Claudia: De ama de casa fiel a fiel amante 2
El sillón que vendió fue solo la excusa; la verdadera mercancía era su cuerpo. Ahora, entre sábanas manchadas y billetes ocultos, Claudia descubre que la fidelidad tiene un precio que ella misma decide pagar.
Hola, puede que algunos hayan llegado a leer cuando subí el relato hace unas horas, por un error de mi parte que no se puede solucionar luego de subido tuve que borrarlo y estoy resubiendo el mismo capítulo.
Díganme en sus comentarios si quieren más de esta historia. Besitos.
*******
Como les comenté en el relato anterior yo era una esposa fiel e insatisfecha sexualmente hasta que llegó César. El día que vino a comprar el sillón inaguró mi culo y mi putería.
Esta es la historia de lo que ocurrió después de aquel maravilloso día.
La semana terminó e inició la siguiente sin mayor inconveniente, coordiné con César y vendría por el mueble el miércoles por la mañana.
Ese miércoles luego de tomar desayuno con mi esposo y despedirlo con rumbo al trabajo me metí a duchar con agua bien fría porque andaba muy caliente en anticipación a volverlo a ver. Se me hacía agüita en mi conchita en pensar en su rica pinga y en lo mucho que me haría disfrutar nuevamente.
Con la ducha y la excitación mis grandes pezones oscuros estaban duros como una roca. No podía resistir las ganas que traía, cogí la cabeza de la ducha y la saqué de su sitio habitual, usé su chorro para masturbarme, sentir el agua sobre mi botoncito de placer mientras introducía mis deditos me llevó a mi primer orgasmo del día.
Salí del baño y luego de secarme todita, me eché cremita por todo el cuerpo y usé el perfume que solo uso en ocasiones especiales, después me puse un vestidito corto de andar en casa sin nada debajo y mis sandalias de diario y me senté en el brazo del sillón a esperarlo.
Mi cabello largo, lo dejé suelto y ligeramente húmedo. Me miré al espejo y me sentí muy sexy. Hace tanto que no me sentía así hasta que César llegó a mi vida y me recordó lo que es sentirse deseada.
Nunca quise que corriera el tiempo más rápido como aquella mañana. Mientras esperaba en la sala a que sonara el timbre me senté a esperarlo en el sillón que fue testigo de primera mano de nuestro primer encuentro, minutos después, preferí sentarme en el brazo de sillón donde froté mi vulva carnosa y desnuda contra su dureza firme, aquel movimiento me producía aún más excitación. Mis fluídos brotaron con mayor intensidad perfumando el ambiente y humedeciendo la superficie del brazo del sillón.
"Para que me recuerde en casa", pensé traviesa.
En eso el timbre de la puerta me volvió a la realidad. Observé por el ojo de la puerta y se trataba de César, abrí la puerta y lo invité a pasar.
—Qué rica mi hembrita ya estás lista pal ataque. Me dijo nada más verme con sus ojos inspeccionándome de pies a cabeza.
Apenas pude cerrar la puerta y me le lancé como una quinceañera enamorada a besarlo y abrazarlo.
—Wow mamacita, sí que traes ganas hoy, a ver una vueltita para tu macho.
Me di una vuelta lenta y sensual para él meneándole el culito bien rico. Luego volví a darme vuelta pero más rápido para que mi vestido se alzara y viera que no llevaba nada debajo.
—Ah culunchita... qué perrita me saliste Claudita.
Yo asentí colorada. César se acercó más y me besó con fuerza, mientras lo hacía metió su mano por debajo de mi vestido y con el mismo vigor introdujo sus dedos en mi conchita hambrienta.
—Se nota que tu vaginita anda pidiendo su trozo pero antes quiero que veas esto. Acto seguido sacó de la mochila que llevaba colgada una bolsa y en ella envuelta estaba un pene de plástico grande, muy grande y un tubo de lubricante.
Nunca antes me había metido algo tan grande ni siquiera tenía un juguete sexual, pero lejos de asustarme la presencia de esa pinga enorme —aunque falsa— me puso más aún.
