Con el tío de su esposo
La soledad de la noche y la ausencia de su esposo ebrio dejaron a Rita sola con Berto, un hombre que el mundo había olvidado pero que, bajo la excusa de una quemadura, despertó un deseo prohibido. Lo que comenzó como una visita de cuidado se transformó en una sesión de placer crudo, mientras Lucrecia observaba desde la sombra, decidida a no dejar escapar la oportunidad de ver a su marido disfrutar
Rita era una joven de treinta y un años, con residencia de Cádiz, que se encontraba casada desde hacía unos tres años con Ramón, un joven de Madrid, al que había conocido durante un tiempo en que este estuvo trabajando cerca de su casa. Su novio era peón albañil, y tras casarse se vino a vivir a Cádiz, donde habitaban en una casa propiedad de la madre de Rita.
Esta era una joven bastante elegante, cabello negro casi azabache, con una rostro bonito y bien parecida, un cuerpo delgado, cintura estrecha, trasero redondo y unos pechos no muy grandes, pero si bastante firmes y con pronunciados pezones. Tampoco tenía una estatura muy alta, sobrepasando apenas 1.65.
Dada la condición de albañil de su esposo, los recursos económicos no eran muy boyantes. Por otro lado, una vez casados, Rita tuvo conocimiento de que su marido estuvo durante varios años enganchando a la droga, y aunque había logrado salir de ella, era consciente que no del todo. Le constaba que se echaba sus porros a espaldas de ella, y por ese motivo tenían varias peleas.
Una tía de su esposo, que residía en Santander, les invitó a pasar unos días en su casa. Tras pensarlo, decidieron aceptar la oferta y trasladarse a Santander hospedándose en la casa de la tía de su marido. La mujer había aceptado ya que se encontraba deprimida y necesitaba unas vacaciones y cambio de aires.
Rita tampoco conocía Santander ni el norte de España, lo que la incitó más a aceptar aquella vacaciones. El marido tenía cuarenta y cinco días de vacaciones por lo que tras iniciar aquellas, inmediatamente tomaron el tren hasta Madrid y de allí se trasladaron en autobús hasta Santander, donde llegaron bastante cansados del viaje.
La tía de su esposo Lucrecia, los saludó con bastante afecto, y luego le llevó a visitar a su marido Berto. Lucrecia era una mujer de sesenta años, y su esposo unos años más. El marido, Berto se hallaba ya pre-jubilado, pero llevaba unos meses en silla de ruedas para desplazarse debido a una lesión en su pierna derecha, aunque dentro de la casa, a veces podía desplazarse con una muleta. Pero, según les contó Lucrecia, se encontraba bastante deprimido y apenas quería salir de su habitación.
Pese al malestar de Berto, por su lesión que le impedía desplazarse como él quería, la joven pudo constatar que era un hombre bastante bien parecido, y que se conservaba bastante bien, alto y con cuerpo atlético.
- Hola Ramón, no sabes la ilusión que me hace tenerte entre nosotros. Hacia tanto tiempo que no te vía. ¡Veo que tu mujer es bastante guapa!. Hola Rita. Por fin te conocemos. –les dijo Lucrecia como bienvenida. -
-Encantada Lucrecia. Yo también estoy muy contenta de estar aquí.
Colocaron sus cosas en la habitación de invitados, y así fueron pasando los primeros días, con visitas por la ciudad de Santander y por la playa. Ramón acostumbraba a hacer el amor a Rita no más de una vez a la semana, o a veces, estas relaciones eran más distanciadas. Por otro lado, en ocasiones se quedaba a la mitad y apenas alcazaba la erección. Tenía conocimiento de que las personas adictas tenían problemas para alcanzar una relación plena, por lo que lo achacaba a ello. Para colmo, esos días Ramón se encontró con un primo suyo de la infancia, y se dedicó a salir por las tardes-noches con el mismo, quedándose Rita en la casa con el matrimonio. La mujer se enfadó un poco ya que detecto que a su regreso su ropa olía a haber fumado alguna sustancia estupefaciente.
