¿me das un empujoncito?
El sol se oculta sobre el parque y una joven necesita un empujoncito para no caer. Pero lo que David no sabe es que su ayuda requerirá más que solo equilibrio; exigirá que su mano, y luego su dedo, se deslicen por la humedad de su cuerpo mientras el mundo sigue girando a su alrededor.
El Viernes Santo tocaba lentamente a su fin. Por la mañana había aprovechado que gozaba de vacaciones de Semana Santa para salir a rodar con mi bicicleta. Luego, por la tarde, ya cuando el sol empezaba a desaparecer, decidí salir a dar un breve paseo antes de la cena. Había hecho calor durante todo el día, demasiado, mucho más del habitual por estas fechas.
A esa hora de la tarde, al fin soplaba una muy ligera brisa que mitigaba algo el intenso calor de la jornada, pese a lo cual la temperatura seguía siendo bastante elevada. En mi paseo, seguí mi ruta acostumbrada cuando salgo a caminar. Sin embargo, no sé por qué motivo, en lugar de girar al llegar a la entrada del parque que hay a unos 2 kilómetros de casa y regresar como hago siempre, opté por entrar dentro del parque, caminar unos 10 o 15 minutos por dentro y luego, ya sí, volver a casa para cenar. Nada más acceder al parque y andar medio minuto, oí a mi izquierda:
- Perdona, ¿me das un empujoncito?
Giré la cabeza y vi a una joven de unos 25 años que estaba parada sobre una bicicleta, con el pie derecho puesto en el pedal, pero con el izquierdo plantado en el suelo. Me acerqué a ella y antes de que yo respondiera nada, ella me explicó:
- Es que estoy aprendiendo a montar en bici. Es mi segundo día. Pero me siento frustrada: hace un par de días, cuando empecé a montar por primera vez, terminé siendo capaz de pedalear sin desequilibrarme. Sin embargo, hoy, cuando he querido empezar a pedalear, perdía otra vez el equilibrio. Es como si no me hubiera servido de nada lo del otro día.
- Eso suele pasar al principio. Hasta que no llevas ya un par de días montando en bici con cierta regularidad después de aprenderlo, pasa eso. Ya luego, una vez que has tomado el hábito, por mucho tiempo que pases sin montar, ya no se te olvida- le comenté.
- Sí, eso me habían dicho, pero ahora lo que necesito es volver a ser capaz de pedalear sin caerme y sola no puedo. ¿Me echas una mano, por favor?- me preguntó otra vez.
Tardé unos segundos en reaccionar. La chica era sudamericana. Era evidente tanto por su acento al hablar como por sus rasgos. Creo que colombiana. Era bajita, aproximadamente 1.55-1.58 metros, no más. Tenía su pelo negro ligeramente ondulado. El color de su piel era moreno, aunque sin llegar a ser ni siquiera mulato. Sus ojos eran oscuros y grandes, muy expresivos. De constitución, era lo que por aquí en el sur de España llamamos “rellenita”, es decir, con algún kilito de más pero sin llegar a estar gorda.
Por arriba, la joven llevaba puesto un sujetador deportivo negro de esos que utilizan las mujeres en el gimnasio. Esa prenda resaltaba a la perfección los pechos de la joven, firmes y generosos en cuanto al tamaño. Como prenda inferior, la chica lucía unas ceñidas mallas largas también negras que estaban pegadas a su cuerpo como una segunda piel. Dejaban ver unos muy buenos y macizos muslos, pero sobre todo, un culazo increíblemente sensual. Sí, la chica era bien nalgona y ese espectacular culo en pompa sobre el sillín de la bicicleta parecía que iba a hacer estallar de un momento a otro las ajustadísimas mallas.
Antes de contestarle a la joven, aún me quedó tiempo para pensar en lo desinhibida que había sido ella al pedirme ese tipo de ayuda. Aunque aparento bastante menos edad de la que tengo y siempre suelo vestir de manera deportiva y juvenil, estoy a punto de cumplir los 50 años. Y para la ayuda que ella me pedía, yo no iba a tener más remedio que colocar mi mano o mis manos sobre sus nalgas y sobre la parte más trasera del sillín para contribuir a que la chica mantuviera el equilibrio sobre la bici hasta que se valiera por ella misma. Por eso, cuando le respondí, lo hice a través de otra pregunta.
