Me folló el jefe de mi marido
Horacio no es solo el jefe de Luis; es el hombre que tiene el poder sobre su futuro laboral. Cuando Sara entra en su despacho, no busca una aventura, pero la manipulación y la promesa de libertad son demasiado tentadoras. En un escritorio lleno de papeles, el límite entre el deber y el deseo se desdibuja.
«¡Otra vez!», pensé al darme cuenta de que Luis, mi marido, se había vuelto a dejar el túper de la comida en casa. Me lo llevé a mi trabajo con la idea de hacer una escapadita y acercárselo al suyo.
A la hora de comer llegué a su oficina. Me extrañó que sus compañeros se me quedaran mirando. Iba vestida de forma sencilla y nada provocativa con un mono negro corto, con estampado floral, anudado en la espalda abierta.
Luis no estaba en su mesa. Preguntó a un compañero suyo y, sin decirle nada ni quitarse los cascos, inclinó la mandíbula hacia un despacho cercano.
Se detuvo ante la puerta en donde un letrero anunciaba el nombre del jefe de su marido: Horacio Hinx.
Antes de tocar la puerta se asomó a través de la pared de cristal. Luis y Horacio se miraban recelosos mientras discutían sentados algún tema laboral. Al verla, Horacio se levantó y le abrió la puerta.
—Sara, ¡qué sorpresa! ¿A qué se debe el honor de tu visita? ¿No tendremos la suerte de que quieras unirte a nuestro equipo, verdad?
—Hola. —Me acerqué para intercambiar dos besos— No, es por otra cosa. ¿No te has dejado nada?
—Hola cariño. No, ¿por?
—Toma... —dije dándole su comida.
—¡Ostras, me lo había dejado!¡Gracias! —respondió efusivamente dándome un abrazo
—Luis, tan despistado como siempre —comentó Horacio.
—Será que tenía en la cabeza otras cosas, como lo de este fin de semana.
—¿Este fin de semana? —pregunté sin saber a qué se refería.
—¿No te lo ha dicho tu marido? Él y el resto del equipo van a venir a trabajar —dijo sonriente.
—Eso es lo que estábamos comentando ahora. Tenía que confirmarlo, por eso no te había dicho nada aún.
—Vaya. Se nos rompen los planes para el finde. Bueno, tengo que volver a mi trabajo. Nos vemos luego. Un placer Horacio.
El hombre se acercó de nuevo para darme dos besos y cerró la puerta tras mi salida.
Aquella tarde en casa Luis estaba entre triste y enfadado. Triste por tener que trabajar el sábado y enfadado directamente con su jefe. El carácter autoritario de Horacio no había dejado opciones para evitar tener que trabajar aquel fin de semana y encima había hecho sentir culpable a todo el equipo de la situación y que era responsabilidad totalmente suya. Mi marido no estaba de acuerdo, pero no le quedaba otra que aceptarlo.
—Es un cabronazo —ladró furioso.
—Bueno, es solo trabajo, no le des más vueltas.
—Ya, pero me jode tener que ir fuera del horario porque al señorito se le ha antojado que tenemos que hacerlo porque la situación es culpa nuestra.
—Es solo un día, ya está. Podemos hacer planes para el domingo y ya está. Además, igual os compensan por ir a trabajar el fin de semana.
—¿Compensar? Ni un céntimo en horas extras ya que según él es culpa nuestra y que estamos haciendo perder dinero a la empresa. Igual ganar menos beneficios sí, pero no perder dinero. El error es un proceso de aprendizaje, no tendría que castigarnos por ello. ¡A la mínima que encuentre algo me largo!
—Tranquilo amor. Te apoyaré en lo que necesites. No le des más vueltas y pasa.
* * *
El resto de la semana transcurrió en un ciclo reiterativo de enfado por parte de mi chico. Por fin había llegado aquel odiado sábado y Luis se levantó, como cualquier día de entre semana, para ir a trabajar.
Yo aproveché para comer con unas amigas. Por la tarde llamé a Luis, quien parecía cansado, pero hasta cierto punto satisfecho. Parecía que las cosas les estaban saliendo bien pero aún les quedaba trabajo y no sabía a qué hora llegaría.
Nos despedimos y se me ocurrió la idea de sorprenderle reservando mesa en su restaurante favorito para cenar.
Toqué el interfono, pero nadie me abrió la puerta. Esperé tranquila. Aquel día no estaría el chico de recepción y a algún trabajador le tocaría ejercer sus funciones.
La puerta se abrió y entré.
Lo primero que me sorprendió es que no se oía el ruido de fondo habitual en aquel lugar. Con menos gente, se debía de poder trabajar mucho más tranquilos.
Me acerqué hasta la mesa de mi marido y no había nadie. Ni él, ni ningún otro compañero de su equipo.