Al pasar tanto tiempo en la casa de la tía de su esposo, Rita se fijó en Berto, el esposo de la tía de su marido, el cual apenas salía de la habitación, aunque en ciertas ocasiones, acudía a una habitación del fondo de la casa, donde tenía una televisión con unos sillones, donde pasaba una parte del tiempo. A la semana de estancia, Lucrecia tuvo que acudir a una reunión y le pidió a Rita si podía echarle un vistazo a su esposo, encomendándole que, si llegaba tarde, le acercara la cena a su habitación. Ella aceptó.
En la tarde, viendo que se quedó sola en la casa, decidió acudir hasta la sala donde se encontraba Berto viendo la televisión. Se sentó en uno de los sillones, e intentó hablar con el hombre. Éste resultó bastante parco en palabras. Sin embargo, se sorprendió comprobar que, pese a todo, aquel hombre le mirada con bastante frecuencia, especialmente a sus piernas y muslos. Como hacía bastante calor llevaba puesta una falda más bien corta, por lo que, al sentarse, dejaba entrever sus muslos. Las miradas de aquel hombre que le duplicaba en edad le sorprendieron.
Sin embargo, en lugar de molestarse, dada su escasa relación sexual con su esposo, aquellas miradas le agradaron. Le dio morbo que un hombre sexagenario como aquel se fijara en ella. Pensó en poner más nervioso al mismo, y en algunas ocasiones se abrió de piernas dejando a la vista del hombre sus hermosos muslos y hasta en ocasiones, aquel tuvo una visión clara de sus braguitas. Durante la merienda, la joven le acercó la misma, abriéndose un poco la blusa que llevaba puesta para dejar entrever sus generosos pechos.
Percibió el tremendo efecto que causó en el hombre, notando su nerviosismo, hasta el punto de que, con la agitación se le derramó por encima del pantalón una taza de caldo caliente que le había servido. El hombre al percibir el calor derivado del caldo, intentó levantarse, viendo había caído precisamente sobre la zona del pantalón donde se localizaban sus genitales.
-¡Oh me estoy quemando… oh ¡…-exclamó preocupado, revolviéndose sobre si mismo.
-Oh… ¿pero que le ha pasado?… -le contestó la joven viendo la gran mancha de caldo que se había vertido sobre el pantalón del tío de su esposo. Espere… espere que traiga una toalla y le limpio.
La joven fue presurosa la baño y trajo una toalla para secar la zona del pantalón del hombre. Al llegar se llevó una sorpresa mayúscula, al contemplar que aquel durante su ausencia, se había bajado el pantalón, y hasta el slip, y se encontraba con todos sus genitales al aire. Su mayor sorpresa fue constatar las dimensiones del falo del tío de su marido. Pese a no estar erecto, aquel hombre calzaba un pene que duplicaba con creces el de su esposo, y mucho más grueso.
-Oh, ¿pero se ha quitado los pantalones? ---exclamo ella sorprendida.
-Lo siento. Pero “es que me estaba quemando mis partes”- manifestó el hombre algo nervioso ante aquella situación, y agitada ante la presencia de la joven.
Rita comprobó que era cierto, ya que un enrojecimiento había aparecido en una parte del pene y hasta en los propios testículos de Berto. Aquel hombre había percibido que el derrame del caldo caliente le estaba afectando a sus partes, y decidió bajarse el pantalón, sin pensar que con ello quedaba expuesto ante la joven. Aunque nerviosa, Rita, aún bajo la sorpresa de la visión de aquellos genitales masculinos, le dijo: espere que vaya a por agua.