- ¿Sabes que para la ayuda que me pides tendré que colocar mi mano en tus nalgas, no?
- Sí, lo sé, tranquilo. No pasa nada. Solo quiero aprender de una vez a montar en bicicleta.
Tras la respuesta de la joven, supe que no tendría que preocuparme por ese aspecto y acepté ayudarla. Me coloqué detrás de ella, le di un par de consejos para que pudiera mantener mejor el equilibrio y situé mi mano derecha en el culo de la joven para empezar a empujarla despacio. La chica estaba sudada por alta temperatura que todavía hacía y por el esfuerzo. Noté inmediatamente la humedad de su sudor en la licra de las mallas al plantar mi mano en el culo.
Comencé a empujar muy despacio, mientras ella hacía todo lo posible por pedalear y mantener el equilibrio. Perdió el control del manillar un par de veces, pero la ayudé a que no se cayera de la bici. No era algo intencionado, pero, debido a los movimientos bruscos de la chica sobre la bicicleta y a que yo tenía que caminar al mismo ritmo por detrás, mi mano se desplazaba sin control por las nalgas de la sudamericana. Bajo la licra de las mallas, yo no notaba las costuras o los pliegues de ningún tipo de ropa interior, ni braga ni tanga, por lo que deduje que la joven lo único que llevaba puesto era el sujetador deportivo, las mallas, el calzado deportivo blanco y unos calcetines negros a juego con el sujetador y con las mallas.
Esa sensación de humedad por el sudor en el trasero de la chica y el no notar nada de ropa interior bajo las mallas provocó que me empezara a excitar. Fui entonces consciente de que tenía a mi disposición un culazo exquisito y que podía magrearlo prácticamente a mi antojo ya que la propia chica me había dado una especie de permiso para hacerlo con tal de que sirviera de ayuda para su objetivo.
Al principio no quise ser muy descarado para no llamar en exceso la atención, pero conforme fueron pasando los segundos y al comprobar que la joven continuaba riéndose, bromeando conmigo sobre que ya notaba que iba mejorando o sobre que casi “se traga” a una persona que pasaba por delante, empecé a intensificar poco a poco los movimientos de mi mano sobre el culo de la ciclista. Comencé a empalmarme por la excitación de deslizar mi mano y apretarla sobre los glúteos de la chica y justo en ese instante ella me dijo:
- Voy a intentarlo ahora yo sola, a ver si ya soy capaz. Ve soltándome poco a poco.
Obedecí y con lentitud fui retirando mi mano izquierda del culo de la chica y del sillín de la bici. La joven empezó a pedalear sola, primero con algo de dificultad, luego de manera más ágil. Metro a metro fue avanzando por la larga avenida del parque en la que nos encontrábamos y en la que cada vez quedaban menos personas porque se iba haciendo algo tarde. Me alegré de que la chica fuese capaz ya de montar por sí sola sobre la bicicleta, pero, por otra, lamenté que mi ayuda no hubiese durado algo más.
Sin embargo, apenas un minuto después vi, desde lejos, como la chica perdía el control de la bici y se caía al suelo. Corrí inmediatamente hacia ella. Cuando llegé ya se había levantado.
- ¡Maldita sea, qué torpe soy! ¿Qué vergüenza caerme aquí en medio del parque! Pensarás que soy una tonta- me comentó
- No, tranquila. A todos los que hemos aprendido a montar en bicicleta nos ha pasado esto. Tú tranquila, no te preocupes ni por los demás ni por mí. Céntrate en mantener el equilibrio y ya está. ¿Estás bien de este pequeño accidente?- le pregunté al ver que tenía manchada de polvo del suelo las mallas a la altura de las dos rodillas.
- Sí, no te preocupes. Es solo un pequeño golpe en las dos rodillas y en la palama de la mano derecha. Pero se me ha doblado la cesta que llevo delante en el manillar y creo que el manillar también se ma ha torcido.