Vi luz en un despacho cercano y me acerqué. Quizás estarían allí reunidos.
Horacio me abrió la puerta de su despacho nada más verme.
—¿Qué se ha dejado Luis esta vez? —dijo en un tono irónico mirándome de arriba abajo y disfrutando, aparentemente, con la contemplación de mi camisa, minifalda y tacones.
—Eh... no. Hola, señor Horacio. Quería dar una sorpresa a Luis.
—No está. Él y el resto se han ido a cenar y yo creo que a celebrar que les ha ido bien trabajar hoy.
—No me ha dicho nada —contesté frunciendo el ceño.
—Parecían contentos. Al final vamos a tener que instaurar el trabajar los sábados si les alegra tanto y consiguen buenos resultados.
—¿¡Qué!?
—Nada mujer, bromeaba. —Me puso una mano en el hombro— Los sindicatos se me echarían encima. Pasa, pasa. Siéntate.
Me quedé mirando el despacho y su decoración espartana. Minimalista, en la amplia mesa solo había dos monitores, los accesorios del ordenador y un marco de fotos del que no podía apreciar qué contenía. Un sofá en un lateral debía de servir para conversaciones más informales.
Parecía que estaba en una entrevista de trabajo.
—Bueno Sara, cuéntame. ¿Cómo estás? —preguntó sonriente.
—No le voy a engañar, un poco enfadada.
—¿Y eso? ¿Por qué Luis se ha ido a cenar sin decirte nada?
—Eso me irrita un poco, pero no le negaré que no me hace gracia que tenga que venir a trabajar los fines de semana.
—“Ahhhhh” —dijo reclinándose hacia atrás en la silla—. Así que estás enfadada conmigo, ¿verdad?
—Yo no he dicho...
—No hace falta que digas nada, te entiendo —interrumpió—. Siempre pesan sobre mí los prejuicios del jefe malvado y autoritario. Si indagas un poco entre tu marido y sus compañeros podrás comprobar que todo esto es responsabilidad suya.
—Pero... ¡no es justo que tengan que venir en sábado! —estallé.
—La vida no es justa, pero la justicia no aplica donde lo hace la responsabilidad. ¿Sabías que todos los que han venido hoy lo han hecho de forma voluntaria?
—No... Luis me dijo que tenían que venir hoy.
—Exactamente. Otra vez, es un tema de responsabilidad, no de obligación. Interpretaste que yo les había obligado, pero ¿él te llegó a decir eso?
Me quedé unos segundos pensando y recordando nuestras últimas conversaciones.
—No, creo que no.
—¡Ahí lo tienes!
Resoplé. Me sentía hecha un lío, a caballo entre la ira y la frustración.
—Aun así... Horacio, no quiero más fines de semana así.
—Te entiendo, y quizás podría ayudaros.
—¿Cómo? —dije con los ojos resplandecientes.
—Bueno, una ayuda por una ayuda —soltó reclinándose en su sillón ejecutivo.
Le miré a los ojos sin entender a qué se refería. Focalicé mi vista en su incipiente calvicie y en su barriga de no saltarse ningún capricho. Comprobé cómo brillaban sus dientes perfectamente blancos, gracias a un tratamiento dental, y comprendí a qué se refería.
Entreabrí la boca sin saber qué decir al tiempo que Horacio se levantaba. «¿Estaba aquel señor haciéndome una proposición indecente?», pensé. Engalanaba sus palabras para que todo fuera cosa de los demás, pero estaba claro que era un manipulador nato que hacía un uso perfecto del poder que tenía. Bueno, más abuso que uso.
Sentí su respiración sobre mi pelo. Estaba al lado mío esperando una respuesta. «¿Por qué dudas? ¡Está clarísimo!», me recriminé a mí misma.
Fue demasiado tarde.
Horacio interpretó mi silencio como una afirmación.
Sentí su cálida mano acariciándome la cara y no supe cómo reaccionar. Bajó la mano, y en un aparente gesto accidental me rozó el pecho derecho. Al comprobar que no oponía resistencia, su mano se posó firmemente sobre mi pecho.
—Una elección muy responsable, Sara —me dijo con voz embaucadora—. No te imaginas cuánto te deseo...
Masajeó mis pequeños pechos por encima de la ropa con la respiración acelerada. Sus hábiles dedos jugaron con mi camisa y comenzaron a desabrocharla lentamente.
—Ni un fin de semana más —dije con convicción.
—Ni uno más —reafirmó él.
—¡Ni festivos! —exclamé intentando dejar las cosas claras.
El hombre se rio e introdujo sus manos en la abertura de la camisa para toquetear mis pequeños pechos por encima del sujetador negro que llevaba puesto.
—Qué tetitas más deliciosas.
Me dejé hacer pacientemente pensando en que en aquellos tocamientos acabaría todo.