Rita marchó al baño, y empapó una parte de la toalla en agua, y luego regreso. Ella misma, se acercó y tomando la toalla la pasó por encima del pene del hombre, humedeciendo sus partes. El hombre se quedó sorprendido ante la acción de la joven, viendo como la humedad de la toalla le calmaba el escozor de la quemadura. Al ver como la mujer, volvía acariciar su verga, con la toalla mojada, pasándola por todos sus testículos, inevitablemente su pene se envaró, alcanzando una incipiente erección. Cuando la joven retiró la toalla, quedo admirada al contemplar el pene con una buena erección, exclamando: -Oh.. ¿Qué le ocurre? ¿Por qué se le ha puesto así? -
-Lo siento. Ha sido sin… -el hombre no pudo continuar, quedando como abatido y avergonzado. Rita no sabía que aquel hombre llevaba bastante tiempo sin relaciones con su esposa, por lo que la presencia de la joven, y al quedarse desnudo de medio abajo ante la misma, no pudo impedir que aquel vástago dormido, se despertara.
La joven marchó de nuevo a empapar la toalla en agua. Un estremecimiento recorría su cuerpo recordando la visión de los genitales del tío de su esposo. Metió la toalla bajo el grifo y volvió con ella humedecida.
El hombre seguía con sus genitales al aire, observando la mujer que no se bajaba la erección. Nerviosa, se acercó, y con la toalla volvió a envolver la verga del hombre y sus genitales. Le miró a la cara, viendo la expresión del hombre que parecía realmente avergonzado. En el fondo, le dio pena. Pero su enorme curiosidad le llevó a retirar la toalla, comprobando con detenimiento por primera vez el enorme falo de Berto. La morbosidad pudo con ella, y decidió atrapar aquel pene aún con la toalla en la mano, notando la extrema dureza, y grosor. Luego le pregunto: ¿se siente mejor?
-si…gracias…. Me ha quemado un poco, pero esa toalla húmeda me alivia.
Rita, se dijo para sus adentros. ¡Si, pero la tremenda erección que tiene no se le va a bajar con una toalla húmeda! No obstante, pensó que mejor era aplicar algún pomada hidratante en la zona afectada. Por ello, se retiró diciéndole que esperara un poco. Busco en el baño, localizando una loción hidratante, la tomó y volvió con Berto. Tras retirarle la toalla humedecida, tomó un poco de loción, y osadamente, se atrevió a tomar nuevamente el pene del hombre, pero esta vez lo hizo abiertamente con su mano izquierda, aplicando con la otra un poco de loción en la zona afectada. Percibió claramente como el falo se endureció al contacto con su mano. Rita, pese a su agitación y nerviosismo, aplicó un poco de loción igualmente en los testículos del hombre, constatando igualmente lo bien dotado que estaba el mismo. Tuvo claro que aquel hombre portaba una carga de semen en ellos, ya que parecían bien repletos.
Luego, le dijo: ¿mejor?...
El hombre asintió con la cabeza. Luego, ella misma le ayudo a subirse el slip y el pantalón. Pronto llegó Lucrecia, pero la joven omitió comentario alguno sobre lo sucedido. Al día siguiente, ella salió con su marido a dar una vuelta por la ciudad y en la noche fueron de fiesta. Al otro día, en la mañana salió, y al pasar por una farmacia se acordó de las quemaduras del tío de su esposo y sin comentar nada a su esposo, adquirió una pomada que le recomendaron para este tipo de lesiones. Ya en la tarde, Lucrecia volvió de nuevo a salir, quedándose Rita al cuidado de Berto. La joven, deseaba volver a contemplar los genitales del hombre, por lo que morbosamente volvió acercarse hasta el mismo, y tras sentarse le pregunto: ¿Cómo lleva lo de la quemadura? ¿aún le escuece?
-Un poco. Le contesto nervioso el hombre, ante aquella pregunta.
Rita, no se conformó con su respuesta. Ella quería volver a ver los genitales de aquel hombre a toda costa. Por ello, le volvió a preguntar: ¿su esposa no le echó loción?
-No…. Bueno…tampoco se lo he dicho- contesto bajando la cabeza.
La joven, fue a su dormitorio, recogió la pomada que había adquirido, y volvió, diciéndole: he comprado esta mañana una pomada especial para ese tipo de quemaduras que me han recetado en la farmacia. ¡Ande deje que le aplique un poco!