En efecto, la cesta metálica que llevaba delante, en la parte baja del manillar, se había doblado un poco y no había manera de recomponerla. Sin embargo, el manillar sí lo enderecé y pude ponerlo otra vez a disposición de la joven.
- Ufff, voy a tomar un poco de aire y hacemos un segundo intento, si te parece- me dijo.
- Sí, sin problemas, no tengo prisa, solamente había salido a caminar un rato- le comenté.
Estuvimos hablando un par de minutos. Me dijo que se llamaba Johana y que, como supuse, era de Colombia. Se ganaba la vida en España cuidando a personas mayores y llevaba ya un año y medio en suelo español. Yo, por mi parte, le comenté que me llamaba David y que, casualidades de la vida, me encantaba el ciclismo y que lo practicaba.
- ¡Ah, por eso has sabido cómo arreglar el manillar rápidamente y me estabas dando tan buenos consejos! ¡No he podido elegir a un mejor maestro para mis clases de ciclista principiante!- me dijo entre risas.
- A ver si algún día, cuando ya sepas montar, nos encontramos por ahí en una ruta- bromeé.
- ¡Ah, pues no estaría mal eso! Lástima de mi horario de trabajo que me exprime mucho y que me deja solamente horas libres un poco raras en cuanto al horario.
Había llegado el momento de hacer un segundo intento.
- Verás cómo este es ya el definitivo- la animé.
Minutos antes, cuando mi polla estaba en pleno auge, la chica lo interrumpió. Ahora yo estaba dispuesto a jugármela el todo por el todo, a ser todavía más atrevido en la posición, en la postura y en la labor de mi mano sobre el culo de la chica.
Se me había presentado una ocasión impensable antes de salir a dar el paseo y la tenía que aprovechar. De modo que cuando Johana se sentó de nuevo sobre el sillín, volví a colocar mi mano derecha para agarrarlo y enganché cuatro dedos a la zona de abajo del sillín. El dedo "gordo" quedaba libre. En cuanto la chica dio otra vez las primeras pedaladas, introduje con mucho disimulo mi dedo "gordo" entre el trasero de la joven y la parte de arriba del sillín. Como las nalgas de Johana hacían presión sobre el sillín, tuve que apretar un poco hasta que por fin mi dedo se fue deslizando lentamente desde la parte trasera del sillín hasta la zona central.
Es indescriptible la sensación que noté al sentir ese deslizamiento y el roce del dedo durante el mismo con el culazo de la chica. Ella seguía centrado en lo suyo, riendo cada vez que estaba a punto de perder el equilibrio o de "atropellar" a algún viandante. Yo también reía con ella y le daba conversación mientras extendía mi dedo todo lo posible hacia delante. En ese momento, ya sí, tenía todo el dedo aprisionado entre los glúteos de Johana y el sillín. Me empezó a dar mucho morbo la situación: la joven y yo, en medio de un parque, al aire libre y con alguna que otra persona pasando de vez en cuando por delante de nosotros o a nuestro lado y con el dedo rozando todo su culo.
De repente, Johana detuvo su pedaleo y puso un pie en el suelo. Pensé que se había dado cuenta de que lo de mi dedo no era algo casual y que me iba a reprender o algo, pero todo lo contrario. Lo que hizo fue acomodar mejor su posición en el sillín de forma que mi dedo quedara justo en la raja de su culo. Luego, retomó el pedaleo.
- Ahora sí estoy bien sentada- me, dijo girando su cara hacia mí y con una sonrisa que yo interpreté como cómplice.
La zona de la raja del culo en las mallas estaba bastante más húmeda por el sudor que la parte superior de los glúteos. Tanto era así que sentí enseguida cómo se mojaba mi dedo. Lo que hubiera dado en ese instante por sacar el dedo, olerlo y lamer esa humedad. Pero tenía que aguantarlo ahí, el premio podría ser mucho mayor. Y así fue.
