

Tras varios minutos así, y cuando comprendí que Alba no aguantaría mucho más, volví a incrementar la velocidad y la intensidad de mi estimulación sobre su caliente clítoris, a la vez que mi boca mordió con más fuerza e intensidad sus dos pezones. En apenas un instante Alba se estaba corriendo, cerrando con fuerza sus piernas sobre mi propia mano, reflejando en sus ojos el placer que estaba sintiendo. Era una situación absolutamente morbosa. Tengo 30 años más que ella, y ella había decido tener sexo conmigo, y yo estaba consiguiendo que lo disfrutara de verdad.

- Necesito bajar de dónde me has subido –me dijo exhausta Alba.

- Me alegro de haberte ayudado a subir. ¿Estás ahora más tranquila?

- Sí, desde luego. Estoy mucho mejor, en todos los sentidos –me respondió.

Dedicamos los siguientes minutos a charlar un poco más, a contarnos algunas cosas personales, sobre nuestro trabajo, nuestro día a día. Me relató que hacía muchísimo tiempo que no estaba con ningún hombre, pero que leerme le había despertado las ganas y la necesidad de estar, no con cualquier, si no conmigo.

Poco a poco fue bajando de dónde decía haber subido. Volvimos a besarnos, volví a devorar con tantas ganas o más que antes, sus tetas y sus pezones. Éstos volvieron a reaccionar de nuevo, alcanzando una dureza y tamaño muy considerables y provocando con cada uno de mis pequeños mordiscos y succiones, que de su garganta volvieran a brotar gemidos de placer.

A continuación, Alba alcanzó el pequeño vibrador y se lo llevó hasta su clítoris, dónde lo aplicó con auténtica necesidad, mientras mi boca y mis manos continuaban con la labor de devorar, masajear y presionar sus tetas y pezones.

El cuerpo de Alba de nuevo reaccionó con rapidez a los estímulos recibidos. De nuevo su c cuerpo comenzó a convulsionar y estremecer de placer, sintiendo la doble estimulación de tener un pequeño vibrador en el clítoris, llenándola de sensaciones placenteras, a la vez que mis labios y dientes tiraban cada vez con más intensidad y velocidad de sus hinchados pezones, o de que mi lengua los lamiera y presionara, cada vez con más ganas fuerza.

En pocos minutos Alba volvió a derramarse en un orgasmo que, al menos a mi me lo pareció, debió de ser incluso más intenso que el anterior. Sus ojos la delataban: se encontraba de nuevo elevada en las nubes, con el cuerpo absolutamente roto después de haber experimentado una nueva corrida en la que sus fluidos volvieron a aflorar por su coño, para mojar y deslizarse por la piel de sus muslos, llegando hasta las suaves sábanas de la cama.

Había experimentado ya dos buenos orgasmos, sin necesidad de follar. La verdad es que, para ser la primera vez que quedábamos los dos, y para hacer tanto tiempo como decía que no estaba con un hombre practicando sexo, Alba lo estaba pasando genial, y ambos nos habíamos acompasado al otro de forma casi total.

Tras unos minutos de descanso y sosiego, le pedí a Alba que me comiera la polla. Tenía ganas de sentir sus labios y su lengua deslizándose por mi verga, que no había perdido ni un milímetro de su tamaño.

- Es la primera vez que voy a hacerlo –me dijo.

- ¿Nunca le has comido la polla a un tío?

- No, nunca. Sólo lo he hecho con el consolador –me dijo señalando al que había dejado unos minutos antes sobre la cama.

- Pues si te apetece, la mía será la primera –le dije.

Permanecí tumbado, mientras ella se inclinó sobre mi. Abrió su boca para dejar que mi polla entrara dentro. La trató con una delicadeza y cariño realmente asombrosos. Sentir como sus labios abrazaron mi verga, y como su lengua la acariciaba fue algo sensacional.

Pronto comenzó a mover su boca sobre mi polla para hacerla entrar casi por completo en ella. Mi mano izquierda se agarró a su nuca y cabeza, indicándola (aunque sin necesidad), cuál era la velocidad a la que debía mover su cabeza y su boca para proporcionarme el mayor placer posible.

Aunque un instante antes me pareciera imposible, la mamada que me estaba haciendo hizo que mi verga aumentara aún más de tamaño y de grosor, llenándola por completo la boca hasta su garganta.

- La tienes durísima –me dijo.

- ¿No creías que la tuviera tan dura cuándo te lo decía por email? –le respondí.

- La verdad es que no: está durísima de verdad, me insistió.

- Pues has sido tú quién la ha puesto así.

- ¿Te gusta cómo lo hago?

- Me encanta. Lo haces genial, ahora eres tú quién me tiene a mi subido en una nube –contesté.

- No sabía si te iba a gustar. Es la primera vez que como una polla de verdad.

- Pues te juro que no hay forma de hacerlo mejor. Eres deliciosa.

Alba volvió a hacer lo que estaba haciendo. Volvió a deslizar sus labios por mi verga, a acariciarla con su lengua, a succionar mi capullo, completamente hinchado y duro, con sus labios, aplicando distintas intensidades de presión y velocidad, lo que sólo hacían incrementar mi placer y mi deseo por aquella jovencita que acababa realmente de conocer.