No fue así. Con un diestro movimiento sacó mis pequeños y firmes pechos al aire. Sin esperar un momento, se lanzó con la boca abierta sobre mi teta izquierda. Succionó no solo el pezón, sino casi todo el pecho. Su voracidad no tenía límites. Masajeó mi otro pecho y lo chupó también.
—Vamos a pasarlo muy bien —dijo alargando la última palabra al tiempo que me acariciaba la cara interior del muslo.
Llegó con una mano hasta mi tanga mientras que con la otra me tocaba las tetas.
Su masaje sobre mi sexo era muy rápido y la respiración se me aceleró.
—Te estás poniendo “cachondita” ¿eh?
No respondí, pero cuando el hombre se acercó a mi cara, recibió sus labios y lu lengua sin oposición. Su lengua se movía rápidamente en el interior de mi boca con la misma velocidad que sus dedos sobre mi ropa interior.
—Qué suerte tiene Luis, aunque ahora la tengo yo. Vas a comerme la polla como una campeona. ¿De acuerdo?
No dije nada y observé en silencio cómo se desabrochaba el pantalón y se lo quitaba junto con sus calzoncillos.
Un pene corto pero grueso apareció ante mí en plena erección.
Hice lo único que podía hacer en aquellas circunstancias.
Agarré el pene por la base y lo acerqué a mis labios. Pasé mi lengua lentamente por la punta mientras que el jefe de mi marido me miraba con la boca abierta. Lo introduje lentamente dentro de mi boca. Debido a su longitud, podía metérmelo entero casi hasta la base. Me quedé unos segundos con aquel falo en mi interior hasta que lo saqué, lo lamí en toda su extensión y comencé a hacerle una rápida mamada a aquel señor. Con una mano le acariciaba los testículos para ponerle aún más cachondo. Con suerte no aguantaría, y todo acabaría rápidamente.
Aguantó.
Mis pequeños pechos blanquecinos se agitaban bajo mi camisa desabrochada con el movimiento constante de mi felación.
El sonido acuoso era intenso, y aquello parecía excitar más a mi amante. Sentía su pene duro y vibrante dentro de mi boca.
—Siéntate en el suelo y apoya la cabeza en la silla como si te fueran a lavar el pelo en una peluquería. —Le obedecí entendiendo rápidamente cuáles eran sus intenciones.
El hombre se ubicó de pies justo encima de mí. Dobló su pene con la ayuda de una mano y lo guio hacia mi boca en aquella postura forzada. Podía ver cómo sus peludos testículos se acercaban peligrosamente a mis ojos.
Me estaba follando la boca.
Sacó mi pene haciendo que mis propias babas se derramaran por la comisura de mis labios.
—Qué putita eres...
Me terminó de desabrochar la camisa. Recogió todos los restos de saliva de mi cara y los untó con la mano en el interior de mi sujetador y manchándome mis pequeños pechos.
Se movió para ponerse frente a mí. Me provocó una arcada de lo profundo que me la metió en la boca. Cuando me recuperé, volvió a la carga bajándome el sujetador de un tirón y masajeando mis senos. Su mano bajó hasta mi sexo al tiempo que, sin poder evitarlo, unió sus labios a los míos.
Me devoraba.
Horacio debía estar extremadamente excitado.
—¿Tienes ganas de que te folle, Sara? —preguntó acelerando el ritmo de su masturbación por encima de mi tanga.
En lugar de responder, gemí.
—No te follaré hasta que me lo pidas.
Dicho esto, me ayudó a levantarme y me tumbé bocarriba sobre su mesa.
Me arrancó, casi desgarrando el tanga, y se arrodilló frente a mí. Instintivamente acogí su cabeza con las piernas abierta.
Su lengua hacía malabares con mi clítoris. Metía la lengua dentro de mi coño y lo masajeaba intermitentemente con la mano.
Se puso de pies y me golpeó los labios inferiores con su glande.
—¿Quieres que te folle?
Le miré en silencio desafiante.
Él me respondió apoyando su pene sobre la entrada de mi vagina, pero sin profundizar.
—¿Quieres que te folle?
—“Mmmmmhhh” —respondiendo de forma ininteligible.
—¿Qué? No te entiendo —dijo sonriente mientras su pene rozaba mi clítoris— Pídeme que te folle o me visto y rompemos el acuerdo.
—¡Sí! ¡Fóllame ya, cabrón! —exclamé apoyando mis talones sobre sus glúteos y atrayéndole hacia mí.
El pene entró entero rápidamente.
—Te voy a follar como toda una putita y te voy a llenar con mi leche. Quiero que digas mi nombre mientras te follo o no me correré.
—Vale Horacio.
Fue decirlo, y comenzar un lento mete-saca. A aquellas alturas estaba muy excitada por todo a lo que me había sometido y necesitaba algo más.
