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Matrimonio sin deseo (III)

Nacho siempre supo que ella era demasiado buena para que Paco la desperdiciara. Esta noche, mientras su amigo duerme la monada en la habitación de al lado, María le abre la puerta a lo prohibido.

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En primer lugar quiero agradeceros a todos los lectores vuestro tiempo y esfuerzo. Jamás imaginé que mis relatos tendrían tan buena acogida, y que seríais miles las personas que los leéis, incluso me escribís pidiéndome más.

Un placer seguir intentando llegar cada día a vosotros.

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Tras sus dos experiencias de infidelidad o, como diría una cursi, de relaciones extramatrimoniales, María se siente viva, mucho más viva de lo que se ha sentido durante muchos años, en especial durante los últimos.

Para su sorpresa, le ha resultado realmente fácil tener sexo con dos personas distintas y desconocidas, porque aunque Juan Luis es su vecino, apenas habían intercambiado los saludos de rigor, y alguna que otra mirada, pero apenas se conocían hasta esa inolvidable mañana en la que ambos cruzaron la barrera que les separaba.

Con Ismael todo había fluido de otro modo. Ella se sentía más segura, aunque en el corto camino que les condujo al hotel, le surgieron las dudas: Ismael era unos años menor que ella, y una sombra de inseguridad la invadió y no se disipó hasta que vio como el joven exhibía la tarjeta electrónica de la habitación, camino del ascensor.

Los días han transcurrido, sin mayores novedades, salpicados por el sexo que en la intimidad de su dormitorio o del baño, aplica a su cuerpo, recordando los cálidos y recientes encuentros con los dos sementales que acaba de conocer.

Ha descubierto una nueva faceta de su personalidad: es mucho más activa sexualmente, mucho más atrevida, y mucho más cañera, de lo que nunca ha imaginado. Descubrirlo la divierte, la anima a seguir probando nuevas situaciones y, a la vez, la está infligiendo una seguridad y una fuerza que antes no tenía. O que no sabía tener.

Con Paco, su marido,O todo sigue igual: pocas palabras y mucha distancia, tanto física como emocional, tan sólo reducida en las escasas ocasiones en las que él, casi siempre con más alcohol de la cuenta en sus venas, se acerca a ella con la intención de descargar sus ganas en el cuerpo de su mujer.

María acepta con estoicismo el escaso y deprimente sexo con su marido, es la forma de quitárselo de encima, de evitar roces o broncas. Si es antes de marcharse a trabajar, sabe que él se irá más relajado, y también su regreso a casa lo será. Si es por la noche, al acostarse, sabe que, con un poco de sexo oral, o dejándole follar su coño, él se correrá en pocos minutos y quedará dormido a su lado como si no ella no estuviera allí.

La última noche que él descargó su semen, de forma torpe y egoísta, en sobre el vientre de ella porque dijo que le causaba mucho morbo ver su semilla blanquecina sobre su piel, María aprovechó su ida al baño, para limpiarse los restos de aquella infame corrida, para recordar cómo Juan Luis e Ismael la llevaron a sentir un placer indescriptible. Como ambos machos, con las dosis justas de delicadeza, tacto y fuerza, fueron capaces de hacerla sentir mujer, en lo más profundo de su ser. Cómo la condujeron directamente al cielo, recibiendo la mayor descarga de placer que nunca había recibido.

Y fue así como sus manos, sin que fuera un acto premeditado, abrieron los labios de su sexo, permitiendo que las primeras gotas de sus fluidos asomaran al exterior.

Jugó un rato con sus dedos en sus labios y su clítoris, haciendo que éste se inflamase como un globo, y adquiriera una gran dureza. El placer máximo lo sintió cuando, mientras se introdujo 3 dedos de su mano izquierda emulando una potente polla, con el dedo pulgar de la mano derecha estímulo su clítoris, con rápidos, precisos e intensos círculos.