Tras unos minutos, y temeroso de correrme antes de lo que yo querría (tened en cuenta que no tengo 20 años, y me cuesta más tiempo y esfuerzo pegar más de un tiro en un tiempo relativamente corto), pedí a Alba que se echara en la cama, boca abajo.

Ella obedeció sin rechistar. Acaricie su culo. Lo manoseé y apretujé con mis manos, sintiendo el calor y la humedad que se escapaban por su entrepierna. Sin pensarlo ni pedir permiso, azoté sus nalgas, repetidamente, una y otra vez, comprobando que era algo que a Alba la encantaba.

Volví a las caricias, deslizando mi mano por el punto en el que una y otra nalga se unen. Jugué con mi dedo pulgar en su ano, comprobando que estaba ardiendo y húmedo. Presioné y me maravillé al comprobar que lograba entrar en su cuerpo, a través de su agujero trasero, con verdadera facilidad.

En seguida tuve todo el dedo metido dentro de su cuerpo a través de su ano. Moviéndolo a un lado y otro, moviéndolo en círculos, y presionando con él como si de una pequeña polla se tratase, follándola el culo.

Alba disfrutaba. Estaba disfrutando de nuevo, sus fluidos no dejaban de aflorar, su boca no dejaba de emitir sonidos de placer. En alguna ocasión volvió la cabeza hacia mi, mirándome con sus dos ojos encendidos en deseo.

Tras unos dos o tres minutos en los que mi dedo pulgar folló su formidable culo, y mi mano izquierda le propinó varios azotes, a los que siempre respondía su boca emitiendo sonidos de placer, saqué el dedo y comencé a penetrarla con dos dedos: el índice y el anular. Al igual que antes hiciera el dedo pulgar, estos dos dedos penetraron en su cuerpo con absoluta facilidad, chapoteando en la humedad que el placer le estaba haciendo generar, provocando sus gemidos y suspiros de placer, y propinándole, de vez en cuando, aquellos azotes, cada vez más sonoros y fuertes, en sus nalgas ya enrojecidas.

La escena me estaba provocando que mi erección fuera aún a más. Mi polla reaccionó aumentado su tamaño y su dureza. Estaba absolutamente encendido y deseando provocar un nuevo orgasmo en el cuerpo de Alba y de sentir yo el mío propio.

Unos minutos más tarde, con su cuerpo absolutamente entregado al placer, entregado a mis deseos y movimientos, Alba me acercó el plug.

Se lo introduje muy despacio, poco a poco, logrando que cada una de sus bolas fueran entrando en su cuerpo, logrando hacerla sentir con cada una un mayor grado de placer y un gemido más profundo e intenso que la anterior.

Cuando todo el juguete estuvo dentro de su cuerpo, comencé a moverlo, primero suavemente, después con mayor intensidad y fuerza, haciendo que el placer también aumentara en la misma proporción.

Tras darle algunos azotes más, dejé que mi mano izquierda masturbara mi polla a la vez que mi mano derecha manejó el juguete con creciente velocidad y presión, hasta lograr que Alba se corriera por tercera vez, volviendo a mojar la cama con sus fluidos, empapando por completo el plug y llenándome de más deseo y ganas de correrme.

Casi de inmediato, se incorporó y volvió a lamer mi polla. Volvió a hacerla prisionera de su boca, chupando, succionando y acariciándome la verga con sus labios y lengua, llenando de nuevo su boca hasta la garganta.

Mi mano izquierda volvió a marcar, de forma innecesaria, el ritmo de la mamada a través de su cabeza. Sentía como mis huevos se empezaron a llenar a toda velocidad con mi semen. Estaba produciendo leche a toda velocidad, y no era para menos sintiendo el enorme placer que la boca de Alba estaba provocando en mi verga.

Solo un par de minutos después sentí que ya no podía aguantar más, iba a correrme. Era nuestra primera vez juntos y no quería hacer algo que pudiera molestarla o incomodarla, así que le avisé de que iba a hacerlo, de que me iba a correr. No la importó nada que lo hiciera, y mi polla estalló de placer regando su cara, su boca y sus tetas con el blanco néctar de mis huevos.

Continuó deslizando sus manos por mi verga unos instantes más, apurando y exprimiendo hasta la última gota de mi semen, acercando de nuevo su boca a mi polla para lamerla y limpiarla de todo el semen que resbalaba por ella.

Quedamos los dos tendidos sobre la cama, acariciándonos despacio y en silencio, disfrutando de cada instante y recordando cada una de las sensaciones vividas.

Alba me confesó que, por un momento, pensó que iba a follarle el culo. Realmente también yo pensé en hacerlo pero, a la vez que eso ocurría pensé que era mejor ir poco a poco y dejar para próximos encuentros el sexo anal.

Los dos nos sentimos genial, mucho mejor de lo que realmente habíamos pensado que podríamos sentirnos para ser nuestra primera vez juntos. Terminamos nuestro tiempo en la habitación con el propósito de volver muy pronto, de utilizar el jacuzzi y de probar los dos agujeritos restantes de Alba.

Es cuestión de tiempo que todo ello ocurra, pero volveremos a vernos, volveremos a disfrutarnos y, estoy absolutamente seguro, volveremos a derramarnos el uno sobre el otro, porque entre los dos hay una química que escapa a la explicación que con palabras pudiera hacerse.