Berto algo nervioso, se fue bajando los pantalones, y el slip, mostrando igualmente sus genitales a la joven. Rita, cogio la pomada en una mano, y con la otra volvió a tomar el pene del hombre, aplicando el producto sobre la zona afectada, que ya parecía bastante mejor. La joven estaba excitada contemplando aquel falo que creía en su mano por momentos, por lo que se entretuvo aplicando el masaje, para luego hacer lo mismo en uno de los testículos. Volvió al pene, y volvió a echarle un poco de pomada, y la fue extendiendo, pero esta vez la aplicó por buena parte del falo, viendo como crecía en su mano. Miró al hombre observando que aquel estaba disfrutando de lo que le estaba haciendo.
La joven no se había percatado, que Lucrecia había regresado. Aquella al constatar que no estaban en la sala, se acercó a la habitación donde normalmente solía estar su marido. Quedó impactada al comprobar la escena que sus ojos detectaron: ¡su marido estaba con los pantalones bajados y la mujer de su sobrino le masajeaba el pene! La pareció que más que aplicarle una crema, le estaba haciendo una real masturbación. Sin embargo, no quiso intervenir, permitiendo que la mujer de su sobrino continuara.
Rita, estaba excitada al contemplar cómo se erectaba el pene del hombre que tenía delante, ante sus masajes. No era una masturbación propiamente dicha, pero los masajes que propiciaba a la base del pene y una parte del mismo, con la excusa de extender la pomada, estaba ocasionado una verdadera erección en el tio de su marido. Pronto se percató que, de continuar, era posible que aquel hombre se corriera allí mismo. Por ello, aunque excitada y sabiendo que había manchado su braga, decidió cortar.
-Bueno. Creo que esta pomada le vendrá bien. ¿Si quiere mañana le puedo realizar otra aplicación para que no le quede ninguna secuela?
El hombre quedó casi paralizado. Estaba a punto de venirse, cuando la joven ceso en sus masajes. No obstante, se tranquilizó, permitiendo que la joven le volviera a subir sus pantalones. Cuando se marchaba la joven, Berto le dijo: ¿Me vendrás a echar mañana la pomada otra vez?
Rita, se estremeció. Luego le miro, y con una sonrisa en su boca, le contesto:
-¿Si lo desea?..... ¿quizás pueda aplicarme mañana otra loción de esa pomada, y así evitar secuelas?
Lucrecia se había retirado a su dormitorio, para evitar ser descubierta por Rita.
La joven marchó rápidamente a su habitación, y sin poder contenerse se masturbó abiertamente pensando en todo lo ocurrido. Su marido apenas la tocaba, y cuando lo hacía no alcanzaba el orgasmo. Sus masajes en la vagina fueron de tal intensidad que pronto alcanzó un orgasmo en toda regla. Durante la noche, viendo que su marido había llegado ebrio y hasta le pareció bajo los efectos de alguna sustancia consumida, estuvo pensando en Berto. Recordó como aquél le había preguntado si le echaría pomada al día siguiente. ¡Tenía claro que aquel hombre se había excitado, pero ella también!. Se dijo: ¡si no fuera el tío de mi esposo, me dejaría clavar su pene hasta la empuñadura! Se ha es bastante grande, pero dejaría que me la metiera, aunque me reventara.
Lucrecia había escuchado igualmente la conversación última, por lo que sabía que, al día siguiente, si la mujer de su sobrino tenía ocasión, volvería a tocar la polla de su marido. En el fondo le excitaba. Por otro lado, comprendía a su esposo, ya que, debido a unos problemas tumorales en su vagina, ella llevaba tiempo sin poder hacer el acto sexual. Tras los primeros años de matrimonio, se vio obligada a que le extirparan sus ovarios, por lo que no podía ser fértil. Pero, el problema se agravó, dado que hacía varios meses que le había detectado unos pólipos en su vagina, y estaba en tratamiento, por lo que tenía prohibido realizar el acto sexual.