Acabó corriéndose. Acabo sintiendo como sus fluidos resbalaban por la parte interior de sus muslos, salpicando algunas gotas hasta caer en el suelo, a consecuencia de los violentos movimientos de sus dedos. Tuvo que ahogar el grito de placer que, sin duda, habría despertado a su marido y, quizá a sus hijas.

Volvió a la cama, lamentando tener semejante ser a su lado, pero alegre por haber descubierto la forma de sustituirle y dar un nuevo matiz a su vida.

Hoy es sábado. Hoy es el cumpleaños de su marido. Y como siempre, a María le toca preparar la reunión que se va a celebrar en su casa. Ella siempre propone salir a tomar algo con amigos y familia, para evitar todo el trabajo que supone preparar la reunión en casa, pero él siempre se opone.

Aprovechando el buen tiempo, monta una mesa en el jardín del chalé. Todo a base picoteo y canapés. Ya que María ha elegido el “menú”, lo ha hecho lo más cómodo posible para ella. Un picoteo informal y mucha bebida porque, al final, lo que todos más valoran es lo que beben. El último año sobró cena para media semana siguiente, y no quiere que le suceda lo mismo.

A la celebración acuden sus padres, sus suegros, su hermana con su novio, el hermano de su marido con su mujer, dos parejas de amigos y el amigo del alma de su marido: Nacho. También estarán sus hijas, aunque la fiesta continuará cuando ellas se hayan acostado.

Nacho y él son compañeros de trabajo. Se conocen desde hace muchos años. Nacho estuvo casado, pero se divorció hace unos años y no se le conoce pareja estable desde entonces. Se dedica a picotear o, como dice su marido: a ir de flor en flor.

Nacho es un cincuentón que se conserva bastante bien para su edad. De hecho podría decirse que el divorcio le ha sentado realmente bien. Desde que se divorció se apuntó al gimnasio, sale a correr dos o tres veces por semana y, a diferencia de lo que hacía antes y sigue haciendo su marido, apenas prueba el alcohol, salvo algo de vino para acompañar la comida.

María quiere causar la mejor sensación posible. Siempre ha estado picada con su cuñada, pero este año quiere salir victoriosa. Se ha comprado un vestido especialmente elegido para lograr su objetivo. Se trata de un vestido largo, de tul color beige, sin mangas, que baja hasta un poco más allá de las rodillas, con una gran abertura lateral y, cuya principal característica, es que es semitransparente.

En la zona del pecho lleva algunos adornos bordados en forma de flores. María ha decidido que lo mejor es ponérselo sin sujetador. Eso provocará que las miradas de todos se centren en ella, buscando el momento en el que las florecillas del bordado dejen ver sus rosados pezones. En la parte de abajo ha elegido un tanga del mismo color que el vestido.

Se ha peinado con una especie de trenza vikinga, a modo de diadema, por debajo de la cual pasa gran parte de su melena, a modo desenfadado.

Se mira en el espejo, antes de salir de su habitación. Se gusta. Está realmente guapa y atractiva. El vestido y la poca ropa interior que lleva causan el efecto deseado: sus pechos casi pueden verse por completo y, en función de cómo se mueva y de cómo se coloque, pueden apreciarse sus dos pezones. El tanga, aun siendo del mismo color que el vestido, es visible a través del tejido semitransparente de éste. Se calza con unos zapatos, también de color beige, con tacón, y sale.

Paco la mira con cara de incredulidad:

- Joder, cómo te has puesto ¿no?

- Es el cumpleaños de mi maridito, que los demás vean la joya que tienes por mujer –responde María con cierta sorna, aunque no cree que él sepa entender el mensaje.

Sale al jardín, dónde ya hace un rato que todo está dispuesto, esperando a que lleguen los primeros invitados, mientras camina, su marido no le quita la vista de encima mientras piensa que realmente sí está buena, muy buena.

Los invitados llegan. En primer lugar lo hacen los padres de él. Su suegra mira a María con desconfianza: muy atractiva se ha puesto su nuera para un simple cumpleaños en el jardín de su casa (piensa para sus adentros).

