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El embarazo de Marian 1/2

El espejo retrovisor reveló más de lo que Miriam estaba dispuesta a ver. Entre el ruido de la ciudad y el silencio del aparcamiento, su madre no era solo una mujer de buen ver, sino el centro de un festín carnal que ella misma grabó. Ahora, el video en el teléfono de su esposo no es solo prueba de infidelidad, sino una llave maestra para un juego de poder que promete destruir su matrimonio.

Amocalabozo22K vistas8.6· 18 votos

CAPITULO 1 / 2

EMBARAZO FRUSTRADO

¡Hola!!, soy Miriam. Tengo 34 años, casada, sin hijos.

Vivo con mi marido Juan, en un barrio residencial del extrarradio de Madrid.

Nos casamos hace cinco años, si, muchos ya. Nos casamos, porque yo me había quedado embarazada, y la tripa apremiaba, aunque luego por circunstancias de la vida, perdimos a ese hijo. Aparentemente era un embarazo ectópico, el óvulo fertilizado crecía en un lugar equivocado, fuera del útero, en una trompa de Falopio. Los médicos nos dijeron que este tipo de embarazos, suelen terminar en un aborto espontáneo. Y que habría que vigilarlo mucho, porque podría hasta desgarrar la trompa, lo cual originaria una urgencia médica y una situación peligrosa para mí.

Recibimos la noticia al mes de casarnos, y la verdad, no había mucho que pensar, así es que dimos luz verde a la interrupción del embarazo.

Según nos dijo la psicóloga, esto no tiene porque influir en futuros embarazos, y dada nuestra edad, era la mejor decisión que podríamos tomar.

Tanto Juan, como yo, pese a estar ilusionados con el futuro bebé, teníamos claro que era la decisión correcta.

La intervención fue rápida, y al día siguiente me dieron el alta, volviendo a casa con normalidad. Eso sí, debería hacerme chequeos periódicos para asegurar que todo había quedado bien.

El caso es que, desde entonces, hemos intentado el embarazo en repetidas ocasiones, sin ningún éxito.

El ginecólogo nos informó de que pese a que físicamente está todo correcto a veces igual que se producen los embarazos psicológicos, sucede lo contrario, produciendo una infertilidad psicológica. Nos recomendó un colega psicólogo, compañero de facultad, que ya había tratado con éxito situaciones similares.

Tampoco teníamos mucho que perder, al margen del pastizal que nos cobraba el buen señor por sesión. Y para decirme, lo que ya me había dicho Rosa, mi madre, que me dijo en otras palabras que yo me dedicara a follar, sin pensar en quedarme embarazada, y que, si tenía que quedarme, me quedaría y si no pues no.

Y ya está.

En eso estamos, aunque yo no puedo evitar pensar cada vez que esta vez sí y no, no me quedo.

Con el paso del tiempo habíamos perdido la esperanza de ser padres algún día, y la idea de adopción empezaba a adueñarse de nosotros, aún a sabiendas de que esos procesos son largos, costosos y complicados.

Mi madre, tiene 52 años, y es una señora de muy buen ver. De hecho, Juan me había dicho más de una vez que esperaba que al llegar yo a su edad, estuviera tan buena como ella. Ella, se pavoneaba de eso cuando se lo contaba, pero realmente no me importaría llegar así.

Es alta, esbelta para su edad, con buen pecho, un culete respingón, que sobre todo en la playa era admirado y contemplado por los tíos que había cerca. La piel muy tersa y siempre brillante, resultado de las mil y una cremas que se echaba, etc.

Además cuando tenía tiempo, andaba, nadaba, hacia pilates o yoga, o sea un sin parar.

Yo, ocasionalmente la acompañaba a alguna de esas actividades. Mi trabajo no me permite llevar una vida ociosa como ella, esposa de un hombre adinerado, mi padre, para el que trabaja Juan, que espero también sea adinerado algún día.

Nos parecemos mucho, físicamente. Yo soy más o menos de su estatura, estilizada también, siempre había tenido éxito con los hombres, y no había perdido esa cualidad.

Últimamente mi madre, había empezado otra nueva actividad. Desde hace varios meses, acude como voluntaria a un comedor social.

Un comedor social es una organización pública de beneficencia para dar de comer gratis o con una pequeña contribución a personas de escasos recursos y funcionan en coordinación, generalmente, con los bancos de alimentos.

Los voluntarios en comedores sociales, tienen como misión la preparación de la comida, repartirla entre los comensales y son los encargados de realizar la limpieza y mantenimiento de las instalaciones para que estén en correcto estado. Además, deberán ser capaces de proporcionar a las personas que acuden al comedor social apoyo psicológico y moral para poder afrontar la situación en la que se encuentran.

Eran retos importantes, y ella estaba feliz haciéndolo.