—Mi reina, mi putita hermosa, este pene es para llenarte por ambos lados. Quiero tenerte bien llena y bien feliz perrita, ya te dije que eres mía pero conozco a las perritas como tú, con esa carita de inocentes son insaciables así que mejor es curar en salud y tenerte bien llenita así no buscarás más pingas que la mía y así no me extrañarás mientras no estoy.
Para mí era imposible imaginar que pudiera querer otra verga, sentía que amaba a César y su rica y jugosa pinga, aunque el hecho de tener el juguete para usarlo no solo con César si no cuando él no estuviera me hacía babear tanto arriba como abajo.
Dejamos las cosas en la mesa de centro, y nos volvimos a besar, me encontraba entre César y el sillón. Me iba a sentar cuando él apoya su mano en el brazo y siente los jugos que había dejado.
—Ahh reinita que golosa ya habías empezado la mañana sin mí.
—Esperaba con ansías que llegaras—me excusé sonrojada— Ahora cuando estés en casa me recordarás aún más.
—Ni que lo digas, mamita.
Nos besábamos y me metía la mano por donde quería. Al poco rato sacó su pinga ya bien parada y me la frotó por los muslos, y en la concha sin meterla, me torturaba, quería que me la clave.
—Métela, por favor.
—No tan rápido, perrita.
Siguió con su tortura y cuando sintió que yo no daba más, me puso en cuatro y me la clavó desde atrás. Mi vaginita lo recibió caliente y alivida al sentir a su macho.
Luego de un mete y saca delicioso me la quitó y protesté, para callarme me metió la pinga a la boca y me la folló hasta que me dio mi desayuno de leche caliente.
—Toma toda tu lechita, mi reina, que te quiero bien alimentada.
Yo asentía con la cabeza mientras me la tragaba toda. Su leche es tan deliciosa y caliente.
Luego me hizo abrir de piernas y poner mis pies en el sofá, así bien abierta, arrimó la mesita y bajó a lamerme un poco la concha, después de algunas lamidas para probar mis jugos, agarró la verga de plástico y empezó a jugar con ella sobre mis labios, cogiendo un poco de juguitos con su cabecita y después empezó a empujarla en mi conchita.
—Está enorme.
—Tu concha está lista para tragarla toda.
La fue metiendo despacio, era incluso más grande que la de él, al poco rato ya tenía la mitad completa y metió la otra mitad en one.
—Ahhhhhhhh
—Te gusta, puta.
—Sí, amor.
—¿Te gusta más que mi pinga acaso? —mientras dice eso la saca de golpe.
—Nunca
—Así me gusta, toma —la reintroduce en one.
Empieza un mete y saca frenético con el pene plástico. Mis gémidos se convirtieron en gritos, tenerme ahí abierta a su merced y recibiendo placer de su mano a través de esa pija de plástico le volvió a parar la pinga a César.
De pronto la dejó toda dentro y me hizo cambiar de posición, sentía muy rico de tener la concha tan llena, pero me hacia falta su carne dentro de mí, me colocó con el culo en pompa y me tanteó el ano con los dedos hasta que luego de echarme lubricante decidió por fin meterme su pene a mi poto que ya lo esperaba con ansías.
Con él experimenté por primera vez una doble penetración, aunque fuera solo su pinga y el juguete.
Lo hicimos primero así, con el dildo metido en mi vagina mientras él procedía a follarme el culo y después de un rato de bombearme y bombearme quiso cambiar de agujero con la vergota plástica. Yo reclamaba diciendo que no iba a entrarme pero él que ya conocía mi interior me llevó hasta el comedor donde me dobló sobre la mesa del mismo y luego de embarrarme de jugos y lubricante procedió a introducirme poco a poco todo el consolador en el coño.
—Viste, tu culo es bien tragón, tamaño putón que resultaste reinita, si yo lo supe desde el primer día.
—Ahhhhhhh sí se siente bien rico, mi rey, le dije entre lágrimas de placer.