A continuación llegan los padres de María y, casi a la vez, su hermana y su nuevo novio. Se saluda con todos de forma mucho más efusiva que con sus suegros.

Después van llegando los amigos y, en último lugar lo hace Nacho. Y no le extraña nada a María que Nacho triunfe entre las mujeres, de un rango de edad muy amplio. Es un maduro muy interesante, entre guapo y atractivo, con una sonrisa y una mirada capaces de derribar el más formidable muro. Debe de gustar por igual a mujeres desde la treintena hasta los sesenta años, sin ninguna duda.

María saluda a Nacho dándole dos besos en las mejillas, como siempre. Percibe el suave aroma de su perfume. Quizá siempre haya sido así, siempre haya olido así de bien, pero ahora María está en otro estadio de su vida, y percibe cada sensación, cada matiz y cada gesto de un modo distinto.

Ya en el jardín se reúnen con el resto de la concurrencia. Nacho y Paco se funden en un fraternal abrazo, regado con fuertes palmetazos en la espalda. En eso, los hombres, son todos iguales.

María puede comprobar que su marido ya ha vaciado varios botellines de cerveza, y apenas han comenzado la fiesta. Como siempre, caerá borracho perdido en la cama, inerte hasta bien entrada la mañana siguiente. Pero esa circunstancia, por primera vez en mucho tiempo, a María no la preocupa.

Los últimos en llegar, como siempre, son los cuñados de María. Siempre tienen que dar la nota diciendo que aquella casa está en el culo del mundo, que es imposible llegar sin perderse, y que parece que han sembrado las rotondas en esa zona de la ciudad. Ambas mujeres: María y su cuñada, se atraviesan dagas con la mirada. Sin novedad.

El tiempo va transcurriendo. La noche es agradable y, como era de esperar, las botellas bajan más deprisa que los canapés y el resto del picoteo. Las niñas se cansan de tanta gente mayor aburrida con sus aburridas conversaciones. Y eso que José, nuevo novio de Cristina, la hermana de María, ha jugado con ellas durante buena parte de la noche.

Las niñas deciden que para ellas la fiesta ha terminado y piden irse a la cama. Paco las despide con la mano, María se encarga de acompañarlas y darlas las buenas noches. Como siempre.

Antes de bajar para reunirse de nuevo con el resto de los invitados, María pasa a su habitación y vuelve a mirarse en el espejo de cuerpo entero que allí tiene. Se ve de nuevo preciosa. Comprende las miradas lascivas de Paco, y las dos o tres veces que éste la ha estrechado por la cintura y ha sobado su culo, sin importarle estar rodeado de gente.

María hace su entrada de nuevo en el jardín. Parece que lo hace una reina vikinga. Nacho, más descarado que nunca, la desnuda con la mirada, no disimulando ni un solo instante mientras acaricia con su mirada las formas del cuerpo de María, devorando con sus ojos desde el evidente triángulo que el tanga dibuja en su entrepierna, hasta sus insinuantes pezones.

Y a María, esa mirada, ha terminado por encenderla. Por despertar su lado más sensual y erótico. María responde a la mirada de Nacho de forma completamente distinta a como lo hubiera hecho hace bien poco tiempo. Le sostiene la mirada y se acerca hasta él, para pedirle que le ponga algo de beber.

- ¿Y qué quiere tomar, la más bella de las princesas? –pregunta Nacho con toda la galantería que pudo desplegar.

- Lo mismo que vos toméis, caballero –responde María, aceptando el órdago.

Nacho prepara con destreza un mojito, que es la bebida que él está tomando, y se lo entrega a María, justo en el momento en que Paco tropieza con una silla y está a punto de arruinarlo todo, cayendo a la piscina.

- Parece que Paco va un poco perjudicado –dice Nacho.

- Paco siempre va perjudicado –responde María.

