La Masía
La masía era un refugio solitario, pero la calidez de Julia pronto se volvió insoportable. Cada gesto, cada roce accidental, era una invitación prohibida que el narrador no pudo resistir, hasta que la puerta se abrió a una realidad mucho más oscura y excitante de lo que imaginaba.
Hace unos años por temas de trabajo tuve que ir al norte de Tarragona. Me quedé unas semanas en una Masía regentada por una pareja, Lluis y Julia. Eran una pareja muy simpática y agradables. El un hombre fornido de campo y ella una mujer atlética.
Desde el primer día hicimos buenas migas y pasábamos, después de la cena, un buen rato de charla.
En las mañanas, Julia me preparaba el desayuno, su marido salía unas horas antes que yo para el trabajo. Llevaba siempre un vestido corto que dejaba ver sus torneadas piernas y un abundante escote que mostraba sin reparos, al rellenar e el café u ofrecerme una tostada, pues se agachaba picaramente. Miraba a hurtadillas pero ella se daba cuenta. Durante días esos breves espacios de tiempo del desayuno eran una tentación. Ella se volvió más audaz y se ponía a mi lado al servir el café, acercando su pechos y rozandome con su cuerpo. Yo pasados unos días, estaba como loco, quería estrujar esos pechos y su bonito culo. Rozaba su mano sutilmente al pasarme el café y la miraba embobado.
Durante la charla del viernes, en la noche después de la cena, Lluis, comentó de manera casual, que iba a faltar el sábado por unos asuntos en la capital. En esas sentí la mirada de Julia, que al mirarla me guiño un ojo. La vedad que me puse como un tomate, gracias a que todo estaba con una luz mortecina y nadie se dio cuenta. Aquella noche dormí bastante mal, mi cabeza no dejaba de pensar en Julia.
Ya de mañana, me levanté hacia las diez, ese día no trabajaba y apuré un poco mis horas en la cama, la terrible noche me había dejado bastante cansado. Me fui al baño para una ducha reparadora, mientras me duchaba oía la voz cantarina de Julia, tarareaba una canción, cuando entro de golpe en el baño. Las cristaleras de la ducha eran transparentes y allí yo desnudo y ella ruborizada, llevaba unos auriculares y no se había enterado que yo estaba dentro. Tampoco había puesto el pestillo, con mi aturdimiento mañanero lo habia olvidado. Cerró la puerta con rapidez, con un perdón seco.
Ya en el desayuno, todo parecía normal, como si no hubiera pasado nada. No dije nada al respecto, era mejor así como si no hubiera pasado nada. Ella con su vestido corto y sus pechos pidiendo salir de un escote demasiado ajustado para esos enormes pechos. Se me acercó rozándome con ellos para echarme café y medio tropezó con la pata de la silla. Acerté a agarrarla por la cintura y sus enormes tetas se me fueron a la cara. Que maravilla sentirlas.
-Uy que te caes, acerté a decir.
-Vaya día que llevamos hoy, respondió Julia, sonrojada.
Nos miramos y rompimos a reír.
-Creo que estamos en paz la dije.
-En paz?
-Tú me has visto desnudo y yo me he restregado con tus pechos. Estamos en paz.
-De eso nada, exclamó ofendida. Yo sólo he mirado, en cambio tú, has tocado carne, no es justo.
Me descolocó la respuesta, no la esperaba.
-Bueno, no sé qué podemos hacer para remediarlo.
-Yo si, dijo tocando mi paquete con atrevimiento.
-Ahora soy yo el que no está de acuerdo, lo mio no fue intencionado, fue un simple roze. Y tendí mi mano por debajo de su falda para tocar su culo.
No hubo más, se avalanzó sobre mí y empezó a besarme metiendo su juguetona lengua. Yo magreaba sus pechos por encima de ese vestido. Me sacó la polla del pantalón y empezó a chuparla, se recreaba en mi glande con la lengua, para después tragarsela hasta el fondo y vuelta a empezar. Estaba como loco, la agarré de los hombros y la levanté. La arranqué el vestido, haciendolo jirones, ella soltó un chillido, cuando sus tetas se escaparon de la cárcel que la ataban. Dos pechos enormes y dos pequeñas aureolas, con dos pezones duros que sobresalían medio centímetro. Su coño depiladito con unos labios carnosos que se escapaban de su rajita. Me miró asombrada por mi violencia, pero sin negarse la puse sobre la mesa y la metí de un solo golpe, estaba chorreando. Empecé a penetrarla con un ritmo lento pero continuo, mientras chupaba sus pezones y los pellizcaba suavemente. Gemía a cada empujón que la daba y aumentaba poco a poco el ritmo. Metí mis dedos en su boca, ella los chupaba con avidez. Aumente el ritmo, mis empujones cada vez más profundos. Me agarró la mano y la puso en el cuello.
-Aprieta, quiero que me folles como si me violaras, insultame, que me excita mucho.
La apreté el cuello con la suficiente fuerza, pero sin hacerla daño.
-Te gusta que te follen mientras tú marido está ausente, pedazo buscona. Crees que no me he dado cuenta que esto es lo que querías.
Ella negaba con la cabeza.
-No, cabrón, me estás violando. No quiero, sueltame.
La agarré y la di la vuelta en la mesa. Dejando su culo a la altura adecuada.
-Ahora vas a saber lo que es bueno,pedazo puta.
-Nooo. Pateleaba.
Cogí un poco de aceite del que usaba para las tostadas y se lo introduje en el ano,metiendo dos dedos, dilatandolo.
-Que haces hijoputa, no te atrevas.
La empale de un certero golpe. Chilló de dolor.
-Ahora vas a saber lo que es que te violen el culo zorra. Llevas días restregado tus tetas y buscando esto. Admitelo, eres una puta.
-Si, soy toda una puta.
La di duro en el culo mientras ella se masturbaba. Me corrí llenando su culo de leche y ella poco después se corrió gimiendo.
En la mesa ella tumbada y yo encima jadeando, nos interrumpió la voz de Lluis.
-Fabuloso muchachos.
Pegué un respingo del susto. Allí estaba cámara en mano, lo había grabado todo.
-Me ha encantado como te la has follado.
-Pero... Alcancé a decir.
-No te preocupes por nada, me encanta ver a mi esposa follar con otros hombres y grabarlo. Aunque también me gusta participar en ocasiones.
Dijo todo esto, sacando su enorme polla de sus pantalones erecta como un palo. Colocó la cámara en la mesa grabando y se acerco a Julia.
-Ahora come de esta polla, puta.
A mi se me había puesto otra vez dura y me acerqué a ellos. Ella chupaba de una a otra y las dos al tiempo. Hasta que nos corrimos en su cara abundantemente.
Lluis me miró.
-Creo que podemos cambiar los planes de después de la cena, menos charla.
-Me parece bien, que tienes pensado, pregunté.
-Luego vemos, algo tengo en mente, sonrió.
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