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Confesionesene 2023

Compañero de piso

Llegó a la casa esperando solo incomodidades, pero Luis tenía otros planes para su primer verano en Madrid. Lo que empezó como una convivencia incómoda se transformó en un juego de manos que subían por sus muslos, hasta que la vergüenza se rindió ante el deseo.

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Faltaba una semana para el inicio de las clases en la Facultad. A pesar de haber buscado habitación en una casa donde solo vivieran chicas durante todo el verano, no conseguí encontrar nada cerca de la zona de Moncloa para evitar perder el tiempo en transportes públicos. Al final me tuve que conformar con lo que había, vivir con una chica y tres chicos.

El curso anterior había conseguido alquilar un estudio y vivir sola. Este año mi economía había cambiado a peor. No me entusiasmaba la idea de vivir en Madrid mi último año de carrera con las incomodidades de estar con más gente en casa, sobre todo con chicos y tener que soportar las juergas de los fines de semana y tener que limpiar la taza del wáter cada que fuera a usarlo.

Era una casa antigua, grandísima, de techos altisimos. Cinco habitaciones, dos baños, un salón inmenso y una cocina con ofis donde podían comer varias personas a la vez. Era más grande que cualquier habitación de la casa.

Llegué un día por la tarde y la dueña me estaba esperando. Me indicó cuál era mi habitación y me instalé. Salí a cenar a una cafetería y nada subir a casa me acosté. Esa noche no conocí a ninguno de mis compañeros, imaginé que aún no se habían instalado.

Al día siguiente, nada más levantarme me fui a uno de los baños y estaba ocupado. Me fui al otro y la puerta estaba abierta, pero Luis se estaba duchando. Pedí perdón y cuando iba a salir me dijo que no me preocupara y que podía entrar. Si íbamos a vivir todos juntos, lo mejor era no tener remilgos, de lo contrario iba ser un coñazo la convivencia.

No muy convencida entre a orinar y cuando estaba sentada en la taza salió de la ducha con una toalla envuelta a la cintura y se puso delante del espejo del lavabo. Aproveché que estaba de espaldas para subirme las bragas y el pantalón, cuando le escuché dirigirse a mí.

- Coño si tienes el papo rapado como a mí me gusta – dijo.

Me quede de piedra y sin saber donde meterme. No me había dado cuenta de que me observaba en el espejo y me puse colorada.

- Va, no te lo temes así. Seguro que dentro de una semana ninguno nos extrañamos de ver a otro en pelotas.

- Bueno no estoy familiarizada con estas cosas, imagino que me acostumbraré – dije poco convencida. Ya me estaba arrepintiendo de haberme metido en aquella casa.

Ese mismo día conocí al resto de los compañeros de piso. Eran gente bastante normal y eso me tranquilizó. Nos reunimos en el salón y establecimos las reglas de convivencia, donde por encima de todo teníamos que respetar a los demás sus tiempos de estudio. Las fiestas en casa se proponían y teníamos que aceptar todos. Si alguno decía que no, no había discusión, no se celebraba. Después de esa reunión tuve mejores vibraciones.

El domingo me propuso Luís bajar a tomarnos unas cervezas a mediodía y de paso picábamos algo para comer. Agradecí su iniciativa, no me apetecía nada cocinarme algo. Al menos de lo que tenía en casa.

De vuelta a casa, un poco tocados por el alcohol, nos reímos de nuestro primer encuentro y lo que dijo sobre mi sexo, papo pelado lo llamó. Decía que tenía fijación por comerse “potorros” afeitados y que casi lo prefería a hacerse una paja. Al principio me quede mirándole sin saber a que se refería. En cuanto caí le miré y nos empezamos a reír.

Al entrar en casa me puse un pijama corto de verano y me fui al salón a tumbarme en el sofá mientras veía las noticias en la televisión. Enseguida apareció Luís en pantalón de deporte y una camiseta sin mangas de estar por casa. Iba a sentarse donde yo estaba y al verme cogió una silla. Recogí las piernas para dejarle sitio y se sentó pegado a mis pies.

Empezó a hacerme cosquillas en las plantas y los retiré. Los cogió y se los puso encima de sus rodillas al tiempo que me prometía no seguir. Me preguntó si quería un masaje en los pies, le miré y me encogí de hombros, lo que interpretó como un sí, sin decírselo expresamente. Me encantan los masajes en los pies.

Sus manos empezaron a masajearme los pies y luego siguieron por las rodillas. Después los muslos y finalmente se perdieron en mis nalgas por dentro del pantalón. Me había excitado con tanto toqueteo y él era consciente, si no, no le hubiera dejado.

- Déjame comerme el postre - me dijo.

- No sé a qué te refieres – respondí.

- Si que lo sabes, pero te lo voy a poner fácil. Déjame comerte el chichi.

- Pues va ser que no, porque no me apetece nada ir al baño a lavarme.

- ¿Lavarte?, de eso nada. Si te lo lavas pierde todo el encanto. A mi me gusta con todos sus alicientes.

Para entonces, un dedo ya me acariciaba entre las nalgas y se paseaba entre mi entrada trasera y el inicio de la delantera. Me costó decidirme. La calentura pudo más que el sentido común y me giré para quedar boca arriba. Su mano fue directamente a mi sexo y metió un dedo. No había vuelta atrás.

Me levantó las piernas y me quitó el pantalón y las bragas. Me dijo que las flexionara y las abriera todo lo posible, al tiempo que me ponía un cojín debajo del culo y él se ponía de rodillas en el sofá.

Primero sentí su lengua sobre el clítoris haciendo círculos. Después me chupó los labios vaginales tirando ellos y acabó con la lengua dentro de mi sexo, como si fuera una polla. Me sorprendió cuando la noté presionándome el orificio anal e hice intención de retirarle. Antes de decirle que no me gustaba, ya estaba dentro de mí.

Volvió a subir de nuevo al clítoris varias veces sin separar la lengua de mi cuerpo en ningún momento. Cuando notó que estaba a punto de correrme se quedó en el clítoris, haciendo círculos lentos. Fue un orgasmo lento. Empezó como si no fuera a llegar nunca y de pronto se intensificó. Alcé el trasero para facilitarle el trabajo y me corrí con el orgasmo más largo que recuerdo.

Cuando se incorporó directamente se quitó el pantalón y dijo que me la iba a meter. Le dije que no se le ocurriera correrse dentro y me dijo que pensaba hacerlo en mis tetas, pero más tarde, al tiempo que me la metía. Lo siguiente que noté fue como me abría el sexo con la punta de la polla y avanzaba dentro de mí.

Aguantó hasta que me corrí otra vez y me la sacó inmediatamente. Empezó a maneársela e inmediatamente noté el semen en los pechos y el estómago. Abrí los ojos y vi cómo le goteaba la polla. Me incorporé y me metí el capullo en la boca, se lo repasé con la lengua y acabé de vaciarle. La verdad es que sabía muy bien. Me arrepentí de no haberle pedido que se corriera en mi boca.

Al sacarla nos miramos y nos echamos a reír. Era como si estuviéramos predestinados a tener sexo juntos.

- Que conste que me debes una mamada en toda regla - me dijo.

- Pues recupérate y vuelve a cargar la escopeta. No me gusta tener deudas pendientes y quiero saldar esta cuanto antes – contesté. Estaba deseando volver a empezar.