Tras esa sonrisa y ese movimiento de la joven para acomodar su culo, ya no me conformaba con mantener quieto el dedo bajo el trasero de Johana. Muy lentamente comencé a mover la punta del dedo de derecha a izquierda y luego al revés. La joven seguía pedaleando y yo, dándole más consejos ciclistas para que mantuviera el equilibrio. Nos cruzamos primero con un chico que corría haciendo deporte, luego con un grupo numeroso de turistas que ya abandonaban el parque por la anochecida...todos ajenos al intento de mi dedo de llegar al agujero del ano de la sudamericana. Y no tardó en hallarlo. Respiré hondo ante lo que estaba a punto de hacer y, a continuación, comencé a apretar el dedo contra el agujero del culo de la chica. Noté que ella dio un pequeño respingo, pero en seguida continuó normal con el pedaleo.
Mi pene estaba totalmente erecto bajo mi pantalón y mi bóxer y sentí cómo mi líquido preseminal mojaba mi ajustada prenda íntima. Lo siguiente que hice fue dar un paso más en mis intenciones y empecé a penetrar con la punta del dedo el agujero del ano de Johana. Al principio lo hice lento, pero poco a poco fui intensificando la penetración. Aquella mujer con la que nos cruzamos en ese instante y que le dio un grito de ánimo a la chica en su aprendizaje ciclista no se imaginaba que ese momento estaba siendo penetrada analmente por mi dedo. Sin dejar de mover el dedo, me acerqué todo lo que pude al cuerpo de Johana. Pude escuchar su respiración agitada, sentir el calor de su cuerpo, oler el aroma de su sudor...
- ¿Quieres que te suelte ahora para que lo intentes sola?- le pregunté.
- No, por favor, sigue un poco más, no me sueltes todavía- me respondió con la voz entrecortada.
Apreté un poco más con el dedo y le imprimí más velocidad y continuidad a los movimientos. En cuanto lo hice, a la joven se le escapó un primer gemido leve. Arremetí con el dedo con más fuerza y la chica ya no pudo contener ni disimular el placer que estaba sintiendo: dos fuertes gemidos se escaparon de su boca dejando en evidencia a la chica y sin poder disimular lo mucho que estaba gozando.
Entonces, frenó en seco, plantó lo dos pies en el suelo y me comentó:
- Dejemos ya las lecciones ciclistas para otro día. Ahora hay algo más urgente que debes hacer.
- ¿Y qué es? - le pregunté sospechando por dónde irían los tiros.
- Follarme - sentenció Johana con la respiración aún acelerada.
No respondí nada en un primer momento. Me limité a acariciar su cabello sudoroso y a besar a la chica en la boca. La muy putita estaba tan caliente que aprovechó para meterme la lengua hasta el fondo. Durante los intensos momentos que duró el beso no dudé en tocar con mis dos manos el macizo culo de la colombiana, en masajearlo y en pellizcar ambas nalgas.
- Aquí cerca hay una caseta que es la que emplean los jardineros del parque para cambiarse de ropa cuando vienen a trabajar los días laborables. Hoy, como es festivo, no habrá nadie. Es una caseta ya vieja y de madera. No creo que tengamos problemas para forzar la puerta y entrar. Allí estaremos tranquilos.
- Llévame allí, vamos, no perdamos más tiempo. Estoy tan excitada que sería capaz de desnudarme y de follar aquí mismo, en medio del parque. No sé cómo lo has hecho, pero mira cómo están mis pezones- me comentó.
Los dos pezones se marcaban exageradamente en el sujetador deportivo. Se notaban carnosos y gruesos y amenazaban casi con perforar la prenda de un momento a otro.
- Y tienes mojada la entrepierna. Se te está marcando la raja de tu sexo- repliqué.
Casi no me dejó terminar de hablar: en esa ocasión fue ella la que me besó en los labios y de nuevo nuestras lenguas jugaron durante un rato, tiempo que aprovechó Johana para sobarme primero el culo y, luego, para palpar mi hinchado paquete.
- ¡Ufff...Lo que tienes ahí y cómo lo tienes! Vamos de una vez a esa caseta - me pidió.
Cinco minutos más tarde llegamos a ella. Estaba en una zona tranquila del parque y tuvimos suerte porque la puerta ni siquiera estaba cerrada con llave. Entramos, dejamos la bici de Johana apostada en uno de los laterales, encendimos la luz y echamos el pestillo de cierre desde dentro. En el interior no había casi nada: una mesa y una silla viejas, un espejo en una de las paredes y un par de botellas de agua vacías. No me dio tiempo a nada más: Johana se abalanzó sobre mí y empezó a acariciarme y a besarme.