- La verdad es que bebe demasiado. Se lo digo muchas veces. Pero no me hace caso. Y es una verdadera lástima. Debería estar más pendiente de la preciosidad de su mujer –dice Nacho lanzando de nuevo una mirada sobre María que parece tener rayos X.

- Él se lo pierde –responde lacónica María.

La nueva pareja continúa la charla distendida, mientras Paco continúa bebiendo, y más gente decide que llega la hora de marcharse: lo hacen las dos parejas de amigos, que tampoco han sido la alegría de la huerta y los padres de Paco. Sólo quedan los padres de María, Nacho, Cristina y José y Paco.

María retira algunas de las bandejas que ya han quedado vacías, para ir ganando tiempo. Su hermana la echa una mano y, ya en la cocina, le habla:

- Joder, hermanita, me parece que tu relación con Paco brilla por su ausencia –dice Cristina.

- A Paco, lo que le brillan, son los ojos –responde María.

- Ya lo veo. Es tremendo como va. No sé como le aguantas –dice Cristina.

- Por las niñas, hermanita, por las niñas.

- Aún así, debe de ser difícil aguantar a un tío así –insiste Cristina.

- Tengo mis técnicas de relajación para no pensar en ese ser –responde María sin poder evitar una sonora risa.

- No me expliques más, María, que me vas a poner nerviosa –le dice Cristina, que continúa hablando-. Por cierto, ¿te has dado cuenta de cómo te mira Nacho?

- No sé ¿Cómo me mira?

- ¿Qué cómo te mira? Te devora, María. Y diría que te desnuda con la mirada, pero casi no hace falta, porque vaya ropita sexy que estás luciendo –contesta Cristina, también riendo.

- Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los humanos –responde María-, y si el humano que tengo por marido se lo quiere perder, ya estarán otros pendientes.

- ¡¡¡Ay, hermana!!! Que tú te quieres calzar a Nacho.

- Desde luego, mi respuesta no sería un no –responde con claridad María.

- ¿Necesitas apoyo logístico? Puedo dejarte la llave de mi casa –se ofrece Cristina.

- No hace falta, no te preocupes. Gracias por el ofrecimiento.

Ambas hermanas se funden en un sincero abrazo, y vuelven a hacer su aparición en el jardín. Paco sigue a lo suyo, vaciando botellas. Apenas es capaz de sostenerse en pie.

Los padres de María quieren marcharse, pero a su padre le da un poco de apuro dejarla allí con Paco en esa situación. María le dice que no se preocupe, ya se encargará ella de su marido cuando llegue el momento. A lo que Nacho añade que él no tiene inconveniente en cargar con su amigo hasta su cama.

Cristina y José, después de que se hayan marcado los cuñados de María, deciden que también ha llegado el momento de hacerlo ellos. Cristina le guiña un ojo a su hermana. José lo ve, imagina lo que ocurre, pero no dice nada.

Los padres de María se marchan también, a la vez que su hija pequeña y su novio.

En lo que hasta hace un rato era una fiesta sólo quedan Paco, que está borracho como una cuba, María y Nacho.

- Creo que te va a tocar subir a este pellejo lleno de alcohol a la cama –le dice María a Nacho.

- No te preocupes, ya contaba con ello. Sólo te voy a pedir algo a cambio.

- Lo que tú quieras, Nacho –responde María.

- Cargo con este y te pido que me pongas algo para tomar, me sabe mal dejarte sola con él en este estado, prefiero asegurarme de que duerme y te deja en paz.

- Me parece perfecto, Nacho.

Nacho carga como puede con Paco. Éste apenas se tiene de pie, y balbucea incoherencias mientras le sube hasta su habitación. Le quita los zapatos y le tumba en la cama. Apesta a alcohol. Nacho piensa que Paco es un perfecto gilipollas. Tiene una mujer que es un monumento, debería dedicarle más tiempo a ella y menos al alcohol. Pero él sabrá.