Por ello, reflexionando se dijo: ¿mi esposo no tiene culpa de lo que me ocurre, y el pobre no puede desahogarse?. ¿La mujer de mi sobrino podría desfogarlo? Esa una locura, pero quizás pueda hacer algo para conseguirlo.
Al día siguiente por la mañana, Lucrecia aprovechó unos momentos con Rita y, entre otras cosas, le llegó a confesar su problema y su enfermedad.
-Ay Lucrecia. Lo siento de veras. No sabía nada de eso. - le contesto Rita.
-Nadie lo sabe, salvo algunas amigas y mi esposo. Pero, ya ves, mi marido es buena persona. Pero, “me entristece que no puede desahogarse”. ¡Yo no puedo ayudarlo! Además, ¡creo que su tristeza está motivada su falta de sexo! Berto siempre ha sido bastante activo. Al principio quería hacer el amor casi a diario.
Rita estaba escuchando la confesión de Lucrecia, y pese apenarse de aquella mujer, pensó en el sufrimiento del marido. Esto más la excitó. Estaba claro que aquel hombre necesitaba desahogar, soltar el depósito de semen que seguro que tenía acumulado en sus testículos. Al pensar en ello noto cierta humedad en sus bragas.
Mas agitada se quedó cuando escuchó que Lucrecia le pidió: Ay Rita. No quiero aprovecharme de ti. Pero, es que esta tarde tengo una reunión parroquial, y no quiero dejar solo a mi esposo. ¿Quizás tenías pensado salir con Ramón?
No hay problema. ¡Yo me quedaré con él! Le contestó al instante. Ramón, ya sabe. Esta en su mundo. Me tiene preocupado, ya que no cesa de llegar ebrio y creo que está volviendo a tomar estupefacientes. Ya has visto que todas las tardes sale y llega bien de noche, y.. ¡de qué forma! - exclamó Rita.
-Ya lo he visto. Tengo que hablar con él. Te agradezco que te puedas quedar con mi esposo. ¡No sabes cuanto te lo agradezco!
Rita, tras almorzar ese día, ansiaba volver a quedarse a solas con Berto. Sabía que era una locura, pero se estaba excitando peligrosamente. No entendía lo que le estaba pasando, pero necesitar volver a tocar el falo de aquel hombre.
Lucrecia, viendo que el sobrino marchó pronto en la tarde, hizo lo mismo. Era consciente de que la mujer de su sobrino iba a volver a tocar los genitales de su marido. Pero, además esperaba que ocurriera algo más. En el fondo ansiaba que su esposo pudiera seducir aquella joven y desfogarse con ella.
A la media hora de haberse marchado Lucrecia, Rita decidió visitar a Berto. Sabía que aquel le estaría esperando como ella le había sugerido. Nerviosa se colocó una falda más bien corta, y se colocó una tanga bastante ajustada que apenas tapaba la raja de su coño. Estaba decidida a calentar aquel hombre como fuera.
-Hola Berto. ¿Cómo se encuentra?
-Ah. Hola Rita. ¿pensé que no vendrías? - exclamó.
La joven se dio cuenta que el hombre estaba ansioso por verla. Lo constató en su mirada. Por ello, le contesto: ¿así que me estaba esperando? Ella llevaba la pomada en la mano, y sonriendo le dijo: ¿quiere que le aplique un poco de pomada en sus partes nuevamente? ¿aún le escuece?
-Esta mejor, pero…¿creo que me vendrá bien otra aplicación?- le contestó el hombre, que ya había comenzado a tomar cierta confianza con la joven.
Vale. ¿Qué espera para bajarse el pantalón? - le comentó la joven, con cierta sonrisa en los labios.
