Xtories

Memorias de un ciclista bien dotado (1)

Nunca imaginó que probarse unas mallas ciclistas lo llevaría a un probador estrecho y caliente. Ella, la respetable jefa del departamento, no pudo resistir la tentación de su cuerpo joven. Ahora, el sudor y el deseo han borrado todas las barreras.

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La señora Hernández cabalgaba sin cesar sobre mi polla. Su frente estaba bañada en sudor. Su nívea blusa blanca del uniforme empezaba a empaparse, transparentando un sencillo sujetador también blanco que cubría las grandes tetas de la mujer. En la blusa, junto al pecho izquierdo, resaltaba la placa con la inscripción: "Sra. Hernández. Jefa Departamento de Deportes". Sí, no había dudas: aquella mujer madurita era la Jefa del Departamento de Deportes de ese centro comercial, el más famoso de España, de mi ciudad. Pese a ello, cabalgaba totalmente fuera de sí sobre mi dura y tiesa verga. Parecía más una vulgar puta que toda una respetable señora. Hacía calor, mucho calor, en aquel estrecho probador de la Planta de Deportes del centro comercial. Yo, un por aquel entonces joven de 18 años recién cumplidos ese mismo día, estaba completamente en pelotas. Siempre había sido un chico tímido, retraído, parco en palabras. Nunca había tenido novia, nunca había follado...hasta aquel día. La señora Hernández seguía botando y botando sobre mí pidiéndome insistentemente que me corriese de una vez, que llenara con mi semen su coño y sus entrañas. Aquella mujer me estaba desvirgando sin ni siquiera desnudarse. Estaba vestida entera con el uniforme de las dependientas del centro comercial: blusa blanca, falda azul, medias negras transparentes de tipo pantyhose. Simplemente se había subido la falda hasta el estómago, se había desgarrado de un fuerte tirón las medias por la entrepierna y se había apartado hacia la derecha las bragas para que mi polla tuviera acceso a su pringoso coño.

No paraba de meterme prisa, me suplicaba que me corriese ya, que allí ya no quedaba nadie, que estaban a punto de cerrar y que tendría que sacarme por la puerta de personal. Pero yo aún resistía sin eyacular. Me agarraba a los muslos de aquella mujer, sentía la suavidad de las medias. Me encantaba esa suavidad, esa sensación...Jugaba con esos pantyhose como juga un niño con un juguete. La fina y delicada prenda presentaba ya varios rasguños provocados por mis dedos. La señora Hernández seguía cabalgando sobre mí con un ritmo ya endiablado. Su cabello rubio teñido estaba mojado de sudor, la pintura de sus ojos y el maquillaje habían empezado a correrse, no así el rojo e intenso carmín en los carnosos labios de su boca. Un olor maloliente se había apoderado ya del pequeño habitáculo. La mezcla del aroma de mi sudor con el de la mujer y la intensa fragancia de los flujos de su coño y de mi polla lo invadía todo. En el suelo, toda mi ropa y también las mallas ciclistas que había ido a comprarme para empezar a montar en bicicleta. La señora Hernández me atendió, me aconsejó sobre modelos, precio y talla; me advirtió de que ese tipo de prendas vienen preparadas para usarse sin ropa interior (para evitar rozaduras) y se empeñó en que, cuando me las pusiera, la avisara para ver si me quedaban bien o no. Lo que no sabía aquella mujer es que el tamaño de mi polla es bastante considerable y que se marcaría de manera tan exagerada bajo la ceñida malla o culotte ciclista. Al verme la prenda puesta, empezó a tartamudear, a decir que me quedaba perfecta, como un guante, pero sin poder apartar su mirada del gran bulto que había en mi entrepierna. Me indicó que el único problema era que se me marcaba mucho el pene. Oír esta palabra de la boca de aquella mujer me excitó al igual que el hecho de que fuera incapaz de apartar la mirada de mi paquete. Estaba como hipnotizada. Con voz nerviosa me confirmó que sí, que esa era la talla de la prenda que debía elegir y que no me preocupase por lo de que se marcase tanto el pene. "Le vas a alegrar la vista a más de una"- me dijo esbozando una pícara sonrisa. Fue entonces cuando levantó su mano derecha, la acercó a mi entrepierna y comenzó a acariciar mi bulto por encima de la malla. Así empezó todo...

La señora Hernández me suplicaba que me corriera ya, que en un par de minutos tendríamos que salir de allí, que por favor, no la dejara así, excitada, caliente como una perra. Moví, entonces, mis caderas hacia arriba, arremetiendo contra las cabalgadas de la mujer. Ella empezó a gemir todavía más. Deseaba sentir los chorros de mi leche invadiendo sin control su cuerpo. Ya no aguanté más y, tras un par de nuevas embestidas, solté hasta la última gota de semen dentro de la señora Hernández justo en el momento en que ella alcanzaba un nuevo orgasmo.

Esa tarde noche de primavera de hace muchos años perdí mi virginidad a manos de aquella mujer madura, que me pidió el número de teléfono para volver a vernos pese a que estaba casada con un importante hombre de negocios de la ciudad. A cambio de darle mi número, le pedí una cosa: sus medias. Quería conservar algo íntimo de la mujer que me había desvirgado. Cuando al fin abandonamos el centro comercial y salimos a la calle, nos dirigimos hacia donde tenía aparcado su coche, abrió la puerta delantera y se sentó en el asiento. Se quitó los zapatos, se bajó las medias y me las entregó rotas, húmedas y con un mal pero excitante olor.

"Ya te llamaré"- me dijo mientras se ponía de nuevo los zapatos, cerraba la puerta y arrancaba su vehículo.

Me marché a casa caminando, con la bolsa del centro comercial en la que llevaba las mallas ciclistas en una mano y en la otra con las medias de la mujer como trofeo, habiendo perdido la virginidad de manera un tanto indecorosa e inesperada, pero sin saber que aquel día había empezado una nueva vida para mí.