En varias ocasiones, me había insistido en que la acompañara algún día.

Me decía que todas las manos eran pocas, que debido a la precariedad económica actual, cada vez eran más los que demandaban este tipo de ayuda. Personas y familias vulnerables que presentan alto riesgo nutricional, en especial para niños, madres y adultos mayores.

Hace un par de meses, decidí hacer caso a mi madre, y me apunté para ir los fines de semana con ella.

El primer sábado me agobie bastante. Allí solo había dramas por todos lados, y seres humanos ansiosos por contar su drama. O por lo menos por tener un rato de compañía.

Fui con ella en el coche. Al llegar, me presentó a la directora del centro, Ainhoa, una mujer que sobrepasaba los sesenta y destilaba bondad por todos los poros de su piel.

Me agradeció mil veces mi presencia y ayuda.

"Rosa, he pensado poner a tu hija en el comedor de los mayores. Al ser la más joven es la que mejor podrá bregar con ellos", dijo Ainhoa.

"Como tú veas, Ainhoa, aunque estaré pendiente de ella", le contestó mi madre.

"Si quieres puedes ir tú también al comedor de mayores", le dijo Ainhoa a mi madre.

"No, no, está bien así, iré de vez en cuando a ver cómo va", le dijo mi madre que siempre había sido muy proteccionista.

"Vale, pues si te parece Miriam, vamos allí y te voy contando", me dijo Ainhoa cogiéndome del brazo y llevándome con ella.

Fuimos a una sala que había al lado.

"Este es el comedor de mayores. Como ves hay seis mesas que pueden acoger simultáneamente a 24 comensales. Casi nunca vienen todos a la vez, con lo que se les puede atender con cierta facilidad. Hay un único menú, para todos igual. En el caso de los mayores los menús son fáciles de masticar y de digerir y se combinan las proteínas con los hidratos de carbono. Vienen aquí por su voluntad, o sea que comen lo que ellos quieren. Quiero decir que no hay que insistirles en que coman un plato si ellos no lo hacen por convencimiento", explicaba Ainhoa.

"Yo en mi vida he hecho de camarera, no sé si seré muy hábil", le dije.

"No te preocupes Miriam, como te he dicho suelen espaciarse en el tiempo, con lo que se les puede atender como haces habitualmente en casa. Vamos a empezar. Este es tu uniforme", me dijo dándome un delantal con el logo de la organización y un texto que decía. 'Ánimo construyamos entre todos una vida mejor'.

"Mira, ahí están los vasos, cubiertos y servilletas. Los platos los traemos directamente de la cocina que es aquella ventanita de allí. La bebida, agua por supuesto, están prohibidas las bebidas alcohólicas, están en aquella cámara, una botella de medio litro por comensal. Si alguno pide más, se le da. Pero las ponemos en la mesa según se sienten, para que no se calienten ", me iba diciendo a la vez que me dio cuatro vasos, cuatro servilletas y cuatro cubiertos metidos cada uno en un vaso. Ella hizo lo propio y nos fuimos a una mesa cada una. La distribución era simple. Un vaso, los cubiertos que estaban embolsados, y la servilleta por comensal.

En un periquete montamos las seis mesas.

"Hoy voy a estar contigo para ayudarte en cualquier problema que pueda surgir. Cuando entre el primero, nos acercamos a la ventana y pedimos un menú. Así de simple. Luego estamos pendientes de cuando vayan terminando el primero para sacarles el segundo, igual hacemos con el postre. Habrá algunos que se levantarán con prisa y se irán nada más recibir el postre. Les cuesta estar tan controlados. Otros en cambio harán una breve sobremesa con los compañeros de mesa, o con nosotras mismas, que nos acerquemos a darles conversación, sin olvidar al resto de los comensales ", me dijo Ainhoa.

Bueno no parecía tener que haber hecho un master para atender el comedor.

"En cuanto a los temas que se hablan con ellos, hay que evitar temas espinosos como religión y política. Habrá alguno con las manos muy largas. Educadamente y con una sonrisa, le decimos que está aquí para comer. Que coma la comida. De todas formas, si viene Paco, le atenderé yo. Ese solo piensa en una cosa", me decía Ainhoa.

Jaja, mira al final va a ser hasta morboso esto, pensé para mí.

"Ah, se me olvidaba, la ropa. Aunque veo que eres prudente vistiendo, evita los escotes, o escotazos y pantalones muy ceñidos. A alguno de estos, aun le funciona la....... Imaginación", me dijo.

Lo dicho morboso, morboso.

Terminamos de montar las seis mesas. Ahora solo tocaba esperar a los comensales.

A las 13:00 que era cuando se abría el comedor empezaron a entrar los comensales. Los íbamos sentando y sirviendo la comida. Nos daban mil y una veces las gracias por la comida y el trato recibido. Se mostraban curiosos ante mi presencia. "Señorita" por aquí, "Señorita", por allá.