Berto, procedió a bajarse el pantalón, sabiendo que mantenía una erección notable. Nada más contemplar el bulto del slip Rita se dio cuenta de tal extremo, y percibió un estremecimiento. Cuando el hombre terminó de bajarse el slip, y quedaron sus genitales al aire, la joven dio un suspiro al constatar la enorme erección del tío de su esposo. Pero… ¿Uy cómo está? exclamó mientras se agachaba abriendo las piernas, con la intención de aplicar la pomada.
Miró el falo, lo tomó en la mano, para verificar la zona donde estaba anteriormente la quemadura, comprobando que aquella había prácticamente desparecido. ¡Vaya esto está mucho mejor! Observó igualmente los testículos del mismo, y se da cuenta que aquel hombre los seguía teniendo repletos, y la quemadura ya no se apreciaba. Entonces le mira a la cara y dice:
-Berto… ya no creo que necesite que le aplique más pomada. Pero… ¿creo que esta necesitado de otra cosa? Le comentó morbosamente, mientras tomaba la tranca del hombre atrapándola abiertamente, constatando su grosor y dureza. ¿Uf como la tiene? Luego con suma excitación, palpó los testículos del hombre, y mirándolo a la cara, adoptando una actitud de perra en celo, y le pregunto: ¿Cuándo hace que no descarga esos testículos? ¡uhm los tiene repletos! Al tiempo que comenzó a darle un masaje a toda la pieza del hombre, de arriba abajo.
Berto, pese a que ansiaba aquella caricias, tenía cierto reparo, y pensaba que podía ser descubierto por su esposa. Era algo que necesitaba desde hacia varios meses. No obstante le dijo: Oh Rita….ya…. ¿pero puede venir mi esposa?
-No se preocupe. Lucrecia fue a una reunión parroquial y no volverá hasta la noche. Sin dejar de palpar los testículos del hombre y su pene, que masajeaba con gran maestría, haciendo las delicias del hombre: ¡pobrecito, como la tiene de dura!
En ese momento contempló la mirada de Berto hacia su entrepierna, observando que su falda de había abierto del todo, y exhibía ante el hombre no solo sus hermosos muslos, sino además la pequeña tanga que llevaba. Ante ello, morbosamente, se abre más de piernas para que el hombre pudiera contemplar mejor su entrepierna. Luego pícaramente le pregunta: ¿pero que estaba mirando? ¿no me estará mirándome los muslos?
Berto, observó claramente los vellos del coño de la joven y hasta parte de sus labios vaginales, ya que la minúscula braguita que portaba apenas tapaba el lugar de la raja. Su verga creció aún más sin poderlo evitar, contestando nervioso: oh lo siento…oh Rita….es que…-estaba nervioso y apenas podía articular palabra. Jamás había sido infiel a su esposa, ni se había encontrado en una situación semejante.
-Uhm..veo que le ha crecido al verme las braguitas. ¡Jo como se le está poniendo! ¿Le gusta que le toque el pene? ¿quiere que la mujer de su sobrino le saque la lechita que tiene acumulada ahí? - le manifestó morbosamente, con cara de auténtica hembra salida.
-Oh nena…. Oh… sigue…
La joven continuó, mientras contemplaba como el pene del hombre ante sus tremendas caricias, se terminaba por descapullar, mostrando toda su plenitud. En el hermoso glande relucía en todos su esplendor. Sabía que, si continuaba así, pronto aquel hombre se correría. Pero, ella ansiaba algo más. Miró hacia la puerta como si sospechara que alguien los pudiera estar observando. En ese momento, decidió dar un paso más, sin pensar en las consecuencias. Viendo que aquel semental no paraba de mirar su entrepierna, se incorporó, se subió la falda hasta la cintura mostrándose ante el hombre únicamente con su tanguita de medio abajo. Se gira y le muestra su trasero, preguntándole: ¿Qué tal estoy? ¿le gusta lo que ve?
Berto, sin poder contenerse, fuera de sí, comenzó a tocarse su verga ante la visión de aquella joven. La tristeza y amargura habían desaparecido de su rostro.