Mientras Nacho acuesta a Paco, María aprovecha para acabar de recoger las sobras y restos de la fiesta, y le espera en el salón sentada en el sofá, sin preocuparle en absoluto que la abertura lateral del vestido muestren gran parte de uno de sus muslos, casi hasta la ingle.

Nacho aparece en el salón. Es una especie de Adonis de cabello blanco y sonrisa como hipnótica.

- He cumplido mi parte del trato –dice Nacho, cargado de seguridad, mientras se sienta frente a María.

- Sí, sabía que cumplirías. Ahora te toca pedir, para que yo pueda cumplir mi parte.

- Sabes que no me gusta demasiado el alcohol. Uno o dos combinados, como máximo, y ya los tomé.

- Puedes tomar cualquier otra cosa. No sólo hay alcohol en esta casa.

- No sé si lo que me gustaría tomar no será más peligroso que el alcohol.

- Prueba, si no lo pruebas no lo sabrás –responde María, acompañando a sus palabras con la más provocadora de sus miradas.

Nacho se levanta y se acerca hasta María. Hace que ésta se levante. La sujeta por la cintura, mira a sus ojos con una mirada cargada de ardiente deseo. Y la besa. Busca con ansia la lengua de María a través de sus labios.

María se deja hacer. Abre sus labios y deja que la lengua de Nacho, con un suave sabor aún al mojito que acaba de apurar hace unos minutos, invada su boca. Siente como la lengua del hombre llena su boca, lamiéndola por dentro, enredándose en su propia lengua, mientras sus labios se funden cada vez con más intensidad y ardor.

La respiración de María se acelera, de moco que hace que su pecho comience a subir y bajar de forma evidente, rozando el pecho de Nacho. Éste desliza una de sus manos, de forma que procede a acariciar y sobar el culo de María, comprobando que, tal y como aparentaba por la forma de moverse, sus glúteos están bastante prietos.

Nacho atrae aún más hacia sí mismo el cuerpo de María, hasta tal punto que la hace sentir su incipiente erección en el vientre.

María puede sentir como el pene de Nacho comienza a crecer y endurecerse bajo la ropa. Y, por lo que ha podido comprobar últimamente, da la sensación de ser de un tamaño considerable.

Ella también empieza a notar que la humedad invade su sexo. Aunque esa naciente humedad no es capaz de apagar el fuego que siente en su excitado coño.

Se dejan caer en el sofá, mientras Nacho se quita el polo con destreza, mostrando un pecho depilado y fornido que hace las delicias de las manos y de los labios de María, que no puede resistir la tentación de sentir en su boca el contacto con ese torso desnudo y fuerte que se le ofrece.

A la vez, Nacho conduce una de sus manos hasta lograr pasarla por debajo del vestido de María, para comenzar a subir por su pierna, despacio y suavemente, acercándose de forma paulatina hasta su entrepierna. A medida que se acerca a ésta, es capaz de sentir con mayor claridad el incremento de temperatura que, esa parte del cuerpo de la mujer de su amigo, está experimentando.

Vuelven a besarse sus bocas, con más intensidad y pasión que antes, momento en el que Nacho desliza con desesperante suavidad sus dedos por la hendidura del coño de María, todavía por encima del tanga, hasta detenerlos precisamente en su ya hinchado clítoris.

María no puede reprimir un primer gemido de placer. Un jadeo espontáneo y rítmico comienza a ser emitido por su boca, mientras sus manos buscan con ansia la polla de Nacho. Y la encuentra. Encuentra el enorme abultamiento que se marca en el pantalón de él, la tantea con la mano y se hace una primera imagen de cuál será su tamaño, y lo que imagina la deja entusiasmada.

María logra a duras penas, pues los dedos de Nacho no dejan de proporcionarla, uno tras otro, constantes latigazos de placer, desabrochar el pantalón del hombre. Estirándose cuánto puede, logra bajar el pantalón y el bóxer. Y por fin puede rozar con su mano la polla de Nacho. Está dura, muy dura. Y como había imaginado, es grande. Llena de sobra toda su mano. Es larga y gruesa y, comparada con la de su marido, ésta si es la polla que toda mujer quisiera disfrutar. Ella la va a disfrutar.