De repente empezó a nalguearme.
—Mueve el culo, perrita, anda provócame si quieres que te cache...
Aún inclinada en la mesa le menee el culo de lado y hacia atrás y adelante, me doblé más para mostrar mis interiores con mayor detalle y me abrí con mis manitas mis labios vaginales para mostrarle mi conchita hambrienta de él.
—Como chorreas, mami...
—Cáchame por favor...
—Toma perra, me dijo mientras me nalgueaba más fuerte —¿con que quieres pene no?
—Sí, papi.
—Así me gusta. Sujetó el extremo del dildo y empezó a meterlo y sacarlo, mientras me nalgueaba una y otra vez.
—Ahhhhhhhhhhh sí dame duro... Mételo todo... Cáchame...
—Toma —sentenció, y lejos de penetrarme la concha, haló mi cabeza hacia él hasta que me tuvo de rodillas a sus pies e introdujo su cosota a mi boca.
—Te cogeré cuando yo quiera, perrita.
Luego de bombearme un rato la boca la sacó y me volvió a poner sobre la mesa, y sin miramientos me introdujo en una su deliciosa pinga.
Empezó un mete y saca formidable, estaba tan llena por ambos agujeros que por momentos sentía que me iba a romper y en otros sentía que no era suficiente una verga de plástico. Al final, esa sensación triunfó y mientras César me cogía imaginaba que era otro gran trozo de carne quien me follaba junto con él. La puta en mí había despertado por completo.
Desde aquel momento no encontraría paz hasta que fuera follada por dos briosos penes.
Aquel día, la mañana le sucedió a la tarde, César nuevamente pidió un delivery para el almuerzo y lo atendió en la puerta en calzoncillos, como si fuera su casa mientras yo esperaba desnuda en la cocina a que el repartidor se fuera. Deseando por dentro que fuera como esos repartidores de los videos pornos que se quedan a follar a la chica de turno.
Almorzamos y luego de un breve descanso y de una ducha, terminamos tirando durante toda la tarde en mi dormitorio matrimonial. Cuando la luz de la tarde empezó a menguar, y César acababa de llenarme el coño con su última corrida sonó su teléfono contestó y luego de intercambiar unas palabras con su interlocutor, supe que mi maravillosa tarde con él había terminado.
—Tengo que irme mi amor, mi compadre acaba de llegar con su camioneta para llevarme el sillón.
—P-pero ¿él sabe quién soy?
—Claro, mi reina, mi compadre es mi pata del alma, él sabe que mi hembrita me está vendiendo su sillón. (Hizo una pausa ante mi turbación y me guiñó el ojo) No te preocupes, él no le dirá nada a tu marido.
Me quedé en la habitación desnuda entre mis sábanas, con el coño y el culo aún llenos de leche, mientras ambos hombres sacaban el sillón de la casa. Un ciclo se había cerrado y otro abierto en mi vida, en parte gracias a ese sillón.
Luego de un rato, César subió a despedirse, al hacerlo me besó en la boca, su lengua exploró la mía y yo la suya y mientras hacía eso me dejó un rollo de billetes en la mesa de noche.
—Ahí encontrarás la diferencia de lo que te debía del sillón, mi reina, y también un extra por ser una putita tan rica.
Fue la primera vez que recibía dinero por coger, y lejos de entristecerme, me gustó. Sabía que —dinero de por medio o no— lo mío con César era especial... o tal vez no. Eso aún estaba por descubrirse.
Un par de horas después, recibiría a mi esposo a su llegada a casa aún con mis agujeros llenos de lefa de mi amante. Le sonreí toda la noche mientras le servía la cena y lo atendía. Para variar esa noche tampoco me tocó pero no importaba ya. Era feliz y por esa noche estaba satisfecha.
Al día siguiente, al ir a comprar el pan, mi vecino —un jubilado que vive en la casa del lado— me alcanza de pronto una caja de leche y sujetándome la mano al entragármela me dice "por si le falta leche, vecinita".
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