Rita, totalmente lanzada, se fue bajando la tanga, de forma sensual, hasta quedar completamente con todo su coño al aire. ¿le gusta…? ¡Uf veo que si, como se le ha puesto su verga! Le comentó volviendo a tomar el pene del hombre en su mano, mientras se agachaba un poco mostrando al tio de su esposo la abertura de su coño.
Oh Rita… ¡estas preciosa! - exclamó por fin el hombre, agitado ante la visión del coñito de la mujer de su sobrino.
¿Sí..? ¿Le gusta mi coñito? ¿no me diga que esta pensando en meterme todo eso por ahí? le susurró la joven, sin dejar de manosear el tremendo falo, que emergía como una viga entre las piernas del hombre. ¿Vd cree que todo eso me cabrá?... soy bastante estrecha. ¡Tiene una polla bastante grande!
El hombre pese a su tremenda excitación no pronunciaba palabra. Estaba anonadado ante la exhibición que le estaba dado la mujer, y los agradables masajes que propinaba a su verga.
Rita se dio cuenta, que necesitaba clavarse aquel falo. Era una locura, pero llevaba días sin un polvo, y ansiaba sentir la dura verga de aquel semental dentro de su vagina. Ella tampoco se cuidaba, y, aunque sabía que aún no estaba en sus días fértiles, tenía cierto miedo ante el peligro de que aquel se corriera dentro. Por otro lado, no sabía si aquel enorme falo le entraría. ¡Pero tenía que intentarlo! ¡Estaba salida como una perra, y necesitada de un buena herramienta! Sin poderse contener, se fue colocando acercando, posicionándose por fuera de la piernas del hombre, a horcajadas, hasta situarse a la altura del tremendo cipote. Volvió a tomar la verga en sus manos, y la pasó por sus labios vaginales, que ya estaban empapados. Realizó unos movimientos pasando el glande por todos sus labios vaginales, embadurnando la cabeza de aquella pieza con la finalidad de facilitar la penetración.
Uf. Como la tiene. ¡Me va a reventar…! uff
Tomo impulso, y se fue dejando caer, viendo como las paredes de su vagina, se abrían al máximo para permitir el paso del glande y un poco más. Resopló. Aquella verga era muy grande. La iba abrir mucho. Lo pensó mejor y se salió, aunque volvió a mirar el tremendo falo. El hombre pensaba que se había arrepentido. Sin embargo, la joven volvió a intentarlo, descendiendo, dejando que su estrecha vagina permitiera el paso de casi la mitad del pene. Se detuvo nuevamente. Resopló de nuevo. Notaba la tirantez de las paredes vaginales. Aquel sable la iba a reventar. Le dolía intensamente.
Volvió de nuevo a salir un poco, pero luego comenzó a realizar movimientos de bajada, pero muy lentamente, ascendiendo y descendiendo poco a poco. Eso facilitó la dilatación de su vagina, y se dio cuenta que ya tenía casi dos terceras partes de aquel falo dentro de ella. Oh Berto, me tiene toda abierta. Comentó al joven mirando a la cara al tío de su esposo.
En ese momento sitió las gruesas manos del hombre que la tomaban por sus hermosas posaderas. Se estremeció. Sintió las caricias del hombre masajeando sus nalgas, viendo como pronto le ayudó a mantenerse, e impulsándola hacia arriba haciendo que saliera un poco el falo y volviera a entrar. En uno de aquellos movimientos, el hombre tiró de la misma hacia abajo, y fue suficiente para terminar de clavarle completamente su enorme verga: oh…me la ha clavado toda ohhh
Rita se quedó quieta. Casi le costaba respirar. Aquel semental maduro, le había ensartado por fin la totalidad de su falo. Se sentía completamente llena. Era la primera vez que percibía aquella sensación. Nada que ver con lo que sentía cuando su esposo le introducía la totalidad de su pene. Espero unos momentos, viendo como su vagina iba flexibilizándose, y dejó se sentir dolor, aunque notaba la enorme presión de aquella barrena dentro de su coño.