Así, empecé a conocer dramas, una veces personales, otras veces familiares, que habían llevado a estas personas a la semi indigencia.

En dos semanas, tenía suficientes historias para haber escrito un libro.

A la tercera semana, mi madre me dijo que me llevara yo el coche, que ella se quedaría luego más tiempo.

Después de cuatro días de ir al centro yo ya me consideraba lo suficientemente preparada para hacer el voluntariado en solitario.

No es que fuera la dedicación más agradable del mundo, pero me sentía muy útil a la sociedad, e intentaba animar a la gente dentro de mis escasísimos conocimientos psicológicos. Aunque he de reconocer que en algunos casos les hacía también partícipes de mi desgracia a la hora de ser madre.

El domingo al llegar no encontré el coche de mi madre donde habitualmente solía estar. Tuve que fijarme mucho para verlo al final del aparcamiento detrás de la furgoneta del centro. Era difícilmente visible, si no lo buscabas.

No sabía a qué se debía, quizás estaba aparcando ahí, siguiendo alguna orden de la dirección porque fuera necesario los sitios en la entrada principal. Pero no parecía el caso, no había ningún cartel, y había coches aparcados.

No le dí más importancia y entre en el centro. Fui al comedor general y saludé a mi madre y a Ainhoa que cuchicheaban en un rincón, y me dirigí a mi comedor de mayores.

Dimos el turno sin novedad. Si capte la mirada de un par de ellos que me recorrían el cuerpo con deseo. Sentí un escalofrío desde la cabeza a la entrepierna. En el fondo era divertido. Aquellos dos hombres superarían sin dudas los setenta, y como me dijo Ainhoa el primer día, aun les debía de funcionar la.... Imaginación.

Me retrasé aquel día más de la cuenta, charlando con una señora que estaba abandonada por los hijos. No entendía cómo podía haber gente así, sin ningún sentimiento hacia sus progenitores.

Envuelta en estos pensamientos salí al parking a coger el coche.

Por inercia, mire hacia donde estaba el coche de mi madre. Allí seguía.

Inicié la maniobra de marcha atrás y cuando volví a mirar al frente, vi a un tío que salía de entre el coche de mi madre y la furgoneta.

A ese le ha dado un apretón y se ha puesto a mear ahí, el muy guarro, pensé.

Al instante, vi salir a otro. Salía sonriente como el primero y se unió a él.

¿Dos gays?, me pregunté.

Iba a iniciar la marcha, cuando ahora vi que la que salía del mismo sitio, era mi madre.

Coño, aquello empezaba a no encajar.

Se metió rauda en el centro, sin darme tiempo a volver a aparcar, y preguntarla que era aquello. Bueno lo haría por teléfono.

Me fui para casa.

Comiendo, le conté a Juan la historia de la mujer con la familia. Se quedó tan sorprendido y apenado como yo.

No sé porqué extraño motivo, no le conté nada del trasiego que había visto junto al coche de mi madre.

Por cierto, tenía que llamarla. Y lo hice.

Se puso mi padre.

"Hola, papá, ¿qué tal?", pregunté.

"Bien. ¿Pasa algo?, ¿no estás con tu madre?", preguntó él.

"No, pasar no pasa nada, que yo sepa, ¿pero aún no ha vuelto mamá?", pregunté.

"No, me llamó hace un buen rato diciéndome que volvería más tarde, que había surgido un imprevisto en el centro. Pensé que estabas con ella", me dijo.

"Sí, lo estaba, pero yo he vuelto hace rato. No sé que habrá pasado", le dije más que preocupada.

"Bueno, cuando llegue, dila que me llame. Un besito", le dije cortando.

Empezaron a cruzarse cosas en mi cabeza. ¿Tenía algo que ver el imprevisto con lo que había visto al salir?. Si es así, todo apuntaría en una sola dirección, pero no, no podía ser que mi madre tuviera algún lio con aquellos tíos. ¿Y si sí? Mente calenturienta la mía, pero no me iba a quedar con la duda.

Le dije a Juan lo que había hablado con mi padre, y que me había quedado preocupada, que me iba a acercar al centro, a ver si pasaba algo.

Se ofreció a acompañarme, pero decline su oferta. No sabía lo que podíamos encontrarnos.

Me volví a vestir y me fui para el centro. De entrada miraría si el coche seguía allí. Y sí, allí seguía.

El centro estaba cerrado, y así permanecería hasta la cena, y aún quedaban varias horas para eso.

No había ninguna luz. Me acerqué e intenté entrar, y efectivamente estaba cerrado. Fui al coche de mi madre. Nada. Toque el capó. Helado. El coche no se había movido del sitio desde que lo aparcó mi madre.