—Métemela más rápido Horacio —dije a sabiendas que eso le excitaría.
Sus embestidas comenzaron a ser cada vez más intensas. Mis pechitos se movían al son de sus golpes de cadera mientras que el hombre se mordía los labios mirándome con lujuria. Las embestidas eran tan fuertes que la mesa crujía peligrosamente y los monitores del ordenador temblaban. Un objeto se cayó, y pude comprobar que se trataba del marco que había visto antes. En él aparecía Horacio con la mujer que debía de ser su esposa. Él se percató y se rio siguiendo con sus movimientos de cadera.
—Joder con la mujer de Luis...
—Sí Horacio. A ver si llegas a la altura de tu subordinado —le increpé.
Rugió y me perforó, como si de una taladradora se tratara, haciendo ruido cuando su cadera chocaba con la mía.
—Qué putita que eres Sara —dijo quedándose quieto.
Pasó una pierna por delante suya colocándome de lado.
—Tienes un culito espectacular —anunció dándome un pequeño azotito. Su pene seguía en el interior de mi coño, bien apretadito entre mis nalgas. Con habilidad, terminó de quitarme el sujetador y comenzó a mover su cadera. El sonido contra mi culo era rítmico y la mesa se quejaba por los envites a los que estaba siendo sometida.
—¿Te gusta follarme Horacio?
—Sí, “mmmmhh”—dijo masajeando con una mano mi culo y con la otra mis tetas.
—¿Cómo vas a correrte dentro de mí?
—Tú harás que te llene de leche
Se separó de mí y se tumbó en el sofá del despacho.
Me acerqué sensualmente contoneando las caderas.
—No me vas a durar ni un minuto, Horacio.
—Eso debías de pensar al principio —confesó leyéndome la mente.
Agarré su pene con una mano y, encaramándome encima de él, me lo fui metiendo lentamente. Entraba con mucha facilidad por lo dilatada y lubricada que estaba.
—Agárrame bien las tetas —le dije poniendo sus manos sobre mis pechos
Apoyé las manos en el sofá y comencé a cabalgarle. Mi cadera se movía con maestría mientras él se dejaba hacer.
—Así Horacio, voy a follarte bien.
Me incliné hacia delante y, nada ver mis pechos a la altura de la cara, comenzó a chuparlos y mordisquear los pezones como un animal.
Aceleré la cabalgada mientras los dos gemíamos al unísono como animales.
—Sí, sí, dame tu leche cabrón.
—¡Aquí la tienes! ¡toda mi leche para la putita de Luis! —gritó.
Sentí cómo su pene se tensó para después soltar un potente chorro de semen que se abrió camino en mi interior. Le siguió otro mientras no parábamos de movernos.
El hombre estaba agotado, pero yo seguía excitada ya que no me había dado tiempo a correrme.
Me levanté, y apasté su cara sentándome encima suya. Rápidamente, la batidora de su lengua comenzó a jugar con mi clítoris. Me pellizqué los pezones hasta que me corrí escandalosamente en su cara.
Al levantarme, su rostro era un poema. No solo estaba totalmente impregnado de mis fluidos vaginales sino también de una mezcla del semen que había manado de mi vagina.
"Bien", pensé. Ha tenido una dosis de su propia medicina.
-----
¡Se agradecerán tus comentarios! ♥
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Infiel a mi marido y lo gocé
Jorge duerme ebrio en el sillón, sin saber que la puerta de su dormitorio se está abriendo. Jhon no pide permiso, ofrece dinero y exige placer.
Comparte:Infidelidad consentidaChantajeDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
El nuevo Jefe de mi mujer 1
La reunión de negocios era solo el pretexto. Lo que realmente buscaba era ver cómo su esposa se entregaba al poder de un hombre que no era él.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaRelacion jefe subordinada
- Hetero: Infidelidad
La cerecita
Bajo el mantel, los vínculos laborales se rompen y las reglas de la oficina se olvidan. Andrea cree ir solo a una cena, pero su esposo ha preparado…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaChantaje
- Hetero: Infidelidad
El Precio del Ascenso
El ascenso de su marido depende de una sola noche. Ricardo Salazar no pide dinero, pide su cuerpo.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion masculinaChantaje
- Hetero: General
Mis vivencias en la oficina
En la oficina, el ascenso no se consigue con currículum, sino con sumisión. Laura sabe que su futuro está entre las piernas de su jefe, pero Belén…
Comparte:Relacion jefe subordinadaInfidelidad consentidaDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Cuernos en la oficina
La oferta de empleo era demasiado buena para ser verdad, pero la verdadera recompensa no estaba en el sueldo, sino en la sumisión.
Comparte:Dominacion masculinaChantajeInfidelidad consentida