- ¡Fóllame el culo! ¡Desvírgamelo!- me pidió.
- ¿Aún no te lo habían follado? - le pregunté.
- No. Tuve un novio en Colombia, pero era muy tradicional para el sexo y no me la quería meter por el culo. Aquí en España, aún no tengo pareja. He follado con algunos hombre de forma esporádica, pero siempre por delante o sexo oral. Por favor, no más charla. ¡Fóllame el culo!
Ni siquiera perdí tiempo en desnudarme. Me bajé la cremallera del pantalón, aparté a un lado del bóxer y saqué la polla.
-Ummm... ¡Menuda verga tienes ahí!- exclamó Johana mientras me la magreaba y me la agitaba despacio. Voy a lubricarla para que mi ano la engulla bien y no me duela tanto- me dijo.
Inmediatamente abrió la boca y sacó la lengua. Empezó a lamer todo mi pene desde el rojizo glande hasta la base, una y otra vez, cada vez con más frenesí. Incluso, escupió saliva y la extendió por toda mi polla. Cuando consideró que mi pene estaba ya totalmente tieso y mojado, se giró y me ofreció su culo en pompa. Lo masajeé y le di varias cachetadas fuertes. Johana gritó con las dos últimas.
-¡Vamos, así, fuerte! ¡Trátame como a una puta!
Ella aún tenía las mallas puestas, pero supuse que las nalgas ya tendrían que estar coloradas por las cachetadas que estaban recibiendo. Le quité a la joven las zapatillas deportivas y los calcetines y de un fuerte tirón le bajé las mallas. Como supuse desde un pricicipo, desde el momento en que la empujaba sobre la bicicleta, Johana no llevaba tanga debajo de la prenda deportiva. Su tremendo culazo apareció desnudo y con los glúteos evidenciando la rojez de mis cachetadas. Terminé de sacarle las mallas y acerqué mi rostro al trasero de la chica. Con la lengua comencé a lamer primero la nalga derecha. Lentamente recorría toda la piel que se iba humedeciendo al paso de mi lengua juguetona. Después hice lo mismo con la nalga izquierda antes de ponerme a acariciarlas a ambas. Era una delicia tener ese culo tan delicioso entre mis manos.
- ¡Vamos, David, fóllamelo de una vez, no aguanto más!- me suplicó Johana.
Acerqué mi polla a las nalgas y la restregué durante unos instantes por ellas. La joven gimió en cuanto sintió la dureza de mi verga hinchada y venosa sobre sus glúteos, a un paso ya de entrar por su ano. Separé con fuerza ambas nalgas, busqué el orificio anal y comencé a introducir mi miembro por el agujero. Empecé despacio para no causarle dolor a la joven. Con lentitud empujé hacia dentro con las caderas y mi verga fue penetrando centímetro a centímetro en aquel hermoso culo que estaba dispusto a tragarse lo que hiciera falta. En medio de los gemidos de Johana, mi polla quedó definitivamente enterrada en su culo. La dejé así, dentro y quieta durante unos segundos y luego comencé a sacarla y a meterla. Al principio el ritmo era calmado y lento; luego, se fue haciendo algo más rápido y fuerte. Los gemidos de la colombiana iban cada vez a más.
- ¡Ay, qué placer! ¡Sigue, no pares, por favor, sigue!- exclamó.
- Descuida, que no voy a parar. Te voy a follar entero este culo hasta que me corra dentro y te lo llene de mi leche.
- ¡Más, más rápido! ¡Dale más fuerte! ¡Vamos...!- gritó Johana.
Aumenté el ritmo de mis embestidas mientras notaba cómo el sudor caía por mi frente. El cuerpo semidesnudo de Johana también estaba bañado en sudor. Solamente conservaba puesto el sujetador deportivo. Yo no se lo había quitado porque prefería centrarme en su culo. Ya habría para tiempo para disfrutar de las tetas y para penetrar el coño, que tampoco había tenido la ocasión de ver todavía. Mis caderas se movían hacia delante y hacia atrás ya a un ritmo imparable. A cada embestida que recibía su culo, Johana soltaba un grito. Cuanto más fuerte era la embestida, mayor el grito lanzado por ella.