No sabe qué ha hecho Nacho en su coño, pero no ha podido reprimir otro gemido de placer, más intenso y sonoro que el anterior. Nacho se preocupa. No es buena idea que Paco o las niñas se despierten y les vean en esa actitud en el salón. Toma una decisión. Le quita a María el tanga y se deshace por completo de su ropa para no parecer un pingüino.

Se coloca sobre el coño de María, subiéndole el vestido hasta la cintura, a la vez que él la ofrece su polla para deleite de su ansiosa boca. El aroma del coño de María, inundado ya de fluidos, es embriagador. Mucho más de lo que le resultó el alcohol que había tomado.

María toma el pollón con ambas manos. Lo sostiene a escasos centímetros de su boca, antes de introducírselo en ella, antes de llenar por completo su boca con semejante herramienta, la más grande y gruesa, sin duda, que nunca ha probado.

Comienza a sacar y meter esa enorme polla de su boca, intentado seguir el mismo ritmo que Nacho marca con la lengua y labios en su coño y clítoris. El placer comienza a volverles locos.

Ahora, cuando María quiere gemir, el grito lo ahoga la enorme verga que se está comiendo, apretando aún más los labios sobre su férreo tronco.

Nacho, tras unos minutos deambulando con sus dedos alrededor de los labios vaginales de María, a la vez que la devora y succiona el clítoris, decide que llegó el momento de comprobar la elasticidad de ese precioso y depilado coño: introduce, sin previo aviso ni más prolegómenos, tres de sus dedos en el coño de María, a la vez que succiona con más fuerza e intensidad su clítoris.

La reacción de María no se hace esperar: gime sin parar, apretando con fuerza el glande de Nacho, al que succiona con intensidad, sin ser capaz reprimir un primer orgasmo. Éste llega de forma violenta, haciéndola convulsionar su cuerpo y sus piernas. María se olvida de todo por unos segundos. No sabe quién es, ni dónde está, ni con quién está. Sólo siente placer. Un placer que la devora las entrañas, que aflora por cada poro de su piel y que se convierte en viscoso fluido que llena la boca de Nacho, el cual ha quedado impresionado por el desmedido modo de sentir placer de aquella mujer.

Poco a poco, ambos se relajan. Sobre todo María. Nacho sigue con la erección por todo lo alto, y con más ganas que nunca de follar a esa preciosa mujer.

María también quiere sentir su enorme polla dentro de su alma, llenándola el coño y el útero hasta volverla loca. Se coloca a 4 patas sobre el sofá, de tal modo que, Nacho de pie, detrás de ella, tiene una posición perfecta y una perspectiva inmejorable.

Y así se coloca, tras ese precioso culo: redondo, ligeramente respingón, firme y tentador. Conduce con su mano su enorme polla hasta la ardiente y empapada entrada del coño de María. Lo roza con el glande, moviéndolo ligeramente arriba y abajo para que ella pueda sentir y hacerse una idea de toda la masa de carne dura y ardiente que va a penetrar en su cuerpo.

Y comienza a penetrarla. Despacio, con suavidad. Sabe que no todos los coños admiten su enorme glande dentro con facilidad. Pero María ha demostrado tener un coño muy elástico que está, además, muy lubricado y estimulado.

El glande va penetrando poco a poco, mientras María apoya su cara en el respaldo del sofá, para ahogar sus gritos de placer, la locura de su placer. Tras un minuto largo, Nacho ha conseguido introducir todo su glande en el coño que María le ofrece. Permanece quieto durante unos instantes, para que el coño de María se habitúe a ese objeto extraño y enorme que acaba de entrar, y aprovecha este momento para acariciar las nalgas, la espalda e, incluso, los pezones de la mujer, también excitados y duros.