Empecé a angustiarme. ¿Dónde estaba esta mujer?.

Para colmo, recibí un wasap de Juan.

"Que, ¿se ha aclarado el ‘Caso de la suegra buenorra desaparecida?'", me tocaba los cojones que no tenía.

" Pues no, está desaparecida", le contesté.

"Dala aire, déjala respirar", me dijo él.

No entendía nada, mi madre no era de desaparecer así por las buenas, son decir nada a nadie.

Estaba a punto de tirar la toalla y volverme para casa, cuando escuché un murmullo. Venía de la parte trasera del centro. Me dirigí hacia allí.

Notaba que el corazón se me aceleraba a cada paso que daba. Los murmullos, eran cada vez más audibles. Se fueron tornando en risas, y. No podía ser, jadeos, gemidos. ¿Que estaba pasando allí?, y ¿dónde?.

Enseguida descubrí lo último. En la parte trasera del centro, había una pequeña puerta, seguramente destinada a la entrada de mercancías. Una pequeña ventana abierta, dejaba escapar los ruidos que me habían llevado hasta allí.

Intenté mirar por la ventana, pero no veía nada. Los ruidos venían de la derecha y no alcanzaba a ver nada.

Pues no estaba dispuesta a irme sin saber que estaba pasando.

Intenté abrir la puerta. Cerrada. Sin duda desde dentro.

Me vino una idea. En el coche llevaba un suplemento de espejo retrovisor. Me lo había comprado porque así veía mejor los ángulos muertos. Fui a por él.

Lo cogí. Lo metí por la ventana y moviéndolo fui buscando hasta que vi una puerta entre abierta. No divisaba bien lo que había me hacía falta entrar más con el espejo, pero el brazo no me daba más de sí.

Mire a mi alrededor. Vi una rama relativamente gorda en la que pude sujetar el espejo con las gomas elásticas que tenía para cogerlo al retrovisor del coche.

Lo metí por la ventana. Ahora si, pude llevarlo hasta casi la puerta. El corazón me latía a mil pulsaciones por minuto. Estaba convencida de que lo que iba a ver, no me iba a gustar, pero tenía que verlo.

Y vaya si lo vi. Llegué a contar hasta cuatro tíos y dos mujeres, mi madre, y Ainhoa. Todos desnudos, y follando como locos.

Instintivamente aparte el espejo. Ya había visto bastante, pero algo me hizo permanecer allí, y volver a mirar. Ahora armada en la otra mano con el móvil, que puse a grabar. Hice un pequeño vídeo en el que se veía perfectamente a mi madre a cuatro patas, con uno detrás dándole y ella con otra polla en la boca.

Le mandé un wasap a Juan,

"A esto le llamas tú dejarla respirar?.

La respuesta fue casi inmediata.

" Ostia p..., como se le menean las tetas a la rosita. Menuda follada la están pegando. Tú crees que si voy, me dejaran participar? ".

" Vete a tomar por culo, no me hace ni pizca de gracia", fue mi respuesta.

Me mandó un montón de emoticonos de risas, y uno de un gordo comiendo palomitas.

"Graba más, graba más", me dijo.

Le ignore. Pero sí, grabé más. Hasta que vi como la hacían un sándwich entre los dos tipos que ya fue demasiado.

Recogí los bártulos, y me fui.

Estaba cabreada, indignada, super molesta con mi madre, y, ¿y excitada? Pues sí, aquella visión me había excitado. No sé si aquello estaba mal o bien, pero no había podido evitarlo.

Al llegar a casa, Juan me esperaba ansioso.

"¿Que me traes, que me traes?", repetía sin parar.

"Pero como podéis ser tan cerdos y salidos los tíos?," es que para vosotros todo vale? ", le decía yo haciéndome la digna y ofendida.

Pero le enseñé la grabación.

El muy cabrón, se puso a tocarse la polla sin ningún disimulo.

" No me lo puedo creer, no me lo puedo creer", le decía yo pasmada viendo su reacción.

Sin que me diera tiempo a impedirlo, se envió el video a su wasap.

"¿Pero que haces?, ¿cerdo?", le pregunté, "bórralo ahora mismo", le dije.

"Ni de coña", me contestó. "tú sabes lo que voy yo a presumir con los colegas diciendo que me he follado a mi suegra?".

Alucinante, este si se le presentaba la ocasión no dudaba ni un instante en follar con mi madre.

Estuve una semana sin dirigirle la palabra.

Pero claro, tenía que hablar con mi madre, y preguntarle el porqué de aquello.

Aunque tenía dudas más que razonables sobre la reacción de ella al ver que lo sabía, y como me había enterado.

Aguanté sin decirle nada. Ella iba todos los días al centro, y encima sin ningún tipo de control, ni de mi padre, ni mío.

CONTINUARA