- ¡Vamos, vamos, más, más, lléname de leche!- me animaba Johana.
Di entonces un último arreón, sin miramientos, dejando hasta el último gramo de mis fuerzas.
- ¡Ahhhhhhh, jooodeer, qué bestiaaaa...!- exxclamó Johana.
- ¿No querías más? Ahora ya no pararé hasta que me corra, hasta que suelte todo mi semen y llegue a tus entrañas- le repliqué.
- Ufff...Ahhhh, por favooorrrr...Me vas a destrozar el culo si sigues así- sollozaba la chica.
- Te lo avisé, te avisé de lo que te pasaría por ser virgen y de que había que ir más despacio. Pero tú querías más, así que ahora ya no me vas a parar. No pararé hasta que suelte toda mi leche!- le indiqué.
La verdad, ya no me quedaba mucho para correrme. Empotré por detrás a la colombiana seis o siete veces más y en medio de sus enormes gemidos y gritos exploté de placer y mi semen comenzó a brotar a chorros.
- ¡Ay, qué rico, qué rico, qué delicia!- gritó la joven en cuanto noto que su culo se inundaba de semen.
Mantuve la verga dentro hasta que solté la última gota de esperma. Luego, Johana, agotada, se dejó caer al suelo. Yo me senté junto a ella para recuperar fuerzas.
- Ha sido increíble. Mezcla de placer y un poco de dolor. Pero ha sido maravilloso- me dijo la chica antes de lamerme la polla y limpiarme los restos de semen que había en ella.
Me fijé por fin en su coño. Encima de la raja había una pequeña mata de vello púbico negro. A la izquierda, en la ingle, muy cerca de la vagina, tenía tatuada una llama con la palabra “FUEGO” al lado.
Deseaba penetrarla también por el coño, ver, saborear y jugar con sus tetas, pero Johana me frenó con delicadeza.
- Ay, amor, yo también me muero de ganas por que me folles el coño y me comas las tetas, pero tengo que trabajar en una hora. Tengo que cuidar de un anciano durante la noche. Me queda el tiempo justo para ir a casa, ducharme y llegar a la vivienda del viejecito. Hagamos una cosa: dame tu número de teléfono, me lo anoto en el mío y ya te llamaré o te enviaré un mensaje para quedar contigo y follar otra vez aquí, en la caseta del parque.
Le di mi número y lo anotó. Después, la chica, todavía desnuda de cintura para abajo y antes de vestirse, salió de la caseta para hacer un pipí en medio de la vegetación. Aliviada su necesidad fisiológica, se vistió, tomó su bicicleta y salimos de la caseta hasta que llegamos a la puerta del parque. Allí nos despedimos prometiéndome ella que se pondría en contacto conmigo.
Unos cincuenta minutos más tarde, recibí un mensaje de Johana. Contenía una foto. Lo abrí y me decía:
- ¿Crees que es demasiado atrevido mi atuendo de hoy para cuidar al anciano? Que sepas que sigo caliente como una perra.
En la imagen, a modo de selfie, aparecía la joven montada en el autobús camino de la casa del viejo. Llevaba una blusa blanca escotada que dejaba a la vista casi todo el canalillo y parte de las tetas. Por debajo, una minifalda azul, tan escueta que, pese a que la chica llevaba las piernas cruzadas, se veía perfectamente el triángulo de un sensual tanga rojo y transparente.
- ¡Qué afortunado el tipo que esté sentado frente a ella en el bus y qué afortunado el anciano al que va a cuidar!- pensé.
Luego le respondí a Johana:
- No sé si será atrevido o no para los demás, pero yo me estoy masturbando mientras veo tu foto y pienso en ti.
Segundos más tarde me llegó un segundo mensaje de la joven. En él aparecía simplemente el emoticono del diablo.
(Si me llama o me avisa para volver a vernos, continuará)
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