Tras este momento de adaptación, Nacho comienza a bombear su polla dentro de María. Comienza poco a poco, sin prisa, con suavidad. Pero, poco a poco, incrementa su ritmo, la intensidad de sus empujones, la velocidad a la que su cuerpo presiona el de ella.

María siente como esa enorme verga la llena, la roza su excitada y sensible vagina hasta llevarla al paroxismo de la locura más absoluta. Su cuerpo arde por dentro, y el único remedio para su ardor es quemarse más, arder con semejante polla bombeando en su interior, en sus entrañas.

Y María siente otra cosa. Siente las manos de Nacho golpeando sus nalgas, propinándole varios palmetazos que le producen una mezcla de escozor, dolor y, sobre todo, placer. Le resulta extrañamente placentera esa sensación, saberse sometida a la voluntad de un macho poderoso como aquél, capaz de acariciarla con la mayor de las dulzuras y, acto seguido, marcarle las nalgas con un par de firmes palmetazos.

Él percibe que ella recibe bien su último estímulo, y lo repite varias veces, hasta dejar enrojecidas las, hasta hace bien poco, blancas nalgas de María. Ver sus manos marcadas en tan delicioso culo es un motivo más para incrementar el deseo y el placer que Nacho siente.

Nacho gime. Lo hace en un volumen más atenuado que el de María. Pero gime. Y lo hace cada vez más intensamente. Las respiraciones de ambos son entrecortadas, tratando de ganar el suficiente oxígeno para mantener sus cerebros con la lucidez suficiente.

Y la polla de Nacho no para de entrar y salir de aquel cuerpo femenino, impregnado en los fluidos que emanan del mismo, que chorrean hasta el exterior, hasta acabar mojando sus muslos y deslizarse por ellos hacia el sofá.

El ritmo ya es frenético, no hay vuelta atrás. No hay escapatoria. El coño de María devora con ansia la polla de Nacho. Ella quiere devorarla, él quiere ser devorado.

María alcanza un nuevo clímax, tan intenso como el anterior a pesar del poco tiempo transcurrido. Un nuevo cargamento de fluidos rezuma de su coño, mojando sus muslos, mientras aprieta la boca contra el respaldo del sofá, para mitigar en lo posible el escándalo que sus gemidos y gritos producen, a la vez que sus dedos pellizcan sus pezones, con una mano y su clítoris con la otra, tras esa fenomenal cabalgada que Nacho la ha proporcionado.

Nacho se siente poderoso follando a esa mujer, llenándola con su polla, provocando sus gemidos, gritos y fluidos. Pero mantiene un ápice de lucidez. No sabe si María toma la píldora, si lleva un DIU o si es o no fértil. Ni siquiera sabe cuántos privilegiados más habrán follado su coño, por lo que, casi en el último instante, logra sacar su pollón del coño de ella.

María se gira casi de inmediato, quedando sentada sobre sus doloridas nalgas, esperando la corrida de Nacho. Le ayuda a hacerlo, tomándole la polla con una de sus manos para pajearle, mientras sigue masajeándose el clítoris y el coño.

En menos de 30 segundos Nacho se corre sobre el vestido de María. Son varios chorros consecutivos de semen. Chorros abundantes de semen caliente y viscoso. Prácticamente todo cae sobre ella. Parte llega hasta salpicar su boca, otra parte sobre sus tetas descubiertas y, el resto, lo hace sobre el vestido, dibujando una enorme mancha de humedad blanca.

María, aún poseída por el placer y el ansia de sexo, abre su boca para acabar de lamer los últimos restos de semen que afloran a la punta de la polla de Nacho.

Después, ambos se besan. Se miran. Se acarician.

Y mientras tanto, Paco se revuelve inquieto en la cama, ha oído algunos ruidos extraños, pero el enorme abotargamiento que le invade le impide pensar. Será María, acabando de recoger, consigue llegar a dilucidar. Esa mujer es una pesada de cojones.

(Continuará... si queréis)