-Oh Berto. Me la ha metido toda. Me tiene bien abierta- le dijo la hombre mirándole a la cara, excitándose al contemplar los ojos enrojecidos por la pasión de aquel hombre.
-Oh nena. Tienes un buen coñito. ¡Uf me has puesto a punto! Anda comienza a cabalgar. Se que necesitas hacerlo. Le insinuó, impulsándola con sus manos por las posaderas, lanzándola hacia arriba para dejar que cayera por su propia gravedad, volviéndose a clavar una y otra vez aquella mandarria.
La joven pronto tomo carrerilla y comenzó a cabalgar la enorme verga de aquel semental, viendo que comenzaba a gozar de aquella cogida. En ese momento, se dio cuenta que tenía una polla como dios manda dentro de su coño. La estaba abriendo como nunca, pero se sentía llena, gozosa, y pronto. Aquellas cabalgadas se intensificaron hasta que notó que se venía. Sin detenerse, comenzó a subir y bajar sobre aquella barrena, viendo como alcanzaba su primer orgasmo de la tarde, entre alaridos, que no reprimió. Su cuerpo se convulsionó y se revolvía sobre su propio cuerpo, estrujando la polla del hombre, apretando las paredes de su vagina al máximo, hasta acabar en el deseado clímax.
Tras unos momentos pare recuperarse, comprobó que seguia sentada sobre los muslos del hombre con todo su cipote dentro de su vagina. Miró al hombre a la cara y viendo los gestos del mismo, se dio cuenta que aquel igualmente estaba disfrutando. Ello la animó a continuar cabalgando de nuevo, mientras el hombre le daba unas palmadas en sus preciosas nalgas, que excitaron a la joven. Rita cabalgaba ahora con decisión sobre la polla del maduro, disfrutando de aquella fenomenal cabalgada.
Tanto, que ninguno de los dos, se había percatado de que eran observados. Lucrecia, consciente de lo que podía ocurrir, había regresado sin hacer ruido. Se había acercado y había presenciado casi todo lo sucedido. Pese a sentir envidia viendo como aquella joven se follaba a su marido, notó que, pese a sus problemas, comenzó a mojarse. Ver aquella joven galopar sobre la piernas de su esposo clavándose el tremendo cipote del mismo, era un espectáculo bastante sensual y erótico.
Rita, ajena a que estuvieran siendo espiados, comenzó a venirse en un segundo orgasmo, entre nuevos alaridos, hasta acabar quedándose quieta, sentada, y apretando con las paredes de su vagina el falo del hombre, mientras no paraba de venirse. Cuando por fin acabó, se salió. Miró al hombre, y le dijo: ¿sé que le gustaría hacerlo dentro? Pero no me cuido.
Sin embargo, comenzó a masturbarlo con gran velocidad y frenesí, que resultaron suficientes para que el hombre comenzara a lanzar su carga germinadora, la cual fue proyectada contra el propio cuerpo de la joven. Varías lechadas saltaron al aire, esparciéndose por una parte de la habitación. Oh… joder…que potencia… oh me ha manchado toda… ¡que bestia!
Cuando por fin acabó, el hombre se sintió relajado.
Rita miro complacida al hombre maduro que había hecho terminar, viendo que aquel le decía: Oh Rita. Gracias. Lo necesitaba. Llevo mucho tiempo sin hacerlo. Luego, añadió: Uf nena que bien follas. ¡Debes tener bien satisfecho a mi sobrino!
Ella le miró a la cara, y mientras se limpiaba un poco, le comentó: Uhm ¡ya quisiera yo que Ramón tuviera un sable como el suyo!
Luego se marchó al baño para asearse y volver y limpiar a Berto, adecentando el cuarto. No vio a Lucrecia la cual salió rápidamente y marcho de la casa sin ser vista. Había visto suficiente. En el fondo se sentía satisfecha de que su marido pudiera desfogarse, y para hacerlo con otra de la calle, mejor con la mujer de su sobrino.
continuara
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